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—No te negaré que llevo algunas horas formulándome preguntas —contestó Jacob, que fue hasta la mesa, donde depositó su revolver.
Fergus se quitó y dejó a un lado una manta harapienta que cubría sus verdaderas vestimentas: un traje oscuro a rayas bien acicalado de cuyas mangas sobresalían ribetes blancos. Del cuello le colgaba una cadena de oro macizo con la insignia de un sol como péndulo. Sacó un pañuelo limpio de su bolsillo y se secó el sudor de la frente.
—Que me reviente un rayo gamma, ha sido horrible —dijo con voz cansada. Sus pómulos permanecían manchados por el hollín de las calles.
—Siéntate —Jacob le ofreció una silla y fue a sentarse frente a él. Fergus hizo una mueca de molestia cuando se dejó caer sobre ella.
El mercenario esperó a que su cliente se pronunciara.
—Una bomba ha destruido medio Capitolio —soltó de golpe—. Los manifestantes se han rebelado contra los vigilantes de la zona mientras las bandas aparecían en escena y se colaban en los cascotes. Luego han colgado al Ministro D’Angelo en medio de la plaza —tragó saliva—. Lo han hecho mal, de forma salvaje, y durante cinco minutos no ha dejado de gritar como un cerdo, retorciéndose en su soga.
—¿Qué bandas?
—Los Espectros, los Capas Negras… —dejó ir un suspiro desganado—, algunos Jinetes de la Ceniza. Jamás habían actuado juntos de este modo. Esos malnacidos siempre se han llevado a matar.
Jacob se quedó pensativo. Que las bandas pactaran entre ellas para actuar juntas era muy mala señal.
—¿Cuál es la situación ahora?
—Parece ser que está bajo control. Aunque vete a saber hasta cuándo. Apenas quedan vigilantes para hacer frente a esta crisis y con los pocos que hay solo podemos reforzar la seguridad en los Barrios Altos. La tensión ahí fuera es máxima. Las calles se han llenado de muertos. Por todos los astros, han secuestrado a una periodista.
Por algún motivo, Jacob se acordó de la interlocutora de las noticias. Vicky Benett, se llamaba.
—Siento decir que todo irá a peor —aportó el mercenario—. Si las cosas están así ahora, en cuanto la última de las naves Arca parta hacia Épsilon ya no habrá esperanza para nadie. Aquí solo permanecerá el caos.
—Cierto… —admitió Fergus—. Pero todavía queda una lista de evacuación que hacerse pública. No sé cómo diantres se han atrevido a hacer algo así en un momento como este.
—Esas listas están amañadas desde que el movimiento para evacuar la Tierra empezó a mediados del siglo pasado. Todas las plazas de las once naves que han abandonado el planeta en los últimos cincuenta años han tenido nombre y apellidos; en su mayoría destinadas para gente de tu nivel adquisitivo, Fergus. Los ciudadanos lo saben.
—No… solo lo sospechan. Hay una gran diferencia. Es por eso que siempre se incluyen unos pocos ciudadanos sanos de los suburbios de entre toda la gente importante que embarca.
—Diferencia… —Jacob soltó un bufido de risa. Por alguna razón aquel comentario le molestó—. Sin duda, un término de lo más relativo.
—¿Y eso te resulta gracioso?
—Solo el despotismo con el que lo utilizas. ¿Qué te hace diferente a ti de ellos?
Fergus levantó de forma casi imperceptible una ceja, preguntándose cómo un insecto como Jacob tenía la osadía de hablarle en aquel tono.
—¿Por dónde quieres que empiece? ¿Por mi carga genética, por mi don de la teatralidad o por mi estatus económico y social?
—Por los tres.
—Entonces trataré de resumirlo —repuso Fergus, ligeramente crispado—. Una de las mayores ventajas de poseer un coeficiente intelectual elevado y ser capaz de expandir y dirigir con eficacia una nueva religión cuando todo está a punto de irse al cuerno, es que te ves con la libertad de soltar en público todas las memeces que quieras mientras se sostengan dentro del dogma establecido, y la gente te escucha y te paga por ello. —Presionó el dedo índice contra la mesa—. Porque nos necesitan; necesitan una rama a la que aferrarse para que la idea de una dantesca y cada vez más cercana muerte sea menos aterradora. Estamos hablando de una estrella de neutrones del tamaño de la Luna que gira mil veces por segundo sobre sí misma y cuya gravedad equivale a un millón de veces la de nuestro Sol, que se acerca al noventa y siete por ciento de la velocidad de la luz hacia la Tierra despedida por una antigua supernova cabreada y que cuando llegue dentro de once meses lo desintegrará todo en una millonésima de segundo. ¡Joder!, no es que sea precisamente una gripe común. La gente está desquiciada. Nosotros solo hemos tratado de otorgarles luz en estos días oscuros.
—Vaya, qué bonito —mencionó Jacob con cierta desfachatez.
Fergus se respaldó sobre su silla y lo miró con aire de superioridad.
—¿Me he equivocado esta vez al arrastrarme hasta aquí para tratar de contratar tus servicios antes que los de otros, Jacob? —sonó como una amenaza—. Puede que se te haya echado de menos, pero yo no me caso con nadie.
Sus miradas analíticas se cruzaron en silencio durante un par de segundos.
—Mis disculpas… —las palabras del mercenario no sonaron demasiado veraces—. Soy un poco bocazas, ya me conoces.
—Bocazas… Y rebelde —masticó las palabras—. Esa es tu naturaleza. Vienes de una infancia difícil y de una juventud infame. Te saqué de la miseria de la vieja Detroit cuando aquello ya era solo una ciudad fantasma y tú poco más que un animal. Te ayudé porque demostraste tener unas cualidades extraordinarias para tu trabajo. Pero la próxima vez que te dirijas a mí de ese modo, aunque solo sea un gesto que no me guste lo más mínimo, me encargaré de que te quedes solo.
Jacob calló y apartó un segundo la mirada. Los recuerdos que conservaba de esa época traumática de su pasado no eran del todo claros, como si su cerebro se hubiera esforzado por desterrarlos al olvido. Era mejor así. Por otro lado, le gustara o no, lo cierto es que le debía un respeto a aquel hombre, si no fuera por Fergus habría muerto de hambre o de cualquier enfermedad mucho tiempo atrás en aquella ciudad maldita, sin importarle a nadie. Con suerte, el personal de limpieza urbanística habría dado con su cuerpo pudriéndose entre las ruinas y lo habrían arrastrado hasta la fosa común más cercana.
—¿Qué necesitáis que haga? —dijo al fin, colaborador.
Fergus, satisfecho, dejó entrever un par de dientes de platino en medio de las teclas amarillentas que formaban su dentadura. Luego adoptó un porte mucho más serio y acercó el pecho a la mesa.
—El atentado de hoy ha sido una simple tapadera. El verdadero atentado ha tenido lugar en el límite exterior de la ciudad, en el CENT, minutos después de estallar la bomba del Capitolio.
Jacob frunció el ceño. El CENT era el complejo termo-nuclear cercano a la ciudad. Durante más de una década vivió su época dorada con la construcción de las últimas naves Arca, pero ahora solo era otro complejo gubernamental más a punto de ser clausurado. ¿Qué interés podría tener para nadie?
—Explícate.
Fergus se tomó su tiempo. Apartó con la mano unas migajas de comida de la mesa.
—Dime, ¿recuerdas cómo consiguen las naves Arca alcanzar la velocidad de curvatura?
La pregunta lo cogió por sorpresa.
—Claro… —dudó. Aunque apenas se hablara ya de ello era algo que todo el mundo conocía—. Tiene que ver con la antimateria. Su producción en masa ha agotado todos los recursos del planeta, por eso ahora es un mundo estéril. El precio que se ha pagado para salvar la raza humana.
—En efecto —dijo—. La antimateria: la fuente de energía más poderosa que existe. Tan solo diez miligramos serían suficientes para propulsar una nave de aquí hasta Marte. Un kilo aporta la energía necesaria como para llegar a Épsilon en cuatro años en vez de en cuarenta.
—O para proveer de electricidad diez ciudades como esta durante siglos… —puntualizó—. ¿A dónde quieres ir a parar?
Fergus se ajustó el doble nudo de su corbata mientras escogía bien las palabras.
—Hoy, alguien ha burlado los sistemas de seguridad del complejo aprovechando que todas las fuerzas de control civil se dirigían al distrito de la Dama Blanca —dijo—. Sea quien sea es bueno; sin disparos, sin alarmas, sin víctimas mortales. Ha accedido a los laboratorios bajo tierra, ha robado el último contenedor de antimateria y se ha marchado como un fantasma, no ha dejado ningún rastro. La única pista que tenemos es que existen muy pocas personas que sepan dónde se encontraba el dispositivo... —se detuvo un instante antes de seguir hablando—. No hace falta que te diga que sin ese artefacto, la nave Arca que aguarda en la exosfera ni siquiera dispondrá de energía para abandonar la órbita terrestre.
Jacob se cruzó de brazos, calculando la gravedad del asunto, y dejó ir un murmullo pensativo.
—Pues tenéis un buen problema… Uno de narices —matizó—. Si no fuera porque es del todo imposible diría que parece obra de César.
—Déjate de fantasmas —le increpó Fergus—. Centrémonos en lo que importa.
—Como quieras —musitó, y añadió—. ¿Imagino que esperas que yo lo recupere?
Fergus hizo un gesto de evidencia con la cabeza para reafirmar sus palabras.
—Ya no queda tiempo ni recursos suficientes en el planeta para producir más antimateria. Como bien has dicho, lo hemos consumido todo. Fuera de esta ciudad solo quedan cadáveres y dunas sepultando el antiguo mundo —entrelazó los dedos—. Te seré franco: no habrá créditos esta vez. Pero da con ese artefacto y con el responsable o responsables del robo y a cambio te garantizo lo que siempre has deseado pero nunca has confesado, aquello por lo que has ahorrado durante tanto tiempo para poder costearte: un pasaje personal en la última nave Arca. La certeza absoluta de que salvarás tu pellejo. —A Jacob se le aceleró el pulso, aunque no permitió que se le notara—. He de admitir que me encantaría encontrarte a bordo. Me vendrían muy bien tus servicios en el futuro. Épsilon… dicen que parece verde en la distancia, sin océanos pero lleno de lagos. Su tamaño es ligeramente superior al de la Tierra. Y también posee ciertos peligros.
Jacob se llevó una mano al mentón. En todos esos años Fergus nunca había incumplido un trato, no tenía motivo para pensar que ahora iba a actuar de forma distinta. Además, tenía que llegar al fondo del asunto, al parecer era una buena oportunidad. El profeta tenía razón con respecto a sus ambiciones. No dispondría de una ocasión mejor para escapar de la cárcel en la que se había convertido el planeta Tierra.
—Admito que tu propuesta es buena —dijo tras pensarlo.
—¿Qué admites qué? —Torció el gesto, como si no pudiera creer lo que acababa de oír—. ¡Coño, es espectacular!
Jacob tamborileó con los dedos sobre la mesa, se levantó de la silla y le ofreció la mano.
—Acepto. Encontraré ese artefacto y a quien lo ha robado.
Fergus se la estrechó, aunque más bien para ayudarse a levantar.
—Escucha, me es indiferente si te ves obligado a cargarte a diez adinerados de los Barrios Altos o si tienes que arrastrarte por las cloacas y túneles del submundo. Más nos vale que lo resuelvas antes de que se sepa lo que ha pasado. Si esto se hace público…
Ya nada contendrá a los ciudadanos… pensó Jacob. Era la primera vez que advertía en los ojos del profeta un atisbo de preocupación.
—¿Quién será mi competencia esta vez? —Quiso saber.
—No te voy a mentir, el caso es grave. Habrá otros: asesinos, cazadores de recompensas… aunque no contratados por mí. Comienza por acercarte mañana temprano al CENT. Pregunta por uno de los vigilantes, Orly, Orland o algo así. Ahora mismo, mientras hablamos, se encuentra recopilando las grabaciones de seguridad para buscar pistas. Me encargaré de que le avisen de que vas a ir y de que solo las reproduzca ante tu presencia. Toma esto…
Sacó de su traje un pase de seguridad de máximo nivel, en otras palabras; un salvoconducto que permitiría a quien lo llevara pisar cualquier distrito, inmueble o parte de la ciudad. Los mecenas solían prestárselos a sus mercenarios cuando les encargaban una misión. Y se lo entregó. Jacob lo miró, era el pase de más alto rango que había tenido nunca entre sus manos. Se lo guardó en el bolsillo.
—¿Necesitas que te acompañe a algún sitio?
Fergus cogió de nuevo su manta y se la colocó por encima, de manera que sus caros ropajes quedaron bien disimulados.
—No… mi escolta aguarda cerca de tu edificio. Resulta anecdótico, pero hoy hace una noche particularmente hermosa, se aprecia bien la Luna y la estación espacial. Aprovecha y date una vuelta. No tiene desperdicio.
Jacob no respondió. Le abrió la puerta.
—Contacta conmigo tan pronto averigües algo…
—Cuenta con ello —le aseguró el mercenario.
Fergus se giró y lo miró una última vez, como si pudiera ver en el interior de su alma. Un alma tal vez negra y corrompida a esas alturas.
—Tú fuiste… —empezó a decir, pero se detuvo—. No importa. Haz lo que mejor sabes hacer. —Le tocó el brazo a modo de despedida, se alejó y desapareció por la penumbra del pasillo.
Jacob, meditabundo, cerró la puerta y apagó la luz. La habitación quedó sumida en una penumbra parcial. Se acercó a la ventana y observó la noche. Infinidad de estrellas salpicaban el firmamento. Carente de contaminación lumínica, el cosmos ofrecía su cara más espectacular. La esfera plateada de la Luna bañaba los restos de los edificios más cercanos; tras unas pocas ventanas se apreciaba el tintineo anaranjado de alguna llama. El resto solo ofrecían oscuridad tras sus cristales y sombras extrañas. Debido al ángulo y posición de su propia ventana no alcanzaba a ver los reflejos de la última nave Arca ni de la estación espacial, pero estaban ahí arriba, en alguna parte. En esos momentos, Fergus salió del edificio y se le acercaron tres hombres que salieron de las sombras: su escolta. Juntos se acercaron a un vehículo destartalado, aunque debió de ser lujoso tiempo atrás, aparcado en la acera, y se metieron en su interior. Los faros se encendieron y el ruido del motor quebró el silencio de la calle.
Jacob esperó a que se alejaran un trecho, entonces fue hasta el arcón donde guardaba su ropa. Se puso el chaleco antibalas, su gastado juego de hombreras de cuero y se ajustó el cinturón de las armas alrededor de la cintura. Al hacerlo dejó al descubierto un instante dos cicatrices de bala en el abdomen. Salió por la puerta de su apartamento, colocándose el sombrero, y la cerró tras de sí.
Tenía trabajo que hacer. No esperaría hasta mañana.
3
Un gato famélico que apenas podía moverse se retorció entre aullidos cuando fue alcanzado por una pedrada. La mujer que se la había lanzado se acercó, lo observó bien para dictaminar si valía la pena arriesgarse y finalmente lo cogió de las patas traseras y se lo llevó hasta la hoguera cercana de un portal, donde varias personas esperaban con el hambre reflejada en sus ojos. Jacob dejó de mirar mucho antes de que despellejaran al animal para echarlo al fuego, y siguió andando como un fantasma en dirección al distrito de la Dama Blanca. Lo primero que debía averiguar era quién más había sido contratado para el trabajo. Sin importar tanto el mecenas. Y el lugar donde había estallado la bomba de la mañana era el punto más lógico donde cualquier cazador de recompensas empezaría una búsqueda. El plan inicial de Jacob era moverse entre las sombras y observar los alrededores del Capitolio a la espera de ver aparecer rostros conocidos.
Desde distintos lugares lejanos de la ciudad llegaba el sonido de las bandas con sus motocicletas quemando ruedas, gritos de alguna de sus desafortunadas víctimas y el repicar de los tambores propios de sus fiestas salvajes. Celebraban la gran muerte del día.
A unos cien metros de distancia de la zona afectada, Jacob se preparó para el sigilo. Podía apreciarse el rastro todavía humeante de los fuegos recortando el cielo nocturno. Trató de no perderlos demasiado de vista cuando caminó al cobijo de calles secundarias para rodear la plaza. Mientras lo hacía estudió los edificios. Se detuvo en la parte trasera de uno que conservaba unas escaleras anti incendios medio desancladas; empezaban a unos pocos metros del suelo. Le valdría. Escaló un pequeño tramo, ayudándose con las grietas y surcos de la fachada, para poder alcanzarlas. Procuró no hacer ruido al subir hasta la azotea. Por su aspecto sucio y descuidado, lleno de extractores de humo obturados, se diría que hacía años que nadie la pisaba. Se agachó en el límite de la superficie para poder observar en su plenitud los estragos causados por el atentado.
El Capitolio se erguía como una construcción victoriana de paredes originalmente blancas; con el tiempo se habían puesto feas, como todo lo demás, aunque aún conservaba cierta elegancia, al menos hasta hacía veinticuatro horas. Su prominente cúpula central estaba ahora hecha añicos, y numerosos boquetes en su perímetro permitían apreciar un interior destrozado y quemado. Frente al palacio, por toda la plaza, había escombros de ladrillos, metal y carne. Los escasos equipos de limpieza, hombres entregados a la causa, con máscaras de filtro de aire y trajes usados hasta la saciedad, se afanaban en apagar los pequeños incendios que aún ardían entre los cascotes de la zona; también en sacar los cuerpos, enteros o por partes, que seguían enterrados entre las ruinas para depositarlos en la puerta trasera de un furgón con el chasis golpeado por todos lados. Sin los recursos adecuados todo se hacía mucho más difícil y costoso.
En el centro de la plaza se alzaba el poste y la soga oscilante al viento en la que había sido colgado el ministro. Justo debajo, en el suelo, un charco reseco de sangre indicaba que a los alborotadores no les bastó con dejar que su antiguo líder muriera de asfixia. Hasta que el remanente del Gobierno no se pronunciara al respecto, hasta que no moviera ficha, Paradise Route se había convertido en una ciudad sin ley, sin capitán, en un barco a la deriva hacia una muerte infranqueable. Sí… Aquello era un escenario dantesco, sin duda, pero nada que Jacob no hubiera visto mil veces con anterioridad. Entre todo el caos regente, sin embargo, solo hubo un detalle que llamó de manera poderosa su atención, algo que vio por casualidad entre sus estudiadas ojeadas hacia todos los rincones. No fue una pancarta tirada en la plaza, ni una de las pintadas furiosas escritas con sangre en los muros mancillados del Capitolio, sino un discreto epígrafe de tinta blanca y húmeda en la pared de un callejón cercano al lugar. Desde su posición elevada podía leerse a duras penas. Solo tres palabras, suficientes para hacer que los ojos de Jacob brillaran de sorpresa en mitad de la noche.
César sigue vivo. Ponía el epígrafe.
¿Hasta qué punto debía tomarse en serio esas palabras? No era la clase de mensaje que uno pudiera dejar para cometer una chiquillada, a no ser que quien lo hubiera escrito fuera un completo insensato. César… el hombre públicamente apodado como «El Gran Mercenario». Y por méritos propios. Amado por unos, temido por otros. El eterno rebelde que durante años puso patas arriba el sistema: robó al gobierno grandes cantidades de recursos, asesinó a cientos sin dejar huella, provocó innumerables apagones en la ciudad, logró una tregua entre las bandas para que actuaran bajo su mando, y siempre salió impune de todos sus actos de libertad o terrorismo, según el prisma con el que se mire. Vivió y actuó como un fantasma, aparecía y desaparecía a su voluntad, hasta que, de forma misteriosa, un buen día, fue capturado y ejecutado en público con un saco ensangrentado cubriéndole la cabeza. Una vez muerto se lo extrajeron y hubo desmayos, gritos y rumores cuando la plebe vio el modo en que le habían desollado el rostro. El Ministro ordenó que así fuera para dejar claro que ninguna clase de crimen quedaría impune de un castigo justo y proporcionado. De eso hacía ya seis meses. Y poco a poco el nombre de César dejó de estar en boca de todos para convertirse en el susurro de unos pocos, para acabar siendo una sombra olvidada del pasado…
César sigue vivo.
Jacob leyó de nuevo el epígrafe, absorto. Maldita sea, tendría sentido si no fuera porque la ciudad entera le vio morir; él mismo había repasado las imágenes de su muerte decenas de veces.
Una cosa era cierta, si él había visto ese mensaje, cualquier cazador de recompensas que se dejara caer por la zona también lo vería. Puede que incluso fuera uno de ellos el autor y lo escribiera para despistar, para mostrar una pista falsa, para ganar tiempo en la búsqueda del verdadero responsable.
Hubo un breve chasquido a su espalda, tan insignificante que hubiera pasado del todo desapercibido para cualquier persona con un oído menos entrenado. Jacob escuchó, sin moverse.
—Sé que estás allí, Lobo Mordedor —dijo al cabo de un segundo—. Que te me acerques así por la espalda solo puede significar dos cosas: o pretendes matarme o buscas impresionarme. Lo primero no lo conseguirías y lo segundo casi lo lograste una vez en el pasado. No tientes a la suerte.
Silencio…
—Se olvida de una tercera… —se escuchó desde algún lugar de la azotea. Era una voz joven, a la vez que grave, aunque el tono fue más bien el de un susurro.
Jacob se giró de cuclillas y observó. Apoyó la mano en su revólver de la cintura e hizo girar con los dedos la ruedecita que calibraba la potencia del arma para ajustarla al máximo. Le pareció ver una sombra moverse rápido entre los extractores de humo. Se levantó y dio unos pasos cautelosos, con el arma ya en ristre. De pronto, una ligera oscilación en el aire que le hizo notar una presencia a su espalda. Con un movimiento rápido y certero se volvió y llevó el doble cañón de su revólver a la frente del tipo que encontró justo detrás. Este alzó las manos y sonrió. Una sonrisa engreída.
—Puede que el lobo tan solo quisiera darle un pequeño susto al cazador —dijo con sarcasmo—. Usted ya sabe lo mucho que me gustan los juegos. —Sus ojos del todo blancos, propios de las nuevas operaciones oculares en el mercado negro, contrastaron con su juventud y su piel morena. ¿Veinte años, tal vez? El muchacho, de mediana estatura, buena musculatura y con el pelo a rastas, le hizo entender con su posterior calma que venía en son de paz—. ¿Aparta su pistola de mi cara, por favor?
Jacob lo liberó.
—¿Por qué no me sorprende ver a un cachorro como tú en un lugar como este…? —gruñó, y volvió al límite de la azotea para recuperar su posición de espía.
—El ingenioso, intrépido y envidiablemente popular Señor Jacob dos Balas… —exclamó el joven—. Hacía mucho que no le veía. ¿Ha perdido peso o me lo parece a mí?
A Jacob no le hizo gracia tener a Lobo Mordedor de competencia, ni tampoco que este le hubiera descubierto antes. Pese a su corta edad era un buen cazador de recompensas, eficaz como pocos; ambos habían cooperado en algunas misiones del pasado. No lo consideraba un amigo, ni mucho menos, pero existía cierta camaradería, o una rivalidad sana, entre ellos dos; podría decirse que habían llegado a respetarse mutuamente, algo del todo insólito en su profesión. Se conocieron años atrás de un modo brusco, mientras daban caza al mismo hombre, un asesino caníbal del borde exterior. Sus sendas de investigación se cruzaron y se vieron comprometidas, pelearon y Jacob lo dejó sin sentido; el joven cazador siempre insistió después en que aquello solo fue fruto de la suerte… y tal vez tuviera razón. Se desconocía su verdadero nombre, uno de los motivos por el que lo llamaban Lobo Mordedor era porque tenía la fama de poder acercarse a cualquiera sin que la presa tuviera tiempo de percatarse hasta que ya le fuera demasiado tarde. Igual que un lobo que no aúlla, que no avisa, tan solo muerde cuando uno menos se lo espera.
—Me dispararon y terminé desangrándome —explicó Jacob, atento a lo suyo—. Cuando a uno lo dejan en coma durante meses, por norma general tiende a perder peso.
—Eso escuché —admitió con aire distraído, y deslizó el dedo índice por la superficie polvorienta de un extractor—. ¿Es que aquí nunca sube nadie a limpiar?
—Imagino que tienes un trabajo entre manos —se dejó de tonterías—. ¿No deberías aprovechar tu tiempo?
—Lo estoy haciendo —rebatió—. Le he encontrado husmeando, lo que significa que muy probablemente en algún punto de la búsqueda del artefacto nuestros caminos se cruzarán como lo hicieron en el pasado, así que tendré que enfrentarme a usted y con cierto pesar me veré obligado a matarlo.




