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Al llegar, Stevens, Smith y otras representantes del Woman’s Party realizaron denodados esfuerzos por presentarse como hermanas de las mujeres cubanas más que como maestras o misioneras a quienes enaltecer.83 Marcaron un contraste deliberado con la posición de Catt de cuestionar la aptitud de las mujeres latinoamericanas para la igualdad y proclamaron que las mujeres de América Latina y Estados Unidos merecían los mismos derechos civiles y políticos. Enviaron una carta a organizaciones feministas cubanas en la que argumentaron que la opresión de las mujeres era un asunto internacional. En ella explicaban que no había ningún país de Norte o Sudamérica en que hombres y mujeres disfrutaran de una igualdad de derechos ante la ley. No dejaron de hacer énfasis en que las mujeres estadounidenses estaban en el mismo barco, igual de subyugadas, si no es que más, que las latinoamericanas. En lugar de acentuar el derecho de la mujer al sufragio, la carta hacía una lista de los muchos estados de Estados Unidos donde los sueldos de las mujeres casadas les pertenecían a sus maridos, donde el ordenamiento jurídico en cuestiones de herencia, guarda y custodia era desigual y donde una mujer no podía firmar un contrato ni participar en empresas sin el consentimiento de su marido. Invirtiendo el orden jerárquico estándar, destacaban que las mujeres estadounidenses necesitaban el apoyo de las feministas cubanas para ayudarlas a obtener derechos igualitarios.84 En un primer momento, las mujeres del Woman’s Party recibieron una tibia respuesta. Pero a medida que las mujeres cubanas leían y hacían circular la carta, las colaboraciones comenzaron a florecer.85
Además de poner en duda el feminismo imperial de Estados Unidos, estas integrantes del NWP se presentaban cada vez más como contrarias al imperialismo estadounidense, de un modo más amplio. Su estrategia se había precipitado gracias a la oposición del Departamento de Estado a sus metas. Cuando Stevens y Smith solicitaron una audiencia en la conferencia al enviado y ex secretario de Estado, Charles E. Hughes, Smith contó que las había tratado como si fueran niñas pequeñas.86 Hughes había ido a La Habana a defender el statu quo en América Latina y a oponerse a cualquier política que cuestionara la estrecha definición de derecho internacional del Departamento de Estado. Estas políticas incluían propuestas de las delegaciones de América Latina para presionar contra la intervención estadounidense y a favor de relaciones más multilaterales. Su argumento —que los derechos de la mujer caían dentro de la jurisdicción nacional y no internacional— se transformaría en un estribillo que se repetiría en futuros debates panamericanos.87 Hoy continúa como una justificación habitual para la resistencia de Estados Unidos a firmar tratados internacionales por los derechos humanos.88
En el contexto de la intervención armada de Estados Unidos en Nicaragua, cualquier idea formulada por el Departamento de Estado sobre la importancia de la soberanía para muchos no era más que una contradicción absurda. Justo antes de la conferencia, Augusto César Sandino había logrado una serie de importantes victorias militares contra Estados Unidos, aunando esfuerzos oficiales para conseguir el compromiso de este país de no intervenir en América Latina.89 Estados Unidos le prohibió a Sandino asistir a la conferencia. Las mujeres del NWP se manifestaban cada vez más a favor de Sandino, estableciendo un paralelismo entre este posicionamiento y sus demandas por los derechos de la mujer como un objetivo por la justicia social. Una de las delegadas del NWP, la abiertamente antiimperialista Alice Park, señaló la hipocresía en la manera supuestamente ética en que Hughes se oponía a la imposición sobre otras naciones, teniendo en cuenta que defendía la intervención de su país en América Latina.90

FIGURA 7. Doris Stevens, 1928. Cortesía de la Schlesinger Library, Radcliffe Institute, Universidad de Harvard.
Doris Stevens se transformó en la estratega clave detrás de estos argumentos antiimperialistas. De hecho, antes de la conferencia se había anticipado que trabajara con (y no contra) el Departamento de Estado, al predecir que Estados Unidos sería el país más avanzado del congreso en relación con los derechos de la mujer, ya que era el único que había garantizado el sufragio femenino.91 Cuando Hughes y otros juristas internacionales, como el abogado estadounidense James Brown Scott y el cubano Antonio Sánchez de Bustamante y Sirvén, cuestionaron la validez de un tratado internacional, Stevens le escribió a Alice Paul. Estos políticos aceptaban que las aves migratorias estuvieran sujetas a una jurisdicción internacional, pero no así un asunto de relevancia nacional como los derechos de la mujer. Como respuesta, Paul instó a Stevens a jugar la carta antiimperialista. El hecho de que los derechos individuales fueran una materia apta para la acción internacional, le advirtió Paul a Stevens, era una cuestión de opinión, de la misma manera que lo era considerar sus actuaciones bajo la Doctrina Monroe o sus actividades actuales en Nicaragua como materia apta para una acción internacional.92 Paul y Stevens no eran antiimperialistas. (De hecho, según la feminista chilena Marta Vergara, Paul creía que “si alguna vez desembarcó su infantería de marina [de Estados Unidos] en alguna tierra más allá del río Grande, lo fue para bien del país así protegido”.)93 Sin embargo, ambas sabían que el antiimperialismo era la clave de la conferencia y que muchos delegados de América Latina estaban presionando por un tratado de no intervención. Las dos mujeres eran hábiles camaleones políticos, por no decir poco escrupulosas. Paul le dio a Stevens una estrategia que ella asumiría con presteza durante los próximos años: usar el antiimperialismo como argumento por los derechos internacionales de la mujer.
Paul le otorgó a Stevens más munición para estos argumentos cuando, después de unas semanas de viaje, le envió una propuesta para un tratado sobre igualdad de derechos entre hombres y mujeres. El marcado entusiasmo de los delegados de América Latina ante la idea impulsó a Paul a escribir un borrador de lo que sería el Tratado de Igualdad de Derechos. Con base en el lenguaje que el NWP había utilizado para presionar en la reunión de la Unión Interparlamentaria de 1925 y en la ERA, decía que los Estados contratantes acordarían que, una vez ratificado ese documento, hombres y mujeres tendrían derechos igualitarios en todo el territorio sujeto a sus respectivas jurisdicciones.94
Cuando Stevens presentó este tratado en el debate público que tuvo lugar en La Habana, fortaleció su reputación como luchadora por la justicia panamericana, con la exigencia al gobierno estadounidense de que hiciera un compromiso internacional con los derechos igualitarios. Los periódicos de La Habana alabaron a Stevens como líder de un nuevo tipo de feminismo y la elogiaron como “la vanguardia intelectual de las mujeres norteamericanas”.95 Gracias a Stevens, el NWP emergió como un grupo altruista, separado de las fuerzas más perjudiciales del capitalismo y el imperialismo estadounidenses representados por el Departamento de Estado.96 Su historia como militante sufragista acrecentó su credibilidad por rebelarse contra el gobierno de su país. Diversos artículos alabaron con entusiasmo su libro Jailed for Freedom, interpretado por uno de ellos como un documento sobre sus esfuerzos en la “campaña por la liberación de la mujer y por la paz”.97 Un largo y detallado perfil de Stevens publicado en El País describía la improvisada sede del NWP en el Hotel Sevilla como un cambio sustancial respecto de la corrupción de la conferencia panamericana. Las actividades que se sucedían en otras partes del hotel eran una metáfora de los procedimientos de la conferencia: banales, comerciales y, sobre todo, un reflejo del imperio estadounidense. “Los waiters corren de un lado a otro, llevando las enormes maletas o descorchando las botellas de champaña o de ron. Risas, comentarios insustanciales, humo de Pall Mall y de Chesterfield [...] pueblan el ambiente donde su majestad el dólar impone su imperio formidable.” Sin embargo, explicaba el autor, al subir al ascensor para ir a la recámara de Stevens, la habitación 312, “todo cambia súbitamente”. Ésta servía como “oficina” de campaña del NWP; allí, Stevens y demás miembros del partido recibían a las mujeres cubanas, a la prensa y a otros visitantes.98 La puerta de la habitación estaba flanqueada por las banderas cubana y estadounidense, mientras que la bandera lila, blanca y dorada del NWP ondeaba desde el balcón. En la recámara, mujeres cubanas y estadounidenses trabajaban juntas con fervor y “entusiasmo”, escribía el autor del artículo, ensalzando la amplitud de la concepción de “la libertad y [...] la igualdad humana” de las feministas y lamentando que no hubiera un equivalente en los demás procedimientos de la conferencia.99
Stevens celebró esta cobertura mediática cuando le escribió a su compañero sentimental, el escritor de The New Republic Jonathan Mitchell, sobre lo maravilloso que era trabajar en un país donde las mujeres eran una noticia tan importante. Le contaba que no había día en que no salieran en los titulares y en las columnas más importantes de cada uno de los seis periódicos en español, y agregaba que los hombres latinoamericanos eran más ágiles y mucho más sensibles que los estadounidenses, tanto que las mujeres tenían más esperanzas en ellos que en sus compatriotas. Finalizaba sosteniendo que, tanto si apoyaban o no el tratado, los hombres latinoamericanos estaban seducidos con la idea.100

FIGURA 8. Diapositiva en que se anuncia la “Gran Asamblea de Mujeres en pro de la igualdad de derechos en la Asociación de Reporters”. La publicación se mostró en películas proyectadas en el Teatro Fausto de La Habana, en 1928. Cortesía de la Schlesinger Library, Radcliffe Institute, Universidad de Harvard.
El desempeño de Stevens también triunfó sobre el resto de los grupos feministas establecidos en La Habana que hacían campaña a favor del Tratado de Igualdad de Derechos. Muchas organizaciones de mujeres firmaron una traducción española del mismo, entre ellas el Club Femenino, la Federación Nacional de Asociaciones Femeninas de Cuba, las Damas Católicas, la Asociación de Emigradas Revolucionarias y el Partido Nacional Sufragista, entre otras. Una gran cantidad de grupos políticos, desde los conservadores que apoyaban a Machado hasta los más progresistas, organizaron almuerzos y charlas con las integrantes del NWP. En uno de esos almuerzos, las mujeres del Club Femenino ovacionaron a Stevens, quien habló en inglés, pero contó con la ayuda de una traductora, para alabar los exitosos esfuerzos de las feministas cubanas en la promoción de los derechos igualitarios. En el gran encuentro llevado a cabo en la Asociación de Reporters, Stevens describió el Tratado de Igualdad de Derechos como parte de un esfuerzo mayor a favor de la justicia interamericana y resaltó que estaba naciendo un nuevo código internacional que deseaba hacer del hemisferio un mundo nuevo para hombres y mujeres, no sólo en la teoría, sino en los hechos. Para recalcar su mensaje, agregó que ninguna nación y ningún continente podían a negarles sus derechos, ya que eran derechos humanos.101
Ofelia Domínguez, que se había mudado de Santa Clara a La Habana en 1927, estaba en el corazón de estos acontecimientos. Reconocía al Tratado de Igualdad de Derechos como el triunfo de la resolución del Congreso de Panamá impulsada por ella y González en 1926, por lo que ejerció presión sobre el presidente y los delegados de la conferencia para que les permitieran a las mujeres presentar sus demandas en la sesión plenaria.102 Ofelia también hizo campaña de apoyo para las feministas del NWP y explicó en un artículo: “No ha sido una ‘arrogancia’ [...] la petición seria y razonada que han presentado a la vi Conferencia la señora Smith y la señorita Stevens.” Ellas eran, agregaba, un “grupo generoso de mujeres” comprometidas con “la liberación de la mujer de todo el continente”.103
La conexión entre los derechos igualitarios de las mujeres y los de las naciones se transformó en un hecho incuestionable el 28 de enero de 1928, un día nublado en que más de 200 mujeres se manifestaron en el aniversario del nacimiento de José Martí, fundador del Partido Revolucionario Cubano, héroe de la liberación cubana y uno de los primeros defensores de la solidaridad antiimperialista interamericana.104 Una mujer cubana y una estadounidense encabezaban la marcha, sosteniendo cada una la bandera de su país, en dirección a la estatua de Martí en el Parque Central de La Habana. Detrás de ellas, las mujeres avanzaban cargando los estandartes de sus agrupaciones: la Federación Nacional de Asociaciones Femeninas de Cuba, el Club Femenino, el Partido Nacional Sufragista y la Liga Patriótica Sufragista, entre otras. 21 mujeres llevaban vendas azul celeste sobre el pecho con los nombres de cada una de las repúblicas de América. Más atrás iba Stevens, sus compañeras del partido y una mujer que llevaba una pancarta con una cita de Martí: “La mujer [...] debe tener el mismo derecho de votar que el hombre tiene.” La marcha, que se extendía durante unas cuantas manzanas, acababa con una gran pancarta con otra cita de Martí: “En la justicia no cabe demora, y el que dilata su cumplimiento, la vuelve contra sí.” Después de que una de las mujeres depositara una impresionante ofrenda a los pies de la estatua del héroe cubano, un hombre contratado por el NWP soltó 2 mil palomas mensajeras como símbolo de la paz interamericana.105
Esta entusiasta manifestación fue la culminación de los esfuerzos de las mujeres para ejercer presión y extendió las conexiones entre el movimiento feminista panamericano en ciernes y el legado antiimperialista de Martí. A pesar de que los representantes de Estados Unidos continuaron negando su apoyo a las audiencias de las mujeres, numerosos delegados latinoamericanos y, en ocasiones, delegaciones enteras hicieron efusivas declaraciones a favor de abrir a las mujeres algunas sesiones no oficiales durante la conferencia.106 Este apoyo también descansaba en el trabajo de base llevado a cabo durante los últimos años por Paulina Luisi, Clara González y Ofelia Domínguez Navarro. Jacobo Varela, presidente de la delegación uruguaya y ex embajador de Uruguay en Washington, quien en la Conferencia de Baltimore de 1922 había promovido la visión del feminismo panamericano de Paulina Luisi y Baltasar Brum, presentó una moción para darles audiencia a las mujeres. Uno de sus principales defensores fue Ricardo J. Alfaro, jefe de la delegación panameña, que había recibido una petición de Clara González.
El acusado rasgo antiimperialista de la conferencia aceleró de manera crítica el apoyo latinoamericano. Las delegaciones de Argentina, México, Guatemala, Panamá, Cuba, El Salvador, Costa Rica, Paraguay y Nicaragua —muchas de las cuales habían defendido políticas antiintervencionistas que sólo consiguieron ser revocadas por la delegación estadounidense— se decidieron a impulsar las iniciativas feministas. Aprovechando la frustración de las ilusiones en los políticos, Stevens ejerció presión sobre ellos para que les concedieran audiencia, lo que reforzó la idea de que apoyar el feminismo sería un desafío al gobierno de Estados Unidos y que la falta de apoyo a los derechos de la mujer era parte del control que ejercía sobre América Latina. El 4 de febrero, el jefe de la delegación argentina, Honorio Pueyrredón, se enfrentó con audacia a Estados Unidos al señalar que toda intervención diplomática o armada, ya fuera temporal o permanente, era un ataque contra la independencia de los países que violaba los derechos igualitarios de las naciones.107 Éste era el tipo de desafío a la autoridad que la delegación estadounidense había temido, por lo que Hughes se apresuró a revocar la propuesta de no injerencia de Pueyrredón. Poco tiempo después, éste secundó de manera individual la audiencia para las mujeres, por lo que se les permitió hablar en la conferencia unos días más tarde.108
En una de sus cartas, Jonathan Mitchell, compañero sentimental de Stevens, aplaudía el éxito de Doris y la animaba a aprovechar al máximo el discurso de ataque contra Estados Unidos por parte de Pueyrredón para que ella también criticara a su país. La instaba a jugar con los múltiples significados de la palabra soberanía y a que subrayara que, aunque Estados Unidos promovía el reconocimiento de las mujeres como iguales, les negaba muchas oportunidades, de la misma manera que hacía con su supuesta acogida a los socios panamericanos y latinoamericanos. Si conseguía exprimir al máximo el negocio de la soberanía, agregaba Mitchell, el carácter de la sesión pondría eufóricos a los latinoamericanos, lo que serían muy buenas noticias.109
Fue así como Stevens, en su discurso del 7 de febrero de 1928, desde el escenario de la suntuosa aula magna de la Universidad de La Habana, proclamó el poderoso vínculo entre las naciones latinoamericanas que se rebelaban contra los mandatos sobre cómo actuar por su propio bien y las mujeres que se rebelaban contra los hombres por el mismo motivo. En ambos casos, agregó, protección significa control, no igualdad. Con los escudos de armas de las 21 repúblicas americanas en la pared detrás de ella y con la ayuda de un diplomático chileno que hacía de traductor, Stevens afirmó que las mujeres ilustradas se habían rebelado contra actos llevados a cabo por su bien. Agregó que ya no querían más leyes escritas por su bien sin su consentimiento, que tenían el derecho de dirigir sus destinos junto con los hombres.110 También hizo una alusión explícita a las calumnias que había lanzado Catt contra las mujeres latinoamericanas e indicó que éstas las resentían y renegaban de cualquier tipo de superioridad y que no creían que los hombres estadounidenses debían ser tiernos protectores de las mujeres latinoamericanas.111
Las otras siete mujeres que se dirigieron al pleno también establecieron lazos entre la igualdad de las mujeres, en lo laboral y jurídico, y la igualdad y la justicia interamericanas.112 Julia Martínez, feminista y médica cubana, se dirigió a una sala atestada con más de 2 mil personas para subrayar la conexión entre los derechos de la mujer y la soberanía de Cuba. Lanzó al público una pregunta: ¿qué significado tenía la soberanía para Cuba si las mujeres no tenían derechos igualitarios?113 Muna Lee de Muñoz Marín, miembro estadounidense del NWP, casada con Luis Muñoz Marín, editor puertorriqueño proveniente de una prominente familia de políticos, comparó de manera explícita la situación de dependencia de las mujeres con la dependencia de Puerto Rico. En su discurso dijo que a las mujeres se les daba todo hecho, menos la soberanía; se las trataba con mucha consideración a excepción de considerarlas como seres responsables. Señaló las similitudes entre la dependencia de las mujeres y la de Puerto Rico, calificándolas como anomalías legales.114 Pilar Jorge de Tella proclamó un feminismo por la justicia en su discurso en representación no sólo del Club Femenino, sino de las mujeres trabajadoras del gremio de despalilladoras, la organización de trabajadoras de mayor envergadura en Cuba, que representaba a unas 1 500 mujeres, muchas de ellas afrodescendientes. El País señaló: “Por primera vez una organización femenina de carácter obrero ha estado representada en un acto de índole sufragista.”115
También era la primera vez que habían participado mujeres en una conferencia intergubernamental para hablar a favor de sus derechos. A pesar de sus apasionados alegatos, sólo un puñado de delegados votó a favor del Tratado de Igualdad de Derechos; sin embargo, la conferencia aprobó el establecimiento de una organización intergubernamental dedicada al estudio y la promoción de los derechos de la mujer, la primera de su tipo.116 Doris Stevens presionó para que se estableciera en La Habana, insistiendo en que la resolución de Soto Hall de 1923 reclamaba un organismo de estas características.117 Esta Comisión Interamericana de Mujeres consistiría en una mujer delegada de cada país del hemisferio occidental y tendría una oficina en la sede de la Unión Panamericana en Washington.
Las feministas tenían la esperanza de que esta comisión uniera a las mujeres de toda América y continuara la lucha por el Tratado de Igualdad de Derechos. Cuando el Club Femenino organizó un almuerzo de despedida para las mujeres del NWP, Doris Stevens anunció que las mujeres del continente nunca abandonarían los vínculos forjados en La Habana.118 Le contó a Alice Paul que ya sentían el estrépito de algunos delegados, llenos de entusiasmo, por volver corriendo a sus países para lograr que se mejoraran las leyes nacionales antes de que el temible tratado llegara a comprometerlos.119
De regreso a Estados Unidos, las mujeres del NWP sacaron el máximo provecho de su campaña en Cuba. Se presentaron a sí mismas como una fuerza rebelde que había invadido la conferencia para formar la CIM. Muna Lee publicó un artículo en The Nation, en el cual proclamaba con orgullo que la sexta Conferencia Panamericana había dejado afuera a Sandino, pero había dejado entrar al Woman’s Party de Estados Unidos.120 Doris Stevens anunció que en La Habana había nacido el feminismo internacional.121
Ofelia Domínguez Navarro también albergaba grandes expectativas respecto de la CIM. Algunos meses después de la creación de la comisión, Domínguez se hizo líder de un nuevo grupo local, la Alianza Nacional Feminista, que aglutinó a una serie de organizaciones en un amplio frente unitario por el voto, transformándose en uno de los grupos feministas más influyentes de Cuba. Una integrante recalcó que el activismo en la conferencia panamericana había sido el catalizador del grupo y agregó que había sido un hito en la historia del feminismo, al contribuir más que ningún otro evento a que las mujeres cubanas se dieran cuenta de sus carencias. Agregaba que muchas habían escuchado las fervientes palabras de mujeres de distintos países, lo que les había inspirado confianza en un futuro que sólo se alcanzaría mediante la acción conjunta, lo que para muchas supuso una revelación.122
Ofelia Domínguez sabía que ella y Clara González habían ayudado a encender la chispa de este despertar. Su exigencia de un apoyo supranacional por los derechos de la mujer en el congreso de Panamá en 1926 allanó el camino hacia las colaboraciones feministas que tuvieron lugar en La Habana unos años más tarde. En 1929, Domínguez utilizó este impulso interamericano para hacer campaña a favor del sufragio. En su discurso en el palacio presidencial de La Habana dijo que dar entrada a las mujeres en la vida política de la nación ayudaría a asegurar su soberanía y lo que llamó derechos humanos de las mujeres.123 Su deseo era que la Comisión Interamericana de Mujeres contribuyera a hacer realidad estas demandas.
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