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Lloraban todos excepto David que no tenía lágrimas. Un fuerte dilema le rompía el corazón: dejar a sus padres e irse con Emma, o quedarse con ellos y dejarla sola en la noche llena de peligros. A sus padres no los podía dejar en absoluto, estaban completamente destrozados y necesitaban su ayuda. Habría querido avisar a su novia de alguna manera que no podía irse hasta que viera a sus padres a salvo, pero era imposible. Una vez sacados del foso de los leones podría haber escapado, pero en aquella situación era inimaginable. Sufría a causa de la impotencia que sentía más que por las heridas en todo el cuerpo. Tras ordenar un poco la habitación, dejaron descansar a los padres y empezaron, junto a Marta, a recoger los fragmentos de vidrio y los restos de objetos destrozados por toda la casa. Barricadaron la puerta destruida con la ayuda de la mesa de madera maciza y se fueron ellos a descansar un poco.
—¡Para aquí, esta es la última! —gritó Fritz señalando la casa de Jacob—. Nos quedan estos y podemos anunciar que tenemos una ciudad limpia de judíos.
El conductor se rio lleno de orgullo y sorbió unos tragos de la botella de coñac que sostenía entre las piernas, después de que se la pasó a Fritz. Este bebió también con una sed salvaje. Estaban muy borrachos, y atrás, en el camión, había cuatro más, ocupados con el mismo trabajo: vaciar las botellas de alcohol sacadas de casas y tiendas destruidas aquella noche.
—Para estos he preparado una sorpresa —continuaba expresando Fritz sus pensamientos—. En España, el año pasado, me enseñaron a hacer un juguete con el que los nuestros sacaban ratas comunistas de tanques o casas cuando ya no tenían granadas o algo más fuerte. Los sacaremos, como a unos parásitos que son, con fuego y humo.
—Como a ratones de campo —le interrumpió el conductor—. Cuando éramos pequeños, íbamos al campo a cazar ratones. Alguien metía un papel ardiendo en un agujero y los otros esperábamos junto a los demás. Cuando los dueños de la casa salían asustados por el humo, los atrapábamos y los convertíamos en leones. ¿Sabes cómo se hace?
—No —dijo Fritz sorbiendo con sed de su botella de coñac.
—Uno lo sujetaba de las patas traseras y otro la agarraba del pelaje y se lo tiraba hacia abajo. Le quitábamos la piel, sin ningún cuchillo. Se le desprendía todo menos el de la cabeza, tras lo cual lo dejábamos en el suelo, donde se arrastraban durante unos segundos hasta que morían. ¡Ahora no me digas que no hiciste eso!
—No, qué asqueroso eres —dijo Fritz con una náusea visible en su rostro—. ¡Bestia sádica, brutal canalla! Tengo ganas de vomitar, pero me gusta cómo piensas. ¿No teníais otro juegos, anormales?
—Tuvimos algunos interesantes con ranas o gatos, por ejemplo, ¿quieres escuchar? —respondió el chofer y sonrió con orgullo.
—¡No! ¡Cállate! Vamos a destruir esta guarida y vamos a dormir —dijo Fritz entusiasmado, golpeando la ventana que daba atrás, en el remolque del camión—. ¡Hemos llegado! ¡Bajaos, holgazanes, porque todavía tenemos un poco de trabajo por hacer! Llevaos también y la caja del rincón. Que no bebáis nada de allí, bestias, que se os quemarán los intestinos. Es shnaps barato, confiscado, mezclado con aceite para coches.
La noche resonaba de risas alcoholizadas. Seis hombres, atontados por los vapores del alcohol y la fuerza de la propaganda, se reían sin escrúpulos frente a la casa que estaban a punto de incendiar. Después de toda una noche de arrestos, por el bien de los arrestados, querían un espectáculo más fuerte. Los cerebros atolondrados exigían adrenalina y no les importaba para nada el destino de los de dentro.
—¡Escuchad! —resonó la voz ronca de Fritz sobre las risas de los demás—. Tomad una botella en la mano, encended el paño y arrojarlos por los agujeros de las ventanas. La puerta la dejamos libre para que tengan por dónde salir. De aquí los subimos al remolque y los llevamos al montón. Mañana si nos pregunta alguien por qué prendimos fuego a la casa, diremos todos que dispararon sobre nosotros. Vinimos a defenderlos y ellos empezaron a disparar, así que tuvimos que inventar algo para sacarlos de la casa sin pérdidas por nuestra parte. Una cosa más, si huyen por detrás de la casa, no hay problemas. Los atraparemos luego. No nos vendría mal tener una caza, así que no vigilad la parte trasera de la casa. Según los datos recibidos, adentro, debe haber cuatro personas en este momento, ¡así que adelante! —Después de terminar su monólogo, se rieron con ganas de nuevo y se reunieron alrededor de la caja para coger sus juguetes.
En casa, todos se encontraban reunidos alrededor de la chimenea. Estaban acostados sobre unos colchones junto al fuego, cubiertos con mantas. En las ventanas del salón, pusieron algunas alfombras para evitar el frío de la noche de noviembre. Después de que tomaron unas infusiones relajantes, el calor del fuego los calmó como un buen somnífero. Se adormecieron tan profundo por el agotamiento que no oían los gritos y las risas de la calle. El primero que se despertó fue David, cuando sintió muy caliente en las plantas de los pies; la manta con la que estaba envuelto estaba ardiendo. Abrió los ojos y vio que todo estaba en llamas. De las alfombras de las ventanas el fuego se extendió por las habitaciones y salía humo por debajo de todas las puertas.
De un salto se puso de pie asustado y comenzó a despertarlos a todos:
—Mamá, papá, tía, despertad que nos está ardiendo la casa, si no salimos rápido nos quemaremos también. Por el amor de Dios, levantaros —gritaba David mientras los sacudía violentamente y se ahogaba con el humo.
Los despertó uno a uno, pero estaban tan perdidos y cansados que no podía hacerles entender lo que estaba pasando.
—Este es el final —dijo Jenny, pero David la ignoró. Seguía empujándolos hacia la puerta y gritando—: ¡Salid más rápido, que si no, nos quemaremos vivos!
Cuando llegaron a la puerta, los empujó hacia afuera y recordó los documentos que había escondido en su habitación y sin los cuales no tenía ningún futuro.
—Alejaros de la casa, yo volveré en un momento —gritó tras ellos y regresó en la casa ardiente.
—¡No, David, no entres! ¡Vuelve, hijo! —gritaba la madre desesperada, y cuando lo vio desaparecer entre las llamas, se desmayó por segunda vez.
Jacob la agarró y cuando llegaron en la calle se dio cuenta quiénes eran los culpables del incendio. Estos se quedaron viendo la escena de la familia destruida. Marta lloraba tras su cuñado, Jenny yacía inconsciente sobre la hierba, Jacob se arrodilló junto a su esposa, llevó sus manos a la cabeza arrancando el cabello de la desesperación. Cuando Jenny abrió los ojos, ambos lloraban por David. El corazón materno lo entendió todo: su único hijo estaba adentro. Se levantó lentamente, miró a su alrededor y dijo ausente y casi en susurro:
—Este es el fin. Mi pequeño, tu madre no te dejará solo. ¡Estaremos juntos en el otro mundo si no es posible aquí! —Pasó junto a la gente de la Gestapo que la ignoró y entró en las llamas ardientes.
—Jenny —gritó su hermana y quiso correr tras ella, pero cuando llegó al umbral, dos policías la agarraron de inmediato y la tiraron al suelo.
—¡Jeannette, no hagas esto! —gritaba desesperadamente Jacob mientras se ponía de pie. Dio unos pasos hacia su esposa y cayó de rodillas. Una paliza en plena cara lo acercó a la muerte. Cayendo, se rompió la cabeza contra el duro asfalto. Lo dejaron así, inconsciente, tendido ahí mismo, respirando fuerte mientras se ahogaba en su propia sangre.
Todas las miradas estaban dirigidas a la casa que se derrumbaba bajo la abrasadora fuerza de las llamas. David y su madre estaban adentro.
—¡Esto es todo, se acabó la fiesta! —les gritó Fritz a sus hombres—. Vosotros dos quedaros en la escena del crimen, hasta la próxima disposición, el resto de vosotros cargad a estos dos en el remolque y nos largamos de aquí. Tenemos suficiente para hoy. Tú, saca el rifle oxidado de debajo de la silla de la cabina del camión y arrójalo a las llamas.
Después de tirar los cuerpos casi muertos en el remolque, subieron todos menos dos dejados de guardia y se fueron.
Subiendo rápido las escaleras, David sentía que se sofocaba. Ardía todo a su alrededor y apenas podía ver a través del humo. Llegado arriba quiso entrar en su habitación. Cuando abrió la puerta, una fuerte llama lo empujó a un lado. Se dio cuenta que no podía recuperar los documentos, la habitación donde creció estaba como un infierno en llamas. Por las escaleras no podía bajar porque se esparcían destruidas por el fuego. Irrumpió en una habitación que daba a la parte trasera de la casa. El fuego, sintiendo oxígeno, seguía sus pasos con una velocidad asombrosa, por lo que no tuvo más remedio que tirarse por la ventana. La abrió, se subió rápidamente al alféizar de la ventana y se arrojó lo más lejos posible de las llamas. Cayendo, se agarró de la rama del cerezo cercano. Esta se rompió y David cayó rodando entre las ramas hasta que se golpeó contra el suelo, extendido y boca abajo. Después de tanto golpes no podía respirar, y en ausencia del aire, parecía un pobre pez tirado a la arena. Solo sus labios se movían en busca del aire benéfico, pero era en vano; algo dentro de él se cerró y el oxígeno no podía penetrar hacia los pulmones. Sacaba un gruñido ronco y nada más. Poco a poco se recuperó y cuando logró ponerse de pie, empezó a derrumbarse la casa destrozada por fuego. Reunió sus últimas fuerzas y corrió hasta el final del huerto, donde comenzaba el bosque. No sabía lo que estaba haciendo ni hacia dónde corría, su cuerpo lo llevaba automáticamente lo más lejos posible de la casa. Tan pronto como llegó al borde del bosque, se quedó sin fuerzas. Atormentado y débil, cayó al suelo dormido. Hubiera sido un sueño benéfico y salvador de energía vital si hubiera sido en algún hospital cálido; pero fuera era el mes de noviembre.
Abrió los párpados, que parecían mucho más pesados de lo habitual, y se dio cuenta que no conocía el lugar. Estaba en una casa modesta y bien arreglada, hecha de madera maciza. Después de mirar alrededor por la habitación, vio una niña de nueve u once años de guardia a su cabeza. Esta, cuando lo vio despierto, saltó de la cama gritando lo más fuerte que podía: «¡Papá, papá, se despertó, se despertó!». Inmediatamente entró un hombre alto, de anchos hombros, con una barba larga y tupida, como la de un sacerdote ortodoxo. En una mano llevaba un plato de sopa caliente y en la otra un trozo de pan. En sus palmas tan grandes el plato parecía sacado del baúl de juguetes de la niña. Los colocó en un taburete junto a la cama y dijo seco, pero suavemente:
—¡Levántate y come! Tienes que salir de aquí, ¡te buscarán! Te esconderé en una antigua choza de caza, donde podrás recuperarte.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí? —preguntó David con voz perdida—. ¿Dónde estoy? ¿Qué le pasó a mi familia? Debo encontrarlos, ellos me necesitan...
—¡Come, partimos en media hora! Llevas aquí dos días. Nada más, las preguntas déjalas para luego —le interrumpió el desconocido a David, quien quería averiguar lo más posible—. ¡Ahora come rápido! Mientras estés aquí todos corremos peligro.
El desconocido salió de la habitación, y mediante la puerta entreabierta se veían dos ojitos azules y muy curiosos. David, después de un esfuerzo colosal, logró levantarse hasta quedar sentado, le dolía todo el cuerpo. Tragó unas cucharadas de sopa de pollo con la extraña sensación de que estaba comiendo brasas. Tenía todo el interior de su boca destrozado, lo que le provocaba un dolor y un escozor insoportables cuando la sopa entraba en contacto con las heridas. Apenas tomó unos sorbos y dejó la cuchara en el plato.
—¡Vístete! ¡Nos vamos de inmediato! —dijo el hombre arrojándole algo de ropa y agregó—: Te espero en cinco minutos fuera.
Unos minutos más tarde, David yacía en un carro de caballos, cubierto de heno. El destino de sus padres no le dejaba en paz y sus ojos se llenaron de lágrimas. Quería aullar de pena, dejar salir la explosión interior con un grito desesperado. Estaba listo para saltar del carro e ir en busca de los que le habían dado la vida, pero lo detenían aquellos ojos azules que lo han mirado a través de la puerta entreabierta. Los veía claramente fijados encima suyo y una voz como la de su madre le susurraba: «Descansa, hijo... no te preocupes... nosotros estamos bien... ya no sufrimos más...». Sin darse cuenta estaba entre dos mundos; aquella mirada angelical, la voz de su madre, el vaivén del carro y el olor de las hierbas secas calmaron su cuerpo débil y gravemente herido. Inmediatamente cayó en un letargo desierto y sin sueños.
Aquella noche del 9 de noviembre de 1938, iba pasar a la historia como «La noche de los cristales rotos». Lo peor era que no solo los habitantes de la pequeña ciudad, donde todos se conocían, se volvieron locos: se había vuelto loco todo un país. La familia Stein era una de las muchísimas familias que tuvieron que sufrir aquella noche. Miles de personas fueron detenidas, golpeadas, asesinadas, desaparecidas sin dejar rastro; comenzaba una nueva era.
Marc, al regresar de Hamburgo con visas para Chile, logró sacar a su esposa de las manos de la Gestapo. Intentó, con gran riesgo para su vida, sacar también a su cuñado, pero este le hizo jurar que lo dejarían en el país y que se irían ambos lo antes posible. El día 13 estaban ambos en el tren rumbo a Ámsterdam, donde los esperaba un carguero que los iba llevar al fin del mundo. Marta lloraba sin cesar, Marc intentaba calmarla, pero estaba con el corazón roto. La familia Stein estaba separada sin culpa alguna: el cuerpo de la madre yacía bajo los restos de la casa quemada, al padre que ya no tenía ninguna meta, se le extinguía la última chispa de vida camino a Dachau, mientras que David estaba exhausto, escondido en la casa de un desconocido. Tampoco se les hubiera pasado por la cabeza que en aquella noche maldita se iban a ver por última vez.
EL MATRIMONIO...
Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor.
I Corintios 13:13
Emma se quedó quieta y hacía todo lo posible para simular un sueño profundo y despreocupado. Habría sido perfectamente recibido si no hubiera recordado la noche del 9 al 10 de noviembre y el contenido de la carta en las manos de su padre. Intentaba con todas sus fuerzas parecer tranquila, mientras que por dentro estaba librando una terrible pelea. Sintiendo que, de un momento a otro, la iba perder, se aterrorizó tanto que escondió el rostro bajo el edredón y rompió a llorar frenéticamente. Realmente necesitaba un abrazo paterno, pero estaba avergonzada, no podía mirarlo a los ojos. Herman, su padre, sintiendo que era el momento, se levantó de su silla con la ayuda de la muleta que lo acompañaba a todas partes y, pegando su prótesis a la cama, se sentó junto a su hija.
—¡Emma, mi querida niña, cálmate! Estoy aquí, estoy contigo —dijo Herman entre lágrimas mientras levantaba suavemente el edredón del rostro de su hija. Pase lo que pase, que sepas que estoy de tu lado. Por favor, dime qué te molesta y te ayudaré en lo que pueda, y si lloras por la carta, que sepas que ni tu madre ni yo la hemos leído. Frederika ni siquiera sabe de su existencia. No se la mostré. La decisión es tuya, si quieres nos cuentas, si no, no. Si prefieres deshacerte de ella, la tiro al fuego de inmediato. ¡Dime algo, por favor!, no llores que me rompes el corazón de viejo padre.
—Tírala al fuego, papá, te contaré todo —respondió la niña entre hipos y sollozos.
El anciano se levantó pesadamente y cojeó hasta la chimenea. Arrojó la carta y un poco de leña al fuego, después de esto volvió a la cabeza de su hija enferma. Cuando se calmó un poco, Emma le contó todo sin olvidar detalle alguno, mientras Herman escuchaba cortésmente, con los ojos en lágrimas. Hasta entonces le parecía que había visto todo lo que pudo durante la guerra, pero en aquel momento, comprendió que no era así. La vida de su única niña había entrado en un torbellino de infortunios, y su impotencia al no haber podido ayudarla, le causaba un gran dolor paterno.
—Esto es, papá —continuaba la niña—, ahora estoy en la cama llorando, sin saber el destino de David. No sé qué le pasa, dónde está o si aún sigue con vida. Este estado de ignorancia me duele mucho, papá, me come por dentro. Ahora que lo sabes todo, dime, ¿qué debo hacer?
—Primero que nada, vamos a calmarnos —respondió el anciano secándose las últimas lágrimas—. Te voy a traer algo de comida, porque no has comido nada en dos días. A tu madre no le decimos nada, por lo menos durante un tiempo, porque parece que se está volviendo loca con toda esta propaganda. Ella te quiere mucho, pero de momento está un poco desorientada, como millones de conciudadanos. Se encuentra en una encrucijada y no sabe a dónde ir: por el antiguo y recto camino de la humanidad, o por el nuevo y terrible camino de este liderazgo actual. Le diremos que estuviste en una fiesta de estas vuestras, de las juventudes, de donde volviste con temperatura y sin fuerzas. No te dirá nada. Que sepas que descubriré qué le pasó a David, incluso si me costara la vida. Haré todo lo posible para un padre lisiado y un veterano viejo. Tengo un amigo del frente, que ahora trabaja en la policía. Ritter me ayudará sin demasiadas preguntas; si sabe algo sobre el destino del chico nosotros lo sabremos. —Besó a su niña en la frente y se fue a buscarle algo de comer.
Al día siguiente, al amanecer, Herman visitó a su amigo de las trincheras. Se conocían muy bien y tenían una gran confianza el uno en el otro. La guerra les enseñó a hablar directamente y al tema, sin estirarlo demasiado. Intercambiando algunas expresiones de cortesía, muy conocidas entre los veteranos de guerra, como, por ejemplo: «¿Como te va con tu salud? ¿Aún sufres de las antiguas heridas cuando cambia el tiempo? ¿Te sigue picando la pierna amputada? O ¿Te dejan dormir las pesadillas?». Se alejaron lentamente de las miradas curiosas para ir al grano. Una vez solos, sin hablar mucho, Herman le dijo que necesitaba su ayuda y que querría saber que le había pasado a la familia Stein. Ritter, sin realizar cuestionamiento alguno, comenzó a contar todo lo que sabía:
—El viejo Jacob fue enviado a Dachau, como miles de otros judíos durante este período. Jeannette, su esposa, se quemó viva en la casa, y su hijo David está siendo buscado. Parece que logró escapar. La noticia no es de las mejores si estas personas fueron tus amigos. Sus vidas fueron destruidas en muy poco tiempo, sin ninguna culpa. Herman, amigo mío, ten cuidado con quién hablas sobre estos temas. En los tiempos extraños que corren, solo por la pregunta que me hiciste puedes tener grandes problemas, y yo, por mi respuesta, aún más. Si hubiera sido otra persona en tu lugar, no le habría dicho nada. La gente ya no sabe qué es la amistad, está lleno de denuncias por doquier. Créeme, sé lo que digo. El marido chiva de su esposa, se chivan los hermanos, amigos, vecinos, personas que no se conocen. Algo terrible está sucediendo con nuestra sociedad. En el frente era mucho más sencillo, después de unos minutos de lucha feroz, sabías quién estaba a tu lado. En la vida civil, sin embargo, es muy complicado todo. Amigo Herman, té diré tonterías —continuaba su flujo de conciencia Ritter, mientras el interlocutor escuchaba con seriedad y sin interrumpirlo—. Extraño la vida en el frente. Ahora no creas que me he vuelto loco y no sé de qué estoy hablando. No echo de menos las matanzas sangrientas, a la suciedad, a las tripas por todos los lados, a los gases tóxicos en cualquier momento, al hambre, frío, enfermedades, ratas y barro, ¡no! Ten por seguro que las pesadillas no me dejan olvidar todas las barbaridades de la guerra. Echo de menos aquella seguridad en lo cercano, en la persona con la que compartes todo y puedes hablar lo que quieras, sin miedo a que te denuncien. La confianza que tengo en ti ya no la puedo tener en nadie, en estos inciertos tiempos. Hoy somos ciudadanos honorarios, mañana enemigos del pueblo, como la familia Stein. ¡Otra vez he cambiado de tema! No sé si te serví de algo, pero que sepas que estoy muy feliz por verte de nuevo y sano. Escuchaste mi monólogo sin decir nada, que sepas que te lo agradezco de todo mi corazón. ¡Me siento mucho mejor!
Hablaron un rato más como viejos amigos que eran, luego se dieron las manos y se separaron. El anciano veterano aceleró su paso mutilado para llegar cuanto antes a casa, donde lo esperaba su impaciente y enferma hija. Le traía una noticia relativamente buena: David había sobrevivido al pogromo, pero nadie sabía dónde estaba.
Sobre un lecho de tablas, en una choza abandonada, lejos de los ojos de la gente, sufría un joven. Le dolía todo el cuerpo: tenía algunas costillas rotas, no podía comer cómodamente a causa de su boca destrozada, un ojo casi no podía abrirlo en absoluto y estaba atormentado por pesadillas. El guardabosques y su hija le arreglaron la nueva casa, en la medida de lo posible, le dejaron algo de comida, encendieron el fuego, le prepararon una infusión y después de unas pocas instrucciones se marcharon. Al despedirse le prometieron que lo iban a visitar al menos una o dos veces por semana. La cabaña en la que lo dejaron, era muy pequeña pero cómoda: una cama, una mesita con dos sillas y un horno en un rincón eran todos los muebles. Sobre la mesa le dejaron: unas patatas y huevos cocidos, un pan casero, un trozo de carne ahumada y un cuchillo. Encima del horno, al calor, le dejaron una tetera llena de un líquido benefactor de hierbas. Abajo, cerca de la puerta del horno, colocaron una pila de leña para que le durara unos cuatro o cinco días. Al lado de la cama le pusieron un cubo de agua y una taza, para que no se levantara cuando tuviera sed. Cuando terminaron todos los preparativos, el hombre le estrechó la mano y le dijo que volverían pronto. El pequeño angelito lo besó fraternalmente en la frente, tras lo cual ambos desaparecieron en la noche.
Casi inmediatamente después de la partida de los rescatadores, David cayó en un sueño lleno de sufrimiento, un sueño que no le permitía descansar ni ganar fuerzas, por el contrario, lo atormentaba y lo dejaba exhausto. Primero se le proyectó una situación de la infancia. Estaba en el aula del colegio, cuando su compañero más travieso le regaló un trozo de cartón, que decía: «Billete a Palestina, de ida y sin regreso nunca»15. Miraba a sus compañeros confuso y asustado mientras estos lo rodeaban y gritaban sin el menor rastro de piedad: «¡Nunca! ¡Nunca! ¡Nunca!». Mientras los niños rugían a su alrededor, él se encogía continuamente y ellos se hacían más y más grandes. Alcanzó el tamaño de un botón e incluso los zapatos de los estudiantes le parecían enormes. Entonces el idiota de la clase levantó la pierna y con una risa satánica, lo aplastó como a un insecto. Inmediatamente, tras la oscuridad producida por la suela del zapato, se vio arrojado a otra dimensión donde estaba con Emma en una calle llena de personas, los cuales en lugar de hablar humano, ladraban. Emma estaba llena de moretones y sangre que recorría todo su cuerpo, y su ropa era solo harapos. Atado al cuello colgaba un cartel en el que decía: «Soy una cerda porque me junto con un judío»16. Los pequeños les arrojaban piedras mientras los padres ladraban cada vez más fuerte. Sus ojos estaban enrojecidos de odio y sus ladridos salían de bocas grandes y sonrientes, llenas de babas burbujeantes. Parecían bestias locas que se acercaban constantemente, e incluso habían empezado a rasgarlos. David abrazó a su novia tratando de llevarse la mayor cantidad de piedras y mordeduras posible. Sintiéndose impotente ante el inevitable final, le susurró a la chica al oído: «Emma, perdóname, no quería que nuestra relación terminara así, perdóname». En aquel momento, una piedra en la nuca lo trajo de vuelta a la cama de la choza; se retorcía en sudores y gritaba sin cesar: «¡Perdóname, Emma, perdóname!». Cuando recuperó la conciencia, recordó todo lo había sucedido en los últimos días. Se deslizó con dificultad desde el borde de la cama para caer de rodillas. Bajo la perturbadora influencia de las pesadillas y los acontecimientos recientes, comenzó a improvisar una oración: «Señor, no nos dejes...».
Desde otro lado del gran amor prohibido, Emma comenzó su vida diaria. Después de unos días en la cama, llenos de sufrimientos, lágrimas e insistencias paternas, el 15 de noviembre volvió a trabajar. El tiempo pasaba y ella no tenía ni idea del destino de David. Lloraba en su almohada todas las noches, recordando a su novio desaparecido. Lo peor era que no sabía qué hacer, de dónde ni cómo iniciar la búsqueda. Si su vida personal estaba en un gran estancamiento, entonces la vida política del país evolucionaba completamente al revés. Había entrado en un torbellino dramático que aumentaba su velocidad con cada día que pasaba, y «la noche de los cristales rotos» le fue un gran impulso. La caja de Pandora estaba arrojada en algún rincón del mundo, abierta y vacía, y todos los males recién liberados, tanto los imaginables como los inimaginables, buscaban silenciosamente a sus perpetradores, pisoteando la esperanza.




