Cuando el fútbol no era el rey

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No es posible pintar la animación que reinaba entre aquella muchedumbre. Voces de entusiasmo, saludos cordiales, frases oportunas, cuentos chistosos, se cruzaban de carruaje á carruaje y de uno a otro departamento, revelándose en todos la mayor confi anza (...).
Desfilaban lentamente hacia el teatro de la contienda miles y miles de curiosos que á pie, á caballo y en carruaje de toda clase, desde el tosco carro de labranza hasta el elegante break arrastrado por hermosas yeguas.24
El Mercantil Valenciano, menos exaltado en su crónica, cifraba en unos 8.000 los espectadores que acudieron a Carcaixent y daba el número exacto de 755 pasajeros en el tren especial solicitado por el Casino de Cazadores.25 La tirada se desarrolló según las condiciones pactadas por ambas partes, y consistió en una variación del tradicional tiro al palomo conocido como joc lliure. Éste consistía, en un principio, en una apuesta entre el colombaire y el tirador, pacte rabiós, que enfrentaba la habilidad en la cría de palomos y la pericia para lanzarlos al aire del primero a la puntería del segundo, ya que el escopetero sólo pagaba por los blancos errados. En esta ocasión, la dificultad estribaba en la doble competencia que se establecía entre los tiradores de ambas ciudades y los respectivos colombaires. Los tiradores valencianos disparaban a los palomos lanzados por los colombaires de Gandía, y viceversa; y ganaba el equipo que lograse más aciertos, después de sumar los resultados de dos rondas: la primera por parejas, pacte a dos, y la segunda, por cada tirador, individualmente. El resultado defi nitivo fue de 30 aciertos contra 16, en favor de los representantes de Valencia.
De los participantes de Gandía, sólo consta el nombre; pero de los valencianos hay una breve descripción facilitada por Las Provincias. Encabezaba la delegación José de Ródenas, antiguo teniente coronel de Estado Mayor del ejército nacional y director de una «acreditada Academia preparatoria para carreras especiales». Su compañero era Bautista Salvador, «activo comerciante de granos, joven de barba corta y pelo ensortijado». Los suplentes eran los jóvenes Francisco Bru y Ricardo Beltrán, este último sería concejal por los liberales en el Ayuntamiento de Valencia entre 1901 y 1905. Los colombaires fueron el Llauraoret, y su suplente, Marianet.
Durante la competición, sólo hubo un incidente desagradable y que El Mercantil Valenciano relató de este modo:
Sabido es que los colombaires se valen de todo género de engaños para desconcertar al tirador, tanto que consiste su mayor ó menor mérito segun que sueltan con mayor ó menor dificultad los palomos de la mano. Pues bien, el Sr. Quiles hubo de incomodarse con el Llauraoret, y cuando éste se disponía á soltarle el segundo palomo de su pacte, le puso los cañones de la escopeta en el vientre dirijiéndole algunas frases inconvenientes. El público se indignó, y tras un momento de confusión siguió tirando el Quiles hasta obtener el resultado que queda dicho.26
Mientras que Las Provincias optaba por abreviarlo de la siguiente forma:
Debemos prescindir de algún incidente poco correcto que surgió con desagrado de las personas sensatas.
Para terminar resumiendo el enfrentamiento en tono elogioso:
En la inmensa mayoría del público hubo esquisita prudencia, huyendo de provocaciones y jactancias, que agriaran los ánimos, si bien fue de lamentar que se desoyesen los consejos de la autoridad que se proponían despejar el círculo del tiro para comodidad de todos. Faltan costumbres en nuestro pueblo para espectáculos de esta índole (...).
Entre hermanos hay apuestas, no hay luchas, y el resultado de ayer sólo debe servir para acreditar que todos los que tomaron parte en la competencia son buenos tiradores.27
No obstante, en los días posteriores surgiría una pequeña polémica, ya que un miembro del Casino de Cazadores de Gandía expuso en una carta pública que los valencianos habían ganado, no por ser mejores tiradores, sino por disponer de mejores colombaires y mejores armas. A este respecto, desde Las Provincias opinaron que:
Nuestro colega olvida, al decir esto que se pactaron las condiciones sin estipular calibre de escopeta, ni carga, ni otras de esas que llama condiciones normales, y además los tiradores de Gandía no solo admitieron al colombaire de Valencia, sino que quisieron que el de Gandía soltara los palomos a los cazadores valencianos, con lo cual venían á reconocer y aceptar que una de las difi cultades que los tiradores habían de vencer, era la destreza del colombaire. (...) Si no han sabido escojer arma, carga, palomos y colombaires, no es culpa de los valencianos; cúlpense a sí mismos, y si otra vez lanzan algún reto, mediten antes las condiciones de la competencia.28
Por el contrario, El Mercantil Valenciano se pronunciaba con un lenguaje bastante más moderado:
Mal camino: Siempre hemos creido que hubo parte de imprudencia en el reto lanzado por los cazadores de Gandía y de buen grado hubieramos procurado detener las cosas en los límites más reducidos posibles.
Verificado el tiro, en el que si la victoria fue para Valencia, no por ello quedaron mal los cazadores de Gandía, es nuestro concepto conveniente y digno para todos no volver sobre el asunto.
No lo creen así los de Gandía y hacen mal.
El Casino de Cazadores de Valencia debe no dejarse arrastrar por la pasión y mostrarse tanto más prudente, cuanto más empujen los de Gandía.29
Pero la controversia no tomó mayor importancia y desapareció de los periódicos sin más. El Casino de Cazadores celebró un banquete el 3 de febrero en honor de los participantes que reunió a unos setenta comensales. Entre los asistentes, además de los políticos alfonsinos habituales, estaba José M. Manglano, miembro de la Sociedad Valenciana de Agricultura y diputado provincial por los carlistas en 1894; pero, quien habló en nombre de la prensa fue el demócrata Sr. Castell, director de El Mercantil Valenciano y catedrático supernumerario de Ciencias de la Universidad de Valencia. Al final del acto, Eduardo Vilar Torres, presidente del Casino, regaló a los tiradores dos elegantes álbumes de caza ilustrados con grabados, un reloj de plata al Llauraoret y un cajón de habanos a Marianet. Todos los obsequios fueron sufragados de su peculio personal. Así terminó la victoria frente a Gandía.
Durante la competición, el Casino de Cazadores de Valencia tomó la representación de la ciudad ante los cazadores de Gandía y organizó con un éxito desbordante un proceso de identificación de los valencianos con los tiradores del Casino, que incluía «desde el encopetado aristócrata acostumbrado a las luchas del sport hasta el modesto industrial», que iban «á pie, á caballo y en carruaje de toda clase, desde el tosco carro de labranza hasta el elegante break arrastrado por hermosas yeguas». La ciudad, unida, se enfrentaba con éxito y juego limpio a su hermana, la ciudad de Gandía, con honrosa victoria para ambas, lo que ennoblecía a los participantes y al público por su deportividad, y relegaba a un plano marginal el desagradable hecho de que uno de los tiradores encañonara a uno de los colombaires. Porque, precisamente, la única distinción que existe en esta Valencia unida es la habida entre tiradores y colombaires. Los primeros aparecen con nombres y apellidos, mientras que los segundos sólo son conocidos por sus apodos en valenciano (hecho totalmente habitual en la época entre los colombaires y los jugadores de pelota valenciana).30 Del mismo modo, aunque los últimos asisten al banquete y por todos es reconocido que el triunfo se debe al Llauraoret, reciben regalos desiguales y de naturaleza distinta:
Y el último discurso lacónico, pero espresivo, fue el del héroe de la jornada, el Llauraoret, dando gracias al señor presidente por la distinción con que le había honrado, brindándole un lugar en aquel banquete.31
No debe extrañar, pues, que para Las Provincias encañonar al Llauraoret no tuviese una considerable significación y optase por no relatar el incidente, a diferencia de El Mercantil Valenciano. No obstante, este gradiente social no incluye consideraciones políticas, porque en el banquete se reúnen personas de todas las tendencias en fraternal y distendida alegría. Además, en la imagen autorreferencial que Las Provincias proyecta de una Valencia unida («Toda la prensa de la capital, sin distinción de matices, elogió la conducta de la junta directiva de la Sociedad, antes y después de aquel acontecimiento»),32 aparecen las distintas clases sociales comprendidas dentro del público como una educada y animada muchedumbre.
Sin embargo, es cierto que, independientemente del relato construido por el periódico conservador, los valencianos quedaron entusiasmados por los torneos de tiro.
3. LA FERIA DE JULIO Y EL SURGIMIENTO DE UN CONCURSO PO PULAR
La conmoción social producida por la competición era todavía observable en las semanas siguientes. El 19 de febrero publicaba Las Provincias un artículo titulado «Reto Universal» que empezaba así:
Dada la importancia é interés que en nuestro país han adquirido las tiradas de palomos, debemos hacer público un reto que pudiera interesar á los cazadores valencianos (...).
Sabido es que el tiro de palomos lanzado á brazo, es propio de este país y que fuera de aquí, se tiran los palomos con cajas de resorte, sistema que el Casino de Cazadores de esta capital se propone establecer, no solo para recreo de sus socios, sino para que no haya motivos de protesta entre los contendientes en una competencia, atribuyendo las victorias al colombaire. De las cajas sale el ave expontáneamente, en la dirección que quiere.
Para luego detallar cómo eran los torneos en el resto del mundo y cómo se designaba al «campeón mundial»:
En Inglaterra, Suiza, Alemania, Italia y otras naciones de Europa, igualmente que en los Estados Unidos de América, se verifican certámenes de tiro nacional á los que asisten representantes de los clubs de tiro de pichón establecidos en distintas ciudades de cada nación. (...) Ahora bien, entre los campeones de distintos países, se verifican los certámenes internacionales, y el vencedor de ellos obtiene el título de Campeón del Mundo.
Y terminaba con el deseo de:
El tiro de palomos por este sistema es el que se practica en todo el mundo, y sin que este privara el tiro á brazo de colombaire, por el cual hay en este país gran predilección, podrían nuestros cazadores ponerse en inteligencia con las sociedades de tiro de pichón establecidas en España y en el extranjero, aceptar sus competencias y acudir a sus certámenes.33
Probablemente, para lograr cumplir esa pretensión de internacionalizarse en un futuro no muy lejano, el Casino de Cazadores organizó el primer certamen de tiro de pichón de la ciudad de Valencia durante las fiestas del patronato de Nuestra Señora de los Desamparados, justo el mismo día en que también se celebró por primera vez un concurso de velocipedistas.
La expectación generada fue grande, y hubo que sortear los nombres de los participantes porque las inscripciones habían superado con exceso el número de plazas. El jurado estaba presidido por el concejal Sr. Llivert, por el Sr. José Rausell, en representación del Casino de Cazadores, y por el presidente del Casino de San Humberto. Hubo dos modalidades: tiro al pichón y tiro a bolas de cristal. La primera reunió a 15 tiradores y la segunda a 11, que se disputaron varios premios. El 1.er premio para el ganador del tiro al pichón era una escopeta inglesa Scott regalada por el Ayuntamiento; el 2.º premio, una escopeta belga Gulikers ofrecida por el Casino de Cazadores, y el 3.er premio, una cigarrera «alegórica» entregada por el Ayuntamiento. En la modalidad de tiro a las bolas de cristal, los regalos eran un poco más modestos. El 1.er premio era, también, una escopeta Scott, pero esta vez sufragada por el Casino de Cazadores. El 2.º premio era un gran trofeo venatorio ofrecido por el Ayuntamiento y el 3.er premio era un joyero de bronce. Obviamente, el hecho de que ningún premio consistiera en una retribución en metálico marcaba el carácter amateur de los concursantes y exhibía los fines elevados de la competición, promovida sólo por el amor al deporte.
El certamen tuvo lugar el 7 de mayo en la plaza de toros, y la asistencia de público no fue muy numerosa. Para el tiro de pichón se adaptó el sistema de cajas con resorte, con el objetivo de que los tiradores valencianos fueran acostumbrándose a esta variedad y de este modo poder competir con éxito con los forasteros y los extranjeros, y para asegurar la igualdad entre todos los contrincantes, al no depender tanto de la buena voluntad del colombaire.
De la lista de concursantes, ha sido posible identificar a algunas personas, entre ellas: el impresor Miguel Manáut;34 Manuel Carretero de 25 años de edad y proveniente de Murcia,35 quien estaba terminando sus estudios de Derecho y lograría, después de muchos esfuerzos, ser notario, pese a que se dedicaría al comercio. Enrique Albors, quien debe de ser Enrique Albors Raduán, un estudiante que estuvo en 1882 sólo un año en el Colegio de los Jesuitas, y que nunca llegó a obtener el título de bachiller, al menos en el Instituto de Valencia. Por lo tanto, se trataría de un joven de apenas 20 años con una gran afición a las armas de fuego (participaría en tres ocasiones en estos concursos), hecho que lo vincularía con un tal Enrique Albors que, siendo inspector de policía, ganaría otro certamen de tiro en 1907. José Esteve, de 30 años y natural de Teruel, licenciado en Derecho en 1882. Manuel Olmos Moreno, de 32 años de edad, licenciado en Medicina y miembro del Casino de San Humberto.36 En 1897 sería secretario general del Instituto Médico Valenciano y, posteriormente, concejal blasquista en el Ayuntamiento de Valencia.37 Además de Ricardo Beltrán, suplente en la tirada contra Gandía, y futuro concejal por los liberales en el Ayuntamiento.
El año 1886 terminó con la votación por unanimidad de la directiva del Casino de Cazadores, que conocemos por El Almanaque de «Las Provincias» y que supuso la continuación del mismo equipo directivo anterior. De la directiva de 1880, seguían Eduardo Vilar Torres, aunque ahora como vicesecretario, y Tomás Perelló, quien continuaba como vocal. Eran nuevos Ricardo Beltrán y José de Ródenas, representantes del Casino frente a Gandía, y Arcadio Tudela, licenciado en Medicina de 26 años de edad38 y oficial interventor en la contaduría de la Junta de las obras del Puerto,39 que ocupaba el cargo de contador; además de ser hijo del político conservador de mismo nombre y apellido, que había sido elegido concejal y diputado en varias ocasiones.40 El presidente era Eugenio Malo de Molina, también miembro de la Sociedad Valenciana de Agricultura, y Fernando Prosper, ayudante en la Dirección de carreteras provinciales,41 era el vicepresidente. Pero la mayor sorpresa la suponía su tesorero, el liberal José Rausell, el hombre más rico de Gandía y su alcalde.42 Debemos suponer que la victoria para el Casino de Cazadores no fue tan sólo una satisfacción personal, sino que también ayudó a su lanzamiento como plataforma para integrar y consolidar las redes que los caciques del sistema alfonsino habían trazado por la provincia.
Probablemente, la nueva directiva consideró que había que continuar convocando certámenes de tiro y darles una publicidad más correcta, a la vez que celebrarlos en unas fechas más propicias, ya que para la Feria de Julio de 1888 se organizó otra tirada y se publicaron las bases del concurso en la prensa. Para participar, se exigía ser español y estar domiciliado en el antiguo Reino de Valencia, además de ser mayor de 20 años. Si se quería participar en las modalidades de carambolas a palomos o tiro de pichón en libertad, había que abonar la cantidad de 40 pesetas, y si se optaba por las modalidades de tiro rápido al blanco o tiro de carambolas a cristal, la inscripción costaba 20 pesetas. Sólo se podía concurrir en una modalidad, aunque era posible matricularse en las cuatro. En caso de exceso de participantes, se efectuaría un sorteo y aquellos que resultasen eliminados y no pudiesen competir recuperarían los derechos de matrícula. Esta vez, la implicación del Ayuntamiento fue mayor, ya que los premios grandes, dos escopetas inglesas para los ganadores de la modalidad de carambolas a palomos y tiro de pichón en libertad, eran ofrecidos por el consistorio municipal, mientras que el Casino de Cazadores y el de San Humberto donaban un trofeo alegórico, un rifle de 14 tiros y varios accésits.43 No obstante, el valor de los premios seguía siendo más simbólico que pecuniario.
En esta ocasión, se reunió un público bastante numeroso en la plaza de toros el 27 de julio, y tomaron parte en la competición 24 tiradores; todos, menos uno, miembros del Casino de Cazadores o del de San Humberto. Repetían Manuel Olmos, entre otros, y de los nuevos ha sido posible identificar a Ramón Gil, probablemente el dueño del Café Del Cid en la plaza de la Virgen;44 a Antonio Benet, empleado que vivía en el número 39 de la calle de la Nau, aunque es muy posible que trabajara para su padre, quien era propietario y se dedicaba junto con su esposa al comercio,45 así como a José Martí y Grajales, hijo de un zapatero, que logró finalizar el bachillerato en 1875, pero que tuvo que esperar hasta 1902 y tener 40 años para licenciarse en Filosofía y Letras.46 Pese a no pertenecer a ningún casino, cuando murió en 1906 era el comandante del regimiento de veteranos.
El certamen fue todo un éxito, y una muestra de la buena convivencia que existía entre los dos casinos:
Hubo también sus brindis, que no podían faltar entre la franqueza y el buen humor, reflejando un excelente pensamiento; el de la fusión entre las dos sociedades de cazadores de Valencia y de San Humberto, que si gozan desahogada vida con su separación, la disfrutarían próspera si unieran sus valiosos elementos, pudiendo alcanzar la importancia de las mejores sociedades de sport.47
Para el año siguiente, se repitió la fórmula y volvió celebrarse un certamen de tiro al pichón; pero esta vez con auténtico éxito de público. Las Provincias cifraba entre 2.000 o 3.000 el número de espectadores que fueron a la plaza de toros, y hacía mención de que por primera vez «acudieron elegantes señoritas».48
Se efectuaron tres modalidades: tiro de pichón a brazo, tiro de pichón a caja y tiro de pichón a carambolas, y el número total de participantes fue de 20. Una novedad fue que el 1.er premio de cada modalidad, una escopeta inglesa, podía cambiarse por su equivalente en metálico, 500 pesetas. Esto suponía asumir que la principal motivación para competir era un cierto lucro personal, o la ganancia de un objeto valioso, más que el honor mismo que implica siempre el triunfo. Curiosamente, la posibilidad de obtener un sustancioso premio monetario no provocó ningún tipo de debate en la prensa, ni tan siquiera el más mínimo comentario o consideración, y se aceptó como normal y esperable. De los participantes, no ha sido posible saber mucho, y sólo se ha podido identificar a Vicente Arnal, licenciado en Derecho, de 33 años.49
En 1890, no se celebró la Feria de Julio por la epidemia de cólera, y no hubo tirada que disputar. Por el contrario, en 1891 sí se celebró. Organizada de nuevo en la plaza de toros ante numerosísimo público, consistía en tres pruebas: tiro al blanco móvil, tiro de pichón a caja y carambola de pichón a caja. En las dos primeras, hubo 13 participantes, y en la última 8 participantes, aunque tuvo que ser suspendida, por haber anochecido y ser imposible seguir tirando, y repetirse al día siguiente por la mañana. Además de los accésits como objetos artísticos, los premios importantes volvían a ser armas de fuego que podían cambiarse por su valor en metálico, un rifle cuyo precio era de 100 pesetas y otro cuyo precio era de 75 pesetas. La mayoría de los concursantes ya había participado en anteriores competiciones, y de los nuevos no ha sido posible obtener ninguna información de interés. Sólo queda decir que varios de los tiradores presentaron una protesta formal por el orden en que se realizaron las pruebas que obligó a suspender la última tirada, pidiendo que se anularan los resultados del certamen y se volviese a celebrar otro día. No es posible saber si esto supuso una contrariedad insuperable para los organizadores o un pequeño inconveniente, pero el hecho cierto es que dejaron de celebrarse torneos de tiro después de 1891.
Durante los cinco años que el Casino de Cazadores de Valencia y el Casino de San Humberto promovieron tiradas públicas, participaron 59 hombres en tales eventos, de los cuales 14 se puede afirmar con toda seguridad que eran miembros del Casino de Valencia, 10 pertenecían al Casino de San Humberto y 7 eran tiradores libres. Es probable que tales cifras sean modestas y que no tengan ninguna relevancia especial. Sin embargo, demuestran que en Valencia ciudad hubo una práctica competitiva regular durante un período de tiempo largo que permitió crear y sostener un número de competidores y aficionados considerable, y desarrollar su actividad deportiva pacíficamente con una escopeta bajo el brazo. Para hacernos una pequeña idea de la proliferación de las armas de fuego, no se puede olvidar que en Valencia ciudad, entre bazares de armas, armeros y tiendas de efectos militares, había 10 establecimientos; mientras que el número total de librerías ascendía a 9.50
El alcance en cifras que llegó a tener la práctica del tiro es imposible de estimar, y es obvio que el número de participantes en estos certámenes estaba limitado por el importe de los derechos de matrícula, cuyo mínimo era de 20 pesetas. De todas formas, las profesiones que se han podido identifi car muestran que el segmento de población que comprendían los concursantes era bastante amplio: un impresor, un médico republicano, el dueño de un café, un empleado, un oficial, un abogado... Se trata de unas clases medias que no se sentían ofendidas ni insultadas por luchar para obtener premios valiosos, o dinero simple y llanamente. Es decir, que no consideraban deshonroso ganar premios en metálico con el ejercicio de sus aficiones, no de sus profesiones.
Tampoco puede considerarse la cifra de 20 pesetas como el impedimento principal para quienes quisieran concursar, ya que otros factores serían más determinantes, como las posibilidades reales de éxito, que dependían, al fin y al cabo, de la pericia de cada cual con un arma. Esto hacía de la decisión de inscribirse una cuestión de cálculo personal; fácilmente observable en el caso de Manuel Olmos, quien participa en 1886, en 1888 y en 1891, y resulta siempre ganador de algún premio o accésit. Los mejores tiradores repiten; mientras que la pauta de participación del resto es simplemente ocasional, una vez y no más. El coste de la inscripción suponía un sacrificio no compensado y, en consecuencia, se optaba por no volver a jugar. Como participar era caro, ganar era importante. Esto explicaría que la edad de los concursantes rondase los 30 años, ya que no se trataba de una distracción ociosa para que las personas de posición desahogada matasen el tiempo, sino de un deporte competitivo que requería estar en pleno y perfecto dominio de las propias facultades.
Por otro lado, no se puede observar ningún tipo de discriminación o discrepancias en la organización de los torneos por razones o afinidades políticas. Si la existencia de dos casinos en la ciudad podría inducir a pensar que se trataba de la clásica división conservadores/republicanos, ésta se demuestra imposible por la buena convivencia de ambas entidades. Además, un tirador tan significado políticamente como el republicano Manuel Olmos es en 1886 miembro del Casino de Cazadores de San Humberto; pero en 1891 pasa a ser miembro del Casino de Cazadores de Valencia. Puede que esto se debiese a un acercamiento al sistema alfonsino favorecido por la reintroducción del sufragio masculino, pero, aún así, parece difícil sostener que la adscripción política tuviese un papel relevante o significativo en estos espacios competitivos de sociabilidad.
En definitiva, estos certámenes, así como los lugares donde se podía ejercitar la puntería, fueron puntos de encuentro público entre hombres, mayoritariamente jóvenes, que desarrollaron un deporte competitivo reglado con total normalidad y que se reconocían como iguales, sin poder observarse que ningún tipo de discriminación o exclusión condicionara la vida de estos centros. Cuando en 1910 se dispuso una tirada «como se hacía en el año 1880, (...) no faltaron, entre los concurrentes a la tirada, evocaciones de lo que consideraban la edad de oro del tiro de palomo».51







