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El fracaso policial fue para Juliette algo personal. Sintió que había fallado a Leonor y a sus propios compañeros armados. Sus artículos en el periódico se volvieron melancólicos y desprovistos de ánimo alguno. Incluso Jack se preocupó por ella cuando leyó aquel fragmento:
[…] Está claro que no somos dueños de nada: ni de nuestro destino, ni de nuestros sueños. ¿Por qué esforzarnos? ¿Por qué amargarnos? Si algo tiene que pasar, entonces lo hará, independientemente de si actuamos o no. Esta actitud es un mal que invade nuestra ciudad, la razón de sufrir uno de los mayores índices de criminalidad del país. Lo arreglamos con pensar que no es nuestro problema. No ayudamos en nada si no nos afecta. Hasta que lo hace, y entonces clamamos al cielo, nos quejamos y hablamos de la incompetencia de nuestros agentes, de las leyes, de los políticos… pero los responsables somos nosotros. Hoy se ha absuelto a Jeremy Gordon, un pez gordo del tráfico de armas en nuestra ciudad. ¿La causa? Los testigos se echaron atrás. Nadie dice nada, y así, contribuimos a que Elveside sea un lugar más peligroso para nuestros hijos, padres, ancianos… Para todos.
Su jefe la obligó a releer sus columnas de todo el mes e incluso ella se dio cuenta de que parecía haber dado un paso atrás desde que regresó. Eso la abrumó y decidió ponerle fin.
Había llegado el momento de seguir adelante, y nada mejor para hacerlo que trabajar en otro caso y calor familiar. Como decía su abuela sobre la lotería: la suerte es para los desdichados. Si aquello era cierto, Juliette no dispondría de suerte con el caso Eden, pero era afortunada en la vida. Aunque ella no lo supiera.
Decidió dos cosas entonces, y ambas fueron mediante una llamada. Primero telefoneó a su madre para tomar un café con ella y su abuela en The Green Garden aquella tarde. La segunda llamada fue a Will. Le pidió que la pusiera al día sobre los incendios de la ciudad. Unos minutos después ya tenía la tarde planeada y un nuevo caso en el que centrar toda su atención.
Antes del encuentro familiar, su visita sería a la biblioteca, donde sabía que la esperaba una Agnes dura de pelear. Los primeros pasos de la investigación del Pirómano de Elveside, como ya lo llamaban en las noticias, los había realizado a través de internet, pero los planos de las localizaciones de los incendios eran antiguos e incompletos, y solo Agnes podría proporcionarle tal información actualizada a través de la base de datos de información geográfica urbana. La confidencialidad de determinadas zonas y una bibliotecaria estrictamente reglamentaria le provocarían dolor de cabeza, pero no había otro modo si pretendía hallar algún tipo de patrón o comportamiento en los objetivos del extraño pirómano. Además, Juliette amaba visitar la biblioteca.
—Sé lo mucho que quieres verlos, Juliette —dijo Agnes. Su voz pretendía ser conciliadora, aunque tenía el efecto contrario en la joven—, pero no puedo darte acceso. Estos procedimientos requieren tiempo y permisos. Piensa que son bienes de incalculable valor histórico para la ciudad y tú te niegas a seguir los protocolos legales. Ni siquiera me has dejado consultarlo con el director de los archivos.
—Es que es para una investigación. Requiere confidencialidad —lo había repetido ya tantas veces que no entendía cómo la mujer aún seguía insistiendo.
—Pues trae una orden. Estoy segura de que no te será complicado. Trabajas con la policía.
—Ni siquiera voy a sacarlos de aquí, Agnes. Te prometo que serán unos minutos.
—No es no, jovencita.
—Media hora. Lo juro. —Esto hizo poner los ojos en blanco a la bibliotecaria que ya ni siquiera se molestó en contestarle—. Por favor, Agnes.
Un suspiro exasperado salió de los labios de la mujer, que se volvió con enfado.
—¿De verdad esto es tan importante para ti?
—Lo es, créeme.
Se esforzó en expresar con una mirada triste la envergadura de aquella necesidad.
Agnes siempre había sentido debilidad por su pequeño ratón de biblioteca, como siempre la llamaba, y Juliette iba a explotar todos sus encantos.
—Te doy diez minutos. Nada de trampas.
El grito que dejó escapar la chica hizo que varios estudiantes le dedicasen miradas de desaprobación e incluso algún insulto. Algo avergonzada, murmuró una disculpa mientras Agnes contenía una carcajada. Sacó los planos del archivo y Juliette los sostuvo como si fuesen de cristal.
—Cuídalos, ratoncito.
—Je prends soin, tante Agnes.
Sabía que con ese apelativo se la ganaría. Así conseguía acceder a la sección de terror cuando era pequeña.
Sin dudarlo un instante, se dirigió a la sección de Historia, que limitaba con las de Biología y Religión, un rincón perfecto donde nadie solía adentrarse y en el que podría actuar lejos de cualquier mirada.
Juntó dos mesas para desplegar ambos planos. El primero de ellos mostraba la red de alcantarillado y, aunque le sacó una foto por si acaso, lo descartó enseguida. Era el otro el que le interesaba: donde aparecían terrenos y calles al detalle. Fotografió a conciencia cada sección del plano. Le servirían para construir su propio puzle de la ciudad encajando las diversas imágenes.
—¡Listo! Ahora sí puedo trabajar en condiciones —bromeó para sí misma.
Antes de volver a enrollarlos, marcó mentalmente la localización de los incendios. Ventajas de poseer una memoria fotográfica. Al seguir el orden en que se produjeron, pudo advertir que el pirómano se aproximaba con cada acto hacia el centro de Elveside desde el oeste, algo que llamó su atención, pero no hizo saltar las alarmas en su cabeza. La policía también lo habría visto. También se fijó en el plan cultural del Ayuntamiento, con el que habían cambiado nombres a parques y plazas otorgándoles connotaciones literarias. Pero Elveside continuaba siendo la misma ratonera para delincuentes y tramposos.
«Aunque la mona se vista de seda…», pensó.
Observó, por la distancia entre los lugares calcinados, que el próximo golpe podría encontrarse en un par de calles del centro con edificios de la administración, aunque tampoco se le habría escapado a la policía. Aun así, pensaba hablar con Eriol aquella misma noche.
El sonido de pasos contra el mármol se hizo eco por toda la biblioteca. El tiempo se había acabado para la fisgona. Retiró los materiales de la mesa para no recibir una reprimenda de Agnes Einberg, quien se asomó cuando se encontraba guardando el último de los planos.
—¿Ya has acabado? Pensé que tendría que despegarte de ellos con una espátula —bromeó la mujer mayor.
—Yo siempre cumplo mis promesas, tante Agnes.
La anciana sonrió con cariño mientras comprobaba que estuviera todo en orden.
—Ratoncito manipulador.
Con un abrazo, le dio las gracias y se despidió de la bibliotecaria. Había quedado con su madre y la abuela Élise a tomar café con la promesa de un trozo de tarta Sacher.
Salió del edificio risueña, como siempre. Al guardar la cámara en el bolso tropezó en las escaleras. Por suerte, alguien que entraba pudo sostenerla para no caer al suelo. Juliette no quiso mirar a su salvador. La vergüenza solo le permitió dar las gracias y seguir adelante. Si se hubiese detenido, habría presenciado la expresión de espanto que aquella persona le dirigía.
The Green Garden era la cafetería favorita de Juliette. No si alguien buscaba un café fuerte, eso estaba claro. Sin embargo, era el lugar perfecto para charlar con tranquilidad. Las paredes de espejo del interior y las sofisticadas lámparas le otorgaban cierto aire parisino, pero donde residía la magia era sin lugar a duda en la terraza. Como el nombre indicaba, se trataba de un jardín donde abundaba la vegetación: una alfombra de verde grama, tan solo salpicada por un camino de piedras grisáceas que llevaban hasta un pequeño estanque con una graciosa cascada, lo cubría todo. Enredaderas colgaban de las paredes hasta el suelo y pequeños arbustos de flores azules y blancas ocupaban los rincones. Las mesas se distribuían sobre una plataforma desde donde apreciar el maravilloso jardín botánico interior y salvaguardadas por una barandilla de forja en forma de ramas y hojas.
Sorteó a los clientes hasta que vio a su madre y a su abuela charlando en la mesa de siempre. El mundo era un lugar menos trágico cuando su abuela sonreía. Tenía ese porte orgulloso que la hacía admirarla, pero también una expresión cariñosa que reservaba para aquellos a quienes amaba. Se levantó para recibirla y ahí, rodeada de ese jardín de ensueño, le pareció estar frente a la misma reina Titania de Sueño de una noche de verano.
El cálido abrazo borró las preocupaciones de la mente de Juliette.
—Ça va, ma petite libellule? —preguntó una vez la dejó ir.
—Très bien, mamie —sonrió al abrazar a su madre—. Hola, mamá.
—Hola, cariño. ¿Tarde productiva?
—Eso espero. —Había ocasiones en que tenía ese sexto sentido propio de las madres—. ¿Qué me ha delatado?
—El pelo. Parece que no le hubieses cepillado en días.
Tenía la costumbre de recogerse el pelo cuando trabajaba y soltarlo tan pronto como acababa.
Mientras se ponían al día, Juliette no pudo evitar fijarse en el contraste entre ella y sus referentes consanguíneos. Tanto su madre como la abuela tenían unos ojos azules que tendían a violeta cuando les daba la luz. Aunque compartía la melena lisa de color chocolate repleta de suaves reflejos de un tono miel, ella había heredado los ojos marrones de su padre. Pero la diferencia más extrema era a la hora de vestir. Mientras que las mujeres a su lado se sentían cómodas con sendos vestidos y un cuidado maquillaje, Juliette no cambiaría unos vaqueros y un jersey por nada, sobre todo su jersey gris de amplio cuello vuelto. Deseaba tener fuerzas para acicalarse como su madre por las mañanas, algo que no iba a ocurrir jamás.
—¿En qué estás trabajando ahora?
Su madre, adicta a las series policíacas, siempre aprovechaba para conocer un poco más de su trabajo. Antes de empezar a colaborar con la policía tuvo que sentarse a su lado tarde tras tarde para empaparse de Ley y orden que, según su madre, era de obligado visionado para estar correctamente preparada.
—Estoy liada con el extraño caso del pirómano de Elveside.
—Oh, cuenta, cuenta.
Rachel Libston no pensaba perder aquella oportunidad. Juliette era consciente de que su habitual insana curiosidad le venía de ella.
—No puedo decir nada, mamá. Ya sabes que trabajo con información clasificada y a ti te encanta cotillear.
—¡Eso no es cierto! —su madre hizo un mohín—. ¿A que no, mamá?
—En esta ocasión estoy con mi nieta.
—Para variar —susurró al cruzar los brazos.
La charla continuó durante el café y los bollos. El aroma a moca y el perfume que emanaba del jardín era lo que hacía de The Green Garden un lugar único. Aunque nada duraba eternamente, y la tarde se vio interrumpida por el dichoso tono del teléfono. Se disculpó antes de atender la llamada de Eriol y se apartó para hablar.
—Julie —respondió con voz cansada—. Disculpa que te moleste.
—Tú nunca molestas. De hecho, iba a llamarte esta noche.
—¿Con una proposición indecente?
El comentario logró sacar una carcajada a la chica. Hacía mucho que Eriol no traía a la mesa el enamoramiento que tuvo durante sus primeros meses de novata.
—Muy indecente: pizza y conspiraciones. ¿Qué te parece?
—Doblemente delicioso. —Aunque no podía verlo, sabía que estaba sonriendo—. Sin embargo, vamos a tener que dejarlo para otro día.
—Pero…
—Escucha, Eric Harris quiere verte antes de desaparecer para siempre de nuestras vidas.
—¿A mí? Si ni siquiera nos soportamos.
—Eso pensaba yo, aunque parece ser que eres, y cito textualmente, «la única con agallas suficientes para ocuparse de este caso». Puede que sea uno de sus caprichos, vete tú a saber… Lo único que me importa es lo que pueda decirte.
—Sí, lo entiendo. No podemos perder una oportunidad así. Aunque pensé que el caso había sido archivado.
—Y lo estará desde mañana si ese anciano grosero no nos dice algo para continuar.
—Tenía la certeza de que le habíamos sacado todo —comentó Juliette—. Quizás mi instinto se haya atrofiado con el retiro…
—No te preocupes. Como decía mi padre, de nada sirve llorar por la leche derramada.
—En nada lo sabremos. Pillo un taxi y nos vemos allí.
Tras despedirse, pasó por la barra y se aseguró de pagar la cuenta de su mesa. Además, pidió que les llevaran un par de porciones de bizcocho de plátano. Garabateó una nota como disculpa y la incorporó a uno de los platos.
El viejo Harris, a quien llevaba un par de semanas sin ver, exigía hablar con ella.
«La única con agallas…», se repetía en el taxi.
Solo Alec la había alentado cada día de ese modo antes de ir a trabajar.
Sin pretenderlo, se vio inmersa en uno de sus recuerdos más preciados.
VERANO 2016
La Posada del Errante. De todos los bares a los que podía haber acudido su mentor, tenía que ser precisamente al que más criminales asistían. Paul era un policía excelente y Juliette no pudo escoger a alguien mejor para su formación policial, pero el último caso le había dejado hecho polvo, y cuando se marchó de la comisaría no pudo evitar preocuparse por él. Cuando al día siguiente no acudió al trabajo, todo el mundo insistió en que no ocurría nada, que se había tomado un descaso. Quizás Juliette solo estaba exagerando. Sin embargo, sabía reconocer el vacío interior que se abre paso a través de una mirada sin brillo, sin chispa. Y nadie toma las mejores decisiones cuando está atrapado en ese bache del camino.
Había visitado ya su bar favorito y tres más que se encontraban en la zona, pero no había rastro alguno. Y entonces recibió la llamada de Albert, avisándola de que había creído ver a Paul en su bar.
Albert Rockwood no atraía a la policía a su local, aunque le tenía cariño a Juliette desde que trabajó un verano como camarera. Así que se dirigió hasta allí… para no encontrar señal de Paul. Hacía horas que nadie lo veía, y frustrada le rogó a Albert que la llamase en cuanto supiera algo de él.
El hombre, vestido con un traje de color gris y con una barba en la que ya había más canas que oscuridad, aceptó e insistió en acompañarla a la salida. Fue en ese preciso instante cuando oyó su nombre.
—¿Juliette?
La joven se giró decidida, pero nada la habría preparado para encontrar el rostro de Alec Trailaway. No lo veía desde que aquel hombre la atacó, y por cómo huyó del lugar le extrañó que quisiera hablar con ella.
—¿Trailaway?
La joven se puso en guardia y aumentó la distancia entre ellos. Ya le había pasado que algún delincuente al que había interrogado se obsesionara con ella. Nunca había llegado más allá de palabras y gestos obscenos, aunque sin pensarlo echó mano al espray de pimienta de su bolso y apuntó con él al chico.
—Alto ahí, agente. Le recuerdo que esto es un refugio. —Levantó las manos para mostrar que estaba desarmado, pero Juliette seguía sin confiar—. Solo quiero vivir mi vida, sin hacer daño a nadie.
Albert le echó una mirada divertida ante el título de agente y quiso corregir al muchacho. Él no se metía en los secretos ajenos y era más conveniente que el chico creyera que era policía.
—Él tiene razón, querida. Conoces el acuerdo.
Aquello hizo suspirar a Juliette, que tiró con nerviosismo de uno de sus mechones rojos, teñidos desde la adolescencia.
—Está bien. Seré fiel al pacto. Solo me gustaría que respondieses una pregunta —expuso ella con pose más relajada—. ¿Has visto por aquí a este agente? —Le enseñó la foto de Paul—. Ha desaparecido.
El chico se acercó para mirar de cerca, y Juliette contuvo el impulso de dar un paso atrás. Aún no se sentía cómoda cerca de delincuentes. No al menos desde que trabajaba para la policía. Durante su paso por La Posada del Errante como camarera solo veía clientes, nunca los imaginó como criminales. Las normas del local eran claras y de obligado cumplimiento para todos: respeto y silencio. Los asuntos pendientes quedaban fuera y a nadie le interesaba que Albert Rockwood se cabreara.
—No, pero puedo echarte una mano —respondió—. Conozco un par de sitios donde podrían tener información.
—¿Lo dices en serio? —la sorpresa en su voz era casi ofensiva—. ¿Por qué?
—Porque cuando me aburro me meto en algún lío. Además, será interesante, Juliette —dijo Alec con una sonrisa mediante.
El joven desapareció tras la cortina de las salas de juego. Fue entonces cuando ella pensó en lo más evidente que había ocurrido.
—Espera… —se dirigió a Albert—. ¿Cómo conoce mi nombre?
—Supongo que te veré mucho por aquí hasta que lo descubras, jovencita. —Albert soltó una carcajada que le recordó al ladrido de un perro viejo—. Es un buen chico. No seas demasiado dura con él.
—Pero… —El hombre se encogió de hombros y volvió a su oficina.
Aquel día todos parecían querer dejarla con la palabra en la boca. Suspirando, salió de La Posada del Errante. Volvería por la noche, cuando estuviera más frecuentada.
El sonido de un claxon terminó de espabilarla y por la ventana vio que estaba al lado del hospital. Respiró antes de entrar en el edificio. Debía prepararse para una última ración de la insoportable personalidad de Eric Harris. Si no fuese porque Eriol le había rogado por el caso, habría dado media vuelta y regresado a casa. Arrastrando los pies, se dirigió a los ascensores y sintió como si la observara de cerca un reflejo en el pasillo. Al mirar en aquella dirección la sombra había desaparecido.
«Tengo que descansar», pensó.
En la planta solo encontró a un par de enfermeras y al agente a cargo de la vigilancia en la puerta de la habitación. Saludó con un gesto de cabeza, pues no recordaba el nombre del policía, y entró en la habitación, donde un señor Harris trajeado la recibió de pie con una mirada de incredulidad.
—Señorita Libston, pensé que no vendría.
Parecía sincero, lo que sorprendió más a ella que a él.
—Usted dijo que quería verme —se limitó a responder.
—Sí, pero, dada nuestra relación, confieso que no tenía esperanzas de que acudiese. Yo no lo habría hecho —murmuró lo último, aunque Juliette lo oyó—. Me alegro de que seamos tan diferentes.
—Vaya al grano, señor Harris. Es tarde y tengo cosas que hacer.
No iba a soportar otra vez los jueguecitos del anciano.
—Directa incluso en el último instante. Nunca decepciona. —Soltó una carcajada e indicó con un gesto de la mano que tomara asiento mientras él lo hacía enfrente—. Tiene razón, en breve yo comenzaré una nueva vida y ni siquiera me han permitido recoger mis pertenencias de casa. Es un precio justo, no me malinterprete, pero no deja de ser incómodo.
Por un momento la chica sintió cierta lástima por él. Si ella estuviese en su situación, probablemente estaría aterrada: una vida desde cero, sin nada ni nadie que recuerde quién eras, tan solo recuerdos confusos que pronto quedarían en el olvido.
—Lo siento mucho, de verdad —ante la mirada interrogante del anciano, se apresuró a explicarse—: Si hubiésemos podido atrapar a Robert Eden, ahora no estaría pasando por esto.
—Bueno, si yo no hubiese entrado en Casiopea nunca lo habría conocido. O si no le hubiéramos traicionado. El mundo está lleno de «¿y si…?», pero preocuparnos por ellos no va a hacer que cambien las cosas.
—Un problema deja de serlo si no tiene solución —citó ella. Era una de las frases favoritas de Alec.
—Vaya, no solo es una cara bonita y una mente despierta, también es culta. Cualquiera de aquí no cita a alguien como Eduardo Mendoza —la felicitó—. Me habría gustado tener una nieta como usted: inteligente, astuta y preciosa. Pero mi hijo solo me dio unos varones salvajes.
—Gracias.
A ella jamás le habría gustado tener un abuelo como él, pero se abstuvo de decirlo. En su lugar, desvió la vista hacia la ventana que había detrás del anciano.
—En fin, solo quería decirle que tengo pruebas que podrían usar en el juicio contra Bob.
—Señor Harris —dejó escapar el aire que sin darse cuenta estaba conteniendo—, el caso va a archivarse.
—Lo sé, pero estoy seguro de que acabarán encontrándolo. Tengo fe en usted —confesó con orgullo.
—Haré todo lo que esté en mis manos —declaró ella—. Ese hombre no se merece disfrutar de la libertad.
—Tampoco yo, aunque eso no es lo que nos preocupa ahora. —Extrajo un papel del bolsillo y se lo tendió para que Juliette lo cogiera—. El material que le digo se encuentra en una caja de seguridad en el Elveside General Bank, ahí tiene la contraseña. Espero que le sirva.
—¿Qué es? —preguntó Juliette, suspicaz. No entendía por qué le facilitaba entonces tal información cuando no se la había entregado a los agentes.
—Ni yo mismo lo sé. Quizás los desvaríos de un hombre a punto de ser atrapado. Ni siquiera sé si la mitad de lo que revela es verdad. Cuando la policía se llevó a Bob yo era un crío y aún seguía idealizándole. Quise hablar con él una vez más antes de que lo arrestaran, pero no fui capaz. Lo vi esconder una caja en su jardín y no pude evitar hacerme con ella en cuanto se lo llevaron. No se esperaba la traición de los suyos. Siempre nos creyó sus amigos, su familia. —El anciano suspiró con cansancio—. No queda ya nada de ese hombre y creo que, en honor a su recuerdo, debo ayudarles a ponerle fin a sus crímenes. Siempre fue el mejor de nosotros.
Juliette le apretó la mano con fuerza para mostrarle su apoyo. Cuando iba a darle las gracias, la puerta se abrió y Eriol entró por ella junto a un par de agentes. La comitiva que lo acompañaría a su nuevo destino había llegado.
—Señor Harris, es la hora —declaró—. Julie, ¿habéis acabado ya?
—Sí, creo que sí. —Ambos se levantaron—. Señor Harris, ha sido un placer.
—Lo mismo digo, muchacha. —Volvieron a darse la mano y compartieron una sonrisa—. Creo que después de esto puede llamarme Eric. Al menos una vez, antes de que pase a llamarme quién sabe cómo. ¿Se imagina que me ponen alguna atrocidad como Duncan? ¿O Eriol?
Ante el ceño fruncido del capitán, la joven no pudo evitar soltar una carcajada. Además, por cómo uno de los agentes miraba al hombre mayor, sospechaba que también se había dado por aludido.
—No te preocupes, Eric. Seguro que tienes suerte —lo consoló aún riendo—. Os acompaño abajo.
Mientras salían de la habitación, Eric le ofreció cogerse de su brazo y, cuando ella aceptó, se inclinó para susurrarle en el oído:
—Si me llegan a decir hace unos años que a mi edad iba a comenzar una nueva vida con una jovencita al brazo, habría dejado que me atacasen mucho antes —el comentario recibió una mueca cordial de la chica—. Sonríe, Juliette, alguien como tú se merece…
¡Bang!
La detonación la pilló por sorpresa. Con la mano del anciano todavía agarrando su brazo, cayó al suelo a la vez que él. Incrédula, permaneció inmóvil cuando un charco de sangre se extendió hacia ella a través del blanco suelo. Emanaba del pecho de Eric Harris, quien aún mantenía una sonrisa en el rostro sin vida.
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