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Mientras estudiaban el idioma, por las mañanas Norman enseñaba mediante un intérprete en la Escuela de Capacitación de Batuna, supervisaba a los alumnos en las huertas de la misión y trabajaba en el aserradero por las tardes. Este aserradero producía la madera que Norman utilizó para construir su primer hogar. La construcción le llevó varios meses.
Los Ferris disfrutaban especialmente los fines de semana cuando partían del puesto misionero en canoa y frecuentaban las tantas aldeas junto a la laguna. Con su equipo médico a mano, visitaban cada hogar.
Después de conversar un rato, trataban las úlceras tropicales, la malaria, las afecciones de la piel y otras enfermedades. Antes de dejar el hogar, siempre oraban con la familia. Así hacían amigos para Jesús.
Después de vivir varios meses en la isla Nueva Georgia, Ruby se enfermó terriblemente. La malaria la debilitó y la quinina convirtió sus mejillas rosadas en amarillas. Luego descubrió que estaba embarazada. Como su intensa enfermedad no cedía, los futuros padres oraron fervorosamente en busca de sabiduría y dirección de parte de Dios. ¿Qué quería Dios que hicieran: arriesgar la vida del bebé y de Ruby o regresar a Australia?
Abrazando a su amada, Norman oró:
–Dios, ¿qué haremos? No queremos estar separados. Ambos amamos a las personas de este lugar. Por favor, muéstranos qué es mejor para la obra misionera que nos diste, y por el querido bebé que ya amamos.
La respuesta llegó cuando los dirigentes de la Misión decidieron que, debido a la salud de ella y del futuro bebé, Ruby debía regresar a Australia, y quedarse con sus padres hasta que naciera el bebé. Con lágrimas, la triste pareja se despidió. Ruby dio a luz una hermosa niña el 15 de enero de 1928, en el Sanatorio de Sidney. La llamó Norma en honor a su papá.
Cuando la bebé Norma tenía apenas pocos meses, Ruby reservó un vapor para Brisbane, y luego continuaría hasta las Islas Salomón. Aunque se sentía debilitada por sus frecuentes accesos de malaria, sintió la obligación de regresar con el papá de la bebé. La falta de sueño debido a que la bebé tenía cólicos, se sumaba a su cansancio. Dos días después, cuando llegaron a Brisbane, la bebé Norma contrajo una forma de gastritis. Como estuvieron en el puerto todo el día, la preocupada madre se puso en contacto con un médico. Después de examinarla, el médico le habló amablemente pero con firmeza:
–Mi querida primeriza, usted no debe ir a los trópicos con esta bebé enferma y delgada. Ella morirá. ¡Por favor, no siga!
Ruby se puso en contacto con la única mujer que conocía en Brisbane, que la ayudó a encontrar una amiga que la acogería hasta que ella pudiera notificar a su familia en Sidney. Al regresar al barco, les contó su problema a los encargados. Sin compasión, descargaron todas sus posesiones en el muelle, incluyendo un catre, pañales y mucho más, a las diez de la noche. Afligida, vio zarpar el barco que la habría llevado hasta el hombre que amaba, sin ella.
La hermana de Ruby, Mary, enfermera profesional, sacó pasaje en un barco que transportaba pasajeros a lo largo de la costa de Australia. Pronto llegó a Brisbane para atender a la madre enferma y a la bebé. Regresaron juntas, y se dirigieron directamente al Sanatorio de Sidney. Incluso en el sanatorio, la bebé Norma lloraba casi continuamente y dormía poco hasta que Ruby se agotó tanto que apenas podía moverse. Después de varias semanas una pediatra, la Dra. Freeman, regresó al sanatorio de un curso de posgrado sobre atención infantil al que había asistido en Irlanda. Ella inmediatamente le suspendió la dieta prescrita y le dio Granose, un cereal integral cocido. En pocos días Norma cambió: no más diarrea, dormía mejor y era una bebé feliz. Durante las semanas siguientes la pequeña Norma se alimentó con Granose y leche. Obviamente se había vuelto alérgica a la otra dieta.
Ahora, con la esperanza de partir pronto, Ruby llevó a su bebé para una última consulta. La doctora le advirtió:
–Usted tiene una bebé hermosa y sana ahora. Sin embargo, no puedo permitir que la lleve a los trópicos por un par de años.
Llena de desesperación y frustración, le escribió a Norman contándole el problema con todo detalle. Él respondió a su carta: “Mi querida Ruby, estoy muy triste por ti, pero estoy feliz de que la pequeña Norma ande tan bien. Tendrás que decidir entre dos alternativas difíciles. Primero, dejar a la bebé con tu hermana Mary, y regresar conmigo hasta nuestro próximo furlough1. Segundo, si no puedes dejar a nuestra preciosa bebé, deberé posponer nuestra obra misionera aquí y regresar hasta donde está mi querida familia. Entiendo plenamente tu problema, pero no creo que sea correcto que yo sea el que te diga qué hacer. Tú tendrás que tomar la decisión. Te amo y estaré orando para que hagas la voluntad de Dios. Te amo, Norman”.
Ruby alzó a su hermosa hijita de cabellos rizados y lloró angustiada.
–¡Ayúdame, Dios! Por favor, muéstrame tu voluntad. ¿Debo dejar a mi querida bebé, o debo regresar al trópico y servirte allí con mi esposo? ¿Cómo puedo dejar a mi preciosa bebé?
De repente un texto bíblico percutió en su mente con toda su fuerza. “El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí” (Mat. 10:37, 38).
Con una intensa lucha, Ruby escogió llevar su cruz y dejar a su preciosa Norma. Sabía que no podría encontrar a nadie mejor que a su hermana Mary para que la atendiera.
El corazón de Ruby casi se quebró cuando el vapor zarpó del muelle. Pero sintió paz al saber que el amor de una madre puede ser egoísta si se interpone en el camino de servir a Dios y el bienestar de su hija. Su sacrificio le parecía poco al considerar que Dios dio a su único Hijo a la raza humana para siempre. Ella sentía urgencia de unirse a su esposo para llevar salvación a las personas que vivían en la oscuridad del paganismo y que si aceptaban el amor de Dios algún día podrían estar más cerca que los ángeles sentados con Dios en su trono.
Lleno de alegría de tenerla de vuelta después de meses de separación, Norman con mucho gusto le devolvió los deberes hogareños a ella. Entre las tareas de ayudar a Norman con la obra misionera, Ruby hacía hermosos vestidos para enviárselos a Norma, y a menudo pensaba en Ana de la Biblia que hacía túnicas para su hijo Samuel. Con gozo le agradecía a Dios por la casita que Norman había construido íntegramente con la madera del aserradero mientras ella estaba en Australia.
Apenas se había secado la pintura de su nueva casa cuando la junta de la Misión les pidió que se trasladaran a la isla Vella Lavella, una isla más pequeña del grupo de Nueva Georgia al noreste de Batuna. Vivirían en una aldea llamada Dovelle. ¿Por qué se los necesitaba allí? La respuesta decía: “Deben ocupar el lugar de la familia Lee, que acaba de perder a su hijito, Noel, debido a una enfermedad. El señor y la señora Lee regresaron a Australia”.
Al llegar a Dovelle, Ruby y Norman inmediatamente comprendieron por qué había muerto el pequeño Noel. Ellos amaban a los afectuosos nacionales, pero odiaban la suciedad extrema de la aldea. Su casa, hecha de material nativo con un techo de hierro y piso de tablas, tenía una cocina aparte. El suministro de agua, acumulada en un tanque de hierro en el techo, constituía un lugar ideal para criar mosquitos anófeles. No solo abundaban los mosquitos, sino que las moscas pululaban por todos lados, alimentándose de excrementos humanos en los arbustos de las inmediaciones. Descubrieron serpientes y ciempiés en lugares inesperados. Su desafío era cómo poder enseñarle a esta querida gente a vivir pulcramente. Si tan solo escucharan y se atuvieran a una higiene sencilla y práctica, podrían evitar la mayoría de las enfermedades.
Ya que ninguna ruta penetraba la selva espesa y las montañas escarpadas, a Norman le encantaba llevar a Ruby en lancha por el distrito de la isla, visitando todos los hogares de las aldeas. En un viaje descubrieron a Nellie y Norman Watkins, a quienes habían conocido como compañeros de viaje en el vapor cuando llegaron a las Islas Salomón. Norman Watkins administraba una plantación de copra, producto de la pulpa seca del coco, que exportaba.
En esa visita, la afectuosa Nellie recibió a Ruby con una amplia sonrisa y le dijo:
–Ruby, veo que estás esperando tu segundo bebé. Tú sabes que el Hospital Metodista es una institución limpia con un buen médico. Y funciona en Munda, a solo ocho kilómetros de aquí. ¿Te gustaría quedarte con nosotros cuando estés en fecha?
–¡Eso sería una gran bendición! Muchísimas gracias. Aceptaremos tu ofrecimiento –sonrió Ruby con gratitud.
Algunos meses después, mientras visitaban el distrito, anclaron su lancha en el muelle de la plantación una semana antes de la fecha prevista para el parto. Como llegaron después de la puesta de sol, decidieron pasar la noche en la lancha y mudarse a la casa de los Watkins por la mañana. Cansados del viaje, Norman y Ruby se fueron a dormir temprano. A eso de las diez de la noche Ruby despertó a Norman.
–¡El bebé está en camino! ¡Vayamos ahora!
Norman despertó al maquinista.
–¡Apresúrate! Debemos ir al hospital inmediatamente.
Una y otra vez el maquinista probó, pero el motor no encendía. Con desesperación, Norman saltó de la cubierta y corrió hasta la casa de los Watkins.
Al oír las palabras: “Ruby está con trabajo de parto”, entraron en acción. Pronto los cuatro se apretujaron en una lancha neumática con motor fuera de borda para hacer los ocho kilómetros hasta Munda en tiempo récord. El dolor de las contracciones le decía a Ruby que el bebé estaba muy avanzado.
Enormemente aliviado de estar en el hospital, Norman siguió a la enfermera y a Ruby hasta su cuarto. Pronto llegó un saludable varoncito, llorando vigorosamente. Lleno de gozo, Norman vio a su primer hijo, al que llamaron Raymond Harrison.
Poco después del nacimiento de Ray, llegó la noticia de que un fuerte ciclón había volado el techo de la casa de la Misión Dovelle. Como sabían que no valía la pena reparar la estructura y que no podrían volver a esa zona con un nuevo bebé, Norman tomó una lancha y empacó las pocas pertenencias que pudo encontrar. Como la isla Nueva Georgia no estaba lejos, regresaron al Colegio de Batuna y frecuentemente visitaban a los creyentes de Lavella.
Como el distrito de Batuna no tenía casa en la que pudiera vivir la familia Ferris, el presidente de la Misión sugirió que Ruby y el bebé regresaran a Australia.
–Como faltan pocos meses para tu furlough –le dijo a Norman– pronto te reunirás con ellos.
Eso hicieron.
En el largo viaje de regreso a Sidney, Ruby oraba con mucha frecuencia y fervor para que Norma la aceptara como su madre. Con alegría se emocionó al ver su hijita robusta pero tímida. La pequeña Norma observaba con curiosidad a esta nueva persona. Mary la tomó de la manito y la llevó hasta donde estaba Ruby, diciendo:
–Mamá, tu mamá.
Pasó solo poco tiempo hasta que el amor se abrió paso. La pequeña Norma lentamente se acercó a ella y levantó las manos. Ruby alabó a Dios cuando Norma la abrazó fuerte. ¡Qué alegría tener a su pequeña en sus brazos!
Pero las continuas altas temperaturas y los días que pasó en cama sufriendo los escalofríos periódicos y la fiebre de la malaria dejaron a Ruby debilitada y anémica. Gradualmente se volvió incapaz de amamantar al bebé Ray. Con el paso de las semanas él no aumentaba de peso. Cuando creció lo suficiente, la papilla de Granose marcó una gran diferencia. Pronto sus enormes ojos azules brillaban y sus mejillas rosadas lo hacían que fuera un bebé adorable.
Finalmente llegó el día cuando recibieron una carta de Norman: “Estoy yendo a Australia por la vía de las Nuevas Hébridas, y pasaré por la casa de mis padres antes de llegar a Sidney”, escribió. “Como está a más de 640 kilómetros al noreste de Sidney, tú y los niños, ¿podrían tomar el vapor para que nos encontremos en la Isla Lord Howe?”
¡Qué gran reunión cuando llegó el barco! Norma, casi por cumplir sus tres añitos, miraba suspicazmente a su papá. Él comenzó a jugar con ella usando globos y una pelota de goma blanda. Las escondidas eran muy divertidas también. Muy pronto, el amor y el afecto que él le prodigó la conquistaron. Qué alegría inundaba el corazón de Norman al alzar a Norma y al pequeño Ray, que ahora tenía ocho meses.
¡Gloriosa unión familiar: jugar con los niños, disfrutar de picnics en la playa y compartir las bendiciones de Dios con los abuelos llenó su taza de alegría! Ahora Norman podía contarles historias misioneras a sus padres, sobre la conducción y el poder de Dios, así como ellos solían leerle historias de las Islas Salomón a él y a sus hermanos cuando eran niños.
El resto de los tres meses de licencia pasaron volando al visitar a los padres de Ruby en Sidney. Muy pronto, la familia misionera de cuatro integrantes se embarcó en el vapor que los llevaría de regreso a las Islas Salomón. Pero Satanás tenía un plan siniestro para destruir su felicidad.
1 Nota del editor: Furlough es una licencia especial de vacaciones para todos los misioneros u obreros que trabajan en otro país fuera del de origen.
3 Bebé por la borda
Relajados en las sillas de la cubierta mientras vigilaban a los niños que jugaban, Norman le explicó los planes de viaje a Ruby.
–Después de varias semanas en mar abierto, atracaremos en el puerto de escala más cercano, en la isla de Rendova, del grupo de Nueva Georgia. La lancha misionera interisleña, Kima, nos llevará hasta la Laguna Marovo, en la isla Nueva Georgia.
Cuando desembarcaron en Rendova, descubrieron que la Kima estaba anclada para pasar la noche. Los vientos fuertes azotaban las velas y la violencia de los mares frustró cualquier plan de partir aquella noche. Cuando los Ferris abordaron la Kima, descubrieron que estaba repleta de nacionales y sus pertenencias, que también iban hasta Marovo.
Con la esperanza de que por la mañana las aguas se calmarían, Norman le explicó a Ruby:
–Lo siento, cariño, pero no queda espacio en la cubierta. Tendremos que acostarnos en el techo de la cabina, sin colchones.
Por la mañana el clima no cambió. Dado que el camino más corto los llevaría a través de mares agitados, el capitán escogió el camino más seguro. Eso implicaba viajar durante todo el día hasta la punta norte de la isla Nueva Georgia, antes de poder dirigirse al sur y entrar en la laguna. Como la embarcación se movía y se sacudía casi sin control, la tripulación puso las velas para estabilizar la lancha.
Al volante, Norman observaba a su buen amigo, Kata Rangoso, un hombre gigante, bien parecido y de espaldas anchas. Rangoso, hijo de un jefe cazador de cabezas, se hizo cristiano a los quince años. Su mente brillante pronto captó los principios de liderazgo que solo Dios, mediante el estudio de la Biblia, podía enseñarle. Ya en 1930, Rangoso era muy querido por la gente de las Islas Salomón occidentales por su conducta humilde aunque elevada, además de su fidelidad. Muchas veces Norman había viajado con él. Como capitán de la pequeña embarcación, conducía la lancha con cuidado. La proa de la lancha pegaba contra cada ola con un ruido sordo mientras los pasajeros se agarraban de lo que podían.
Un miembro de la tripulación le comentó a Norman:
–¡Estoy contento de que él sea el capitán de esta lancha! Observe su destreza inusual en aguas turbulentas.
Luego agregó:
–Hubiese querido entrar a la laguna por el camino más corto que conocemos más. Sin embargo, estoy seguro de que tendrá sumo cuidado al pilotear esta lancha a través de esta entrada angosta y peligrosa a la laguna.
Con frecuencia, Rangoso les daba seguridad con una amplia y tranquila sonrisa.
Tarde en la noche entraron en las aguas tranquilas de la Laguna Marovo.
–¡Qué alivio después de tantas horas de golpear olas y de ser sacudidos por el mar tempestuoso! Estoy agotada y tengo hambre –exclamó Ruby.
–No tenemos ninguna posibilidad de llegar hasta donde está nuestra comida. Espero que podamos desembarcar pronto. Como esta es la laguna más grande del mundo, puede llevar un tiempo.
Norman advirtió que ella bostezaba y agregó:
–Mi querida, ahora que estamos en aguas tranquilas, ¿por qué no aprovechas la fresca brisa marina y descansas allí arriba en el techo de la cabina? Yo la pasaré bien viendo cómo Rangoso alumbra con su linterna a través del espejo de la superficie de las aguas en busca de mojones. Quizá pueda aprender para el futuro.
–¿Estás seguro de que estará todo bien? –preguntó Ruby.
–Él ha navegado estas aguas en canoas y en embarcaciones misioneras durante años. Supongo que conoce casi cada roca sumergida en esta laguna, además de todos los canales seguros.
Aliviada y satisfecha, Ruby subió hasta el techo, y se acostó. Norman puso a la pequeña Norma a la izquierda de ella y al bebé Ray sobre su brazo derecho. Como se sintió segura, pronto se quedó dormida. Mientras tanto, Norman observaba de cerca mientras Rangoso constantemente verificaba sus mapas y escrutaba con su linterna.
Con repentina violencia al Kima dio una sacudida hacia el lado del puerto. Sin siquiera ver una ondulación en el agua, la lancha había golpeado contra una roca sumergida que no figuraba en el mapa. Todo lo que estaba sin atar en la cubierta se deslizó y cayó al agua, incluyendo las pertenencias de los misioneros. Rangoso trató desesperadamente de enderezar la lancha, pero la quilla había dado contra una ranura de la roca y se resistía a salir. El impacto catapultó al mar a la tranquila Norma. Inmediatamente su madre gritó desenfrenada:
–¡Norma cayó por la borda! ¡Rápido! ¡Rápido! ¡Está en el agua!
Un miedo espantoso se apoderó de Ruby. Los recuerdos de casi haber perdido a Norma cuando era bebé inundaron su mente, pero al recordar la manera en que Dios utilizó a las personas para que su pequeño cuerpo recuperara la salud le dio esperanzas ahora.
Jimaru, el hermano de Rangoso, y otro tripulante rápidamente se zambulleron por la borda. Salió solo con una canasta de batatas. Instantáneamente Rangoso se lanzó a lo profundo de la laguna buscando frenéticamente entre el coral traicionero. Aferrada a su bebé, Ruby lloraba y oraba por lo bajo, mientras que Norman oraba en voz alta. Rangoso regresó a la superficie para tomar aire, y de nuevo desapareció en la profunda oscuridad. Norman, como no era un buen nadador como los nacionales, sostenía a su esposa y al bebé en el peligroso techo inclinado, observando ansiosamente el haz de la linterna que barría el agua.
Rangoso extendía las manos para aquí y para allí, orando:
–Por favor, Dios, ayúdame a encontrar a la pequeña.
Sus manos tocaron una canasta que había caído de cubierta, luego una piedra cubierta de malezas. Se dio vuelta y sintió algo suave: ropa, pelo. Entonces puso a Norma sobre sus hombros y dio una poderosa patada sobre el coral del fondo del mar, sin importarle de que pudiera cortarse sus toscos pies descalzos. Un momento después colocó a Norma en los brazos de su padre. Norman la tomó de los pies y la sacudió suavemente para sacarle el agua, y ella comenzó a llorar.
¡Qué sonido bienvenido fue ese!
–Gracias a ti, Dios, y a Rangoso –oró la madre agradecida–. No parece afectada por el baño. ¡Muchas gracias!
Alguien gritó órdenes.
–Todos avancen, y veamos si yendo rápidamente hacia atrás el peso cambia y juntos podemos quitar la lancha de la roca.
Norman se apresuró a ayudar a Ruby y al bebé. Al llegar al centro de la lancha, de repente esta giró y arrojó al agua a ellos tres y a muchos otros a estribor. Los miembros de la tripulación rápidamente saltaron para auxiliarlos y los ayudaron a subir a bordo. En bajamar, la posición de la lancha se volvía precaria, y el pequeño bote que llevaban a remolque posiblemente no les serviría de mucha ayuda para sobrevivir.
Rangoso escogió a dos tripulantes y les dijo:
–Por favor, tomen el bote y busquen ayuda en la aldea más cercana. Podría estar a kilómetros de distancia.
Desaparecieron en la oscuridad. Pasaron horas angustiosas mientras el Kima lentamente se hundía cada vez más en el mar. Las mujeres se sentaron en la popa como patos listos para zambullirse al agua. Esperaban, oraban y escuchaban en la oscuridad. Después de lo que parecieron horas, oyeron el ruido de los remos de una canoa. Inmediatamente se elevaron muchas oraciones agradeciendo a Dios por oír y responder sus plegarias de ayuda.
Rangoso puso a todas las mujeres y niños en la canoa. Los aldeanos los llevaron a una isla deshabitada a una media hora de distancia del naufragio. Ruby casi no se daba cuenta de que no tenía comida, pero sin un refugio se convirtieron en carnada para miles de mosquitos. Dos cabecitas descansaban sobre su falda. Agradecida por sus dos hijos, contempló las brillantes estrellas que se esparcían de a millares como joyas sobre su cabeza. Eso le hizo recordar un versículo bíblico que describía la vida de Rangoso: “Los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad” (Dan. 12:3). Cuando se zambulló tres veces para salvar a Norma, Ruby comprendió que Rangoso entregaba todas sus energías para llevar a las personas al amor de Dios. Su corazón se llenó de gozo al contemplar los primeros rayos del alba que culminaban en un glorioso amanecer. Ruby contemplaba a este muchacho pagano que se crió en las tinieblas y el temor. Ahora que era un líder transformado, su vida lucía más brillante que el sol naciente. Sí, pensó Ruby, un día Rangoso se sentará con Dios en un trono especial para reinar con él.
La canoa llegó a eso de las nueve aquella mañana. Norman le había pedido a uno de los hombres de la aldea que le alcanzara una cajita de Weet-Bix a Ruby y a las mujeres y niños que esperaban. Norman y Ruby la habían traído de Australia. Mientras compartía estas nutritivas galletitas para desayuno, Ruby pensó: Ese es mi querido esposo, siempre pensando en los demás. Recordó que no teníamos nada para comer desde ayer.
A eso de las tres de la tarde se produjo la marea alta. Con ayuda extra de los hombres de la aldea, la lancha volvió a flotar una vez más. No encontraron daños, salvo una pequeña pieza de cobre que se perdió de la quilla. A la mañana siguiente llegaron al colegio de Batuna, cansados y consumidos. La familia Ferris estaba agradecida por el alojamiento temporal en una de las casas del personal de la Misión.
Una semana después, la Junta Misionera envió un mensaje a Norman y Ruby: “¿Estarían dispuestos a unirse a Jugha y abrir misión en la gran isla de Guadalcanal? Jugha está trabajando solo entre los adoradores de demonios, y este desafío ha llegado a ser demasiado para él. Necesita la ayuda de ustedes”.
–Jugha tiene una historia interesante –le explicó Norman a Ruby–. El padre de Kata Rangoso capturó a Jugha en una cacería exitosa. Su padre era el jefe de la aldea en la Laguna Marovo, y tenía planes de ofrecer al muchacho como sacrificio, un holocausto, en su culto demoníaco. Era una costumbre horrible usada para expresar gratitud por la victoria.
–Sin embargo, en el ínterin antes de sacrificar al muchacho, el jefe vio potencial en él y decidió adoptarlo como hijo. Permitió que Jugha fuese a la escuela de la Misión con Kata Rangoso y juntos entregaron su corazón a Jesús. Él y Kata se bautizaron en 1918. Jugha ha dedicado su vida a compartir su amor por Jesús. Estoy seguro de que nos encantará formar equipo con él.
A sugerencia del dirigente de la Misión, Norman cargó la lancha misionera Melanesia, con materiales de construcción y herramientas. Su primera tarea fue levantar un pequeño refugio de dos habitaciones, una casa para su familia en un pedazo de terreno donado en la Bahía del Trotamundos, en Guadalcanal. Ruby se quedó con los niños mientras Norman y la tripulación de la lancha trabajaban construyendo la casa temporaria.
Aunque estaban separados, tanto Ruby como Norman oraban para que el Espíritu Santo les enseñara de qué manera podían hacer que Jesús fuese atractivo para estos paganos. ¿Cambiarán su crueldad, temor y odio por paz, amor, esperanza y gozo? Después de toda una vida de adoración demoníaca, ¿podrían desear a un Dios que los quería tanto que murió por ellos? Al recordar de qué manera Dios había resuelto tantos problemas y dificultades por ellos durante los últimos siete años, reunieron coraje, porque la gracia de Dios no tiene límites.




