- -
- 100%
- +
Tras decir eso, o cosas parecidas, mi abuela se abanicaba muy fuerte y a gran velocidad, hasta que cerraba de un golpe el abanico y daba por zanjada la conversación, mandándome a la cama.
Cuando Rocío me contó que el escritor y nuestra profesora de literatura, Macarena, se habían conocido, recordé los coqueteos entre ella y los alumnos, a los que hipnotizaba con sus minifaldas y su exagerado acento sevillano. Me molestaba la idea de que también Álvaro G. se hubiera dejado engatusar, por eso la recibí huraña cuando fue a verme a casa y propuso que me presentara al concurso literario que acababan de convocar para los institutos de la cuenca minera, dotado con un premio de diez mil pesetas en libros. A pesar de mis resistencias me animó a escribir, y redacté un cuento titulado La Mansión en el que hilvanaba leyendas inventadas y obsesiones personales en torno a la casa sin molestarme por disimular la identidad de la protagonista, quien también acababa de perder a su padre.
Dos semanas más tarde, Macarena llamó por teléfono para comunicarme que había ganado el concurso entre un total de veintidós relatos y me entregarían el premio en un acto de fin de curso que iban a organizar como homenaje al poeta que daba nombre al instituto, Juan Ramón Jiménez.
Aquel día iba pálida cuando salí de casa. Mi madre no quiso venir. Llegué al salón de actos del ayuntamiento acompañada de Rocío, con mi timidez y mi luto a cuestas.
Después de la estupenda conferencia que dio Álvaro G. sobre la vida y obra de Juan Ramón, escuché mi nombre por el micrófono y allí estaba Macarena, con una minifalda verde que era mi salvación por acaparar casi todas las miradas, dispuesta a entregarme un cheque por valor de diez mil pesetas que debía canjear por libros en la única librería del pueblo. Subí al escenario avergonzada por los aplausos exagerados de mis amigas y acerté, casi sin voz, a dar las gracias por el micrófono. El escritor me siguió con la mirada hasta que me senté de nuevo entre el público, deseando que me tragara la tierra. Había adivinado que yo era la misma que encontró sonándose la nariz por el carril aquel sábado que entonces me parecía ya lejano, cuando todavía era una adolescente despreocupada de la muerte, uno de los últimos sábados en los que vivió mi padre. Durante todo el acto no pude evitar acordarme de un poema de Juan Ramón que aparecía en un libro que mi padre me había regalado de niña y yo había aprendido de memoria. Abril venía, lleno todo de flores amarillas: amarillo el arroyo, amarillo el vallado, la colina. El poema se acompasaba con los latidos acelerados del corazón y retumbaba en la cabeza a destiempo: el cementerio de los niños, el huerto aquel donde el amor vivía… se me anudaban al estómago. El sol ungía de amarillo el mundo con sus luces caídas. Mientras se entregaban los otros dos premios, iban y venían, sin haber sido convocadas, las amarillas mariposas sobre las rosas amarillas. Vicente Sánchez, el pintor más prometedor de la cuenca minera, recogía mientras tanto el premio de pintura, y Julián Arriola el de mejor comentario de texto sobre cualquiera de las obras del poeta homenajeado. Había elegido el Arias Tristes de Juan Ramón. No recordaba ahora si la maldita primavera amarilla era del Arias Tristes o de otro poemario, sólo sabía que me acosaba sin solución, haciendo que deseara salir corriendo a casa.
Entre los huesos de los muertos, abría Dios sus manos amarillas.
Julián era vago pero brillante: cuando trabajaba a conciencia, triunfaba. Resultaba difícil saber si le apasionaban más las motos o la literatura —estaba obsesionado entonces con Jack Kerouac y Baudelaire—, si los porros con sus colegas o yo misma, con quien había conseguido permanecer desde hacía más de un año. Mis amigas consideraban que salíamos juntos, pero yo no estaba tan segura. No nos habíamos visto desde la muerte de mi padre y apenas lo había echado de menos. Sus amigos nos llamaban «el Arriola y la Canija».
Esa misma noche se celebró la fiesta de fin de curso en el Bar Cobre, a la que el escritor también asistió. Rodeado de profesores y sobre todo de profesoras, lo observé con una antipatía oscilante entre la admiración que me producían sus escritos y la inquietud que me provocaba su amistad con Macarena. Yo había ido a esa fiesta casi obligada por Julián y Rocío. Decían que necesitaba divertirme. Todas estaban muy cariñosas conmigo por mi reciente orfandad. Julián me metía mano cuando podía y bebí más que de costumbre. Contemplo desde aquí esa primera borrachera con la misma claridad con que a una anciana moribunda se le puede aparecer en el lecho de muerte su pasado más lejano. Los vaqueros ajustados y el jersey de hilo negro, sin mangas, que me había hecho mi madre y estrenaba aquel día, el pelo cortísimo que había disgustado a mis amigas, acostumbradas a verme con una melena que decidí cortar dos semanas antes.
El escritor está arrinconado al final de la barra por Macarena y por el de Historia pero a ratos me mira, sobre todo ahora que Julián se acerca con un segundo cubata para mí, volviendo a besarme y a meter las manos por debajo del hilo negro. Me resisto porque no me gusta que haga eso en público, aunque estemos en un rincón poco iluminado. Dice que no sea estrecha, que allí no nos ve nadie, pero sé que hay al menos una persona pendiente de nosotros desde la barra, mirando por encima del hombro de Macarena, cuando sin previo aviso se encienden las luces y empiezan a sonar sevillanas a todo volumen. Joder, ya están éstos con las sevillanas, vámonos a la calle a fumar un canuto, dice Julián. En vez de seguirlo me quedo junto a Rocío y Laura, que empiezan a bailar como locas a mi lado y me hacen señas para que toque las palmas y me anime. Es inútil, nadie va a conseguir eso de mí, pienso mientras bebo con demasiada rapidez, apuro otro cigarrillo y permanezco ajena a la explosión de folclore, agradeciendo que me hayan dejado sola. Es cuando veo que el escritor consigue escapar y avanza hacia mí sin perderme de vista, abriéndose camino entre la algarabía de alumnas y profesoras que cantan y bailan y gritan a los camareros pidiendo más tapas, más cubatas y más cervezas. Llega a mi lado en el penoso instante en que mi estómago, que a pesar de algunas croquetas de jamón ha pasado hoy por tantas emociones, empieza a rebelarse, y mi cerebro da la orden de comenzar a verlo todo borroso y de escuchar distorsionada esa voz grave que me nombra y se presenta. Hola, eres Carmela Estévez, ¿verdad? Enhorabuena por el premio, he leído tu relato, soy… El escritor dice su nombre. Hola, sí, ya sé quién eres, es lo que acierto a decir yo, demasiado debilitada para mantener una actitud digna, incluso para mantenerme en pie. La vergüenza se une a los jugos ácidos y me acelera el vómito. Sin acertar a darle una excusa corro a los lavabos, donde acabaré más pálida que antes, hasta que Rocío dé el toque de aviso y Julián me rescate y me lleve a casa montada en su moto.
Al día siguiente, sábado, mi madre me dejó dormir hasta el mediodía. Estaba preparando un gazpacho cuando me levanté. Esperó a que me duchase y, cuando salí del cuarto de baño, me abrazó. Felicidades, Carmela: hoy cumples diecisiete, dijo con voz de luto. Tampoco yo estaba para fiestas, pero mi hermana Rosa a sus once años necesitaba algo que celebrar y entró corriendo en la cocina, dando la noticia de que Julián estaba en la puerta del jardín. La seguí sin creerla del todo, aunque era cierto: allí estaba Julián apoyado sobre la verja de madera verde, ruborizado por haber ido a regalarme Outlandos D’Amour, la cinta de The Police para la que yo estaba ahorrando dinero. Sin esperar a que asimilase la sorpresa, afirmó bruscamente que ya estaba bien de seguir encerrada, que tenía que salir, y anunció que estaban preparando una fiesta en casa de Manuel porque sus viejos se iban de viaje. No me dejes tirado esta noche, Canija. Me esperaría allí a las ocho y media. Rocío y las demás ya estaban avisadas, iba a venir gente de Sevilla que yo no conocía. Le hice prometer que no convirtiera aquello en una fiesta de cumpleaños porque me daría vergüenza, y después se marchó, derrapando con la moto. Había quedado con los colegas para hacer motocross en la zona del Monte Ácido.
Mi madre de luto se quitó el delantal y fue con mi hermana a comprar una tarta helada. Cuando salían me dijo que había dejado encima de la cama el regalo que mi padre y ella compraron para mí la última vez que fueron a Sevilla. Estaba envuelto, pero lo adiviné. Era un ajedrez de piezas talladas en madera, acompañado de un reloj de reglamento. Los únicos que jugábamos en casa éramos él y yo. Me tanteó de pequeña, demostré interés y se propuso enseñarme, comprando libros para que yo desarrollara problemas, hasta que le di el primer jaque mate durante las últimas vacaciones de navidad, y entonces me dijo: Te estás mereciendo un tablero. Allí estaba el tablero, pero no estaba él.
Mucha gente jugaba en Tarsis y en otros pueblos de la cuenca. En las escuelas e institutos se organizaban torneos. A Julián y a mí nos unía esa afición en la que sobre todo destacaba él, que acumulaba trofeos locales y provinciales.
A media tarde Rocío y Laura pasaron a recogerme y nos fuimos a la fiesta de Manuel, en el Barrio Inglés. No había cine en Tarsis: lo habían cerrado unos años antes, y sólo era posible ver películas en un cinefórum que organizaban de manera puntual en el salón de actos de las Escuelas Profesionales. Los escasos bares eran frecuentados por hombres o parejas mayores. Con excepción del parque, no teníamos adónde ir los fines de semana. Por las tardes, sobre todo en invierno, Tarsis parecía un lugar despoblado, casi fantasmal. Quedaban para nosotras las fiestas medio clandestinas que alguien daba cuando sus padres se iban a pasar unos días fuera. Solían ser en el Barrio Inglés, donde vivían Rocío, Antonio, Manuel y Julián, mi Arriola. Todas aquellas casas estaban habitadas desde hacía veinte años por familias españolas que habían tomado el relevo de las británicas y en su mayor parte procedían de fuera. El barrio se había convertido en una zona residencial ocupada por los técnicos mejor pagados de la empresa, conocidos como el staff o los de «primera nómina», quienes disfrutaban de algunos privilegios heredados de la época colonial, como la pertenencia al Club Inglés, donde se seguía jugando al tenis, tomando el té de las cinco y bebiendo whisky de importación a bajo precio, la exención de impuestos municipales y los veraneos gratis en playas de Huelva, donde la Compañía conservaba viviendas en propiedad.
La casa de Manuel hacía esquina y estaba rodeada de un jardín donde poder perderse. Apenas se habían alterado las estancias originales. Sobre su planta victoriana se elevaban tres pisos coronados por una gran azotea. Permanecían los techos altísimos, la amplia cocina con su patio interior, los pequeños cuartos abiertos en los huecos de las escaleras y la chimenea señorial en el salón acristalado, además de otras dos en sendos dormitorios del segundo piso. Conservaban bien encerado el suelo de madera, que crujía bajo los pies anunciando un mundo de alegres fantasmas que casi podían verse: las niñas británicas jugando al escondite en los cuartos de las escaleras, la criada española durmiendo en lo que ahora era el desván del tercer piso, donde Manuel tenía su refugio, con las paredes empapeladas de pósteres de la revista Solo Moto junto a un amplificador de segunda mano y una guitarra con la que intentaba a duras penas emular a Lou Reed, cuya música siempre se escuchaba en las fiestas oscuras del número 22.
Los hijos del staff estudiaban internos en colegios privados de Sevilla, menos Julián, que a pesar de su brillantez repetía curso sin complejo alguno en el instituto público Juan Ramón Jiménez. Se negaba a seguir el ejemplo de Antonio, de Manuel y de sus propios hermanos, quienes después del internado hacían ya las carreras de Ingeniería de Minas y Derecho. Su madre, una santanderina que tomaba todas las tardes el té de las cinco en el club, sufría con las aficiones y amistades proletarias de su garbanzo negro, y a mí no me quería ni ver, sobre todo desde que supo que mi madre y mi padre trabajaban como administrativos en la Compañía y por tanto no podían ser socios del club.
Estábamos acostumbradas a esas pequeñas miserias, distinciones que pervivían entre la gente de uno y otro lado del muro de piedra que rodeaba al Barrio Inglés. Mi abuela hablaba mucho del «muro de la vergüenza». Ella, que pudo traspasarlo cuando casi nadie lo hacía, continuaba llamándolo así, pero mi madre decía que no tenía sentido ofenderse, porque ese muro ya no impedía el paso a nadie como en otros tiempos, cuando había guardas metidos en las garitas que custodiaban las dos entradas, prohibiendo el acceso a los españoles que no fueran personal de servicio, y ahora se estaban cayendo de viejas.
Ella tenía recuerdos de haber pasado por allí de niña, en los años cuarenta, a vender estampas religiosas con sus amigas. En esa época se empezaba a suavizar la segregación, incluso se habían permitido unos pocos matrimonios entre ingleses y españolas, algo impensable en la década de los veinte, cuando algunos británicos llegaron a ser expulsados por haber pretendido casarse con mujeres de Tarsis.
Luces apagadas aquella noche en el número 22, dentro unas veinte personas que han llegado de Sevilla para pasar unos días, camino de las playas, casi todas mayores que nosotras, rondando ya los veinte, como Arriola y sus amigos. Rocío se pierde pronto con Manuel por el segundo piso, a Laura también dejo de verla, y Julián, bastante «etílico» como él dice, acaba de decidir de forma unilateral que ha llegado el momento de que yo dé el gran paso. No es la primera vez que según él llega ese momento.
Estoy acostumbrada a su insistencia y sé que ya se ha acostado con otras, tal vez con alguna de las desconocidas que hay aquí esta noche, con ésa de mechas rubias que le ha preguntado, tras vernos bailar juntos Hotel California, canción repetida por los chicos en el tocadiscos para poder agarrarse, que si ahora le ha dado por las niñas, dirigiéndome una mirada de desprecio. Empequeñecida por esa mirada me dejo llevar hacia la azotea de la casa por la alfombra verde que cubre las escaleras y aminora el crujido de nuestros pasos. Hemos dejado atrás los dormitorios y estamos frente a la puerta que corona el tercer piso y él abre con la llave que le ha dejado Manuel. Cuando salimos cierra desde fuera, empeñado como siempre en que nos quedemos solos. Hasta allí sube el olor mareante de la dama de noche y el jazmín que escalan por los muros externos de la casa, la luna de junio encima de nuestras cabezas, las luces de Tarsis a lo lejos, débiles, quiero creer que como debían de haberse visto a principios de siglo pero es imposible, porque entonces el pueblo ni siquiera estaba allí —cada cuarenta o cincuenta años había sido dinamitado y empujado a cambiar de lugar por los nuevos bocados de la explotación minera—, puede que todavía ni luz eléctrica hubiera…, todo eso pienso mientras nos besamos y Julián manipula mi ropa interior. Sería cruel preguntar ahora en qué año cree él que llegó a Tarsis el alumbrado eléctrico, pero de todos modos me retiro y entonces, contrariado, me enseña un tatuaje que se ha hecho en el brazo. Dice que es mi segundo regalo de cumpleaños. Una especie de árbol, por suerte no muy grande, dibujado a partir de dos letras mayúsculas que se cruzan, la ce y la jota. No serán la ce de Carmela y la jota de Julián, le pregunto intentando contener la risa. Contesta que son la ce de cabrona y la jota de jodido. Tengo que irme, le digo, serán casi las doce. Me pide que antes fumemos abajo un chocolate que han traído de Sevilla, pero ya estamos «etílicos» y no quiero llegar colocada a casa. Él deja de insistir y baja las escaleras mientras lo sigo, fijando la mirada en su nuca poderosa: lo conozco bien, hoy se acostará con una de éstas y durante unos días no querrá saber nada de mí, pero no pasará mucho hasta que vuelva a buscarme y entonces me llamará «Niñata», dirá que está harto, que quiere una mujer de verdad, que va a tener que dejarme porque hay necesidades suyas que no estoy cubriendo.
Quiso llevarme a casa en la moto. Yo preferí marcharme sola, dando un paseo. Me acompañó hasta la garita de arriba, donde volvimos a besarnos. No nos dimos cuenta de que un coche salía muy lentamente del Barrio Inglés hasta que sus luces nos enfocaron, se detuvieron en la señal de «stop» que había junto a la garita y entonces el conductor nos miró y nosotros, abrazados todavía, lo miramos a él, que pareció querer decir algo pero se limitó a saludar con un movimiento de cabeza antes de seguir su camino.
El escritor vendría de cenar en el Club con su amigo el director, y ahora se disponía a cruzar primero el pueblo de Tarsis y más tarde el campo, a través de esos carriles que yo conocía bien.
La prenda
Me gustaba imaginar los vestidos que usaban Kristina Lomholt y las británicas, aquellas telas de buena calidad que mi abuela describía con admiración, los linos, el algodón, la lana y las sedas claras destacando en el entorno rojizo y polvoriento que rodeaba la pequeña colina sobre la que se había edificado el Barrio Inglés y moviéndose entre los jardines cada vez más frondosos de sus casas, su capilla y su club, ese mundo ensimismado que había del muro para adentro, cuyas pulcras mujeres poco tenían en común con las mineras que, a pocos kilómetros, sobrevivían en casas miserables con muchas bocas que alimentar mientras admiraban los cuerpos bien cuidados y ociosos de las inglesas cubiertos con tejidos inaccesibles. No sería fácil arañar unas monedas del presupuesto para poder comprar tela con la que hacerse un vestido.
Lo más que había aquí entonces era un percal basto, muy tieso, decía doña Concha.
Una mujer extranjera pasea a caballo, erguida, protegiendo del sol con un sombrero su cutis blanco. Lleva chaqueta clara, pantalón y botas de montar. Suele recorrer el campo pero algunas veces se interna en el pueblo, seguida por niños y niñas que le piden money y son amonestados por sus madres y sus hermanas mayores. Las mujeres dejan de acarrear cubos de agua hasta que la pálida amazona, después de saludarlas, se aleja con prudencia.
Yo había sacado de imágenes como ésa mis propias conclusiones, pero compartía la fascinación que las ropas de las mujeres británicas causaron tiempo atrás en las mineras. Los ojos de niña de mi abuela habían retenido pequeños detalles que ella rescataba ahora para mí: las faldas plisadas, los cuerpos entallados o rectos, casi sin cintura, cayendo por debajo de rodillas envueltas en medias suaves y transparentes; sombrillas de encaje y limpios zapatos de tacón cuadrado, tacones ajenos al polvo de Tarsis.
Gorritos de fieltro, pamelas de seda, sombreros para el invierno y para el verano, y muchos botones, a veces forrados de la misma tela que los vestidos, que cierran los cuellos o el vuelo de las mangas y en su brevedad hablan de un país diferente, poderoso.
La noche que mi abuela sacó de su armario la prenda de ropa blanca —así llamaba ella a la ropa interior— heredada de su tía y que ésta había heredado de su señora, disfruté con poder olerla y tocarla, buscando en su rastro de alcanfor mensajes que pudieran haber permanecido allí a lo largo de más de sesenta años. Mi nariz se hundió en su blancura amarilleada por el tiempo, hasta que la voz seca de doña Concha, quebrada por un arranque de generosidad, dijo que podía usarla, si tanto me gustaba.
Era una blusa blanca de tela de algodón duro y bien cosido, con escote rectangular ribeteado de puntillas y mangas bombachas muy cortas, recogidas en un pequeño volante igual al del elástico que la ceñía a la cintura, donde terminaba. Cerrada en su parte delantera por botones de carey muy pequeños que quedaban ocultos, entallaba el pecho con pequeñas tablas o jaretitas, como las llamaba mi abuela. Me sorprendió mucho que la usaran bajo la ropa y comencé a ponérmela para salir, con pantalones vaqueros, para espanto de doña Concha. Mi madre y ella pusieron como condición que había de llevarla siempre bien limpia y mejor planchada, y se ocuparon de que lo cumpliera.
Con esa blusa oliendo a limpio encima de un bikini negro, y mis Lee viejos y sucios cortados a la altura de las ingles, monté en la bicicleta una de las primeras mañanas de julio y sin avisar a nadie regresé al pantano. Había metido una toalla en la mochila porque mi intención era darme un baño allí, pero cuando estaba cerca de la Mansión comprobé que había vuelto a olvidar el agua.
Creía que el escritor no estaría en la casa. Un hombre como él debía de tener lugares mejores que Tarsis para pasar el verano. Macarena me había contado que estaba preparando una novela ambientada aquí en los años veinte, los años de Kristina Lomholt. Pensar en la existencia de ese texto me inquietaba, aunque no había llegado a fabular siquiera con la posibilidad de acceder a sus notas y párrafos. A quien deseaba tener acceso era a él, porque las veces que nos habíamos visto, incluida la noche del abrazo con Julián junto a la garita del Barrio Inglés, siempre me había quedado con ganas de haber dicho algo necesario o escuchado algo que él intentaba decir. Al parar en una sombra para tomar aliento notaba el bikini húmedo, pero no me quité la blusa sino que seguí pedaleando cuesta arriba por el carril, en dirección a los primeros eucaliptos que ocultaban la visión completa de la casa. Veía el tejado rojizo cada vez más cerca, y a medida que avanzaba se me iban desvelando los distintos detalles de la fachada entre la vegetación.
No dudé en desviarme hasta la cancela, que estaba cerrada. Un gran pastor alemán me anunció con sus ladridos. Yo esperaba a Dolores. Vino a abrir el escritor. Me gustó ver avanzar su corpulencia por el corredor de las palmeras, al mediodía un oasis frente al valle polvoriento y seco. Me gustó verlo en la antesala de la casa que él había rescatado del tiempo para mí, y cómo se acercaba reconociéndome sin gestos de sorpresa, como si yo no estuviera haciendo otra cosa que acudir a una cita pendiente.
Estaba despeinado y sudoroso, con una vieja camisa de hilo gris que caía arrugada sobre unos pantalones desgastados del mismo tejido. Sus pies grandes se colaban con desgana en unas zapatillas de esparto manchadas de tierra. Me miraba de arriba abajo, reprimiendo una sonrisa. Hola, Carmela, dijo con voz lenta y grave mientras abría las hojas de la cancela y el perro me olía inquieto. Tranquila, ¡quieto, León!
Después se hizo cargo de mi bicicleta, que dejó aparcada en la sombra del porche.
León y yo le seguimos en silencio.
Ahora sé que acudí a él con una espontaneidad que ya no tengo, sin analizar el porqué ni las posibles consecuencias. Como si me hubiera adivinado antes de que yo misma supiera mis razones, no hizo gestos de extrañeza ante mi visita. Me apresuré en aclarar que había parado sólo para beber, pensando que estaría allí Dolores, como la vez anterior. Él pidió que lo siguiera hasta la cocina, donde apuré el vaso de un trago ansioso y mal calculado que mojó la blusa, para luego pedir más.
Me gusta que hayas venido, dice, no tienes que preocuparte ni que dar explicaciones, tenía ganas de hablar contigo desde el día de la fiesta del instituto. Me disculpo por lo que pasó. Comienza a reír con ganas ante mi cara roja y, cuando hago ademán de marcharme, me invita a que me siente con él bajo la parra trasera, en una de las cuatro sillas de madera, grandes y desgastadas, con cojines amarillos. Ningún mueble de la casa es nuevo, me pregunto dónde los habrá conseguido. Parecen herencias familiares. Lo cierto es que son pocos, justo los necesarios, y han sido dispuestos sin intención de decorar. Encima de la mesa maciza de madera hay papeles blancos, papeles escritos y papeles sucios, libros abiertos bocabajo y cerrados bocarriba, sobres con matasellos extranjeros, un lapicero lleno de plumas y bolígrafos, un vaso de cerveza por la mitad. El verano se estira ante nosotros con un desorden de escritorio improvisado.
Estás escribiendo, lo siento, no quiero molestar, ya me voy.
Reacciona de inmediato: ¿Quieres estarte quieta un rato en esa silla? Eres la mujer más escurridiza de la cuenca minera. Espera, que ahora vuelvo.
Los ojos del escritor eran claros, de un verde grisáceo capaz de pasar de la dureza a la ternura y de la euforia a la melancolía en una rápida sucesión de matices que se pisaban unos a otros, y aquella mirada imponía respeto, me arrastraba a un estado de sumisión interior. Al escucharlo hablar con ese tono contundente, llamándome mujer, no quise hacer otra cosa que permanecer sentada, observando los papeles emborronados con su letra, cuyos trazos dibujaban breves párrafos que alternaban el orden con el caos, capaces de ser leídos por cualquiera o bien volando rápidos sobre el papel, inaccesibles.




