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—No me pierda de vista. En estos pasillos tratamos de ahorrar en electricidad.
—Descuida —masculló—. Pasaron de largo una puerta de cristal seguida de varios ventanales que mostraban al otro lado una sala de pruebas totalmente a oscuras—. Esto está muy vacío —observó—. ¿No se supone que debería haber ratas de laboratorio yendo de un lugar a otro?
—El personal científico no ha venido hoy, solo los del mantenimiento del reactor nuclear, en los niveles inferiores. Tampoco se encuentran la mayoría de vigilantes. Se decidió que así fuera para no contaminar la escena del robo hasta después de su visita.
Bien, Fergus, todo un detalle, pensó Jacob.
—Una gran idea… —murmuró, y añadió—. ¿Quién más sabe que estoy aquí?
—Su estancia en el CENT es confidencial. Solo yo conocía su identidad; me ordenaron que no hablara con nadie más al respecto.
—Que siga así —a continuación preguntó—. ¿Es por donde hemos venido la única forma de acceder al complejo subterráneo?
—De una pieza sí —respondió el soldado.
—¿Y de muchas?
—¿A qué se refiere?
—Supongamos que alguien con la suficiente habilidad y destreza decidiera evitar pasarse cientos de horas ahí arriba, intentando piratear el código dinámico de la entrada mientras le llueven las balas de los vigilantes, para luego tener que enfrentarse a ese dron del demonio —dijo mientras andaban—. ¿Hasta qué punto se jugaría la vida si probara a entrar por un acceso alternativo?
—Existen los canales de expulsión térmica, pero es imposible que ningún humano pueda colarse por allí.
—Bueno, eso es porque, tal vez, quien lo hizo, no fuera un humano normal y corriente. Chaval, a partir de ahora déjame a mí las suposiciones. Quisiera ver esos canales que mencionas.
—¿No prefiere que le muestre primero la cámara donde se guardaba la antimateria?
—¿Acaso sigue allí el artefacto?
—No, claro que no. Aunque su módulo de estabilización permanece intacto.
—Si permanece intacto no me sirve. Quien cometió el robo traía el suyo propio. ¿Encontrasteis manchas de sangre, tejido o pelo alrededor de ese módulo? ¿Algo que podamos contrastar en la base de datos?
—No, Señor.
—Entonces ir a esa cámara me es tan interesante como bailar un tango con vuestro dron.
Orlando tragó saliva y su rostro enrojeció, aunque no pudo apreciarse bajo la penumbra del pasillo.
—Claro, Señor. Le llevaré primero a la plataforma de los conductos de expulsión —obedeció, y giró a la derecha en la siguiente bifurcación.
Tras subir unas escaleras y andar por un pasillo más ancho y caluroso que el anterior, se toparon al final del recorrido con una puerta hermética que Orlando abrió girando su cerradura de reloj. Entraron en una antesala que olía a metal quemado. A Jacob le llamaron la atención los trajes aislantes de aluminio con máscara polarizada que había colgados en unas vitrinas puestas en fila. Otra compuerta con el símbolo de peligro térmico permanecía cerrada al otro lado de la estancia, desde donde llegaba un zumbido constante y aturdidor.
—¿Tenemos que meternos en estos trajes? —señaló Jacob con tono incómodo.
—Así es. Escoja uno y póngaselo, por favor —solicitó Orlando, elevando la voz para que pudiera oírle, al tiempo que descolgaba otro traje para él.
A Jacob no le gustó la idea, pero lo hizo. Aún no había pisado la plataforma de los conductos de expulsión, pero nada más sellar su traje empezó a intuir por qué el joven soldado aseguraba que era imposible que cualquier humano hubiese podido acceder por allí.
—¿Puede oírme? —la voz del muchacho sonó a través del intercomunicador de su máscara. Jacob presionó con el dedo el lateral de la capucha integral, justo en la zona del oído.
—Alto y claro.
—Ahí adentro, el aire radiactivo es expulsado de forma violenta a través de los túneles, por lo que va a hacer mucho calor. No es aconsejable que nos quedemos más de cinco minutos. Ni siquiera con la protección del traje.
Jacob levantó el pulgar para indicarle que estaba conforme. Orlando asintió, abrió la segunda compuerta y una súbita oleada de viento cálido les golpeó. Le hizo un gesto con la mano para que pasara rápido y así poder cerrarla de nuevo. Una vez cruzó al otro lado, el mercenario se detuvo de golpe, sorprendido, jamás había visto nada similar. No se podía ir más allá de la reducida plataforma elevada en la que estaban. Se acercó a paso lento hasta la barandilla y apoyó instintivamente las manos en ella, sobrecogido. La cámara era alargada, cilíndrica e inmensa, cruzaba frente a ellos de izquierda a derecha como un túnel de metro a gran escala. Ante sus ojos, nacido de la gigantesca hélice que giraba a toda velocidad en el extremo izquierdo, corría un chorro imponente de viento rojizo y amarillo que iba a parar al punto opuesto de la sala y se repartía a través de las bocas de cuatro conductos de menor tamaño. Miró arriba. Esparcidos por el techo, y protegidos de las fuertes ráfagas, había armazones de tungsteno con sensores de calor que emitían corrientes fotovoltaicas debido a las espontaneas sobrecargas eléctricas. El ruido de los motores y el viento era total, lo inundaba todo como el rugido colosal de un tsunami. Jacob apenas pudo oír las explicaciones del soldado a través del intercomunicador, pese a que este se colocó a su lado.
—Para generar la antimateria de las naves Arca aprovechábamos la energía térmica proveniente del núcleo externo de la Tierra, gracias a su campo geomagnético la producción en masa era posible. Luego utilizábamos energía nuclear para ocasionar reacciones de impulso y mantener estable todo el sistema de estructuras. El problema actual es que, pese a que la producción de antimateria ha terminado, no podemos apagar el reactor nuclear sin más, así que los residuos atómicos y térmicos siguen siendo expulsados al exterior en forma de plasma y gas hipercaliente.
—No he entendido una sola palabra de lo que me has dicho —exclamó Jacob bajo su máscara, y señaló los cuatro conductos más pequeños por donde se repartían los gases, en el extremo derecho de la estancia—. ¿A dónde llevan esas canalizaciones?
—Es una obra de ingeniería sin precedentes creada hace veinte años, los conductos atraviesan el submundo y van a parar a distintos puntos del continente, el más cercano se encuentra en los extrarradios de la abandonada Detroit.
—¡Repite eso! —volvió a presionarse el oído. No estaba seguro de haberle entendido bien.
—Digo que la zona de fuga más cercana se encuentra en las afueras de la antigua ciudad de Detroit, a cuarenta kilómetros de aquí. Por eso es imposible que nadie haya podido atravesar tanta distancia por estos túneles. Son cien por cien mortales.
Detroit… la sombría metrópoli en la que él creció. Ahora convertida en un cementerio de hormigón y huesos. Jamás había tenido constancia de esas extracciones, aunque sus recuerdos de esa época eran difusos. La gente moría sin más, sí: algunos se desplomaban sobre la acera de repente, como si algo les hubiera quemado por dentro, pero siempre decían que era debido a la fiebre roja. Ahora aquellas muertes cobraban un renovado sentido… Jacob devolvió la vista al poderoso chorro de energía, cuyos destellos bailaban frenéticos frente al panel reflectante de su visera. Ciertamente, era un espectáculo estremecedor.
—¿Nunca se ha detenido la emisión de residuos? ¿Aunque sean minutos? —preguntó.
Orlando negó con la cabeza.
—De ninguna manera. Como le digo, el reactor fue diseñado para aprovechar y canalizar la energía directa que proviene del interior de la Tierra, si lo parásemos ahora podrían desencadenarse consecuencias devastadoras.
—¿Cómo de devastadoras?
—Digamos que Paradise Route no tendría que esperar a la llegada de la estrella de neutrones para desaparecer del mapa. Toda esta cantidad de energía seguiría saliendo por algún lado, pero ya no sería de manera controlada, ¿entiende?
Jacob asintió. En ese momento se fijó en que la entrada de uno de los cuatro sub-conductos dejó de absorber gas de repente. El volumen que le tocaría extraer se repartió de forma automática entre los otros tres.
—¿Qué demonios ha sido eso? —señaló.
—No se preocupe, es algo normal —aseguró—. También quería hablarle de ello. Cada quince minutos, de forma rotativa uno de los cuatro canales de distribución deja de aspirar residuos durante ciento setenta segundos. De esta forma se evita que se sobrecalienten, lo que podría provocar daños irreparables a lo largo de su recorrido.
—Ciento setenta segundos es mucho tiempo —apuntó Jacob.
—Pero no el suficiente como para cruzar cuarenta kilómetros.
El mercenario se quedó pensativo. Pronto se dio cuenta de que estaba empezando a sudar en el interior del traje. No llevaban más de cuatro minutos en aquella plataforma y la tela revestida de aluminio ya se había calentado hasta el punto de adherírsele en la piel.
—Está bien —voceó—. Necesitaría tener acceso a los planos completos de esos conductos, por dónde pasan y en qué punto exacto desembocan. También quiero un informe de la actividad de este chisme durante la última semana: cada segundo de los ciento setenta que esos canales paran la extracción es importante. Así como cualquier suceso poco habitual que haya podido tener lugar aquí. Si se le ha caído a algún operario de mantenimiento una simple llave inglesa en el fondo de esta sala quiero saberlo, ¿entendido?
—Cuente con ello. Aunque me llevará como mínimo veinticuatro horas conseguírselo todo.
—Que sean doce —objetó. Su competencia, aunque siguiera sendas distintas de investigación, no iba a perder tanto tiempo—. Y ahora salgamos de aquí y veamos esas grabaciones de seguridad. Se me está friendo el culo aquí adentro.
—Con el debido respeto, señor, pero ya se lo avisé.
Dieron media vuelta y, con pesados movimientos propios del traje aislante, cruzaron de nuevo la puerta hermética y abandonaron la plataforma.
5
La sala de control del CENT se encontraba en el ala sur de la misma planta. Liberados ya de sus trajes, se dirigieron hacia allí. Jacob se preguntó cuál sería el motivo de que hubieran construido un complejo subterráneo con pasillos tan largos y con tantos cruces. A ambos lados de las paredes había varios laboratorios a oscuras con interiores de siluetas extrañas; a saber qué clase de experimentos se llevaban a cabo en ellos. Cuando entraron en la sala de control encontraron a otro vigilante armado haciendo la guardia. Permanecía sentado frente a un panel de mandos central con múltiples monitores, terminando de comerse un muslo de carne de apariencia inclasificable que rezumaba grasa por todas partes. Al verles alzó la vista, se chupó los dedos índice y pulgar y eructó.
—Rob, necesito que nos dejes la sala y hagas ruta en los pasillos —le pidió Orlando.
—¿Por qué? —lo desafió este, que dio otro mordisco a su desayuno, sin prisa alguna—. ¿Y quién es el tipo duro?
Orlando miró al mercenario, que reflejaba la viva imagen de la calma antes de la tormenta.
—No puedo decírtelo. Es confidencial.
—Pues a mí nadie me ha informado de nada —al hablar expulsó pedacitos minúsculos de comida—. Así que me quedo aquí.
Jacob acostumbraba a perder la paciencia muy rápido en ese tipo de situaciones. Taladró con la mirada a Rob.
—Ahora lo entiendo… —comentó.
—¿Entiendes el qué? —soltó Rob con una mueca apática, sin dejar de masticar.
—Con holgazanes como tú vigilando no me extraña que os hayan robado… —dijo.
Rob, ofendido, dejó con un movimiento pausado el muslo de pollo sobre la mesa y se levantó sacando pecho.
—¿Cómo has dicho? —pronunció con chulería.
Jacob no permitió que la cosa fuera a más y le mostró su pase de máximo nivel.
—¿Ves esto? —masculló serio—. Pone: Largo.
Rob lo leyó, tragó saliva y apretó la mandíbula. Miró a Orlando, tal vez en busca de ayuda o de un simple gesto cómplice, pero su compañero permaneció impasible, aprobando por completo la actitud del mercenario.
Jacob se reafirmó con un breve gesto de cabeza señalando la puerta.
—De acuerdo… —terminó aceptando Rob con un ademán de calma con las manos—. De acuerdo. Ya me voy.
Recogió sus cosas en silencio y los dejó a solas en la estancia.
—Pensé que iba a dispararle si seguía negándose —bromeó Orlando cuando su compañero se hubo marchado.
Jacob se colocó frente al cuadro de monitores y estudió las quince pantallas enumeradas que emitían imágenes oscilantes de distintas partes del CENT.
—Probablemente lo habría hecho —musitó indiferente, y luego dijo—. ¿Cómo accedo a las grabaciones de ayer durante los minutos en los que se produjo el robo?
Orlando respiró hondo. Parecía deseoso de terminar con todo eso.
—Las tengo aquí —sacó del bolsillo de su pecho un holodisco que introdujo en una rendija superior del panel de control—. Solo recopilé las grabaciones. No las he visto. Me ordenaron que fuera usted el primero en echarles un vistazo. Si lo prefiere puedo marcharme y dejarlo a solas.
—No… —desestimó— No, quédate. Soy un verdadero desastre con este tipo de aparatos.
—Como quiera —aceptó mientras se cargaban los datos—. En este holodisco se encuentran las grabaciones de todos los lugares vigilados del complejo durante los diez minutos anteriores y posteriores a que la cámara móvil de la sala donde se ubicaba la antimateria enfocara su módulo vacío.
Jacob no dijo nada. Tan solo esperó concentrado, con una mano tocándose el mentón, a que las reproducciones empezaran.
Las imágenes en alta definición fueron apareciendo una a una; de la entrada exterior del complejo, del elevador con el dron vigilando, de los pasillos, de algunos laboratorios, de la zona del reactor con los operarios trabajando, y también de la habitación aislada donde se guardaba la antimateria. En un principio no se apreciaba nada anormal. Todo seguía su curso, salvo una cosa.
—No veo imágenes de la sala de ventilación térmica.
—No tenemos cámaras allí, se chamuscarían en cuestión de minutos.
El mercenario le dedicó una mirada de incredulidad. No podía creer lo que acababa de oír.
—¿Fuisteis capaces de construir un conducto que comunicara con el centro de la Tierra y no pudisteis diseñar un sistema de vigilancia resistente al calor? ¿Me tomas el pelo?
Orlando se encogió de hombros.
—Esa sala está llena de sensores de tungsteno que nos indican todo lo que necesitamos saber. Nunca consideramos necesario instalar una cámara tan especial allí.
Jacob negó con la cabeza.
—Sin duda, un craso error —dictaminó. Luego se fijó en la imagen móvil de la sala del artefacto, tenía el número nueve en una esquina. Su recorrido iba desde la puerta del habitáculo hasta el módulo con el brillante artefacto de antimateria dentro, en la otra punta. Se detenía un tiempo en cada lado—. ¿Cuánto tarda en hacer el circuito entero la cámara nueve? —señaló.
—Unos cincuenta segundos.
Únicamente cincuenta segundos… Jacob frunció el ceño. ¿Quién sería capaz de entrar en esa sala, sortear con precisión el ángulo de la filmación, extraer de forma segura el artefacto de su módulo y volver a las sombras en tan solo cincuenta segundos? Como mínimo, daba respeto pensar en alguien con ese grado de habilidad.
Los minutos pasaron sin cambios, pero la expectación de ambos incrementó. Hasta que, de pronto, y como por arte de magia, la cámara nueve regresó de su recorrido y enfocó el módulo del artefacto vacío.
—¡Ahí! —señaló Jacob.
Orlando también acercó el rostro a la pantalla. La antimateria había desaparecido sin más.
—Sí… —se asombró el joven—. ¿Cómo lo hizo?
—Se lo preguntaré al responsable cuando lo coja... Las doce y seis minutos —mencionó a continuación—: media hora más tarde de la explosión en el Capitolio. El momento exacto del robo. Es necesario saber cuál fue el primer subconducto en detenerse después de ese intervalo de tiempo.
—Sí, Señor.
A Jacob le pareció entonces apreciar una sombra que se movía en una de las cámaras de los pasillos, al otro lado del panel. Puso en seguida su atención en ella, pero ya se había esfumado.
—¡Espera! —saltó— La cámara catorce. Retrocédela.
—¿Cuánto tiempo?
—Diez segundos.
El soldado hizo lo que le pedía a través de los comandos. Por fin se le veía ansioso por ayudar.
—¡Congela la imagen! —Jacob le dio la instrucción en el instante preciso en que se vio brevemente a una persona correr delante de la cámara. El mercenario ladeó la cabeza para tratar de reconocerle, pero el ladrón, de complexión fuerte, llevaba puesta una capucha oscura y no se le veía bien el rostro—. ¿Puedes aumentar el plano de su cara y añadirle definición? Sube también el brillo y ajusta el contraste.
Orlando asintió y maniobró los controles a toda velocidad. A medida que la imagen se agrandaba y se hacía más nítida, el fulgor en los ojos de Jacob fue en aumento.
Pronto serás mío… pensó, mordiéndose el labio hasta el punto de notar un ligero dolor. Siempre experimentaba esa clase de excitación en el verdadero momento en que daba inicio la caza, cuando estaba a punto de conocer la identidad de su futura presa.
La cara del ladrón terminó de cobrar nitidez. Lo que sucedió a continuación fue algo tan extraño que durante unos segundos, ninguno de los dos supo cómo reaccionar.
El soldado giró la cabeza, pálido, y lo miró como si no entendiera nada.
—¿Señor? —pronunció casi con miedo. Necesitaba una respuesta.
—Pero qué cojones… —Jacob contrajo la expresión, enfatizando su sensación de absoluto desconcierto. El rostro del hombre que corría por ese pasillo con el artefacto en las manos era, sin lugar a dudas, el suyo.
6
Orlando retrocedió un paso de manera instintiva al tiempo que desenfundaba su pistola y apuntaba a Jacob.
—¡Deja tu arma en el suelo y pon las manos sobre la cabeza, mercenario! —masticó esa última palabra. El respeto ya no era necesario.
—Oye… —Jacob solicitó calma con una mano—. No sé qué ha pasado aquí, pero está claro que tiene que haber una explicación. Ese de la imagen no soy yo.
—¡Y una mierda! —gritó. El pulso le temblaba—. ¡Yo lo he visto bastante claro! Haz lo que te digo o tendré que disparar. Que-quedas arrestado por un delito de alta traición… —tartamudeó.
Jacob apretó la mandíbula, dio un paso al frente, lo que provocó que el soldado retrocediera otro.
—Te sugiero que no hagas nada de lo que te vayas a arrepentir. Dime, ¿quién más ha tenido acceso a esas grabaciones…? —pronunció serio. No sabía qué clase de farsa era esa, ni quién andaba detrás, pero pensaba averiguarlo.
—¡Cállate! —Orlando sudaba, hecho un amasijo de nervios—. ¡Pon las manos por encima de la cabeza! ¡No lo repetiré!
—Deja de apuntarme, muchacho…
—¡He dicho que te calles, traidor! —quitó el seguro del arma, pero no le dio tiempo a hacer nada más.
Con un movimiento estudiado, Jacob apartó la pistola de un manotazo, que se disparó sin querer y la bala se incrustó en una pared. Empezó un severo forcejeó de agarres en el que el soldado intentó propinar varios puñetazos al estómago de Jacob, pero este los encajó bien y en cuanto tuvo oportunidad lo separó un poco y le dio un cabezazo en plena frente. Orlando sangró y se tambaleó, se palpó la herida y quiso arremeter de nuevo contra él.
—Valiente necio… —masculló Jacob, que no tuvo más remedio que usar su destreza para bloquearlo, agarrarle por el brazo y torcérselo con brusquedad. El joven soldado lanzó un alarido de dolor cuando un fuerte crujido indicó rotura, y acto seguido fue reducido al suelo. Jacob le extrajo una bota y un calcetín y le taponó la boca con él. Sacó una brida para esposar que siempre llevaba en su cinturón y le ató la otra mano al tobillo. Gruñó y maldijo por dentro cuando se apartó y lo dejó retorciéndose en el suelo, más por lo que soldado le había obligado a hacer que por haber visto de forma inexplicable su propio rostro en la pantalla.
Se quitó un segundo el sombrero y se pasó una mano nerviosa por el pelo. Necesitaba pensar. Apoyó ambos puños sobre el panel de control y observó de nuevo la imagen de aquel farsante, tratando de encontrar una explicación. Pero no la había. Y él debía moverse. Extrajo de la ranura del cuadro de mandos el holodisco que contenía las grabaciones. Se lo guardó en el bolsillo y acercó la boca a la oreja del dolorido Orlando, que tenía los ojos inyectados en sangre—. Sé que piensas que te van a llevar en la última Arca si haces bien tu trabajo, pero créeme, no lo harán. No les debes nada… —se calló un instante y dijo—. Soy inocente…
Se alejó de él y salió por la puerta.
De vuelta a los pasillos trató de hacer memoria del recorrido. Le iba a resultar difícil porque en esos momentos no era capaz de razonar con claridad. Todo él se encontraba en un estado cercano al shock. No terminaba de creerse lo que había visto allí adentro. Mientras nadie descubriera al joven soldado contrayéndose sobre el suelo de la sala de control tendría una oportunidad de salir de una pieza del complejo. Torció por varias esquinas al azar hasta que reconoció un laboratorio oscuro por el que habían pasado antes. Iba por buen camino. Siguió recto, a paso rápido, pero tuvo que aminorar cuando vio una linterna y escuchó unas pisadas acercándose en la oscuridad. Era Rob, que hacía su ruta a desgana por los pasillos. Al verle solo, el vigilante se extrañó.
—¿Y Orlando? —le preguntó.
Jacob intentó aparentar que todo iba bien.
—Se ha ofrecido a acompañarme hasta la salida, pero le ha entrado una llamada urgente a su busca y le han ordenado que mirara unos informes. Le he dicho que no hacía falta que viniera conmigo —chasqueó los dedos, como si de pronto se acordara de algo—. Y otra cosa… Me ha comentado que si te veía te pidiera que fueras a echar un vistazo a la zona del reactor. Hemos estado repasando las imágenes de las cámaras y parece ser que un operario no está en su puesto de trabajo.
A Rob no acabó de cuadrarle todo aquello.
—Vengo de allí. Todo está orden —dudó.
Jacob hizo una mueca de circunstancias y se le acercó para hablarle más flojo.
—Eh… —le susurró—. Yo te cuento lo que hemos visto, tú haz lo que quieras. Lo mío tan solo fue un papel, pero Orlando se molestó mucho contigo antes. Dice que va a dar parte de tu comportamiento a vuestros supervisores.
—¿Eso ha dicho? —aquello pareció preocuparle.
—Me temo que sí —asintió, fingiendo empatía—.Yo de ti no le provocaría más. Es mejor que vuelvas ahí abajo, eches un vistazo para asegurarte de que todo está bien y luego regreses y le informes.
Rob achinó los ojos. No terminaba de fiarse.
—¿Cómo sé que no me mientes? Orlando y yo no nos llevamos mal. Dudo que hiciera nada que pudiera perjudicarme. Tampoco es lógico que no te haya acompañado hasta la salida.
Jacob respiró hondo, paciente.
—Mira, allá tú si prefieres jugártela. Has visto mi pase. Ahora mismo represento la ley, ¿por qué te iba a mentir? Ni que le hubiera dado una paliza y lo hubiera amordazado en el suelo, hombre.
Rob lanzó una sonrisilla nerviosa solo de imaginarse lo absurdo de la escena, que terminó en una pequeña carcajada de ambos. Una más fingida que otra.
—Está bien —aceptó—. Volveré al reactor y echaré otro vistazo.
—Eso es —le guiñó un ojo, le dio una palmada en el hombro y se alejó de él—. Que tengas un gran día.
—Eh, lo mismo le digo —respondió agradecido mientras el mercenario se iba.
En la siguiente esquina, la falsa sonrisa se le esfumó de la cara y Jacob volvió a acelerar el paso. Como no encontrara ese ascensor rápido iba a tener que utilizar algo más afilado que su ingenio para salir de allí. Le resultó difícil quitarse de la cabeza la imagen de su rostro en la pantalla número catorce, aunque se obligó a hacerlo. Pensó que ya tendría tiempo para sacar conclusiones una vez escapara del CENT, llamara a Fergus y le contara lo ocurrido. El profeta le creería y le ayudaría a demostrar que todo aquello solo se trataba de una farsa muy bien elaborada. Jacob se encontraba en su apartamento cuando tuvo lugar el robo. Fergus podría dar fe de ello. A partir de ahí, daría con el impostor, o con los verdaderos responsables, y todo se solucionaría.



