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Jacob hizo una mueca con la boca.
—Lo intentarás —le corrigió.
—Bueno, la recompensa es demasiado suculenta como para tan solo intentarlo. Ya fracasé una vez, cierto, y me aconsejó que madurara. Pero que no sirva de precedente. Un fracaso es tan solo la niebla que no deja ver el triunfo que espera detrás.
—¿Y tú pretendes atravesarla?
—Si le soy sincero prefiero esperar a que se disipe sola.
—Yo no acostumbro a cometer errores.
—En nuestra profesión, los que seguimos vivos es porque cometemos pocos errores, aunque no nos engañemos; tarde o temprano ocurren.
—No te sientas demasiado orgulloso por tu falta de ellos. Apuesto un millón de créditos a que no llegarás a mi edad.
Lobo Mordedor soltó una pequeña carcajada.
—Ningún Olvidado que tenga un solo año menos que usted la alcanzará. Admito que siempre me ha gustado su cinismo.
—¿Así que ese es tu plan? ¿Espiarme y esperar a que la pifie?
—Tiene su lógica, Señor Jacob, al menos en cuanto a ética se refiere, ya que me desagradaría en gran medida tener que arrebatarle la vida. Lo encontraría… de mal gusto. —Torció el gesto—. Pero tampoco puedo permitirme compartir la recompensa con nadie. El pasaje es unipersonal, ¿se lo han comentado?
En esos momentos, dos tipos del equipo de limpieza encontraron otro cadáver entre las ruinas. Tras quitarle los ladrillos y hierros de encima le registraron los bolsillos, le extrajeron los zapatos y la ropa y lo echaron, desnudo, al furgón de los muertos.
—¿Quién te ha contratado, Lobo? La curiosidad me está matando. Puede que sea eso lo que acabe disipando mi niebla.
—¿Me va a pagar con la misma moneda a cambio? —Jacob no contestó—. Lo suponía… —esperó unos segundos y añadió—. ¿No es excitante? Esta parece ser la reina del baile, la misión definitiva de todo cazador de recompensas. Aquello por lo que nos hemos dedicado y esforzado durante toda nuestra vida.
—En tu caso un periodo muy breve —puntualizó Jacob.
—No sea grosero —si le ofendió su comentario, no lo exteriorizó—. La experiencia no lo es todo, ni siquiera tiene un valor moral, es tan solo el nombre que le damos a nuestros errores. Creía que ya habíamos dejado claro que la gente como nosotros no acostumbraba a cometerlos.
A Jacob, las conversaciones que a veces tenía con el joven cazador acostumbraban a parecerle interesantes, sin duda era mucho más culto e inteligente que la mayoría de los hombres más mayores, pero las razones por las que se encontraba allí eran muy serias; no podía permitirse distracciones. Lo hiciera expresamente o no, Lobo Mordedor lo estaba distrayendo, así que cambió de tema y fue al grano.
—A ti que te gusta analizarlo todo. ¿Qué opinas de eso? —señaló con la cabeza hacia el escrito en la pared del callejón. Lobo Mordedor lo leyó con un ligero interés.
—Poco, salvo que hace una hora ese mensaje no estaba. Aunque apostaría mis carísimas retinas a que es una falsa pista. He visto a mutantes del submundo con inexplicables capacidades telepáticas. A hombres con un poder de convicción tan grande que pueden controlar a las masas. Pero todavía no he conocido a nadie que sea capaz de devolverle la vida a un muerto. ¿Le asusta la idea de que ese mensaje sea cierto?
—Yo no tengo miedo, hago que ciertas personas lo tengan.
—Pues qué suerte la suya… —repuso—. Si le soy sincero no me preocupa quién lo haya escrito ni por qué, cada vez que estalla una bomba surgen decenas de fanáticos alabando el fantasma de César. Un garabato en una pared no es relevante, pero el tipo que ahora mismo se acerca por el norte de la plaza ya es otro cantar… Fíjese —sus ojos blancos y opacos centellearon de excitación bajo la oscuridad de la azotea. Con un movimiento pausado decidió agacharse al lado de Jacob.
—Cyborg… —este masticó aquel nombre.
Un musculoso titán de dos metros de estatura, con el rostro y el cuerpo esculpido a base de implantes cibernéticos, hizo acto de presencia. Vestía con una chaqueta de cuero y unos pantalones militares oscuros; botas gruesas que hacían crujir los escombros a cada uno de sus pasos. Parecía más bien una máquina que un hombre; un aniquilador que un mercenario. Callado, concentrado en estudiar el escenario, se dejó ver sin ningún tipo de temor. No había motivo para tenerlo. Pasó de largo las ruinas del Capitolio y caminó con total impunidad entre los cascotes de la plaza, como si buscara una provocación a los ojos de la posible competencia que le estuviera observando. Quería que supieran que él también entraba en el juego. Poco se sabía acerca de Cyborg salvo que detestaba su sobrenombre, las órdenes y a las personas. Y no precisamente en ese orden. Huelga decir que era un cazador de recompensas peligroso, sus servicios solo eran requeridos cuando se debía atrapar a otro cazador. Jacob estudió sus movimientos con respeto, atento. A Lobo mordedor, sin embargo, aquello pareció divertirle:
—Se dice que fue criado por animales más allá de la frontera exterior, y que es incapaz de sentir el dolor. De lo segundo hay constancia. —No pudo borrar la expresión de fascinación en su rostro—. Esto se pone cada vez mejor, ¿no le parece?
Es joven, temerario, se repitió Jacob en una mirada que le echó de reojo. Inexperto…
—Lo primero tampoco me extrañaría. Ese tipo es un animal —pronunció—. Es lógico que varios mecenas hayan pensado en él para el trabajo.
—Admito que tenía mis dudas —contrastó Lobo Mordedor—. Le insertaron la personalidad de un psicópata. Sus métodos descabellados acostumbran a destrozar más de lo que repara, ya me entiende. Últimamente ni siquiera le contratan para cazar a tipos como nosotros. Aunque ya sabe el dicho: en situaciones desesperadas, medidas desesperadas…
Cyborg se acercó al lugar donde habían ahorcado al ministro y examinó la escena. Luego apartó con inusitada facilidad un pedrusco enorme que había al lado y se agachó para recoger algo del suelo. Desde su posición elevada, ninguno de los dos pudo distinguir qué era.
—¿Qué está haciendo…? —se preguntó Jacob.
—A saber… —respondió Lobo Mordedor—. Cualquiera diría que Cyborg sabe algo que nosotros no. Ha ido directo a ese lugar, a ese escombro en forma de roca, como si alguien le hubiera dejado un mensaje. Pero yo soy un eterno desconfiado y ese matiz de mi personalidad me sugiere que allí no hay nada y que el grandullón tan solo quiere que así lo creamos.
—No sabe que estamos aquí.
—¿Está seguro de eso? —rebatió con una sonrisa.
Cyborg se guardó en el bolsillo de su pantalón lo que quiera que fuese que había recogido y siguió deambulando sin prisa por la plaza.
—De lo contrario ahora mismo habría un tiroteo.
—Nosotros somos dos, y de los buenos. Sabe que estaría en desventaja. No obstante, pronto saldremos de dudas.
—¿Qué quieres decir? —le increpó Jacob, suspicaz.
—Que ya he tenido suficientes emociones fuertes por un día —exclamó el muchacho con expresión satisfecha—. Creo que lo dejo solo. Debo retirarme a mi guarida a descansar y a prepararme —se levantó—. Le deseo la mejor de las suertes, Señor Jacob. Volveremos a vernos… siempre y cuando estuviera usted en lo cierto y Cyborg no se haya percatado de su presencia —dio media vuelta y se alejó unos pasos del límite de la azotea.
—Puede que ocurra alguna muerte más hoy aquí, pero no será la mía —aseguró—. De todas formas, me sorprende que no quieras esperar a que aparezcan los demás cazadores de recompensas —le tentó.
—¿Para qué? Ya sé cuanto quería saber —respondió mientras se iba—. He confirmado que los dos únicos que merecerían mi atención forman parte de esto. Buenas noches.
—Lo mismo digo… Cachorro, una cosa más... —Iba a decirle que para él también sería desagradable tener que matarle si una futura ocasión lo requería, pero cuando se giró, este ya no se encontraba en la azotea.
Muy típico de él.
Hizo un movimiento de cejas, restándole importancia, y volvió la vista al frente. Nada que le hiciera sospechar que había sido descubierto ocurrió. En ese momento, Cyborg se sentó en medio de la plaza, inexpresivo, y así se quedó, sin mover un músculo ni trozo de metal de su cuerpo, durante minutos que dieron paso a horas. Jacob esperó paciente desde su posición, sin quitarle el ojo de encima, hasta que la Luna tocó la cúspide del cielo. Para cuando se dio cuenta de lo tarde que se estaba haciendo echó la vista al firmamento. Había pocas nubes y los reflejos de la estación espacial en la exosfera se apreciaban a la perfección, así como las luces blancas por todo el gigantesco casco de la última Arca, salpicada a su vez por destellos intermitentes de un azul tecnológico. Siempre le había parecido sobrecogedora la imagen de una nave casi acabada coronando la bóveda celeste. Tan cercana y tan lejana al mismo tiempo.
Ya era bien entrada la medianoche y Cyborg todavía permanecía sentado, estático, desafiante… ahuyentando con su presencia incluso a los del servicio de limpieza, que se habían marchado de allí hacía rato con el trabajo a medio hacer. Un ente solitario rodeado de destrucción. Jacob maldijo por dentro y no le quedó más remedio que darse por vencido. Finalmente abandonó su posición y, con cuidado de que nadie lo viera, bajó de la azotea y tomó los callejones colindantes en dirección a su apartamento. Seguir allí arriba le habría constituido una pérdida de tiempo. Ningún cazador de recompensas más osaría dejarse ver por la plaza aquella noche.
Recuperar la antimateria no iba a ser una misión fácil, después de todo. No con esa competencia.
4
Usa el transporte público para moverte por la ciudad. Sabes tan bien como nosotros que no puedes permitirte un vehículo propio. Pero en el caso de que puedas, hazte con un Spider autopropulsado de última generación. Serás la envidia de todos tus vecinos y te señalarán al verte pasar veloz por los suburbios. (Desaconsejamos aparcar en ellos).
A medida que se aproximaba el Día de la Luz, como era conocido el Fin por los más creyentes, las ceremonias y reuniones de los seguidores de la Ilumonología surgían con más frecuencia. En las calles oscuras, en los sótanos de las casas, en los edificios en ruinas… Cualquier lugar era bueno para los devotos con tal de agruparse y dar rienda suelta a sus extraños rituales y plegarias.
Tan solo quedaban operativas dos líneas de monorrailes en Paradise Route, la que cruzaba la ciudad de norte a sur y la que lo hacía de este a oeste. A primera hora de la mañana, cuando aún despuntaba el alba, Jacob era el único viajero que aguardaba en la estación del este a que llegara el momento en que el moribundo vagón arrancara motores para poder subirse. Su destino: el límite oeste de la metrópoli; el punto más cercano al complejo termo-nuclear. Allí esperaba encontrar pistas útiles con las que iniciar la búsqueda. Justo al lado del apeadero, una hilera de fieles vestidos con túnicas manchadas caminaban en procesión, con pasitos cortos, unos detrás de otros, como si fueran presos con cadenas en los pies; atravesaron la vía en dirección a alguna parte. Solo el que iba en cabeza, un tipo de barba poblada, ojos de felino y tatuajes por todo el rostro, murmuraba palabras de ovación dedicadas a los astros. Jacob, apoyado en un panel publicitario de la estación, los miró con curiosidad. En teoría, aquella gente debería infundir respeto y armonía, pero no era así. Por norma general solían ser incluso más peligrosos que algunas bandas. Cualquier persona no creyente sabía que si se encontraba con algún grupo de fanáticos como aquel, lo mejor era apartarse de su camino y no mostrar interés alguno. No todos los seguidores de la Ilumonología llegaban a tal extremo, había personas que simplemente tenían la necesidad de entender a base de la fe la situación en la que se había visto expuesto el planeta y la raza humana, y rezar a las estrellas, desde sus casas, como consecuencia.
Diez minutos después, los fanáticos ya se habían perdido de vista en el confín urbanístico y el vagón despertó con un runrún agónico, como un monstruo de metal viejo y cansado. La electricidad en esa parte de la ciudad era casi inexistente, así que el servicio del monorraíl funcionaba gracias a unas antiguas, y cada vez más sucias, placas solares acopladas cada tantos metros a ambos lados de la vía.
En cuanto se abrieron las puertas, Jacob se subió y tomó asiento, el menos destrozado que encontró. El interior del vagón estaba repleto de pintadas y grafitis y olía a vómito reseco. La cabina no tenía conductor, funcionaba en modo de piloto automático, pero un vigilante de seguridad armado no tardó en subirse y se le acercó con rostro inexpresivo. Jacob le mostró de lejos el pase de máxima seguridad que le dio Fergus el día anterior; este, al verlo, asintió conforme y se dirigió a un extremo del habitáculo, donde se quedó de pie, con las manos cruzadas por delante de la cintura. Las puertas se cerraron y, con una algarabía de chasquidos latosos, el trayecto dio comienzo.
El servicio del monorraíl, pese a que era la única forma segura de cruzar la ciudad, no era demasiado rápido; el recorrido de punta a punta duraba poco más de una hora. Durante gran parte de ese tiempo, Jacob se dedicó a pensar en los sucesos de la noche previa. En los últimos dos años, era frecuente que a él y a Lobo Mordedor los contratara la misma persona para hacer algunos trabajos juntos. Funcionaban bien como equipo. Si Fergus le aseguró que no había apostado por nadie más para la misión, ¿quién era entonces el mecenas del cachorro? Por otro lado, ¿qué sería aquel objeto que cogió Cyborg del suelo? ¿Alguna clave o mensaje? ¿Un engaño? Mientras estuvo espiando no pudo ver a más cazadores de recompensas merodeando por los alrededores del Capitolio, pero eso no significaba que no los hubiera persiguiendo lo mismo que él. ¿Con cuánta competencia más debería medirse durante la búsqueda del artefacto? Esas y más preguntas turbaron su mente mientras, a través de la ventanilla, el reflejo de la decadencia de Paradise Route se deslizaba ante sus ojos.
Superada la mitad del trayecto, el vagón empezó a ascender y penetró de repente por un túnel oscuro que atravesaba un muro grueso de hormigón. Al otro extremo de este, el paisaje cambió de forma radical; Jacob circulaba ahora por vías elevadas a decenas de metros por encima del suelo. Era el punto del recorrido en que se cruzaba por los ostentosos Barrios Altos. Un extenso distrito circular y amurallado donde abundaban los jardines verdes con espectaculares fuentes iluminadas, los hologramas publicitarios en tres dimensiones y los rascacielos de cristal con interiores de lujo y piscinas descubiertas en las terrazas de varios de sus niveles. La mayoría de esos carísimos apartamentos, sin embargo, se encontraban abandonados ya por sus propietarios, que embarcaron tiempo atrás en las anteriores Arcas. Todos esos hogares libres podían ser suficientes para dar cobijo, como mínimo, a la mitad de residentes de los suburbios, pero los adinerados que quedaban aún allí no aceptaban, de ninguna manera, convivir con la plebe el tiempo que les quedaba antes del éxodo masivo final. Así que las pesadas compuertas del distrito permanecían siempre cerradas bajo estricta custodia de vigilantes armados y drones cibernéticos.
Debido a que esa parte de la ciudad sí estaba provista de electricidad, el vagón circulaba a mayor velocidad, así que el tramo del trayecto que cruzaba los Barrios Altos apenas duraba un minuto y medio antes de volver a adentrarse en el túnel del extremo opuesto del muro. Y como si se tratara de un tren de los horrores que de vez en cuando muestra un escenario de ensueño, una vez fuera del distrito la cruda realidad de los suburbios volvió a hacer acto de presencia:
Viviendas quemadas, saqueadas o, en el mejor de los casos, antiguas y sin restaurar. Suciedad orgánica y sintética diseminada por las calles, meciéndose al compás del viento. Personas de mirada triste; enfermas o hambrientas completaban aquel cuadro regido por el color del óxido y la opresión. Jacob sintió una punzada de rabia hacia todas las injusticias cometidas durante los últimos años, aunque él solo era un mercenario, si hacía falta mataba por encargo, no estaba muy seguro de si podía permitirse el lujo de poseer esa clase de moral. Apartó la vista, apoyó la cabeza en el respaldo del asiento y, sumido en el movimiento bamboleante del vagón, cerró los ojos con la intención de relajarse hasta que terminara el viaje.
Se le hizo un suspiro cuando, tras una serie de estridencias y sacudidas que parecieron que fueran a partir el vagón en dos, este se detuvo al final de la vía y se silenció poco a poco. El vigilante, que no se había movido de su sitio en todo el trayecto, ni tampoco le había quitado el ojo de encima a Jacob, abrió la puerta y esperó a que el mercenario se desperezara con un crujir de espalda y se apeara.
—Que tengas un gran día —le dijo Jacob de pasada al bajarse, pero el hombre, de mirada hosca y mandíbula sobresalida, le respondió con un breve gruñido.
En el exterior ya era de día y el calor del sol empezaba a apretar. Jacob miró a un lado y a otro para orientarse. Había estado muy pocas veces en el límite oeste de la ciudad. Aquello era prácticamente un desierto estéril. Las últimas edificaciones de Paradise Route quedaban a unos ochenta metros de distancia, y la línea del monorraíl se prolongaba más allá de ellas como una serpiente solitaria saliendo de su nido. Ante él, tras las rejas del puesto de control que ejercían como verdadera frontera, se extendía un páramo muerto e inacabable abrazando los vestigios del antiguo mundo. Aunque no todo era silencio; la Zona de Lanzaderas y el complejo termo-nuclear también se ubicaban fuera de la frontera, a medio kilómetro de allí. Jacob pudo ver su perfil industrial recortando el horizonte. Debido a los altos niveles de contaminación del recinto, este había sido construido a una distancia prudencial de la ciudad.
Caminó en dirección a la barricada de la frontera, compuesta por rejas desarmables con alambres y restos de diversos vehículos cruzados. Se detuvo para mostrar el pase de seguridad a uno de los tres vigilantes armados que la custodiaban, que tras echarle un exhaustivo vistazo asintió y le preguntó:
—¿Quiere tomar un vehículo para llegar al complejo?
—No lo sé. ¿Qué coste tiene? —quiso saber.
—Con ese nivel de autorización ninguno, Señor.
Jacob esbozó una sonrisa maliciosa.
—Será un placer —aceptó.
Mientras recorría con un quad medio averiado la carretera exterior que llevaba al complejo, sin nadie en aquellos áridos alrededores que pudiera verle, Jacob no pudo evitar sentirse eufórico bajo el casco de seguridad. El placer de conducir esa chatarra a toda velocidad era una sensación única como pocas veces había experimentado. En un punto de una curva pronunciada, el quad casi se le salió del camino y tuvo que rectificar con brusquedad y aminorar la marcha. Aun así, su satisfacción no disminuyó y volvió a acelerar al máximo cuando pasó cerca de las altas estructuras de las lanzaderas espaciales, cuyas cúspides de indestructible aleación se perdían de vista en el cielo, hasta que, medio kilómetro más adelante, pudo ver las puertas del CENT: un gigante, en su mayor parte, subterráneo. La punta del iceberg la formaban el búnker de acceso, una cantera de roca usada como vertedero radioactivo y cuatro cúpulas de hormigón de varios metros de altura puestas en fila. Allí detuvo el vehículo con una frenada larga que dejó un rastro de polvo en suspensión, se quitó el casco y exhaló el aire de golpe.
—¡Menuda maravilla…! —exclamó con una breve risotada. Acarició el chasis descolorido y volvió a colocarse el sombrero que se había atado a la espalda. Fue en ese momento cuando se percató de que alguien más joven que él, de rostro serio, mirada profesional y vestido con uniforme militar, le estaba esperando junto a la puerta de acero del búnker. Jacob carraspeó, bajó del quad y, adoptando un porte más formal, se acercó hasta el soldado y le tendió la mano—. ¿Orly? —preguntó.
Este se la estrechó.
—Orlando —le rectificó—. Me avisaron de su llegada.
—Y a mí que estarías esperándome.
Se hizo un breve silencio que no podría catalogarse de otra forma más que de incómodo. Quizá, el imperturbable y entregado Orlando esperaba no haber visto una actitud tan desenfrenada en el mercenario, dada la gravedad del asunto que les concernía.
—Sígame, por favor —dijo al fin—. Si le parece le llevaré primero a la sala donde se produjo el robo. Luego podremos revisar las grabaciones de seguridad.
—Seré como tu sombra —respondió Jacob ocurrente.
Orlando le dedicó una última y recelosa ojeada de arriba abajo. Se giró y tecleó un complejo código de seguridad en el panel digital que había a un lado. Jacob había sido entrenado para este tipo de cosas y se percató de la combinación: 744U-H96P-001K-5348L-A. Era un código dinámico que se cambiaba cada dos horas, pero tenía buena memoria, tardaría en olvidarlo. Acto seguido, un piloto luminoso que colgaba del marco de la entrada empezó a emitir destellos naranjas y la pesada compuerta de acceso se abrió. Nada más entrar ambos, volvió a cerrarse y culminó con un ruidoso eco que se perdió por la vastedad del paraje.
Aparecieron en una sala cuadrada, bien iluminada, que más bien parecía un garaje desordenado, sin puertas ni ventanas. Un dron les estaba esperando; su aspecto era tan amenazador como cómico. Dos extremidades combadas hacia dentro a modo de piernas, compuestas de hierros y cables, sujetaban una esfera pesada que tenía una rotación de trescientos sesenta grados.
—Iniciando protocolo de análisis. Deténganse, por favor —pronunció su voz electrónica. Jacob se fijó en Orlando, que se quedó inmóvil, con los pies juntos y los brazos estirados, y le imitó.
A aquel modelo se le llamaba Cíclope, porque tan solo poseía un ojo cibernético en medio de su enorme cabeza, cuya lente ahora oscilaba y les analizaba de hombro a hombro prolongando un escáner holográfico. A ambos lados de la cabeza llevaba adheridos dos fusiles rotatorios de fuego rápido, preparados para reaccionar a la mínima necesidad. Una puntería perfecta. Por lo que era aconsejable no tratar de huir de ellos cuando a uno le hacían un chequeo de identidad. Existían distintos modelos de drones, pero los más comunes eran los prototipos de hacía tres décadas, como aquel: los TK-IV. Sus ingenieros japoneses siempre habían asegurado que eran los mejores. Por muchos ajustes y modificaciones posteriores que se les hicieran, jamás pudo superarse su elevado porcentaje de efectividad, fiabilidad y resistencia. Miles de unidades de este modelo habían sido transportadas durante las primeras migraciones a Épsilon como medida de seguridad contra las posibles formas de vida hostiles que habitaran en el nuevo planeta. Se rumoreaba que hubo cierta resistencia por parte de algunas especies primitivas, pero que gracias a los TK-IV las primeras colonizaciones resultaron un éxito.
—Sargento Orlando: identificación positiva. Acceso permanente autorizado. Varón de clase mercenario, pase de seguridad de nivel alfa: acceso temporal autorizado. Que tengan un gran día. —La voz robótica retumbó por la estancia cuando su análisis terminó. Su único ojo parpadeó y la esfera de su cabeza rotó hacia arriba ciento ochenta grados, dándoles la espalda. A continuación, una súbita sacudida hizo que el suelo bajo sus pies se moviera y empezara a descender con ellos tres. Jacob se fijó en la parte trasera de la esfera del dron: se le veía una pequeña placa cuadrada, bien disimulada, tal vez por ahí era desde donde se accedía a sus circuitos si se le tenía que realizar alguna reparación. La plataforma elevadora tardó dos minutos en descender varios niveles antes de volver a detenerse. El mercenario echó la vista arriba, el habitáculo que le había parecido un garaje, ahora sin suelo; quedaba por lo menos a doscientos metros por encima de ellos.
—Por aquí —le indicó Orlando, que dio un paso al frente.
Jacob miró con desconfianza al dron cuando pasó por su lado, que permaneció en su sitio, inmóvil como una estatua —nunca le habían gustado aquellos trastos, nada podía ser tan fiable como el propio razonamiento humano—, y siguió al soldado por una sucesión de pasadizos oscuros con tuberías en el techo y micropaneles de iluminación tenue en el suelo.




