Exploraciones y ocurrencias de un niño de los 70

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—¡Déjalo, déjalo! —decía la mamaíta de las dos pequeñas felonas con boca de media risa—. ¡Son cosas de niños!
Pensaba para mí que estar todo el día recibiendo mamporros e insultos era cosa de niños, pero no de algunas niñas que lo merecerían por triplicado, y empecé a soñar despierto, con saña, en una escena muy edificante: aquellas dos criaturas recibiendo escobazos en el culo a discreción. Estaba en aquellos amenos pensamientos cuando me devolvió a la realidad una voz de alguien que, al parecer, tenía mucha hambre.
—¡A cenar! ¡Ya era hora, coño!
Un tropel de gente entra en el salón comedor. Su doble puerta con cristal biselado en la parte superior gemía en sus goznes ante el tumulto de personas que iban todas a coger sitio: todos pasaban por ella poco menos que a presión, codazos, pisotones, empujones y con algún garrote senil en alto. Mis padres, más prudentes, entraron de los últimos y, como no podía ser de otro modo, ya no había sitio. Los comensales se distribuían en varias mesas muy alargadas, de estas de tablones sobre caballetes, codo con codo y, a modo de mesa presidencial, había otra mesa larga situada perpendicularmente al resto, adornada con unas f lores blancas y amarillas sobre un mantel blanco. Mis padres y yo no pudimos sentarnos juntos, y para que no me quedase sólito y desamparado, me acomodaron en «la mesa de los niños». Como no podía ser de otro modo, y para mi estupor, las dos amiguitas de las calcomanías me tocaron enfrente. Cuando me senté, empezó la risa, que duró toda la comida. Sabedoras de que tenían plena impunidad y de que sobre mí pesaba una presunción de culpabilidad, no escatimaron en el pitorreo. Para abstraerme de aquella desagradable situación y con las consabidas risitas f lojas de fondo, me puse a leer la minuta del menú de bodas, que se hallaba al lado de cada cubierto. Tomé un papel blanco en díptico y leí en su exterior los nombres de los novios; en el interior, lo que más me interesaba, el menú:
ENTREMESES VARIADOS: chorizo, salchichón, jamón, queso, ensaladilla y croquetas.
PRIMER PLATO: langostinos tres salsas.
SEGUNDO PLATO: ternera a la riojana.
POSTRES: tarta nupcial. Café, copa, puro.
BEBIDAS: agua, vino, gaseosa, refrescos de naranja, limón y cola.
«¡Cuántas cosas ricas! ¡Vaya comida que me espera! ¡Y voy a poder beberme por lo menos tres vasos de Fanta de limón!», pensé para mí. Pero, al momento, levanté la vista del papel y vi la cara de la niña de un solo ojo mirándome fijamente. ¿Qué me estarían preparando las hermanitas?
De repente, un gran vocerío llevó mi atención hacia la puerta: gritos de «¡vivan los novios!». Los recién casados acababan de entrar saludando a todo el mundo y, en ese momento, sonó por un altavoz que había en una pared una música, que me dijeron después que era la marcha de los novios o algo así. El disco sonaba fatal, como si estuviera hecho de papel de lija, y en un momento dado se rayó y repetía todo el tiempo dos o tres notas hasta que sonó un ruido como de estallar algo y se apagó la música.
—¡Anda ya a tomar por culo ese tiroriro7! ¡Pon cante8, imbécil, que parece que nos están arrascando la barriga! —dijo a voces un señor de la mesa de al lado, gordo, con boina y garrote, palillo en la boca, y con más morrillo que un buey.
Los novios se sentaron con los padrinos en la mesa principal y al punto comenzó a sonar una música más al gusto del boinudo: pasodobles variados en versión instrumental y postmoderna con arreglos de teclado electrónico Hammond. De vez en cuando, sonaba una voz del coro de señores que decía: «¡Olé, olé!». Toda la mesa de los niños comenzó a gritar entre grandes risas y palmadas:
—¡Que les den por culo! ¡Olé, olé!
En ese momento, llegó a la mesa un señor bajito, con barba de chivo y con cara de muy mala pipa, y preguntó quién estaba diciendo esas palabrotas. Como un resorte, las dos pequeñas harpías me señalaron como culpable. Mi reprensor me pegó un tirón de orejas y me amenazó con contarle el asunto a mi padre si se repetía. Yo gritaba en mi suplicio que habían cantado todos los demás, pero tal razonamiento no me eximió de expiar las culpas de los otros, quienes negaron haber abierto la boca, por supuesto. Las niñitas rieron una vez más y yo empecé a maquinar mi venganza, que habría de ser fría y cruel.
Todos estos malos pensamientos tuvieron su pausa al ver que por fin, mil años después de habernos sentado a la mesa, sirvieron la cena, que casi pasaba a ser desayuno. Me pusieron delante, como a todos, un plato en el que estaban unas rodajas de chorizo y salchichón de Revilla, una loncha de jamón de York reseca y, como cosa exótica, otra loncha de queso con forma cuadrada. En medio de aquel tiovivo de fiambres y como su centro y eje, un pequeño montón de ensaladilla en cuya cúspide había una aceituna rellena de anchoa. La bebida no era Fanta genuina, sino Revoltosa de naranja; pero podía pasar, porque a diario no bebía ni de la una ni de la otra. A mis espaldas, el boinudo bramó:
—¿Esto qué es? ¿Queso almericano9? ¡Será de patata, seguro!
Las niñitas llamaron a su mamá a voces de repente:
—¡ Mamá, mamá, no nos gustan las aceitunas! —Pensé para mí que, además de malas, eran tontas, porque a mí me encantan las aceitunas.
—¡Se come todo! —Se presentó la madre, que estaba sentada en otro sitio—. Si no os gustan las aceitunas, dádselas a ese niño de enfrente, que tiene cara de que le gustan mucho.
Yo pensé en que la sagaz madre se había percatado de que no dejaba de mirar las aceitunas y me puse colorado. Existía la expectativa de que las aceitunas rellenas iban a ser para mí, pero ese anhelo se fue por la borda, porque, una vez más, la mala uva de las niñas salió a relucir.
—¡No, a ese no, que nos insulta y dice tacos! —dijeron ambas indignadísimas a su madre a voz en grito.
En definitiva, con tales perros de hortelano las aceitunas se quedaron de momento sobre la mesa. Vino el segundo plato, recibido como cosa excelente, pues no todos los días se comían aquellos langostinos. Me pusieron unos cuantos en el plato y dejaron sobre la mesa un recipiente abierto de cerámica lacada blanca (algo desportillado) lleno de una mahonesa amarillenta. Esa debía ser una salsa, pero en el díptico se anunciaba que los langostinos eran «tres salsas», y por tanto, faltaban dos. La solución vino después: se pasó por las mesas un camarero bastante orondo, con blanca camisa arremangada al estilo legión, sin lacito ni nada, y con muchos pelos en los brazos y en las barbas; parecía una imagen expresionista con su contraste blanca camisa-barbas bravías. Este señor tan zurbaranesco10 iba dejando dos sobrecitos a cada comensal, los cuales sacaba de un bolsillo de la camisa, y los dejaba caer sin mucha gracia al lado de cada plato. Eran como de plástico: yo nunca había visto algo tan moderno; en uno ponía «salsa cóctel» mientras que el otro atendía por «salsa tártara». Al momento, volvió a bufar el buey de la boina a mi espalda:
—¿Qué son estas guarrerías? ¡Será para que sepa a algo el ganado11 este que nos han traído!
Y, cómo no, mis vecinitas también llamaron a su mamá en aquel trance:
—¡Mamá, mamá! ¡Pélanos las gambas y llévate estos sobres, pero no se los des al niño malo!
Ya me tenían frito las dos prójimas aquellas. En aquello, la mesa comenzó a temblar y a retumbar toda como si hubiera un terremoto; gran ruido de cubiertos chocando con vasos y un coro de voces fuertes reclamando besos por doquier:
—¡Que se besen los novios! ¡Que se besen los padrinos! ¡Que se besen los suegros! ¡Que se besen los abuelos!
Los interpelados se iban levantando, unos con más ganas que los otros, y se daban los besos demandados. Cuando se besaban, más voces y más porrazos a la vajilla, y los platos temblando sobre las mesas. Pensé para mí que como me dijeran que yo le diese un beso a cualquiera de las dos de enfrente, salía corriendo. Con las manos pringadas de los jugos de los langostinos más la mugre añadida de las salsas en que estuve revolcando sus cuerpos cual cerdos en un charco, vi cómo levantaron los platos con las cáscaras sobrantes. A continuación, trajeron la carne de ternera, que venía echa trozos en una bandeja con patatas. Detrás de quien servía la carne, el camarero gordo del claroscuro traía una gran fuente con la salsa y servía un cucharón sobre la carne a cada cual. Pensé que aquel camarero sería una especie de especialista o algo así, porque solo servía salsas; también que pronto haría su protesta el boinudo de mi espalda, pero una señora a su lado dio una gran voz al maestro salsero.
—¡¿Qué haces, tontaina?! ¡Mira cómo me has puesto mi vestido con la salsa! ¡Qué valor! ¡Esto está ardiendo y no hay quien lo quite!
Se fue corriendo el salsero y vino presto con un bote de polvos de talco y los echó por encima de la mancha a la señora, que, por cierto, era la esposa del buey con boina. Su vestido era de color beige y por delante entonces tenía un aspecto almizclero con la mancha y el talco encima. La señora se quedó desconsoladísima, dando de que hablar a los demás, y el marido soltó mil improperios contra el desarrapado de las salsas y contra la carne, que a su parecer y leal entender, no era ternera, sino vaca berrenda de desvieje12. Pensé que ese señor sería un ganadero o algo así; al menos, él tenía aspecto de ganado vacuno.
Observé a las candorosas niñas de enfrente, que se habían aburrido de comer y estaban enredando con las aceitunas que no me querían dar. Vino a dar una vuelta de vigilancia por la mesa infantil, como si fuera un guardia jurado haciendo una descubierta, el señor bajito de la barba de chivo y riñó a las dos criaturas por dedicarse a jugar con la comida. Entonces, yo tuve una idea endiablada para ajustar cuentas por todos los daños que me habían causado. En un despiste de las dos, cogí las aceitunas y, sin mirar adonde caían, las tiré para atrás, de abajo a arriba y en trayectoria elíptica en dirección al ganadero y su señora manchada. De dos, una se perdió en un destino incierto, pero la otra se le fue a colar a aquel buen hombre por dentro de la camisa, rodando espalda abajo. Al sentir el elemento extraño, se puso de pie, encogiendo el (poco) cuello que tenía.
—¿Qué me han echado por la espalda, Eusebia? ¡Tengo como una cosa fría y pringosa! ¡Vaya boda! ¡Trae para acá el sobre, que saquemos dinero!
Al instante, y alarmado por las voces del boinudo, volvió nuestro celoso vigilante barbado y, cuando vio que la señora Eusebia sacaba de la camisa de su esposo una aceituna estrujada y oliendo a pescado fiambre, se dirigió directamente a las sospechosas de la acción delictiva: las dos niñitas a las que antes había reñido. Cogió a cada una por una oreja, las levantó de modo que sus pies parecían estar danzando El lago de los cisnes y, para mi regocijo y solaz mientras las oía chillar, se las llevó de esa manera hasta la presencia de sus padres, de quienes recibieron otros castigos similares. No se sentaron más enfrente de mí ni las eché sinceramente de menos.
A aquella dulcísima sensación se añadió el anuncio de la entrada de la tarta nupcial: en una mesa con ruedas fue empujada hasta el centro del salón con música alegre de Pérez Prado. Era una gran tarta en tres o cuatro pisos, blanca de merengue y con cerezas, en cuya cúspide venían unos pequeños muñecos que representaban dos novios pintiparados. Entre vivas y aplausos, los novios recibieron una especie de gran cuchillo, machete o cimitarra, y partieron al alimón un trozo de la planta baja. Pensé para mí: «¡Vaya cara, se quedan la parte que tiene más relleno y más cerezas! ¡Con todos los que estamos aquí, no vamos a tocar a nada!». Repartieron la tarta en unos platitos y mis malos augurios se hicieron realidad porque tocábamos «a medio minuto» cada uno. ¡Qué decepción al ver aquella ridícula porción escuálida de dulce! Además, no traía encima ninguna de las cerezas. Al probarla, sabía aún a menos porque el bizcocho estaba reseco y no tenía relleno ni gracia por el centro. Yo pensé que se habrían metido los novios en la cocina y se habrían comido todos los adornos y la mayoría de la tarta, y los demás nos habíamos quedado con los restos.
Estaba mirando y remirando aquella ridiculez de ración de tarta cuando llegaron por la mesa con gran fiesta y alborozo cuatro bergantes: venían en mangas de camisa, con el cuello desarreglado y alguno con un lamparón de salsa en la barriga, si bien no supe identificar cuál de las tres de los langostinos sería. Olían a un cóctel de vino, cerveza y otros ef luvios efervescentes, y sus caras estaban coloradas, sus pelos, despeinados, y hablaban con un tono excitado, como si una urgencia les apremiase. Traían un bote de ColaCao vacío y se lo ponían a todo el mundo delante de las narices para que echasen dinero para los novios. «¡Sí, hombre, además de comerse toda la tarta se van a llevar mi paga de los domingos!», pensé para mí, así que no eché nada. Los señores mayores introducían en el bote algunas monedas de duro o de veinticinco, los más con mala cara, y los descamisados les entregaban un trozo de tela pequeño, que, según decían, era la corbata del novio cortada a trocitos. En ese momento, pensé si yo podría pedir una tijera y cortar a trozos las pateras de mis pantalones, de modo que obtendría una doble ventaja: por un lado, dejaría de tener picores en las piernas y, por el otro, obtendría pingües beneficios con la venta de los retales. Pero, de repente, otra imagen nueva me sacó de mis elucubraciones negociales: aparecieron otras cuatro personas, en ese caso, unas adolescentes crecidas, que traían también un negocio similar, anunciándose con una especie de coro de voces y graznidos. Aquellas vendían trozos de una especie de cinta rosada que debía de ser reliquia del traje de la novia y los óbolos en ese caso eran depositados en una cestita de mimbre. Las chicas tendrían mejor presencia que los primeros recaudadores de no ser por las grandes voces que daban, transmitiendo la misma sensación de emergencia que aquellos. En cualquier caso, pensé que los novios debían de ser muy pobres y por eso pedían dinero, como cuando nos daban en el colegio los sobres del Domund para que les hicieran una iglesia a los negritos o a los chinitos.
Luego, pasaron más personas, pero estas venían dando cosas. Se acercó por mi mesa una chica maquillada como las artistas del cuplé, que traía un vestido negro y unos zapatos con un tacón altísimo, y en la cabeza portaba un sombrero también negro, como del oeste, pero con una pluma de colores; me recordaba a los exploradores indios de las películas del oeste. Traía un gran cesto de castaño con asa y dentro de él venían unos regalitos. ¡A ver qué me tocaba de regalo, por lo menos! Fue entregando un puro a los señores y a las señoras, una especie de jarroncito minúsculo con un lacito rosa; pero para los niños, nada de nada. ¡Vaya desilusión, vaya discriminación! Las señoras miraban aquellos regalos y pude observar que tenían escrito los nombres de los novios.
—¿Dónde coloco yo este chochín? —dijo una dando vueltas a la jarrita. «Por lo menos tú tienes regalo», pensé yo.
Para finalizar el banquete y después de otro vocerío pidiendo que se besasen todos los de la mesa principal, sirvieron café y unas copas a los señores y a las señoras. Nuevamente, los niños estábamos siendo ignorados y no nos dieron nada más. Vino el camarero expresionista cargado con una bandeja en la que venían varias y coloridas botellas: una de Soberano, otra de anís La Castellana, y otra de Ponche Caballero, que era la más chula porque era plateada o niquelada. Cuando pasó a mi lado, le pedí que me sirviera.
—¡Yo quiero de eso!
—¡Vete a jugar, niño —me dijo seco y malencarado—, que luego te pica el culo!
Todos se rieron de mí y yo me fui de la mesa enfadado porque no me daban nada y a los demás les daban regalos y de beber. Al levantarme, reparé en el señor boinudo que había en la mesa contigua. Estaba haciendo una extraña ceremonia: mojaba el veguero que le habían dado en una copa de coñac y después lo chupaba con gran deleite y detenimiento. Otra injusticia más: «¡Anda, que si se me ocurre mojar las patatas fritas en Fanta, como a mí me gusta, tardan mucho en darme una voz!». Aún tuve ocasión de ver más cosas incomprensibles antes de que se levantaran los manteles, pues en la mesa principal, en medio de un tumulto y grandes voces, cortaban la corbata al padrino con la misma espada o cimitarra de cortar la tarta; padrino que, por cierto, ponía cara de estar siendo afeitado a navaja por un chimpancé. Los autores de aquella ocurrencia eran los cuatro descamisados que vinieron antes a sablearnos, y daban aún más voces que entonces. Por supuesto, pasaron nuevamente mesa por mesa con su bote de ColaCao y sus caras desencajadas a repartir los trocitos de la corbata padrinesca, pringada de merengue y demás, pues no habían tenido el detalle de limpiar el arma antes de dedicarla a aquel nuevo y arriesgado uso. Yo no entendía nada de aquella ceremonia, que hacía reír a muchos que me darían un tortazo por cualquier cosa de mucha menos gravedad.
Mientras una cola interminable de personas mayores pasaba por la mesa de los novios dejando unos sobres encima de una bandejita plateada, los camareros iban desmontando las mesas y retirando las sillas. Mi madre también estaba en la fila de personas que iban desfilando y felicitando a los novios. Vi que una señora que se hallaba sentada al lado de la novia abría aquellos sobres con una gran sonrisa y con los ojos como platos, y que iba escribiendo unos números en un cuaderno de Tauro de hojas cuadriculadas. Le pregunté a mi padre, que no estaba en la fila, qué significaba aquella ceremonia, por qué aquella señora se traía los deberes de mates a la fiesta y también por qué le hacía tanta risa sumar cuando a mi maldita gracia la que me hacían las cartillas de Rubio con sumas y restas sin fin. Tal vez por el exceso de preguntas, o tal vez porque estaba a otras cosas, mi padre me contestó a voces que me callase, llamándome tonto. Como no me daba por vencido, le pregunté a una señora más amable que ya había cumplido con los novios y esta me dio una respuesta que me dejó perplejo: aquellas personas estaban dando la manzana. Di dos vueltas a la mesa de los novios con discreción, pero no vi ningún canasto de manzanas ni vi que nadie les diese manzana ni pera alguna. Todo esto me llenó de confusión, pero no pregunté más. El caso es que aquel misterio fue uno más de los que quedaron sin solución.
A continuación, vino la parte más desenfrenada de la boda: retiradas las mesas y sillas, comenzó el baile. Un operario accionó unas luces de colorines que había en el techo y en las que yo no había reparado hasta el momento: se encendían y apagaban de modo gracioso, de manera que se veía a la gente a ratos verde, a ratos azul y a ratos colorada. Los novios inauguraron el baile con un vals fatalmente bailado por ambos. Cuando el vals estaba a medias, fue cortado intempestivamente para comenzar con músicas más del gusto de los concurrentes: un pasodoble titulado España Cañí. La sala se llenó al momento de parejas de señoras y señores maduros que hacían todos los mismos movimientos, como si llevasen años ensayando aquella danza. Había algunas parejas de abuelas que bailaban agarradas, pero no vi a ninguna pareja de señores bailando. En la barra del bar estaban los más, tomándose con gran algazara unas coca-colas en vasos largos o copas de coñac o anís. Yo me aburría muchísimo porque no sabía bailar y aquella música no me gustaba: las únicas canciones chulas para mi eran las de Heidi y la de Un globo, dos globos, tres globos, sin contar con las de Fofó; pero de eso no ponían nada. Después de sonar Mi carro, del inigualable Manolo Escobar, pusieron una música moderna, de sonido americano y en inglés, el Fly, Robin, fly: toda la fauna pasodoblera se fue de la pista maldiciendo al que ponía los discos porque aquello no se entendía y era todo ruidos. Pensé que eso mismo creía yo de los pasodobles, pero no me cabreaba así con ellos. Reparé en que la pista se había poblado ahora de otras personas más jóvenes y, a mi gusto, más alegres: chicos y chicas adolescentes que se movían sincopadamente con aquellos ritmos modernos. Me desconcertó y casi me ruborizó, por la falta de costumbre, el ver a chicas con minifaldas y unas botas altísimas bailando el último berrido de la música juerguera, el Saca el güisqui, Cheli. Pero lo que me pareció impresionante fue ver a un tipo al que llamaban el Bombón. Todas las chicas susurraban, en un tono emocionado, que había llegado para el baile El Bombón en su Mini Cooper, como si viniera Julio Iglesias o Cruyff. El Bombón se puso a bailar rodeado de chicas que no le quitaban el ojo de encima. Su aspecto era, como digo, lo más moderno que había visto: tenía el pelo con muchos rizos, como si fuera una gran bola de pelos, patillas impresionantes, una camisa de colorines y manchas chillonas, en plan psicodélico; una gran cadena con medallón al cuello sobre un pecho pobladísimo, a lo Tom Jones; un cinturón muy ancho de color blanco y un pantalón también blanco, muy ceñido y con unas inmensas campanas bajo las cuales se adivinaban unos grandes zapatos de plataforma. Bailaba el tío como desenfrenado, siguiendo los ritmos en perfecta sincronía. Fumaba como un carretero, pero no los puros apestosos del boinudo, sino Pepper mentolado. Yo soñaba despierto con vestir como aquel hombre y fumar cigarrillos de chocolate de los que vendían en el kiosko. Mi padre se acercó sin que me diera cuenta y me transmitió sus edificantes pensamientos:
—¡A ver si de mayor te vas a vestir como ese imbécil! ¡Vaya pinta de delincuente que tiene! —Pensé que mientras el Bombón fumaba cigarrillos picantes, lo único picante que tenía yo era precisamente la ropa; pero mi padre me siguió hablando con una propuesta brillante—. ¿Qué haces ahí parado como un soso? ¡Vete a bailar con esas niñas de ahí!
Vi que había tres niñas, mayores que yo, que estaban bailando y que no paraban de mirar al Bombón, y, como yo no sabía bailar, me daba mucha vergüenza ir a hacer el ridículo, más aún porque me iban a comparar con aquel ídolo del baile. Sin embargo, como los padres no se dan cuenta de esas cosas, seguía el mío diciéndome que me fuera a bailar, a ver si me espabilaba un poco y tal. Como el que es empujado a un barranco sin fondo, salí aterrorizado a la pista o salón sin saber ni cómo empezar a bailar. Las tres niñas me miraron y, como veían que estaba ahí tieso moviendo un pie y después el otro, como un portero de futbolín, empezaron a cuchichear y a reírse con justa causa. Me puse rojo de vergüenza, pero no se notaba mucho con los colores de las bombillas. Una de aquellas, queriendo que, efectivamente, me espabilase un poco, me dio un empujón y me puso al lado del Bombón. En ese momento, empezó a sonar Yellow River y el tipo hizo una especie de salto de baile y unos movimientos de cintura con tan mala fortuna para mí que uno de aquellos zapatos de plataforma vino a aplastar mi zapatito derecho, el cual estuvo a punto de pasar de mocasín a sandalia. Di un grito de dolor y las trillizas aquellas se rieron a carcajadas. El Bombón, viendo que le estaba afeando su coreografía, me dio una torta en el culo con su bendición:
—¡Fuera, niño! ¡Vete a comprar unas pipas, anda!
Medio cojo y oyendo aún las risas de varios, me fui de la pista, y aún del local de bodas, y, siguiendo el buen consejo de aquel bailarín, entré en el kiosko que había enfrente a comprarme un paquete de pipas de a peseta, que más me iban a aprovechar que el estar en aquella pesadilla a la que llamaban fiesta, y por la que encima había de pagarse la entrada y casi la salida. A modo de venganza, dejé todas las cáscaras encima del capó del Mini del Bombón y el cromo de fútbol que me había salido en la bolsa, que era una foto de Gárate, lo pegué en la luna de adelante, porque ya lo tenía repetido y para que se fastidiase el cabezón ese del baile, que encima seguro que era del Real Madrid.
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