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Seguramente no estaba enamorado de Susan Fitzbaum. Seguramente ella no estaba enamorada de él.
Por esa época, Eleanor y yo fundamos la escuela de comedia Deja de Llamarme Shirley. Consistía en nosotras dos encontrándonos en el centro para beber tragos y hacer pronunciamientos desesperados sobre la vida y el amor que siempre empezaban “Sin duda alguna…”. También incluía lo que Eleanor llamaba “El gran llanto blanco”: gente blanca blanda juntándose a beber vino blanco y a llorar.
–Nuestra vida sexual está desapareciendo –decía yo–. Gerard va al baño y a eso yo lo llamo “darse la mano con el desocupado”. Los hombres llegan a los treinta, lo juro, y solo quieren hacer el amor dos veces por año, como las focas.
–Nosotros tenemos tres años más de pico sexual –dice Eleanor mientras cierra los ojos y hace el gesto de estrangularse a sí misma–. ¿Cuándo fue la última vez que hicieron el amor? –Eleanor intentó parecer indiferente. Yo canté:
–Enero, febrero, junio o julio –pero la camarera se acercó para tomar las órdenes y nos miró con hostilidad. Nos gustaba hacerla sentir culpable dejándole grandes propinas.
–Me siento premenstrual –dijo Eleanor–. Estuve forzada a escribir propuestas para becas durante todo el día. He decidido que odio a todas las personas bajas, a todas las personas ricas, a todos los funcionarios del Estado, a los poetas y a los homosexuales.
–No te olvides de los gitanos –dije.
–¡Los gitanos! –gritó–. ¡Desprecio a los gitanos! –Bebía chablis de una forma que era mezcla de terror y alegría. Siempre a toda velocidad–. ¿Puedes ver que estoy tratando de ser feliz? –dijo.
Eleanor era parte de un grupo de poetas-actores local financiado por becas que hacía lecturas dramáticas y a veces hermosas de poemas escritos por personas famosas muertas. Mis favoritos eran los soliloquios de Romeo de Eleanor, aunque también le salía muy bien “Alto en el bosque en una noche de invierno”. Yo era una bailarina con mala suerte y sin disciplina que despreciaba todas las formas de ejercicio físico relacionadas con la danza e iba de un trabajo de profesora de aerobics a otro, intentando convencer a los estudiantes de que me encantaba. (“¡La vida, la actuación tienen lugar en presencia del oxígeno!” explicaba yo con una euforia preparada. Al menos no decía cosas como “¡Aprieten las nalgas para intensificar el estiramiento!”, o “¡Vamos, chicas, a mover esos cuerpos!”). Acababa de dejar un trabajo en un gimnasio y había sido contratada en la escuela municipal de artes de Fitchville para dar una clase a adultos mayores. Aerobics de geriátrico.
–¿No sientes eso respecto a la danza? –preguntó Eleanor–. Me refiero a que me encantaría escribir y leer algo mío, pero para qué molestarse. Terminé de darme cuenta de eso el verano pasado leyendo a Hart Crane mientras flotaba en el medio del lago en la cámara de una rueda. Ese sí es un poeta.
–Un poeta que podría haber usado la cámara de una rueda. No seas tan dura contigo misma. –Eleanor era inteligente, tenía más de treinta años, sobrepeso, y nunca había tenido un novio serio. Era hija de un médico que todavía le enviaba dinero. Se tomaba nuestra mediocridad mutua con más seriedad que yo–. No deberías permitirte el sentirte tan miserable –intenté.
–Yo no tengo esas píldoras –dijo Eleanor–. ¿Dónde se consiguen?
–Creo que lo que tú haces en la comunidad es absolutamente genial. Haces feliz a la gente.
–Gracias, señorita Hallmark Hall de la Oscuridad.
–Perdón –dije.
–¿Sabes de qué se trata la poesía? –dijo Eleanor–. De la imposibilidad del amor sexual. Los poetas, finalmente, no desean genitales, ni propios ni ajenos. Un poeta quiere metáforas, patrones, alguna física del amor sucedánea. Para un poeta, amar es no tener ningún amante. Y vivir –alzó la copa y no pudo reprimir una sonrisa– es no tener hígado.
Básicamente, me di cuenta, estaba viviendo en esa espantosa etapa de la vida que va desde los veintiséis a los treinta y siete años conocida como estupidez. Es cuando no sabes nada, sabes incluso menos de lo que sabías cuando eras más joven, y ni siquiera tienes una filosofía sobre las cosas que no sabes, algo que sí tenías a los veinte y que volverás a tener a los treinta y ocho. Aunque intentaste ciertas cosas.
–El amor es el programa de intercambio cultural entre la futilidad y el erotismo –afirmé. Y Eleanor respondió:
–Oh, cuánto cinismo –lo que en realidad quería decir que no había estado siquiera cerca de ser lo suficientemente cínica. Lo había formulado de manera espantosa pero de alguna forma justa, como un campamento infantil donde debes dormir lejos de casa.
–Estar enamorada de Gerard es como dormir en el medio de la autopista –intenté.
–Esa es mi muchacha –dijo Eleanor–. Mucho mejor.
En el formulario de postulación para el trabajo de la escuela municipal, donde preguntaba “¿Está usted casada?” (se trataba de información opcional), yo había consignado un enfático “No” y, a continuación, donde preguntaban “¿Con quién?”, había escrito: “Un tipo llamado Gerard”. De alguna forma mi clase de adultos mayores se enteró del contenido del formulario y una vez que las clases adquirieron ritmo y ganamos confianza, solían sonreír y bromear conmigo:
–Una chica con tan buen humor como el tuyo –solía ser el estribillo retrógrado–, ¡y sin marido!
Las clases tenían lugar por la noche, en el tercer piso de la escuela de arte, que era una enorme casa de estilo victoriano casi donde terminaba el centro. El estudio de danza era decrépito y los espejos eran de pesadilla, como hojas de aluminio extendidas sobre las paredes. Yo hacía lo que podía.
–Abajo, arriba, flexión, otra vez. Abajo, arriba, flexión, estocada.
Tenía diez mujeres de alrededor de sesenta años y un hombre llamado Barney que tenía setenta y tres. Solía gritarle:
–Ahora apúrate –aunque por lo general no me refería al ritmo: Barney tenía un audífono que siempre se le caía al piso en el medio de la rutina. Después de la clase, se quedaba dando vueltas e intentaba conversar: se disculpaba por lo del audífono o me contaba historias sobre su hermana Zenia, que tenía ochenta y un años y, aparentemente, era ágil como un insecto.
–¿Entonces usted y su hermana se ven seguido? –le pregunté una vez mientras guardaba los casetes.
–¡¿Seguido?! –Soltó una carcajada y luego sacó su billetera y me mostró una foto de Zenia en Mallorca con un traje de baño amarillo. Me contó que su hermana nunca se había casado.
Las mujeres me trataban como a una hija. Se ubicaban a mi alrededor después de la clase y me sugerían distintas cosas que tenía que hacer para conseguir un marido. La más popular era que me aclarara el cabello.
–¿No crees, Lodeme, que Benna debería aclararse el cabello?
Lodeme era algo así como la líder, tenía la malla más sofisticada (de color lavanda con rayas azul marino), estaba perfectamente en forma, podía permanecer en la posición de v corta por minutos, y hacía sin cesar el intento de exhibir una sabiduría dura y llorona:
–Primero el cabello, luego el corazón –bramó Lodeme–. Aclara tu corazón, y luego estarás bien. Nadie se enamora de un hombre de buen corazón, ¿verdad, Barn? –después le apretaba el brazo y a él se le caía el audífono. Al finalizar la clase yo tomaba un sedante.
Hubo un período en el que intentaba hacer anagramas con palabras que no eran anagramas: menopausia y menudencia; agallas y toallas; enamorados y entramados. Me encontraba con Eleanor para beber algo, o en nuestra escuela de Shirley, o para desayunar en Hank’s Grill, y si yo llegaba primero, garabateaba las palabras una y otra vez en una servilleta, buscando formar los anagramas como un niño que intenta dividir tres en dos sin poder encontrar el resultado.
–Buenas –le decía a Eleanor cuando llegaba, y daba vuelta la servilleta. Tenía las palabras enamorados y camaradas escritas con letras grandes.
–Estás enloqueciendo, Benna. Debe ser tu vida romántica. –Eleanor se acercaba y escribía enamorados y manoseador; siempre había sido la más lista–. Pide el jugo de tomate –decía–. Esa es la forma en que te deshaces del olor a zorrino.
Gerard era un hombre alto y de ojos verdes que olía a talco de bebé y estaba muy preocupado por la gran música. Yo podía estar acostada en la cama explicando algo terrible y personal y él me interrumpía diciendo:
–Eso es Brahms. Eres como Brahms.
Y yo contestaba:
–¿A qué te refieres, a que soy gorda, vieja y tengo barba?
Y Gerard sonreía y contestaba:
–Exactamente.
Una vez, cuando le conté diversas humillaciones que viví en la adolescencia, dijo:
–Eso es un poco como Stravinski.
Y yo dije, fastidiada:
–¿En segundo año Stravinski todavía no había tenido el período? Me consuela saber que todo lo que me ha pasado le ha pasado también a un compositor famoso.
–Al final, no te gusta la música, ¿no? –dijo Gerard.
En realidad, la música me encantaba. A veces, pienso que esa es la razón por la que me enamoré de Gerard en primer lugar. Tal vez no tuviera nada que ver con el olor de su piel o el largo de sus piernas o el ritmo particular de sus palabras (un ritmo de reggae de pradera decía él), sino solo con el hecho de que pudiera tocar cualquier instrumento de cuerdas –piano, banjo, cello–, compusiera óperas rock y poemas tonales, y cantara lieder y canciones pop. Yo vivía rodeada de música. Cuando me ponía a leer el diario, él escuchaba Mozart. Si miraba las noticias, ponía Madame Butterfly diciendo que se trataba de lo mismo que se veía en el televisor: estadounidenses de juerga en países ajenos. Solo tenía que cruzar la fosa del pasillo para aprender algo: Vivaldi fue un sacerdote pelirrojo; Schumann se lisió la mano con un expansor; Brahms nunca se casó, esa era la gran historia, la que a Gerard más le gustaba contarme. “Está bien, está bien”, le decía yo, o a veces, simplemente “¿Y?”.
Antes de conocer a Gerard, todo lo que sabía de música clásica lo había sacado del disco de la banda sonora de Momento de decisión. Ahora, podía tararear el vals de Musetta al menos durante tres compases. Ahora, poseía todos los conciertos de piano de Beethoven. Ahora, sabía que Percy Grainger se había casado en el Hollywood Bowl. “Pero Brahms –decía Gerard–, Brahms nunca se casó”.
No es que quisiera estar casada. Lo que yo quería era algo equivalente al matrimonio, aunque nunca había sabido exactamente qué podía ser eso y sospechaba que quizás no existiera nada de esa naturaleza. A pesar de todo, estaba convencida de que tenía que haber algo mejor que esa farsa solitaria de vivir del otro lado de la ciudad o del pasillo. Algo que pudiera surgir en muy poco tiempo.
Y eso me hacía sentir culpable y burguesa. Entonces me consolaba con los defectos de Gerard: era infantil; siempre perdía las llaves; era de Nebraska, como un horrible presentador de talk shows; había crecido cerca de una de las áreas de descanso más antiguas de las autopista I-80; contaba chistes que incluían las palabras salchicha y pedo; una vez se refirió al sexo con la expresión “esconder el salame”. También tenía el hábito de perseguir a pequeños animales para asustarlos. La primera vez que lo hizo fue con un pájaro en un parque y yo me reí pensando que era gracioso. Más adelante, me di cuenta de que era raro: Gerard tenía treinta y un años y la emprendía contra pequeños mamíferos que buscaban refugio en arbustos, en árboles, sobre muebles. Después de asustarlos, se daba vuelta y sonreía, como un maníaco poseído, un Puck con un título de maestría. También le gustaba mojarles la cara y el cuello a gatos y perros para pasarles después la mano como un peluquero y decir que los hacía lucir como Judy Garland. Me daba cuenta de que la vida era demasiado corta como para ser capaz de superar ciertas cosas de forma absoluta y sincera, pero estaba claro que algunas personas estaban esforzándose más que otras.
Cuando tenía poco más de veinte, me fastidiaban las mujeres que se quejaban de que los hombres eran superficiales e incapaces de comprometerse. “Los hombres, las mujeres, todos somos iguales”, decía yo. “Algunas mujeres son capaces de comprometerse, otras no. Algunos hombres son capaces de comprometerse, otros no. No es una cuestión de género”. Después conocí a Gerard y empecé a creer que los hombres eran superficiales e incapaces de comprometerse.
–No es que los hombres le teman a la intimidad –le dije a Eleanor–. Es que son hipocondríacos de la intimidad: siempre piensan que la tienen cuando no es así. Gerard piensa que estamos cerca pero la mitad del tiempo me habla como si nos hubiésemos conocido hace cuarenta y cinco minutos, me cuenta cosas de él que conozco hace años y me hace preguntas sobre mí cuyas respuestas ya debería conocer. Anoche me preguntó cuál era mi segundo nombre. Dios, no puedo ni hablar del tema.
Eleanor me miró fijo:
–¿Y cuál es tu segundo nombre?
Yo la miré fijo a ella:
–Ruth –dije–. Ruth. –El de ella era Elizabeth, yo lo sabía.
Eleanor asintió con la cabeza y corrió la mirada.
–Cuando estaba en la escuela católica –dijo–, me encantaba la historia de Santa Clara y San Francisco. Francisco fue canonizado a causa de su devoción por ideas vagas y generales como Dios y la cristiandad, mientras que a Clara la canonizaron a causa de su devoción por Francisco. ¿Lo ves? Eso lo resume perfectamente: incluso cuando un hombre es un santo, incluso cuando es bueno y devoto, no es bueno y devoto con nadie en particular. –Eleanor encendió un Viceroy–. Y de todas formas, ¿por qué se espera que estemos con hombres? Siento que alguna vez lo supe.
–Los necesitamos por sus destornilladores con punta Phillips –dije. Eleanor elevó las cejas.
–Es cierto –dijo–. Siempre me olvido que solo sales con hombres circuncidados.
El cortejo mío y de Gerard había consistido en música de cámara dominical, conciertos de rock y excursiones a los campos de maíz en las afueras de Fitchville para cantar “I Loves You, Porgy”, a todo volumen y con errores mirando al cielo. Después, íbamos a mi departamento, nos desvestíamos y nos metíamos la lengua en el oído mutuamente. Por la mañana, íbamos a un café. “Espero que no seas checoslovaca”, decía Gerard, siempre el mismo chiste, y apuntaba al cartel sobre la caja registradora que rezaba: NO SE ACEPTAN CHEQUES.
–Se vería genial sin piernas y ubicado sobre un carrito –dijo Eleanor.
En realidad Eleanor era muy agradable en presencia de Gerard. Incluso se mostraba seductora. A veces ella y Gerard hablaban por teléfono: él le hacía preguntas sobre la Eneida. A mí me gustaba que se llevaran bien. Después, en un rapto de originalidad, Gerard solía decirme: “Eleanor sería hermosa si bajara de peso”.
–Está en el costado de tu pecho –dijo el cirujano.
No sabía que los pechos tenían costados, y ahora tenía allí algo esperando.
–Oh –contesté.
–Supongamos por ahora que es un quiste –dijo el cirujano–. No desfiguremos inmediatamente el pecho.
–Sí –dije–. No lo hagamos.
Y luego, la enfermera me dijo que tener un hijo podía fortalecer un poco toda mi maquinaria interna. Ayudarme a prevenir las “enfermedades de las mujeres de carrera”. Los bultos suelen desaparecer durante el embarazo.
–¿Puedo extender mi prescripción de sedantes? –pregunté.
Con cada ciclo menstrual, procedió a explicarme, el cuerpo es como un boxeador golpeado que va tambaleando de su rincón al ring, y a medida que pasan los años, al cuerpo le cuesta más hacerlo. Su voluntad se quiebra. Se equivoca. El cuerpo de una mujer está tan ocupado preparándose para hacer bebés que cada año que pasa sin haber hecho uno es otro año de rechazo del que cada vez es más difícil recuperarse. Tarde o temprano, puede enloquecer por completo.
Tuve la sospecha de que fueron discursos como este que hicieron que las mujeres abandonaran las fábricas y comenzaran de inmediato con el baby boom.
–Gracias –dije–. Lo pensaré.
Un problema de enseñar aerobics era que no me gustaba Jane Fonda. Me parecía que era una persona inconstante y descomprometida, demasiado segura de sí misma, que sabía posar frente a la cámara y se había hecho rica y famosa aprovechándose comercialmente de la crisis espiritual de Estados Unidos. Y con qué aplomo lo había hecho.
–Lo que tú quieres es que la gente esté más insegura sobre sí misma –dijo Gerard.
–Sí –dije–. Pienso que algunas incertidumbres bien pensadas y prominentemente exhibidas siempre están bien. –Y la incertidumbre y la confusión eran por cierto mis espejos en aquel entonces.
Barney adoraba a Jane Fonda.
–Esa mujer –solía decirme Barney después de la clase–. Sabes, solo era una de esas reinas del sexo. Y ahora está ayudando a Estados Unidos.
–Querrás decir ayudándose a sí misma gracias a Estados Unidos. –Curiosamente, Jane Fonda era una de las pocas cosas en el mundo sobre las que me sentía segura, y ella me volvía propensa a las declaraciones rotundas, tan poco características en mí. Debería tener cuidado con esa asertividad, pensé. Debería pensar con evasivas, con vaguedad, como el resto de mi vida.
–Oh, no me vengas con eso –dijo Barney y luego me puso al tanto de las últimas novedades sobre Zenia, que había sido elegida directora de un comité de mujeres votantes contra el abuso infantil.
Guardé mi casetera, me tomé un sedante en el bebedero con forma de urinario en el pasillo y fatigosamente bajé las escaleras y caminé a casa. Entré al departamento de Gerard y me despatarré sobre su cama para esperar que volviera del trabajo. Contemplé una impresión en blanco y negro que tenía colgada en la pared frente a la cama. De cerca era un paisaje, un lago plasmado de forma onírica, un árbol y una montaña, pero de lejos era una cara macabra, vacía y hueca como una máscara de tragedia. Y desde donde yo estaba, ni lejos ni cerca, podía ver tanto el lago como la cara, los dos fusionándose y separándose una y otra vez, compitiendo por mi percepción, hasta que finalmente entorné los ojos, lo suficiente como para ver colores.
Me di cuenta de que amar a Gerard era como tener un gato macho sin castrar o un hijo adolescente. Salía cinco noches por semana y durante el día tenía sueño y hambre y se sentía deprimido y comía muchos cereales fríos y dejaba los bowls por todos lados. Los ensayos de Dido y Eneas se estaban volviendo cada vez más frecuentes, y las otras noches tocaba como solista en conciertos de jazz en la ciudad, casi siempre en bares de categoría (uno se llamaba El Helecho de Humo) con ventiladores de techo de cuatro aspas aletargados como insectos de invierno y helechos frescos y delgados que decoraban cada rincón. Gerard tocaba la guitarra en un escenario al frente, y siempre había un grupo de mujeres a un costado que soltaban risitas, aplaudían con adoración y le compraban tragos. Cuando iba a verlo a sus conciertos, me sentaba sola en una mesa lo más atrás posible. Me sentía como una fan descarriada, una vecina devota. En las pausas, venía a hablar conmigo, pero en realidad hablaba con todos los presentes. Todo el mundo recibía la misma cantidad de tiempo y atención. Era un personaje público. Dejaba de ser mío. Yo me sentía tonta y fóbica. Me sentía espermicida. Bebía y fumaba demasiado. Empecé a quedarme en casa. Hacía cosas como mirar programas especiales sobre ciencia o películas sobre la Biblia: Stacy Keach en el papel de Barrabás, Rod Steiger como Poncio Pilatos, James Farentino como Simón Pedro. Mi propio cuerpo se me volvió cada vez más extraño. Me volví muy consciente de sus bordes al espiarlo desde afuera, mis hombros, manos, mechones de cabello, invadían los límites de mi visión como ramas que están preparadas para proyectarse en una toma y de esa forma decorar y volver la imagen sentimental. La necesidad de las tortugas marinas de dejar sus huevos en la tierra, dijo el televisor, las hace vulnerables.
Solo en una ocasión, y muy tarde por la noche, corrí escaleras abajo y salí a la calle en pijama, jadeando y lagrimeando, esperando que algo (¿un auto?, ¿un ángel?) viniera a rescatarme o a matarme, pero no había nada, solo farolas y un gato.
En la escuela de Shirley nos hicimos preguntas sobre los machos cazadores y las hembras que hacen nidos.
–¿Crees que después de todo sí hay algo real en eso del macho como nómade? –le pregunté a Eleanor.
Ella se mandó todo un discurso. Dijo que podía comprar todo el diagrama social de la mujer como la constructora del nido (grande, redondo, ver ovum) y el hombre como nómade, invasor, desplazándose en bandas (ver spermatozoa), pero que si ella era la que tenía que cuidar el fuerte, quería algunos huéspedes, una caballería sonriente y a la carga. Su vida estaba mal alineada, dijo. La caballería la pasaba completamente por alto, como si los mapas viales estuvieran mal hechos, y ella se veía forzada a gritar detrás de ellos “¡Ey!, ¿a dónde van?”. O un par de desertores pasaban de casualidad por su puerta, pero solamente se sentaban en el cordón a hablar sobre lo difícil que era ahorrar dinero en estos tiempos. El ADN de ella estaba en riesgo de extinguirse. Los amantes que había tenido siempre la habían deprimido. Prefería estar con amigos.
–El sexo solía consolarme –dije–. Era mi coma anticoma.
Eleanor se encogió de hombros. Bebió un trago de vermut. Le gustaba gritarles desde la ventanilla de su auto a las parejas que se tomaban de la mano por la calle: “¡Córtenla, por favor, córtenla!”.
–¿Cómo está Gerard? –dijo.
–Creo que ya no me ama –me mordí el puño para fingir melodrama.
–Dale a ese hombre un bigote que torcer y una chica que atar a las vías del tren. Mira, vas a estar bien. Vas a terminar con Perry. –Perry era el hombre que ella había inventado para mi futuro. Había estudiado en Harvard, amaba a los niños y creía en los sucedáneos del matrimonio. El único problema era que padecía de epilepsia y había tenido ataques en dos cenas consecutivas–. Yo –dijo Eleanor– seguramente termine con un tipo llamado Opie que coleccionará material relacionado con Pinocho y dirá cosas como “¡Oh, caramba!”. Querrá que me vista en trajes de marinera.
En la clase de adultos mayores era difícil concentrarse. Una de las mujeres, Pat, se había teñido las piernas con loción autobronceadora o algo así. Barney seguía teniendo problemas con su audífono. Lodeme pasó mucho tiempo en la parte trasera de la sala tomándole el pulso a todo el mundo de la forma en que yo les había enseñado: con dos dedos ubicados al costado del cuello.
–¡Jesús santo! –gritó–. ¡Debes estar hibernando!
Ese era mi miedo: que alguien tuviera un ataque en el medio de mi clase y muriera.
–Okey –dije–. Comencemos con la rutina “locura de la danza”. Recuerden: es importante no tener miedo de parecer un idiota. –Ese era mi lema en la vida. Inserté el casete y empecé con algunas estocadas livianas, flexiones de tobillo y un Charleston lento.
–¿Estamos sanos ya? –gritó Pat por sobre la música, sus piernas eran como atardeceres sepia, su cara era como la cara de un búho: una manzana partida en dos–. ¿Estamos sanos ya?
–Déjame tocarte el pecho otra vez –dijo Gerard–. ¿Este es el bulto?
–Sí –dije–. Ten cuidado.
–¿No es muscular? –sus dedos presionaron el costado exterior de mi pecho.
–No, Gerard, no es muscular. Está flotando como un pedazo de fruta en gelatina. ¿Recuerdas la gelatina con frutas? No hay músculos en la gelatina.
Aunque, en realidad, sí los había. Me lo había enseñado hacía mucho una amiga en la secundaria que me había dicho que la gelatina estaba hecha de pezuñas de caballos y otros huesos y músculos disecados. Ella también me había dicho que las tetas eran solamente nalgas mal ubicadas.
Gerard retiró la mano de debajo de mi sostén. Volvió a reclinarse sobre el sofá. Estábamos escuchando a Fauré.
–Escucha las cuerdas –murmuró Gerard y su rostro adquirió una expresión de beatitud. El mundo, toda la materia, yo lo sabía, estaba hecho de cuerdas. Lo había escuchado en la televisión. Los físicos siempre habían creído que el universo estaba hecho de partículas. Pero hacía poco habían descubierto que habían estado equivocados: el mundo, sorpresivamente, estaba hecho de cuerdas delgadísimas.




