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Sin embargo, el movimiento no carecía de fisuras. Se alimentaba de fuertes discrepancias, que en ocasiones mitigaron su expansión, y sobre todo de un grupo heterogéneo de líderes. En una época en que las organizaciones feministas se estructuraban de manera jerárquica alrededor de líderes individuales, que en ocasiones se transformaban en representantes de las ambiciones de sus países a escala internacional, las dinámicas interpersonales del feminismo americano resultaron críticas. Este libro se centra en las colaboraciones y los conflictos de seis activistas extraordinarias que fueron sus protagonistas: Paulina Luisi, de Uruguay; Bertha Lutz, de Brasil; Clara González, de Panamá; Ofelia Domínguez Navarro, de Cuba; Doris Stevens, de Estados Unidos, y Marta Vergara, de Chile.
A pesar de que la historia suele recordar a estas mujeres por sus importantes logros en el feminismo nacional, ellas formaban una estrecha red y eran bien conocidas en su época como la vanguardia, por su rebelde liderazgo internacional.20 Luisi, Stevens, Lutz, Domínguez, González y Vergara compartían algunas características fundamentales: todas eran pioneras que trascendían las restricciones profesionales, sociales y culturales impuestas a las mujeres en aquellos tiempos. Es importante destacar que todas gozaban de privilegios raciales y de clase, cierto pedigrí educativo y diversas conexiones cosmopolitas que facilitaban su capacidad organizativa y la posibilidad de viajar por el mundo para acudir a encuentros internacionales de élite. Todas ellas eran consideradas blancas o mestizas en sus contextos nacionales (aun cuando las mujeres latinoamericanas no eran consideradas blancas por sus colegas estadounidenses). La mayoría eran solteras y ninguna era madre, lo que les permitía dedicar al activismo una gran cantidad de tiempo y energía; de hecho, la mayor parte de sus vidas adultas.
Las seis utilizaron su prestigio para captar la atención del continente hacia las demandas y los debates feministas, que se expresaban en artículos de revistas y periódicos, panfletos, libros, volantes y cartas que circulaban por el continente entero. Tenían influencia en la opinión pública y sus discrepancias se extendieron por todo el hemisferio.
Paulina Luisi (nacida en 1875), la mayor de las seis, ha sido reconocida como madre del feminismo latinoamericano. Luisi, obstetra y la primera mujer médica de Uruguay, parió el feminismo panamericano. Junto con unas amigas argentinas, en 1921 concibió la primera organización feminista panamericana. Con un discurso franco y directo, capaz de emitir juicios contundentes, Luisi no temía llamarles la atención a las feministas estadounidenses. Carismática, amable y gran impulsora de otras líderes hispanohablantes, Paulina actuó como mentora personal de casi todas las jóvenes feministas que intentaban organizar un movimiento panhispánico. Ella cultivó el feminismo americano.
Bertha Lutz, famosa bióloga nacida en 1894, fue reconocida internacionalmente como uno de los cerebros del movimiento sufragista de Brasil. Lutz se transformó en líder de la organización panamericana surgida a partir de los tempranos esfuerzos de Luisi, pero adoptó posturas muy diferentes del feminismo panamericano. Con dominio del portugués, el inglés y el francés, consideraba que la América Latina hispanohablante estaba rezagada en términos raciales y creía que Brasil y Estados Unidos debían ser los que ejercieran el liderazgo. Mordaz, meticulosa y con una gran rapidez mental, Bertha promovió su propia y particular visión en las conferencias internacionales en que se estaba dando forma al movimiento. De manera irónica, muchas veces sus esfuerzos estimularon formas aún más fuertes de feminismo americano panhispánico.
Clara González, nacida en 1898, fue la primera mujer abogada de Panamá. Promovió el liderazgo de las mujeres en América Central y el Caribe. Conocida como la Portia de Panamá (por la astuta heroína de El mercader de Venecia, de Shakespeare), González estableció una conexión entre la protección de protectorados como Panamá, por parte de Estados Unidos, y la protección de las mujeres por parte de los hombres. Desarrolló esta idea para un acuerdo internacional por los derechos de la mujer y más adelante luchó por el Tratado de Igualdad de Derechos como representante de la CIM. A pesar de su desilusión por el dominio que ejercía Estados Unidos sobre esta organización, Clara no cesó en su empeño de cultivar su sueño original: un feminismo americano antiimperialista encabezado por latinoamericanas.
La cubana Ofelia Domínguez, nacida en 1894, colaboró con su gran amiga González por un feminismo americano que considerara la soberanía de las mujeres y la soberanía nacional latinoamericana como mutuamente constituidas. En los años treinta, Domínguez, también abogada, cambió su fe en la ley por la confianza en la revolución. Se volvió una líder apasionada de los partidos comunistas de Cuba y México, donde vivió en el exilio por algunos años durante los regímenes de Machado y Batista, y organizó a feministas y obreros. Al divulgar información en todo el continente sobre el problemático liderazgo de la presidencia estadounidense de la CIM, Ofelia fue una pieza clave en la activación del resurgimiento latinoamericano que impulsó al feminismo americano.
Doris Stevens, blanco de la ira de Domínguez, fue una veterana sufragista estadounidense nacida en 1988, famosa tras su breve encarcelamiento por haber organizado un piquete frente a la Casa Blanca durante la campaña por el voto de las mujeres. Apodada apóstol de la acción por su agresivo y efectivo liderazgo, Stevens fue motivo de admiración en América por los dramáticos y desafiantes actos dirigidos a menudo al gobierno estadounidense. Pero también fue la pesadilla de muchas feministas latinoamericanas. Como presidenta de la CIM durante casi una década, Doris fomentó su visión del feminismo consagrada en el Tratado de Igualdad de Derechos, a pesar de la protesta de muchas colegas latinoamericanas que buscaban ampliar la agenda más allá de las demandas por los derechos políticos y civiles. Los reclamos internacionales de la comisión no habrían conseguido la influencia que tuvieron si no hubiera sido por su capacidad organizativa, sus hábiles campañas mediáticas y las sustanciales donaciones que recibió de poderosos donantes estadounidenses. Sin embargo, sin su tendencia a polarizar, que agudizaba los resentimientos de tantas feministas de la región, el movimiento no habría provocado una rebelión panhispánica tan fuerte.
De las cinco feministas latinoamericanas que protagonizan esta historia, la chilena Marta Vergara, nacida en 1898, fue la amiga más cercana de Stevens. Ella sería también su mayor oponente en la lucha por un movimiento más amplio que cuestionaba el liderazgo de Stevens. Vergara, una reconocida periodista, consiguió ampliar el alcance de las demandas por la igualdad de derechos para incluir los derechos económicos y sociales de las mujeres. También ayudó a expandir el alcance del movimiento. Como Ofelia, Marta se hizo comunista y se unió al Partido Comunista de Chile a mediados de los años treinta, tejiendo conexiones con otros grupos regionales, nacionales y trasnacionales que promovían el antifascismo, el pacifismo y los derechos de la mujer. También ayudó a crear un nuevo movimiento feminista asociado al Frente Popular, por y para las mujeres hispanohablantes.
La historia feminista siempre ha cuestionado las periodizaciones convencionales; a partir de la exploración del movimiento que estas seis activistas ayudaron a crear, este libro busca ofrecer una nueva periodización.21 El periodo entre la primera y la segunda ola del feminismo [llamado doldrums en inglés, es decir, “estancamiento, inactividad”] se transforma en un periodo de gran vitalidad feminista si dirigimos nuestra mirada geográfica al sur. Al hacerlo, vemos que hitos históricos como la Doctrina Monroe, la intervención militar de Estados Unidos en Nicaragua, Haití y República Dominicana, el Canal de Panamá, la Enmienda Platt, la Guerra Civil española y la Carta Atlántica fueron todos viveros del feminismo.
Estos acontecimientos históricos de alcance global fueron el telón de fondo clave para una serie de conferencias internacionales que se transformaron en una base de operaciones para el feminismo americano y constituyen la médula de este libro. Fue en las conferencias interamericanas donde las seis protagonistas de este libro, junto a otras feministas y hombres de Estado, establecieron y rompieron alianzas, afinaron sus argumentos, hicieron públicas sus demandas, organizaron contraconferencias para protestar contra las oficiales y consiguieron sus victorias más significativas. Estos encuentros son tan importantes para la historia feminista como lo es la convención de 1848 en Seneca Falls, Nueva York, reconocida con frecuencia por haber lanzado las primeras demandas organizadas por los derechos de la mujer, y la Conferencia Mundial por el Año Internacional de la Mujer en la ciudad de México, que movilizó nuevas formas de feminismo mundial. También son precursores fundamentales de la Conferencia Mundial de Derechos Humanos, celebrada en Viena en 1993, así como de la cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer en Pekín, celebrada en 1995; ambas fueron puntos de inflexión para el reconocimiento internacional de los derechos de la mujer como derechos humanos. En estas conferencias panamericanas, las relaciones internacionales no sólo dieron forma al feminismo, sino que el feminismo influyó a su vez sobre la diplomacia y el panamericanismo.22 Desde que las feministas cubanas y estadounidenses se colaron en la conferencia panamericana de La Habana en 1928, los derechos de la mujer se transformaron en un tema central de las conferencias panamericanas. En los años anteriores a esta conferencia, hombres de Estado latinoamericanos ya habían promovido los derechos de la mujer en esos encuentros, equiparando el feminismo con el progreso civilizatorio. Durante el periodo de la Buena Vecindad, la CIM se transformó en una piedra en el zapato para el Departamento de Estado de Estados Unidos. En las conferencias panamericanas, los debates en torno a los tratados internacionales sobre derechos de la mujer provocaban confrontaciones políticas alrededor del imperio estadounidense, la soberanía nacional, el progreso latinoamericano y, en los años treinta, el fascismo y el antifascismo. Durante la segunda Guerra Mundial, cuando los esfuerzos de Estados Unidos por reforzar sus relaciones con América Latina estaban en auge, el Departamento de Estado invirtió más energía y recursos en el feminismo panamericano que nunca. Pero también intentó neutralizar el movimiento. La indomable determinación del feminismo continental encabezado por América Latina, en oposición a la resistencia del gobierno de Estados Unidos a las demandas internacionales por los derechos de la mujer, tuvo una influencia incuestionable sobre el surgimiento de los derechos humanos durante y después de la segunda Guerra Mundial.
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Las dinámicas y los afectos interpersonales modelaron con fuerza un movimiento que, a su vez, transformó las vidas de las mujeres que lo impulsaron. Este libro explora las interacciones que Luisi, Lutz, González, Domínguez, Stevens y Vergara mantuvieron entre sí y con una gran cantidad de otras feministas y hombres de Estado, para reconstituir cómo se sentía el feminismo mundial. Sostiene que estos sentimientos y estas relaciones fueron importantes para los logros políticos del movimiento.23 Ideas contrapuestas sobre el imperio, la lengua, la raza y la nación alimentaron el movimiento, mientras que las discusiones y la ira provocadas por esas diferencias fueron con frecuencia muy productivas. Las disputas de las feministas con líderes de Estados Unidos, que para ellas encarnaban el imperialismo estadounidense, contribuyeron a crear alianzas entre mujeres latinoamericanas por lo demás muy diversas, que a su vez establecieron relaciones muy emotivas entre sí. El feminismo imperial también prevaleció entre algunas activistas latinoamericanas; de hecho, encabezó una rama prominente del feminismo panamericano. La creencia de Bertha Lutz en su propia superioridad cultural y racial, así como su insistencia en que el feminismo panamericano debía ser liderado por las élites blancas de Brasil y Estados Unidos, provocaron relaciones tensas con las feministas hispanohablantes; al mismo tiempo, algunas de éstas conservaban sus sentimientos de superioridad mundial y racial.24
Sin embargo, con alguna frecuencia las experiencias rutinarias de las feministas latinoamericanas en relación con el racismo de sus colegas estadounidenses, así como las políticas antirracistas del Frente Popular, ampliaron el movimiento y formularon nociones más indivisibles de derechos humanos basados en el género, la raza y la clase. Sus experiencias y sus políticas de expansión influyeron en las demandas presentadas por las feministas latinoamericanas en la Conferencia Interamericana sobre los Problemas de la Guerra y la Paz, celebrada en el Castillo de Chapultepec de la ciudad de México en 1945, a partir del hecho de que los derechos igualitarios de las mujeres tenían que aliarse con el antirracismo y garantizarse de manera explícita a todas “las mujeres latinoamericanas, negras y de diferentes razas indígenas”.25
Las feministas tenían plena conciencia del contenido afectivo de su movimiento: no es casualidad que una gran cantidad de ellas sostuviera que el amor debía ser la base de su política.26 Como explicaba en los años treinta la feminista panamericanista del Frente Popular argentino Victoria Ocampo, las mujeres necesitaban unirse en una solidaridad no sólo objetiva, sino también subjetiva, refiriéndose a un tipo de solidaridad enfocada tanto en acciones e intereses creados como en ideas y sentimientos.27 Las relaciones de las feministas entre sí se transformaron en un terreno de prueba para un feminismo americano que combinaba la soberanía individual con formas colectivas de justicia, como la solidaridad con personas de todo el mundo a quienes nunca llegarían a conocer. Este sentido de empatía infundió sus reclamos por los derechos humanos. Clara González entendía la democracia social como un emprendimiento colectivo similar a la amistad, en el que las personas tienen obligaciones mutuas, así como derechos individuales. Ella había encontrado inspiración en las palabras de uno de sus profesores de derecho, J. D. Moscote, quien defendió un tipo de política “a tono con las verdaderas necesidades de la vida moderna, que es esencialmente una vida de relaciones, de interdependencia, de solidaridad, de ayuda mutua, de acción social y de amor”.28
Las sólidas redes que las feministas tejieron entre sí ampliaron las posibilidades de sus compromisos internacionales y las llevaron a alcanzar algunos logros materiales locales y fuera de sus países. Este movimiento impulsó leyes nacionales sobre derechos económicos, sociales, civiles y políticos en América. También consiguió frenar las amenazas a los derechos de la mujer en muchos países: las feministas recurrieron a la movilización internacional para bloquear propuestas de ley que consideraban fascistas. Y, quizá lo más importante, politizó a las mujeres, al hacer que muchas adquirieran conciencia de los nexos entre imperio mundial y formas locales de opresión, así como del papel que tenían en su comunidad, hogar y lugar de trabajo, y de su fuerza política a partir de la unión.
Los lazos reales e imaginarios entre ellas constituyeron la fuerza centrípeta del feminismo americano. Ofelia Domínguez Navarro lo sabía. Algunos años después de su conflicto con Doris Stevens, le envió una copia de su correspondencia a una amiga argentina como excusa para formar una confederación hispanohablante de feministas latinoamericanas. Domínguez reconocía que ese poder colectivo aún no se había concretado, pero que unidas podían ser una sola fuerza.29 Animó a compartir su idea con su mentora, Paulina Luisi, quien le envió a Domínguez palabras de empatía y apoyo durante su último encarcelamiento por parte del régimen de Machado. La solidaridad de Paulina le dio a Ofelia la esperanza de que un movimiento de mujeres encabezado por latinoamericanas tendría grandes repercusiones. Como le escribió a Luisi: “¡Si pudiéramos nosotras, las mujeres, sacudir nuestro continente!”30
1. Una nueva fuerza en la historia universal
En mayo de 1921, Bertha Lutz, de 26 años, le escribió a Paulina Luisi, de 45, sobre un asunto que le preocupaba cada vez más: el “problema feminista”. El término feminisme había sido introducido en Francia y llegó a América a finales del siglo XIX, pero recién entonces empezaba a formar parte del vocabulario de líderes políticos, socialistas y mujeres de clase media, y de reformistas sociales como la brasileña Lutz y la uruguaya Luisi. Bertha buscaba introducirse en algunos grupos internacionales con los que Paulina tenía conexiones, al ser la feminista latinoamericana más famosa. En la carta, Lutz se disculpaba por su atrevimiento al escribirle sin tener el honor de conocerla personalmente y agregaba que era bien sabido que en Uruguay se le reconocía como una precursora.1
Desde Montevideo, Luisi se emocionó con la carta de Lutz. Ella creía que estaban dadas las condiciones para un nuevo movimiento de y para las mujeres de América, libre de la dominación de las europeas, capaz de promover el voto femenino, el bienestar y la paz en el hemisferio occidental. “Acepto pues con alegría esta correspondencia y colaboración internacional que promete mucho y es muy buena para nosotras”, le respondió Luisi.2 Ambas ayudarían a lanzar lo que Lutz consideró más tarde como “una nueva fuerza en la historia universal”: el feminismo panamericano.
Ambas mujeres creían que la primera Guerra Mundial había hecho añicos la creencia en la superioridad cultural europea. Se había abierto un espacio para que las nuevas naciones democráticas de América, con una historia compartida de colonialismo europeo, se transformaran en faros del progreso, la reforma social, el multilateralismo internacional y la paz. El nuevo panamericanismo defendía el progreso cultural y la soberanía política, con los derechos de la mujer como un aspecto central de ambos.
Sin embargo, Luisi y Lutz descubrirían que las suyas eran nociones diferentes y opuestas del feminismo panamericano. Paulina privilegiaba un movimiento organizado por mujeres hispanohablantes de la raza y celebraba una identidad panhispánica por sobre el imperio estadounidense y angloamericano. Su panamericanismo no siempre buscaba desmantelar la hegemonía de Estados Unidos, sino más bien que las naciones mejor constituidas de América Latina, como el propio Uruguay, fueran parte de esa hegemonía. Por otro lado, Bertha creía que los líderes legítimos del feminismo panamericano eran Brasil (representado por ella misma) y Estados Unidos (por la veterana sufragista Carrie Chapman Catt). Tanto una como otra asumían que sus países representaban el liderazgo continental. Finalmente, sus diferencias las llevarían a una ruptura.
El conflicto entre Luisi y Lutz representó una fisura ideológica más amplia entre quienes creían que el panamericanismo debía celebrar la cultura política de Estados Unidos como modelo para el continente y quienes creían que esta premisa debía rechazarse de manera explícita. Los desacuerdos a partir de las diferentes visiones de las participantes sobre el idioma, la raza y el imperio demostraron ser fundamentales para los orígenes del feminismo panamericano y darían forma al movimiento durante las décadas siguientes.
PAULINA LUISI Y LOS ORÍGENES DEL FEMINISMO PANAMERICANO
En 1916, cinco años antes de su encendida correspondencia con Lutz, Paulina Luisi pronunció el discurso inaugural del Primer Congreso Americano del Niño en Buenos Aires. En él, afirmaba que los derechos de la mujer debían ser un objetivo panamericano. El término panamericano, más que referirse a la hegemonía económica o la intervención militar estadounidenses, estaba transformándose en un movimiento social encabezado por América Latina. Sus objetivos interrelacionados incluían la democracia, la paz internacional, la mejora social y, en particular, el crecimiento de los Estados de bienestar y la protección de las mujeres y la infancia. Mientras que en Europa la guerra dificultaba los avances en materia de bienestar social, Luisi proclamó que América, cuyas revoluciones democráticas habían roto las cadenas con la “vieja Europa”, se estaba uniendo para llevar a cabo “una obra de vida y de progreso que no florece sino a la sombra del árbol de la paz!”.3 Ahí presentó proyectos de resolución sobre educación sexual y salud pública, aunque su discurso ponía énfasis en una nueva exigencia: el voto de las mujeres, que en su país se hallaba en proceso de debate, pues ya se estaba considerando el sufragio universal. El derecho de las mujeres a votar perfeccionaría los objetivos fundamentales del panamericanismo: la soberanía política y el progreso cultural del hemisferio occidental.4
Hasta entonces, los derechos de la mujer no se habían articulado como demanda panamericana. Aunque en 1916 eran una meta marginal en la mayoría de los países de América Latina, durante los años siguientes se transformaron en una cuestión central para la misión panamericana.
El congreso de 1916 marcó un punto de inflexión también para Luisi. Poco después de su regreso a Montevideo, creó la primera organización nacional de sufragistas de Uruguay, el Consejo Nacional de Mujeres Uruguayas (Conamu), una filial del Consejo Internacional de Mujeres creado en 1888 (ICW, por las siglas de International Council of Women), que ya tenía sedes en Argentina y Chile. Luisi conectó al Conamu de manera formal con un nuevo grupo panamericano de mujeres creado para mejorar el bienestar de mujeres, niñas y niños del hemisferio: Women’s Auxiliary [Conferencia Auxiliar de Señoras], con base en Estados Unidos y auspiciado por el segundo Congreso Panamericano. En 1917, en las páginas de Acción Femenina, el boletín del Conamu, Luisi usó la palabra feminismo por primera vez en un documento impreso y describió lo que ella entendía por ese término:
Quiere el feminismo demostrar que la mujer es algo más que materia creada para servir al hombre y obedecerle como el esclavo a su amo; que es algo más que máquina para fabricar hijos y cuidar la casa; que la mujer tiene sentimientos elevados y clara inteligencia; que si es su misión la perpetuación de la especie, debe cumplirla, más que con sus entrañas y sus pechos, con la inteligencia y el corazón preparados para ser madre y educadora; que debe ser la cooperadora y no la súbdita del hombre, su consejera y su asociada, no su esclava.5
Esta colaboración, explicó Luisi, requería “plenos derechos” en relación con el trabajo, la propiedad, el salario y el cuidado de la infancia. La mujer necesitaba ser “dueña también, a la par del hombre, de la dirección y el destino de esa misma humanidad”. Más allá de estos derechos individuales, Luisi también tenía en mente los derechos sociales que entrañaban “la responsabilidad” implícita, herramientas para la transformación social más radical que podía provocar el feminismo.6 En el transcurso de los años siguientes, ella colaboró con amigas de Chile y Argentina para incluir los derechos de la mujer en el corazón de un nuevo movimiento de feminismo panamericano.
Identificarse con el término panamericano era algo nuevo para Luisi. La América hispana y Europa eran para ella puntos de referencia más fuertes que Estados Unidos. Se identificaba con el panhispanismo, un movimiento popularizado por los modernistas de América Latina de principios del siglo XX, que transmitía un sentido regional compartido de idioma y raza, y una historia de independencia de España y de hegemonía de Estados Unidos. Este país había surgido como un enemigo de la América hispana en épocas tan tempranas como el siglo XIX, con la anexión de Texas en 1845, la guerra con México (1846-1848) y los intereses estadounidenses en el Canal de Panamá. Pero la guerra de 1898 entre España y Estados Unidos impulsó sin duda un panhispanismo antagonista que subrayaba la existencia de dos Américas: por un lado, Hispanoamérica o América Latina; por otro, la América anglosajona. La primera se caracterizaba por el humanismo, el idealismo y el colectivismo; la segunda, por el materialismo, el utilitarismo y el imperialismo. Luisi y una gran parte de las élites latinoamericanas estaban influidas por el intelectual uruguayo José Enrique Rodó, quien en su famoso libro Ariel, publicado en 1900, alertaba contra la expansión imperialista estadounidense, que empezaba a conocerse como “el peligro yanqui”.7 Durante las décadas siguientes, el término raza pasó a designar a las comunidades hispanohablantes de ambos lados del Atlántico. Luisi se identificó con los ideales que su amiga, la feminista mexicana Hermila Galindo, describió en 1919 como profeminista y prorraza.8




