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Absorta en pensamientos, visualicé con estupor sangrante, sintiendo que dolían los grilletes intangibles. ¿Quién escuchó a esas madres su verdad? Si en la calle se cruzan los latidos, ¿a quién en verdad le importa quién eres, a dónde vas? Cara a cara hay que enfrentar la realidad; ella en picada blanca nos va tendiendo una trampa, musitando tiernamente las mil frases cariñosas que empezamos a extrañar; nos invita a salir de fiesta con tacón alto de espuma, que desliza su pisada hasta la bruma, intentando dejar huellas que nos permitan volver al sendero confiable recorrido, a ese dulce ayer para quizás, en un segundo, respirar a pulmón abierto la bien amada libertad.
¡Madres de Mayo!, benditas sean sus voces que clamaron por la justicia en ese asqueroso encierro de las culpas solapadas. Tras el poder y el dinero se negocian las conciencias. Benditas sean sus manos, que no solo se juntaron para elevar oraciones, sino que también crearon el gesto de valentía al empuñar estandartes, legando a la humanidad la certeza de lo importante que es desterrar la cobardía para salir a las calles y rescatar el valor.
Madres y mujeres buenas, que detrás del insomnio no abrazaron primaveras; su dolor las ha sumido en eterno crudo invierno; mujeres buenas cansadas de persistentes auroras, donde ninguna voz ya las nombra ni les pide nada, pasaron ya a la posteridad. Y qué importa la lírica prosa de improvisado poeta, quien en rima discordante imprimió ahí en su almohada un amor a renunciar, si ellas con su dolor dibujaron a distancia aquellos senderos fértiles, perdidos en la penumbra, donde el fruto de sus entrañas los volverán a pisar, pues en el lienzo del tiempo quedarán impresos por siempre los nombres de sus hijos bien amados, ya los llevan en el alma hasta la eternidad.
Exhausta ante tantos sentimientos volcados en zozobra con el permiso de Dios, sonámbula de sueños volví a rondar callada por la casa, nuestra casita de paredes francas y de fortuna innata. Ella cobijaba nuestras vidas motivándome a cantar viejos boleros; debía revivir de entre los muertos sin saber si era yo o había cambiado, si quizás redimiendo al desencanto usaría la misma llave con la que podría abrir la puerta del olvido y consentir que la música romántica me envolviera deshojando mil noches, y ellos, siempre ellos, mis musas y motivos, prendían la hoguera de la fe y del cariño, reían inocentes sin rencores, ausentes del miedo y del espanto, sin saberse solos ni abandonados del respaldo de aquel progenitor siempre perdido, en fugaces chispas de lumbre que a lo lejos esbozaba la sombra de cualquier luz en la pared, aquel a quien querían sin engaños ni demandas, cristalinos corazones de agua pura y caudalosa, ojitos leales de ventanal abierto a la esperanza, dibujando nuestro sendero.
Hablando de senderos, casi olvido los míos, cajas de sorpresas que guardaron en su interior aquel paisaje desconocido y bello, que deleitó mis ansias y cabalgó en mis ojos, como centelleante estrella de colorido brillo; si contemplé los lagos de agua clara, incrustados cual gemas en la imponente montaña, vivir así y sentir al silencio más hermoso y ligero, lagos de verdes ojos pintados a pincel en esta mágica geografía de mi tierra bendita, canto rítmico de agua que me quita hasta el aliento, deteniendo en su murmullo mi controvertido tiempo.
Quito, tierra del sol equinoccial y piel de guerreros ancestrales, la que cultiva al poeta y acuna una guitarra; la misma cara de Dios que canta en el amanecer y despierta con la luz ligera y límpida recostada en su fértil montaña; aquella que deleita con ligero tintineo de ríos caudalosos vestidos de agua mansa; la de los volcanes imponentes, delineados con trazos perfectos de belleza inusitada; la del rondador y la humilde choza del indio, que es el amo y señor de los sembríos; la del oro negro y los tesoros asaltados en la conquista impune, calles empinadas adornadas de faroles y plazas señoriales que vigilan de cerca a sus iglesias, empapadas del ayer español y hoy mestizo.
Ciudad mía que dibujas el ocaso mientras ves partir triunfal al sol, deja que este día el camino se torne blanco y los árboles mezan sus encantos cadenciosamente, mientras me llama insistente otro verano con la urgencia de perdonar todo el pasado; si acaso, los recuerdos confunden y se adhieren a la tímida epidermis sin respeto, adentrándose en lo insólito del alma, corazón que late apresurado, empujando mis locas intenciones barranco abajo hacia secretas penas, sin comprender por qué se ensaña engalanado este azul de cielo abierto y este indescriptible olor a tierra, hierba, magia, luz y verso.
El aire puro y frío refresca cauto el palpitante acierto de retomar la vida contemplando el cielo. Parpadeo intangible de sueños concebidos en esta majestuosa naturaleza, tapizada de verdor y acariciantes laderas ocultas de belleza, semejando altivas nuestro cuerpo; beso que se encierra entre los labios, dejando un gesto delineado ahí en la boca, rúbrica indeleble que escribe un te quiero.
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