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Desde que la concertaron semanas atrás, las ganas de asistir habían ido reduciéndose hasta el mínimo. Y no era solo a causa de su habitual manía —Juliette disfrutaba de cierta fama entre sus amigos por perder el interés siempre que ligaba con algún chico, pues cuando ya no suponía un reto, el chico dejaba de merecer la pena— sino también porque de repente él le había empezado a parecer un esnob, aburrido y superficial. Lo que antes veía como virtudes de repente se convertían en defectos. Pese a todo, su instinto le decía que había algo artificial en la máscara de chico perfecto de aquel hombre. Perdida en sus reflexiones tropezó con una grieta y a punto estuvo de caerse.
«Benditos reflejos» pensó, mientras miraba la hora en su reloj de pulsera.
—¡Hola, Jules!
La voz de Alec Trailaway la sorprendió por segunda vez en la última semana. No podría haber escogido peor momento. Llegaba tarde al restaurante y no tenía tiempo para uno de sus debates. Pero el chico ya había bajado del contenedor en el que se encontraba sentado y la alcanzó en un par de zancadas.
—Que no me llames así… —replicó con voz cansada—. ¿Qué haces aquí? ¿No tienes algún gato que torturar?
—En realidad, me gustan los gatos —reveló el chico tras encogerse de hombros.
Vestía con prendas oscuras para pasar desapercibido. Una sudadera con capucha cubría su desordenado pelo.
—Menuda sorpresa… —respondió Juliette, quien, por el contrario, iba más sofisticada que de costumbre, con un abrigo abotonado hasta las rodillas y un par de tacones bajos. El vestido verde botella, más ceñido de lo que le gustaría, quedaba oculto para aquel chico descarado.
—Bueno, ¿a dónde vamos?
Sonrió como si fuesen a comenzar una aventura y ella estuvo a punto de sentirse mal al contrariarle. Pero solo a punto.
—Yo tengo una cita. Tú puedes perderte.
Juliette intentó continuar su camino.
—¿Una cita? Eso me ofende, pensé que teníamos algo especial —declaró mientras se llevaba una mano al pecho, fingiendo estar dolido—. He luchado en vano. Ya no quiero hacerlo. Me resulta imposible contener mis sentimientos. Permítame usted que le manifieste cuán ardientemente la admiro y la amo, señorita Libston.
—Lo siento, pero no te pareces en absoluto al señor Darcy alguno, así que para, por favor.
Él se limitó a sonreír con inocencia, sabiéndose atrapado. Si había algo que admiraba del chico era cómo parecía encontrarle el lado divertido a todo. Se trataba de algo extraño en una ciudad como Elveside y le resultó incluso irónico que fuera alguien tan callejero y demente como Alex Trailaway quien pareciera entender la importancia de ser feliz. Quizás había que estar loco para hallar la felicidad en aquella ciudad.
—Bueno… —Se balanceó sobre sus pies mientras se llevaba las manos a la espalda—. ¿Sobre qué hora acabarás? No me importa esperar.
Entonces fue ella quien le dedicó una sonrisa.
—Julie… Julie —oyó como alguien la llamaba y le sacudía el brazo.
Con un gran bostezo, abrió los ojos al desperezarse como un gato. La habitación estaba llena de luz y tuvo que pestañear varias veces antes de que su vista se enfocara del todo.
—¿Qué pasa, capitán? ¿Está bien el viej… oh?
Unos ojos grises la miraban curiosos desde la cama y la joven sintió que su cara enrojecía al instante. Como si le hubiesen echado encima un jarro de agua fría, se levantó de un salto atusándose el pelo y la ropa.
—Oh, me alegro de verlo despierto, señor Harris. Soy…
—Una jovencita muy curiosa, sin duda.
El anciano parecía amable, pero a ella no se le escapó cómo entrecerró los ojos por un momento para evaluarla. Dispuesta a pasar la prueba, aceptó el reto y se recompuso. Con pasos confiados, se acercó a la cama del convaleciente y le dedicó una sonrisa desafiante.
—Disculpe mi aspecto. Su caso lleva impidiéndome dormir bien desde hace semanas. Mi nombre es Juliette Libston y soy asesora del Cuerpo de Policía de Elveside.
—Un placer, señorita Libston. ¿No es algo joven para encargarse de casos como este?
Su voz era áspera y estaba impregnada de prepotencia. No iba a llevarse bien con aquel anciano.
—¿No es usted algo mayor para seguir jugando a los delincuentes? —contraatacó la joven.
—Descarada y mordaz. Sin duda una fiera con cara de ángel. Algo peligroso, ¿no cree, jefe Johnson?
—Bueno, mi equipo debe estar a la altura. ¿No le parece? —Eriol no pensaba jugar a aquel juego, aunque el comentario no detuvo la lengua del anciano.
—Conozco a las personas como usted, demasiado brillantes para su propio bien. Aves fénix que no pueden ser enjauladas y que siempre buscan nuevos retos. Por desgracia, necesitan problemas para renacer. Y eso no se encuentra en el lado de la ley —explicó Harris con provocación.
La joven sintió la ira recorrer todo su cuerpo al escucharlo, como si una corriente eléctrica le atravesase las venas, y tuvo que apretar los puños para no lanzarse hacia el anciano que intentaba retarlos.
No pensaba darle la razón.
—Las personas como yo —respondió ella— nos sentimos mejor encerrando a los tipos como usted.
—Basta —se apresuró a intervenir Eriol para evitar una discusión mayor—. Es su vida la que está en peligro, no la nuestra. Aproveche el tiempo que corre en su contra, amigo. Quizás quiera explicarnos qué relación tiene con esto.
Eriol puso delante la fotografía y el recorte haciendo que la sorpresa inundase los rasgos de Harris.
—¿Sabe? Este de aquí se parece a usted —comentó Juliette bajo la mirada que le lanzó Eriol. Era momento para la policía.
—¿Ahora es delito sacarse una foto con amigos?
«Mala elección», pensó Juliette. Lo creyó más inteligente y sagaz. Aquella postura de indiferencia no beneficiaba a nadie de aquella habitación, y menos aún a Harris.
—Por supuesto que no, pero cuando tres integrantes han sido asesinados por un cuarto miembro, uno no puede evitar hacerse preguntas.
—Dado que ese cuarto es un criminal que creíamos muerto, en realidad no hay ninguna sospecha. ¿Quién creen que me atacó? —alzó la voz con enfado.
—Sin duda sabemos que Eden va tras usted, pero ¿se le ocurre por qué? —Eriol cuestionaba cada palabra de aquel viejo criminal. Harris, por el contrario, solo podía creer que su vida dependía de aquel hombre y de la joven que le acompañaba, aunque él ya se sentía condenado y no deseaba ensuciar aún más su memoria.
—No tengo ni idea.
—Claro. ¿Por qué alguien iría asesinando a los miembros de su antigua banda? —se burló el policía mientras le tendía una trampa.
—Está mal de la cabeza. Siempre lo estuvo.
—Entonces, lo admite. ¿Formaba parte de Casiopea?
—Yo no he dicho eso.
El hombre se dio cuenta de su error e intentó repararlo, pero ya no había solución.
Eriol no pensaba marcharse de allí sin una confesión.
Juliette tampoco.
—Sin embargo, no lo ha negado. ¿Qué tal si nos dejamos de mentiras? Pongamos todas nuestras cartas sobre la mesa, porque solo cuando aclaremos esto podremos asegurarnos de que no llega a usted de nuevo.
—Quiero un abogado.
—Por supuesto, llamaremos a su abogado y, para que hablen más tranquilos, retiraré a todos mis agentes del edificio. A todos sin excepción.
Juliette admiraba la versión más policial de Eriol. Solo él conseguía que un maldito viejo orgulloso desembuchara de aquella manera. Aún tenía mucho que aprender de él.
Tras unos minutos en silencio, el anciano suspiró y asintió.
—Está bien, nada de abogados. Pero tengo condiciones.
—Pues claro que las tiene —se le escapó a Juliette, y el hombre le dirigió una sonrisa torcida.
—No iré a la cárcel por esos crímenes. Mi nombre no saldrá en la prensa. Y me protegerán hasta que atrapen a ese bastardo.
—Me parece razonable —intervino la joven antes de que Eriol negase algunos de los requisitos. Él le permitió continuar—. Pero si vuelve a involucrarse en algo, no habrá condiciones.
—No se preocupe, me retiré hace décadas.
—Más le vale —gruñó Eriol.
—Bien, ¿qué quieren saber?
La actitud del anciano cambió por completo y, si no hubiese estado presente minutos antes, ella misma se habría tragado esa fachada de abuelo agradable dispuesto a colaborar en lo que pudiera.
—¿Fue miembro de Casiopea? ¿Sabía que Robert Eden estaba vivo? ¿Por qué va tras ustedes? —el capitán disparó todas las dudas que le habían acechado durante los últimos días sin esperar respuesta.
—Pensé que lo primero estaba claro: sí, fui integrante del grupo Casiopea, y por desgracia no sabía que ese traidor aún vivía. De lo contrario, créame que habríamos hecho algo al respecto.
—¿Quiénes?
—El equipo, claro está. Thomas Clancy, Lucas Márquez, mi hermano Steve y yo. Y aunque ya no estemos para cacerías, seguimos teniendo viejos contactos dispuestos a pagar más de un favor. Quizás Clancy y Márquez no hubiesen participado. Al fin y al cabo, lo último que supe de ellos era que habían rehecho sus vidas y no querían saber nada del pasado. Supongo que el tiempo nos cambia a todos —reflexionó—. Aunque no de la misma manera.
—¿Por qué lo dejaron? Estaban en su mejor momento y de repente atraparon a su jefe durante un golpe en solitario —Juliette no pudo evitar interrumpir—. ¿Qué ocurrió en el seno de la banda?
—Ambas preguntas tienen la misma respuesta. ¿Sé por qué nos está dando caza el viejo Bob? Sí, se me ocurre una razón. La misma por la que se disolvió el grupo. ¿Quieren saber mi teoría? Probablemente esté enfadado porque por nuestra culpa le atraparon. —Mostró una sonrisa de satisfacción que ambos quisieron borrarle del rostro—. No me miren así. El muy idiota se lo buscó. Nos atrajo a su lado con promesas de riqueza, de hacernos dueños de nuestro propio destino, de la gloria que nos merecíamos… y de repente decidió rajarse y aceptar un encargo en solitario. Un encargo por el que recibiría más dinero del que nunca habíamos visto. No nos gustó la idea de que se quedase con el botín él solo. Y cuando dijo que después de eso se retiraría… Bueno, comprenderán que no podíamos dejarlo así. Él era el líder de la banda, quien había planeado todos los golpes, y pensaba comprarse una nueva vida y dejarnos a nosotros en el punto de mira de toda la policía. ¿Y si los remordimientos le llevaron a cambiar su inocencia por nuestros nombres con los maderos de esta ciudad?
»Fuimos indulgentes. Podríamos haberlo matado, pero, a diferencia de él, nosotros sí pensábamos en el grupo, en la familia que habíamos formado. Nos criamos juntos, nuestras esposas eran amigas y vecinas, incluso nuestros hijos habían sido compañeros de colegio. Así que contratamos a alguien para que diese el chivatazo. Le entregamos pruebas suficientes para asegurarnos que no volvía a salir nunca a la calle.
»Después de la condena a cadena perpetua, los hijos de una de las víctimas lucharon para que reabrieran el caso. Así dieron con todos los trabajos que Bobby hizo sin contar con nosotros. Aquello le supuso la sentencia a muerte. No pude estar más de acuerdo con el juez.
A Juliette le horrorizó la confesión. Pensó en lo mal que debió pasarlo Leonor y cómo aquel hombre parecía regodearse mientras contaba su victoria sobre su exjefe. Ni siquiera el hecho de que muriese parecía afectarle.
—Esa misma reacción tuve yo, querida. No soy tan cruel, créeme. Incluso después de su traición apreciaba a ese bastardo. Había sido el último en entrar en la banda, a causa de mi juventud, y el bueno de Bobby nunca me dejó ensuciarme demasiado las manos. «Alguien debe seguir teniendo el alma intacta, muchacho», solía decirme. Pero a quien vi en mi apartamento no era nuestro Bob. Como he dicho, la gente cambia y algunos dejan de ser personas para ser criminales, sí, pero otros se convierten en monstruos.
Le costaba pensar que el anciano no formase parte de los grandes golpes. Si el bueno de los cinco era así, se alegraba de no haber tenido que interrogar a los otros. Los remordimientos la abordaron en cuanto ese pensamiento estalló en su mente. No debía regocijarse por la muerte de alguien. Incluso si eran asesinos tenían familia y deberían haber sido juzgados, pero Bob Eden lo había impedido. Había decidido ser fiscal, juez y verdugo y nadie, aún menos alguien de su calaña, podía tomar esa decisión.
—El bueno de Bob se fue a dormir y no volvió a despertar —continuó Harris—. Su mujer, pese al dolor, lo llevó todo con una calma asombrosa. Se ocupó ella misma de todo el papeleo, de vender lo que hizo falta y cuidar de su hijo. Incluso volvió a trabajar como maestra. Aunque algo cambió. Se hizo más fría. Creo que dudaba de nosotros, porque cortó lazos con mi hermano y conmigo. Nos dolió bastante. Nos preocupábamos por ella. A fin de cuentas, éramos responsables. Por esa razón le ofrecimos nuestra ayuda varias veces, pero se negó en redondo. Siempre fue una mujer muy orgullosa y decidió sacar a flote a su familia sin ayuda de nadie. No me extraña que lo consiguiese.
Por primera vez vio una emoción sincera en el rostro del hombre: inmerso en sus recuerdos, sus labios se torcieron en una sonrisa de cariño hacia Leonor.
—Pero no estaba muerto —señaló Juliette.
—En efecto. No lo estaba, y yo no lo supe hasta hace un par de semanas.
—¿Cómo? ¿Quién se lo dijo? —preguntó Eriol.
—Mi hermano. Días antes de morir. —Cerró los ojos por un momento y cuando los abrió el dolor marcaba su mirada—. Al parecer, Diane le había llamado contándole que Thomas, su marido, y Lucas habían sido asesinados por un hombre con el aspecto de Bob. A partir de ahí, fue sencillo. Steve movió sus hilos y se enteró de los avances que se producían en el caso. Cuando un agente confirmó que el responsable era Robert Eden no nos cupo duda de que nos estaba cazando.
—¡Eso no es cierto! —Eriol se levantó de un salto y su silla se estrelló contra el suelo—. No hay topos entre mis agentes.
—Le sorprendería la cantidad de policías que van a tomar una copa después del trabajo, jefe Johnson. No se ofenda, pero con un par de copas de más, incluso Judas habría cantado el acuerdo de las treinta monedas. Se oyen muchas cosas en ese bar… The Raven.
Juliette frecuentaba ese pub durante sus primeros meses en la comisaría. Su proximidad y su ambiente tranquilo hacían de él un lugar perfecto donde despejarse cuando el estrés y la crudeza de los casos le pasaba factura. Ella misma había sido testigo de cómo sus compañeros comentaban sin ninguna discreción detalles sobre los casos con el siempre atento camarero.
—Entonces, ¿cree que el señor Eden volverá a por usted? —quiso saber la joven para tratar de volver a la conversación.
—Sin lugar a duda, nunca deja un trabajo a medias. Puede que esto sea algo personal, aunque Bob siempre se ha dejado guiar por su cabeza. Contemplará todas las opciones y actuará en cuanto lo vea claro.
—No parece preocupado —comentó incrédula.
—Señorita, le aseguro que lo estoy. Pero, cuando llegas a mi edad, hay cosas más importantes en las que pensar, como mi familia o mis amigos. Colaboraré en todo lo que necesiten para volver a encerrarlo. Por el Bob que conocí —pese a la frialdad de su voz, un fuego parecía arder en los ojos del anciano.
—Tenemos un plan, ¿verdad, Eriol? —sonrió mordaz al ceder el testigo a su amigo, quien parecía más recompuesto.
—En efecto, lo tenemos.
—¿Y bien? ¿Un piso franco? ¿Una nueva identidad? ¿Patrullas alrededor de casa?
—Señor Harris, ¿le gusta pescar? —cuestionó Juliette
—¿Pescar? —Su ceño se frunció—. Oh, no. No, me niego.
—Eric Harris, le informo de que vamos a usarlo como cebo —aclaró Eriol.
5
Convencer al anciano para que participase en su plan fue una tarea bastante ardua, pero después de un par de horas habían logrado dejarlo sin argumentos. Al desconocer la ubicación del escondite de Robert, esta era la única opción para atraparlo antes de su próximo asesinato. Sospechaba que la tentativa de participar en la captura de un criminal tan buscado había contribuido a que aceptase, porque pronto estuvo compartiendo información sobre su antiguo jefe. La chica se había dado cuenta de que, aunque durante los años con Casiopea se le excluyó de ciertas acciones a causa de su juventud, el anciano conocía bien a los suyos.
A regañadientes, Eriol había aceptado el consejo tanto de Harris como de Juliette para ocultar la treta al resto del cuerpo. No tenían tiempo de descubrir quiénes eran los bocazas, así que sería mejor partir de la premisa de que todos podían ser culpables. La joven incluso sugirió que corriera el rumor de que la vigilancia en el hospital sería mínima.
Todo pareció funcionar, porque Will acudió para asegurarse de que les había entendido bien, incapaz de creerse que fueran a dejar sin apenas vigilancia al único testigo del caso.
Por otro lado, Juliette se vio obligada a esperar en The Raven, el bar de los rumores policiales. Discutió con Eriol sobre el destartalado teatro del cebo. Ella quería permanecer en alguna parte del hospital y él tenía claro que debía alejarse allí.
—¿Es que no puedes simplemente obedecer? —le dijo Eriol antes de marcharse—. Te estás comportando como una niña orgullosa. Quizás no debería haberte dejado volver tan pronto.
Había intentado explicarle que su empeño por estar allí no se debía a otro motivo que ellos. Lo hacía por ellos, por sus compañeros del Cuerpo de Policía. Bob Eden era capaz de cualquier cosa, y no se perdonaría que algún agente sufriera durante la ejecución de aquella locura de plan si ella podía haberlo evitado. Ellos tenían armas y todo tipo de preparación, pero Juliette disponía de la capacidad para conocer a las personas como nadie las conocería jamás. Y Eriol no quiso escucharla.
—Te recuerdo que la última vez fastidiaste toda tu vida por un simple capricho —comentó el capitán al acompañarla en coche.
Un escalofrío se apoderó de su cuerpo al oír aquella palabra. «Capricho». Así había llamado a Alec. Pese a todo lo que le había contado, Eriol Johnson seguía pensando que Juliette había arrojado su futuro por el desagüe a causa de un simple cuelgue. Por mera atracción o por haber sido esclava de sus emociones. Cuando, en realidad, ella se obsesionó con aquello porque supo ver la inocencia en sus ojos. No hubo asesinato, sino defensa propia. Por esa razón presentó aquellas pruebas a Eriol y se afanó en que todos vieran que Alec no era un maldito asesino. A nadie le importó. Con el chico muerto, ¿qué más daba si solo se defendía o realmente mataba? Si ella había vuelto a trabajar en la comisaría fue porque al final Eriol la escuchó, aunque fuese demasiado tarde. Pero la creyó, o eso pensaba hasta aquel momento.
Con un suspiro, volvió a tomar un trago de la cerveza mientras esperaba noticias.
—¿Tú qué crees, Julie? —la voz de Will la sacó de sus pensamientos.
—Perdona, ¿qué decíais? —preguntó para entrar en la conversación.
—Sobre los incendios. Ha habido varios en los últimos seis meses, en edificios abandonados, sin ocupantes y sin nada de valor. Lo interesante es que no se ha encontrado origen alguno para el fuego. Todo indica que se produjeron de manera espontánea en los propios objetos. Pero no hay nada. ¿Crees que nos encontramos ante un extraño pirómano?
—Eso es algo obvio. Si sigue además el mismo procedimiento, supongo que habréis determinado que se trata de la misma persona. Lo que me preocupa es la razón en sí.
Había oído a los agentes comentar el incremento en casos de incendios durante los días anteriores en la comisaría, pero Eden la mantuvo demasiado ocupada para pensar siquiera en ello.
—Podría tratarse de algún explosivo que al prenderse se lleve todo rastro, aunque dudo que exista semejante producto que no deje vestigio alguno de su combustión.
—Lo curioso es que se produzcan en edificios abandonados. ¿Por qué alguien haría eso? Podría tratarse de jóvenes desatados, pero no en lugares tan distantes de la ciudad. Eriol mencionó algo sobre una casa en llamas cerca del centro.
—Comenzó con varios vehículos que no relacionamos hasta más tarde. Le siguieron dos naves en el puerto, ambas vacías. Al parecer pertenecieron al ejército. Luego fue una casa en la avenida St. John y ayer un edificio en la periferia —explicó Will con entusiasmo.
Juliette siempre había tenido una buena opinión del chico. Solo él se involucraba tanto como ella en los casos, disfrutaba de su profesión. Que Eriol pensara en ascenderle a sargento de policía no era ninguna sorpresa.
—¿Y si están probando algo? —sugirió Juliette—. No habéis dado con el origen de las llamas ni producto alguno, acelerante o detonación… Puede que se trate de ciertos experimentos. Si lo analizara como periodista, pensaría en la industria química o quizás en una nueva arma. Tú mismo has dicho que los almacenes del puerto pertenecieron al ejército.
—No es una idea descabellada. La velocidad a la que se expande es increíble, y parece controlado, pues nunca se extiende fuera del recinto o del edificio…
Un fuerte golpe en la mesa ahogó la voz de su amigo y ambos se volvieron para ver a un Héctor ya ebrio.
—Bueno, tortolitos, dejemos el trabajo, por favor. —Les guiñó un ojo mientras se sentaba en el otro extremo—. ¡Bastante hemos tenido con lo de esta tarde!
—¿A qué te refieres? —Juliette alzó la voz, para que los oídos indicados escucharan con claridad.
—A todo. ¿Un hombre regresa de entre los muertos y se pone a matar a diestro y siniestro? Parece una película de zombis.
—Pero eso no es culpa de Eriol, no tiene nada que ver con él.
—Claro que no, pero lo de hoy ya ha sido de locos.
Sintió la mirada crítica de Will, quien estaba perdido con la nueva actitud de la joven.

—El teléfono de Juliette vibró. Con discreción, le echó un vistazo. —Eriol tendrá sus motivos —Juliette sabía qué botones pulsar para hacer funcionar la máquina de los rumores.
—¿Dejar a un testigo sin protección? ¿En el St. Claire? ¡Ese hospital no está a un paso de la comisaría! Ha puesto una diana en la frente de ese anciano.
Will no era como los demás. Conocía bien a sus compañeros y a Juliette. Supo ver la dirección que llevaba aquella charla y se sumó al engaño.
—¿Qué más da? —dijo al alzar la copa—. Tú misma me has contado que os ha tratado a puntapiés. No creo que ese viejo merezca otra cosa.
—Vaya, el bueno de Will mandando al traste todo —comentó Héctor.
—No quiero que el viejo muera a manos de ese monstruo resucitado —añadió—, pero hemos intentado ayudarle y él niega todo apoyo porque somos maderos.
—Quizás no sea lo correcto, pero es lo que Harris se ha ganado —terminó Héctor con la discusión.
—Es una lástima —opinó Juliette—. Espero que Eriol sepa lo que hace.
Will sonrió a la joven y ella le devolvió la sonrisa.El sedal no debería tardar en sacudirse.
Nada sucedió esa noche. Tampoco las dos siguientes. Quizás las noticias no habían llegado al criminal, o se había olvidado de su viejo amigo. Cuando pasó una semana, hasta Juliette se rindió. Eric Harris podría recibir el alta hospitalaria y tendría que volver a casa, algo a lo que él se negaba por completo. El anciano exigía protección y, en realidad, merecía ser protegido. La comisaría parecía un hervidero, pues algunos criticaban la actitud de Harris hacia la policía y otros defendían su inocencia en el caso Eden, como le ocurría a Juliette. De cualquier manera, el abogado de Harris los puso contra las cuerdas y se vieron obligados a solicitar su ingreso en el programa de testigos. El fiscal no tardó en aceptar la petición. En tan solo unos días, el caso de Robert Eden se había enfriado, prácticamente perdido, y se habían quedado sin su única herramienta para poder detenerle, o al menos encontrarle.




