Innecesarios e imprescindibles

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Me quité la venda de los ojos. Es impensable lo poco que se puede llegar a saber de una persona, aunque se hayan pasado muchos años a su lado. Creo que fue Ernesto Sábato quien escribió que lo que hay detrás de una máscara nunca es un rostro, siempre es otra máscara. Eduardo utilizó permanentemente esas máscaras. A veces, yo veía cómo simulaba simpatía ante alguien a quien detestaba. Otras veces, se mostraba apesadumbrado por el dolor de una persona, aunque esa persona no le importara en absoluto. Para mí, eran naturales sus máscaras. Su vida de escritor lo obligaba a mostrar sentimientos falsos para ganarse el afecto de todos. Me parecía natural porque tenía en mi interior el convencimiento de que era sincero conmigo, que no utilizaba ninguna de sus máscaras… Estaba muy equivocada. Fue providencial el gesto de Mauricio de dejarme los diarios de Eduardo, tantos cuadernos que guardaba celosamente. Los hojeé con la curiosidad de saber qué decía de mí. Sus incertezas literarias que allí aparecían las había compartido conmigo en las charlas que manteníamos. Las rivalidades con otros escritores las conocía. Pasé las páginas buscando los sentimientos hacia mí. Hallé muchos apuntes sobre nuestra vida en común. En estas hojas he anotado unas pocas de sus consideraciones. Quiero leérselas para, de alguna manera, exhumar este resentimiento que me invade cuando paso los ojos por ellas. Tal vez, mostrarlas sirva para ahuyentar su fantasma… Durante la época en que vivíamos en Madrid, Eduardo escribe:
Virginia es una mujer con grandes limitaciones intelectuales. A veces me parece inútil hablarle de mis personajes. Creo que no entiende nada. Solo piensa en su soledad y en sus penas.
En los años en que yo hacía mi tratamiento de fertilidad, apunta:
El cuerpo de Virginia ha acabado por repugnarme. Pareciera que me vacío inútilmente. Sé que no quedará embarazada y el sexo es una tortura. Ya no deseo ni acercarme a darle un beso, antes de dormir, porque tal vez pretenda mantener relaciones y, a mí, a medida que pasan los meses, me cuesta más y más excitarme.
Hay varios apuntes sobre mí, en la época en que bebía y me hallaba en un estado de ebriedad permanente. En este apunte, algo más largo, dice:
La existencia le dio a Virginia muchas oportunidades de ser una mujer plena. Sus padres le ofrecieron estudios y una posición acomodada. Poseía belleza y elegancia, dos factores que me encantaron en ella en los primeros años. Junto a mí, ha tenido la cultura a su alcance. Y ahora qué queda de ella, es un trapo para el piso, un despojo, una mujer que envejece sumergida en sus borracheras. Me pareciera que todo su cuerpo huele igual que esas botellas vacías que se alinean en la cocina…
Y un último apunte para no cansarla con estas confesiones:
El cariño por Virginia se ha gastado. Hay días en que siento odio por ella. Pero existe entre ambos como una cadena que nos amarra. Tengo que mantenerme distante porque ella habla de su soledad, de sus problemas… Habla y habla. Y yo tengo asuntos más cruciales que sus conflictos de mujer insatisfecha. Mi literatura me exige máxima dedicación. Si yo hubiera sido un psicoanalista, podría ocuparme de sus banales crisis. Ella hace, de tanto en tanto, unas sesiones de terapia de apoyo. No creo que le sirvan de mucho. En definitiva, yo no soy su psicoanalista. Para mi suerte, soy escritor.
No vale la pena seguir leyendo. Le devolví los diarios a Mauricio. Ya sabía demasiado sobre Eduardo y sobre mi vida engañada. Que el albacea los publique. No me importa nada de mi marido. La venda ha caído y creo que empezaré a vivir mi vida, despojándome de su ego prepotente. Estoy convencida de que la egolatría era precisamente su debilidad. De allí sus inseguridades sobre cualquier crítica que pudiera considerar algo negativa… Ahora lo detesto. Al mismo tiempo, soy consciente de que debo eliminar este sentimiento. Quiero que los días y la distancia se encarguen de borrar mi gusto amargo en la boca. Distancia, sí. He decidido que venderé la casa y me volveré a Uruguay. Mi exilio estuvo ligado a él. ¡Toda mi vida estuvo ligada a él en el total convencimiento de que me quería! Parece imposible estar equivocada durante tantos años, pero así fue. Me ha sido muy útil leer fragmentos de sus diarios que son tan dolorosos para mí. Le agradezco la ayuda que me dio durante esta terapia. Prometo que volveré a hablar con usted. Espero hacerlo cuando mi interior esté más ordenado, cuando tenga más quietud. Ahora la indignación me sobrepasa. Uno no puede vivir con esta amargura dentro. Lo mejor será olvidarlo, si una lo consiguiera. Gracias por todo.

Apreciada doctora Mujica:
Ha pasado más de un año desde mi última charla con usted. En tales momentos, pensé que, quizás, no serviría de nada, pero la terapia de apoyo fue lo que me ayudó a cerrar algunas heridas.
Volví a Colonia del Sacramento, el lugar donde nací. Un día le conté un recuerdo de mi adolescencia. Recuperé aquí aquella sensación tan vieja. Estirada en la arena, junto al río bajo el sol de febrero, sintiendo la brisa de los árboles junto a los que estaba mi toalla, volví a sentirme feliz.
El río con sus aguas marrones está siempre presente cuando uno camina por esta ciudad. Aparece en las esquinas, en las aberturas que deja un callejón sin salida, detrás de los árboles de enorme altura, con largas ramas llenas de enormes hojas. No recuerdo haber visto en España un lugar donde la exuberancia de la naturaleza sea tan contundente. Me fascinan las fuertes tormentas de verano. El agua cae de repente con tanta fuerza que casi silencia cualquier otro sonido. Desde mi ventana veo acercarse las nubes henchidas de agua. Viajan sobre el río y descargan su lluvia bienhechora.
Por fin voy olvidando el resentimiento. Me ayuda esta gente que es mía. Me sorprende siempre, cuando salgo de compras, su gentileza proverbial. Si hago una pregunta, cualquier persona responde con cortesía, con serenidad y con buen humor.
Usted me ayudó con sus pocas palabras, con su silencio, con su capacidad para oírme sin juzgarme. Hoy recupero esta vida y siento que pertenezco a la ciudad y a este enorme río. Hay días en que tomo el ferry y atravieso los doscientos kilómetros que separan Colonia de Buenos Aires, el ancho estuario del río, y me sumerjo en la ciudad populosa. Luego vuelvo a la serenidad de estas calles.
Esta carta le testimonia que me siento bien, que a veces hay que perder, perder mucho, para hallar la sabiduría de la crisis. Los años que me quedan por vivir, que espero que sean muchos, los pasaré aquí, en este paraíso que había abandonado y que, en estos meses, he recuperado. Sobre el escritor, siempre estoy informada, especialmente, por las cartas que me envía Mauricio para consultarme algún punto oscuro de sus novelas. El hombre, Eduardo, por mi bien, se va paulatinamente borrando.
Le agradezco todo lo que hizo por mí. Sin saberlo quizás, usted me enseñó el camino hacia mí misma. Con todo el cariño, la saluda,
Virginia Miller
Eleven a. m.

Barcas en el lago Lemán
Suiza, 1967
Antoine
Nada de lo que yo haga conseguirá arrebatarla de su mutismo. Uno no llega a explicarse cómo el hecho de un instante puede despojarnos de la calma y la felicidad. Porque esto que vivimos no es calma. Cada hora posee el peso del acero, los minutos pasan como si el tiempo llevara colgadas pesadas cadenas. A veces me parece que los relojes se inmovilizan y los dos quedáramos detenidos, congelados en un cubo. Como si este salón se volviera vítreo y solo se moviera la gente que pasa fuera de este ventanal.
Cuando no estoy trabajando en la Bolsa, le hago compañía. Leo el diario, miro las acciones, la evolución de los mercados y sigo con las noticias políticas. Me gusta el diario del domingo que trae comentarios de novelas. Cuando éramos novios, Catherine y yo comenzamos a compartir el entusiasmo por cada nueva novela que leíamos… Y luego, ya casados, cuando vinimos a vivir a este piso de Lausana, nos regalábamos libros y nos íbamos a la cama, cada uno con su novela. Ella marcaba fragmentos para que yo los leyera después. A veces me leía en voz alta los párrafos señalados. Yo huía de mi mundo de números y cotizaciones y me sumergía en esas tramas que me hacían existir en una vida paralela, totalmente de ficción. Y me gustaba oírla. Ahora ya no lee. Le traigo libros de regalo, pero veo que se van apilando. No siente entusiasmo por casi nada. Como si su bienestar consistiera en estar dentro de sí misma recordando tres años, esos tres años en que fue inmensamente feliz. Después, todo eso se interrumpió con el accidente. Y yo me refugio en aquellos años en que leíamos a Camus y a Sartre, años en que éramos existencialistas y a ella le encantaba Todos los hombres son mortales, de Simone de Beauvoir y, tan jóvenes e inconscientes, hablábamos sobre el valor de la muerte, que una persona que viviera eternamente, como Raymundo Fosca, al cabo de los años no hallaría sentido a nada. Catherine decía que ser mortal nos permite valorar cada instante de nuestra vida porque esos instantes son irrepetibles. Me parece aún oírla pronunciando esas palabras o revindicando su condición de mujer después de devorar el ensayo sobre El segundo sexo. Aún no pensábamos que la muerte se metería en nuestra vida para mostrarnos que las ideas que defendíamos se volverían palabrería inútil y un instante, así como nos daba el gozo, podía traernos la más dura infelicidad.
El gozo era cierto cuando hacíamos el amor, hundidos en la cama llena de libros. Ahora todo aquello me parece lejano. Era hermoso verla marchar de casa cada mañana cuando iba a dar sus clases de literatura al instituto de Montreal o cuando yo volvía a la noche a cenar, deseando olvidarme de los mercados y las acciones, y encontrar que había dejado una hoja de libreta con una frase de Antonín Artaud o el fragmento de un poema de Jacques Prévert debajo de mi plato, como un obsequio, como una gratificación.
Así, yo a veces finjo leer el diario, pero me sumerjo en esos recuerdos. Pasan una y otra vez por mi cabeza aquellos momentos e intento recordar las frases que Catherine marcaba en una novela u otra. Y no sé qué hacer para arrancarla de su mutismo. Toca con un solo dedo la nana que antes cantaba. Oigo el sonido de las teclas y es como una acusación velada. Sé que no lo hace deliberadamente. Creo que no tengo demasiada entidad para ella. Su ensimismamiento es más fuerte que el mundo que la rodea, ese mundo donde existo yo. Compartimos durante horas este silencio y espero que tal vez ocurra algo que transforme la impasibilidad y la quietud en un nuevo destello de vida. Mientras espero ese acto mágico, sigo leyendo el valor de las acciones…
Catherine
Y si… Y si… Y si… Todas son frases condicionales. Posibilidades de que no hubiera ocurrido. Volver al instituto. A veces pienso que tal vez, si vuelvo a dar clases… Pero no. Nada me quitará esta desgana. Ni siquiera el piano. Aquellas horas de la tarde que pasaba tocando unas variaciones de Mozart o alguna Polonesa de Chopin. Creo que ya olvidé cómo se toca el piano. Simplemente repito la melodía de la nana sencilla y torpe. Fuera de los momentos en que compartimos la casa, casi no me doy cuenta de que Antoine existe. Le duele. No lo dice, pero le duele. No puedo evitarlo. Es como si mi interior estuviera cubierto con muchos abrigos, como si hiciera mucho frío en esta habitación, como si nada pudiera hacerme entrar en calor. Lo esencial es no pensar. Dejar las frases condicionales. Aceptar que las cosas son así y nada puede cambiarlas. El pasado es de granito. Un pedernal pesado y definitivo.
Hay días en que cojo de la estantería alguna nueva novela, de estas que Antoine me trae de regalo. Pero no puedo… No consigo sumergirme en ninguna trama. Todo me parece banal. La realidad supera la ficción. Esta frase que dije tantas veces en las clases. Hay días en que, a la mañana, me obligo a dar un paseo, pero no quiero ir al lago. Paseo por Lausana. Miro los escaparates de las tiendas. Me compro un vestido para justificar la caminata. Sé que no lo usaré, que quedará guardado en el armario como todos los otros. Ya no quiero salir. Si Antoine propone ir al cine, le diré que no y él aceptará mi negativa. No volverá a insistir.
Me siento aliviada cuando vuelvo del Bois-de-Vaux. Me parece haber estado cerca de él por una hora. Rezo unas oraciones y luego camino por entre los setos tan bien alineados. Parece que ponen cierto orden en mi mente. El cementerio es un consuelo.
Si no me hubiera quedado a dormir en casa de mamá aquel sábado… Su eterna migraña. Se metió en la cama. No quise dejarla sola. Me resisto a recordar los hechos, pero vuelven una y otra vez. Quise quedarme a cuidarla. La llamada telefónica a Antoine y su respuesta. «Quédate con ella, no hagas el camino de Berna a Lausana a esta hora. Mañana vuelves. Yo me encargo de Domi. No te preocupes. Iremos a ver las barcas al lago. En el periódico dice que será un domingo de sol».
Me sentí tranquila. A Domi le encantaba salir con Antoine. Iba dando esos pasos tan seguros siendo tan pequeño. ¿Por qué quise quedarme en casa de mamá? Ella me decía que no me necesitaba, que la migraña se le pasaría en una hora, que mi hijo y mi marido me esperaban en Lausana. Me despreocupé de todo. Me daba alegría atender a mamá, prepararme una pizza para cenar y dormir en mi cuarto de soltera. El destino me esperaba. «Duerme tranquila —me decía—, que mañana te daré el golpe de gracia». Aunque dicen que las madres siempre presienten lo que les ocurre a sus hijos, no intuí nada.
Recuerdo que dormí bien y aquel domingo mamá se levantó de buen humor. La migraña había desparecido. Desayunamos juntas. Y ya está. No quiero seguir pensando. Vienen imágenes reconstruidas a partir del relato que tantas veces repitió Antoine. Domi se soltó de su mano. Corrió hacia el muelle atraído por unas barcas. Antoine hablaba con un compañero de trabajo que iba a salir a navegar con su barca. No sé los detalles. Todo se vuelve confuso. Resbaló. Cayó. Imagino círculos en el agua. Su cabeza golpeó contra una barca. Tan pequeño. Y el viaje de regreso apresurado. Antoine trató de calmarme. No me dijo nada claro. Cuando entré en casa, me abrazó fuerte y lloró. Lloró y tartamudeó. No quiero volver a la imagen del cuerpo pequeño e inmóvil. No quiero pasar casi nunca por el lago, pero es inevitable. Me pareciera sentir las aguas del lago dentro de mí, engullendo a mi criatura. Y las ondas concéntricas y el oleaje cuando sopla viento…
Antoine
Lleva unos días con vómitos. Me tomé la tarde del jueves para llevarla al médico. Tal vez se dé ese acto mágico que invoco cada atardecer, cuando la veo tocar las teclas del piano. Hubiera preferido que el lago me arrastrara a mí, solo a mí. Llevo quince meses acusándome de mi descuido. Cuento los días, me digo que en el mes veinte desaparecerá el complejo de culpa, pero sigue allí. Tal vez otro podría arrancarla de su ensimismamiento. Sé que no la dejaré, aunque me ignore, aunque me acuse en silencio, porque el duelo lo vivimos juntos. Es una herida que compartimos. Deseo que un día, en el futuro, la herida se cierre y volvamos a ser como antes.
Catherine
No lo deseo. No quiero volver a ilusionarme. No quiero volver a cambiar pañales. No quiero vivir con el terror de que un instante maldito me lo arrebate. Y sigo con los vómitos. Me parece que hay algo que crece dentro de mí. No podré vivirlo con la alegría de la primera vez. Algo se cortó en mi interior. Definitivamente. Aunque desearía que no fuera así. Sobre todo, por Antoine, que sigue a mi lado, esperando que un día yo despierte de este sueño de más de un año.
Hoy quise ir al Bois-de-Vaux, pero algo me frenó. Intuí que tal vez ya no encontraría placer en caminar entre los setos. Estas tardes en que Antoine está en el trabajo, me siento libre, pero también me siento sola. Si llega otro, ¿qué nombre le pondremos? No quiero pensarlo. Quizás sea una niña. Me he puesto a hojear partituras. Hoy tengo ganas de tocar una polonesa de Chopin.
Room in New York

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