Breve historia de la Revolución

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Estas categorías son tipos ideales, por lo que lo importante es si en el caso concreto predomina la planificación o las acciones deliberadas, la espontaneidad o si hay una salida negociada o no a la crisis que provocan. En su mayor parte, lo cierto es que todas las revoluciones son una mezcla en gran medida de las tres. El factor clave que nos permite distinguirlas está relacionado con el momento en que se percibe la debilidad del Estado y la aparición tanto grupos organizados de opositores como de individuos que se consideran los líderes del movimiento revolucionario y son también así vistos por la mayoría de los casos por la población.
En las revoluciones de carácter espontáneo, lo primero que aparece es siempre la debilidad del Estado, gracias a la cual la oposición encuentra espacio para expresarse. Así, poco a poco, emerge un grupo que se destaca sobre los demás para liderar el movimiento. En las planificadas, en la primera fase surgen grupos que pretenden derrocar al Estado y hacerse con el poder y, si tienen éxito, utilizar su autoridad para movilizar a la población. En uno y en otro caso, la derrota militar del Estado prerrevolucionario, o la deserción en las filas militares, es lo que determina el éxito de la insurrección. En este sentido, aunque el régimen no caiga por completo, no puede recuperar el poder, ahora en manos de la sociedad, esa situación normalmente da paso a una serie de conversaciones, así como, finalmente, al traspaso negociado del gobierno.
Como hemos señalado, lo normal es que concurran diversos factores en el desarrollo de la revolución, que nunca tiene rasgos exclusivos de una sola categoría. En Rusia, por ejemplo, los activistas antiestatales habían estado urdiendo el derrocamiento del poder zarista mucho tiempo antes de que estallaran los disturbios de febrero y octubre de 1917. Pero fueron en gran parte las heridas que el Estado se autoinfligió, comenzando por la humillante derrota ante Japón en 1905, lo que allanó el camino para la revolución, en gran parte espontánea, de febrero de 1917. Quienes asumieron el poder entonces tuvieron que afrontar las dificultades derivadas de una situación económica e institucional disfuncional, lo que, unido a su incompetencia, no pudo refrenar a las fuerzas bolcheviques, organizadas con el fin de tomar el poder. En resumen, en Rusia se produjo una revolución espontanea en febrero, seguida de una planificada en octubre.
A la hora de estudiar los principales rasgos de las revoluciones planificadas, tomo en gran medida como ejemplo las revoluciones rusa, china, vietnamita y cubana, así como la aventura fallida del Che Guevara en Bolivia. La revolución de 1979 en Nicaragua también fue planificada en su mayor parte por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), aunque, además de la guerra de guerrillas y la insurrección urbana, en ella hubo una serie de huelgas generales. En este último caso, la insurrección dependió de la alianza política entre obreros y campesinos y contó con el apoyo de otros sectores importantes, como la burguesía, los intelectuales y la iglesia[6]. En Sudáfrica, el Congreso Nacional Africano urdió planes para iniciar una revolución cuando su líder, Nelson Mandela, se encontraba preso. Pero el estancamiento del país provocó que se sentaran a negociar el CNA y el Partido Nacional, que gobernaba y que estaba bajo observación de las potencias internacionales. Fue eso lo que abrió una nueva época en el país.
Al igual que en Sudáfrica, las revoluciones que derrocaron los regímenes comunistas en Europa del Este, entre 1989 y 1991, fueron posibles y triunfaron en gran parte gracias a las transiciones negociadas. A esta clase de revoluciones, algunos expertos las han denominado “revoluciones antirrevolucionarias”, porque en ellas apenas se produjeron episodios violentos y, además, su objetivo no era tanto tomar el poder como reclamar la apertura del espacio público y ciertas libertades, como la libertad de opinión y de reunión[7]. Pero los hechos acaecidos en países como Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Bulgaria, Rumanía y Alemania Oriental cumplen con todos los requisitos de las revoluciones y puede decirse que sí lo fueron, ya que no es necesaria la violencia para que un movimiento revolucionario triunfe.
Ahora bien, determinar si una revolución espontánea ha tenido éxito o no es mucho más difícil porque en ellas casi nunca se aclaran en un primer momento los objetivos y, además, los grupos que luchan por derrocar al Estado tienen cada uno sus propias metas e intereses, así como sus propias ideas acerca del régimen a instaurar tras la victoria. A ello se añade que, al menos en un primer momento, no hay nadie que ejerza claramente el liderazgo. No hay, propiamente hablando, ninguna “revolución”, ni se cuenta con ni planeamientos ideológicos claros ni planes sobre el futuro régimen. Las diferencias existentes en el seno de la coalición que adopta cada vez más rasgos revolucionarios se acaban resolviendo únicamente cuando uno de los grupos se impone al resto y se hace finalmente con el poder.
En las revoluciones espontáneas es natural que existan diversas sensibilidades o concepciones en liza, pero tras la revolución solo hay espacio para una. La naturaleza intrínsecamente imprecisa de las revoluciones espontáneas es lo que explica que el sociólogo Asef Bayat se haya preguntado si los levantamientos durante la llamada Primavera Árabe fueron o no auténticas revoluciones. Según Bayat, «carecieron de un marco intelectual» y no tenían «un conjunto de ideas, conceptos y filosofías» que informaran «el subconsciente teórico de los rebeldes, influyeran en su visión o en la elección de estrategias y el tipo de líderes escogidos». Además, señala, carecían, en términos políticos y económicos, de radicalismo[8]. Por lo tanto, lo que ocurrió en Túnez, Egipto y Yemen no fue ni una revolución ni una reforma, sino lo que llama una “refolución”, es decir, un «movimiento revolucionario que surgió para conminar al Estado a hacer determinados cambios y poner en marcha reformas importantes en nombre de la revolución»[9]. «Por la movilización parecían revolucionarios, pero desde el punto de vista de lo que proponían, era movimientos de reforma», precisa[10].
No se equivoca Bayat al preguntarse si lo ocurrido en el mundo árabe fue una revolución o algo diferente, es decir, situaciones de caos o inestabilidad, guerras civiles alimentadas por conflictos regionales preexistentes, maniobras de terceros países, etc. Es cierto que, solo teniendo en cuenta el factor temporal, los levantamientos árabes carecieron del alcance y duración de la revolución francesa o iraní. Pero la ausencia de “conceptos y filosofías” caracteriza a todas las revoluciones espontáneas y el supuesto secuestro de la revolución por parte de otros grupos es una habitual cuando unos obtienen el poder frente a colectivos que también lo desean. De la misma manera que los opositores laicos al régimen del Sha en Irán sintieron que el ayatolá Jomeini y sus secuaces se habían adueñado de la revolución, los activistas y miembros de los Hermanos Musulmanes y las fuerzas armadas egipcias se acusaron recíprocamente de hacerlo en la “Revolución del 25 de enero”. Fue ese día fatídico el momento culminante de lo que muy rápidamente se convirtió una revolución de enorme relevancia histórica. Pero el golpe de Estado de julio de 2013 por parte del general Abdelfatah El-Sisi restauró los antiguos principios que regían las relaciones entre el Estado y la sociedad, revocando las primeras reformas. En otros lugares, como Libia, Siria y Yemen, a las fracturas existentes entre la élite se añadió la intervención extranjera, lo que sumió al país en una guerra civil. Hablar en esos casos de revolución, tal y como empleamos aquí el término, no tiene mucho sentido. Solo en Túnez se puede decir que se llevó a cabo una transición con poca violencia, en términos comparativos, y se inició un proceso de negociación. El resultado, al menos por ahora, no se puede decir que haya sido menos revolucionario.
La tesis de este ensayo se basa en los trabajos y análisis sobre la revolución ofrecidos por cuatro generaciones de investigadores, tal y como las clasificó en su momento George Lawson. Este ultimo diferenciaba cuatro etapas en los estudios sobre la cuestión, no necesariamente distintas[11]. La primera generación, aparecida antes de la Segunda Guerra Mundial, y representada por los trabajos de Crane Brinton, adoptó en sus contribuciones el punto de vista de la “historia natural”, centrándose en el estudio de los síntomas de la decadencia política y desequilibrio social producidos en los momentos precedentes y posteriores a la revolución. La segunda generación, tras la Guerra, se centró en los vínculos causales entre los procesos de modernización y los levantamientos, examinando o bien lo que se ha dado en llamar el fenómeno de la desincronización (Chalmers Johnson), bien el de las expectativas incumplidas (James Davies), o bien el de la degradación relativa (Ted Robert Gurr). Los análisis estructuralistas se popularizaron entre los años sesenta y ochenta, conformando la tercera generación de estudiosos. En ellos, se prestaba atención a la función de las estructuras nacionales e internacionales —por ejemplo, Estados mecenas más poderosos, clases nacionales como el campesinado y la burguesía, guerras, etc.—, como reflejan las obras pioneras de Barrington Moore, Theda Skocpol y Jack Goldstone. Una cuarta generación, a la que supongo que pertenece este libro, se dedica a analizar las complejas interacciones entre el ámbito de las relaciones internacionales, las crisis políticas y los desarrollos sociales que provocan el estallido revolucionario y, al mismo tiempo, dan forma a sus resultados y consecuencias.
En concreto, lo que pretendo en estos capítulos es llamar precisamente la atención sobre la concurrencia de cuatro factores en todas las clases de revolución, ya sean planificadas, espontáneas o negociadas. Al elaborar una teoría sobre la revolución, esos cuatro factores constituyen los pilares fundamentales del marco analítico. Se hace referencia, así, a la dimensión institucional, a la internacional, al liderazgo y la agencia y, finalmente, a la economía. Cualquier análisis sobre la revolución debe tenerlos en cuenta. Al mismo tiempo, se trata de factores interconectados y ninguno de ellos se puede separar del resto. Así, las instituciones determinan o influyen en las relaciones de poder, dentro del Estado, entre el Estado y la sociedad, y entre los actores sociales y quienes aspiran a adueñarse del control político. Pero estas relaciones institucionales tienen lugar en un contexto más amplio, como es el internacional, en el que se decide también la fortaleza o debilidad del Estado y los recursos con que cuenta. Estos y, más ampliamente, la economía, son también importantes, ya que la capacidad de las instituciones está en función de ellos, pero también, como veremos que sucedió en Europa del Este a finales de los ochenta, las prioridades de la sociedad y la dirección que ha de tomar el Estado tras las revueltas. Todo ello muestra la relevancia de lo que denominamos “agencia”, es decir, de la capacidad de los individuos para tomar sus propias decisiones. Especialmente en el caso de las revoluciones planificadas y en las coyunturas críticas que aparecen como consecuencia de la toma revolucionaria del poder, las decisiones adoptadas por los líderes pueden tener consecuencias duraderas y de vasto alcance[12]. Por decirlo lisa y llanamente, mientras que Nelson Mandela poseía convicciones democráticas, este no era el caso de Lenin, Mao, Ho Chi Minh, Castro o Jomeini. Y aunque estos no fueron las únicas figuras revolucionarias, sus ideas personales fueron las decisivas para el resultado y configuración institucional del Estado.
PLAN DEL LIBRO
Los siguientes capítulos presentan un marco teórico para el estudio de las causas, los procesos y los resultados de las tres categorías de revolución: las planificadas, las espontáneas y las negociadas. Los capítulos 2 y 3 se centran, respectivamente, en el estudio de las planificadas y las espontáneas. El capítulo 2 analiza tanto los medios como los métodos empleados por quienes aspiran a liderar la revolución, además de examinar los esfuerzos destinados a la toma del poder. Se concluye que, independientemente de su ideología, todas están motivadas por sentimientos nacionalistas hondamente arraigados, definen roles importantes para el liderazgo del grupo y del partido de vanguardia, y se canalizan mediante la lucha armada, la movilización de guerrilleros y la formación de un ejército de infantería revolucionario.
El capítulo 3 se dedica al examen de las revoluciones espontáneas, teniendo en cuenta especialmente la vulnerabilidad y el colapso del Estado, una situación que ofrecen la posibilidad para la aparición, primero, de acciones dispersas y desorganizadas de protesta y oposición. Después se conforma un movimiento social que, con el efecto bola de nieve, da lugar a la movilización revolucionaria de la población. En ese proceso, con el tiempo y aprovechando las oportunidades que surgen, se decanta quiénes asumirán el liderazgo en el orden posrevolucionario. Una vez triunfa la revolución, el nuevo Estado no solo es diferente al anterior, sino que también adopta un papel y un perfil distinto tanto a nivel nacional como internacional.
El capítulo 4 se centra en la estructura institucional y las prioridades del Estado después de la victoria. En concreto, veremos cómo los nuevos diseñan el aparato institucional para ejercer el gobierno y afrontar los desafíos tanto políticos como económicos que se presentan. La sociedad también cambia tras la revolución, adoptando una serie de características que no son solo resultado de su experiencia revolucionaria, sino fruto de las acciones y prioridades establecidas por el nuevo orden. El capítulo 5 analiza las relaciones entre el Estado y la sociedad después de la victoria. Las revoluciones liberan tensiones de sociedades sumidas durante mucho tiempo a regímenes dictatoriales y despóticos. La reacción más natural es aferrarse a los logros y libertades recién adquiridas, pero esto último no siempre casa bien con los intereses de quienes han heredado el poder. Lo que se produce no es siempre un tira y afloja entre el Estado y la sociedad, aunque es frecuente, sino entre esta y la pretensión del Estado de crear una nueva concepción de la ciudadanía acorde con los nuevos intereses políticos. En ese marco, el disenso y la oposición adoptan también rasgos muy concretos.
Al resaltar la importancia de los temas y factores que se discuten aquí, hago referencias y extraigo, en todo momento, ejemplos de diversos sucesos históricos. Al final del libro ofrezco una breve cronología de las revoluciones a las que aludo, precedida por el capítulo 6, que recoge las principales conclusiones. Además de resumir los principales hallazgos, el apartado final analiza algunas de las formas más eficaces con que los Estados del siglo XXI intentan evitar los movimientos revolucionarios, las cuales han contribuido a fortalecer a los regímenes autoritarios y a alargar su existencia. Pero mientras haya dictadores, siempre será posible que estalle en el futuro una revolución.
[1] Zoltan Barany, How Armies Respond to Revolutions and Why (Princeton, NJ: Princeton University Press, 2016), p. 7. El subrayado es original. Para un análisis del concepto de revolución, se puede consultar James Farr, “Historical Concepts in Political Science: The Case of Revolution”, American Journal of Political Science, Vol. 26, n.º 4 (Noviembre, 1982), pp. 688–708; y John Dunn, “Revolution”, en Political Innovation and Conceptual Change, Terence Ball, James Farr y Russell Hanson, eds. (Cambridge: Cambridge University Press, 1988).
[2] John Dunn, Modern Revolutions: An Introduction to the Analysis of a Political Phenomenon (Cambridge: Cambridge University Press, 1989), p. XVI.
[3] Mark Irving Lichbach, The Rebel’s Dilemma (Ann Arbor, MI: University of Michigan Press, 1998), pp. 16-17.
[4] Ibid., pp. 22-25.
[5] George Lawson, “Negotiated Revolutions: The Prospects for Radical Change in Contemporary World Politics”, Review of International Studies, Vol. 31 (2005), p. 481.
[6] Devora Grynspan, “Nicaragua: A New Model for Popular Revolution in Latin America”, en Revolutions of the Late Twentieth Century, Jack A. Goldstone, Ted Robert Gurr, y Farrokh Moshiri, eds. (Boulder, CO: Westview, 1991), p. 97.
[7] Harald Wydra, “Revolution and Democracy: The European Experience”, en Revolution in the Making of the Modern World: Social Identities, Globalization and Modernity, John Foran, David Lane, y Andreja Zivkovic, eds. (London: Routledge, 2008), p. 43.
[8] Asef Bayat, Revolution without Revolutionaries: Making Sense of the Arab Spring (Stanford, CA: Stanford University Press, 2017), p. 11.
[9] Ibid., p. 17.
[10] Ibid., p. 18. Bayat explica que «el excepcionalismo geopolítico de Oriente Medio se explica por el petróleo y la presencia de Israel» (p.16).
[11] George Lawson, Negotiated Revolutions: The Czech Republic, South Africa and Chile (Burlington, VT: Ashgate, 2005), pp. 47-70.
[12] Podemos definir las coyunturas críticas como «períodos de tiempo relativamente cortos durante los cuales existe una alta probabilidad de que las decisiones de los agentes influyan o determinen el resultado». Concretamente, «se caracterizan por ser situaciones en las que las circunstancias estructurales (económicas, culturales, ideológicas, organizativas) que determinan la acción política pierden su influencia durante un breve espacio de tiempo, lo que tiene dos consecuencias: en primer lugar, se amplían de un modo importante las opciones con que cuentan los actores políticos y los efectos de sus decisiones, en segundo lugar, son potencialmente mayores. Por decirlo de otro modo, las contingencias se vuelven importantes». Giovanni Capoccia y R. Daniel Kelemen, “The Study of Critical Junctures: Theory, Narrative, and Counterfactuals in Historical Institutionalism”, World Politics, Vol. 59, n.º 3 (Abril, 2007), pp. 343, 348.
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