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—Será mejor que te des prisa. Registrarán esta zona, me haré el dormido y me despertarán con una patada para preguntarme. Pero yo no he visto a nadie.
—¿Por qué me ayudas? No me conoces de nada —quiso saber antes de irse.
—Porque puede que mi cuerpo se haya corrompido durante todos estos años… pero no mis valores —contestó—. Todavía sé distinguir entre lo que está bien y lo que está mal. Y alguien que se enfrenta al Gobierno corrupto de esta ciudad no puede ser un mal tipo—. El brillo de sus ojos delataba nobleza, en contraste con su aspecto cochambroso.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó.
—Antes se me conocía como el Bardo —contestó, con un orgullo ya perdido—. Ahora ya nadie me llama de ningún modo.
—El Bardo… —repitió Jacob, como si quisiera registrarlo en su memoria—. No lo olvidaré —asintió en un gesto de gratitud y echó a andar sin perderle de vista, reflexivo, hasta que la propia senda entre los restos de los vehículos lo ocultó.
Le había parecido un individuo interesante. En otras circunstancias no le hubiese importado mantener una conversación larga con él, tampoco llevar encima algunos créditos que darle…
Tras abandonar el cementerio de coches, avanzó por la acera de una nueva avenida en la que la mala hierba empezaba a crecer por sus grietas y ranuras, sin que los de mantenimiento urbanístico se hubieran preocupado por cortarla. A esas alturas del fin del mundo, ya nadie lo haría. Las personas con las que se cruzó lo miraron, más bien por su ya pronunciada cojera que por su rostro pálido y cabizbajo. Algunos susurraron al verle pasar, puede que alguien incluso le reconociese, pero aunque así fuera, habría resultado extraño que un ciudadano de a pie lo delatara, tampoco ganaban nada. Además, eso era tarea de los cazadores de recompensas, simple y llanamente. No obstante, fueron momentos de especial tensión. Un par de vehículos vigilante aéreos, con sus sirenas y sus luces rotatorias, pasaron a toda prisa en dirección opuesta, barriendo el asfalto de la calzada. Puede que se dirigieran a otros distritos donde buscarle. Por suerte, su lugar de destino ya no estaba lejos. Fue un alivio cuando pudo torcer al fin por el callejón que conducía a la estación del Búfalo y llegar a la entrada de su túnel lúgubre. Se detuvo un instante para recobrar el aire, con las manos sobre las rodillas, su respiración se había vuelto profunda y dificultosa, y se decidió a adentrarse.
Sus pasos retumbaron en la oscuridad, solitarios, con un eco decreciente. La prostituta que había visto el día anterior yacía ahora muerta en el suelo, con la cara cerúlea, llena de llagas y un reguero de espuma blanca y reseca cayéndole por la comisura de la boca. La fiebre roja debió de darle una muerte horrible y agónica durante horas. Jacob trató de pasar lo más alejado de ella posible, tapándose el fuego de la herida con la mano, aunque sabía que ese era un gesto inútil, solo placebo. Si se tenía que infectar lo haría igual, con una mano cubriéndose o sin ella.
Para cuando bajó las escaleras de caracol y aporreó la puerta de la taberna sintió que las piernas le flaqueaban.
La fina rendija superior se deslizó.
—Jacob, ¡cielo santo! —Los ojos de Matthew se abrieron de par en par. Ruido de cerradura. Le abrió la puerta y tuvo que sostenerlo por las axilas para que no cayera al suelo. De fondo se oía el runrún de la radio—. En la Nube no dejan de hablar de ti. No pude creerlo cuando escuché tu nombre, todo el mundo te busca. —Le pasó un brazo por encima del hombro; con la mano libre juntó las dos mesas rudimentarias de su pequeño local y lo ayudó a tumbarse encima. Le palpó la frente—. Jesús, estás ardiendo…
—Ayuda… —Consiguió balbucear Jacob. El fuego de su herida se había extendido ahora por todo su cuerpo; le quemaba por dentro y le hacía tiritar—. Ayúdame.
—Calma, hijo —trató de tranquilizarle. Buscó la posible causa de su mal y dio con el tajo en la pierna. Presentaba mal aspecto.
—Ayúda… me —volvió a articular, demasiado débil como para mantener la cabeza erguida.
—¿Pero qué has hecho, Jacob…? —Preguntó Matthew con cara de preocupación—. ¿Qué ha pasado?
La venda… la venda de fuego, ¡quítamela! Quiso contestarle pero no pudo. Sus ojos se entornaron hasta terminar cerrándose.
Luego, todo se volvió oscuro.
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