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La Mancomunidad Catalana a principios del siglo XX.
Esta organización se convirtió con posterioridad en la Lliga regionalista de Francesc Cambó5, transformada en la Lliga catalana durante la II República Española.
Finalizada la Guerra Civil, los años que transcurrieron entre 1939 y 1943 fueron muy duros para los movimientos políticos y sociales antifranquistas, siendo el desorden y la desunión su característica principal. A la represión ejercida por el régimen franquista en el interior se sumó la persecución por las fuerzas del Eje contra los exiliados republicanos en el exterior, principalmente en Francia, donde los detenidos eran recluidos en campos de concentración (algunos de exterminio), y los que tenían la suerte de no ser capturados, o se integraron en la lucha armada (maquis) o simplemente trataron de sobrevivir. En España, la premisa básica del nuevo régimen franquista se podía explicar bajo aquella expresión de que «el que no está con nosotros, está contra nosotros», negando este nuevo régimen el protagonismo al pensamiento individual y social autónomo, a partir de unas leyes que perpetuasen su existencia. Esta coyuntura también fue aprovechada eficazmente por la Iglesia española, que, apoyándose en el autoritarismo dictatorial que ofrecía el franquismo, le permitió recuperar su influencia secular sobre la población que estuvo perdida durante el periodo republicano6.
En octubre de 1944, en pleno conflicto europeo, tuvo lugar el primer intento serio en la lucha antifranquista, fundándose clandestinamente en Madrid la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas (ANFD)7, presidida por el republicano Régulo Martínez. El objetivo político de la ANFD, según consta en un documento enviado a la Junta de Liberación de México y Francia en septiembre de 1945, era derrotar por todos los medios el régimen terrorista de Franco y restablecer el orden republicano mediante la constitución de un gobierno provisional español, tras una hipotética caída del régimen franquista, dada la inminente derrota del nazismo en la II Guerra Mundial8. Aunque la Alianza reconocía al gobierno republicano constituido en el exilio, esta afirmaba que en la composición del nuevo gobierno provisional sería necesaria la participación de la CNT, Partido Nacionalista y Esquerra Republicana; y por otro lado, ante la disyuntiva de cómo se derrumbaría el fascismo, las propuestas se dirigirían a una acción diplomática y una huelga general pasiva donde la justicia impediría la impunidad de los responsables y ejecutores de los crímenes cometidos mediante los tribunales populares. A su vez, la Iglesia tendría que admitir su responsabilidad en la contienda civil; tómese como ejemplo lo tratado en la carta colectiva de los obispos nacionales que justificaron el alzamiento y la traición militar, y la pastoral del arzobispo Narcís Plá y Deniel con vinculación absoluta al Caudillo; entonces, bajo ese aspecto, se aplicaría al clero la pena de su delito juzgando al hombre y no a la institución.
En el Ejército habría una depuración de mandos superiores, medios e inferiores sustituyéndolos por la oficialidad de Milicias preparadas concienzudamente, consiguiendo que el órgano militar tuviera como única misión la defensa de España contra las agresiones que pudieran recibirse de cualquier país enemigo. Finalmente, en la política de compensaciones e indemnizaciones, se promovería una Caja Nacional de reparaciones a las víctimas del falangismo, revisándose también la legislación falangista.
Ahora, en la perspectiva actual conocemos que todos estos proyectos basados en el retorno a una legalidad republicana no llegaron a realizarse; sin embargo, cabe señalar que la Alianza fue el primer organismo unitario estatal, después de finalizar la guerra en España, en que participó el Partido Comunista de España (PCE), que se incorporó meses después de la fundación de esta9, aunque su actuación podría calificarse de efímera ya que esta organización unitaria desapareció tras sufrir intensas persecuciones policiales que culminaron con la captura íntegra de su Consejo Nacional. Su composición estuvo formada por Izquierda Republicana (IR), Unión Republicana (UR), Partido Republicano Federal (PRF), Partido Socialista Obrero Español (PSOE), Unión General de Trabajadores (UGT), la Confederación Nacional de Trabajadores (CNT) y el Movimiento Libertario. Mientras tanto, en el interior del país, la militancia, sobre todo socialista, observaba y seguía las indicaciones de sus líderes exiliados, al menos los que quedaban tras la muerte en prisión de Julián Besteiro10 y la situación de Francisco Largo Caballero11, preso en el campo de exterminio de Mauthausen. No obstante, en el exterior, otros políticos republicanos encabezados por Indalecio Prieto12 intentaban mantener un diálogo fluido con las fuerzas aliadas en busca de un acuerdo favorable al derrocamiento del general Franco, resultando este esfuerzo inútil, pues las reglas del juego político mundial habían cambiado, presentándose el gobierno franquista como un aliado a los intereses del nuevo bloque occidental capitaneado por los EE.UU.
A partir de entonces, el desgaste de estos políticos republicanos se desvaneció entre luchas internas y negociaciones superfluas, olvidándose en todo caso de la problemática interna de España y de la lucha antifranquista. Cabe destacar que, en septiembre de 1945, tras la dimisión de Juan Negrín13 como jefe del gobierno republicano en el exilio, se constituyó un nuevo gobierno presidido por José Giral14, que fue reconocido por la ANFD.
3. Tagüeña Lacorte, Manuel (1913/1971), Testimonio de dos guerras, México, Ed. Oasis, 1973. Dirigente de la Federación Universitaria Escolar antes de la Guerra Civil. Durante la contienda civil mandó con 25 años, Brigada, División y Cuerpo de Ejército en el Ejército republicano. En la Batalla del Ebro tuvo a 70.000 soldados bajo sumando.
4. Véase la carta que el poeta Joan Maragall envió a su homónimo Miguel de Unamuno en 1909, cuando afirmaba: «La Solidaridad ya no es, pero estará en potencia siempre, y será cuando convenga».
5. Cambó i Batlle, Francisco (1876-1947), dirigente del sector conservador nacionalista catalán.
6. Ver Josep Mª Solé i Sabaté, dentro de BARBAGALLO, Francesco, Franquisme, sobre resistencia i consens a Catalunya (1938-1959), Barcelona, Crítica, 1990, pp. 175-176.
7. En Fundación Rafael Campalans (FRC), Archivo Joan Reventós (AJR), «Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas», Carpeta 25, septiembre de 1945 - julio de 1946.
8. MARÍN, José Mª, MOLINERO, Carmen y YSÀS, Pere, Historia política (1939-2000), Madrid, Istmo, 2001, p. 72.
9. MARÍN, José Mª, ibid.
10. Besteiro Fernández, Julián (1870-1940). Dirigente socialista, presidente de las Cortes en 1931.
11. Largo Caballero, Francisco. Dirigente socialista y presidente del gobierno (1936-37).
12. Prieto y Tuero, Indalecio. Dirigente socialista, ocupo diferentes cargos ministeriales entre 1931 y 1937.
13. Negrín López, Juan, presidente del gobierno (1937-39), dimitió de su cargo ya en el exilio en 1945.
14. Giral, José, presidente de la República Española en el exilio (1945-47).
1.2. El Consell Nacional de Catalunya. El Consell de Londres
Finalizada la contienda española, la actividad opositora antifranquista en Cataluña se había concentrado en el exilio francés. El 18 de abril de 1940, el presidente de la Generalitat, Lluís Companys15, organizó en Francia un nuevo gobierno catalán en el exilio denominado el Consell Nacional de Catalunya en el que participaron prestigiosos políticos catalanes de la etapa republicana como Pompeu Fabra16
, Josep Pous i Pagès17, Carles Pi i Sunyer18, Antoni Rovira i Virgili19 y Jaume Serra i Húnter20. El propósito de este nuevo organismo fue ampliar el ámbito de acción del propio gobierno y de la Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), aunque al producirse la capitulación de Francia ante Alemania, se suspendiera momentáneamente toda actividad política. En efecto, las acciones bélicas de las fuerzas del Eje iniciadas el 10 de mayo de 1940 en el frente occidental, culminaron el 14 de junio del mismo año con la caída de París y la petición de armisticio entre el 20 y 25 del mismo mes ante Alemania e Italia por el gobierno del general Philippe Petain a través de los contactos diplomáticos españoles y del Vaticano, siendo todavía presidente de la República Francesa Albert Lebrun21. El futuro de este efímero Consell Nacional quedó roto definitivamente por la detención y posterior fusilamiento del presidente de la Generalitat en los fosos del castillo de Montjüic en Barcelona el 15 de octubre de 1940, previa deportación a España a petición del propio gobierno franquista. Companys fue detenido en el pueblo de La Baule (Bretaña francesa) el 13 de agosto de 1940 por agentes de la Gestapo acompañados de agentes franquistas. Este, al desmoronarse el frente francés, no quiso huir hacia el sur de Francia debido a que su hijo Lluís, enfermo mental, había desaparecido de la clínica psiquiátrica en donde residía, cerca de París, por lo que decidió esperar noticias de él. Posteriormente, Companys fue trasladado a la prisión de La Santé en París, tomando días después dirección hacia la frontera española. En Madrid, fue encarcelado e incomunicado en la Dirección General de Seguridad (DGS), llegando finalmente a Montjüic el 3 de octubre. El 14 del mismo mes fue juzgado y condenado a muerte en un breve consejo de guerra —de escasamente una hora— por su adhesión a la rebelión militar. La condena a muerte fue ejecutada el día después en el Foso de Santa Eulália en el mismo castillo de Montjüic. Una semana después, llegó a Barcelona el jerarca y jefe de la Gestapo, Heinrich Himmler, siendo recibido con todos los honores por las autoridades franquistas22. Uno de los miembros del Consell, Carles Pi i Sunyer, continuó la tarea del gobierno, presidiendo en Londres otro Consell Nacional de Catalunya (CNC) constituido el 29 de julio de 1940 con apreciables diferencias con el anterior, siendo su principal estrategia el enlace de la representatividad de Cataluña con los aliados y con los diferentes grupos de exiliados repartidos entre Europa y América. Este Consell dio por finalizada la etapa estatutaria emprendiendo el camino hacia la consecución de la autodeterminación en Cataluña, medida que no fue del agrado del PSUC ni tampoco de la dirección de ERC, aunque en el interior del principado tuviese el soporte del Front Nacional de Catalunya (FNC) a pesar de que la comunicación con ellos era prácticamente inexistente desde la ocupación de Francia. A partir de entonces, se entabló de facto una rivalidad política entre la Generalitat y el nuevo Consell, ya que al asumir Josep Irla la Presidencia de la Generalitat en el exilio tras la muerte de Lluís Companys, el nuevo presidente desautorizó el Consell de Londres e intentó reorganizar las fuerzas políticas mediante un Consejo Asesor de la Presidencia que jamás llegó a reunirse23, aunque esta decisión provocase la disolución del Consell en 1942. Cabe señalar que, por entonces, el FNC, fundado en París en abril de 1940, ya ejercía su influencia sobre el Consell de Londres a través de su alianza con este, dando un nuevo ímpetu a la lucha política y armada antifranquista en Cataluña, haciendo llegar los mensajes y órdenes a los contactos en el interior de España, a veces a través de los guerrilleros venidos de Francia, los llamados maquis. Tiempo después, en el verano de 1944, se reconstituyó de nuevo un renovado Consell de Londres con siete nuevos representantes de las comunidades catalanas de Latinoamérica, seis de los grupos catalanistas y Joan Cornudella, máximo dirigente del FNC. La propuesta más característica de este gobierno fue la de formular una solución política de ámbito estatal basada en una confederación republicana que como todos conocemos no fructificó. El 9 de enero de 1945, Josep Tarradellas, antiguo conseller del gobierno de la Generalitat con Lluís Companys, volvió desde el exilio suizo a la Francia libre para acceder, en junio de 1945, a la Secretaría General de ERC, no sin cierta oposición de la militancia, entre ellos Carles Pi i Sunyer. El nuevo líder republicano intentó organizar una alianza bajo el nombre de Solidaritat Catalana, de la que formaron parte: ERC; Lliga Catalana Republicana, representada por Felip de Solá i Cañizares; Estat Catalá (EC), representado por Antoni Figueras; Unió Democrática de Catalunya (UDC), representado por Àngel Morera; Acció Catalana Republicana (ACR), representado por Lluís Nicolau d’Olwer; Front de la Llibertat, representado por Josep Rovira y FNC, representado por Joan Cornudella. Este último había regresado a Cataluña en la clandestinidad en 1940 para intentar organizar en el interior el FNC, que era un partido de ideología marxista e independentista; sin embargo, después de tres años desistió del empeño. Con posterioridad, bajo la presidencia de Josep Pous i Pagès, formó parte del Consell Nacional de la Democracia Catalana desde 1945 hasta 1948 con Miquel Coll i Alentorn, Josep Beltri y Josep Pallach. Según Cornudella, este Consell era como un intento de representación de Cataluña a través de los consulados de países democráticos representando el pasado, el de una Cataluña antifascista24. La formación de esta nueva organización provocó: en primer lugar, la disolución del Consell de Londres el 14 de junio de 1945, aceptando sus representantes volver a las tesis estatutarias sin renunciar al derecho a la autodeterminación; en segundo lugar, se consolidó la hegemonía del llamado «círculo de París» presidido por Irla y compuesto por Carles Pi i Sunyer, Pompeu Fabra, Antoni Rovira i Virgili, Josep Carner25, Josep Xirau y Joan Comorera, ampliado más tarde por Manuel Serra i Moret, Pau Padró y Francesc Paniello; y en tercer lugar, se produjo la pérdida de peso político de las comunidades americanas dentro de ERC por la ampliación de nuevos partidos presentes en el nuevo gabinete, incorporándose en marzo de 1946 el Moviment Socialista de Catalunya (MSC), la Unió de Rabassaires (UdR) y EC. Así pues, en este contexto ideológico se fue formando la nueva militancia de ERC, de la católica UDC, y el nuevo nacionalismo catalán representado por el FNC. Mientras que en España la clase obrera y el pueblo en general sufrían el desencanto de una autarquía deprimente agravada con una fuerte hostilidad ejercida por el aparato represor franquista, en Cataluña, en mayo de 1945 se constituía la Aliança Nacional de Forces Democràtiques de Catalunya (ANFDC) a iniciativa de la Confederación Nacional de Trabajadores (CNT) y del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). El documento fundacional se publicó en la nueva revista bilingüe Alianza que sorprendentemente no hacía referencia a la reivindicación del Estatuto de Cataluña de 1932. El manifiesto lo firmaron ERC, ACR, UDC, EC, UdR, CNT, POUM, PSOE, UGT, Joventuts Socialistes y Partit Catalá d’Esquerres. Esta alianza excluyó al PSUC y se enfrentó, a su vez, al gobierno de la Generalitat en el exilio. Pasados dos meses se constituyó en Barcelona, en clara oposición al FNC y por iniciativa del escritor y político, Josep Pous i Pagès, la Aliança de Partits Republicans Catalans formada por ACR, UDC, Unió Socialista de Catalunya y ERC. Esta asociación evolucionó meses después hacia la formación del Consell Nacional de la Democràcia Catalana, también llamado Comité Pous i Pagès (PiP), que en noviembre de 1945 formalizó su situación al volver su fundador desde el exilio. Este comité tuvo cierta similitud con la desaparecida Unió de Partits Republicans de Catalunya, de tendencia nacionalista de izquierdas26 y estuvo formado por ERC, ACR, UDC, Unió Catalanista, EC, FNC, UdR, MSC, Front de la Llibertat, Partit Republicá d’Esquerra, Front Universitari de Catalunya (FUC) y grupos de la CNT y de la UGT, mientras que la extrema izquierda quedó excluida. Sin embargo, el POUM, que no formaba parte inicialmente del comité, terminó integrándose en él, aceptando la alianza con los partidos de la derecha catalana. En efecto, esto hizo posible que la UDC, dirigida por Miquel Coll i Alentorn27, Joan Batista Roca i Cavall28, Pau Romeva, Maurici Serrahima29, y los jóvenes activistas, Josep Benet y Joan Saún, se integraran en el comité. En el otro lado del espectro político, la Confederación de Fuerzas Monárquicas30, creada por José María Gil Robles31, consejero de Juan de Borbón32, tuvo también contactos con el comité a través de los llamados «juanistas» catalanes, siendo Josep Pous el elemento coordinador hasta 1952, año de su muerte. En su programa, el PiP reconocía la Presidencia de la Generalitat en el exilio bajo la dirección de Josep Irla, aunque reclamaba la libertad de acción en Cataluña; mientras que, por otro lado, intentó una salida posibilista en una previsible victoria aliada, buscando contactos con la derecha opositora española: Lliga, monárquicos y carlistas. Posteriormente se incorporaron a esta organización el MSC y el FNC.
15. Companys i Jover, Lluís, presidente de la Generalitat de Cataluña (1933-39), fusilado en Barcelona en 1940.
16. Fabra, Pompeu, filólogo y presidente del Institut d’Estudis Catalans (1912-29).
17. Pous i Pagès, Josep, escritor catalán (1873-1952).
18. Pi i Sunyer, Carles, político catalán dirigente de ERC, alcalde de Barcelona, conseller de la Generalitat y presidente del Consell Nacional Catalá (1941) en el exilio.
19. Político e historiador catalán, presidente de la Generalitat en el exilio (1940).
20. Filósofo y político catalán, (1878-1943).
21. Presidente de la República Francesa en 1932 y 1939. Se retiró con la llegada al poder del general Henri-Philippe Petain (presidente del gobierno colaboracionista de Vichy 1940-44).
22. BENET, Josep, Desfeta i redreçament de Catalunya, op. cit., pp. 33-46.
23. MOLAS, Isidro y CULLA, Joan B., Partits polítics de Catalunya. Segle XX, Barcelona, Enciclopedia Catalana, 2000, pp. 76-77.
24. MARTÍ GÓMEZ, José, Joan Reventós, Barcelona, Planeta, 1980, p. 67
25. Poeta catalán representante del Noucentisme. Formó parte del gobierno de la Generalitat en el exilio (1945-47).
26. MOLAS, Isidro, op. cit., pp. 77-78.
27. Presidente del Parlamento de Cataluña (1984-88).
28. Dirigente carlista en la II República Española.
29. Maurici Serrahima y Pau Romeva i Ferrer eran militantes de la UDC.
30. La Confederación de Fuerzas Monárquicas fue una supuesta coalición de monárquicos que bajo la iniciativa de Gil Robles intentaron contactar en 1947 con la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas y con Indalecio Prieto después. Ver MOLAS, Isidro, op. cit., p. 46.
31. Dirigente derechista de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) en la II República y ministro en el gabinete de Alejandro Lerroux.
32. Borbón y Battenberg, Juan. Conde de Barcelona y heredero al trono de España (1913-93).
1.3. Cataluña. Cultura, lengua y enseñanza bajo el franquismo
El 5 de abril de 1938, mientras las tropas franquistas ocupaban Lérida, el Gobierno nacional de Burgos abolió el Estatuto de Autonomía de Cataluña —en mala hora concedido por la República— según la exposición de motivos por una ley dictada por el general Franco. Esta norma borró cualquier indicio de nacionalidad y rastro de autonomía en Cataluña y además obligaba a los ciudadanos de Cataluña a someterse a las normas de las autoridades del orden público y eclesiástico. Veamos algunos ejemplos donde se refuerza esta afirmación. El 10 de agosto de 1938, el delegado de Orden Público de Lérida dispuso, entre otros asuntos:
«Respecto al uso del dialecto catalán, hay que atenerse estrictamente a las órdenes de la superioridad; pero quiero dirigirme a todos los españoles de esta provincia para decirles que los momentos actuales exigen que todos demos pruebas de un ferviente españolismo y entusiasmo por la Causa. Estos sentimientos es necesario evidenciarlos y exteriorizarlos; y, lógicamente, se da una prueba de ello no hablándolo en público (por lo menos).»33
El 27 de enero de 1939 el jefe de Servicios de Ocupación de Barcelona y subsecretario de Orden Público, general Eliseo Álvarez Arenas, la máxima autoridad gubernativa, dictó este bando:
«Persuadido de que Cataluña siente a España y la unidad española pese a la maldad de algunos y a los errores de muchos, el Caudillo Franco formula la promesa solemne de respetar en ella todo lo auténtico e íntimo de su ser y de su autarquía moral que no aliente pretensiones separatistas ni implique ataque a aquella sacrosanta unidad. Estad seguros, catalanes, de que vuestro lenguaje en el uso privado y familiar no será perseguido (...).»34
En el ámbito religioso, siguiendo la misma línea, el vicario general de la Diócesis de Barcelona distribuyó la siguiente orden el día después de la ocupación:
«Accediendo gustosamente a las indicaciones que nos han sido hechas por las dignísimas autoridades de esta provincia, rogamos a los Reverendos Rectores de iglesias, en la seguridad de que nuestro ruego será devotamente atendido, que en los actos de culto público que se celebren en sus respectivos templos no se use otra lengua vernácula que la lengua española.»35
Un testigo directo de la ocupación de Cataluña, Dionisio Ridruejo, jefe de Propaganda de Falange Española, comentó así la situación:
«La llegada de las tropas nacionales a Barcelona —puedo hablar de ello porque constituyó mi primera decepción, mi primera crisis de esperanza frente a la acción en la que participaba— fue, para empezar, una apoteosis. Pero, inmediatamente después, una brutalidad (…). Durante años fueron prohibidas todas las manifestaciones escritas y las oralmente públicas en idioma regional. Los institutos de cultura cerrados, la enseñanza del idioma proscrita, los rótulos comerciales traducidos y las ciudades y los pueblos llenos de impertinentes recomendaciones: “Hablad en español”, “Hablad en el idioma del imperio”, etc. El cuadro de las autoridades políticas y de los funcionarios, incluidos los nuestros, fue sistemáticamente forastero (...). En el orden económico se hizo todo lo posible para beneficiar el resto de España, con la extensión de la industrialización, pero se procuró extremar el criterio en sentido negativo, a disfavor de las regiones culpables, para darles a entender que se las castigaba frenando ya su notable desarrollo. He tenido noticias de innumerables expedientes de iniciativa catalana y capital catalán para la instalación de industrias nuevas, resueltas con la fórmula de “autorizadas fuera de Cataluña”. En fin, los periódicos de Barcelona y Bilbao —todos ellos en lengua castellana— se encargaron durante años de españolizar las correspondientes regiones.»36
Esta situación represiva en todo lo referente a las libertades de expresión y libre pensamiento continuó en niveles extremos hasta el año 1945, momento en que los acontecimientos externos, desfavorables al régimen, obligaron a este a cambiar de táctica, suavizando la presión sobre su enemigo interno, sobre todo después de haberse consumado la victoria aliada. No obstante, pese al férreo control efectuado por la dictadura, cabe decir que en el ámbito universitario la lucha antifranquista había comenzado nada más terminar la Guerra Civil aunque con una efectividad casi nula, pues el franquismo aplicaba en la universidad lo mismo que a otros estamentos sociales —los esquemas totalitarios— que consistían en una fuerte depuración de catedráticos y profesores de ideología contraria al régimen, desarbolando los claustros de profesores y sustituyendo, mediante las llamadas «oposiciones patrióticas», personal afecto al nuevo sistema implantado. Otro aspecto en la política represora franquista fue la implantación, mediante la Ley de Ordenación Universitaria de 1945, de un nuevo ideario histórico basado en el pasado imperial de España coartando la independencia y la crítica que siempre se había instalado en los ámbitos universitarios, desapareciendo estos factores de repente y convirtiéndose la Universidad en un mero aparato del Estado politizado bajo la ideología de los vencedores. Incluso los rectores tenían que pertenecer al partido único, la Falange Española de las JONS (FE de las JONS), y los accesos a las cátedras pasaban por la adhesión a los Principios Fundamentales del Estado y la obligatoriedad de pertenecer al Sindicato Universitario Español.




