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—Pues ya me ves —afirmó ella moviendo sus caderas y brazos como si estuviera bailando la conga.
—Tan loquita y presumida como siempre —añadió Cortés esbozando una amplia sonrisa.
—Y tú igual de soso, ¡y encima con más barriga! —replicó Lidia.
—¿Más barriga? No empieces, que no estoy para bromas.
—Pero si es verdad —Lidia acercó la mano hasta su vientre y le hizo una caricia—. Uhm… parece una almohada.
Cortés creyó comprender cómo se sentía una embarazada durante los últimos meses de gestación. También notó que una erección incipiente empezaba a hacer presión sobre sus pantalones, por lo que encogió la tripa y trató de pensar en ella como lo que era, una antigua compañera de trabajo, y no lo que podría haber sido.
—El sueño es el alivio de las miserias para los que los que sufren despiertos —refunfuñó Cortés.
—¿Ya estás con tus citas antiguas? —repuso Lidia.
—Lo cortés no quita lo valiente.
Se habían llevado muy bien, hasta el punto en que sintió una fuerte atracción por ella antes de conocer a su mujer, pero nunca ocurrió nada entre ambos. Él era demasiado tímido y ella tampoco dio ningún paso adelante. Hacía por lo menos tres años que no se veían. Lidia seguía igual de radiante, y al darse cuenta de que toda la platea masculina estaba pendiente de ella, inspiró hondo e hinchó aquellos generosos pechos, que amenazaron con asomarse aún más de su escote. Cortés se obligó a mirar hacia otro lado y contempló su cabello rubio, que mantenía intacto aquel precioso rizo natural, y una sonrisa de fábula que a Cortés le recordó, al instante, la escena de la película American Beauty, en la que una joven encandilaba con su baile al típico padre de familia, víctima de un trabajo que odiaba y un matrimonio en punto muerto.
—Mis citas son lo único que me queda. Bueno, y mi hija, mi mejor creación.
—Con lo positivo que eras siempre... —dijo Lidia con cierta extrañeza—. A ver, ojazos, cuéntame qué te pasa, que estás muy gruñón.
Justo en ese momento, la maestra de ceremonias de la gala pidió que ocuparan sus asientos.
—Salvado por la campana —rio Cortés.
—Pero tú y yo tenemos algo pendiente y eso no puede ser. —le dijo Lidia susurrándole al oído.
Cortés le respondió con un silencio mientras sentía cómo su erección se volvía aún más molesta dentro del pantalón.
Al final se colocaron en una zona intermedia del patio de butacas, mientras los asistentes iban ocupando sus asientos. Un hombre ataviado con un traje de Armani se sentó justo delante de ellos, no sin antes dejar que sus ojos se regodearan en el escote de Lidia, de un lado a otro y más allá. Era un individuo rechoncho de mediana edad, con manos delicadas, de esas que parecía que nunca habían tenido que trabajar duro. Usaba gafas, tenía el rostro afeitado y llevaba el pelo corto, que presentaba un color gris y deslucido. Exhibía en varios dedos unos anillos dorados enormes.
—Mira, un Gil y Gil a la catalana… está a poco de echarse encima de nosotros —susurró Cortés a su amiga, que se echó a reír y se tapó el pecho con una toquilla.
El tipo se dio cuenta que ambos se estaban riendo de su actitud, les lanzó una mirada inquieta e hizo entrechocar los dedos, que emitieron un ruido sordo: «plac, plac, plac».
El acto comenzó con la presentación, por parte de Javier Palacios —un reconocido académico—, de las conclusiones de un estudio sobre la profesión periodística.
—Para ello, en primer lugar, solicitamos información acerca de sus niveles salariales a los más de mil quinientos encuestados, cambios en las condiciones de contratación y empleo en los últimos años, así como el grado de satisfacción al respecto —aclaró de entrada el investigador.
Cortés recordaba perfectamente la encuesta. No pensaba responderla por su desánimo y pesimismo laboral, pero después de reflexionar un poco sobre las cuestiones que planteaba se sintió en la obligación moral de hacerlo. Al fin y al cabo, se hizo periodista por vocación, y si eso conseguía ayudar a mejorar algo el oficio. El académico constató que, en términos generales, los datos recogidos y su comparación con los de los informes anteriores mostraban un aumento de la precariedad en las condiciones de trabajo de periodistas y comunicadores, quienes, por su parte, volvían a señalar este problema como la principal dificultad profesional. Más del sesenta por ciento de los encuestados opinaba así.
En seguida se extendió un murmullo por la sala. Muchos asistían con la cabeza y otros manifestaban en voz alta que estaban de acuerdo con ese análisis.
—Quizá el dato más preocupante es que más de veinticinco mil trabajadores se han ido al paro este último año —prosiguió.
Cortés sintió un escalofrío al escuchar la palabra «paro». Recordó la amenaza que había proferido su jefe cuando le dijo que no tenía opción y que debía ir a México si quería conservar su empleo. Habían discutido otras veces, pero nunca le había coaccionado con el despido.
—Putos empresarios de la prensa. No son ni siquiera periodistas, por su culpa estamos así —le dijo a Lidia en voz baja.
Ella asintió con la cabeza.
—Sin ellos, ni tú ni la mayoría tendríais trabajo —le replicó el tipo de delante, que se giró y volvió a lanzar a Lidia una mirada pegajosa.
—¿Perdón? —Cortés notó una corriente de ira subiendo desde su estómago—. Aquí nadie le ha dado vela en este entierro. Y sí, es por culpa de todos ellos, sin duda, una banda de egoístas y avariciosos que solo piensan en ganar más dinero a costa de los trabajadores.
—Eso no es verdad —respondió el señor, justo en el momento en que la maestra de ceremonias rogaba silencio.
El académico continuó analizando los resultados del estudio en un tono cada vez más pesimista. La crisis económica se había cebado con el sector periodístico español causando, entre otros males, el debilitamiento de la independencia de los medios y de los periodistas, sometidos cada día más a la creciente presión de los poderes fácticos, ávidos de convertir la información en propaganda, las críticas en elogios y la información en desinformación.
—La precariedad laboral, el subempleo en los salarios, no bajos, sino ínfimos, atentan directamente contra la libertad de los periodistas de una manera gravísima —resaltó—. Sin libertad de criterio, se atenta contra el derecho del ciudadano a recibir información libre, y otro dato importante es que ya son autónomos más del veinticinco por ciento de los profesionales.
—Eso es... tan falsos como son muchos empresarios —le dijo Cortés en voz queda a su amiga, pero tratando de que el señor trajeado le escuchara.
—No se puede generalizar, hay de todo en todos los sitios —volvió a intervenir el tipo, que hizo entrechocar los anillos otra vez: «plac, plac, plac».
—¡Mentira! —soltó en voz alta Cortés mirando fijamente al tipo trajeado y retándole a responder—. Todos son iguales. Los directores de Comunicación son los peores. Se debería crear un «observatorio de las presiones» para profundizar sobre este tema.
—Pues en la mayoría de los casos son periodistas como tú —volvió a protestar el señor trajeado.
—Pero ¿qué dices? Nunca. Ellos solo son propagandistas y unos manipuladores natos.
—¡Qué ignorante! —repuso el sujeto.
—¿Ignorante? —Cortés sintió que su cavidad bucal se llenaba de bilis—.
—Eso dímelo a la cara, pero fuera de aquí.
«Silencio, por favor», se oyó desde el megáfono.
Lidia agarró del brazo a Cortés, visiblemente enojado. En ese momento, Palacios comentó que los periodistas que trabajaban en medios de comunicación periodísticos y los que se dedicaban a la Comunicación pura y dura se distribuían en unos porcentajes cada vez más similares.
—¿No ves? Ambos periodistas —le comentó el señor con un deje de triunfo en la voz.
Tras la exposición de los datos referentes al estudio de Palacios, la maestra de ceremonias indicó que tocaba homenajear a una periodista que se jubilaba: Eva Fallarás.
Cortés aplaudió con ganas. Fallarás había sido su mentora, y siempre le decía, bromeando que, si ella hubiera sido más joven, lo hubiera intentado «cazar».
Admiró su melena pelirroja y apreció, aun en la lejanía, el brillo inteligente de sus ojos azules. Pese a su edad todavía mantenía un gran atractivo; y, además, nunca había tenido pelos en la lengua. La periodista comenzó agradeciendo el reconocimiento que le dispensaban y recordando las palabras que había pronunciado, hacía más de un siglo, John Swinton, entonces preeminente periodista de Nueva York.
—Era el invitado de honor de un banquete celebrado por los líderes de su profesión —refirió Fallarás—. Alguien a quien no conocían ni la prensa del momento ni el propio periodista homenajeado, que propuso un brindis «por la prensa independiente». Permitidme citar de forma literal la respuesta de John Swinton, que no tiene desperdicio —comentó la veterana periodista—: «No existe lo que se llama “prensa independiente”, a menos que se trate de un periódico de una pequeña villa rural. Vosotros lo sabéis y yo lo sé. No hay ni uno solo entre vosotros que ose expresar por escrito su más sincera opinión, pero si lo hiciera, sabéis perfectamente que vuestro escrito no sería publicado nunca. Me pagan ciento cincuenta dólares semanales para que no publique mi honrada opinión en el periódico en el cual he trabajado tantos años. Muchos, entre vosotros, reciben salarios parecidos por un trabajo similar, y si uno cualquiera de vosotros estuviera lo suficientemente chiflado para escribir su honrada opinión, se encontraría en medio de la calle buscando un empleo cualquiera, exceptuando el de periodista.
El trabajo de periodista en New York consiste en destruir la verdad, mentir claramente, pervertir, envilecer, arrojarse a los pies de Mammón, vender su propia raza y su patria para asegurarse el pan cotidiano. Vosotros lo sabéis, y yo lo sé; así pues... ¿A qué viene esa locura de brindar a la salud de una “prensa independiente”? Somos las herramientas y los lacayos de unos hombres extraordinariamente ricos que permanecen entre bastidores. Somos marionetas, somos sus títeres; ellos tiran de los hilos y nosotros bailamos al son que ellos quieren. Nuestros talentos, nuestras posibilidades y nuestras vidas son propiedad de otros hombres. Somos prostitutas intelectuales».
Otro murmullo se extendió a través del salón donde se celebraba la gala. La homenajeada concedió unos segundos a la audiencia y prosiguió.
—Con esta frase: “Somos prostitutas intelectuales», acabó el afamado periodista su discurso —remarcó Fallarás—. Qué os parece, ¿estáis de acuerdo?
La sala del auditorio se convirtió en un hervidero de comentarios de todo tipo. Unos se mostraban indignados; otros, como Cortés, le daban la razón, aplaudiendo en pie de forma enérgica. El señor trajeado reía con ganas.
—Frente a estas amenazas —prosiguió Eva Fallarás—, el oficio pervive y lucha por ser el testigo y el muro contra el que han de estrellarse siempre todas las tiranías. El futuro de la prensa está asegurado porque es uno de los cimientos fundamentales de un sistema democrático. Y si no hay periodismo libre, no hay democracia. Independientemente de los cambios que se han producido en la profesión debido a las nuevas tecnologías, los principios continúan siendo idénticos. En cualquier caso, la situación sigue siendo grave, dramática, pero deja lugar para la esperanza, como esas fantásticas iniciativas de periodistas emprendedores que se niegan a quedarse parados, como la que vamos a conocer y reconocer a continuación. Y, además, seguimos siendo nuestros mayores críticos. Continuamos defendiendo los valores clásicos del periodismo y las cualidades indispensables para todo periodista: disponer de instrumentos intelectuales para comprender la realidad, capacidad de expresión y máxima honestidad. Muchas gracias y buenas noches.
La ovación del auditorio fue enorme y estruendosa. Algunos comenzaron a levantarse, como el propio señor trajeado que tanto había incordiado a Cortés. Este, para no ser menos, hizo lo mismo, y se quedó de piedra cuando vio que el desconocido respondón se encaminaba hacia el pódium para subirse a él y darle un fuerte abrazo a Eva ante la confusa mirada de Cortés. Los anillos del tipo resplandecían como soles.
—No me lo puedo creer —gimió él—. ¿Qué hace Fallarás con ese individuo?
—Cortés se echó las manos a la cabeza—. Poderoso caballero, es don Dinero…
—La pasta manda, ojazos —rio Lidia.
La maestra de ceremonias anunció que, a continuación, se iba a reconocer a uno de los casi trescientos nuevos proyectos periodísticos que tenían contabilizados desde principios de 2008.
—No vamos a entrar en si es bueno o no que un periodista se convierta en editor —aclaró la presentadora—. Ambos representan dos figuras totalmente distintas y diferenciadas hasta ahora, aunque cada vez estén más cerca, lo que encarna algunos peligros de los que nosotros deberíamos huir. Pero el camino tomado por los periodistas supone el único que en estos momentos parece transitable. Damos la bienvenida al financiero Pedro Campo, cofundador y mecenas de Actualidad Digital y uno de los empresarios que más está haciendo por el periodismo.
—¡Lo que me faltaba por oír! ¡Eso es pasarse al lado más oscuro de la profesión!
—exclamó Cortés casi a gritos, al mismo tiempo que abandonaba su asiento—. Yo nunca seré periodista empresario, eso es ser más falso que Judas —remató aireando los brazos, para luego salir del auditorio ante la mirada sorprendida de Lidia, que se apresuró a seguir sus pasos.
Algunos asistentes se quedaron mirándole con desagrado.
Mientras caminaba hacia el exterior, pensó en su padre y en su sangre sindicalista. De alguna manera sentía que le estaba fallando con su trabajo actual, en el que adulaba a empresarios y directivos tan pedantes. Cuando se aproximaba a la salida, un azafato le regaló un ejemplar del libro La buena suerte, de Alex Rovira. También a su amiga Lidia, que ya le había alcanzado.
—¡Encima con recochineo! —refunfuñó Cortés, que arrojó el ejemplar en la primera papelera que encontró mientras su amiga le agarraba del brazo.
—Vamos a relajarnos, anda. Cortés dudó.
—Mejor será no hacerlo, he de volver a casa.
—Venga, nos tomamos algo y nos divertimos un rato, ojazos, venga… ¡no seas aburrido!
—No sé, Lidia —Cortés titubeó unos instantes. Estaba preocupado, todavía no le había dicho a Laura nada acerca de México—. Bueno, pero algo rápido.
—¡Huy! ¿No me dejarás a medias? —repuso Lidia—. ¿No te atreverás?
—¿Cómo? —La erección de Cortés volvió a su punto álgido mientras Lidia reía a carcajadas y arrojaba también el ejemplar de La buena suerte a la papelera.
CAPÍTULO 4
La curiosidad mató al gato
«Dígame usted si ha hecho algo travieso alguna vez; una aventura es más divertida si huele a peligro...».
Propuesta indecente (Romeo Santos)
16 de octubre, Plaça Reial, Barcelona
La vio regresar del baño del pub contorneando su cuerpo como una modelo. Por su manera de moverse, Lidia le recordaba a las chicas de la Pasarela Gaudí, uno de los principales referentes de la moda en España, y un evento que le había tocado varias veces cubrir como periodista económico. Cortés vinculó anorexia, moda y economía en un reportaje que tuvo bastante repercusión, pero le acarreó algunos problemas también, cuando varios diseñadores le acusaron de exagerar la realidad. Lidia exhibía más curvas y mucho más pecho que las hermosas —aunque escuálidas— modelos del famoso desfile. Aun así, para él había sido un soplo de aire fresco informar sobre la actividad de la pasarela y dejar por unos días los reportajes empresariales y entrevistas a directivos engreídos.
«¿Por qué no puedo dejar de pensar en el trabajo, aunque sea por un rato?», se lamentó. Volvió a mirar a Lidia.
A él siempre le habían gustado más las mujeres de armas tomar, las que podía abrazar fuerte recibiendo lo mismo por la otra parte, perderse entre unos pechos generosos y agarrar un lindo y gran trasero tipo cubano. Lidia era, sin duda, su prototipo.
Cortés trató de disimular todo lo que pudo su excitación, pero estaba seguro que ella la había notado, y más cuando le puso la mano encima del pantalón. Lidia le estuvo provocando, o al menos a él se lo pareció, en el taxi de camino a la Plaça Reial. Ella había insistido en que entraran en el pub Butterfly. «Vaya con las mariposas, me persiguen», pensó Cortés.
Las luces de neón azul hacían resaltar la boca de Lidia, que bailaba frente a él de forma sensual. Eran canciones latinas, las que hasta ese momento siempre tanto había detestado Cortés. Primero por la poca simpatía que sentía por los latinos problemáticos de su juventud y después porque su hija había tenido recientes problemas en el colegio por culpa, en parte, de esas canciones, especialmente cuando una compañera le provocó para que bailara la canción Sin pijama y Marina se tomó al pie de la letra la canción, quedándose desnuda delante de algunos compañeros, lo que provocó burlas y risas. Pero en aquel momento Cortés no tenía eso presente y suspiraba, tanto por la letra como por su ritmo sugerente y atrevido. Pese a todo, se negó una y otra vez a acompañarla.
—¡No sé bailar, lo hago peor que un pato! —se quejó. En parte era cierto. Tampoco quería pegarse a ella y que notara su erección.
—¡¡Venga, ojazos! —gritó Lidia—. ¡Anímate!
Empezaba a sonar Propuesta Indecente, de Romeo Santos. Cortés tenía los dos pies apoyados en un taburete alto. Su brazo derecho reposaba en la barra del bar, mientras en la otra sostenía un Martini. Ella se pegó a él, obligándole a separar los pies, y entonó los primeros compases de la canción cambiando parte de la letra:
«Qué bien te ves; te adelanto, no me importa quién sea ella; dígame usted si ha hecho algo travieso alguna vez. Una aventura es más divertida si huele a peligro...». Cortés no sabía qué hacer. Nunca le había sido infiel a su mujer y no porque no hubiera tenido oportunidades. Se sentía desinhibido.
Lidia, con su mirada de gata traviesa, se le acercó aún más y empezó a cantarle al oído de manera lasciva.
«Si te invito a una copa; y me acerco a tu boca. Si te robo un besito; a ver, ¿te enojas conmigo?; ¿qué dirías si esta noche; te seduzco en mi coche? Que se empañen los vidrios. Y la regla es que goces».
Los ojos de Lidia se le clavaron como espadas, mientras ella seguía tarareando la sensual canción apuntando a su bragueta. Cuando sintió su mano acariciarle el paquete por encima del pantalón, Cortés saltó del taburete como una liebre.
—Lo siento mucho, de veras que lo siento —atinó a decir antes de dejar la copa en la barra del bar y salir en estampida, empujando, sin querer, a varias personas. No se detuvo siquiera cuando un par de chicos jóvenes comenzaron a dedicarle exabruptos. Mientras se alejaba en el taxi, que tuvo la suerte de conseguir nada más salir del local, observó que Lidia lo buscaba girando la cabeza en todas direcciones.
«He hecho lo correcto, he hecho lo correcto», se repetía Cortés una y otra vez como si fuera un mantra.
Ya en casa, aún alegre por el alcohol, se desnudó en un santiamén y se echó en la cama junto a Laura. Su mujer se despertó y masculló algo indescifrable, pero un instante después volvió a darse la vuelta y flexionó las piernas, tal y como solía dormir.
Aunque buena parte de sus pechos habían perdido turgencia al dar de mamar a su hija, Laura mantenía un buen par de nalgas. Cortés tenía unas ganas enormes de hacer el amor, le dolían los testículos de la excitación acumulada durante toda la noche. Se acurrucó detrás de ella adoptando la posición de la «cucharita» y abrazó sus pechos, como tantas veces habían dormido cuando eran novios y durante sus primeros tiempos de casados. Ella siempre le decía que le encantaba esa postura, que la hacía sentirse muy segura y que le excitaba muchísimo. Laura solía facilitarle el trabajo subiendo las caderas a la altura de su pene, para que él solo tuviera que empujar y clavársela hasta el fondo de una vez, tal y como a ella le gustaba: brusco y directo. Cortés se pegó a su cuerpo y Laura levantó la cabeza de repente.
—¿Qué haces?
—¿Tú qué crees? —Cortés, lejos de apartarse, la acarició y le besó el cuello.
—Tengo sueño, déjame dormir.
Cortés no dijo nada. Se separó al instante, como si Lidia ardiera, y se levantó de la cama como un resorte. Tiró del pijama, que tenía bajo la almohada, cogió el móvil y salió del cuarto. Luego se tumbó en el sofá y comenzó a masturbarse. Pensó en Lidia, en su silueta y en las palabras que le había dicho mientras bailaba: «Si levanto tu pantalón, ¿me darías derecho a medir tu sensatez?». No tardó ni dos minutos en llegar al orgasmo. Se la sacudió con fuerza, casi con rabia. Después de correrse se sintió mejor, aunque estuvo un rato inquieto, moviéndose de un lado a otro. Puso la televisión y en seguida la apagó, no tenía ganas ni de escucharla. Odiaba dormir en el sofá.
Cuando se estaba planteando regresar a la habitación, sonó un móvil. No reconoció el timbre, pero miró el suyo y tenía un mensaje de Lidia de hacía media hora, justo del momento en el que había escapado con el taxi.
«Lo cortés no quita lo valiente, no olvides que solo se vive una vez», rezaba y le enlazaba la popular canción de Azúcar Moreno, que Cortés comenzó a escuchar:
«Si no quieres aguantar. Y te quieres liberar. Una frase te diré solo se vive una vez. Si no quieres discutir y te quieres divertir. Escúchame bien. Solo se vive una vez»
Otra señal acústica sonó de inmediato y le hizo parar la canción, pero no provenía de su teléfono. Miró la hora, era casi la una de la madrugada. Si no era el suyo, tenía que ser el de su mujer, pero ¿quién podía Whatsappear a esa hora?, se preguntó. Cortés se puso a buscar el móvil. Notó un bulto entre el sofá, el aparato estaba encajado en la tapicería; lo tomó. El dispositivo le ofrecía la posibilidad de visualizar en vista previa los mensajes de texto en la pantalla de bloqueo.
P.García_12:44 ¿Cómo estás, guapa? Yo extrañándote mucho. P.García_12:44 Sigo en Lima, pero regreso el jueves.
P.García_12:45 ¿Nos vemos a la hora y lugar de siempre?
Cortés se quedó en shock. No se esperaba aquello. Una cosa era que tuvieran problemas conyugales y otra muy distinta eso. Él no era católico practicante, no veía el flirteo o la infidelidad como un pecado, pero le habían educado de una manera que entendía la lealtad como un valor moral que ayudaba a cualquier persona a cumplir sus promesas y compromisos asumidos. Para el periodista, ser fiel era la capacidad de no engañar ni traicionar a los demás, y se sentía orgulloso de no haberlo sido nunca ni con su mujer ni con ninguna de sus anteriores novias.
Pero ahora, ¿le estaba siendo infiel su mujer? Quizá por eso ella había decidido añadir contraseña a su móvil hacía pocos meses, y él hizo lo propio cuando se enteró, sin ni siquiera preguntarle el motivo, solo para incordiar y hacerse el importante.
Leyó de nuevo los tres mensajes. No quería creer que Laura le estuviera siendo infiel, pero todo apuntaba a que sí, que le estaba engañando con otro. Repasó los mensajes una tercera vez y hasta una cuarta, y la sospecha se convirtió en certeza con la rapidez de un silbido.
«¡Seré imbécil!», se dijo, indignado mientras pensaba en Lidia y lo que le había dicho: solo se vive una vez.
***
A la mañana siguiente Cortés se levantó del sofá como tantos otros días, con el ánimo del color de una persiana oxidada. No quiso decirle nada a Laura acerca del mensaje, deseaba empezar bien la jornada. Vio que ella estaba a lo suyo, así que se dio una ducha, acompañó a Marina al colegio y salió con su bici a todo trapo hacia la oficina.
Nuria lo recibió con cara seria.
—El fucking boss te espera —susurró. Luego abrió mucho la boca y juntó los dientes como si fuera una perra de presa a punto de morderle.
—No pongas esa cara, que yo soy de gatos —murmuró Cortés. Ella lo apremió con un gesto.
—Venga, venga.
Cuando entró en el despacho, Gutiérrez estaba contemplándose a sí mismo en una de las fotos que exhibía sobre la mesa.
—¿Cómo va eso? Me imagino que la gala de anoche iría sobre ruedas. Despidos, paro e idealistas protestando. La crisis del sector desde hace mucho es evidente. —Gutiérrez clavó los ojos en él.




