Sońka

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Porque, en primer lugar, Igor Grycowski sufre, y su sufrimiento es profundo como una caverna y extenso como un océano, pues a fin de cuentas posee un ego enorme. Si algún día quisiera suicidarse, se podría subir a su ego y saltar desde él. Y, en segundo lugar, porque no encuentra sentido a nada. Sufre de impotencia creativa y si no es eso, pues de lo otro, la inmanencia. No ve ningún sentido en el mundo, ningún objetivo en la vida, pese a emplear medios de ayuda, como drogas, pornografía, literatura filosófica.
De repente, un detalle, un recuerdo, un pequeño fragmento, un residuo: sonríe y saca del paquete otro cigarrillo.
Sońka, una vez acabadas sus faenas, se detuvo delante de la puerta, se quitó las botas de goma.
—Pachakajcie11 —dijo antes de entrar en casa.
Un perro viejo y canoso se arrimó contra los pies de Igor, se restregó mimoso, apestaba; en su collar de cuero raído brillaban unas letras metálicas de estilo gótico.
Con cierta dificultad, con repugnancia hacia el perro y las pulgas, las bacterias y los gérmenes, y también hacia la vejez del animal, Igor descifró como pudo la palabra «Borbus».
—Borbus —dijo en voz baja, y el perro alzó los ojos, del color del ámbar, casi color miel, con recuerdos de un pasado lejano hundidos en la resina del iris.
En los cuentos, los animales no son simplemente animales, son criaturas algo inferiores a las personas, pero a la vez mucho más transparentes que estas en los actos que realizan. El perro se tumbó patas arriba e Igor advirtió que Borbus era una perra.
Soy Borbus, la decimosegunda perra con ese nombre en línea directa desde Borbus Primero, apodado el Ario, así llamado por ser un enorme pastor alemán que salvó tres veces la vida a mi ama. Una vez espantó a unos lobos que se acercaron por la noche hasta las ventanas, otra vez descubrió con su olfato un foso lleno de patatas y, por último, desvió la atención de unos soldados y las balas destinadas a Sońka mataron a Borbus Primero, mi padre. Ahora, yo, Borbus Doce, apodada la Última, cuido a mi ama, Sońka la Blanca. No he tenido cachorros y mi linaje se extingue, al igual que se extingue el linaje de Sońka, ella tampoco tiene ya cachorros, nos extinguiremos al mismo tiempo, lo digo yo, Borbus Doce y Última. Y los ángeles descenderán e inclinarán sus cabezas radiantes ante mi ama, y yo ascenderé junto a ella a las arenas de la nada y aullaré en honor del Padre ausente. Aleluya. ¡Guau, guau!
Igor sintió un mareo. No había almorzado y para desayunar solo había tomado un suplemento dietético en forma de dos rayas de cocaína, que sin duda eran bajas en calorías y cuya pureza no iba muy allá. Sus párpados ocultaron los ojos de la perra, que ya no eran color ámbar sino amarillo intenso, como un huevo revuelto recién hecho, como las caléndulas o los pendones de las procesiones ortodoxas. Estoy en un cuento, pensó, un cuento sobre la vida. En otros términos, la vida resulta insoportable. ¿Me salvarán? Al menos me podrían volver a escribir como es debido.
Antes de ser salvado y después ejecutado —porque es el único final posible—, la brasa del cigarrillo le quemó los dedos, el perro se puso de pie, meneó el rabo con tristeza y se fue tranquilamente a su caseta. Sońka apareció en la puerta.
—Jadzi na malako, jadzi12 —dijo.
Igor se levantó del banco. En el umbral se quitó las sandalias de ante, tan fuera de lugar, tan suaves al tacto, más caras que una pensión anual. Se dio cuenta de que hacía muchos años que no tenía amistades a las que visitar descalzo, todos ganaban demasiado dinero. Pisó con pies desnudos un zaguán oscuro, frío, que olía a leche fermentada, a tocino y a cebolla, a heno, a chucrut y a humo, a sudor, a jabonadura y a cereales. Tras el siguiente umbral, la cocina: un aparador pintado de azul cielo, una mesa rústica con un hule de flores desgastado, dos sillas, una estufa-cocina de azulejos con lezhayka,13 un taburete con un balde de agua, un suelo de madera cubierto con pintura marrón al aceite; en la esquina derecha, un icono; en las paredes encaladas dos pequeños tapices con frases escritas en polaco, una lengua medio extranjera para Sońka, por la cual en realidad sentía indiferencia: «Si el agua es fresca, el vigor aumenta» y «Cuando es la dueña quien cocina, los platos saben de maravilla».
—¿No tiene aquí cañerías ni sistema de desagüe? —preguntó Igor.
—Pa shto?14 —contestó ella—. ¿Para que se me pudra la casa por el fregadero de la cocina? ¿Para dormir bajo el mismo techo que mi propia mierda?
Cuando Igor atravesó el umbral de la cocina, Sońka miró al inesperado huésped y comprendió, en una revelación cerúlea y llamativa como el rojo de un camachuelo, que había buscado a aquel hombre durante muchos años, desde hacía tiempo, desde el final de la guerra que resultó ser el final de la vida de Sońka. La guerra la había destruido, pero no la había derrotado. Sońka comprendió que no miraba a un príncipe, sino al ángel de la muerte; comprendió que podría contarle su historia, exponer sus actos para que fueran examinados. Comprendió que con sus últimas palabras se apagaría en su interior una lucecita débil y temblorosa: y conversaron largo y tendido hasta que se hizo de noche y después no vivieron muchos, muchos años ni fueron felices al final, más allá de la memoria. Sońka comprendió por qué se había alegrado tanto: un ángel había atravesado su puerta, un ángel auténtico y no uno mendigado en la iglesia; la mismísima raíz etimológica de «ángel», el mensajero, el malak, el anuncio de la muerte.
Sońka señaló una silla, el príncipe se sentó sin decir palabra y ella, feliz, sirvió leche en una taza esmaltada, puso sobre la mesa unas tortitas de harina preparadas esa misma mañana y sacó del aparador su mayor tesoro, reservado para los invitados más importantes, como el bachiushka15 o el propio Dios: una caja de metal con bombones.
La había comprado tres años antes, tenía forma de corazón con un hermoso rótulo dorado: «E. Wedel». Había pasado medio año, más o menos, observando aquella caja en la tienda, tan maravillosa, tan cara e inalcanzable. La miraba y se imaginaba que algún día ese corazón rojo acabaría ocupando un lugar en su casa, sobre su aparador, encima del mantelito de ganchillo, junto a los dientes. La deseaba y a menudo soñaba con ella por las noches, mientras la saliva le resbalaba sobre la almohada. Hasta que un día pidió los bombones. La tendera, la hija de Irka, de Mieleszki, se quedó con la boca abierta:
—Vy, Sońka zdureli16 —le dijo.
—Quizá me haya vuelto idiota —contestó Sońka—, pero ya tengo unos añitos, hago lo que quiero, los médicos me dieron los papeles de la pensión. ¿No te da vergüenza?
Sońka quitó el plástico que cubría el corazón para poder abrir ambos: primero aquel rojo con el rótulo dorado y bombones dentro, y después ese otro reseco como una nuez y mudo como un cisne, situado entre las costillas y sin la firma de sus creadores. Sońka no recordaba a su madre en absoluto. Se murió en el posparto, en una época en que el cuerpo de las mujeres no descansaba: al igual que la tierra de cultivo, debía ser fértil, y engendrar cada año. El óvulo divino producía un nuevo ser viviente que venía al mundo y, por lo general, se dejaba llevar al cielo un poco después, siempre y cuando la bautizara el pope y Dios la aceptara —con ellos nunca se sabe, tan voraz el uno como el otro—. Antes de la guerra no tenían allí coches y ahora, aunque los hay, se les tiene que echar gasolina, que cuesta lo suyo. Antes de la guerra, Isus Chrystus era más barato y más accesible, pues el medio de transporte del bachiushka comía hierba, y la hierba crecía gratis.
Igor trazó con el pie un círculo sobre la esterilla multicolor de ganchillo y le dio un trago a la leche, que no se parecía más que en el color a la de los cartones, porque tenía un sabor extraño, un sabor y un olor a un animal de sangre caliente, no a estériles procesos productivos. Cogió un bombón con algo verdusco por encima, seguramente un pistacho, pensó.
—Patom razpalu u piechy —dijo Sońka y se sentó frente a su invitado.
—En polaco se dice «después enciendo el fuego en la cocina» —la corrigió Igor con un genuino lenguaje de ciudad.
Porque Igor ocultaba a toda costa su verdadera infancia, la coloreaba, se avergonzaba de ella de manera consecuente, la había olvidado escrupulosamente, la había repudiado y enterrado. Una infancia que había pasado con sus abuelos en un pueblo cercano. Se llamaba, y aún seguía llamándose, Wysranka —«el cagadero»—, porque allí donde vivieron sus bisabuelos y sus abuelos se acababa el mundo, y ni siquiera el mundo, porque en otros fines del mundo había palmeras, montañas de hielo, desiertos de arena; por contra, aquel fragmento de la región de Podlasie —otro mundo aparte— había encontrado su punto final justo allí: en la línea de los abetos y en la última casa, construida antes de la época del general Sławoj —ministro del Interior en el período de entreguerras—, que elevó el nivel higiénico del país mediante un decreto sobre las obligaciones de todos los culos. Y es que el general Sławoj consideraba que en la renacida Polonia también el culo tenía sus derechos personales e intransferibles: les correspondía el derecho a cagar tranquilamente en una caseta de madera separada de la casa, bautizada como sławojka en honor del general. En cambio, antes del decreto la gente se iba entre los árboles de las lindes del pueblo, justo en Wysranka, siguiendo fielmente la máxima de que el culo tira a la sombra, igual que la cabra tira al monte. ¡Y cuidado con lo que pasa entre las piernas!
?/de una página nueva?/
—Deliciosas tortitas —dijo el príncipe con la boca llena.
Sońka contestó con una sonrisa, una sonrisa completa, puesto que los dientes habían ido desde el aparador hasta su sitio correspondiente.
—Soy Igor —comentó, aunque sin mencionar nada sobre su reino, sobre Varsovia y las tablas del escenario, sobre torres de cristal y princesas que van ciegas de química y alcohol, sobre el público, sobre un vacío más doloroso que las pullas de los críticos.
Soy Igor, poseo en mi cuenta corriente esto y aquello, tengo no sé cuántos premios y más, sin contar las nominaciones, que también importan lo suyo, aquí no, pero allí sí. Soy Igor, mis admiradores me dan su número de teléfono mientras que mis detractores se burlan y conspiran a mis espaldas, y las noches son largas, debido al resplandor de las luces de la ciudad. Soy Igor, y a decir verdad no he hecho nada todavía, todo es ceniza, las cenizas lo son todo, están por doquier, en los pulmones y en la nariz, bajo los párpados y en la boca, irritan la garganta como el humo de un cigarrillo y así será hasta el final: basta con soplar un montoncito y no habrá ni siquiera The end.
Poseo un piso muy caro, en él tengo antigüedades y sobre estas no hay ni rastro de polvo gracias a una ucraniana que le pasa el paño a todo cada semana; yo soy el único objeto físico del piso al que no le da un repaso.
Soy Sońka, mi perra, Borbus Doce y Última, me llama la Blanca, por mis cabellos canosos, los pocos que aún están enganchados a la osamenta de mi cráneo. Tengo una vaca, Mućka; un perro; unas cuantas gallinas, y un gato, Jozik. No tengo parientes, no poseo bienes, no tengo nada, aunque eso carece de importancia, porque a fin de cuentas no podré llevarme nada en mi último viaje: ni a Mućka, ni a Borbus, ni a Jozik. ¿Para qué quiero otras cosas si lo que tengo no me lo puedo llevar conmigo?
De este modo podrían haber conversado la primera vez, Igor frente a las tortitas, Sońka con un bombón entre sus dedos huesudos, cuidadosamente escogido. La primera versión fue después reescrita muchas veces, porque las palabras no pronunciadas también son palabras y la mierda no cagada, mierda. Tal es la naturaleza de todas las cosas.
Agosto del cuarenta y uno, hace un millón y pico de años, antes del Diluvio como quien dice, hace mucho, mucho tiempo. Yo era joven, tenía dos hermanos mayores, Witek y Janek, tenía toda la vida por delante, las manos ajadas de tanto trabajar, pequeñas alegrías, sentimientos ocultos, me gustaba doblar la lengua en U y hacerme trenzas. Ni siquiera era capaz de odiar hasta la médula a mi padre. Dzichia lubi jak dushu, a trasi jak jrushu,17 decía antes de empezar a pegarme, aunque yo prefería que me pegara a que me amara, pues al fin y al cabo era más fácil soportar los golpes de mi padre que su amor, sobre todo porque me amó desde el momento en que florecí. Mi padre me tenía echado el ojo desde que yo era pequeña. Mataste a mi esposa, ahora expía tu culpa, me decía. ¡Pero si yo jamás le habría hecho daño a mi madre! ¡Ni siquiera llegué a conocerla!
Ni los más viejos del lugar recordaban un agosto como aquel, todo crecía fuerte, hermoso, y parecía que ese crecimiento no tenía límites, como si el buen Dios hubiera decidido aumentar las dimensiones del mundo, como si quisiera que todo fuera más grande a partir de ese agosto. Y lo era. Incluso yo empecé a estar en las nubes: el cielo se combaba de tal forma bajo el peso de las estrellas que se apoyaba en el pañuelo que yo llevaba en la cabeza, anudado en la nuca o bajo la barbilla. Aquel agosto el sol casi no se ponía y el río apenas fluía, llevaba más peces y cangrejos que agua. Las abejas volvían caminando a las colmenas, por la arena y la hierba, tan cargadas de polen que eran incapaces de levantar el vuelo. A las gallinas se les amontonaban los huevos, cada uno con dos yemas y un polluelo. El molino de mano iba muy suave, porque el calor lo engrasaba. El grano y las patatas fermentaban en tres días y te emborrachaban en un cuarto de hora.
Nunca antes la vida había sido tan fácil para nosotros: ni como parte de Prusia, ni en ninguna Rusia (la zarista y la soviética), ni en la oligárquica Polonia, tal como aseguraban los ancianos. Sabíamos que ahora éramos súbditos de Hitler, Adolf. Según se rumoreaba, Adolf Hitler era la encarnación del mal, era el mal en sí mismo, porque nos odiaba tanto como a nuestros vecinos, aunque en realidad no sabía absolutamente nada de nosotros, lo cual no resultaba muy fastidioso porque la nueva guerra había trazado una amplia curva para evitar la aldea. Aquella era una época de muchas guerras, ninguna de las cuales era nuestra. Los polacos se habían peleado con los alemanes y los rusos, y ahora, los rusos contra los alemanes, pero esto nos incumbía más bien poco, porque no éramos de los suyos, no éramos de ninguno, solo de nosotros; quizá más allá sí, en Białystok, pero no aquí; a lo mejor un poco en Gródek, pero no en Królowe Stojło. El fin del mundo tiene la ventaja de que pocas veces llega hasta allí la guerra, lo normal es que aparezca en forma de fugitivos andrajosos, ecos deformados y un trueno que atraviesa lentamente el horizonte. En cambio, cuando llega, lo hace de un modo aterrador. Más tarde pudimos experimentarlo nosotros mismos.
Aquel día, después de acabar las faenas en la casa, salí a sentarme en el banco, sola, porque mis hermanos se habían esfumado, supongo que con las hijas de los Gryk, y mi padre se había ido a casa del vecino. Allí estaba sentada conmigo misma, mientras el sol trenzaba sus rayos, proyectaba reflejos sobre la madera y producía sonidos, como los de la carcoma, en las hojas verdes y en mi vestido de pequeños nomeolvides. Porque no sé qué ventolera me dio, pero el caso es que llevaba mi mejor vestido, el de ir a la iglesia, a las bodas y a los entierros. No comprendo en qué pensé para ponérmelo. Y allí estaba sentada, limpia y arregladita, un poco triste y bastante cansada, sin la menor idea de cómo vivir el resto de mi vida. Mi padre no quería casarme con ningún buen hombre, me necesitaba como sustituta de mi madre.
Si mi padre me hubiera visto, nos habría puesto a caldo a mí y mi madre, que en gloria esté. Pero mi padre se había ido donde el vecino y eso significaba que volvería de noche. Primero sentí el delicado temblor del aire: sus capas pesadas y transparentes se pusieron a ondear, empezaron a separarse, a despegarse unas de otras como el esmalte de los dientes, y perdieron su transparencia. El aire se volvió opaco. Después —digo «después», aunque esto sucedió hace mucho, mucho tiempo—, después en la carretera de arena se levantaron pequeñas columnas de polvo, que se quedaba en lo alto y que no dejaba de saltar desde el suelo, como si la carretera fuera una criba que separara el salvado del grano, como si desde debajo alguien creara remolinos de aire soplando a través de una paja.
Escuché un sonido similar al que hace un enorme enjambre de abejas que busca un sitio para construir una colmena. El sonido fue aumentando, se acercaba y las columnas de polvo giraban creando formas confusas color pardo, como bolas de pelo del gato al que me gustaba cepillar. Me asusté. La tierra temblaba. Un estruendo de motores y el rechinar de trozos de metal chocando entre sí irrumpieron de repente con mucha más fuerza, y entonces apareció un camión gris por la curva y tras él otro y otro. También llegaron semiorugas y se apoderó de mí un miedo cerval, como el de una lombriz cortada por una pala.
Fue como si desaparecieran los colores, como si todo se hubiera cubierto de ceniza. Miré la tela de mi mejor vestido, que ya no parecía el de las ocasiones especiales con pequeños nomeolvides, sino que estaba sucio y era normal y corriente: las florecillas se habían marchitado, el parterre estaba cubierto de ceniza. Me eché a llorar y las lágrimas debieron de llevarse la grisura y la ceniza del mundo, porque me atreví a mirar las caras de los hombres sentados en las cajas y en las cabinas de los camiones y de los demás vehículos.
Me resultaban muy parecidos unos a otros, como si los hubiera traído al mundo la misma madre, grande y trabajadora. Tenían rostros hermosos pero toscos, de piel dorada y rosácea; el pelo, claro como el marco de un icono; los ojos, del color de la tela de mi vestido; los cuerpos, atléticos. Su aspecto era magnífico, amenazante y noble; como si se hubieran perdido en aquel rincón del mundo, como si se encontraran allí por equivocación, como si hubieran abandonado por un momento la verdadera historia, como si fueran la encarnación de un error, de un rumor que aún no corría de boca en boca.
Aquellas caras soleadas se expandían como una estela de luz y los detalles se difuminaban. Antes de que se posara el polvo y regresaran los colores, se detuvo ante mí una motocicleta. Era grande, tenía una tercera rueda a un lado y una especie de cuna, de un negro reluciente, similar al caparazón de un escarabajo. De la moto se bajó una figura. Me persigné tres veces y agaché la mirada, porque me pareció que se trataba del diablo o de su criado; vestido de cuero negro, incluso su cara estaba cubierta por unas extrañas gafas, y si no le vi el rabo fue porque venía hacia mí de frente.
Se acercó al banco, se detuvo, vi las puntas de sus botas polvorientas. Empezó a decir algo, pero hablaba de una manera horrible, no pude entender ni jota de lo que quería, hablaba en algún dialecto bronco del infierno. En ese idioma suyo se tronchaban los troncos de abedules jóvenes, se rompían los cabrios y nada casaba con nada, sino que todo se separaba de todo. Rogué a Dios que se llevara de mi lado al maligno, rogué y rogué apretando con fuerza los ojos, hasta que empezaron a dar vueltas ante mí hogazas de pan anaranjado. Después de eso todo quedó en silencio y noté que me tocaba la piel desnuda de otra persona. Olía a almidón. Pensé que mi madre había vuelto para levantar mi cara hacia la carretera, que el mal se había alejado, barrido por completo por la falda de mi madre, incluidas la moto y la figura negra.
Dejé que aquella piel desconocida me agarrara por la barbilla y volviera mi cara hacia el sol. Entonces mis ojos se hundieron en otros, los más azules, profundos y alegres, enormes, brillantes y terriblemente tristes. Pensé que así debía de ser el mar del que oí hablar una vez a los judíos de Gródek. Eso fue lo que pensé, agua sin límites que no era posible cruzar a nado, había que ahogarse, y un momento después empecé a sollozar porque comprendí que estaba hechizada, fascinada y enamorada, para lo bueno y para lo malo. Comprendí que el Señor acababa de poner su sello, pude oler la cera del sello. Dios había unido nuestros destinos, el de aquel hombre con ropa de cuero negro y el mío, con mi vestido de flores.
El hombre, señalándose su corazón con la mano, dijo:
—Joachim.
Me miró.
—Joachim —repitió—. Und sie?
Noté que me ruborizaba. Aún me quemaba en la barbilla el roce de su piel. Aún me ardían las huellas de mis lágrimas.
—Sońka —contesté lo más bajo posible, aunque él me oyó.
—Sońka. —Sonrió—. Sehr gut.
Se acercó a aquella cuna negra a un lado de la motocicleta y sacó algo de ella. Me dio un cachorrillo peludo que dormía: un pequeño perro lobo rojizo. También me dio un precioso collar de piel.
—Sońka und Joachim —dijo, y después se subió a la moto y se alejó, levantando una polvareda.
Me quedé allí con el perrito dormido. No sabía qué hacer. Me sentí como una semilla sembrada en un campo de piedras. Giré con los dedos el collar para intentar descifrar las extrañas letras de estilo antiguo. No se me daba muy bien leer, sabía lo poco que me había enseñado el pope, y además aquellas no eran las letras que yo conocía, porque las que hay en nuestra iglesia se parecían a sillitas. Pero por algún milagro conseguí leerlas.
—Borbus —dije, y el cachorro levantó su hocico hacia mí.
Así recibió su nombre: Borbus Primero.
—Borbus —dijo en alto Igor.
—Borbus —repitió Sońka, y se levantó para servir más leche.
Y al otro lado de la ventana, la susodicha Borbus, Borbus Doce, se calentaba al sol y gañía. Igor, en su mente, soltó el bolígrafo, la hoja de papel, el móvil, el dictáfono y el extracto bancario electrónico donde apuntaba el relato de Sońka. Se preguntaba si debía acentuar el dialecto de uno u otro lugar —dependiendo de si la perspectiva era la del sitio donde se hallaba en ese momento o si era la de Varsovia— y si eliminar ciertas frases hechas, metáforas y comparaciones demasiado urbanas que a Sońka nunca se le habrían ocurrido. ¿O quizá sí?
Bueno, pensó, pero debo hacer hincapié en el carácter universal de esta historia, de este relato que presiento, pero que aún no conozco. Esta historia debe ser comprensible sobre todo para los demás y entonces también será comprensible para mí.
Bebió un poquito de leche.
—Así que usted se llama Sońka —comentó—. Yo soy Igor. Igorek para los amigos.
Sońka pensó que ese nombre no existía, al menos allí. ¿Sería quizás Ihar? En el idioma de Sońka no había letra «g». Daba igual; sonrió mostrando su hermosa prótesis, señaló su pecho con la mano verrugosa y dijo:
—Sońka. Sońka.
Hemos conocido nuestros nombres, pensó él, haciendo cierta concesión a la mentira.
Y después lo asaltaron pensamientos tristes.
Sońka callaba. Sentía una felicidad y una satisfacción que se extendían por aquel cuerpo suyo olvidado y conducido a una vía muerta. De nuevo, en agosto ocurría algo importante, algo que otra vez iba a ser definitivo. Se levantó, fue al dormitorio, sacó de un baúl un harapo enrollado y se lo dio con timidez al visitante.
—Na, pahladzi18 —dijo en alto.
El hombre no se apresuró a desdoblar el trapo. Primero lo sopesó en sus manos, medio sorprendido, medio intrigado. No pesaba mucho, pero en definitiva lo importante no pesa mucho, exactamente igual que lo no importante. Por eso resulta tan fácil confundir lo uno con lo otro, confundirse y perderse.
Igor miró aquella tela medio deshecha. Tenía entre sus manos un ramillete de flores secas, un trapo sucio y raído con una gran mancha color bronce. Concentró su mirada en esa mancha: ¿café, cacao?
—Heta yaho krou19 —dijo Sońka en voz baja.
Le di al cachorro leche con un trozo de pan mojado en ella. Tenía miedo de que mi padre no me dejara quedarme el regalo. Volvió muy borracho, tanto que ni siquiera me pegó, sino que se tiró sobre el jergón y se durmió como un ceporro. Deseé que en su sueño tuviera una muela de molino atada a su cuello y que el peso lo arrastrara a los abismos; que mi padre sintiera la noche y el frío, murciélagos en el pelo y sanguijuelas en los párpados, que se asustara y regresara cambiado, que fuera bueno con Janek y Witek, conmigo y con nuestros animales.








