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Tal vez lo más interesante de los jeroglíficos egipcios sean los signos ideográficos; por ejemplo, un muro inclinado representaba la acción de caer; un instrumento musical, el placer y la alegría de vivir; el firmamento era un tablero y debajo de este, una estrella. En casi todos los jeroglíficos había pájaros, y según estos miraran, así se leía, normalmente de derecha a izquierda. Además de grabados y esculpidos, los escribas dibujaban en papiros con tinta. El papiro es una planta que puede alcanzar los ocho metros de altura. En Londres, en el Museo Británico, además de la piedra Rosetta, tienen un rollo de papiro de casi cuarenta y un metros, descubierto por un tal Harris y que trata sobre los triunfos de Ramsés III.
Este papiro no se lo enseñan a casi nadie.
En La Habana parece amanecer muy temprano y enseguida hay ruidos y gritos de niños que van a la escuela. También se oyen motos, carros petardeantes y carretillas. Los vecinos se llaman muy a menudo a voces. Aunque es pronto, ya hace calor. Desayuno en la cocina con Mudín mientras oigo las conversaciones de la calle, y luego salimos a dar una pequeña vuelta al parque, y regreso pronto, pues me voy enseguida a trabajar. Subo una cuadra y desde el borde de la acera hago la señal convenida hasta que alguno de los viejos carros de los años cincuenta se detiene y entonces pregunto al chófer si va en mi dirección. Dentro, aunque son las siete y media de la mañana ya la música es atronadora; cuatro personas muy serias, con cara de sueño, me dan los buenos días y nos vamos entre una nube de humo negro hacia Miramar.
El jardinero y custodio, que se llama Máximo, me recibe cada mañana barriendo el trozo de acera que está delante del edificio con un escobón tan viejo como él. Todo está lleno de hojas de los árboles, de papeles, de latas y algunos cartones. Patricia suele llegar un poco más tarde, así que mientras hago un poco de limpieza sobre la gran mesa del despacho rompiendo, apartando, clasificando y colocando documentos. Las cubanas dicen que me oyen tararear. Luego me tomo otro café de una cafetera que tenemos en la pequeña cocina con Taymí, que le añade al menos tres cucharadas de azúcar a la taza. ¿Para qué nos vamos a engañar?, Taymí es muy negra, está muy gorda, ríe mucho, yo la encuentro muy graciosa, muy cómica como dicen aquí. Habla mucho por teléfono con su madre, con sus hermanas, con su marido, y siempre se trata de resolver. A mí me llama Violetita, la flor de España.
Ahora ya no hay dioses en los hogares, o tal vez sí, pero existieron los llamados lares, espíritus, así como los Manes, los Penates, los Genios y los Lémures. Naturalmente, vivían en Italia entre los latinos, los sabinos y los etruscos, y no hace tanto tiempo. En un principio eran protectores de los campos de labor, de los cultivos de la campiña, custodes agri, y vigilaban los cruces de caminos, hasta que además se trasladaron y se integraron como guardianes y benefactores de las familias en sus hogares.
El lar familiar custodiaba en depósito un tesoro oculto, hasta que llevado de su generosidad decidía revelar su existencia a quien lo merecía.
Lar también es hogar, llama, candela. Después de una vida nómada, el labriego volvía a su morada. En los campos, en las casas rústicas, los lares se hacían en madera, laudentes, bailarines. Al salir de viaje y al regresar, al partir a la guerra, los hombres se encomendaban a los lares agrestis, familiares de Silvano y de Príapo, cuyo emblema era el falo, el guardián de los campos. Al volver, el padre de familia, rodeado de sus hijos y servidores en las casas pudientes rezaba la oración de la mañana, sentados todos en largas bancas de madera, después del desayuno, consagrando la mesa y la sal. Los dioses se encontraban en el sacrarium, pintados en el muro o en forma de estatuas.
Los lares se representaban como adolescentes, con un cuerno de la abundancia en una mano y cimbreándose sobre las puntas de los pies. El soldado, tras las guerras crueles, colgaba sus armas frente al altar; el que había estado preso, su cadena; y las mujeres recién casadas, al entrar al hogar de su marido, colocaban una moneda, un as, sobre los lares y otra en el cómpito o altar de las encrucijadas, donde los campesinos al terminar las faenas del año acudían a ofrecer los yugos rotos. Allí se erigían las capillas, las edículas, en las separaciones naturales de las tierras de labor a las que acudían los trabajadores, cerca de las fuentes públicas, en los límites.
Hemos olvidado los manes, los penates, los genios y los lémures. Los primeros eran almas de muertos, benévolas, clementes. Creaban el rocío matutino y tenían que ver con los manantiales. Se les ofrecía vino, miel, leche, flores. Sus fiestas eran la Rosaria y la Violaria, por la rosa y la violeta. Estas almas benefactoras se dan a aparecer el día 24 de Agosto, el 5 de Octubre y el 8 de Noviembre.
Los penates son los verdaderos dioses del hogar, los que surten la despensa, los poderes invisibles, y se representan como dos jóvenes sentados. «Llevarse los penates» significa cambiar de domicilio.
Con la persona nacen los genios para preservar su existencia. Es la fuerza divina que engendra, que da vigor, la conservadora de la estirpe. Los genios presiden las bodas, las uniones nupciales y la fecundidad. En la Antigüedad a la unión de los dos sexos se la llamó genialis, abundancia, alegría, felicidad. Los romanos juraban por su genio, indulgere genio, ceder a la tentación, sobre todo a la bebida. Su símbolo es la serpiente.
Hay otros fantasmas de los muertos menos indulgentes y más molestos, los lémures. Son sombras, duendes, casi espectros. Se aparecen los días 9, 11 y 13 de Mayo, días nefastos en los que no debe uno casarse. Por la noche el padre de familia sale descalzo y a medio vestir de la casa, se lava las manos en una fuente y castañeteando los dedos para llamar a los fantasmas, vuelve la cabeza y arroja habas negras, repitiendo nueve veces: «Por estas habas me rescato yo y los míos», o también, «Por medio de estas habas nos comunicamos yo y los míos». Hace sonar un vaso de bronce y conmina: «Manes de la familia, salid, sombras de mis antepasados, marchaos».
Hay otros espíritus malvados, las larvas, pero hoy no hablaremos de ellas.
Vamos a colocar el altar con un lar en el centro entre dos penates, tres muchachos coronados de flores que levantan en una mano el ritón, el cuerno para beber, y en la otra mano una copa o pátera. Ahora les ofrecemos vino, incienso, guirnaldas.
¡Salud!
En la oficina todo se va en gestiones, problemas, compromisos, resoluciones y ordenador; a las doce salgo un rato al jardín, bebo agua y voy a tocar el árbol majestuoso que siempre da sombra, no sé cómo se llama. Máximo me dice con su boca de dientes torcidos que es un flamboyán, y que en Mayo o en Junio ya veré qué flores rojas tan hermosas; es un hombre muy viejo, muy negro, muy delgado. Siempre me pone un dedo, solo uno, sobre el hombro, y se coloca a mi lado para mirar las ramas, así que formamos una pareja que mira en la misma dirección, pero sin estar enamorados. Vuelvo adentro y él se lleva la carretilla, el machete y el escobón al cobertizo, donde hay una bicicleta con una sola rueda. Patricia me mira y se ríe. Creo que tengo hambre; esta tarde haré cenas para dos o tres días. Me parece que los cubanos nunca salen fuera de sí mismos, yo sé lo que quiero decir, una parte de mí también es así, como algo bueno o algo malo.
He estado pintando mi casa, la dueña me dio permiso y me rebajará un poco la renta este mes, y como solo he encontrado pintura de color crema, la cocina comedor y el dormitorio están de ese color. El fin de semana me entretuve con el cubo y la brocha. Patricia me trajo dos cuadros en los que se transparentan hombres y mujeres desnudos muy elegantes, y los colgamos sobre el sofá y quitamos dos de paisajes con volcanes y canoas.
Creo que hasta Mudín tiene manchas de pintura, pero me ha quedado muy bien, la casa parece más grande y más acogedora. Riego las plantas del jardín constantemente, y ahora ya puedo ver el televisor sin niebla, tuve que comprar un aparato después de hacer una cola de más de una hora. Hay que tener paciencia, todo el mundo quería colarse, y hacía mucho calor. Patricia y otros amigos quieren ir de viaje a algunas playas lejanas del oeste, y estamos buscando algún lugar al que se pueda llegar el viernes por la tarde, a última hora.
El embajador de la casa de al lado hizo amistad con nosotros, quiero decir con Máximo y conmigo. Después de comer nos llevaba café recién hecho en un termo metálico. Es un hombre mayor, yo creo que tiene más de setenta años. Nos dijo que en la embajada había poco que hacer, y que lo poco lo hacía una secretaria, que en su país las cosas iban de mal en peor, que querían sustituirlo y puede que meterlo en la cárcel, que él era feliz a su manera; también nos dijo que había estado casado, pero ya casi no recordaba a su mujer, que sí, que creía que la había querido, pero ahora ya no quedaba nada, que se encontraba mucho mejor solo. Para este hombre que fuma unos habanos muy delgados, solo el arte y la belleza y también la sabiduría hacen que la vida valga la pena. Vive en la parte de atrás de la embajada y allí tiene una piscina y un huerto con árboles tropicales; en La Habana lleva cinco años y antes había estado en al menos siete países diferentes, en Costa Rica, en España. Máximo, que es aún más viejo, lo mira a veces como se mira a un hijo descarriado, sin soltar el escobón.
El embajador se dedica durante el día a leer y a escribir, a escuchar música y a resolver algunos asuntos importantes; a partir de las seis se sienta en un sillón de mimbre oscuro que tiene en el jardín umbrío y bebe ron y fuma mientras atardece y aumenta el ruido de los pájaros. Más tarde, Máximo, que tiene una pequeña vivienda dentro de la empresa, abre una puerta metálica interior que comunica las dos mansiones y se sienta a su lado y le cuenta sus aventuras en la Sierra Maestra y cómo fue que llegó a La Habana.
Todas vienen de la palabra latina somnus: en francés, sommeil, sonno en italiano, sleep en inglés, schlaf en alemán; los portugueses tienen saudade y somno, y sueño los españoles y los que hablan en castellano.
Parece ser que en el Mundo Antiguo también se dormía en horizontal, aunque con menos comodidad y no sabemos si con más paz; sobre una esterilla, sobre la paja o en el duro suelo, en el fondo de la barca cuando se navegaba y en la guerra en medio del campo, con la lanza a un lado, envueltos en algún manto y con una piedra apropiada como almohada.
El sueño es importante, sobre todo el que se tiene en el primer tercio de la noche: son los dioses los que nos están contando algo. Dicen que las liebres nunca duermen o lo hacen con un sueño tan ligero como un velo. En cambio, Adán durmió tan profundamente, tan inconscientemente que no se dio cuenta de que de una costilla suya surgía su deleite y su tormento. Dormir no es lo mismo que acostarse, sobre todo con alguien; en la Biblia figuraba la palabra sâkab, dormir, pero más bien es semejante a vâda, conocer, y yuâgar, acercar.
Un gran intérprete de sueños es José, el hijo de Jacob, que en la cárcel descifró los sueños del copero del faraón y de otro funcionario. Tuvieron que llamarlo porque el soberano soñaba con vacas gordas y con vacas flacas. Esto sucedió en el año 1700 antes de Cristo. José había sido vendido como esclavo por sus propios hermanos por veinte monedas de plata, así es la vida.
Las personas dormidas, generalmente, están indefensas. Para protegerse se creó el albergue, para hallar resguardo, amparo. No es una palabra de origen árabe, sino germana, herbergen, albergar, acoger. Los lusitanos se echaban a la siesta antes de guerrear con los romanos, y los indígenas americanos preferían mejor estar sentados que en pie y tumbados mejor que sentados.
También les diré cómo se acostaban y se acuestan, a lo largo de la historia, en algunos pueblos y en otros: se puede dormir acurrucado para evitar los ataques y escapar de la intemperie, junto a los demás individuos para darse calor, incluso sobre las cenizas del hogar, como al parecer se hacía en Castilla la Vieja o en León y entre los egipcios, los alemanes y los eslavos. No nos importa nada que las personas estén separadas por sexos.
Aunque se duerma en el suelo, se puede utilizar un banquillo para la cabeza. Debajo del cuerpo podemos usar cortezas de árbol, pieles, petates, o bien dormir con el balanceo de la hamaca. Tiras de palma o de algodón prensado sirven para no hacerse tanto daño. Uno de los lechos más antiguos es el catre, en el que se dormía por la noche al este de los Andes. Además, están la hamaca, la tarima baja, la plataforma de barro con almohadones, el diván, el banco de madera, las esteras de bambú.
En países en los que hace mucho frío en invierno, se puede colocar una tarima sobre la estufa; en las novelas rusas, los campesinos ateridos duermen junto a la chimenea. En Hungría y en los Balcanes se dormía detrás del fogón, los pastores en el pajar, y en Francia, en Auvernia y en Limousin, en un armario de dos alturas.
Una vez dormidos, si soñamos con la muerte, no tenemos que asustarnos, alguien se va a casar en la familia; los pliegues de la almohada no deben estar hacia arriba, así no se duerme tranquilo. Para dormir bien se pone bajo la almohada una pequeña bolsa con lirios del valle y hojas de violeta; también es bueno dar tres golpes con el dedo gordo del pie sobre la cama antes de acostarse. Si conoce usted a alguien que habla en sueños, lo mejor es darle un golpe en la boca con el mango de un peine. Se ha comprobado que los sonámbulos suben por las paredes y cruzan por los alambres; lo mejor es que pueden leer las cartas sin abrir el sobre y saben el dinero que hay sin contarlo en cajas cerradas con llave.
En la Toscana, las muchachas debían rezar a san Agustín, y en sueños veían a tres jóvenes a los pies de la cama; no, ese no, ese tampoco, el que está en el centro será tu marido.
En todo sueño, según Freud, hay un contenido manifiesto y unas ideas latentes, alusiones, símbolos que crea la psiquis inconsciente.
El dios del sueño es Hipnos, el hermano de la muerte. Es un joven que está de pie con los ojos cerrados y la cabeza inclinada y porta una antorcha vuelta hacia abajo.
Durante algunos días no me encontré muy bien; me parecía que el trabajo era bastante repetitivo y que no mejoraría mucho. Desplazarse por la ciudad requería mucho esfuerzo, y estaba empezando a hacer calor. En mi casa alquilada surgían diariamente problemas de menor importancia que me desanimaban: grifos que goteaban, puertas y ventanas que no cerraban, y la corriente eléctrica que se iba durante bastantes horas.
El trato con los cubanos no mejoraba gran cosa; existían algunas barreras difíciles de saltar, llegué a pensar que nadie era sincero conmigo. Me desesperaban los infinitos prolegómenos hasta para servir una cerveza caliente, las excusas, la actitud siempre negativa: «no», «nunca», «no lo sé», «no se puede», «aquí no es», «antes sí», «depende». Cualquier demanda, por sencilla que fuera, era un camino lleno de obstáculos. En las tiendas se palpaba una actitud por parte de los empleados que claramente esperaban que el cliente desapareciera cuanto antes. El acoso masculino, vulgar, grosero y estúpido me ponía de los nervios. Estaba cansada, algo confusa. El simple hecho de tener que acarrear agua embotellada, pues en La Habana no se puede beber agua corriente si no es hervida, me suponía un contratiempo; eso, cuando la encontraba. No quería depender de nadie, lo peor es que estaba llena de picaduras de mosquitos y no dormía muy bien.
Menos mal que con Patricia y unos amigos nos fuimos a buscar playas vírgenes y alojamientos remotos; el campo cubano resultó ser para mí completamente diferente a la capital: la primavera era lluviosa y había inmensas oleadas de laderas verdes llenas de palmas reales en el horizonte. Los pueblos parecían desordenados, pobres, y las carreteras estaban llenas de gente en carro tirado por un caballo, en bicicleta, andando por las cunetas con niños en brazos. Otros muchos dormitaban en los porches desvencijados mientras corrían las gallinas, los pavos y los perros y merodeaban en el cielo las tiñosas. El conjunto era una mezcla de chaparrones, frenazos, campesinos con machete y sombrero, mujeres muy gordas despeinadas, niños tirando del ramal de un potro junto a la escuela, camiones con la caja descubierta llena de muchachos y muchachas gritando. Me gustó.
Encontramos una playa solitaria, inmensa, lejana, con caminos de flores rosáceas que llegaban hasta el agua verde; no había mucho oleaje, pero sí una corriente continua, rizada y con un ruido permanente. Vimos rocas extrañas, con dibujos, de formas caprichosas, y maderos negros enterrados. Allí se acababa el mundo.
La dueña de la casa en la que dormimos nos habló de cocodrilos, de ciénagas, de avenidas y ciclones sucios, de pájaros; la humedad era como una camisa remojada. Luego llovió sobre la playa mientras nadábamos y por encima de los árboles desparramados, sobre el manglar. Me di cuenta de que tenía mucha sed, mucha hambre y de que tenía todo el cuerpo muy moreno, tal vez quemado.
Otros días fuimos a Sábalo y a San Luis y a Pinar del Río y a Viñales y al cayo Jutías y a varios lugares más entre las montañas. Me hubiera gustado que Patricia hubiera seguido conduciendo mucho más tiempo, pero regresamos a La Habana en un atardecer eterno; las mismas personas que esperaban la guagua el día que llegué a Cuba estaban en las mismas paradas, con cara de sueño, pero también de dulzura.
Un levir es un cuñado en latín, un hermano del marido. En algunas sociedades se acostumbraba a obligar a algunos hombres a casarse con la mujer de su hermano cuando este moría sin descendencia, al menos de varón. Cuando los nuevos cónyuges tuvieran hijos, el primogénito se consideraría hijo del difunto y se le impondría el nombre de este.
Un sociólogo inglés, Mc Lennan, afirma que el levirato ocurre en sociedades con propiedad privada y donde los hijos heredan los derechos de sus padres. Parece que en tiempos lejanos fue habitual el matrimonio de varios hermanos con una mujer. El autor de La rama dorada, Frazer, habla también del sororato o costumbre que facilita e incluso obliga a una mujer a casarse con su cuñado, esté su hermana viva o haya fallecido. Otro investigador, Flach, piensa que el alma del muerto es la que pasa a su hermano y revive después en el hijo póstumo. Otros creen que todo se debe a un ansia de inmortalidad, y para ello hace falta que exista un hijo varón del mismo nombre.
Entre los judíos el levir debía esperar al menos tres meses después de la muerte de su hermano, según se dice para evitar la confusión de sangres si la mujer quedaba encinta. Si al hombre no le agradaba de ninguna manera su cuñada o no quería casarse con ella, había de pasar por la humillación de ser descalzado por esta y escupido en la cara delante de los ancianos.
La relación de propiedad puede explicar también otra figura que existió en la India, el niyoga. Para evitar la extinción del nombre familiar, la mujer se une con uno de los parientes del marido, en vida de este. El hijo fruto de esta nueva unión es el sapinda del marido de la mujer. ¿Qué es el sapinda? Existe un código llamado de Manú en el que se dice que «cuando muera un hombre sin hijos, su mujer debe asegurarle un descendiente con su hermano o con otro de sus sapindas». En el silencio de la noche se acercará a la casa de la mujer y allí dormirá con ella hasta conseguir engendrar un hijo. Entiendo que el sapinda es un pariente cercano al marido, aunque no necesariamente hermano de sangre.
El levirato, en cualquier caso, sería una herencia de otro matrimonio en el que un grupo de hermanos se une con otro de hermanas. Esta teoría, conocida como Punalúa o Puñalúa, pertenece a Lewis Henry Morgan, en un principio abogado estadounidense del siglo xix que se convirtió en sociólogo y etnógrafo eminente; abandonó el este y fue a vivir con los nativos americanos iroqueses. Allí se dedicó a estudiar su organización social, sus costumbres y sus creencias religiosas. En 1851 publicó The league of the iroquois. Morgan, al igual que Bachofen y Mc Lennan, creía que en un principio no existía la familia patriarcal, sino la horda, el matrimonio por grupos o comunista. La promiscuidad era lo habitual en las relaciones entre los sexos, y eran las mujeres las que establecían el parentesco por medio del matriarcado. Después de esto se establecen a lo largo del tiempo cinco tipos de familia, a saber: consanguínea, punalúa, sindiásmaca, patriarcal y monogámica.
Punalúa es una palabra hawaiana que significa «querido amigo» o bien «compañero íntimo» dentro de una relación en la que un grupo de hermanos se une con otro de hermanas.
Se llevaron al jefe a España, con lo que Patricia y yo quedamos como encargadas de la delegación; claro que eso es lo que hacíamos antes, pero el sueldo subió un poco. Cambiamos algunas cosas, y los cubanos se removieron en los asientos. Incluso tuvimos que despedir a uno, discretamente. A Máximo le compramos una podadera nueva, un cubo de plástico bastante grande y una escalera metálica, además de subirle un poco el sueldo: siempre dice que me quiere mucho.
Se hablaba de una crisis inminente del turismo en la isla, la verdad es que algunas cosas no iban muy bien, pero la empresa seguía teniendo beneficios, nosotras hacíamos todo lo posible. Una nueva ilusión se apropió de mí por conocer gente nueva, por visitar otros lugares, por hacer cosas que antes no me hubiera planteado. La soledad relativa me entristecía en algunos momentos, pero también me daba satisfacciones. Además, en muy poco tiempo vinieron a verme dos amigas y un amigo, y también vino mi hermana, con lo que siempre había gente en la casa. Marisol me dijo que me encontraba muy bien, que me veía contenta, que qué tal los cubanos, que si era cierto que el trópico era realmente caliente.
Les enseñé a todos La Habana Vieja, Centro Habana, Casablanca, las bodegas donde aún se compran los huevos con cartilla, las panaderías, los agros, las farmacias y la calle Amargura, las iglesias, algunos museos.
Mi hermana todo lo registraba, lo preguntaba, intentaba comprenderlo, no es una mujer con prejuicios: hablaba mucho más con la gente que yo, pero me dijo que no, que nada de nada, pero que había algunas cosas que en otros países, en España, se habían perdido, pero que no había que ponerle nombre, que a ella no le gustaría vivir aquí, pero que entendía que a otras personas sí. Yo le contesté que claro, pero que era muy raro creer que siempre se estaba de vacaciones, aun en los días de mucho trabajo, que pensaba que era el mar, que el mar todo lo cambiaba y que también casi todo era nuevo.
Y al poco tiempo llegó el mes de Mayo que fue muy suave, muy dulce.
Cuando quise darme cuenta llevaba cinco meses en La Habana. Cortaron el tráfico del Malecón porque las olas del temporal del norte saltaban por encima de la calzada y llegaban a la acera carcomida de enfrente; todo estaba oxidado, las rejas se deshacían y se quebraban, como se deshacían las columnas y los capiteles y los balcones. Pinté la terraza de otro color y Mudín y yo subíamos todas las noches después de cenar viendo el noticiero del televisor. Logré empalmar dos cables largos y coloqué una pequeña lámpara junto a la barandilla para poder hacerle competencia a las luces de otras terrazas en las que cubanos y cubanas medio desnudos tomaban cervezas y ron.
Mirábamos las estrellas, y la luna aparecía cuando le daba la gana. Algunas noches leía Cumbres Borrascosas, leía a Borges y a Chéjov, que es el mejor, y a Raymond Carver y también historias de piratas y bucaneros y El guardián entre el centeno y a Alejo Carpentier, que me producía mucho sueño. Leí de nuevo Historia de dos ciudades y Guerra y paz, saltando páginas muy a menudo.
Luego me iba a la cama, sola, desamparada; Mudín me miraba con sus grandes ojos avellana hasta que me veía adormecida y después suspiraba. No sé si los perros piensan, y este además ni ladraba, pero ya estaba disfrutando por adelantado el momento en que yo despertara. En mis sueños habaneros hablaba con mi abuela, que era mucho más alta de lo que recordaba, o bien me veía de pronto con un niño pequeño recién nacido en brazos; creo que yo no era su madre. También tenía sueños excitantes, muy sensuales, y sueños de viajes en coches descubiertos, más bien camiones, como los que había visto por las carreteras de la isla, alegre, plena, eufórica, insensata, entre las montañas azuladas llenas de palmas reales y de ceibas, por los puentes y los pedraplenes en el mar hacia los Cayos, en el atardecer púrpura y brillante, sobre las rocas verdinegras y la arena embarrada.




