Moviendo los marcos del patriarcado

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Concepción Arenal, en La mujer del porvenir (1869), criticó, en la misma línea que Pardo Bazán, la creencia en la menor capacidad intelectual: «Día vendrá en que los hombres eminentes que hoy sostienen la incapacidad intelectual de la mujer (...) se leerán sus escritos entre el asombro y el desconsuelo que causa ver en los de Platón y Aristóteles la defensa de la esclavitud».16
Emilia Pardo Bazán apunta, en esta memoria, al aumento de la desigualdad entre sexos, que parecería contradecir el progreso, pues la mujer sigue privada de los derechos políticos mientras el varón, desde la Revolución francesa, los adquirió plenísimos. De ahí que mantenga que la sociedad aún tiene pendiente reconocer los derechos de la humanidad.
Dueñas de sí:
el destino propio en la narrativa de la autora
Siendo este ensayo un texto crucial para analizar los argumentos de Emilia Pardo Bazán sobre el destino propio, se puede seguir el hilo de esta idea a través de decisiones sobre su vida, así como a través de sus artículos y su ficción.
Un movimiento relevante para tomar su destino en sus manos, construirse como intelectual y seguir su vocación de escritora, es la ruptura con los modelos anteriores de mujeres escritoras —y, como señala Isabel Burdiel, católicas— mediante su adscripción al naturalismo, erigiéndose en la voz pública de esta corriente, tanto en los ensayos recogidos en La cuestión palpitante (1882), como en las novelas Un viaje de novios, publicada en 1881, y La Tribuna en 1883. La primera fue calificada por el periódico republicano El Globo como «un grito de independencia» refiriéndose a lo personal e ideológico. Veintitrés años antes, en Lieders, uno de sus textos más explícitamente feministas, Rosalía de Castro afirmaba «Solo cantos de independencia y libertad han balbucido mis labios», expresión de la que María Xesús Lama17 tomó el título de su biografía.
Vinculada a su identificación como escritora, está la decisión de separarse de su marido José Quiroga y Pérez de Deza. El documento de separación fue firmado en 1884, pero el distanciamiento venía de algunos años antes, alrededor de 1881, cuando nace Carmen, su tercera hija. Tal vez el viaje a Francia de 1880, y las lecturas de novelistas franceses como Balzac y Zola influyeron decisivamente en su proyecto intelectual y de vida. Aunque tradicionalmente, a partir de la biografía de Carmen Bravo Villasante, se habían relacionado las desavenencias con la publicación de La cuestión palpitante y La Tribuna, hay otros elementos que, según el Grupo de Investigación La Tribuna,18 pudieron ser relevantes. Así el escaso interés de José Quiroga por la sociedad intelectual, o el comportamiento del padre de Quiroga, favoreciendo al primogénito en perjuicio de José, lo que repercutiría en la herencia que correspondía a los hijos. Es necesario reconocerle a Quiroga el mérito de aceptar una separación amistosa, pues de no ser así, con la legislación de la época, una mujer casada no podría disponer de sus bienes ni obtener el pasaporte para viajar sin la autorización del marido, conocida como «licencia marital».
Emilia Pardo Bazán es dueña de sí misma, y la idea de que las mujeres tomen su destino en sus propias manos —ahora tal vez se diría empoderamiento— tiene expresión literaria en muchos de sus personajes. Un ejemplo destacado es el relato «Lo de siempre» (1913) recuperado por el investigador pardobazaniano José Manuel González Herrán de la revista argentina Caras y caretas, y recogido por él en la antología El vidrio roto (2014).
«Lo de siempre» es la historia de Mariana. Tras la muerte de su padre, tipógrafo que le había enseñado el oficio, se disfraza de hombre —Mariano— para trabajar en una imprenta. Los compañeros tienen ideas avanzadas, proclaman que todos deben ser iguales. Mariano, sin embargo, desconfía de que esa demanda de igualdad vaya más allá de sus propios derechos. Al descubrir que es mujer, la abuchean y la muchacha se dirige a ellos en una dura alegación:
¿Para vosotros, farsantes, no soy persona? ¿Qué os decía yo en el café? Que si llegase el momento de afirmar igualdades, seríais como los otros, como los burgueses: igual. ¡Si lo sabía! Pues de otro modo, ¿qué necesidad tenía de disfrazarme? (...) Ni a vosotros os importa la humanidad, ni pensáis sino en vuestro egoísmo. Las mujeres, para instrumento, para divertiros, para pegarles, para que os guisen... ¡Nos queréis por esclavas!19
Central en este breve relato es la identificación del trabajo remunerado como un elemento medular de la independencia de las mujeres. Aspira a vivir de su trabajo, en las Memorias de un solterón, Feíta, quien decide irse de su casa a Madrid en busca de un empleo suficiente para mantenerse. Minia Dumbría de La Quimera (1903) supone un peldaño más; es artista, su trabajo profesional no son unas clases particulares mal pagadas, sino la composición musical. La soltería, la autosuficiencia, la dedicación al arte hacen de ella una mujer a contracorriente, pese a recibir ataques y groserías como reconoce Silvio. Mauro Pareja advierte a Feíta de los obstáculos para una mujer que pretenda emanciparse: «solo encontrará en su camino piedras y abrojos que le ensangrienten los pies y le desgarren la ropa y el corazón».20 En su Memoria al Congreso Pedagógico, Emilia Pardo Bazán es consciente, desde los primeros párrafos, de que sus ideas van en contra de las establecidas, incluso en una audiencia de personas ilustradas: «Mirad con ojos puros las ideas que expondré y sed tolerantes para las que os ofendan, más aún por desusadas y peregrinas, que por desnudas».21.
La ideología patriarcal impuso durante muchas décadas una visión en la que el trabajo no doméstico de las mujeres, el empleo fuera del ámbito familiar, es contemplado como algo de lo que avergonzarse, sobre todo entre las «señoritas» de clase media o de la hidalguía empobrecida, como la familia Neira en las Memorias de un solterón, pues las obreras o las campesinas trabajan y siempre trabajaron. Feíta denuncia la paradoja de ser ella considerada la vergüenza, la deshonra para su familia, y no sus hermanas, Rosa y Argos, que mantienen relaciones sexuales clandestinas.
En otros relatos como «Casi artista» o «Las medias rojas» emergen los esfuerzos de las protagonistas por ejercer un trabajo que les permita vivir. En el primero Dolores, tras ser abandonada por su marido con dos niños, vuelve al oficio de costurera y llega a dirigir un taller que tiene reputación en toda Marineda (nombre que en la ficción de la autora corresponde a Coruña) por el primor con que cosen «lo blanco». El regreso del marido, un borracho que, además de vivir a costa de ella, mancha la ropa, desencadena una disputa en la que Dolores acaba pegándole, él cae por la escalera y muere. «Las medias rojas» es uno de los relatos más conocidos de la autora sobre el maltrato a las mujeres. Ildara, la protagonista, había pedido prestado un dinero con el que compró las medias del título, para poder embarcarse y buscar trabajo al otro lado del mar, huyendo de la tiranía de su padre. La paliza en la que este la deja tuerta y le salta un diente impedirá que cumpla su sueño.
Emilia Pardo Bazán abordó la cuestión del trabajo de las mujeres, en general o sobre profesiones específicas, en distintos artículos. Así uno —que González Ferrer titula «En favor del trabajo de la mujer», aunque la autora no los titulaba— publicado en su columna «La vida contemporánea» en La Ilustración Artística, el 22 de noviembre de 1915. Con motivo de la entrega de premios a las alumnas y alumnos de taquigrafía, la autora reflexiona sobre el obstáculo que supone el decoro para las muchachas de clase media, en sus aspiraciones a conquistarse un modo de vivir. «¡Ah! ¡el decoro! ¡Grillo a los pies, esposa a las manos! Soga que se lleva al cuello sin acertar a desatarla!».
En su correspondencia Emilia trata alguna de estas cuestiones, como la supuesta incompatibilidad entre los estudios y la naturaleza de las mujeres de forma satírica, apelando a la ironía. Así en una carta inédita a su amiga y comadre Carmen Miranda, sobre las dolencias reumáticas de Ramona, la madre de esta:
«Yo no quisiera calumniar a los Santos de la corte celestial ni a Dios nuestro Señor: pero juraría que esos reumas tan atroces se cogen en las iglesias y madrugando (...) ¡Pobre Ramona! Ese mal (...) proviene de su excesiva bondad y virtud. Si esta interpretación de su reuma le parece algo heterodoxa, que se consuele pensando en que así que a mí me duela una uña todo el mundo le echa la culpa al estudio y a los libros».22
En resumen, las ideas que desarrolla Emilia Pardo Bazán sobre el destino propio de las mujeres se adelantan a su tiempo y siguen fundamentando el pensamiento feminista moderno.
7 Emilia Pardo Bazán «La educación del hombre y la de la mujer». Memoria al Congreso Pedagógico, presentada el 16 y 17 de octubre de 1892. Publicada en Nuevo Teatro Crítico, 22, 14–82. Esta cita es de la página 22, y la del primer párrafo de la p. 63.
8 Narciso de Gabriel (2018). «Emilia Pardo Bazán, las mujeres y la educación. El Congreso Pedagógico (1892) y la Cátedra de Literatura (1916)». Historia y Memoria de la Educación 8: 489-525.
9 Agradecemos a Narciso de Gabriel que nos proporcionase los datos de las votaciones.
10 Emilia Pardo Bazán «La educación del hombre y la de la mujer» ... op. cit. p. 23.
11 Guadalupe Jiménez Esquinas (2018). Del paisaje al cuerpo. Una crítica feminista a la patrimonialización del encaje en la Costa da Morte. Tesis doctoral. Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibersitatea. Las citas en este párrafo son de la página 18.
12 Emilia Pardo Bazán «La educación del hombre y la de la mujer» ... op. cit. p. 24.
13 Ibid., esta cita es de la p. 24, y la siguientes en este párrafo de las pp. 20–21 y 33.
14 Emilia Pardo Bazán. (1896). Memorias de un solterón. Madrid: Eneida, 2013. Esta cita y la inmediatamente anterior son de la p. 125.
15 El ideal feminista de la Nueva Mujer, independiente, viviendo de su trabajo y rechazando las limitaciones sociales, fue desarrollado por la escritora irlandesa Sarah Grand en 1894.
16 Concepción Arenal (1869). La mujer del porvenir. Sevilla: Eduardo Perié. Madrid: Nørdica, 2020, p. 54.
17 María Xesús Lama, (2017). Rosalía de Castro. Cantos de independencia e liberdade (1837–1863). Vigo: Galaxia.
18 Grupo de Investigación La Tribuna (2008). «Aportaciones a la biografía de Emilia Pardo Bazán. La crisis matrimonial», La Tribuna 6, 71-128. El Grupo de Investigación La Tribuna está formado por X. R. Barreiro, R. Axeitos, P. Carballal e J. M. Caridad.
19 Emilia Pardo Bazán (1913). «Lo de siempre» Caras y caretas. Recuperado en 2010 por J. M. González Herrán; recogido en el volumen 12 (Cuentos Dispersos II) de las Obras Completas, edición de J. M. González Herrán, Biblioteca Castro, 2011, en E. Pardo Bazán El vidrio roto. Cuentos para las Américas. Ed. José Manuel González Herrán. Vigo: Mar Maior, 2014, p 173.
20 Emilia Pardo Bazán (1896). Memorias de un solterón... op.cit. p. 193.
21 Emilia Pardo Bazán «La educación del hombre y la de la mujer» ... op. cit. p. 15.
22 Carta inédita a Carmen Miranda MO88/C.1.10. Archivo Real Academia Galega.
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Maestra de sí misma:
La conquista de la educación
Apenas pueden los hombres formarse idea de lo difícil que es para una mujer adquirir cultura autodidacta y llenar los claros de su educación.
Apuntes autobiográficos23
A las jóvenes del siglo xxi que estudian secundaria o siguen cursos en la universidad les puede resultar difícil imaginar que antes de 1910 las mujeres no estaban autorizadas a hacerlo. Aún hay países donde está prohibido que las niñas vayan a la escuela, como ilustra el atentado talibán a Malala Yousafzai en 2012 por defender ese derecho.
El siglo anterior a aquel en el que nació Emilia Pardo Bazán (1851) concibió por vez primera el sueño de extender el conocimiento y la formación más allá de un reducido grupo social. Lo que había sido hasta entonces privilegio de una minoría se entenderá, a partir de ese siglo xviii llamado Siglo de las Luces, como un derecho. Pero el sueño de la educación universal, que es —en gran medida— el núcleo mismo del sueño ilustrado, sigue dejando fuera a la mitad de la población, pues nace de una noción de universalidad que excluye a las mujeres.
Cuestionar una «universalidad» que no es tal implica que tanto la Declaración Universal de los Derechos Humanos como el pensamiento pedagógico ilustrado deben enmendar un sesgo patriarcal que no contempla a las mujeres como sujetos de derechos, entre ellos el derecho a la educación. En esto es radical Emilia Pardo Bazán, si bien existen algunos precedentes que merecen ser recordados.
En 1791 Olympe de Gouges24 intentó completar la Declaración de los Derechos Humanos publicando la Declaración de los derechos de la Mujer y de la Ciudadana que corregía lo que la primera ignoraba, un atrevimiento que, junto con la crítica a la deriva autoritaria de los jacobinos, le costaría ser guillotinada en 1793, convirtiéndose en la primera mujer de la que sabemos el nombre —sin duda hubo otras que se rebelaron contra la sumisión— que perdió la vida por defender los derechos de las mujeres. Un dato poco conocido es que la lengua materna de Olympe era el occitano. Debido a ello fue acusada por los «ilustrados» de escribir con faltas de ortografía, intentando desacreditar sus argumentos basándose en la carencia de formación en la que el patriarcado mantenía a las mujeres. Como otras precursoras del feminismo, Olympe de Gouges fue abolicionista, autora en 1786 de una obra de teatro titulada La esclavitud de los negros —por la que fue duramente atacada—, lo que es tal vez una muestra de como una forma de subalternidad puede sensibilizar hacia otras.
Desde una perspectiva de defensa de la igualdad, era también necesario poner en cuestión la enseñanza y el pensamiento pedagógico ilustrado. Este proyecto tuvo como consecuencia un incremento de los índices de alfabetización de los varones, y por tanto estadísticamente del conjunto de la población, mas, al excluir a las mujeres, ahondó la distancia entre unos y otras por causa del desigual acceso a la cultura. En 1792 Mary Wollstonecraft había argumentado en su Vindicación de los derechos de la mujer que las mujeres tenían derecho a recibir la misma educación que los varones y que era la falta de educación, no la naturaleza, la que impedía su desarrollo intelectual.
Emilia Pardo Bazán recoge esta demanda y, en una conferencia pronunciada en París en 1899, denuncia las altas tasas de analfabetismo entre las mujeres y cuestiona el modelo desigual y asimétrico de formación, reiterando las ideas expuestas en su Memoria al Congreso Pedagógico de 1892.
Autodidactas por necesidad:
las escritoras del siglo XIX
En la formación intelectual y afectiva de Emilia Pardo Bazán, según recuerda en los Apuntes autobiográficos, debió de pesar más la biblioteca familiar, que evoca intensamente, que la educación reglada. El colegio francés «para señoritas» de Madame Lévy al que asistía durante los inviernos pasados en Madrid ofrecía la educación para niñas y jóvenes considerada apropiada en la época. Era pues poco acorde con las inclinaciones intelectuales de Emilia, quien entró en conflicto con una instrucción concebida como preparación para el matrimonio. Pidió que le cambiasen el estudio de piano por latín y no manifestaba afición a la costura, rechazando el carácter de adorno al que se reducía la formación de las niñas de su clase social. En una de sus primeras novelas, Un viaje de novios (1881), emerge la crítica a la educación femenina orientada al matrimonio. Un año después, en la biografía San Francisco de Asís25 (1882), analiza la formación de las mujeres durante la Edad Media en la que, a pesar de los estereotipos sobre ella, algunas mujeres con vocación intelectual e inclinación al conocimiento tuvieron posibilidades de desarrollo. Estas oportunidades, si bien restringidas a las monjas o a las nobles, eran para Emilia superiores a las que habría en siglos posteriores en los que identifica una involución en las ideas y prácticas sobre el papel de las mujeres.
Emilia es agudamente consciente de las desventajas de una formación no reglada, carente de planificación y solidez. La frase de los Apuntes autobiográficos citada para abrir este capítulo atestigua la dificultad de adquirir cultura por sí misma y señala que los hombres apenas pueden imaginarla. No sorprende que las autoras de su época coincidan en dotarse de una formación en gran medida autodidacta, en la que la lectura ocupa un lugar fundamental. Esto solo es posible cuando el contexto familiar lo favorece. Así en el perfil de una pionera entre las escritoras del XIX, Mary Wollstonecraft Shelley, se unen un ambiente familiar estimulante, propicio para que el sexo no determine totalmente la educación de las hijas, y el acceso a lecturas variadas. Si los padres de Mary Shelley eran dos intelectuales, y la madre, Mary Wollstonecraft, una figura clave del pensamiento feminista, también Emilia dejó constancia del talante igualitario de su padre: «Con haber tratado yo después a bastantes de los que aquí pasan por superiores, en esta cuestión de los derechos de la mujer rara vez los he encontrado a la altura de mi padre».26 Por otro lado, señalemos que William Godwin, el padre de Mary, traicionó las ideas de Wollstonecraft sobre la educación, pues únicamente fueron enviados a la escuela los dos varones, mientras las hijas permanecían en casa. Igual que Emilia, Mary detestaba las lecciones de música y se vio abocada a la formación autodidacta.
La conciencia de las desventajas de una educación tan desigual conduce a Emilia a trazar para sí misma una estrategia planificada de aprendizaje, apartando temporalmente a mediados de los años 70 las lecturas de ficción a las que se había entregado ávidamente hasta entonces y volcándose en el estudio sistemático. Es significativo que, junto a su admiración por Zola, otra gran figura de referencia para Emilia Pardo Bazán sea Fray Benito Jerónimo Feijoo, un autor ilustrado que había centrado sus energías intelectuales en el ensayo, en la divulgación de los saberes. Sin duda el texto de Feijoo «Defensa de las mujeres» (1726) es uno de los motivos de esta adhesión, y probablemente también su relación con el conocimiento, con el movimiento que atribuyó a la expansión del saber toda la fuerza de la utopía. Sin embargo la Ilustración no fue capaz —a pesar de la lúcida defensa de Feijoo— de hacerlo extensivo a la mitad de la población, sino que mantuvo a la mujer, como afirma la autora con mordaz ironía, en «saludable ignorancia».27 La ignorancia es, en su expresiva metáfora, «una campana de cristal que aísla a la mujer del mundo exterior». Notemos que ochenta años después, en 1963, la poeta Sylvia Plath titularía La campana de cristal su única novela, de carácter autobiográfico. Si en la novela de Plath la campana de cristal es una metáfora de la depresión, su tema central, desencadenante del proceso depresivo, es la búsqueda de la identidad, la frustración de la protagonista ante los roles socialmente aceptables para las mujeres en los primeros años 50, la expectativa de que ser madre era todo a lo que podían aspirar.
De una forma semejante a la que más tarde emprendería Emilia, Mary Shelley planificó desde la adolescencia sus lecturas, incluyendo los clásicos, Esquilo, Eurípides, Cervantes, Chaucer, Defoe, Goethe, entre otros, y el aprendizaje del latín o el francés, como documentan sus diarios. Así, en julio de 1816, en Ginebra, cuando empezaba a escribir Frankenstein, anota en su diario: «Domingo, 28 de julio. Leo las novelas de Voltaire. Shelley lee a Lucrecio (...) Hoy es el segundo aniversario de la unión entre Shelley y yo». Y al día siguiente: «Lunes, 29 de julio. Escribo; leo a Voltaire y a Quintus Curtius (autor de las Historias de Alejandro Magno). Día lluvioso, con truenos y relámpagos. Shelley acaba Lucrecio y lee las cartas de Plinio».28 En cuanto a Emilia, en una carta a su amiga Carmen Miranda desde París del 26 de enero de 1885, en la que se manifiesta explícitamente la tensión entre el tiempo para sí misma, escribir su novela, leer sus «librotes», y el tiempo hurtado a sus hijos (Aleixandre, 2021)29 dice:
A la verdad, mi vida tiene poco que contar, pues es la de un estudiante aplicado y no más. Yo me levanto, almuerzo y voy disparada a la Biblioteca [Nacional], de donde salgo a las 4, quedándome solo el tiempo preciso para dar un paseíto por el boulevard (...) a las seis como y de noche apenas salgo, pues necesito despachar el correo y hacer una novela que tengo vendida a la editorial de Arte y Letras. (...) no he querido ver aún á la Rattazzi porque me quitaría tiempo para mis librotes, y a la verdad, ya que hice el sacrificio no pequeño de dejar a los chiquillos, quiero aprovechar el tiempo.30
Si en las afinidades políticas Emilia Pardo Bazán puede ser considerada conservadora, no así en lo relativo a la educación, que concibe desde la ruptura con la tradición y como motor de cambio social, al afirmar que la educación debe tender a quebrar la cadena de la rutina, haciendo a los hijos mejores de lo que fueron sus padres. La reivindicación que articula en la Memoria al Congreso Pedagógico de 1892, centrada en el análisis de la educación recibida por el hombre y la mujer, sus diferencias, es inequívoca: una educación idéntica para ambos sexos. Emilia no adopta una postura moderada que aspirase a pequeñas mejoras, no lo pide como un favor que pudiera otorgarse con condescendencia sino como un derecho, desde la firmeza de quien cree en la justicia de lo que exige. La defensa de una educación idéntica resulta por sí revolucionaria, pero Emilia da un paso más al defender la coeducación como vía para ahondar en el conocimiento mutuo y diluir las diferencias entre los sexos.
El personaje literario de la autora que mejor encarna este ideal formativo es sin duda Feíta, en dos novelas publicadas en los 90, momento en que su pensamiento ha desarrollado una notable madurez. En Doña Milagros (1894) y Memorias de un solterón (1896) Feíta reclama el derecho a formarse y ejercer un trabajo, emergiendo estudio y trabajo como alternativa al modo de subsistencia que constituye el matrimonio, como la vía para alcanzar autonomía y libertad. Feíta se opone a la concepción paterna según la cual «coser, bordar, rezar y barrer basta a una señorita»31 y afirma enérgicamente que quiere «estudiar, aprender, saber y valerse el día de mañana sin necesidad de nadie».32 Emilia proyecta en este personaje una idea en la que cree firmemente: que cada persona, hombre o mujer, debe trazar una vida acorde con sus inclinaciones y capacidades, sin sucumbir a la presión de los patrones sociales sobre lo deseable para uno u otro sexo. Este es el principio que pone en práctica Feíta con sus hermanas y su hermano tras la muerte del padre con un éxito en la trama narrativa que funciona como prueba de su validez.
El anhelo de saber y la escritura de la Nueva Mujer
Emilia Pardo Bazán vuelve de forma recurrente sobre la instrucción de la mujer concebida como adorno, como ornato social que se procuraba en la clase burguesa, como cultivo, no de conocimientos, sino de sentimientos. Al mismo tiempo la formación sólida y el conocimiento eran percibidos como peligros. Los testimonios escritos de inspectores gallegos de enseñanza primaria a finales del xix citados por Narciso de Gabriel33 son explícitos, había padres que prohibían expresamente a los maestros que enseñasen a las niñas a escribir, alegando que era perjudicial para ellas. De Gabriel interpreta que la escritura, al proporcionar autonomía, se percibía como una amenaza a la dependencia y la sumisión. La represión sexual de la mujer, según Emilia, lastra su educación, diseñada desde presupuestos preventivos y opresivos. Rigen principios asimétricos al considerarse la educación del hombre desde postulados optimistas para los que supone un perfeccionamiento, mientras que la femenina es considerada como «deshonra y casi monstruosidad».34 De ahí, según concluye Guadalupe Gómez-Ferrer, en su introducción a La mujer española y otros escritos, que Feíta sea puesta a salvo de toda sombra de duda sobre su conducta moral, así como de los defectos atribuidos a las mujeres que desafiaban el orden convencional en la época.
Por el contrario, Pardo Bazán alega que esta inferior educación es un impedimento para las relaciones igualitarias entre hombres y mujeres. Así, ridiculiza a las señoritas de Barrientos, en las que la insuficiencia intelectual es vista, desde la óptica masculina de Mauro, como falta de cualidades para una compañera adecuada: «Lo que realmente daba (…) era pavor, de imaginar que se preparaban con tal régimen futuras esposas y madres de familia; de pensar que aquellas muñecas rellenas de serrín, y con la cabeza hueca, serían, andando el tiempo, base de un hogar, compañera de un hombre inteligente».35



