El agente secreto

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El señor Verloc no contestó.
—Tuve que arrancarle de las manos al chico el cuchillo de trinchar —continuó la señora Verloc, ahora un tanto soñolienta—. Gritaba y pataleaba, llorando. No puede soportar la idea de una crueldad. Si hubiera tenido a su alcance en ese momento al oficial alemán lo hubiera acuchillado como a un cerdo. ¡Y con toda razón, además! Hay gente que no merece piedad. —La voz de la señora Verloc se apagó y la expresión de sus ojos inmóviles se hizo más y más contemplativa durante la larga pausa que siguió—. ¿Estás cómodo, querido? —preguntó con voz suave y distante—. ¿Quieres que ya apague la luz?
La terrible seguridad de que para él no habría sueño mantenía al señor Verloc mudo e inerte, lleno de su miedo a la oscuridad y sin esperanza. Hizo un gran esfuerzo para responder.
—Sí. Apágala —dijo finalmente resignado.
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