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Luisi insistió en que, en lugar de desmantelar la organización, la IWSA debería entablar relaciones más sólidas con las mujeres y las organizaciones latinoamericanas, repitiendo la que fuera una de sus demandas más insistentes: que el Jus Suffragii, el boletín de la organización internacional, que entonces se publicaba en inglés y francés, se publicara también en español.52 También se ofreció a hacer de enlace oficial entre los grupos de mujeres de América Latina, a lo que la IWSA accedió.
Sin embargo, Luisi dejó la conferencia con una gran desilusión hacia Carrie Champan Catt, que la había presidido.53 Ya de regreso en Montevideo, informó a la Alianza Uruguaya que Catt se enfocaba demasiado en métodos estadounidenses y no dedicaba suficiente interés a América Latina. Luisi no había podido hablar con ella sobre la conferencia panamericana de mujeres que deseaban organizar, ni sobre ninguna otra cosa, ya que “la presidenta internacional Mrs. Chapman Catt sólo posee el idioma inglés”, un idioma que Luisi, hispanohablante y francófona, no hablaba.54
Al año siguiente, los temores de Luisi se vieron confirmados cuando se enteró de que la nueva organización estadounidense de Catt, la League of Women Voters [Liga de Mujeres Votantes] (LWV) estaba planeando una Conferencia Panamericana de Mujeres en Baltimore, sin consultarlo con Paulina ni ninguna de sus amistades argentinas, quienes desde 1919 venían instando a Catt a celebrar un evento de esas características. Luisi, que se enteró de la noticia por feministas argentinas y británicas, por una integrante estadounidense de la Women’s Auxiliary y por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Uruguay, antes de recibir una invitación personal por parte de Catt, se indignó con ella por no habérselo comunicado ni haber buscado su consejo.55 Luisi le escribió expresándole su decepción por la tardanza en haber establecido contacto con ella y se disculpaba por no poder asistir. Ya había dejado su práctica médica en Montevideo durante mucho tiempo, por sus viajes a Europa, y tenía una conferencia médica en París unos meses después del encuentro en Baltimore. Además, escribió en español (el idioma en el que le escribía todas sus cartas a Catt): “No conozco el inglés. ¿Recuerda Ud. querida señora Catt que no pude conversar con Ud. en Ginebra?”56 Sin embargo, le comunicó que enviaría a una delegada a la conferencia, alguien de la alianza que sí hablara inglés.57
A pesar de que sus experiencias con Catt minaron su confianza en una organización feminista panamericana basada en la igualdad con Estados Unidos, también la llevaron a consolidar con más fuerza su determinación de alcanzar el liderazgo de Uruguay sobre cualquier otro grupo que pudiera surgir en la conferencia. Decidida a dejar su huella, y la de su país, en la conferencia, Luisi escribió el borrador de una propuesta para una organización feminista panamericana cuya representante, Celia Paladino de Vitale, entregaría en su nombre. Esta Asociación Panamericana de Mujeres “estrecharía los lazos que deben unir a las mujeres de nuestro continente” y lucharía por los derechos de la mujer. A pesar de que Luisi especificaba en su propuesta que la sede de la asociación deberían encontrarse en Estados Unidos, debido al elevado nivel de emancipación de las mujeres de ese país, también reafirmaba el liderazgo de América Latina en la asociación. El grupo estaría encabezado por una comisión compuesta por una delegada de cada país de América y, después de un primer encuentro en Estados Unidos, el resto tendría lugar en América Latina.58 Una vez recibido el apoyo unánime de la alianza, Luisi le explicó a Paladino que este grupo sería una extensión de la Women’s Auxiliary panamericana, pero significaría un aumento de su prestigio y su duración.59
Luisi intentaba contrarrestar de manera explícita el panamericanismo dirigido por Estados Unidos, el cual ella sabía que estaba motivado por intereses imperialistas, en particular su afán por lograr la dominación económica. De hecho, Catt le había comunicado a Alicia Moreau (buena amiga de Paulina que, al saber bien inglés, mantenía correspondencia con Catt con mayor frecuencia) que la conferencia había sido inaugurada por el alcalde de Baltimore y el gobernador de Maryland, que buscaban fortalecer el comercio con América Latina por el puerto de esa ciudad. Para organizarla, habían contactado con la LWV de Baltimore, oportunidad que el Departamento de Estado aprovechó para coordinar esfuerzos con esta organización, así como con la Unión Panamericana y con embajadores y encargados de negocios de diversos países latinoamericanos que estaban en la lista de delegados.60 La LWV tenía sus propios intereses en lo que sería el primer gran acto del grupo desde su fundación y tras la victoria por el sufragio en 1920; es decir, la conquista de los derechos de la mujer más allá de las fronteras de Estados Unidos.61 Sin embargo, el grupo también buscaba promover las inversiones y la hegemonía económica estadounidenses en América Latina. Cuando la directora ejecutiva de la filial de la LWV en Maryland propuso la idea a su presidenta, Maud Wood Park, resaltó los beneficios comerciales como primer motivo de la conferencia.62
La propuesta de Luisi de una nueva asociación panamericana de mujeres intentaba contrarrestar la hegemonía estadounidense en todas sus formas. Ella creía que “Uruguay debería ser quien lo hiciera; ¡el más pequeño pero el primero!”63 Aclaró que este nuevo grupo promovería un panamericanismo basado en la igualdad y el respeto mutuo, en lugar de en la superioridad y el imperialismo económico de Estados Unidos. Antes de que Paladino se marchara a Baltimore, Paulina le entregó copias de su propuesta y la reciente publicación de Brum, Solidaridad americana, en la que sugería la creación de una Liga Panamericana de las Naciones que reconfiguraría la Doctrina Monroe en una política hemisférica multilateral.64 Luisi urgió a Paladino para que se asegurara de que la organización que propusieran alcanzara “el eco que merece en el corazón de todas las mujeres de América que luchan por la solidaridad y la fraternidad de todos los pueblos y de todas las razas”.65 También le encomendó no apoyar ningún otro plan sin antes garantizar la aprobación expresa de la alianza.66
Luisi creía que una de sus interlocutoras más recientes, la joven brasileña Bertha Lutz, apoyaría su búsqueda de un feminismo panamericano opuesto a la hegemonía de Estados Unidos. Después de que Lutz se presentara por medio de una carta un año atrás, Luisi había conseguido hacerla miembro de la IWSA.67 Durante los meses siguientes, ambas se escribieron con cierta regularidad, intercambiando noticias sobre los derechos de la mujer en Brasil y Uruguay, y sobre la IWSA. Ahora, Paulina le decía a Bertha: “Me agradaría mucho saber que Ud. va a Norteamérica para representar a las mujeres americanas del sur” en la Conferencia de Baltimore. Urgió a Lutz para que la consultara y “poder ponernos de acuerdo” sobre la agenda de la conferencia.68 No hay constancia de una respuesta de Lutz en los archivos de una y otra, pero sí de una disminución de la correspondencia entre ambas mujeres a partir de entonces. A pesar de que Lutz apoyó la propuesta de Luisi de una nueva organización feminista, abrazó un feminismo panamericano distinto al de la hispanohablante Luisi. La propuesta de Paulina saldría victoriosa, pero fue Bertha quien sí acudió a la conferencia.
BERTHA LUTZ Y LA CONFERENCIA PANAMERICANA DE MUJERES DE 1922
En 1921, cuando empezó su correspondencia con Luisi, Bertha Lutz empezaba a hacerse conocida como cerebro del movimiento sufragista de su país.69 En el transcurso de los años siguientes se transformaría en la feminista más visible de Brasil, hasta llegar a ser la líder reconocida del movimiento de mujeres ahí durante casi medio siglo. Cerca de 20 años más joven que Luisi, Lutz había nacido en São Paulo, de madre inglesa; su padre era un reconocido científico suizo-brasileño. Educada primero en Brasil y luego en Europa, Lutz se había graduado en la Sorbona con estudios en botánica, zoología y química biológica.70 El alcance del movimiento feminista del que Lutz había sido testigo en el Reino Unido, durante el auge de la militancia sufragista, inspiró su activismo por el voto en Brasil cuando volvió de Europa. En 1918, publicó un artículo que desencadenó el movimiento formal por el voto de las mujeres en Brasil. Abogando por la independencia económica de las mujeres, hizo un llamado a sus hermanas brasileñas a no vivir “parasitariamente de su sexo”, sino a involucrarse en la vida política del país y “transformarse en instrumentos valiosos para el progreso de Brasil”.71 En 1920 formó un pequeño grupo de estudio por los derechos de la mujer, la Liga para a Emancipação Intelectual da Mulher [Liga para la Emancipación Intelectual de la Mujer]. Al año siguiente creció su fama, al volverse la segunda mujer en la historia de Brasil en ganar un nombramiento para un trabajo en la administración pública, tras haber superado a sus competidores hombres en los rigurosos exámenes de ciencia e historia natural para ser secretaria del Museu Nacional de Rio de Janeiro.
Como Luisi, Lutz creía que hombres y mujeres eran equivalentes, aunque biológicamente distintos; a diferencia de Paulina, Bertha creía que su anatomía ponía trabas a las mujeres. Tal como explicó en un artículo de una revista médica en 1920, los cambios en el mundo hacían posible una vida económica e intelectual para las mujeres fuera de los límites del hogar y la maternidad. Estos desarrollos podrían ayudarlas a superar sus limitaciones biológicas. Como delegada de Brasil a la Conferencia Internacional del Trabajo de 1919, apoyó políticas protectoras de las condiciones y los horarios de trabajo de las mujeres. Lutz también creía en igual remuneración por igual trabajo, así como en la igualdad de oportunidades en la educación, a pesar de que consideraba el derecho al voto y la plena ciudadanía como el punto crucial de estas metas.72
El feminismo de Lutz abrevaba de ideas de clase y raza similares a las de Luisi. Creía que las mujeres blancas instruidas de clase media y alta debían promover el bienestar y los derechos, luchar por la democracia y la paz internacionales, y ayudar a levantarse a sus hermanas menos afortunadas. A diferencia de Luisi, Lutz nunca estuvo a favor del socialismo, a pesar de que ambas insistían en las garantías de bienestar social financiadas por el Estado para mujeres, niñas y niños. Las dos creían que esfuerzos internacionales como el ICW y la IWSA en Europa, y los proyectos panamericanos de desarrollo podían ayudar a conseguir esas metas. En 1920, Lutz escribió que, en ese momento, todo dependía de la acción colectiva.73
Sin embargo, para llevar a cabo esta acción colectiva, Lutz se dirigiría a las feministas angloparlantes más que a las hispanohablantes, como hacía Luisi. Bertha, que hablaba portugués, inglés, francés y alemán con fluidez, pero no así español, no suscribía el panhispanismo de Paulina.74 Como lo demuestran las interacciones entre Catt y Luisi, el idioma era una cuestión fundamental en las dinámicas feministas internacionales. De manera significativa, Lutz le escribía a Luisi en francés, en lugar de en portugués, lo que molestaba un poco a Luisi, quien, aunque hablaba francés con fluidez y era el idioma que utilizaba en la mayoría de su correspondencia con feministas inglesas y europeas, le contestaba a Lutz en español, subrayando que esperaba que este fuera un idioma familiar para ella.75 Mientras que las cartas de Paulina a Bertha eran cálidas y generosas, las de Bertha a Paulina eran escuetas y más formales. Por contraste, la correspondencia de Lutz en inglés con sus interlocutoras británicas y estadounidenses era más cálida y extensa. Y lo más significativo: cuando Luisi la instó a promover sus planes para una Conferencia Panamericana de Mujeres en Baltimore, parece que Lutz ignoró su petición.

FIGURA 2. Bertha Lutz, 1925, en el Grace Dodge Hotel, Washington (DC), durante una de sus visitas a Estados Unidos. Colección de la autora.
A pesar de que la brasileña reconocía a la uruguaya como la vanguardia, no buscaba colaboración con ella sino con la IWSA, con lo que conseguiría prestigio para su grupo en Brasil. En 1921, cuando Lutz escribió por primera vez a la IWSA para unirse al grupo, su secretaria Margery Corbett Ashby le encomendó comunicarse con Luisi, que había sido designada para reclutar miembros en América Latina, y le recordó la primera carta de Lutz a Luisi.76
Al igual que muchas de las integrantes de las élites brasileñas de principios del siglo XX, Lutz consideraba que Brasil, antigua colonia portuguesa y monarquía hasta el siglo XIX, era una nación superior y separada de lo que en aquellos años empezaba a conocerse como América Latina. Como explicaría más tarde, Brasil había alcanzado su independencia de manera pacífica, primero como monarquía y luego como Estado-nación, sin haber librado las violentas revoluciones de las repúblicas españolas. Lutz creía que Brasil era joven y estaba libre de prejuicios y del peso muerto de las tradiciones. Por lo tanto, argumentaba, podría adaptarse más rápido que las naciones hispanohablantes a las ideas progresistas, entre ellas el feminismo.77
Lutz utilizaba este excepcionalismo de Brasil para justificar un tipo particular de panamericanismo basado en la hegemonía compartida con Estados Unidos. Según Lutz les explicó más tarde a los grupos de mujeres estadounidenses, Brasil les estaba dando la espalda a ideales e ideas europeas, al darse cuenta de que podía aprender mucho más de Estados Unidos por haber obtenido su independencia en condiciones similares.78 Ambos países se habían organizado como federaciones, a diferencia de las naciones hispanohablantes, que se habían fragmentado en diez repúblicas en el momento de la independencia de España, lo que Lutz consideraba un retroceso.79 Muchas de las élites de Brasil en esa época mantenían una relación especial con Estados Unidos. A diferencia de las naciones hispanohablantes de América, Brasil aprobaba de manera tácita la guerra entre Estados Unidos y España, el corolario de Roosevelt a la Doctrina Monroe y las intervenciones estadounidenses en México, Centroamérica y el Caribe. La creencia en el excepcionalismo de Estados Unidos y Brasil ayudó a suscribir la voluntad de este último de entablar relaciones panamericanas con el primero, que crecieron de manera exponencial durante la primera Guerra Mundial. Brasil se transformó en el único país de la región en participar en la guerra, lo que hizo que la economía brasileña dependiera más que nunca de las exportaciones a Estados Unidos.80
Lutz apoyaba estas ideas y compartía las ambiciones imperialistas. En 1922, como delegada de Brasil en la Conferencia Panamericana de Mujeres en Baltimore, promovió un feminismo panamericanista que, a pesar de celebrar a América en su conjunto, ponía de manera bien clara a Brasil y Estados Unidos por encima de los demás países. En su discurso exclamó que no había otro país “más elocuente con la libertad ni más preñado de esperanza que Estados Unidos”. Descartó a África, al decir que, “salvo sus umbrales de civilización, aún está en un letargo”; a Asia, a la que consideraba “absorta en asimilar los frutos de la civilización occidental y amalgamarlos con los principios de la sabiduría oriental en un todo armonioso”, y a Europa, “dedicada a recuperarse de los horrores de la guerra”. Afirmó que “ninguno de estos continentes puede ayudarnos” y agregó que el mundo miraba hacia América.81
Lutz repitió las habituales metáforas panamericanas sobre el progreso ininterrumpido de libertad e igualdad en América por encima de una Europa arrasada por la guerra y de los continentes de “razas oscuras”, reservando un elogio especial para Brasil —con su inmenso territorio, su tradición de paz que liberó a los esclavos y dio lugar a una república sin derramar una gota de sangre— y Estados Unidos, e hizo un llamamiento para poner fin a la guerra e iniciar la paz. Acabó su discurso con la afirmación de que el papel de liderazgo le correspondía a Estados Unidos.82
La intensidad del amor de Lutz por la América anglosajona provenía de su propia identidad racial nacional. Como hija de una mujer británica, con dominio fluido del inglés y profunda admiradora de las élites británicas y angloestadounidenses, Lutz, quien a lo largo de su vida hizo énfasis en la escritura inglesa de su nombre (Bertha en lugar de Berta), se concebía como excepcional y racialmente superior a sus compatriotas de Brasil.83 El panamericanismo dio un giro a su entusiasta afinidad con Inglaterra, inclinándola hacia el lado de Estados Unidos. Como le escribió a Carrie Chapman Catt, con quien entabló amistad rápidamente en Baltimore, se sentía “norteamericana” por temperamento.84
El vínculo especial que Lutz sentía con Estados Unidos, sobre todo con la LWV, era correspondido por la liga, lo que demostró el favoritismo hacia Lutz incluso antes del inicio de la conferencia. La fuerte relación forjada entre Brasil y Estados Unidos durante la guerra, además de la conexión personal de Bertha con un miembro de la LWV que había viajado a Brasil, facilitó que recibiera una invitación para asistir a la conferencia mucho antes que cualquier otra feminista de América Latina.85 Además, la liga le otorgó mayor financiamiento a Lutz. A pesar de que la LWV le ofreció a cada delegada latinoamericana 500 dólares para ayudar a sufragar los gastos de alojamiento y transporte, Leo Rowe, director de la Unión Panamericana, subrayó que el grupo debía hacer todo lo posible para cubrir los gastos de Lutz como forma de reconocer la importancia de Brasil para Estados Unidos. Sin embargo, no hizo esta petición para ninguna de las otras delegadas, aunque otros gobiernos también habían manifestado su preocupación por los costos. La LWV le dio a Lutz, y sólo a ella, la cantidad de mil dólares, el doble que a las demás.86
La profunda amistad que, en el transcurso de la conferencia, nació entre Lutz y Carrie Chapman Catt, entonces presidenta de la liga, fue fundamental para afianzar la compenetración entre Bertha y la LWV. Ese encuentro fue decisivo para ella. Meses después le enviaba a Catt una eufórica carta sobre el tiempo que habían compartido y le decía que los días que habían pasado juntas no sólo habían sido los más felices que había pasado en Estados Unidos, sino los más felices de su vida.87 Durante 20 años de correspondencia privada se escribieron como mínimo una vez al mes, hasta la muerte de Catt en 1946. Ésta la llamaba “mi hija brasileña”; Lutz llamaba “madre” a Catt.
Desde la perspectiva de la LWV, el enérgico respaldo de Lutz a Estados Unidos fue de vital importancia para la percepción y el éxito del encuentro, sobre todo cuando otras delegadas latinoamericanas objetaron el arrogante liderazgo de la liga. De hecho, el impulso misionero de la LWV hacia las mujeres latinoamericanas impregnaba la conferencia. Presentada como una oportunidad para que las mujeres estadounidenses establecieran vínculos amistosos con las de Sudamérica, Centroamérica, México y Canadá, los organizadores de la conferencia excluyeron las aportaciones de las feministas latinoamericanas, que representaban un porcentaje mínimo de las 2 mil asistentes.88 Las sesiones diarias eran todas en inglés y con participación dominante de portavoces estadounidenses provenientes de importantes organizaciones progresistas, que urgían a las mujeres latinoamericanas a seguir su liderazgo.89 Incluso en las ocasiones en que las delegadas de América Latina cuestionaban la superioridad estadounidense, apenas tenían éxito. Las feministas mexicanas, por ejemplo, sufrieron una terrible decepción ante el rechazo de Catt a considerar una propuesta de la educadora comunista Elena Torres para discutir sobre el petróleo, las tierras, la inmigración, las fronteras y la explotación de trabajadoras mexicanas a manos de las compañías mineras estadounidenses.90
Los debates más acalorados surgieron ante la sensación de superioridad de las mujeres estadounidenses sobre sus incultas hermanas latinoamericanas. En la sesión sobre el estado civil de las mujeres, la fiscal general de Estados Unidos, Mabel Walker Willebrandt, declaró que el derecho consuetudinario anglosajón era preferible al código napoleónico de América Latina. En países anglosajones como Estados Unidos, Inglaterra y Canadá, señaló Willebrandt, las mujeres habían conseguido el derecho a tener propiedades y percibir salarios, formas de independencia legal que aún no habían sido adoptadas en todos los países de América Latina.91
La imagen negativa de las leyes de América Latina planteada por Willebrandt era parte de un antiguo patrón de denigración de la cultura legal y política de la región por parte de las élites estadounidenses, lo que provocó una fuerte discusión conducida por Celia Paladino de Vitale. Ella relató las múltiples formas en que el movimiento de mujeres de Uruguay había conseguido la igualdad entre hombres y mujeres, reconociendo los derechos de guarda y custodia de hijos e hijas, y los derechos hereditarios de hijos e hijas fuera del matrimonio. Paladino señaló la prestación de amplios derechos de bienestar social para hombres y mujeres por parte de Uruguay, derechos que Estados Unidos aún no había garantizado: jornada laboral de ocho horas, pensiones de vejez y educación pública y gratuita, con libros de texto y material escolar. En Uruguay, las mujeres casadas tenían además derechos a la nacionalidad independiente, a diferencia de en Estados Unidos.92
El logro de una amplia justicia social y de derechos de bienestar en Uruguay reflejaba las aspiraciones que impulsaban distintas versiones del feminismo latinoamericano. La constitución de 1917 del México revolucionario, que abrazó el bienestar social de las mujeres trabajadoras, se alzaba como modelo continental para muchos grupos feministas en ciernes a lo largo y ancho del continente. En la Conferencia de Baltimore de 1922, esta noción de derechos sociales marcó una línea divisoria entre Paladino y la LWV, que entendía que estas preocupaciones sociales tenían una importancia de segundo nivel en los derechos políticos y civiles. Durante el encuentro de la IWSA de 1920 surgieron tensiones similares, ya que esta organización no reconoció que muchas de sus metas postsufragio ya estaban vigentes en Uruguay, lo que provocó la ira de Luisi.93 Esta tendencia de las mujeres estadounidenses a privilegiar los derechos individuales civiles y políticos por sobre los derechos sociales, y a asumir que ellas disfrutaban de un estatus legal superior, se mantuvo dentro de las organizaciones panamericanas durante décadas.
Otro conflicto persistente se daba alrededor de quién tenía autoridad para hablar y establecer un programa. Debido a que la agenda de la Conferencia de Baltimore no había establecido un tiempo para considerar las iniciativas de las mujeres latinoamericanas, un grupo de feministas hispanohablantes encabezadas por Paladino se organizó de manera independiente como forma de protesta. Como se dijo en un artículo del Sun de Baltimore, las mujeres que habían asistido sentían que tenían un tiempo demasiado limitado para tratar los problemas que habían ido a discutir a Estados Unidos. Exigían que la conferencia se extendiera varios días, en los que el español debería ser la lengua oficial.94
Durante esta prolongación de la conferencia en español, Paladino presentó la propuesta de Luisi para una Asociación Panamericana de Mujeres. Ante un público de 1 500 personas, aseguró que esta organización iba a “estrechar los lazos que deben unir a las mujeres de nuestro continente” y a promover los derechos políticos, civiles y sociales de la mujer.95 Paladino apuntó que, a pesar de que las estadounidenses podían ayudar a encabezar la organización, ésta no sería dirigida por ningún poder ilimitado de Estados Unidos. “Los alarmistas nos dicen que, al entrar en asociación con vosotros, seríamos de hecho absorbidas inmediatamente y que Uds. ejercerían su hegemonía sobre nosotras”, reconoció y agregó: “Pero no creo en eso.”96 Por el contrario, propugnó por un nuevo panamericanismo, citando la Solidaridad americana de Brum, cuyas palabras sirvieron como reprimenda a las mujeres estadounidenses que dominaban la conferencia y como recordatorio de que su país era un líder panamericano: “El panamericanismo implica la igualdad de todas las soberanías, sean ellas grandes o pequeñas, la seguridad de que ningún país intentará amenguar las de otros y de que han de serles reintegradas a las que las tuvieren disminuidas. Es, en resumen, exponente de un alto sentimiento de confraternidad y de una justa aspiración de engrandecimiento material y moral de todos los pueblos de América.”97




