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Pasaban las mañanas contemplando gaviotas y veleros desde la ventana del cuarto del muchacho. Y cuando llegaba el momento de la despedida, previo a la partida rumbo a casa con su padre, él construía en la playa un enorme castillo de arena con sus manos. Tal vez en su mente pergeñaba desafiar el paso del tiempo alimentando la esperanza de encontrarlo en pie al año entrante. El joven no solía tomar contacto con los lugareños ni los pescadores. Su madre era persona estricta en estas cuestiones.
Sin embargo, una de esas tardes ocurrió un evento particular.
Encontrándose ensimismado en la tarea de recolección de almejas percibió de repente la presencia de un hombre a su lado. Se sorprendió al verlo parado allí, a dos metros de distancia, observándolo. Parecía haber salido de la nada. Tampoco se distinguían huellas en la arena que justificaran una caminata por la playa.
Le sedujo la estatura del recién llegado. Era delgado, pero de buen porte. Vestía ropa blanca que brillaba con el sol. Sonreía levemente al mirarlo. Su edad parecía indefinida. No era joven, pero tampoco viejo. En realidad, no tenía edad. Su cabello largo se veía de un rubio extremo, casi cano. Flameaba con la brisa del viento.
—¿Hay almejas, muchacho? —preguntó con extraña voz.
—Sí, pero… ¿de dónde salió usted...?
El hombre hizo una seña vaga.
—De por allá. Discúlpame. No quise molestarte.
Hablaba con toda corrección. El muchacho rápidamente percibió la impronta denotada en su forma de hablar. El extranjero, indudablemente, no pertenecía a estas tierras. Contempló el brazo del recién llegado. Mostraba un tatuaje de gran tamaño que semejaba un emblema místico. Aquella geometría se fijaría en su consciencia para siempre.
—¿Qué significa ese círculo? —preguntó sabiendo de antemano que no obtendría respuesta.
—Solo es una imagen, como todo lo que ves a tu alrededor.
El joven observó el horizonte marino. Aquella respuesta, dada su simpleza, le indicaba la presencia de un secreto inquietante.
—¿Te gusta mirar el horizonte, las olas, la lejanía?
—Pues… Sí, señor.
—Los ojos humanos solo ven lo superficial. A veces debemos ampliar nuestra visión de las cosas para descubrir la verdad encerrada en las formas… Toma, prueba con esto.
Como por arte de magia aparecieron en su mano derecha unos pequeños binoculares tan blancos como su vestimenta. Se los ofrecía sonriendo. El muchacho los tomó y efectuó un recorrido óptico de la costa. Embelesado por el poder de contemplación que el dispositivo le brindaba se mantuvo unos minutos en aquella posición de observador. Cuando intentó hablarle al extranjero percibió su soledad, de pie junto al pozo excavado para buscar almejas. El hombre de la vestimenta blanca había desaparecido de la misma forma en que se presentara. Se esfumó en el aire. A su madre no le contó lo sucedido por temor a las reprimendas. Desde esa tarde, cada vez que marchaba a la playa, guardaba los binoculares en el baldecito.
Aquél parecía un crepúsculo de tonalidades diferentes. Caminó torpemente, sintiendo la arena pegándose a sus pies desnudos. La superficie de la playa se presentaba ondulante a causa de las caricias continuas de las olas. Se detuvo donde solía realizar la faena. Comenzó a hurguetear con la palita buscando las duras caparazones. A su madre le gustaban las de gran tamaño y tonalidades verdes. Las abrían por las noches como si se tratara de un ritual. Iluminados por la luz mortecina de un farol a kerosene reían juntos en tanto llenaban la mesa de conchas. Exprimían limón en la carne flácida y comían con placer. Una ola rompió con violencia sobre los murallones y el muchacho levantó su mirada.
La figura femenina apareció entre las rocas, a unos doscientos metros de distancia. El sol, detrás de la escena, apenas permitía percibir los contornos del cuerpo esbelto y delicado. Ante los ojos sorprendidos del joven la mujer comenzó a desnudarse con rápidos movimientos. Acompañaban la ceremonia el murmullo perpetuo de las olas, el crepúsculo apaciguando los colores y un velero perdiéndose en el horizonte. Instintivamente tomó los binoculares y comenzó a contemplar la escena desde su privilegiada visión.
La mujer, desnuda ya, permaneció unos instantes parada sobre las rocas más altas. La brisa jugueteaba con alma de niño entre sus largos cabellos claros. Las gaviotas dejaron de revolotear y el mar apenas parecía respirar. Todo era quietud. El joven la contempló con ojos de anciano, como si hubieran visto mucho de la vida. El paisaje le parecía una fotografía, un gracioso mural que habría deseado llevar a casa y colgarlo en una de las paredes de su habitación. Lo observaría largamente durante la siesta. También por las noches, mientras la respiración de su madre acompasaba el silencio penetrando a través de la ventana. La presencia de los fantasmas del barco anclado flotaba en ese rítmico susurro. Le costaba mantener en firme la posición de los binoculares. La mujer observó el cielo durante algunos instantes. Parecía en cierta manera distraída. Luego penetró lentamente en el agua hasta desaparecer. En la orilla quedó, como prueba de su existencia, la ropa, flameando al mismo ritmo del viento.
Esa tarde el muchacho permaneció durante mucho tiempo en la bahía. Dentro de sí sentía que algo había cambiado para siempre. Un cristal interior se desmoronaba en mil pedazos. La inmensa soledad con sabor a desdicha impregnaba su boca. Ya nada podría ser igual. El balde, apenas lleno de almejas, perdía la importancia que el verano le asignaba. Tal vez la inexistencia lo reducía a la nada. Caminó sin tener noción de tiempo y espacio. Sin embargo en su interior también pulsaba el deseo ancestral pidiendo a gritos ser atendido. Cuando divisó la cabaña observó la ventana de la habitación iluminada. Pudo representarse la escena. Comprendió de repente que el encanto de todos aquellos relatos orientales se había marchado para siempre. Entonces, lloró…
—¡Bruno, qué bueno verte aquí! —la voz de su madre lo recibió. Se sentía desprotegido, con la mirada perdida.
La inocencia infantil había desaparecido. Ahora la suplía la urgencia del deseo. Después de todo, sería un hermoso y desdichado recuerdo haber contemplado a su madre desnuda en la playa…
2
—¿Y eso quien lo hizo…? —La voz del comisario Adrián Ballesteros se dejó escuchar calma, casi afectivamente.
Susana conocía esos modales en el policía. Normalmente, presagiaba la tempestad consecuente de su machismo exacerbado. La prostituta posó la mano sobre su ojo derecho, tumefacto desde hacía unas cuarenta y ocho horas pero en vías de sanación. Recordó fugazmente el rostro del irlandés montado en cólera. Las habitaciones del Olimpo eran estancas. El pistolero jadeaba fuera de sí. En realidad, ninguno de ellos recordaba cual había sido la causa de la violencia desatada. Eso no importaba. Presentada la grieta, la energía fluía sola.
—No hay problema. Ya no duele —respondió—. Es tan solo un mal recuerdo.
—Las heridas sanan. De todas formas, no resulta buen deporte acostumbrarse a recibirlas.
Susana sonrió.
—No es por deporte que estoy en esto, comisario. Eso lo sabés muy bien.
—En fin… Supongo que tenés razón. Cuando la profesión de ustedes aparezca en los juegos olímpicos seguramente el mundo será menos hipócrita. Pero cambiemos el tema. Hablemos de tu jefecito. Contame algo sobre él.
Sabía ella que la conversación tomaría ese camino en algún momento. Ballesteros no dejaba pasar oportunidad para interrogarla sobre don Alexis y sus negocios. El tema lo obsesionaba. A veces debía extremar su imaginación para revestir de credibilidad sus historias. A Susana le divertía ese juego. También conocía lo peligrosa de la situación. Si el policía se enteraba de sus mentiras podría volverse más violento que el propio irlandés.
—¿Y qué querés saber sobre el colombiano?
—Todo, pequeña. Pero iremos despacio. El hombre es una persona distinguida dentro de la nobleza del delito… Por ejemplo, me resulta interesante su vida privada pues se conoce poco y nada sobre ella.
Susana se encogió de hombros. Compartían la cama de un hotel de bajo presupuesto. A Ballesteros no le gustaba derrochar su dinero. Tenía amigos dentro de los propietarios de alojamientos populares y le daba lo mismo lo áspero de las sábanas. El hombre era un amante de trámite rápido. Esto beneficiaba en cierta medida la misión de la mujer. Sin embargo, era bueno haciendo el amor. En esos encuentros, cuando el policía se escapaba de la comisaría y la levantaba en alguna esquina del barrio de Palermo, pasaban más tiempo platicando que ejercitando actividad sexual.
—Dicen que a tu jefe no le gustan las mujeres, ¿es eso cierto...?
—Sobre gustos personales no puedo informarte demasiado, pero don Alexis es tan varón como cualquier otro. Además, tiene una novia.
—También me han hablado de ella. Es una de las tuyas, ¿no es así?
—No exactamente… Es una persona muy… especial.
El comisario encendió un cigarrillo. Fumaba tabaco negro. Impregnaba el ambiente con un perfume bastante fuerte. Este detalle le molestaba a Susana pero no se atrevía a realizar comentario alguno.
—Le dicen en el club “la figurita difícil”, ¿no es así?
—Parece que estás bien informado.
Ballesteros adquirió un aire de fingida superioridad. Le gustaba mostrarse orgulloso con sus logros en la profesión. Principalmente frente a las prostitutas, a quienes buscaba impresionar contando historias sangrientas donde resguardaba para sí el papel de héroe.
—En la comisaría tenemos también nuestros informantes, linda. Entonces, afirmás que don Alexis no es afeminado. Ningún corderito disfrazado de tigre…
—Solo cuento lo que ven mis ojos.
—¿Y cómo se lleva con la mujer a la que todos temen? Creo que Alicia es su nombre.
—Se los ve bien. Ella es una mujer… independiente. Maneja sus cosas con un criterio personal.
—Eso significa que mucho caso no le hace al colombiano. Digamos, toma sus propias decisiones sin necesidad de consultarlo.
Susana comenzó a sentirse nerviosa. Aquella insistencia parecía tener algún objetivo desconocido para ella. Ballesteros era persona frontal. Le faltaba sutileza en los planteos. La relación de don Alexis con Alicia parecía interesarle sobremanera. El policía acarició el cuerpo desnudo de la mujer. Sus manos eran ásperas pero el contacto resultaba placentero.
—¿Cómo andan las cosas en el Olimpo?
—Como siempre. Es un ámbito selecto. La vida allí no presenta demasiados sobresaltos.
—Me gustaría asistir alguna noche, linda. Hay ciertos… personajes que quisiera conocer.
—Sabés que eso es imposible. Don Alexis tiene reglas estrictas sobre la asistencia de los clientes. Realiza nóminas semanales. Además, los concurrentes habituales no estarían alegres con tu presencia.
Ballesteros continuaba con sus caricias. Sonrió con aire de superioridad. Le gustaba imponer presencia en el ambiente delictivo. Especialmente sobre los narcos, a quienes les seguía de cerca los respectivos prontuarios. Ellos representaban su debilidad.
—Precisamente, pequeña, de eso se trata. Poner nerviosos a cierta gente… A propósito de esto, ¿no observaste ningún movimiento sospechoso en el local durante las últimas noches?
Susana se sobresaltó con la pregunta.
—¿Movimiento sospechoso? ¿A qué te referís, concretamente?
El comisario fumaba su cigarrillo negro. Exhalaba el humo lentamente, disfrutando el momento. Parecía estar eligiendo mentalmente las palabras.
—Hay un par de estos… personajes que se encuentran desaparecidos. Abandonaron sus madrigueras. Me preguntaba si pudieran estar… hospedándose en el Olimpo. Después de todo, dicen que posee buenas instalaciones, ¿no es así…?
La mujer se sintió de repente en peligro. Tenía indicios sobre movimientos extraños desarrollados en las habitaciones traseras del cabaret. El jefe se encontraba realizando alguna de sus operaciones ocultas. Patricio no le había contado nada, pero ella estaba convencida de que conocía la impronta. El barman era persona extremadamente reservada y no hizo comentario alguno. Recordaba el guardia emplazado en uno de los cuartos y las recomendaciones de don Alexis sobre el particular.
Susana sentía miedo de situaciones como esta. Durante sus primeros tiempos de convivencia con el colombiano eran habituales. Al principio lo tomó como parte del maravilloso mundo que incursionaba. Un territorio vedado para el resto de los mortales. Cuando descubrió que algunos de los desaparecidos eran nota de tapa en los periódicos, acribillados a balazos o con las gargantas degolladas, comenzó a percibir lo peligroso del juego. Circunstancias extremas la convencieron de lo riesgoso que resultaba continuar en ese ambiente. Pero ¿cómo abandonar el terreno sin sufrir las consecuencias? Después de todo ella era solo una prostituta…
—No vi nada extraño. Si te referís a gente secuestrada, el Olimpo no suele ser…
—No te preocupes en defender tu fuente de trabajo, linda. Yo sé lo que representa ese antro. Si ves algo que te llame la atención, pasame el dato con urgencia… No sería bueno convertirte en cómplice de asesinato, si entendés lo que esto significa...
Susana no respondió.
Aquella mañana el comisario Ballesteros llegó a las dependencias de la unidad más tarde de lo acostumbrado. Se entretuvo en el camino en una tienda de regalos. Buscaba un presente para su esposa. Ese día cumplía años. Le costó dar con la pulsera indicada, pero finalmente adquirió la que consideraba acorde para cumplir con la formalidad.
El policía estaba casado desde hacía unos veinte años con una buena mujer de origen italiano. Persona de bajo perfil, la dama intentaba mantener viva una relación que desde hacía tiempo se encontraba en terapia intensiva. No cejaba en su empeño de agradar a un hombre demasiado egoísta y evasivo en demostrar sentimientos. A veces la pena embargaba el corazón del comisario e intentaba compensar con presentes aquello que era incapaz de ofrecer genuinamente.
Al transponer el hall de entrada de la dependencia uno de los oficiales de turno se aproximó con pasos rápidos.
—Señor —dijo con voz apresurada—, en su oficina lo esperan dos damas…
El comisario observó a su interlocutor. Pedro Sanabria era oficial principal de la institución desde hacía unos tres años. Alto, desgarbado y extremadamente delgado, compartía su carrera en la fuerza con la bohemia de músico. Tocaba el piano en una banda de jazz. Los viernes en la trasnoche el hombre solía brindar presentaciones en algunos pub de la zona. Ballesteros acudió a verlo en un par de ocasiones. El tipo era bueno en lo suyo.
En sus ausencias, el oficial también resultaba eficiente administrando los asuntos de la comisaría. Pecaba en ser demasiado detallista organizando los pormenores de las investigaciones. Su elevada moral resultaba una traba importante en la relación con el superior y no le permitía el avance a niveles de mayor profundidad.
“Un policía honesto siempre resulta peligroso”, pensaba Ballesteros.
—¿Y qué quieren esas… damas?
—Realizar una denuncia importante, pero solo lo harán con usted según dijeron.
—¿Ves, querido Sanabria? Yo siempre digo que las mujeres sienten una gran atracción por mi persona.
—Señor, si usted lo dice…
El comisario ingresó en su oficina con paso triunfal. Intuía que ese asunto sería de interés personal. Por la mañana había acordado con Susana el encuentro semanal. Le gustaba aquella gatita. Se dignaba a propinarle los placeres que su mujer lejos estaba de brindarle.
Las damas lo esperaban en silencio sentadas frente al escritorio. Una de ellas fumaba. Parecía nerviosa. Ambas tenían la tez cetrina. Evidentemente eran oriundas de alguna provincia del norte. Vestían ropas caras y en sus ojos se observaba la soberbia de estar acostumbradas al manejo del poder. Teñían sus cabellos de colores claros y ofrecían amplios escotes en las remeras buscando la admiración del observador masculino. Mientras sonreía, Ballesteros no pudo evitar desviar su mirada hacia la zona de provocación. Lo hacía con total desparpajo como acostumbraba hacerlo. Una de las mujeres mostró gesto de desagrado, pero mantuvo el silencio.
—Señoras. ¿En qué les puede ser útil este humilde servidor...?
La que parecía sostener el liderazgo habló. Intentó mostrarse pausada y segura. Conocía la fama de aquél comisario y no le quedaba otra instancia que mostrarse sincera ante la gravedad del asunto.
—Vinimos a realizar una denuncia, comisario. Un delito grave se ha cometido contra nuestros maridos.
El policía mantuvo la sonrisa petrificada en su rostro.
—¿Y quiénes son esos agraciados señores?
La interlocutora comenzó a denotar disgusto en el tono de las palabras del interlocutor. La osada actitud de ese policía narcisista destrozaba su imagen de impostada seguridad.
—En realidad, somos concuñadas. Estamos casadas con dos empresarios del rubro farmacéutico. Los hermanos Agustín y Roberto Carvajal. Son los dueños de la cadena de droguerías Farmacompra. A media cuadra de la comisaría tiene una de ellas, comisario.
—¿Sus nombres, por favor...?
—El mío es Alexa. El de mi concuñada, Blanca.
Ballesteros comenzó a ponerse cómodo en su sillón. Aquello prometía. Conocía el prontuario de los hermanitos y el origen de su importante fortuna. De hecho había intentado sin excito trabar contacto con esos personajes. Los tipos eran astutos al realizar sus maniobras delictivas y tenían comprada una parte de las fuerzas de seguridad en la zona. Esto les permitía disponer de cierto territorio liberado para operar impunemente. Sabía que algunos de los superiores picaban en esos negocios. Empero, sus intervenciones no llegaron a feliz puerto. Y ahora tenía a las dos mujercitas sentadas allí, fumando nerviosamente, ofreciéndose en su propia oficina para mostrarle las puertas de ingreso al lucrativo negocio de la efedrina. Recostando todo su cuerpo sobre la espalda del sillón giratorio el comisario Adrián Ballesteros suspiró con satisfacción.
—Muy bien, señoras. Será mejor que me digan toda la verdad. Caso contrario, no solo se quedarán sin un peso de la herencia conyugal. También acabarán en una celda húmeda a pocos metros de esta oficina.
CAPÍTULO SEIS
1
El traqueteo del vagón subterráneo acompasaba sus pensamientos en la tarde invernal. Debido al frío, se mantenía realizando actividades de venta en las distintas líneas bajo tierra. Durante la noche regresaba al refugio municipal para recibir un poco de alimento y pernoctar hasta las seis de la mañana, hora donde retomaría sus sueños de conquista mundana. Ese tiempo resultaba particularmente difícil. La partida de la casa paterna había representado el cruce del umbral tantas veces deseado. Los vínculos que dejaba tras de sí simbolizaban los barrotes de las celdas que intentaba abandonar. Aquella familia aferrada a una cultura del “deber ser” y las normas de su padre asfixiando a quienes quedaban por debajo de su emblema fálico, no representaban la deseada reminiscencia en momentos de acucia existencial. Prefería las cadenas callejeras, inseguras y bastardas, a las de un sistema opresivo como el impuesto por su progenitor.
Durante los primeros meses la aventura ciudadana mantuvo en alto su moral. Intentaba cumplir con los objetivos impuestos genéticamente por el bisabuelo. La realidad del día tras día comenzaba a imponer sus áridos territorios y a deprimir el espíritu estoico de un muchacho de dieciocho años. Ricardo sabía que era bueno en lo suyo. Lo sentía. Observaba el rostro de las personas cuando asistían en silencio a su breve pero contundente acto de vendedor ambulante. Al principio las miradas parecían frías y lejanas. Tal vez, demasiado acostumbradas a esos extraños personajes que deambulaban los vagones ofreciendo objetos que todo el mundo conocía y se adquirían en los comercios vulgares. Bastaban treinta segundos de su alocución para lograr un cambio en esos rostros. Dejaban de flotar suspendidos en pensamientos esclavos, a merced de la máquina cotidiana de picar carne. Por unos instantes olvidaban su condición auto infligida de muertos vivos para volver a “escuchar”…
La voz de Ricardo se elevaba por sobre el ruido de los vagones. Era clara y reposada como el fluir de un río de montaña. Los espectadores de ese improvisado teatro cuya impronta duraba algunos minutos hasta desvanecerse entre los engranajes de un tiempo mecanicista, despertaban a otra realidad paralela más allá de la experiencia cotidiana. La venta del producto era la de siempre. A esos muertos vivos no se les podía pedir más de lo que estaban dispuestos a pagar. No estaba en lo económico la verdadera retribución de su procesión alquímica. Contemplar los rostros en tanto realizaba su homilía, ver las transformaciones desarrolladas en la luz que iluminaba esos ojos representaban el triunfo de su palabra sobre las sombras instaladas en esas almas. Pero también se trataba de un efímero triunfo. Esas estrofas de luz eran imponentes castillos en la arena que cedían su opulencia a los embates de un mar inacabable. Las olas del olvido, actuando sobre la superficialidad consciente del ser…
Cuando los veía derrumbarse nuevamente sobre su terreno pantanoso, apagando el brillo conquistado por aquellas palabras mágicas, él también retornaba a su magra condición de joven callejero. Entonces, tomaba asiento en uno de los asientos acompañando en silencio a su público rumbo al destino final del día. En esos momentos la melodía de fondo era impuesta por el rozamiento del metal con las vías. Aquella tarde resultaba una más dentro del panorama cotidiano. Algunos billetes descansaban en el bolsillo de su pantalón. Lo suficiente para comprar cigarrillos, alcohol barato o “tirarse” alguna prostituta en los baños de los andenes. La paga del día, acompañada por el sentimiento de un futuro incierto…
De repente alguien se movió en el asiento contiguo al suyo. La impronta lo tomó por sorpresa. Sumergido en sus pensamientos creía estar seguro de haber percibido segundos antes ese asiento libre. Recordaba haberse acomodado en aquel espacio después de elegir un lugar vacío para meditar con mayor comodidad. A pesar de encontrarse en estado de trance, como aquellos náufragos que acompañaban su periplo en los túneles subterráneos, estaba convencido de su soledad en la dupla de butacas que ocupaba.
Sin embargo una imponente figura rozó involuntariamente el flanco derecho de su cuerpo. Dado el primer contacto, se estremeció. Observó con asombro a su compañero de viaje. El hombre ni siquiera le prestó atención. Parecía concentrado en sus pensamientos al igual que el resto de los viajeros. El joven recorrió con la mirada a sus compañeros de viaje. Habían quedado después de la estación Medrano seis pasajeros ubicados en asientos individuales. Tres mujeres y tres varones. Cada uno concentrado en su realidad psíquica. El ruido metálico del tren invadía la percepción auditiva de la realidad.
—Hace calor aquí abajo.
La voz del desconocido rompió la inercia de la escena. Ricardo se limitó a mirarlo. El hombre vestía un traje blanco de extraña brillantez. Sus cabellos también eran canos, largos y sedosos. A simple vista la edad del extraño resultaba indefinida. Sin embargo, su presencia indicaba una gran experiencia de vida. Las personas en el vagón parecían no reparar en la presencia del desconocido. El hombre se mostraba absorto en acariciar insistentemente un pequeño objeto que reposaba en sus manos.
—¿Qué esconde allí? —preguntó el joven sintiéndose de repente envalentonado con la situación. El desconocido movió su mano derecha con un ademán ampuloso. Sonreía. Tenía el aspecto burlón de un brujo anciano.
—Nada —respondió, divertido—. No escondo nada, muchacho.
—Pero yo vi algo. Allí. En sus manos.
—Observa…
El hombre movió con lentitud las palmas de ambas manos demostrando total limpieza en las mismas.
—Ya ves. No escondo nada.
Ricardo no se convencía de aquella misteriosa respuesta. Se sintió transportado a una región mágica del espacio a pesar de saberse situado en el tren junto a sus clientes. Señaló ambiguamente al resto del vagón.




