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—Chicas, ¿adónde quieren ir? Con esta huelga no van a llegar muy lejos.
Fue tan galante que se ofreció incluso hasta a esperar por ellas si fuera necesario. ¿Plan con maña? Él contaba que, cuando vio a mi mamá, quedó prendado de su belleza y solo esperaba que no le dijera que no.
Mami se regresaría a Caracas un martes trece. Papi le dijo: “Es martes trece. Ni te cases, ni te embarques, ni de tu casa te apartes”, pero mamá se subió al avión de regreso, no sin antes darle, muy agradecida por su caballerosidad, su teléfono y dirección en Caracas.
Así comenzó aquella hermosa historia de amor que llevó a mi papá a manejar toda la noche, de Maracaibo a Caracas, para visitar sorpresivamente a mi mamá y comenzar a cortejarla. Y así fue: a la mañana siguiente, papi tocaba a la puerta de casa de mami, declarando que ya la extrañaba.
En aquella época, entre finales de los sesenta y comienzos de los setenta, íbamos al colegio todo el día. Teníamos turno de mañana, regresábamos a la casa para almorzar y volvíamos al colegio durante el resto de la tarde.
Nuestros días favoritos eran cuando mamá no podía buscarnos a la escuela para el receso del almuerzo y quien nos recogía era mi tío David. El tío David era el hermano mayor de papá, un soltero empedernido que adoraba a sus sobrinos y, de paso, nos consentía a morir.
Claro, cada vez que lo mandaban a buscarnos era con la misma instrucción de mami: “David, por favor, no lleves a los muchachos a comer helados antes del almuerzo, ¡mira que después no comen!”.
Y por supuesto que, al ver al tío, todos corríamos felices en dirección a su auto porque sabíamos que iríamos directo… ¿a qué? ¡A comer helados!
—¡Sííí! —decía María Eugenia.
—¡Yupi! —decía yo.
—Heladooooossss —gritábamos todos. Y mis hermanos varones:
—¡Loco, ya se va a poner brava mami!
¡Aquello era estar en el Paraíso!
Mi tío siempre tenía cucharas de madera en sus bolsillos. Él decía que el helado sabía mejor así.
—Ya saben, niños: ¡no comimos helados! ¿OK?
Ese era el trato nuestro: él nos consentía y nosotros nos dejábamos consentir en una complicidad única entre los sobrinos y el tío favorito.
Tan pronto llegábamos a casa, mi mamá nos veía con aquella mirada inquisitiva, tratando de que nuestros ojos nos delataran y por supuesto que quedábamos todos al descubierto.
—¡David! ¡Otra vez! Te dije que nada de helados. ¡Ahora estos niños no van a comer!
—¡Pero yo tengo hambre, yo sí como! —decía el tío.
Yo era la más pequeña de todos. La más pequeña de “los tuyos, los míos y los nuestros”. Mis padres, ambos, eran divorciados, tenían hijos de sus respectivos matrimonios anteriores y juntos nos tuvieron a mi hermana María Eugenia y a mí. Éramos para el momento una familia supermoderna. En aquellos tiempos no muchos estaban divorciados y vueltos a casar. Éramos la Familia moderna de la época y La pandilla Brady antes de que ellos existieran.
Sentía que vivía en medio de gigantes, siempre rodeada de gente mucho más grande que yo. Mi hermana me lleva dos años, pero yo la veía inmensa, y mis hermanos por parte de madre y por parte de padre eran todos adolescentes.
La casa siempre estaba llena de familia y amigos. Amigos de mis papás y de mis hermanos. Y creo que, por ser la chiquita, todos querían abrazarme y besarme. Pasaba de brazo en brazo. Me apretaban y besaban. ¡A veces pienso que debo haber sido de lo más graciosa e irresistible, ja, ja, ja!
Repartía besos hasta que me cansaba y les decía:
—Se me acabaron los besos.
—¡No! Debes tener más por algún lado —me respondían.
—¡Tendré que fabricarlos!
—Ve y haz más.
Yo corría a una esquina donde no me vieran y allí, como una gran costurera, hacía como que cosía besos nuevos. Me imaginaba que tenían forma de corazón y eran rojos. Luego regresaba al grupo con la gran noticia:
—¡Ya están listos los besos!
La mejor parte era la hora de las comidas, especialmente la hora de la cena, que era cuando teníamos más tiempo. Para el momento del almuerzo siempre estábamos corriendo, porque teníamos que regresar al colegio y papi debía regresar al trabajo. A pesar de eso, había tiempo para hacer una pequeña siesta.
Era una época feliz en la que vivíamos relajados.
A la hora de la cena nos divertíamos a morir. La mesa estaba llena de niños, de adolescentes y de nuestros padres.
Mi mamá, quien ha sido una gran madre, solo nos dejaba tomar soda a la hora del almuerzo, y solo una. Pero para la cena nos daba alguna bebida nutritiva entre las que estaban la chicha (bebida de arroz), la avena, el Toddy (bebida achocolatada venezolana) o un batido de fruta.
El problema era cuando la bebida de la noche era nuestra favorita: ¡chicha o Toddy! Nos ponían la jarra llena en el medio de la mesa. Mis hermanos varones miraban la jarra como fieras a su presa. Mi hermana Laura, siempre tan elegante y delgada, no ponía mucha atención. Pero ella siempre era la juez y la que rompía los empates. Y bueno, estábamos nosotras dos, las chiquitas, que de verdad no entendíamos muy bien esas peleas, pero nos divertían inmensamente.
Los varones querían servirse la jarra completa. Y como dice el dicho: “El que parte y comparte se lleva la mejor parte”. Así, mi hermano Perucho informaba que él sería el que iba a servir.
—Yo les sirvo a todos.
—No, no, no; yo lo hago —decía David, mi hermano.
Ellos son de la misma edad, así que había una lucha de poderes sana allí.
—El que lo dijo primero es el que sirve —decía Laura.
En una ocasión, Perucho empezó a servir y solo llenó la mitad del vaso a todos, pero, cuando llegó al suyo, se sirvió hasta que se derramó.
Todos estábamos protestando cuando de repente mi mamá intervino:
—¡Qué modales son esos! Eso no se hace. ¡En esta mesa no permito eso!
Perucho, dándoselas de niño obediente, preguntó:
—¿Y cómo es, mami?
—Sirve dos dedos por debajo del borde del vaso.
Una noche era día de chicha. Yo podía verles las caras a los varones. Parecían caballos listos para salir a la carrera. Estaban que saltaban a la jarra. David se ganó el honor de servir y dijo:
—Son dos dedos por debajo del borde, recuérdalo.
Perucho decretó que sus dedos serían la medida. Mi hermano bello tiene los dedos más gorditos que he visto en una persona y él lo sabía. Por eso, fue el voluntario de la noche. Sin embargo, nadie se estaba quejando. Todos seguíamos el juego. Hasta que llegó la hora de servir su vaso. ¡En ese momento no puso sus dedos como medida, no! Perucho dijo:
—María Eugenia, ¡dame tu mano!
Mi hermana era, de todos, la que tenía los dedos más delgados de la mesa.
—¡Vos serás vivo! —comentó David.
Y saltamos todos a reírnos. Esas eran nuestras peleas.
Crecimos acostumbrados a compartir con los estadounidenses. En Maracaibo había muchos campos petroleros con familias enteras provenientes de Estados Unidos que vivían allí. Ese era el pasatiempo favorito de mis hermanos, que estaban en plena adolescencia: ir a los campos a conocer chicas.
La casa se la pasaba llena de amigos de mis hermanos. Venían a bailar, a jugar juegos de mesa, a hablar, a reírse ¡y hasta a jugar a la Ouija!
Así era mi hogar. Cuando, años más tarde, las dos más pequeñas éramos adolescentes, nuestra casa estaba siempre llena, parecía un club; es más, la llamaban “el Club Montiel”. Y la política de papi era open house, puerta abierta. Mi padre prefería que estuviéramos en la casa y saber dónde y qué estábamos haciendo antes que no saber. Él era un papá divertido y acogedor. Se hacía amigo de nuestros amigos; ellos lo adoraban y les encantaba estar en su compañía.
Yo era tan pequeña que podía meterme entre las piernas de papi cuando él caminaba en las mañanas antes del desayuno. No sé cómo lograba caminar el pobre, pero lo hacía. Era uno de mis momentos favoritos del día. Una de las razones por las cuales odié crecer fue no poder seguir caminando entre sus piernas.
¡Eran los años setenta y mi hermana mayor se vestía al último grito de la moda!
Pero el día más divertido fue el día en que se graduó de bachillerato. ¡Todos los que llegaban eran recibidos con un balde de agua! ¡Solo en Maracaibo!
¡Dios mío! ¡Nunca había visto tantas mujeres furiosas, con las pestañas artificiales guindando sobre los cachetes y los postizos de pelo colgando! Pero todos, después del susto, se divirtieron como enanos hasta bien tarde. Muy al estilo venezolano, fue una de esas fiestas que se prolongaban hasta el amanecer.
Yo solo tenía cinco años cuando mi hermana se graduó. La admiraba por su belleza, elegancia y alegría. Siempre tenía las ocurrencias más graciosas, como cuando nos tocaba las orejas para ver si estábamos mintiendo: si estaban calientes, definitivamente era mentira lo que habíamos dicho. Nos daba horror ser descubiertos porque las reglas de papi eran: “Al decir la verdad, nunca estarán en problemas”.
Mi hermana mayor, Laura, se graduó y se fue a la universidad. Para mí aquello significó un gran vacío, la extrañaba muchísimo. Para ella todo era excitante y motivo para celebrar.
Nunca olvidaré, gracias a mi hermana, el día que el hombre llegó a la Luna. Laura corría por toda la casa y gritaba:
—¡El hombre llegó a la Luna! ¡Vengan, vengan! ¡Vengan a verlo! ¡El hombre llegó a la Luna! Papi, ¡ven a ver! ¡El hombre llegó a la Luna!
Seguía corriendo por la casa haciendo que todos fuéramos hacia el televisor a ver las imágenes. Yo corrí. Hacía todo lo que ella decía. Llegué al televisor a mirar aquello que estaba pasando y que según ella era tan importante. Pero estaba muy pequeña para entender bien lo que significaba.
Con el tiempo entendí que, pese a ser tan pequeña, tenía suficiente conciencia como para recordar que había sido testigo de los primeros pasos del hombre en la Luna. Gracias a la magia de la televisión, había formado parte de un acontecimiento histórico que se convertiría en uno de mis recuerdos más memorables.
Ese recuerdo cobró mucho más valor aún cuando, en 1994, como ancla de noticias de Telemundo en Houston, fui invitada a una cena conmemorativa de los veinticinco años de la llegada del hombre a la Luna, en el Astrodome. ¡Allí conocí en persona a Neil Armstrong! Mi pasado se convirtió en presente y llegué a la Luna en el momento en que nos dimos las manos.
Sin saberlo, he estado caminando sobre muchos primeros pasos de la humanidad.
CAPÍTULO 3
El divorcio y el avión
A su regreso, luego de haber vivido un par de meses con su papá, mi hija me dijo que tuviera cuidado.
—Mami, ten cuidado con tu abogado.
—¿Con cuál de todos, mi amor?
Yo tenía un abogado prácticamente en todas las especialidades existentes.
—Con Cameron Shafit —respondió.
—¿Por qué?
—Él es amigo del abogado penal de mi papá.
—Bueno, mi amor, en el fondo todos son amigos. Al final terminan trabajando juntos en los casos y en los tribunales.
—Esto es diferente.
—¿Me puedes decir por qué?
—Ten cuidado, mami.
Alejandro había contratado a Richard Dickinson para que lo representara en sus cargos por maltrato. Dickinson era conocido por ser el abogado de asesinos, asesinos en serie, verdaderos criminales de renombre. ¿Su especialidad? Liberar de los cargos a sus clientes basándose en tecnicismos jurídicos.
Sin embargo, Cathy Bivona era la abogada encargada del caso dentro de la firma. La misma mujer que año y medio antes me había dicho que me divorciara si no quería que mi marido destruyera mi vida. Cathy sabía bien quién era Alejandro. A pesar de eso, no solo lo estaba representando, sino que lo estaba ayudando a destruir a su esposa.
¿Qué había visto o escuchado mi hija? Aún no lo sé. Pero el tiempo me confirmaría que algo no estaba bien. Ese consejo de ella y mis sospechas me salvarían más adelante.
—Mami, la abogada a cargo del caso de papá fue al hotel a hablar conmigo —me informó Alexandra.
Alejandro se había mudado a un apartamento de una habitación dentro del hotel Four Seasons cuando el tribunal le ordenó salir de casa.
Qué más vio o escuchó Alexandra durante los días que vivió con su papá no lo sé y ella no dijo más. Pero mantuve presente su advertencia a partir de ese momento.
En realidad, Bivona y Dickinson no podían representarlo porque ellos nos habían representado a ambos con anterioridad. Pero yo estaba tan asustada y confundida que no pensé en eso. Sin embargo, mis abogados lo sabían. Yo se lo mencioné. Ellos debían pedir la inhabilitación de sus abogados. ¡Probablemente aquello era parte de la advertencia de mi hija!
Me estaba cepillando el cabello mientras me veía en el espejo. Por fin había alcanzado la estatura suficiente como para verme reflejada en él. Me sentía feliz por ese logro.
De repente, mi hermana María Eugenia vino corriendo a buscarme.
—¡Vente, vente! Ya casi es Año Nuevo.
Toda mi familia estaba en la sala: mami, papi, mis hermanos, tíos, tías, primos y mi abuela, la mamá de mi madre y la única abuela que conocí, ya que todos los demás abuelos habían muerto. Mi abuela por parte de padre falleció unos meses antes de que yo naciera, lo que determinó mi nombre. Ella se llamaba Carmen María.
Todos estaban felices, celebrando, riendo, comiendo.
El árbol de Navidad brillaba con sus luces en un rincón de la sala. Y la mesa del comedor estaba repleta de comida: ensalada de gallina, pernil de cochino, hallacas, jamón, turrón, uvas y muchos platos más.
De repente, todos empezaron una cuenta regresiva y al llegar al cero comenzaron a abrazarse y a besarse. Mi papá me alzó y me besó. ¡Así empecé a pasar de brazo en brazo! Al mismo tiempo, todos comenzaron a comer uvas.
—Son doce —dijeron algunos.
No entendía cómo lograban comerlas tan rápido.
—Pide tus deseos, son doce —decía mi primo Pocho.
Risas y alegría. Esa era mi familia.
—¡Carmen! El señor Shafit está listo para verte.
Con esas palabras regresé de mi recuerdo.
—¡Ah! ¿Perdón?
—Sí, el señor Shafit está listo. Pero quiere hablar primero con tu hija.
Era septiembre de 2013. Mi abogado quería entrevistar a mi segunda hija, testigo de lo que había ocurrido en el avión y la única de mis hijos que había estado allí.
Kamee tenía puesto el uniforme del colegio: una falda color caqui y una franela azul con el logo de la institución. Sus piernas se veían más largas que nunca con esa falda.
Había ido a buscarla a la escuela y nos habíamos dirigido directamente al centro de la ciudad, donde estaba ubicado el despacho de mi abogado. La cita la habíamos concertado de modo que tuviera lugar inmediatamente después de su salida del colegio, ya que a ella no le gusta perder ni un minuto de clase.
—Está bien —dije.
Kamee se levantó y se fue, siguiendo a la secretaria. La vi desaparecer por el pasillo.
Me quedé sentada esperando. Y, una vez más, mi mente se fue hacia el recuerdo de mis felices años de niñez y juventud.
En medio de mi espera, comencé a recordar el día en que mi amigo Alberto me llevó a la casa en su moto. Se me dibujó una sonrisa en la cara.
Caracas es un valle. La ciudad descansa entre montañas verdosas. Es bella y majestuosa. Ese día, el cielo estaba totalmente azul, sin una nube. Era un momento perfecto para pasear en moto. Alberto manejaba y yo iba aferrada a su cintura. Me sentía libre y feliz, con el viento golpeando mi rostro. Ya íbamos de subida hacia mi casa cuando de repente divisé que el carro de papá venía bajando.
—¡No!
—¿Qué? —preguntó Alberto.
—¡Mi papá!
—¿Y entonces?
—Me tiene prohibido montar en moto. Disculpa, ¡se va a poner furioso!
—Bueno, pero ya se va. A lo mejor no te reconoció.
—Espero que no. Pero si me vio, esta noche me va a tocar duro. Me va a castigar.
Tan pronto nos detuvimos frente a la casa, sentimos un auto detrás de nosotros.
De repente oímos la voz de mi papá:
—Alberto, te voy a agradecer algo. Nunca más me montes a Carmen María en esa moto. Son muy peligrosas. Yo no quiero a ninguna de mis hijas de parrillera (así le dicen en Venezuela a la persona que va sentada en la parte de atrás de una motocicleta).
Mi papá estaba molesto. Yo sabía cuando estaba bravo. Tenía la cara roja como un tomate. ¡Mientras tanto, Alberto y yo estábamos pálidos!
Finalmente, Alberto abrió la boca y dijo:
—Sí, señor Montiel.
—Mami, ya puedes entrar. Cameron te está esperando.
Su vocecita me despertó de mi sueño. La vi parada a mi lado. Me levanté y fui al despacho de Shafit.
Estaba algo preocupada. La juez nos había prohibido hablar del caso y nosotras lo habíamos cumplido al pie de la letra. Así que no sabía cuál sería su versión de los hechos. Aunque sabía bien lo que había pasado, todo, absolutamente todo me causaba angustia.
Entré al despacho y allí estaba Cameron con su asociado en este caso, Jim Smith.
—Buenas noticias, Carmen. ¡La historia de tu hija es exacta a la tuya!
—No hay otra historia, Cameron. Solo hay una.
—¡Y la misma! Tu esposo llamó repetidas veces al sobrecargo sin ninguna razón —siguió diciendo Shafit—. El caso va a juicio en octubre. Sin embargo, ya me informaron que tiene que ser pospuesto.
—¿Por qué? Yo quiero salir de esto lo antes posible.
—El fiscal tiene conflicto en su calendario. Y, en fin, necesitamos más tiempo para investigar. Lo van a mover para enero, lo cual es muy bueno. ¿Sabes por qué?
—¡Ni idea!
—El fiscal de este caso se va a retirar a finales de año. Así que el caso será asignado a otro fiscal, y ¿sabes qué?
—¿Qué?
—Nadie quiere a sus hijos más que sus verdaderos padres. Este ha pasado a ser un caso huérfano.
—Explícame mejor.
—A nadie le gusta heredar el caso que otro trajo al tribunal. Especialmente este, donde la mayoría de la gente en el Tribunal Federal dice que nada de esto habría pasado si tu esposo te hubiera dejado reposar la cabeza en su hombro. A nadie le gusta este caso, es una papa caliente. Por otra parte, el fiscal que va a asumirlo es amigo mío. Lo conozco muy bien. Me lo encontré en el supermercado el otro día y me dijo que lo llamara después de Año Nuevo para hablar de esto. No se escuchaba muy contento de haber heredado el caso. ¡A lo mejor lo cierra!
Así comencé a darme cuenta de hasta qué punto era importante quién representaba, quién conocía a quién… Al final, se trataba de a quién conocías y qué negociabas fuera del tribunal. Con el tiempo aprendí que eso también era peligroso, ya que podían negociar entre ellos por muchas razones. Después de todo, se debían favores.
—Cameron, hay que pedir la caja negra del avión y todas las grabaciones del vuelo. He estado haciendo investigaciones y todo esto es importante. Además, la caja negra es lo primero que buscan en cada accidente de aviación. También hay que pedir el manual de los empleados, específicamente el de los sobrecargos. Me imagino que él rompió las reglas, lo que hizo fue inusual. Me lo han comentado amigos que vuelan para otras aerolíneas, incluso para la que usamos en aquel viaje.
—Todo ha sido ordenado ya, Carmen. Y ahora tenemos más tiempo. Mi investigador ya habló con la mujer policía que estaba en el avión. Él va a realizar más entrevistas. Pero, como sabes, eso trae más gastos. Aunque me imagino que todos los detalles de dinero se resolverán en la audiencia de medidas provisionales en el Tribunal de Familia.
Estaba pensando que todo iba bien cuando Jim Smith dijo:
—¿Cómo es eso de que estabas peleando por maní en el avión?
—¿Qué?
—Escuchamos eso.
—¿Con quién han estado hablando ustedes? —pregunté.
Había sido Alejandro el que había peleado por el maní. Había sido algo muy sencillo: él había metido sus manos en mi maní y yo le había dicho que se comiera el suyo. ¡Aquello había pasado antes de que nos sirvieran la comida y solo él sabía a ese respecto! A menos que estuvieran hablando con Alejandro… ¿Sería eso?
Mientras tanto, como había dicho Cameron, nos estábamos preparando para la audiencia preliminar de mi divorcio. Esa audiencia tendría como objetivo dictar una orden que regulara la pensión compensatoria y alimentaria que mi marido tenía que pagarme, para mis hijos y para mí. Allí se determinarían todas y cada una de las responsabilidades de cada quien.
Shafit tenía que ir a esa audiencia, porque mis abogados de familia suponían que Alejandro utilizaría el caso del avión para aprovecharlo a su favor y había que evitar a toda costa que yo subiera al estrado. Aunque yo era inocente, era lo mejor, según mis abogados.
Había estado investigando y todos recomendaban que la persona acusada no testificara. Eso me recordaba el juicio contra O. J. Simpson: él nunca testificó.
—¡Si hablas, no sales caminando del tribunal! —me dijo un amigo.
Todo en mi vida me producía miedo.
Rezaba a diario muchas veces. Pedía calma y paz para mí y para mis hijos. Y, por supuesto, le pedía a Dios que me ayudara a salir de aquello. También le preguntaba: “¿Por qué? ¿Por qué tuvo que pasarme?”. Y mientras rezaba me decía a mí misma: “Si no hubiese venido a Estados Unidos no me habría pasado esto jamás”.
Deseaba estar de regreso en Venezuela, hasta que un día vino a mi mente un pensamiento: “Si estuviera en Venezuela, no estaría viva”.
Me dio escalofrío de solo pensarlo. Pero me di cuenta de cuán cierto era. En Venezuela, la situación política y económica se ha deteriorado tanto que por cualquier mísera cantidad de dinero los criminales se prestan a matar a la gente.
Más de veinticinco mil personas al año son asesinadas en Venezuela y noventa y cinco por ciento de los casos no se resuelven. Allí nadie cobra muertos.
Alejandro obviamente estaba tratando de deshacerse de mí. Primero, tratando de hacerme quedar como loca y al final acusándome de crímenes. ¡Habría sido tan fácil para él mandar a matarme y hacerme quedar como otra víctima más del creciente crimen en Venezuela!
Unos meses después de tener esa premonición, Mónica Spear, Miss Venezuela 2004, fue asesinada junto a su pareja en una carretera, llegando a Caracas. Ella logró esconder a su hija entre sus piernas, por lo que la pequeña logró sobrevivir.
Cuando me enteré de la noticia, aquello fue devastador, no solo porque se trataba de una de nosotras, una Miss Venezuela asesinada, víctima del crimen, sino también por lo que eso significaba para mí. Y pensé: “Eso pudo haberme pasado incluso antes que a ella”. Una vez más, me arrodillé a rezar y a dar gracias a Dios por mi suerte.
La muerte de Mónica causó numerosas protestas ante la inseguridad que vive el país. La gente salió a la calle a manifestar su dolor y su ira por lo acontecido. Mientras tanto, yo solo podía pensar: “A mí pudo haberme sucedido antes”.
Un día antes de la audiencia en el Tribunal de Familia, nos reunimos todos en el bufete de mis abogados encargados del divorcio. Llevábamos días trabajando en la parte financiera y decidiendo a quiénes llevar como testigos.
Lo primero que les pregunté a mis abogados de familia fue si habían hablado con la mujer policía. Ella estaba sentada en la clase económica del avión, se había ofrecido a ayudar cuando iba pasando por su asiento y había informado al investigador de Shafit exactamente lo mismo que mi hija y yo habíamos declarado sobre lo acontecido.
—Carmen, ella cambió su historia —me informó Jennie, la asociada en mi caso.
—¿Qué?
—Sí, lo que nos dijo ahora no tiene nada que ver con lo que está en el informe del investigador.
—¡Dios mío! ¿Cómo puede mentir la gente sabiendo que va a arruinar la vida de una persona inocente? Pero el investigador grabó la conversación. Podemos probar que está mintiendo.
—Es mejor que no la usemos.
¡Increíble! En el Tribunal de Familia la gente puede mentir y crear evidencias falsas. En realidad, en cualquier tribunal, tal como aprendería más adelante.




