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–Sí –dije–. Son maravillosas.
Las mujeres de la clase me sugirieron que me exfoliara el cutis. Había tenido acné en la adolescencia, mi cara había parecido un trozo de pizza, y eso me había dejado cicatrices. Una vez, Gerard me dijo que le encantaba mi piel, que no lucía picada y vieja sino que las marcas le daban cierta sensualidad, una forma dura de ser sexy.
Coloqué todo el peso de mi cuerpo sobre una cadera y miré a Betty, a Pat y a Lodeme mientras pestañeaba.
–¡Caramba, pensé que mi cara tenía un aspecto más o menos rudimentario!
–Luces como un hombre de las cavernas –dijo Lodeme con una voz que sonaba mitad a grava, mitad a un mazazo–. Tienes que hacerte exfoliar el cutis.
En la cama, intenté ser simple y directa.
–Gerard, necesito saber lo siguiente: ¿me amas?
–Amo estar contigo –dijo, como si estar conmigo fuera aún mejor que amarme.
–Oh –dije. Y entonces él me tomó la mano debajo de las frazadas, levantó su cabeza hacia la mía y me besó; sus labios fuera de los míos, luego dentro, como pólipos. La palma de su mano se deslizó por el costado de mi cuerpo, debajo de mi camisón y me colocó, panza arriba, sobre él. Su pene se sentía suave sobre mi culo y me rodeó la cintura firmemente con las manos. No entendí qué se suponía que debía hacer, entregada al cielorraso como estaba. Entonces, simplemente me quedé acostada y dejé que Gerard se las ingeniara. Él se quedó muy quieto debajo de mí. Finalmente, murmuré:
–¿Qué se supone que estamos haciendo, Gerard?
–No me entiendes –suspiró–. No me entiendes en absoluto.
La clase de adultos mayores duraba solo ocho semanas, pero la sexta semana, el número reducido de personas de la clase y la intimidad provisional que había surgido allí se me volvieron repentinamente opresivos. Quizás estuviera volviéndome como Gerard. Deseé el anonimato enorme y con aspecto de dona de una clase grande donde los alumnos no tenían nombres, ni caras, ni problemas. En seis semanas, con Susan, Lodeme, Betty, Valerie, Ellen, Frances, Pat, Marie, Bridget y Barney, tuve la impresión de que habíamos llegado a conocernos demasiado o, más bien, habíamos llegado a los tercos límites de nuestra capacidad de conocernos; nos habíamos quedado con los abruptos raspones de nuestras diferencias, nuestra incapacidad de conocernos permanecía reluciente y despojada. Desarrollé una metáfora maderera: “Giros frente al pino”, le dije a Eleanor. Dar una clase de aerobics delante de un bosque requería de menos coraje que darla ante un par de árboles individualizados. Un bosque te dejaría solo, pero los árboles vendrían hacia ti. Eran testigos de cosas. Cuando tú podías verlos, ellos te podían ver a ti. Podían ver que tenías algunos problemas. No eras una persona seria. No eras una bailarina seria. Yo no quería que mi vida se viera. Estaba segura de que desde lejos eso no podía pasar.
Además, era difícil estar cerca de estas mujeres que tenían exactamente lo que yo quería: nietos, estabilidad, una gracia posmenopáusica, una tregua con los hombres, misteriosa y conseguida con esfuerzo. Tenían, finalmente, la única cosa que todo el mundo quiere en la vida: alguien que te tome de la mano cuando mueras.
Entonces, la tristeza empezó a rebotar a mi alrededor y a golpearme justo en el corazón, justo en el medio del casete de Michael Jackson. Yo no estaba a gusto conmigo misma, y lo sabía. Quería parar. Quería caerme muerta como una hoja. E intenté transformar ese sentimiento en un movimiento durante el resto de la clase: “Uno, dos, tres y me desplomo, uno, dos, tres y me desplomo”.
Una vez, en la clase de danza moderna en la universidad, durante una tarde soleada de septiembre, nos pidieron que fuéramos hojas dando vueltas por el patio del departamento de artes. Yo supe cómo poner en práctica la consigna de una forma que evitara la vergüenza y la indignidad: una se volvía una hoja muerta, una hoja de cemento. Una yacía sobre el pasto marchito del patio del departamento de artes y se negaba a flotar y girar. Una se desplomaba y nada más. Una no era una tonta. Una no escuchaba a la profesora. Una no quería ser vista aleteando por el campus, como los otros que eran claramente psicóticos. Una no quería estar en esta universidad. Una solo quería enamorarse y conseguir un sucedáneo del matrimonio. Una simplemente se acostaba y se quedaba quieta.
Alcé la vista y miré el espejo. Detrás de mí, Lodeme, Bridget, Pat, Barney, todos estaban rígidos pero se desplomaban obedientemente. De alguna forma, los amaba pero no los quería, sus caras llenas de manchas como pezones, sus consejos de belleza, sus voces viejas, bajas y rasposas. Deseaba que todos desaparecieran en alguna especie de borrón sin vida. No quería escuchar hablar más de Zenia o sobre cómo yo podía usar un buen par de caderas. No quería ser responsable de sus corazones.
Volvimos a ponernos en puntas de pie.
–¡Bien, bien! Golpeen el aire, tres, cuatro. Golpeen el aire. –En el espejo lucíamos como si nos hubiésemos derretido: charcos que resplandecían y se meneaban.
Después, Barney se acercó y me contó más cosas sobre Zenia. Intenté prestar el mínimo de atención mientras guardaba mis casetes y despedía a las mujeres que se retiraban. La voz de Barney parecía tener una nueva especie de graznido y de ronquido.
–Vi un programa sobre abuso infantil –dijo–, y ahora me doy cuenta de que yo fui un niño abusado.
Lo miré y él sonrió y negó con la cabeza. Yo no quería escuchar su historia. Cristo, pensé.
–Mi hermana Zenia tenía catorce años y yo seis y se metió en mi cama una vez, y nosotros no sabíamos que eso estaba mal. Pero técnicamente eso es abuso. Y lo gracioso es que… –Se moría de ganas de contarle esto a alguien. Me siguió por la sala mientras yo apagaba las luces y cerraba las ventanas– yo jamás habría visto ese programa si no hubiera sido por el comité que ella preside. Ella es mi hermana, tengo que quererla, pero…
–No, no tienes que quererla –le grité al anciano. El mundo era un carnaval de demonios y Zenia estaba ahí con todos los demás–. Buenas noches, Barney –dije. Cerré con llave la puerta de la sala y lo dejé en el comienzo de la escalera.
–Buenas noches –farfulló inmóvil.
Bajé los tres pisos a toda velocidad, los casetes repiqueteaban en mi bolso, y salí hacia la bebida fresca de la noche. ¡Si esta fuera otra ciudad, seguiría intentando conocer nuevos lugares! ¡Si este fuera un lugar nuevo en el mundo!, ¡si es que hubiera un lugar así!
En una sola semana pasaron cuatro cosas: Barney dejó de venir a clase; Gerard anunció que estaba pensando en pasar un año en Europa con una beca especial (“Suena como una buena oportunidad”, dije tratando de que mi voz no se interpusiera en su camino, como una madre); recibí una carta de una amiga en la que me preguntaba si quería ir a Nueva York para trabajar en un club de salud que ella y su esposo tenían juntos; y me hice un test casero de embarazo que resultó positivo. Intenté recordar cuándo había sido la última vez que Gerard y yo habíamos siquiera hecho el amor. Volví a revisar el test. Releí las instrucciones. Esperé, sin fe alguna, como había hecho a los doce años, que me viniera el período como por arte de magia.
–Nueva York, ¿eh? –dijo Eleanor.
–Sería para enseñarles a yuppies –me quejé. A pesar de las varias similitudes que teníamos con los yuppies (Eleanor era una esnob del vino, y yo poseía demasiadas zapatillas), los odiábamos. Odiábamos la palabra yuppie aunque la usábamos. Eleanor solía caminar por la calle mirando a la gente que pasaba cerca y decidiendo si calificaban o no para esa ignominia. “Yup, yup, nop”, decía en voz alta, como si estuviera jugando al “pato, pato, ganso”. Los yuppies, sabíamos, eran codiciosos, superficiales y egoístas. Hacían su propia pasta. Preferían jugar al ráquetbol antes que leer Middlemarch. “Ve a casa y lee Middlemarch”, le gritó una vez Eleanor a un corredor vestido de color pastel que miró hacia el costado para vernos a Eleanor y a mí pasar rápido en el auto de ella. Volvimos a bautizar a los siete enanitos: Pretencioso, Pedorro, Maniático, Ordinario, Bruto, Falso y Yuppie.
–Bueno –dijo Eleanor–, si estás en Nueva York, son yuppies o mimos. Eso es todo lo que Nueva York tiene, yuppies o mimos.
Dido y Eneas me encantó. Tenía guitarras eléctricas, pianos eléctricos, Eneas vestido de cuero y Dido con lentejuelas azules, sexy y metálica como una reina del disco. Toda la obra tenía un aire a MTV, repleta de solos de guitarra. Eneas se ponía la guitarra en el hombro e improvisaba y lloriqueaba detrás de Dido durante todo el show: “¿No ves por qué tengo que ir a Europa?/ Debo ignorar el sentimiento que tú alimentas”. En realidad me pareció horrible. De todas formas lloré cuando ella se suicidó y cuando le cantaba a Eneas: “¡Entonces ve! ¡Vete si debes hacerlo!/ Mi corazón sin dudas se convertirá en polvo”. Eneas efectivamente partía y yo, en mi asiento, pensaba: “Qué imbécil eres, Eneas, no tienes que ser tan literal”. Eleanor, sentada junto a mí, me dio un codazo y susurró:
–Shirley va a convertir su corazón en polvo.
–Dudo que sea Shirley –dije.
Gerard, como Eneas y como director, recibió un aplauso de pie y una rosa de tallo largo. En mi mente, le arrojé a Dido un puñado de lirios atigrados y un buqué de gárgolas florales.
Cuando terminó el show, Eleanor se fue a casa a ocuparse de su dolor de cabeza, entonces fui detrás de escena y saludé a Susan Fitzbaum. Se había quitado la corona y los brillos. Llevaba una falda a cuadros y mocasines. Tenía una cabeza grande.
–Encantada de conocerte –dijo con voz grave y cansada.
Besé a Gerard. Daba la impresión de que estaba ansioso por irse.
–Necesito una cerveza –dijo–. La fiesta del elenco es recién a medianoche. Vamos a tomar algo y regresamos luego.
En el auto me dijo:
–Entonces, ¿qué es lo que de verdad te pareció?
Yo le dije que el show era maravilloso, pero que Eneas no estaba obligado a dejar a alguien porque le habían dicho que lo hiciera, y él sonrió y dijo gracias, me besó en la sien y yo le dije que estaba embarazada y le pregunté qué pensaba que debíamos hacer.
Estuvimos sentados un largo tiempo en un bar cercano dibujando cuadrados y diagonales en la escarcha de nuestros vasos de cerveza.
–Voy a volver a la fiesta del elenco –dijo Gerard finalmente–. No tienes que venir si no quieres. –Se puso de pie y dejó dinero sobre la mesa para pagar la mitad de la cuenta.
–No, iré –dije–. Si tú quieres que vaya.
–Lo que yo quiera o no quiera no importa, es tu decisión.
–Bueno, sería lindo si tú quisieras que fuera. Es decir, no quiero ir si tú no quieres que vaya.
–Es tu decisión –dijo. Tenía los ojos saltones como nudillos.
–Tengo la sensación de que no quieres que vaya.
–¡Es tu decisión! Mira, si crees que tendrás algo que decir en una fiesta llena de gente amante de la música, bien. Quiero decir, yo soy músico e incluso a veces me cuesta.
–No quieres que vaya. Okey, no iré.
–Benna, no es eso. Ven si…
–No te preocupes –dije–. No te preocupes, Gerard. –Lo llevé en el auto hasta la fiesta y luego fui a casa, donde me puse el pijama en mi propio departamento y escuché la banda sonora de Momento de decisión, un álbum, me di cuenta, que siempre había amado.
Había una razón principal por la que no le había dicho a Eleanor que estaba embarazada, aunque una vez, cuando las dos habíamos ido juntas al baño de mujeres, una necesidad de descarga sincronizada que no era de rara ocurrencia y que nos permitía cuchichear de cubículo a cubículo, casi se lo digo.
–Sabes, creo que estoy embarazada.
No hubo respuesta, entonces cuando terminé, salí del cubículo, me lavé las manos lentamente, y mirando los pies de Eleanor que todavía no salía, le dije:
–Bueno, te veo de nuevo en el mundo real.
Me miré al espejo, la precisión de la imagen me dejó perpleja. Me vi con esa vieja mirada: esa mirada en la que luces… vieja. Cuando volví a nuestra mesa, Eleanor ya estaba sentada y encendía uno de mis Winstons.
–Demoraste mucho –dijo.
–Oh, Dios –me reí–. Acabo de contarle toda mi vida a alguien con botas negras.
–Yo nunca usaría botas negras –dijo Eleanor.
Negarse a usar botas negras era algo que le había quedado de la escuela católica, dijo. Y esa es también la razón por la que nunca le conté nada del embarazo: seguía teniendo extrañas e irresueltas ataduras con el catolicismo. Se ponía sentimental. Una vez me contó sobre una frugal tía católica no practicante que cuando murió dejó dos misteriosas cajas en el ático: una llena de artilugios maritales y anticonceptivos y otra rotulada “Cuerdas demasiado cortas para ser usadas” que contenía una enorme colección de pequeños trozos de cuerdas de distintos colores, enrollados en grandes bobinas y nidos. Me di cuenta de que precisamente esa era la relación tanto de Eleanor como de su tía con el catolicismo: cuerdas demasiado cortas para atar nada y por eso almacenadas en una caja secreta y enorme. Pero a Eleanor claramente le gustaba arrastrar su caja por ahí, exhibir sus cuerdas como un mercader ambulante.
–Realmente no puedes ser una protestante en desgracia –dijo–. ¿Cómo es posible que siquiera exista la culpa?
–Puede haber culpa –dije–. Es mi devoción, puedo llorar si quiero.
–¡Pero ser una católica caída… es como hacer paracaidismo! Ser una protestante caída es como robarle la cartera a una anciana, tan fácil que no vale la pena molestarse.
–Sí, pero piensa qué mal te sentirías después de robarle a una anciana.
Eleanor se encogió de hombros. Le gustaban los católicos no practicantes. Creo que la única razón por la que lograba que Gerard le cayera bien era que había sido católico. A veces cuando Gerard se ponía al teléfono para preguntarle cosas sobre Virgilio terminaban hablando de Dante y después de monjas que habían conocido en la escuela católica. Los dos habían ido a escuelas parroquiales llamadas La Asunción, donde, decían, habían aprendido a asumir muchas cosas. Más de una vez, me senté en la mesa de la cocina de Gerard y lo escuché hablar por teléfono con Eleanor, exaltado y divertidísimo mientras intercambiaban chistes sobre sacerdotes. Yo nunca había conocido a un sacerdote. Pero era extraño y encantador observar a Gerard tan compenetrado con su propia infancia, tan cercano a Eleanor gracias a las anécdotas, tan contento con su propia huida a una adultez que le permitió estos chistes de sobreviviente; me sentaba ahí y flotaba subyugada como una luna, y me reía a la par de él, de ellos, aunque no supiera con precisión de lo que estaban hablando.
–Pedí un turno –le dije a Gerard.
Estábamos en mi departamento. Había venido a buscar sus llaves que pensaba estaban allí.
–Dios, Benna –dijo–. Me miras fijo con esos ojos de vaca que tienes… ¿Qué esperas que diga? En media hora tengo que salir para un show y dices “Pedí un turno”. Es igual a lo que hiciste la noche de la fiesta del elenco: ojos de vaca y luego “Creo que estoy embarazada”.
–Pensé que querrías saber –no dejaba de pensar en ese espantoso dicho de las madres respecto a tener la vaca atada.
–Me haces sentir como si estuviera en una tienda diminuta y solo quisiera relajarme, mirar y disfrutar, pero como soy el único cliente potencial, no paras de acercarte y presionarme.
–No te presiono –dije. Tengo un bulto en el pecho, es lo que quería decir pero no dije. Quizás me muera.
–Sí lo haces. Eres como esas mujeres que no paran de acercarse para preguntar “¿Puedo ayudarlo?”.
Miré su barbilla cuadrada, su imposiblemente hermosa barbilla sin afeitar y después miré la lámina de Mary Cassatt sobre la pared, madre bañando a niño, por qué poseía yo una cosa como esa, y fue en ese momento que realmente entendí que Gerard estaba enamorado de Susan Fitzbaum.
Las cosas, sin embargo, raras veces sucedían de la forma en que las entendías. La mayor parte de las veces, tan solo emergían paralelamente a lo que pensabas que estaba pasando y luego se hundían azarosamente en alguna otra dirección.
Gerard no paraba de repetirse.
–Eres como una de esas mujeres que no paran de acercarse: “¿Puedo ayudarlo?, esto es lindo, avíseme si lo quiere”. Una y otra y otra vez. No me dejarás nunca en paz.
Pensé sobre lo que me había dicho. Finalmente, dije en voz muy baja:
–Pero estás dentro de la tienda, Gerard. Si no te gusta, sal de la maldita tienda.
Gerard tomó una revista y la arrojó hacia el otro lado de la habitación, luego, sin buscar sus llaves, partió antes de lo necesario hacia su show en El Helecho de Humo.
Yo no era lo suficientemente grande para Gerard. Yo era pequeña, burda, estaba llena de preocupaciones, había colapsado. No me quería a mí, quería una tienda del tamaño de Macy’s; como Eneas o Ulises, él quería el anonimato y la libertad de vagar de isla en isla sin comprar nada. Yo era demasiado poco mundo para él. Ninguna mujer podía ser mundo suficiente, pensé, aunque eso fuera lo que un hombre deseaba de una mujer, aunque ella moviera frenéticamente sus brazos intentándolo.
Eleanor había dicho que se iba a quedar en casa mirando La novicia rebelde, entonces yo también me quedé en casa y leí el capítulo sobre aborto en mi libro de salud femenina. En la televisión, miré un documental sobre la naturaleza. Era sobre especies animales que, debido a un cambio en el paisaje, comienzan a producir huevos inviables o son perseguidas y se refugian en los cerros.
Caminé hasta el departamento de Gerard y recogí algunas cosas mías que habían quedado allí: zapatos, platos, revistas, cubiertos. Era como un principio de la física: las cosas iban y venían de forma natural entre los dos departamentos hasta que se alcanzaba el máximo nivel de caos. Yo tenía su abrelatas y él tenía mis cubeteras. Era como si nuestras posesiones estuvieran embarcadas en algún intercambio osmótico, conyugal, un gigante beso de efectos personales, que de algún modo nos había dejado atrás a nosotros.
El lunes me encontré con Eleanor para desayunar en Hank’s. Quería hablar de cosas esperanzadoras: el trabajo en Nueva York, cómo se sentiría ella acompañándome. Tal vez podría empezar un grupo de lectura allí. Le prometería no morirme de la enfermedad de Globner.1
–Deberíamos dejar de fumar cigarrillos. ¿Quieres dejar de fumar cigarrillos? –dijo Eleanor apenas me senté.
A pesar de mi salud en proceso de degeneración, los disfrutaba demasiado. Eran parte de nuestra relación sorora.
–Pero nos hermanan en los quistes –dije y me levanté un pecho con la mano. Ninguna idiotez era demasiado indigna para mí. También podría haberme sentado en un rincón y aplicar Winstons a mis nódulos linfáticos mientras me reía y contaba chistes malísimos.
La boca de Eleanor formó una sonrisa pequeña y fragmentaria.
–Tengo algo que decirte, Benna.
–¿Algo relacionado con lo sororal y quístico? –dije–. ¿Qué?
–Benna, le pedí a Gerard que se acostara conmigo.
Yo seguía sonriendo inapropiadamente y mi pecho todavía estaba un poco levantado.
–¿Cuándo fue? –dije, volví a acomodarme el pecho, enderecé el torso. Algo entre nosotras se había vuelto de repente pálido y gris, como un pequeño trozo de carne que no se saca de entre los dientes horas después de comer. Encendí un cigarrillo.
–El sábado por la noche. –La cara de Eleanor parecía organizada por la ansiedad, la misma cara que usaba cuando leía el discurso de Romeo a Paris, a quien acaba de matar: ¡Dame la mano tú que, como yo, has sido inscripto en el libro funesto de la desgracia! Lucía rosada y suplicante, aunque esencialmente se veía igual, como lo hacen todas las personas a pesar del hecho de que han comenzado a convertirse en monstruos y están por decirte algo que necesitaría que además tuvieran cuernos y colmillos o cejas abovedadas, pero nunca los tienen.
–Pensé que habías dicho que te ibas a quedar en casa mirando La novicia rebelde –dije con la misma voz que usaba siempre para arrojar humo de cigarrillos por mis fosas nasales.
–Yo, eh, finalmente no hice eso. Fui a ver a Gerard tocar. Me dijo que ustedes habían tenido una pelea, Benna.
Y de repente supe que esa era solo una parte de la verdad. De repente supe que había más cosas. Que siempre las había habido.
–Benna, al principio pensé que solo estábamos bromeando –continuó. No paraba de repetir mi nombre–. Me senté junto a él y le dije: “Ey, arruinemos una linda amistad…”.
–Pero ustedes se odiaban –insistí.
–...y él dijo: “Seguro, ¿por qué no?”. Y, Benna, estoy convencida de que él al principio pensaba que estaba bromeando…
¿Bromeando? ¿Cómo se le puede llamar bromeando a eso? Broma era mi lámina de Mary Cassatt. Mujer con niños.
–Benna, estoy segura de que no…
La piel de Eleanor era suave y sin poros. Tenía el cabello con reflejos dorados, como una madera costosa. Quería que dejara de decir mi nombre.
–Pero no se acostaron, ¿no? –pregunté, aunque sonó patético, como un personaje diminuto de Hans Christian Andersen.
Eleanor me miró fijo. Sus ojos empezaron a llenarse de agua. Se sentía mal por mí. Se sentía mal por ella misma. Pude sentir cómo mi corazón se marchitaba como una flor. Pude sentir cómo el bulto en mi pecho subía hasta mi garganta, donde tal vez hubiera estado al principio.
–Oh, Benna, él es una mierda. –Ellos sí se odiaban mutuamente. Es por eso que ella me estaba contando esto: todos nos odiábamos mutuamente–. Lo siento, Benna. Él es una mierda. Sabía que jamás te lo contaría.
Eleanor era gorda. No sabía nada de música. Era una niña. Seguía recibiendo dinero de sus padres desde el país de los médicos. Ningún animal es tan problemático en cautiverio como el elefante, pensé con maldad, como una profesora de aerobics que mira demasiada televisión pública. Todos los años, al menos un cuidador de zoológico es asesinado en algún lugar del mundo.
Algo en Eleanor empezó entonces a desmoronarse y morder.
–¿Cuánto tiempo crees que yo podría haber seguido siendo una caja de resonancia de ustedes dos, Benna?
Esto era espantoso. Era la clase de cosas que lees en las columnas de consejos de las revistas. ¡Dame la mano tú que, como yo, has sido inscripto en el libro funesto de la gracia!
–…yo merecía un romance, y en lugar de eso estaba pasando todo mi tiempo envidiándote. Y tú nunca me notabas. Nunca notaste siquiera que había bajado de peso. –Ella no sabía nada de música. No conocía ninguno de los temas de Momento de decisión.
–No te das cuenta de que la hermandad entre mujeres tiene que ser redefinida –dijo–. Hay demasiados pocos hombres en el mundo. ¡Hay una escasez de heterosexualidad allá afuera!
Lo que finalmente logré decir mientras miraba un póster que explicaba la maniobra de Heimlich fue:
–¿Entonces, esto es lo que se llama sociobiología?
Eleanor sonrió débilmente, con esperanza, y yo me largué a reír, y después las dos estábamos riéndonos con los ojos llenos de lágrimas y hundiendo la cabeza entre nuestros brazos apoyados sobre la mesa. Y fue en ese momento que tomé la botella de ketchup y se la partí sobre la cabeza. Y después me paré y salí tambaleando, mi alma entumecida como una pierna cruzada, y Hank me gritó algo en griego y dejó su puesto detrás de la barra para ir a socorrer a Eleanor que lloraba en voz alta y seguramente iba a necesitar puntos.
Durante nueve días, Gerard y yo no nos hablamos. A través de las paredes, yo podía escucharlo entrar y salir de su departamento, y seguramente él podía escucharme a mí, pero no hablamos. Desde el principio yo me negué a responderle cuando me golpeó la puerta.
Por la noche, salía a ver todas las películas malas en Fitchville y me quedaba sentada en el cine. A veces, llevaba un libro y una linterna.
Lo extrañaba. Me di cuenta de que el amor era algo que la columna vertebral recordaba. No había nada que se pudiera hacer al respecto.
Desde el otro lado del pasillo, podía escuchar cómo sonaba el teléfono de Gerard, entonces prestaba atención y esperaba que él respondiera. Las palabras siempre se escuchaban apagadas. A veces, lo oía reírse como si ya estuviera listo para volver a ser feliz. Un par de veces, en que no volvió en toda la noche, su teléfono sonó hasta las tres de la mañana.




