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Y el caso es que la célebre primera prueba, con la cual santo Tomás de Aquino demostraba la existencia de Dios, se basaba enteramente en la física aristotélica. Toda cosa que se mueve necesita otra que la mueva; pero esto no puede proyectarse hasta el infinito, debe haber un límite, es decir, un agente que mueva otras cosas sin ser movido él mismo: ese motor inmóvil es Dios. En el siglo siguiente, Guillermo de Occam,9 el más grande de los escolásticos franciscanos, hizo picadillo los principios de la física aristotélica en que se basaba la primera prueba de santo Tomás de Aquino. Pero en esa época la teología escolástica había sucumbido por completo al hechizo del aristotelismo... y especialmente a los elementos más estériles, vacuos y, al propio tiempo, más ambiguos del aparato lógico de Aristóteles. Un siglo después, Erasmo clamaba aún:
Quieren aplastarme bajo seiscientos dogmas; quieren llamarme hereje y, sin embargo, son servidores de la locura. Están rodeados de una guardia de definiciones, conclusiones, corolarios, proposiciones explícitas y proposiciones implícitas. Los más versados se plantean la cuestión de si Dios puede llegar a constituir la sustancia de una mujer, de un asno o de una calabaza y, en el caso de que sea así, si una calabaza podría obrar milagros o ser crucificada... Buscan, en medio de la oscuridad más densa, lo que no existe en ninguna parte.10
De manera que la unión de la Iglesia con el Estagirita, que comenzó por ser tan promisoria, había resultado, después de todo, una mala alianza.
III. LA CIZAÑA
Antes de abandonar el universo medieval, corresponde que digamos algunas breves palabras sobre la astrología, de la cual volveremos a tratar posteriormente en este mismo libro.
En los días de Babilonia, la ciencia y la magia, el augurio y el arte de establecer calendarios, formaban una unidad indivisible. Los jonios separaron la paja del trigo. Admitieron la astronomía babilónica y rechazaron la astrología. Pero tres siglos después, en medio de la bancarrota espiritual que siguió a la conquista macedónica, “la astrología se precipitó sobre el espíritu helenístico del mismo modo que una nueva enfermedad se precipita sobre los habitantes de una isla remota”.11
El fenómeno se repitió después del colapso del imperio romano. El paisaje medieval aparece cubierto por la cizaña de la astrología y la alquimia, que invade las ruinas de las ciencias abandonadas. Cuando se reanudó la edificación, la cizaña se mezcló con los materiales y pasaron varios siglos antes de que la ciencia pudiera librarse de ella.12 Pero la adhesión medieval a la astrología no solo es una señal de una “falla de los nervios”. Según Aristóteles, todo cuanto ocurre en el mundo sublunar es provocado y gobernado por los movimientos de las esferas celestes. Este principio sirvió como exposición razonada a los defensores de la astrología, tanto en la Antigüedad como en la Edad Media. Pero la afinidad entre el razonamiento astrológico y la metafísica aristotélica es aún más profunda. Como le faltaban las leyes cuantitativas y las relaciones causales, el aristotélico pensaba ateniéndose a las afinidades y correspondencias entre las “formas” o “naturalezas” o “esencias” de las cosas. Las clasificaba según categorías y subcategorías; operaba por deducción partiendo de analogías que a menudo eran metafóricas, o alegóricas, o puramente verbales. La astrología y la alquimia usaron los mismos métodos, pero de manera más libre e imaginativa, sin sujetarse al rigor académico. Si la astrología y la alquimia eran malas hierbas, la propia ciencia medieval estaba tan llena de cizaña que era difícil establecer en ella una línea de separación. Veremos que Kepler, el fundador de la astronomía moderna, no consiguió hacerlo. No ha de maravillarnos, pues, el hecho de que las “influencias”, “simpatías” y “correspondencias” entre planetas y minerales, humores y temperamentos desempeñaran un papel importante en el universo medieval, como complemento semioficial de la gran cadena del ser.
IV. SUMARIO
“En el año 1500, Europa sabía menos que Arquímedes, que murió en el año 212 a. C”., observa Whitehead en las primeras páginas de su obra clásica.13
Trataré de resumir brevemente aquí los principales obstáculos que detuvieron el progreso de la ciencia durante tanto tiempo: primero, la división del mundo en dos esferas, con la resultante división mental; segundo obstáculo, el dogma geocéntrico, en virtud del cual los espíritus enceguecidos abandonaron la promisoria línea de pensamiento que habían inaugurado los pitagóricos y que se interrumpió bruscamente con Aristarco de Samos; tercero, el dogma del movimiento uniforme en círculos perfectos; cuarto, el divorcio de las ciencias y la matemática; quinto, la incapacidad de comprender que un cuerpo en reposo tiende a permanecer en reposo, en tanto que un cuerpo en movimiento tiende a continuar moviéndose.
La conquista principal de la primera parte de la revolución científica consistió en remover estos cinco obstáculos cardinales, empresa que cumplieron tres hombres: Copérnico, Kepler y Galileo. Luego el camino quedó abierto para que se llegara a la síntesis newtoniana. A partir de aquí se avanzó con rapidez, con velocidad creciente, hasta llegar a la edad atómica. Trátase del cambio revolucionario más importante de la historia del hombre, el cual determinó en el modo de existencia de este una revolución más radical aún que la que habría significado la adquisición de un tercer ojo o alguna otra mutación biológica.
A partir de este momento el método expositivo y el estilo de este libro habrán de cambiar. El acento se desplazará de la evolución de las ideas cósmicas a los principales individuos que impulsaron tal evolución. Al propio tiempo nos adentraremos en un nuevo paisaje de clima diferente: el Renacimiento del siglo XV. Este paso súbito dejará, por cierto, algunas lagunas que llenaremos cuando se presente ocasión de hacerlo.
Con todo, el primero de los pioneros de la nueva era no pertenecía a ella, sino a la antigua. Aunque nacido en el Renacimiento, era un hombre de la Edad Media, atormentado por ansiedades y cargado de complejos. Un tímido clérigo conservador fue quien desencadenó la revolución, contra su voluntad.

1 Las Categorías y De interpretatione.
2 WHITEHEAD, Science and the Modern World, Cambridge, 1955, pág. 15.
3 De Caelo; De Generatione et Corruptione, citado por Whittaker, op. cit., pág. 27.
4 Hubo, desde luego, notables excepciones: Bacon, la escuela franciscana y la escuela de París del siglo XIV; pero la física antiaristotélica de Occam, Buridan y Oresme no produjo frutos inmediatos; Copérnico y Kepler, por ejemplo, nada conocían de su revolucionaria teoría del ímpetu (pero Leonardo sí la conocía); y el triunfo de la física antiaristotélica solo se produjo tres siglos después, por obra de Galileo, quien nunca reconoció cuánto debía a aquellas escuelas.
5 Porque una cosa no puede estar en acto y en potencia en el mismo momento y en la misma relación. Pero “potencia” y “acto”, aplicados a un cuerpo en movimiento, son términos carentes de significación. Una exposición sencilla de la controversia aristotélicooccamista sobre el movimiento se encuentra en Whittaker, op. cit., apéndice.
6 H. BUTTERFIELD, The Origins of Modern Science, Londres, 1949, pág. 14.
7 Véase supra, nota 4. Pero ni siquiera en la antigüedad esta ceguera fue total; por ejemplo, Plutarco dice (Sobre la superficie de la Luna) que la Luna es de sustancia terrestre, sólida, y que, a pesar de su peso, no cae sobre la Tierra, porque :
“La Luna está asegurada contra la caída por su mismo movimiento y el impulso de su revolución, así como los objetos puestos en hondas se ven impedidos de caer por el movimiento circular; porque, en efecto, toda cosa se ve arrastrada por el movimiento natural a ella, si no es apartada por alguna otra cosa. De suerte que la Luna no se ve arrastrada hacia abajo por su peso, a causa de que su natural tendencia queda frustrada por la revolución”. (HEATH, op. cit., pág. 170; la cursiva es mía).
La traducción corresponde a Heath, quien comenta: “Esta es prácticamente la primera ley del movimiento de Newton” (HEATH, op. cit., pág. 170). Es curioso que este pasaje haya suscitado tan pocos comentarios. El contexto demuestra que Plutarco no dio con el concepto de ímpetu, solo por azar; pero tuvo, por así decir, el “sentimiento” de ese concepto. Y el mismo sentimiento debía tener, desde luego, todo guerrero que arrojaba su venablo (y también su víctima).
8 BUTTERFIELD, op. cit., pág. 7.
9 1300-49.
10 Morias Enkognion, Basilieae, 1780, págs. 218 y sig.
11 GILBERT MURRAY, Five Stages of Greek Religion, (Londres, 1935), pág. 144.
12 Aún hoy día, cuando nuestro médico diagnostica una influenza, está atribuyendo inconscientemente la causa de la enfermedad a la mala influencia de los astros, de donde proceden todas las plagas y pestes.
13 Science and the Modern World, pág. 7.
Tercera parte

EL TÍMIDO CANÓNIGO

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