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—Usted… Apareció de la nada… Antes, no estaba sentado aquí.
—Créeme, muchacho. Hace tiempo que habito este lugar. Verme es tan solo una contingencia. A veces los dormidos reparan en mí y se inquietan. Por lo general a nadie le interesa mi presencia.
—¿A nadie le interesa? ¿Cómo es eso?
El desconocido hizo una pausa. Ahora parecía animado. De todas formas, Ricardo percibía que la conversación solo tenía sentido para ellos. Como si aquella realidad fuera una solución de compromiso solo para ambos en un tren que transportaba hombres dormidos rumbo a hogares ignorantes de las presencias fantasmales en los subterráneos metropolitanos.
—Observa sus rostros, pequeño amigo. Jamás reconocerían la oportunidad del destino agitándose en sus propias barbas.
Con pases mágicos el hombre volvió a manipular el pequeño objeto.
—¡Eh, allí está de nuevo...! Eso, dando vuelta en sus manos…
La sonrisa del caballero de traje blanco se acentuó en un rostro atemporal. Cerró la palma derecha.
—¿Crees en las coincidencias, Ricardo?
El muchacho miró aterrado a su interlocutor. El hechicero conocía su nombre. Eso significaba que no se trataba de un encuentro casual.
—No —respondió tajante.
—Pues haces mal. La estadística gobierna nuestras vidas, hijo. Piensa en esta circunstancia fortuita. Los dos compartiendo un viaje que se repite día tras día. Las probabilidades de ocurrencia serían remotas. Bajas desde el punto de vista numérico. Sin embargo para el destino sería una situación irreductible. Un pequeño eslabón en la cadena que todo lo enlaza. Debes mejorar tu observación… Mira, contempla este rostro… ¿Lo conoces?
El hombre de blanco abrió la palma de su mano. Ricardo observó con gran curiosidad el objeto que descansaba en la diestra de su interlocutor. Se trataba de un portarretrato de tamaño reducido revestido en bronce. Parecía un dispositivo de gran antigüedad. La foto que ostentaba le resultó de apreciación dificultosa. El contorno del rostro no estaba definido. Se veía ambiguo y borroso. Cuanto más se esforzaba en definir sus formas la imagen desaparecía de la vista, escabulléndose. Intentó tres veces concentrarse en la fotografía. Los esfuerzos resultaron en vano.
—No —respondió, de nuevo tajante—. Desconozco de quien se trata… No alcanzo a…
—Observa bien. No permitas que tu mente te engañe como lo hace cotidianamente. Intenta de nuevo.
El desconocido depositó el portarretrato en la mano del muchacho. Su voz, de repente, se escuchó lejana:
—Es tu bisabuelo, Ricardo. Este objeto le perteneció a él.
Las palabras produjeron un efecto inmediato en la consciencia del joven. “El bisabuelo”, se repetía, como si todo aquello se tratara de una liturgia. Concentró la atención en el diminuto retrato. Ocurrió lo mismo que lo sucedido previamente. La imagen, al principio inscripta en el marco de bronce, se desdibujaba en la medida que sus esfuerzos se duplicaban para retener ese rostro. Estuvo contemplando la foto durante unos minutos. Luego cayó en cuenta de que se encontraba nuevamente solo en ese asiento de plástico. Sus seis acompañantes permanecían ajenos a la situación, ensimismados en sus pensamientos.
Aceptó lo místico del evento. Después de todo, tenía el portarretrato del bisabuelo en sus manos. Las realidades paralelas nunca son tan distantes como para no dejar algún recuerdo de su irrupción en el tiempo. Si esto no fuera así, la locura ganaría su pulseada contra el débil orden psíquico. El tren se aproximaba a su destino. Ricardo se incorporó con el objeto mágico en sus manos.
De repente observó su propio rostro retratado entre los límites del marco bronceado. La fotografía parecía antigua dada la vestimenta. Tal vez perteneciente al siglo pasado. Sin embargo, sus facciones aparecían claramente formando parte de un recuerdo cíclico. Caminó a los tropezones entre los asientos y sus ocupantes. Uno de ellos esquivó sus embates sin dejar de mirar el periódico de turno. Se trataba de Walter. El rosarino no reparó en la aquella persona quien a la postre sería su socio en un futuro. El destino aún no había precipitado el tiempo de conocerlo.
2
Se comunicaban por cartas formuladas en líneas escuetas. Esta modalidad transformaba la relación en un vínculo místico, apropiado para las especulaciones que cada uno de ellos hacía sobre la relación. El lugar elegido era uno de los bancos de la plaza. Allí, en el Bajo Belgrano, solían realizar sus encuentros en días de semana.
Brenda descubrió la fisura en el cemento por casualidad. Esperaba a Bruno esa tarde y supuso qué, como siempre, el muchacho llegaría fuera de horario tan solo para molestarla. Se acomodó en el banco. Observó a unos niños jugando en las hamacas buscando distracción. Deslizó la palma de su mano por debajo del asiento y se encontró con el trozo de cemento flojo. Poco le costó quedarse con ese duro ladrillo en la mano. Lo contempló con cuidado. Tenía forma rectangular y su geometría se adaptaba perfectamente a su palma. Una protuberancia con forma de tubo cuadrado sobresalía del resto de la superficie. Era la traba que servía de sostén para mantener el ladrillo en su lugar, debajo del banco, haciendo equilibrio contra la acción de la fuerza gravitatoria.
Al llegar el muchacho le comentó el descubrimiento. Bruno lo sostuvo con indiferencia entre sus manos. Normalmente, las ideas que provenían de ella tenían poco valor dentro de su encuadre mental.
—Podríamos usarlo como lugar secreto de ambos —dijo ella con sonrisa cómplice—. Un escondite donde ocultar nuestros mensajes de los ojos de los demás. Algo… clandestino.
Bruno rio de manera despectiva.
—¿Nuestros mensajes… clandestinos? ¿De qué historia de amor estúpida sacaste semejante pavada?...
Brenda asimiló el desprecio con naturalidad. Se había acostumbrado en esos meses a la manera de comunicar sentimientos que esgrimía el pobre infeliz. Un alma vagabunda, ignorante de los atributos del espíritu.
—Pensalo bien. Cada vez que necesitemos comunicar algo al otro, lo escribimos y listo. Como si fuera una especie de correo personal. ¿No te parece maravilloso? Fijemos una rutina para asegurarnos la exclusividad del medio. Por ejemplo, los lunes y miércoles por la mañana vengo yo a buscar o a traer correspondencia. Los martes y viernes podés hacerlo vos… En fin, será nuestro secreto.
El joven contemplaba el ladrillo con mirada dubitativa.
—Sigue siendo una pavada…
El primero en utilizar el canal de comunicación fue el propio Bruno. Una mañana dentro de las estipuladas, se encontraba Brenda realizando compras con su madre por la zona. Al pasar cerca de la plaza dijo con voz apresurada:
—Seguí caminando hasta el mercado, madre. Hago una cosa y te alcanzo.
—¿A dónde vas?
La mujer no obtuvo respuesta. Brenda se había alejado a grandes saltos rumbo a los juegos de la plaza. En esos momentos se encontraban atestados de chicos. La madre continuó con su periplo encogiéndose de hombros. La joven buscó sin esperanzas debajo del banco. No tenía fe en aquella improvisada estación de correo. Bruno podía ser terco a la hora de aceptar alguna de sus ideas. Movió hábilmente el ladrillo y encontró el papel arrugado en el hueco. Leyó el mensaje con ansiedad. Era un manuscrito. Debía aceptar que Bruno tenía buena letra. Tal vez eran las dotes de escritor de las cuales se jactaba cuando deseaba impresionarla.
“La persona que lee esto es una tonta. Me sigue pareciendo una pavada, idiota.”
Brenda mantuvo el papel entre sus manos como si se tratara de una noble declaración de amor. Por lo menos era un comienzo. Durante un par de meses las misivas fluyeron a través de aquel ladrillo usado como intermediario en el juego infantil de dos adolescentes.
“El cielo me parece hermoso si estoy con vos”.
“Hoy observé una lagartija y me hizo recordarte”.
“La pureza del alma siempre busca expresarse a través nuestro”.
“En lo único que pienso es en tu lindo culito”.
“El sexo permite engendrar hijos. Para eso Dios lo ha creado”.
“El sexo es deseo y eso siento por vos”.
El tenor de los mensajes denunciaba al remitente. A pesar del lenguaje soez que solían contener los escritos de Bruno, Brenda atesoraba esos papeles en el cajón de su mesita de noche. Pensaba medir a través de ellos la evolución de su “obra en el mundo”. No los percibía como testimonios de su propia involución. Poco a poco, la energía densa del muchacho comenzaba a capturar el territorio ingenuo de aquella niña inocente.
“Tengo buena yerba. Te va a gustar. Hoy nos encontramos en la casa abandonada”.
Esos mensajes desesperaban a Brenda. La involucraban. Ella tan solo deseaba realizar su obra fuera del territorio contaminado. Intentaba transformar el vínculo que Bruno tenía con el mundo basado en la influencia de los propios demonios internos. Una voz interior le decía que esa aspiración no era realizable sin asumir en carne propia aquellas fuerzas oscuras.
A veces concurrían a la casa abandonada. Bruno se atrevía a besarla y acariciar impunemente su cuerpo a pesar de la estoica defensa planteada por la muchacha. Las acciones nunca superaban ese nivel de impertinencia. El muchacho aún mantenía cierto decoro en sus pretensiones y lograba detenerse a tiempo, evitando cruzar la delgada línea del abuso o la violación.
—Tenés que aprender a entregar tu cuerpo al llamado del deseo, linda.
—Todavía no es mi momento, Bruno…
—¿Y cuándo va a serlo? No creas que te voy a esperar mucho más. Al fin de cuentas, lo único que me interesa de vos es tu cuerpo.
Bruno podía ser así. Despiadado. Brutal. Manifestaba los sentimientos desde elaboraciones primarias. Brenda sabía que ocultaba algo oscuro en su corazón. Algún vínculo enfermo internalizado años atrás. Un nudo emocional que lo convertía en prisionero de sus propias fronteras.
—Cuando llegue el momento te lo haré saber…
Y el momento llegó, más no como la joven lo hubiera deseado.
Fue en la casa abandonada, una tarde donde apenas intercambiaron palabras mientras caminaban con paso apresurado por las anchas calles del bajo Belgrano. Bruno mantenía en su rostro una expresión adusta. La mirada era dura y los labios permanecían apretados. Una firme determinación se veía en su mirada.
En cuanto llegaron al predio prohibido el muchacho cerró con violencia la puerta desvencijada que separaba el sucio interior de la calle. La casa abandonada era una construcción a medio terminar que jamás había logrado completarse. Algunos chicos del barrio la usaban para realizar sus fechorías juveniles. Sin embargo, la presencia de Bruno los atemorizó lo suficiente. Logró echarlos y se transformaron en los usuarios exclusivos por lo menos en los días acordados para los encuentros.
Brenda sintió temor ante la inminencia de un desenlace demorado en el tiempo. El joven la tomó con violencia. A pesar de sus intentos defensivos la desnudó con suma facilidad. Contempló aquel cuerpo virgen y blanco. Una mirada de desdén brillaba en sus ojos. Respiraba con dificultad.
—Bruno, yo no…
—Terminemos con esto, linda. Ustedes las mujeres son todas iguales… les gusta mostrarse a los varones y despertar en ellos las pasiones ocultas. Luego, intentan hacernos creer que solo por la fuerza se puede tomar el reino… Me cansé, preciosa. Ahora las reglas del juego las pongo yo.
El muchacho se abalanzó sobre su víctima. Brenda cerró los ojos y lo dejó hacer. Minutos después ambos se encontraban sentados en el duro piso de cemento. Apoyaban las espaldas sobre el revoque grueso e irregular de las paredes. Desnudos e ignorándose permanecían en silencio. Eran incapaces de mirarse a los ojos.
—Tomá.
Bruno le alcanzó la remera de ella que se encontraba desparramada en el suelo. Brenda comenzó a vestirse en silencio. Unas lágrimas recorrían sus mejillas. El joven intentó acariciar los cabellos pero ella se apartó con un gesto compulsivo.
—¡Idiota...! —protestó la joven con voz quebrada—. Esta era mi primera vez… Te dije que esperaras. Yo te iba a avisar…
Bruno no respondió. Observaba el piso con insistencia. Un pequeño hilo de sangre recorría las delgadas piernas de la joven. El muchacho le hizo un gesto con un pañuelo en sus dedos. Ella lo tomó y se limpió introduciendo la mano dentro de la falda. Su rostro irradiaba genuina vergüenza. Al cabo de unos minutos, una vez que ambos se vistieron, Bruno rompió el silencio:
—No soporto a mi padre. Tengo ganas de matarlo.
Brenda lo miró con sorpresa. No esperaba ese comentario luego de lo sucedido. Pero aquel infeliz era así. No tenía término medio. Podía dejar salir a los peores demonios de su infierno personal y luego asumir el rol de niñito perdido.
—¿Qué estás diciendo?
—Mi padre. Ese bastardo… Se acuesta con mi madre…
A la muchacha le costó disimular un repentino impulso de risa.
—Pero Bruno, eso es normal. Nuestros padres suelen hacer el amor… Vos mismo estás en este mundo debido a esa contingencia.
—Ya lo sé, tonta. Vos hablás de hacer el amor… Pero yo digo otra cosa. El desgraciado viola a mi mamá.
—¿Y cómo sabés eso?
La mirada de Bruno demostró lo ridícula que había sido su pregunta.
—La viola. Le hace daño… la tiene a su disposición, como si fuera un objeto.
Brenda comenzó a sospechar la verdadera ubicación del nudo emocional. La violencia registrada en su cuerpo apenas minutos antes comenzaba a cobrar fundamento.
—¿Y cuándo fue la última vez que ocurrió… eso?
Bruno miraba el piso. Sus labios permanecían apretados. Con una piedra en la mano realizaba dibujos infantiles sobre el cemento.
—Hoy a la mañana. No pude soportarlo y me marché de la casa. Estuve vagando por barrios desconocidos. Caminé durante varias horas sin saber dónde me encontraba. El odio que sentía contra el hijo de puta se fue acrecentando en la medida que pasaban las horas. Y lo peor de todo es que ella parece aceptar la situación. Mi madre lo prefiere a él. La violencia, las palizas. El boludo se cree el dueño de… Voy a matar a ese desgraciado.
Abandonando su postura de mujer abusada Brenda se acercó al joven y lo abrazó tiernamente. Él permitió ese gesto. De hecho, lo estaba esperando.
—No vas a matar a nadie, nene malo. Simplemente comenzarás a dejar tus preocupaciones en manos del Señor…
De esa manera Brenda comenzó a deambular por los oscuros laberintos del alma de su protegido. A partir de aquella tarde Bruno se mostró cauto con sus desbordes sexuales. Aceptó la abstinencia propuesta por la muchacha, por lo menos en tanto lograra procesar el complejo de Edipo que aparentaba ser la fuerza motriz de sus desvaríos juveniles y causa primaria de la locura que lo convertiría en asesino sanguinario.
Brenda sabía que, además de las cuestiones familiares, había otro secreto en la vida de su novio. A veces Bruno se ausentaba por semanas enteras. Los mensajes en el banco de cemento brillaban por su ausencia y no había forma de establecer contacto con su protegido. En algún momento pensó que se había metido con delincuentes de la zona. Ellos abundaban en el barrio y siempre estaban a la pesca de nuevos candidatos. La manera de esquivar conversaciones y no justificar sus ausencias la llevaban a plantear hipótesis variadas. En cierta medida, descabelladas. Supuso la existencia de una vida paralela. Hijos con otra mujer. Tal vez, una relación incestuosa con su madre…
—¿Dónde estuviste esta semana? Habíamos quedado en ir al cine el lunes. Te esperé en la plaza durante dos horas, pero me dejaste plantada. Desaparecés así, de repente. Y no me avisás…
—¿Y quién te dio exclusividad en esta relación, linda? Yo soy hombre libre. No lo olvides. Y cada vez lo seré más si continuás negándome tu lindo pubis.
—Hablemos en serio.
—Eso estoy haciendo, tonta…
—Decime la verdad, ¿dónde estuviste estos días?
La respuesta siempre resultaba evasiva. No había forma de conocer el secreto que imponía límites en un territorio personal y arcano. Brenda guardó el último mensaje en su mesita de noche, junto a los otros. Comenzaban a transformarse en una colección interesante de poesía testimonial.
Ingresó a la casa abandonada. Bruno estaba sentado en el rincón donde tiempo atrás le alcanzara el pañuelo para limpiar las consecuencias de su abuso. Sonreía. El aroma a marihuana flotaba en el ambiente.
3
—¿Qué hacemos? —preguntó Alicia permitiéndose una leve y burlona sonrisa.
—Lo de siempre. Es bueno tener un tiempo de relajamiento —respondió don Alexis. Aflojó el nudo de su corbata y se acomodó en uno de los sillones ubicados frente a la imponente cama matrimonial.
—¿Te sirvo una copa?
—Sí. Por favor. Un cognac. Debe ser de buena cosecha. La semana pasada hice renovar los barcitos de todas las habitaciones.
—Siempre cubriendo el detalle como todo buen jefe.
Alicia se desplazó hasta el bar. Era un mueble de color oscuro ubicado en uno de los rincones del cuarto. Sirvió dos copas con gran habilidad manual. Le alcanzó una al colombiano dejándose caer luego en el otro sillón tapizado de color ámbar. Haciendo uso del control remoto la mujer seleccionó la música funcional. Una melodía suave acarició el ambiente.
—¿Por qué brindamos? —preguntó ella alzando su copa.
—Por estos momentos donde podemos olvidarnos quienes creemos ser…
—Muy bien. Será por estos momentos, entonces.
Alzaron las copas y bebieron el primer trago. El colombiano parecía disfrutar plenamente la ocasión. Habló con buen ánimo:
—Imagino los comentarios de los asistentes al Olimpo sobre el asunto. Todos estarán hablando sobre el hermoso polvo que nos estamos echando… Así lo llaman ustedes los porteños... Polvo, ¿no es así?
Alicia rio. A ella también le gustaba disfrutar de la paz que solían tener en aquellos supuestos encuentros amorosos. Hacía años que no practicaban sexo. En realidad tan solo lo habían hecho en un par de ocasiones al principio de la relación. En esos tiempos don Alexis se encontraba instalándose en el país y ya tenía decidido el dispositivo de negocios que terminaría imponiendo. El colombiano necesitaba contactos políticos, hacerse de una fama que lo precediera y mujeres ilustres a su alrededor. Entre los socios resultaba importante la virilidad bien declarada. Esta era una situación que el colombiano adolecía dada su condición de neutralidad en lo que a sexo se refería. Las mujeres no representaban su debilidad como todos creían en ese ambiente reducido. En realidad, sentía cierta aprehensión por el sexo opuesto. Eso no lo convertía en gay dado que los hombres tampoco le presentaban atracción alguna para canalizar sus deseos.
Don Alexis era persona especial. Los gustos refinados lo habían hecho famoso. Música clásica, buenos vinos y trajes exquisitos exponiendo su pulcra figura. Un complicado proceso mental remplazaba los embates sexuales de la naturaleza inferior. Sabía que en el terreno donde debía desarrollar los negocios resultaban importantes las apariencias. El culto a la virilidad era uno de los dogmas en esa liturgia. Al principio Susana sirvió para sus fines. Luego apareció Alicia Larreta Bosch, haciendo gala del doble apellido y una historia familiar cargada de misterios y tragedias. Una dama perteneciente a la casta floreciente de principios del siglo veinte, pero venida a menos en los tiempos actuales. Un personaje crucial para desarrollar sus planes. Alicia aportaba en su proyecto todo lo que un monarca de la droga podía aspirar. Pronto se convirtió en su as de espadas. La llamaron la “figurita difícil” los socios y clientes de alta gama. Una carta usada con el propósito de conseguir importantes posiciones en el tablero de ajedrez que el poderoso narcotraficante debía jugar.
La conoció en un ágape ofrecido por la embajada de Colombia a propósito de incentivar el comercio entre los países. Algunos peces gordos asistirían a la reunión y don Alexis resultaba un buen operador en las relaciones públicas. Luego de establecer los contactos previstos la vio allí, sentada y bebiendo en soledad su copa de champagne. Un vestido de corte lujoso cubría su delicada figura. El profundo escote motivaba comentarios entre los varones presentes.
—¿Quién es esa mujer? —preguntó a uno de sus socios argentinos.
—Una gatita difícil, jefe. Desciende de la más imponente nobleza militar del país. Esos que cortaban orejas y conquistaron el Sur… Además, dicen que está loca. Nadie se atreve a encararla.
—Veremos qué tan difícil resulta —el colombiano mostró decisión en la voz.
Tomó asiento a la mesa donde la mujer dejaba transcurrir el tiempo. Le sonrió sin hablar. Ella retribuyó el gesto. A partir de ese día don Alexis incorporó a la misteriosa mujer en su estructura de poder. Podía confiar en su profesionalidad para alternar con los socios de mayor jerarquía.
A su vez, desconocía la vida paralela que ella llevaba. En ciertos períodos la mujer se ausentaba sin aviso previo y no había manera de localizarla. Se contaban historias rayanas en el horror sobre ese extraño personaje y la familia de la cual provenía. Don Alexis no hacía caso a ninguna. Le parecían tonterías. De hecho, tampoco le interesaba su pasado. Alicia era un alma libre. Como tal, sabía él que ella no respondería a ningún mandato humano. A pesar de estos reparos en los últimos tiempos había investigado algunos pasos de su socia. La información resultaba fragmentada, aleatoria, repleta de oscuridad.
—¿Cómo van las cosas con el muchacho?
La pregunta pareció casual. Inofensiva. Semejante a un comentario realizado para matar el tiempo. Alicia estaba bebiendo. Su rostro se puso rígido. Apretó los labios convirtiéndolos en una delgada línea apenas perceptible.
—No sé a qué te referís —fue la respuesta, nerviosa pero controlada.
Don Alexis intentó confraternizar con un tono amistoso.
—Mirá, querida. No me interesa tu vida privada. En realidad, tus asuntos íntimos pertenecen a un territorio alejado de nuestro mundo. Simplemente no quisiera que te metas en problemas…
—No entiendo el comentario. ¿Qué problemas debo evitar?
El colombiano sonrió, indulgente. Sentía aprecio por su socia y se daba cuenta de haber tocado un punto neurálgico en la armadura de esa mujer.
—No es bueno acostarse con chicos, linda. Ya sabés lo que dice ese refrán que tienen ustedes…
Alicia encendió un cigarrillo. Al principio el golpe bajo la había movilizado de su natural semblante impasible. Ahora asimilaba el comentario con gran serenidad.
—Es solo un juego que me permito —respondió, echando al aire una voluta de humo—. Los niños pueden ser tan interesantes como los adultos. Es cuestión de perspectiva.
—De todas formas, cuídate. No me gustaría que sufras más de la cuenta.
—Las personas como yo, querido Alexis, no nos podemos dar el lujo de sufrir. El dolor simplemente es un indicador de la debilidad humana. Te dije, solo se trata de un juego.
Vallejo no insistió con el asunto. Le alcanzaba que ella supiera que él sabía… En esos difíciles tiempos donde la guerra entre traficantes arreciaba necesitaba más que nunca a esa mujer para realizar intervenciones calculadas. Los informantes hablaban de un muchacho del bajo Belgrano. Aparentemente, un desequilibrado amante de las drogas blandas y con profundos problemas para establecer vínculos. Tal vez Alicia decía la verdad. Podía tratarse solo de un juego. Siempre le había interesado experimentar con manipulaciones y personas. Pero con los chicos nunca se sabe.
“Vamos a cuidarnos las espaldas”, se dijo esa mañana cuando recibía mayor información sobre el joven en cuestión. Dio precisas instrucciones de que vigilaran los movimientos del joven y su familia. Luego decidiría si solo se trataba de un juego o de alguna otra cosa de mayor importancia. No se atrevía a oficializar la investigación. En el fondo, le temía a esa enigmática mujer de mirada lejana y garbo distinguido.
—¿Y qué pasa con los hermanitos...? —preguntó Alicia mostrando un dejo de revancha en la voz.
—Descansan en la habitación de al lado —respondió el colombiano con desgano.




