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Don Alexis la trataba con cierta deferencia, tal vez a consecuencia de ese vínculo que los unió en aquellos primeros tiempos. De todas formas, el colombiano respetaba a sus mujeres. Les brindaba el afecto paternal que ellas necesitaban para mantenerse en el submundo clandestino, un territorio plagado de oscuras pasiones y a su vez disfrazado de refinamientos impostados.
—La soledad, Patricio, la soledad… Ese es el problema.
—No estás sola, linda. Aquí somos una familia, ¿no? Cuando alguien del grupo tiene un problema los demás lo contienen.
—Sí. Sí. Vallejo es buena persona. Pero la cosa cambia cuando estás en tu departamento, mirándote al espejo… Los años pasan y el futuro comienza a transformarse en una casa de retiro para ancianos.
Patricio percibió la depresión de su amiga. La conocía bien. Incluso habían compartido alcoba en varias oportunidades. Susana se negaba a cobrarle los servicios debido al status de un buen amigo que lo colocaba en otro plano de relaciones. El barman tampoco abusaba de aquel vínculo. Sabía que don Alexis conocía sus andanzas con las muchachas del local, pero mientras mantuviera cierto decoro en las acciones el jefe se haría el distraído. Además, había comenzado a sentir aprecio genuino por aquella entrerriana de paisajes verdes en su mirada y sonrisa cautivadora.
—No debemos pensar en el futuro, querida. Siempre nos dijeron que estaba a la vuelta de la esquina, pero no nos indicaron cual era. Fijate todas las esquinas que tiene Buenos Aires. Cada una con un futuro distinto esperando a los giles que las transiten.
Susana sonrió por primera vez. El barman disfrutaba de ese gesto. En los últimos tiempos había aprendido a robarle sonrisas furtivas.
—Si fuera así, habría tantas posibilidades para el caminante callejero que no se podría hablar de un futuro. Quizá tampoco de un destino…
—El destino se elige, querida mía.
—¿Y cómo puede haber tan solo uno para cada persona con tantas esquinas que tiene Buenos Aires?
—No te preocupes por el devenir, linda. Para gente como nosotros solo existe el presente. Ni siquiera el pasado tiene sustancia en este momento. Mirá, nena, los recuerdos solo sirven para entristecernos…
Susana bebió de su vaso. En esos momentos Patricio pudo percibir un horizonte de pasado en los ojos de la mujer.
—¿Cuánto tiempo hace que estás limpia...? —preguntó sin mirarla intentando mostrarse indiferente.
Ella volvió a beber, esta vez un trago largo. Hizo un gesto con la boca. Luego contestó, resignada:
—No conté los días… Una semana. Tal vez diez un poco más… Sabés como son estas cosas. Los años pasan y una trata de tener el control de la propia vida. Como si pudiéramos ejercer la libertad sin necesitar el andamiaje externo. Las muletas, algo en qué apoyarse.
—Este mundo es demasiado denso para ese tipo de libertad, pequeña.
Durante un minuto Patricio contempló a esa mujer que compartía el duro sendero que la vida les había impuesto. O simplemente el que eligieron desde algún plano inconsciente. La imaginó dentro de algunos años. Las arrugas propagándose por un rostro en el otoño de sus posibilidades, los ojos tristes transformando el verde paisaje en un horizonte marchito, sus pechos aún firmes y prometedores abandonados a la insistente atracción gravitatoria.
El barman buscó debajo de la barra. Allí tenía un compartimiento secreto que ni el propio Vallejo conocía. Ocultando el objeto en la palma de la mano derecha, deslizó la misma por sobre la superficie del mueble. Observó a Susana con una sonrisa. Ella se quedó mirando su mano con expresión distraída. Al principio sus ojos denotaron indiferencia. Cuando comprendió la razón del movimiento comenzaron a brillar extrañamente.
—A veces resulta bueno dejar de ser uno mismo por un breve lapso de tiempo en esta hoguera de vanidades… —comentó el hombre con voz calmada.
Susana colocó su mano por debajo de la de Patricio y sintió el contacto con el pequeño sobre. Con movimiento cuidadoso lo guardó en su bolso de mano.
—No puedo pagarte ahora —le dijo con ojos agradecidos.
—No importa. Entre amigos no existen las deudas.
Se miraron durante unos segundos. Ambos sonreían. En ese breve intervalo la eternidad expresaba sus designios.
La figura de don Alexis emergió por la puerta disimulada detrás de la barra. El barman pudo apreciar la tensión reflejada en el rostro del jefe.
—Prepárame un coñac —dijo con voz apresurada—. El de siempre.
—Sí, señor. Aquí tiene su bebida acostumbrada.
Como por arte de magia una copa de coñac apareció sobre la barra al alcance del colombiano.
—¿Lo prefiere caliente, don Alexis?
—No. Así está bien. Quiero sentir el calor del líquido atravesando mi garganta.
Vallejo contempló el panorama del local. Solo cuatro mesas estaban ocupadas en esos momentos. Las cosas se acomodaban según el plan. La movida que estaba realizando resultaba peligrosa. Aquellos dos incautos tenían amigos y la tranquilidad del ambiente podía cambiar en un instante. Tal vez a esos tipos se les cruzara por la cabeza actuar en consecuencia frente a la desaparición de sus socios. Pero tenía confianza en el plan trazado. Su nombre era respetado y temido en el ambiente. Sin embargo, no podía descuidar ningún movimiento. Observó con mirada pétrea a Susana. No le gustaba que sus chicas bebieran solas en la barra. La excepción era Alicia. Ella sí podía hacerlo, como otras cosas que hacía en las cuales el colombiano no tenía injerencia.
—¿Cómo andan las cosas con el comisario Ballesteros? —preguntó, intentando marcar territorio.
Susana borró cualquier atisbo de armonía en sus ojos verdes. Conocía muy bien a Vallejo. Aquel era un día donde don Alexis ocupaba a pleno su rol de liderazgo en ese grupo de marginales.
—Todo tranquilo —respondió de mala gana—. El hombre se la pasa preguntando por tu vida pública. Ahora quiere conocer tus amoríos privados… Pobre infeliz. Está obsesionado con verte algún día entre rejas.
—No es el único que tiene esos deseos, querida. Sigue recitando el libreto estipulado. Algún día el idiota se cansará de intentar escribir sobre el agua…
Aquella era otra de las tareas que el colombiano asignaba a Susana: realizar el trabajo de una doble agente. De esa manera controlaba el entorno, sobornando y anticipándose a las jugadas de los enemigos.
El comisario Adrián Ballesteros estaba concentrado en las actividades clandestinas de don Alexis. Conocía superficialmente el circuito internacional que movía Vallejo y la facturación anual generada por el grupo. De todas formas, el seguimiento de un clan como el del colombiano excedía sus posibilidades operativas dentro de la fuerza policial. Vallejo pensaba que el policía pergeñaba asociarse de alguna manera con el grupo. Los funcionarios argentinos tenían inclinaciones a las actividades empresarias pero sin hacerse cargo de pérdidas eventuales. Les gustaba contar billetes al finalizar operaciones rentables pero se ponían difíciles cuando se debía restituir patrimonio.
Susana venía desempeñando la función de falsa informante desde hacía unos cinco meses. El contacto lo había realizado un subcomisario amigo del colombiano. A la mujer le costaba ejercer el oficio. El policía era persona dócil, pero también podía volverse violento según las circunstancias. Principalmente cuando bebía más de la cuenta.
Patricio escuchaba la conversación manteniéndose al margen. Solía hacerlo cuando el jefe desarrollaba sus pláticas con socios o proveedores. Pero aquel diálogo en particular le interesaba, tal como le interesaban las cosas que comprometían a Susana. A veces proyectaba en su pantalla mental escenas donde el comisario y Susana se movían desnudos en la alcoba. En esos momentos una gran indignación lo embargaba.
El colombiano hizo un gesto dirigido a una de las mesas lejanas. Parecía un saludo. Habló con voz neutra:
—Ve y atiende al irlandés… Esta noche tienes libre el cuarto número dos. Al número cuatro no te acerques…
Susana terminó de beber su whisky. Observó al pelirrojo con rápida mirada. El irlandés le sonreía desde la mesa. Ella agitó su mano a la distancia.
—Y bien… —murmuró la prostituta por lo bajo—. Todo sea por la causa…
Caminó lentamente hasta la mesa indicada. Los dos clientes la recibieron sonrientes mostrando dientes desparejos y expresiones sinuosas. Conversó con ambos durante algunos minutos. Bebió algún trago mostrándose animada. Rieron formalmente. Luego, sin mediar señal alguna, el irlandés y Susana se pusieron de pie emprendiendo la marcha rumbo a las habitaciones traseras. El segundo en la mesa continuó consumiendo su bebida.
—Tranquilo, Patricio. Todo anda bien —acotó el colombiano una vez desaparecidos el irlandés y la mujer.
El barman no acusó recibo al comentario de don Alexis.
En esos momentos una figura femenina atravesó el recinto. Su paso lento y provocativo llamaba la atención de los pocos asistentes al local. El colombiano mostró sorpresa en la mirada. Patricio sospechaba que el jefe sentía cierto temor ante la presencia de “la figurita difícil”.
“Siempre le tuvo miedo”, se dijo, molesto con sus propias ideas. Proyectaba en don Alexis el resentimiento de imaginarla a Susana en el cuarto a merced del pelirrojo. La mujer caminó hasta ubicarse en la barra frente a los dos hombres. Esa noche su rostro se percibía serio y la mirada dura. El barman conocía aquella expresión. La vida personal de Alicia transitaba un territorio sellado a la vista de los demás. Ni el propio colombiano tenía acceso a sus secretos más íntimos.
—¿Una bebida, señora? —preguntó Patricio.
—Servime en vodka con hielo.
Las palabras se escuchaban como una orden. El barman procedió a complacer el pedido.
—Como ves, todo está tranquilo. Tal como te lo había mencionado.
Vallejo hablaba con cierto recaudo. Estaba tanteando el terreno. Con Alicia nunca se sabía dónde uno estaba parado.
—Esta noche estoy cansada, Alexis. Quisiera acostarme temprano.
—Hoy vamos a descansar todos temprano…
—¿La habitación cuatro permanece ocupada?
—Sí. Todavía no he tenido tiempo de disponer de esa mercadería. Ven, vamos a la número uno…
El colombiano abandonó la barra saliendo por un extremo de la misma. Alicia tomó la copa preparada por el barman. Lucía un vestido largo, de color azul brillante, profundamente escotado y con un provocativo tajo desnudando la pierna derecha. Sobre los hombros llevaba una estola de alto presupuesto. Los cabellos, ondulados y largos, caían como cascada insinuante sobre sus hombros. Tenía toda la presencia de una mujer refinada y deseable. Por algo la llamaban “la figurita difícil”.
Don Alexis la tomó del brazo y caminaron rumbo a la puerta que comunicaba con los cuartos traseros. A Vallejo le gustaba hacer ostentación de aquella mujer, pretendida por todos sus asociados. Recorrieron la pista de baile con paso lento. Los hombres sentados en las mesas observaban al jefe con miradas de admiración y reconocimiento. Solo un verdadero varón podía mostrarse de aquella manera con tan preciada propiedad.
Patricio los observó desaparecer tras la puerta custodiada por uno de los muchachos del jefe. Imaginó la plácida noche que le esperaba a Vallejo, alejado de los embates de un negocio donde resultaba necesario jugarse la vida cotidianamente. Pensó en Alicia. Don Alexis tenía estilo.
La pareja transitó el ancho pasillo donde desembocaban cinco puertas decorosamente espaciadas. En una de ellas se encontraba parado un custodio. Vestía traje oscuro que denunciaba la presencia de un arma debajo de la cintura. La puerta, con trazos metálicos, tenía el número cuatro pegado en su frente. Caminaron rumbo a la habitación número uno. Al aproximarse al hombre don Alexis preguntó:
—¿Todo en orden?
—Sí, señor. No han querido probar la cena pero bebieron abundante agua. Uno se lastimó las muñecas intentando sacarse las esposas pero ya lo hemos solucionado…
—Muy bien. Recuerden, los quiero enteros. En una hora comenzaremos otra ronda de interrogatorios.
—Como usted diga, don Alexis.
La pareja se dirigió a la primera habitación. Dejaron tras de sí al custodio. El hombre resguardaría la seguridad del cuarto donde se encontraban secuestrados los prisioneros.
3
[ ]
Te conocí una tarde de invierno.
Aquella línea de subterráneo se encontraba atestada como de costumbre. Me gustaba viajar en ella, mezclarme con la gente, observar esos rostros de esclavos modernos dirigiéndose a sus empleos para cumplir el pacto de sangre contraído con el demonio del trabajo. O rumbo a los hogares, donde esperan los vínculos enfermos tejiendo la trama de mecanismos inconscientes.
Comprenderás, Alicia, que a los de mi condición nos atrae la idea de permanecer sumergidos en la maraña de aquella sustancia que odiamos.
Las paredes frías del recinto donde me mantienen encerrado recrean la sensación de esos náufragos viajando apretujados en aquellos vagones. Los veo allí, aislados unos de otros, sin intercambiar palabras. Algunos leen el periódico, otros observan la nada a través de alguna ventanilla. Cada cual portando la soledad existencial que el alma adquiere cuando asume la ilusión de soledad. También es cierto que en esos antros subterráneos puedo obtener parte de la energía humana necesaria para continuar escribiendo la novela que seguramente dejaré inconclusa. Aquella historia de amor desesperado entre un hijo y su madre, vínculo generador de todo tipo de miedos a través del devenir humano.
Pero continuemos con este diario. Después de todo, ¿a quién puede interesarle una novela escrita por un asesino confeso...? Sin embargo, recuerdo que era ese libro el que pulsaba en mi mente durante aquella tarde.
El ruido de fondo resultaba ensordecedor. El traqueteo del vagón adormecía los sentidos. La historia pergeñada en las grietas inconscientes perdía mis pensamientos entre telarañas de grueso espesor. Había ciertos detalles que no encajaban en el final feliz que pensaba proponer. Esa era una época de finales felices para mí. De repente, una fuerza sobrenatural se apoderó de mis impulsos. Invisibles, esos campos inductivos suelen vagar dispersos por los ambientes asaltando a incautos.
Giré lentamente la cabeza y te vi allí, sentada a escasos metros de mí. Todavía siento el poder de atracción que ejerciste sobre mi alma. ¿Quizás fuera la forma de mantener tu mirada perdida en un punto indeterminado del espacio? ¿O tal vez se trataba de un sentimiento más profundo, una atracción mística que suele generarse en los encuentros predestinados? La cuestión es que, furtivamente, te contemplé durante todo el viaje.
El tiempo es el patrón de medida de nuestra consciencia mientras jugamos en estos Jardines, donde las flores marchitan su belleza irremediablemente. Son extrañas sus formas de expresión.
Quizá esta afirmación que realizaré pertenezca al plano netamente subjetivo. Si fuera así, evidentemente no podría ser sometida a la prueba de identidad impuesta por la metodología científica. Lo concreto es que existen dos velocidades manifestándose en esta variable aparentemente independiente: un tiempo exterior y otro interior.
La velocidad exterior resulta conocida y cuantificada por la consciencia de vigilia. Se encuentra atada a nuestro sistema trigonométrico de relaciones. El reloj, temido artefacto creado para aprisionar el alma a las limitaciones de una vida superficial, representa su máximo logro tecnológico. Poco se ha escrito sobre las terribles consecuencias que este dispositivo ha causado en la historia humana. De todas formas, la ciencia se ha encargado de revelar su carácter relativo a pesar de la rígida mecánica encerrada en estas máquinas esclavistas. La otra, la interior, es subjetiva. Lejos está de cualquier cuantificación que se le pretenda asociar. Por supuesto, resulta interesante descifrar su bajorrelieve, dado que en ello va el conocimiento de nosotros mismos.
El deseo me indicaba la ilusoria sensación de un viaje eterno. Por eso, cuando te perdiste entre la multitud en aquella estación ignota, creí haber permanecido durante un siglo observando tu delicada figura. De allí en más no pude vivir tranquilo… El tiempo externo dejó de existir. Tu imagen me perseguía durante todos los momentos del día. Traté de dibujarte recordando los detalles más relevantes de tus formas. Empero, tanto entusiasmo resultó en vano.
Desde ese día, como lo hace todo enamorado esclavo de sus propias cadenas, comencé a viajar por las tardes en la misma línea de tren. Buscaba la ilusión perdida entre aquellos fantasmas sentados siguiendo la serie de su recurrencia. El mismo vagón, la misma hora. Me familiaricé con esas personas regresando a sus hogares luego de cumplir la cuota diaria de esclavitud. Todo a cuenta de algunos billetes que luego transformarían en mayor dependencia.
Abandoné la novela. El final feliz se perdió en la maraña de mis angustias existenciales. Tu rostro aparecía proyectado sobre las paredes de mis párpados cada vez que los cerraba. Atravesaba mis noches envuelto en el triste humo de la marihuana. Intentaba materializar tu imagen ubicada en el campo virtual de los pensamientos precipitándola molecularmente a mi lado, en mi lecho. Los meses fueron pasando. Era inconsciente de este movimiento geométrico a mí alrededor.
Mi aspecto comenzó a parecerse al de un mendigo. La ropa, raída y descuidada, cubría un delgado cuerpo bien tallado por el consumo de los estupefacientes. La barba mal rasurada adornaba el pálido rostro. Unas ojeras incrementaban el aspecto lúgubre de mi semblante.
Cuando se rompe el equilibrio interno en un ser humano los efectos externos son los primeros en mostrar evidencias de esta situación. Unos años más tarde, querida Alicia, parado y en silencio frente a tu tumba tenía la convicción de que mi armonía interna jamás sufriría otra conmoción tan devastadora. Esto no fue así, mi niña. La existencia de este diario demuestra que estamos a merced de las fuerzas sutiles cuyas intenciones reposan en los oscuros laberintos del alma.
Cuando me resignaba a la pérdida, mi precaria condición emocional llegó a su máximo clímax en uno de aquellos viajes que cotidianamente realizaba. Te descubrí allí, sentada en el mismo vagón, a la misma hora y en el mismo subterráneo…
Tu imagen, tu ropa, tu expresión también eran las mismas. Como si el tiempo no hubiese transcurrido y solo se tratara de un nuevo desfasaje entre velocidad interior y exterior. Supe en ese instante que aún no me pertenecías. No tendría derecho sobre tu alma si aquella vital coincidencia solo fuera eso, una fortuita intersección en el devenir de los sucesos. Debía transmutarla en predeterminado designio de algún destino oscuro en sus potencialidades, pero implacable en los lazos establecidos por su trama. Pretendía mostrarle al universo alguna acción revestida por el deseo que naciera de mi voluntad y resultara explícita de mis pretensiones a los demonios que preparaban el camino.
La verdad se me reveló contemplando tus ojos grises, perdidos quien sabe dónde. Cerré los míos. Me esforcé por memorizar el nombre de las cuatro estaciones restantes en el trayecto de ese viaje singular. Escogí una al azar. Me pregunté si representaba el veinticinco porciento correcto. Ese que transformaría una coincidencia en vital desenlace. Me aferré mentalmente a los números del azar.
Pasaron algunos minutos. El traqueteo del tren era un acompañamiento rítmico frente a la expectativa del momento. El sudor de mi frente comenzó a deslizar gotas de agrio sabor. Sentía la garganta seca. Sobrevino un impulso poderoso de volver la vista hacia tu presencia. Así mismo, me invadía el arrebato racional de echar por la ventana toda aquella superchería y continuar viaje hasta la terminal. Tal vez fuera aquella acción la más inteligente. Retornar a mis esclavitudes cotidianas y olvidar el submundo que sostiene esta realidad aparente de las cosas. Sin embargo, contuve esta tentación de hombre de barro.
Cuando el tren se detuvo en la estación escogida descendí con las demás personas. Me dejé llevar por ellas sin voltear la cabeza. Era una carta difícil de jugar. Me sentía un poco estúpido tentando de esa forma al destino. Ese monstruo inalienable ocupado en satisfacer de paradojas inexplicables sus necesidades primarias. Nosotros seguimos el periplo, transformados en simples mortales al servicio de sus propósitos. Mientras caminaba formando parte de la marea humana rumbo a la puerta corrediza, esperé algunos segundos. Los más se dirigían a sus hogares. En cambio, yo transitaba el camino rumbo a mi infierno personal. En el preciso instante que creía desfallecer por la espera giré la cabeza para mirar por sobre mi hombro. Contuve la respiración.
¿Qué terribles consecuencias hubieran sucedido si al buscar y buscar entre la gente no descubría tu delgada figura mezclada con los demás, los largos cabellos acomodándose con cada paso sobre tus hombros? ¿Qué rumbo hubiera tomado mi vida si la marcha del tren me dejara solo en medio de la estación, alejado de mis fantasmas...?
Seguramente, no hubiese sido el del crimen.
Mucho he reflexionado sobre esta situación. Antes, en mis encierros voluntarios compartidos con el alucinógeno de turno. Ahora, en esta prisión limitada por las frías paredes y visitado por mis guardianes. Ellos usan guardapolvos blancos e intentan no hablar ante mi presencia. La locura inspira respeto.
Las leyes del azar habían decidido el destino a cumplir. El hecho es que te seguí sobreponiéndome al temor que embargaba mi alma. Las calles de aquella ciudad se convirtieron en un escenario de fondo para mis verdaderas intenciones. Lo realmente cierto es que en ese momento no medí, no podía medir las consecuencias de aquel estúpido juego de niños.
CAPÍTULO CUATRO
1
9 de enero de 1883
El Pulmarí es un lago originario de glaciares emplazado en la localidad de Aluminé, provincia de Chubut. Se abastece de las cuencas de los ríos Aluminé y Limay. El paisaje resulta majestuoso desde la perspectiva del observador amante de los espacios abiertos y la naturaleza realizando la gran obra. Sin embargo, no era esta la perspectiva para los dos jinetes avanzando a duras penas en la soledad de aquella comarca. El sol se escondía entre las montañas. La temperatura comenzaba a descender rápidamente.
El coronel Cipriano Larreta Bosch contempló el camino. En realidad, no había camino. Solo una senda abierta y apenas marcada como débil huella por el tránsito de los mapuches en sus períodos migratorios. El horizonte se veía tan desolado como en los últimos tres días, cuando comenzaran el periplo hacia ninguna parte huyendo de una muerte segura.
Su compañero no se encontraba en buenas condiciones. Era un sargento perteneciente al grupo del teniente Nicanor Lazcano. Aquellos bravos combatientes que acudieran en ayuda del capitán Emilio Crouzeilles cuando cayera víctima de la celada tendida por ese centenar de mapuches y los soldados chilenos. El sargento Estévez boqueaba y respiraba con dificultad. Había empeorado en las últimas veinticuatro horas. Las dos heridas de arma blanca en el pecho y los balazos recibidos en sus piernas corrían riesgo de septicemia. Los trapos sucios que servían de vendas probablemente ocultaban heridas infectadas, próximas a la gangrena. No podía caminar. Apenas se sostenía sobre su caballo, quien avanzaba penosamente a través de las escarpadas piedras bordeando el río. Pero no era la salud de Estévez la preocupación que el coronel tenía en mente. Temía lo que el subordinado hubiera visto en aquella trágica tarde del 6 de enero. No estaba seguro de eso. En realidad, no “podía” estarlo…
Las acciones se desarrollaron a ritmo vertiginoso. La sangre y los trozos de cuerpos adornaban de manera brutal el limpio paisaje del lago Pulmarí, rodeado por esas montañas majestuosas que oficiaban de mudos testigos de una matanza histórica. Quizás, la última victoria mapuche sobre el ejército regular. El sargento había caído durante les primeras acciones. Su posición en la batalla resultaba periférica, tal vez en la retaguardia del lugar ocupado por el coronel y los hombres de Crouzeilles. Además, estaba el asunto de las heridas. Con tanta pérdida de sangre, nadie puede mantenerse consciente y a la vez expectante sobre los sucesos que le rodean.




