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Desde que enfrentaba todos los problemas judiciales en los que Alejandro me había involucrado, no podía arriesgarme a cometer ni siquiera una infracción de tránsito, así que manejaba con suma prudencia. Me mantuve dentro del límite de velocidad y no di el menor paso en falso, a pesar de sentir que debía correr al encuentro de mi hija.
Llegué al edificio donde quedaba el apartamento al que se había mudado con su padre, en el centro de la ciudad, y la llamé para hacerle saber que estaba abajo.
Alexandra entró al auto y se sentó en silencio. ¡Dios mío! Era como si un mendigo se hubiera subido a mi auto. Se veía muy mal, estaba sucia, olía terrible, su cabello estaba grasoso. Me costaba soportar aquello. Mis ojos se humedecieron de solo ver el estado deplorable en el que se encontraba. Le pregunté:
—¿Estás bien?
—¡No, mamá! —me respondió.
Mientras me miraba, pude ver que sus ojos estaban extraviados. Estaba llorando, tenía los ojos rojos. Se levantó la manga de su chaqueta de mezclilla azul y me mostró ocho cortes en su brazo izquierdo.
—Iba a saltar desde el balcón, mami, cuando me llamaste para decirme que estabas aquí.
No sé cómo pude mantener la compostura, mostrar control y tranquilidad en ese momento. Lo único que quería era gritar y llorar... ¡Mi pobre bebé!
Dios nos da fuerzas en los momentos más importantes. Solo Dios pudo ayudarme en ese momento y en tantos otros.
No lloré. La impresión era tal que no brotaban lágrimas de mis ojos. Por otra parte, no podía llorar. Tenía que ser fuerte por ella. De mi boca no salía una palabra. En ese instante sentí como si hubiera transcurrido una eternidad, aunque probablemente solo hubieran pasado segundos. La miraba pensando qué podía hacer, qué debía hacer, qué era lo mejor para ella en esa situación. Concluí que, en definitiva, lo mejor era no llevarla a una sala de emergencias. Aquello tomaría horas y quedaría registrado en su historia médica que había tenido un intento de suicidio.
Sin embargo, no llevarla al hospital fue un error que, además, salvó a Alejandro de perder su licencia médica. Había puesto en riesgo a su hija menor de edad.
Llamé a mi psiquiatra. Sí, iba a un psiquiatra. Necesitaba un terapeuta que me ayudara a recuperarme. Después de todo lo que había pasado, presentaba trastorno de estrés postraumático y síndrome de esposa maltratada. Tantos años de agresión me habían llevado a eso.
Llamé y no respondió. Pero dejé un mensaje: “Dr. Grass, espero que esté en su consultorio. Voy en camino para allá con mi hija Alexandra”.
En un par de minutos su secretaria me devolvió la llamada. Le expliqué lo que estaba pasando. Y ella dijo que fuera, que me estaban esperando.
Las cortadas estaban frescas y aún tenían sangre. No sé cómo pude conducir. Las lágrimas comenzaban a brotar de mis ojos y no quería que mi hija me viera llorar. ¡Estaba temblando!
Llegamos al consultorio del Dr. Grass. Estaba en consulta con un paciente. Al salir se acercó a ver a mi hija y dio instrucciones a su secretaria para limpiarle los cortes. Fuimos al baño, le lavamos el brazo y le aplicamos agua oxigenada y Neosporin.
Regresamos a la sala de espera del doctor y, mientras esperábamos, Alejandro la llamó. Atendí el teléfono y le dije:
—Mira lo que está sucediendo con Alexandra. ¿Por qué le está pasando esto a mi hija?
No habíamos hablado durante tres meses. Se hizo la víctima, como era lo habitual. Siempre jugó a serlo. Se hizo el que no sabía nada.
—¡No entiendo! Pero, Carmen: ella está deprimida. Vuelve a casa y te daré algunas medicinas para ella.
—Alejandro, nunca volverás a medicarnos ni a mí ni a ninguno de mis hijos.
Y tranqué el teléfono.
El doctor se desocupó, salió de su consultorio y nos indicó que entráramos. Entramos y le expliqué lo que sabía. Luego me pidió que saliera de su consultorio para poder hablar a solas con Alexandra.
En cuanto terminó de hablar con ella, me hizo entrar. Entonces me indicó:
—Llévala a Menninger. Estoy llamando para que la reciban.
Menninger era una institución de recuperación de la salud mental. Todo aquello era nuevo para mí. El doctor me aclaró que Alexandra no necesitaba medicamentos y que bajo ninguna circunstancia debía aceptar ser medicada; que lo más importante en ese momento era suspenderlos, ya que mi hija estaba tomando Xanax.
Yo no sabía que ella estuviera bajo ningún tratamiento médico. ¿Cuál tratamiento? ¿Prescrito por quién y por qué? Todo aquello había comenzado después de que mi hija se fue de casa.
El doctor me proporcionó la dirección de Menninger y nos fuimos. Subimos al auto y arrancamos. Aún era temprano; no había comenzado el tráfico, así que llegamos rápido.
Una vez allí, supimos que el acceso a aquella institución de salud era muy restringido. No nos dejarían entrar hasta que estuvieran seguros de que ella estaba ahí por voluntad propia y hasta que pudiéramos pagar veintiocho mil dólares por una estadía de tres semanas.
“¡Dios mío! No tengo ese dinero”, pensé. Alejandro me había vaciado las cuentas bancarias y no tenía acceso a dinero ni a crédito.
Alexandra decidió llamar a su padre y me dijo:
—Voy a ver cuánto me quiere. Su reloj vale exactamente esa cantidad.
Y lo llamó.
—Papá, estoy en el hospital. El Dr. Grass me envió a Menninger, pero se necesitan veintiocho mil dólares para admitirme.
Él comenzó a gritar:
—¡Ustedes, tú y tu mamá, creen que yo soy una alcancía!
—Pero tu reloj vale eso, papi.
—¡Pon a tu mamá al teléfono!
En lo que tomé el teléfono, empezó a gritarme:
—No voy a pagar veintiocho mil dólares ni ninguna otra cantidad por una niña malcriada que lo único que tiene es miedo a que le practiquen un examen toxicológico.
Tranqué el teléfono. Él siguió llamando, pero le dije a Alexandra que no contestara. Le pregunté:
—¿Qué quieres hacer? No puedes quedarte en este hospital. ¿Quieres que te lleve de vuelta con él?
—No, mamá, por favor, no. Llévame a casa contigo, mamá.
Alejandro llamó de nuevo y le pidió que me pusiera al teléfono.
Respondí y comenzó a gritar. Solo le hablé para decirle:
—Tú no me gritas nunca más.
Y colgué el teléfono.
¡Qué sentimiento tan poderoso! ¡Le había colgado el teléfono! Él no podía controlarme más. No podía gritarme y yo no tenía que aceptar más sus gritos ni sus maltratos.
Decidimos recoger su auto para evitar que cargaran más días a la tarifa. Yo estaba viviendo con muy poco dinero y ella tenía lo que su padre le había dado para pagar por el auto hasta ese día.
Estaba en el área de estacionamiento tratando de recoger el coche y echarlo a andar, ya que la batería estaba muerta, cuando escuché a mi hija:
—Mamá, es mi papá. Que por favor lo atiendas, que no volverá a gritarte.
—Dile que no tengo nada que hablar con él.
Pensaba: “No quiero hablar con él y no tengo que hablar con él”. Por lo tanto, repetí:
—Dile que no tengo nada que hablar con él.
¡Guao! ¿Quién era esa? ¿Era yo? ¡Qué sentimiento de empoderamiento tan enorme! Alejandro no podía controlarme. ¡Ya no más!
Finalmente pudimos encender el auto y fuimos a casa. ¡Qué día tan largo!
Una amiga me había hecho el favor de buscar a los niños en la escuela. Kamee y Juan Diego ya habían llegado y se volvieron locos de felicidad al ver a Alexandra.
¡Ella estaba tan sucia! ¡Dios mío!, ¿cómo podía estar así? Le sugerí que tomara una ducha y así lo hizo.
En minutos la casa estaba llena de amigos de mi hija. Todos se me fueron acercando para decirme:
—Sra. Latuff, estamos felices de que Alexandra esté de regreso con usted.
Al poco rato, Alejandro llamó a la casa, ya que Alexandra no contestaba su celular. Exigió hablar con ella. Le entregué el teléfono a mi hija.
—Papi, el doctor dijo que tengo que quedarme con mi mamá —le escuché decir. También pude oír sus gritos del otro lado del teléfono.
—De acuerdo, papá, así van a ser las cosas. ¡Te quiero!
Pero él ya había colgado.
La madre de una de las amigas de Alexandra llegó a la casa. Era con esa familia donde mi hija se quedaba con más frecuencia cuando estaba viviendo con su padre. De hecho, pasaba más tiempo en la casa de esa amiga que con él. Llegó con una bolsa de sus snacks favoritos, gesto que le agradecí. Aprovechó para contarme lo terrible de la situación de Alexandra mientras vivió con su papá.
Su padre le enviaba mensajes de texto para que no se acercara por el hotel cuando tenía mujeres con él. Le decía que fuera después, de manera que mi hija esperaba y esperaba, a veces hasta las dos, las tres o las cuatro de la mañana. Muchas veces dormía en su auto, en las calles, en el estacionamiento de la escuela y otras tantas en la casa de la amiga cuya madre me estaba poniendo al tanto de la situación.
Cuando Alexandra no dormía con su padre, debía levantarse a las cinco de la mañana para regresar al hotel, buscar sus libros, su uniforme y poder estar en la escuela a las siete y cuarenta y cinco. Muchas veces, cuando llegaba, la puerta de la habitación de su padre estaba entreabierta y ella podía verlo en la cama con la mujer de turno. No era de extrañar que quisiera escapar.
Los agresores son crueles con sus hijos y se forman expectativas irreales acerca de ellos. Él esperaba que Alexandra, a los diecisiete años, se comportara como una mujer adulta y así decía, que ella ya era una adulta. Dejarla en la calle durmiendo era una forma más de agresión para con ella.
Adriana, la madre de la amiga de mi hija, estaba profundamente consternada ante la falta de responsabilidad de Alejandro. Antes de irse, se ofreció para servir de testigo por el bien de Alexandra.
Más tarde, su amigo Alon llegó a visitarla y quiso hablar conmigo.
—Por favor, Sra. Latuff, no la deje ir de nuevo con su papá. Eso fue terrible. No permita que se vaya de regreso con él. Ella no quiere volver, pero tampoco quiere que usted sepa la verdad.
—¿Qué verdad, Alon?
—¿Promete que no le hará saber que fui yo quien se lo dijo?
Yo detestaba hacer esas cosas. ¿Y si se trataba de algo que en realidad no pudiera ocultar? Pero había tanta oscuridad en relación con ese período en el que Alexandra estuvo con su papá que yo quería saber, necesitaba saber, especialmente si se trataba de algo tan importante y que Alon tenía miedo de revelarme.
—Está bien. Te lo prometo.
Después de todo, conocía a Alon desde sus ocho años. Esos niños eran como hermanos y hermanas para mi hija. Se preocupaban los unos por los otros.
Alon comenzó a contarme y me dijo que Alexandra pasaba la mayor parte del tiempo en la calle cuando su padre tenía compañía. Pero que la peor parte había sido cuando Alejandro llevaba prostitutas.
—¿Qué? ¿Llevaba prostitutas?
—Sí y se quedaban allí durante días. Pero, por favor, no diga nada, por favor. ¡Dios sabe qué más pasó allí! —agregó.
Hacia la medianoche todo el mundo se había ido ¡Qué día tan largo!
Pude haberme tomado alguna bebida, pero ya no bebía, ni siquiera una gota. Le había cogido miedo desde que supe que Alejandro me drogaba para deshacerse de mí. Con el tiempo sabría incluso con cuánta frecuencia lo había hecho...
Alexandra, del mismo modo que cuando era niña, se fue a mi cama y durmió allí conmigo. Necesitaba a su mamá. Mis hijos dormían conmigo cada vez que estaban enfermos o sentían miedo.
La miraba y veía a mi bebé, no a la adolescente de diecisiete años que tenía frente a mí. Todavía no conocía bien la historia de lo que había pasado.
A la mañana siguiente, cuando me levanté, mi hija todavía estaba durmiendo. Era sábado, por lo que no me importó y la dejé descansar. Alexandra durmió la mayor parte del día.
Cuando por fin despertó, me comentó que no se sentía bien. Era octubre, el clima estaba cambiando, así que me imaginé que se trataría de un resfriado. Tenía escalofríos, estaba temblando y tenía fiebre. También sudaba mucho, a tal punto que la cama estaba mojada.
Siempre he pensado que la sopa de pollo lo cura todo, así que le di mucha sopa de pollo y mucho amor. ¡Lo que nunca imaginé era que estaba ayudando a mi hija a desintoxicarse! No tenía conocimiento alguno de lo que estaba haciendo.
Alexandra se quedó en mi cama todo el fin de semana. La alimenté y cuidé de ella. Cambié las sábanas, empapadas de sudor, varias veces durante ese par de días.
Su padre siguió llamándola y peleando con ella. Yo ignoraba qué estaba pasando, cuál era su insistencia. Mi hija siguió colgando, hasta que bloqueó su número en su teléfono celular. Definitivamente: no quería hablar con Alejandro.
Pasé mucho tiempo con mi hija en la cama, haciéndole compañía y hablando con ella. Vimos películas mientras sus hermanos entraban y salían de mi habitación. Percibía que Alexandra necesitaba sentir que tenía una madre que siempre estaría allí para ella. En un momento me preguntó, de forma inesperada:
—¿Por qué no peleaste por mí?
—¿Qué?
—Sí, mami. ¿Por qué no peleaste por mí en el tribunal?
Por fin entendí de qué estaba hablando: hablaba del día de las medidas provisionales, fecha a partir de la cual a su papá le habían otorgado su custodia.
—¡Tu papá dijo que no querías verme!
—¡Eso no es verdad! Yo quería que pelearas por mí. ¡Tú siempre luchas por nosotros!
Empecé a llorar. Entendí en ese momento qué era lo que ella esperaba de mí.
—¡Mi amor! Tenía demasiada presión encima y, por otra parte, fuiste tan decidida y grosera cuando te fuiste que le creí a tu papá. Estaba débil. Muy débil. ¡Perdóname!
Ella me miró con lágrimas en los ojos; yo también lloraba. Solo la abracé y lloramos juntas.
Finalmente, el domingo Alexandra me dijo:
—¿Sabes? El temor de papi es que yo vaya a hablar.
—¿A hablar? ¿Hablar acerca de qué? —le respondí.
Ella guardó silencio. No quería presionarla. Si no quería hablar, estaba bien. Ya hablaría a su debido tiempo.
Y así fue: el lunes comenzó a contarme.
Yo había visto que el 17 de octubre de 2013, a las tres de la madrugada de una noche de escuela, mi hija había escrito en Twitter: “Eres demasiado viejo para esto. ¡No puedo creerlo!”.
Estábamos en la cama. Yo acariciaba su cabello. De repente, empezó a hablar:
—Mi papá llevó a tres prostitutas al apartamento.
—¿Qué? ¿Cuándo? —no podía decirle que ya lo sabía; se lo había prometido a su amigo.
—Hace casi dos semanas, mami.
—¿Cómo sabías que eran prostitutas?
—Lo dijeron. Se quedaron durante días. Hablamos mucho, mamá —agregó Alexandra. Y continuó—: Papi salió con tío José (uno de los hermanos de Alejandro) y volvieron con tres mujeres. Tío José le comentó algo a papá cuando me vio allí. Se fue después de un tiempo y me dijo: “Tu papá está loco”.
José no se había ido porque aquello atentara contra su moral. De haber sido así, se habría llevado de inmediato a mi hija con él y la habría devuelto conmigo a casa. Se fue porque le preocupaba que Alexandra pudiera decirle a su esposa lo que estaba haciendo, pero el daño ya estaba hecho: él estaba allí con una de las prostitutas, quien se sintió muy afectada cuando, al salir del baño, se percató de que José se había ido y la había dejado sola en aquel lugar.
Mi hija agregó a la historia el consumo de cocaína. Eso no me lo había dicho Alon.
—Sacaron cocaína y todos comenzaron a consumir. Mi papá decía: “Ella necesita un poco de blanco”. Mami, él actúa como un niño pequeño con esas mujeres. Más tarde llegó otra, una afroamericana. Con ella, eran cuatro. Al final, solo tres se quedaron durante la noche. En un momento mi papá se enfermó, se puso muy mal. De pronto no lo vi más, así que me fui a buscarlo y lo encontré en el baño tirado. Estaba vomitando y sudaba muchísimo. Lo ayudé a que se acostara y me fui a dormir, porque tenía clase al día siguiente. Ellas se quedaron allí, aunque no sé dónde durmieron. Para la tarde del jueves, cuando volví del colegio, mi papá iba saliendo a comer con dos de ellas y me invitó. No fui porque tenía tarea. El viernes, cuando Kamee y Juan Diego llegaron, solo quedaba una de esas mujeres. Papá me pidió que les dijera a mis hermanos que se trataba de una amiga mía. El sábado debía encontrarme con mi tía Sandy porque había invitado a Juan Diego a pasar el día con ella y mi primo. Cuando le llevé a Juan Diego, yo todavía andaba con esa mujer, porque mi papá me pidió que pasara el día con ella y la llevara a buscar su auto. Todo fue tan delirante, mami, que mi tía Sandy, sin saberlo, ¡conoció a la mujer que había estado con su marido!
¡Oh, Dios mío! ¡Qué situación tan espantosa! ¡Incluso mis hijos más pequeños habían pasado tiempo con esa mujer!
El martes estaba con mis abogados. Ellos ya habían presentado la solicitud para recuperar a mi hija y restringir las visitas de Alejandro a los niños. En eso llamó Alexandra.
—Mamá, tienes que retirar la solicitud.
—¿Cuál solicitud?
—La que introdujiste.
—¿Cómo lo sabes?
—Papá acaba de enviármela y me está amenazando. Si no la retiras, me iré de la casa y no volverás a verme —y colgó el teléfono.
—Alejandro la está forzando —les dije a mis abogados.
La llamé de nuevo pero no respondió. Me comuniqué con la muchacha de servicio y me dijo que Alexandra se había ido. Me fui a casa con mi abogado y la llamé otra vez, sin recibir respuesta.
Mis abogados me indicaron que llamara a la policía. Le envié un mensaje de texto: “Alexandra, la policía va a estar buscándote. Vuelve a casa, por favor”.
Al cabo de un rato llegó la policía. Los agentes tomaron mi denuncia, redactaron un informe y me hicieron saber que no había nada que pudieran hacer hasta después de cuarenta y ocho horas de su desaparición. Mi abogado se fue y me quedé rezando. Suplicaba: “Dios, por favor, no permitas que haga nada irracional”.
Tiempo después, mi hija regresó llorando y pidiéndome disculpas.
El 20 de noviembre de 2013, acudimos a los tribunales para recuperar legalmente a mi hija y solicitar que su padre se acogiera a un régimen de visitas supervisadas, tanto para verla a ella como a mis otros dos hijos. Mis abogados, además, solicitaron que se lo sometiera a un examen toxicológico, ya que Alexandra lo había visto consumiendo cocaína.
En el tribunal, Alejandro bebió más agua que un pez. Aquello era demasiado raro, pues él no bebía agua, solo tomaba Coca-Cola. Mis abogados se burlaban de él; decían que en cualquier momento comenzaría a echar agua por todas partes.
Declaré y le dije a la juez lo que había visto cuando mi hija regresó. Sin embargo, los abogados de Alejandro desviaron la atención preguntándome sobre el incidente del avión. También me acusaron de ser una alcohólica y una drogadicta. ¡A mí!
—Después de todo, ella ha heredado todo esto de su madre. ¿No es verdad, señora Latuff? —señaló su abogado.
Habían logrado acusarme de sus vicios. Él era el drogadicto y el alcohólico, pero habían logrado volver la situación en contra mía.
El psiquiatra que vio a Alexandra testificó y contó explícitamente lo que mi hija le había dicho. Habló del uso de drogas, de las prostitutas y de que ella había dormido en la calle.
A la hora del almuerzo, mis abogados solicitaron a los abogados de Alejandro que fuéramos a someternos al examen toxicológico. Al requerírselo a él, yo también debía hacérmelo. Sus abogados se negaron. Argumentaron que mi marido tenía que trabajar con ellos. ¿Trabajar o hacerse otro tratamiento para limpiar cualquier rastro?
El laboratorio envió al técnico al tribunal. Era una mujer. Él se negó a que una mujer le practicara la prueba. Dijo que prefería esperar a un hombre. De repente mostraba pudor; un hombre que caminaba desnudo por la casa y al que todos los trabajadores, las empleadas domésticas y hasta los niños habían llegado a ver…
Por otra parte, cuando Alejandro se sentó en el estrado, mintió. Afirmó que nada de aquello era cierto, que todo lo que había dicho el psiquiatra era mentira.
Después de un día completo, la juez suplente, quien más tarde fuera acusada por fraude en las donaciones de campaña, dictaminó que yo debía tener la custodia de mi hija y que su padre debía pagar el cien por ciento de las cuentas médicas, la equitación de Kamee y los tutores de dislexia de Juan Diego. Aparte de eso, todos debíamos asistir a una terapia para familias en proceso de divorcio. Pero, a pesar de eso, ¡el régimen de visitas permanecía como estaba! ¡La juez había considerado que todo lo que Alejandro había hecho estaba bien!
Alejandro nunca pagó nada ni hizo acto de presencia en la clase a la que nos obligaron a asistir. ¡Yo fui la castigada! Estaba devastada y los niños también.
Luego de una semana, obtuvimos los resultados de la prueba... ¡negativos! Mi hija me miró con sus ojos llenos de lágrimas:
—¡Mamá, yo lo vi! ¡Yo lo vi! ¡Créeme que papá consume drogas!
—Yo lo sé, mi amor. Yo también lo he visto.
Dos años y medio después, Alejandro me diría con orgullo que había cenado con un juez de otro tribunal y, gracias a eso, había conseguido ayuda para lograr que la juez, en nuestro tribunal, fallara a su favor. Eso explicaba todo…
CAPÍTULO 8
La primera trampa
En la víspera de Navidad de aquel año 2011 estábamos en Beaver Creek, Colorado, como solíamos hacer para Nochebuena y Año Nuevo todos los años. Llegamos el día anterior y Alejandro, como de costumbre, ya tenía la cara roja, pues nunca usaba protector solar. Para ese entonces, las niñas tenían quince y doce años y Juan Diego seis. Él seguía en la escuela de esquí, pero nuestras hijas ya esquiaban con nosotros.
El 24 de diciembre por la tarde nos fuimos a tomar una copa con unos amigos antes de la cena de Navidad en el hotel Hyatt. Nos sentamos en unas butacas que tenían vista a la montaña, ya que ese día sería el descenso de las antorchas. Tanto profesores como expertos bajarían con antorchas por la montaña. Los esquiadores no entrenados bajarían portando luces por la montaña de los niños. Se trataba de una tradición de Beaver Creek para Navidad y Año Nuevo que se repetía todos los jueves.
Nuestros hijos estaban todos juntos, viendo el espectáculo en las afueras del hotel. Yo me senté a hablar con Eva, una amiga de Jordania, mientras Alejandro, como todo un caballero, traía mi copa y la suya. Nunca permitió que el mesero nos sirviera. En aquel momento, yo no sospechaba en absoluto que pudiera tratarse de nada malo. Pensaba que Alejandro querría un servicio más rápido, a pesar de haberle dicho: “¡Pero aquí está el mesero!”. También supuse que querría atenderme como a toda una dama y que se mostraba especialmente atento porque no estábamos viviendo juntos. De hecho, se suponía que él no iría a ese viaje. Con el tiempo comprendí la razón de su conducta: hacer de las suyas con mi trago sin que yo me diera cuenta.
Una de las características del agresor es que obliga a su víctima —esté al tanto o no— a tomar alcohol o a consumir drogas.
Finalmente, nuestros amigos se fueron y nosotros nos quedamos un poco más. Yo quería ir a arreglarme para la cena de Navidad, pero él me dijo:
—Vamos, un trago más —y se levantó a la barra.
Lo que pasó después es para mí como un sueño. Solo tengo destellos de los hechos.
Estábamos sentados, ya solos, y empezamos a pelear. El terapeuta nos había recomendado que pusiéramos distancia entre nosotros cuando comenzaran las peleas, de modo que eso hice: me levanté y fui a pedirle nuestro auto al valet parking. Mientras me dirigía hacia allá, noté que casi no podía caminar. ¿Por qué?
Llegué al apartamento y mi marido llegó justo detrás de mí, algo que, según la recomendación, no debía hacer. Debía darme mi espacio. Entonces comenzó a golpearme. Yo ya estaba llena de moretones recibidos unos días atrás. Comenzó a amenazarme con llamar a la policía. Esa se había convertido en su nueva forma de chantaje.
—¿Qué le vas a decir, Alejandro? ¿Le vas a decir que me estás pegando?




