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—Madre mía, solo una noticia positiva de México —observó Cortés con preocupación.
Tampoco las siguientes noticias que encontró se quedaban atrás. «Guerra de acusaciones por la masacre de la cárcel de Acapulco»; «Las empresas mexicanas pagaron 88 millones de dólares en sobornos»; «Hallados dos cuerpos descuartizados dentro de maletas en Cancún»; de repente, Cortés se detuvo, «Condena internacional tras el asesinato del periodista mexicano Salvador Adame».
—¡Joder! —masculló Cortés—. ¡Un periodista!
La noticia detallaba cómo la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) condenaba el asesinato del periodista. Exigía que se investigaran los ataques contra el gremio a fin de conocer los verdaderos móviles de los crímenes y se llevase a los responsables ante los tribunales. Con ese homicidio se elevaba a ciento veintiocho la cifra de comunicadores asesinados desde el año 2000 hasta la fecha. Además, se tenía registro de otras veinte desapariciones de periodistas y cincuenta y un atentados a instalaciones de medios de comunicación. Según Reporteros sin Fronteras, México era el país latinoamericano más letal para ejercer el periodismo.
—No puedo ir, ¡me niego! Matan a los periodistas como chinches…
Cortés decidió salir de la oficina a que le diera el aire. Había impreso las notas que fue tomando mientras leía, para luego enseñárselas a don José Gutiérrez. Estaba decidido a enfrentarse a su jefe y decirle que no iba a ir a México, y en eso pensaba cuando se abrió la puerta de la oficina y le vio aparecer.
—¡Cortéees! Agarre sus bártulos y póngase la corbata. Nos vamos.
***
A Cortés le sorprendió que la sede de una de las más importantes entidades financieras no estuviera en el centro de la ciudad, como las de sus competidores, sino en el Maresme, en una comarca de la provincia de Barcelona. Su costa se identificaba con largas playas arenosas, estrechas como calas en algunas zonas. Él conocía muy bien el lugar pues había veraneado muchas veces en una casa que tenían sus abuelos maternos en Premià de Mar.
La mansión donde se ubicaba la sede de Bancasol Catalunya estaba construida con ladrillo mahonés visto y piedra, de estilo gótico. Destacaban dos torres y una hornacina central flaqueada por un gran escudo en lo más alto. En la placa de la entrada leyó que, en ese mismo lugar, se habían encontrado fragmentos de unos baños y una sepultura de tejas romanas, con restos de enterramientos y de mosaicos que hacían pensar que el lugar fue una villa romana.
«¡Qué mal rollo trabajar aquí!», pensó Cortés.
—Le sienta bien la corbata —comentó José Gutiérrez mientras subían por la escalera—. Debería usarla más a menudo.
—Soy alérgico a las corbatas. —Cortés se pasaba un dedo por el cuello de la camisa blanca, tratando de aflojar un poco el nudo—.
—Pues se aguanta. —Su jefe sacó un pañuelo del bolsillo y se sonó con mucho ruido—. En momentos como éste, la corbata es mano de santo. Procure no decir nada inapropiado ahí dentro —le advirtió.
Una secretaria les condujo hasta el despacho principal de la sede, que se encontraba al final de un pasillo amplio y luminoso, adornado con estanterías repletas de libros y cuadros de época. Una lámpara Tiffany decorada con mariposas llamó la atención de Cortés. Estaba situada encima de una mesita baja colocada entre dos sofás, en un rellano que hacía las veces de sala de espera. Cortés pensó que sufría una persecución orquestada por aquellos insectos. Durante los últimos días se encontraba mariposas en todos sitios. «Cuando muera seré devorado por mariposas», sentenció para sí.
Pedro Campo estaba de espaldas, acoplado en un sillón giratorio de cuero repujado. Levantó la mano y Cortés pudo ver aquellos dos anillos dorados y grandes como las tuercas de una hélice. El financiero entrechocó los dedos.
«Plac, plac, plac».
No había duda: las gafas, el pelo gris deslucido y aquel cuerpo rechoncho. Cortés se acordó de la gala de periodismo y del sujeto engreído que se había sentado delante de Lidia y de él; lanzó una mirada al suelo de parqué por si encontraba un agujero donde pudiera esconderse.
—Vaya, vaya, vaya… mi amigo José Gutiérrez. —Pedro Campo estrechó la mano del jefe de Cortés con energía—. Así que tenemos aquí al joven que nos va a resolver la papeleta.
—Sí, este es nuestro redactor jefe, Martín Cortés.
—Mucho gusto, señor Cortés. Espero que hoy se muestre un poco más… razonable. Siéntese, por favor.
Gutiérrez dio un respingo y lanzó una mirada furibunda a Cortés, que trató de encogerse en su asiento.
—Así que conoces a mi empleado —dijo Gutiérrez.
Pedro Campo volvió a acomodarse delante de su mesa, que se encontraba abarrotada de carpetas y papeles e hizo un gesto con la mano como para quitarle importancia al asunto.
—Coincidimos e incluso discutimos un poco sobre las siempre complicadas relaciones entre empresarios y periodistas en la entrega de premios de ayer.
—¿Discutir de qué? —le asesinó con la mirada.
—Nada reseñable, ¿verdad Cortés?
Este balbuceó y pidió que la tierra se lo tragase. Detestaba los protocolos y utilizar el «usted». No tenía problema en hacerlo al dirigirse a gente mayor o algún anciano, por educación y respeto, pero dispensar ese trato a quienes ostentaban un presunto nivel «superior», le repateaba el estómago. Curiosamente, el propio Gutiérrez le había pedido al conocerse que se tutearan, y eso le generó confianza en un inicio, hasta que la situación cambió y su jefe le obligó a hablarle de usted, lo que Cortés tuvo que aceptar a regañadientes, si bien luego intercambiaban, según decidía su jefe, el tuteo y el usted; eso era solo cuando se trataba de querer impresionar a un cliente y aparentar que eran uña y carne, el tuteo formaba parte de la parafernalia habitual.
—Coméntale a mi amigo Pedro qué te pareció. —intervino Gutiérrez.
—Bueno, lo mismo de siempre, supongo —Cortés se encogió de hombros—. Una profesión denostada que navega hacia destino desconocido, como las carabelas de Colón.
Gutiérrez lanzó rayos por los ojos, pero Pedro Campo sonrió abiertamente.
—Un símil acertado —aseveró el financiero. Tras los cristales redondos de las gafas, Pedro Campo exhibía unos ojos pequeños y desconfiados como los de una comadreja. Cortés esperó, atento. Tiene una biografía interesante para ser tan joven —remarcó al cabo de un largo silencio.
—Gracias por lo de «joven», aunque ya tengo casi cuarenta años… —repuso Cortés tratando de empatizar, aunque sintió, de inmediato, que su jefe lo estrangulaba con la mirada. El financiero hizo una mueca extraña. Parecía una sonrisa cubista. Cortés sintió que era un conejo en medio de una cacería: los ojos del tal Campo olfatearon su rostro y posibles debilidades, en silencio, durante algunos segundos más.
—¿Cómo logró desenmascarar al putero? —le espetó de repente, al mismo tiempo que hacía entrechocar sus dedos: «plac, plac, plac».
—Perdón, ¿cómo dice? —respondió Cortés más que sorprendido por la pregunta. Campo frunció el ceño.
—¿No fue usted quien desenmascaró a Julio Fernández con unas fotos muy subiditas de tono?
Cortés no pudo ocultar su sorpresa. Había llevado a cabo aquel trabajo fuera del horario laboral, y nunca llegó a compartir con su jefe ninguna conclusión. Los ojos de Gutiérrez escrutaban su rostro con la intensidad del faro de Sitges, como queriendo decirle algo que el periodista no entendía.
Durante unos instantes, su mente viajó hasta aquellos días, cuando realizaba un reportaje sobre las investigaciones en las empresas. Había contado con la ayuda de un detective amigo suyo, un sujeto peculiar y borrachín al que apodaban «el Mafias».
Pedro Campo carraspeó y Cortés volvió a la realidad, aterrizando de culo en el despacho del financiero. No sabía hasta qué punto responder con la verdad o inventarse algo. Decidió que haría lo primero, aunque a medias.
—Solo lo fotografié. El resto lo hizo un detective profesional.
—Modesto, discreto y empático, ya veo. —concedió Campo—. Algo idealista, quizá, según pude observar en la gala. Es justo lo que necesitamos —apostilló dirigiéndose a Gutiérrez, que respiró aliviado, aunque le dirigió una mirada inquisitiva.
Cortés no entendía bien qué quería decir Campo con aquellas palabras, pero se mantuvo en silencio. «Calladito estás más guapo —recordó que le decía siempre su madre ante sus infantiles meteduras de pata. También de adulto—, y más con lo que pasó en la gala».
Sin volverse, Pedro Campo señaló con el pulgar un mapa de México situado a su espalda. En él sobresalían numerosos lugares marcados.
—Tenemos oficinas en todos esos puntos. ¿Qué conoce del país? —inquirió el financiero con desgana.
—Pues lo que todo el mundo, supongo. Que es muy grande, que vive mucha gente y que tendré que ir en pocos días para realizarles un publirreportaje.
Si las miradas mataran, la de Gutiérrez le hubiera fulminado como un pelotón de fusilamiento franquista.
—Quiero decir, un reportaje sobre las relaciones de la entidad con sus trabajadores, clientes, proveedores —puntualizó Cortés con cierto titubeo.
—Un publirreportaje, sin duda, ¡también me gusta llamar a las cosas por su nombre! —asintió Campo tras soltar una sonora carcajada—. Métete en algún foro latino para conocer mejor la cultura mexicana, cómo hablan y qué piensan, y así empatizar con ellos cuando los conozcas. Además, con ánimo de facilitarte las cosas, te he conseguido invitación para que asistas el sábado a una jornada de voluntariado corporativo que Bancasol México lleva a cabo en una reserva natural, donde podrás conocer en ambiente más distendido a bastantes de las personas que luego entrevistarás.
—Eso me ayudará mucho, sin duda.
Pedro Campo hizo una pausa que a él le pareció eterna. Los ojos del financiero se hincharon y volvieron a auscultarle. Cortés se sintió como un ratón acechado por un búho.
—Pero ya le habrá contado su jefe que eso, al igual que las clases, son la tapadera, que lo necesitamos para algo mucho más gordo —dijo regresando al tratamiento de «usted».
—Solo me dijo que tendría que ayudarles con un trabajo de corte… detectivesco. Pero nada más. ¿En qué podría yo colaborar? —Cortés no lograba controlar el movimiento continuo de su pie izquierdo.
—Necesitamos descubrir quién está vendiendo nuestros secretos comerciales a la competencia —soltó Pedro Campo a bocajarro.
Cortés miró a su jefe intentando ocultar su sorpresa. Él no era detective, sino periodista, por lo que no sabía cómo podría ayudar al cliente en algo así. Esperaba de él alguna palabra o gesto cualquiera que le ayudase, pero su jefe permaneció inexpresivo y silencioso. Aquel mutismo lo inquietó.
Durante el regreso en el interior del habitáculo del lujoso todoterreno que conducía José Campo, el financiero continuó mientras Cortés miraba aquel mar Mediterráneo que Joan Manuel Serrat había hecho famoso en el mundo entero, a la vez que trataba de asimilar la naturaleza del encargo. Le vino a la cabeza la frase de Miguel de Cervantes: «La verdad adelgaza y no quiebra, y siempre nada sobre la mentira como el aceite sobre el agua».
Campo estuvo explicándole durante más de media hora lo que debía hacer; aquello no se le antojaba una tarea nada fácil, como parecieron dar a entender ambos jefes.
En resumidas cuentas: en el banco estaban casi convencidos de que había un topo en la dirección comercial, pues su principal competidor se les había adelantado dos veces consecutivas, lanzando al mercado novedades que ya tenían previstas. Esto les supuso pérdidas económicas muy importantes, además de una bronca enorme en el seno de la alta dirección.
—Una vez puede ser casualidad, pero dos ¡es imposible! —concluyó Campo de manera tajante.
Contrataron un detective, pero no esclareció nada. Así que habían pensado en una «solución creativa», tal y como la denominaron, esta consistía en enviar a «un periodista simpático, empático y con dotes detectivescas para ganarse la confianza de los empleados y descubrir la verdad», enfatizó el financiero mirando a Cortés fijamente a los ojos.
Él no pestañeó. Miró de reojo a su jefe, que se limitó a menear la cabeza.
«Al desgraciado solo le falta frotarse las manos con lo que piensa ganar a mi costa», se dijo.
—Contigo matamos no dos, como se suele decir, sino hasta tres pájaros de un tiro. Llevas a cabo el reportaje, das las clases del máster que patrocinamos y haces lo posible por enjaular al buitre cabrón que nos la está jugando —sintetizó Pedro Campo.
—Espero que no maten al pájaro mensajero ¿Y qué pasa si no lo consigo? — se atrevió a preguntar Cortés en un arranque de temeridad.
—Que no cobrarás los diez mil euros adicionales que te daremos si lo descubres —le soltó Campo. A continuación, hizo una larga pausa, como tratando de medir lo que iba a decir—: Y nada más. Solo quiero que me des tu palabra de que harás lo posible por lograrlo, con eso me basta.
«Diez mil euros es muchísimo dinero, casi la mitad de lo que gano al año —calculó Cortés—, pero está claro que estos no regalan ni la hora, y seguro que aquí hay más “gatos encerrados” que en el Quijote».
El periodista no tuvo más remedio que darle su palabra. Al poco pensó que había hecho mal, que tendría que haberse plantado de una vez y mandar a los dos al garete; o a la mierda, en lenguaje hospitalense, de donde procedía.
Se volvió hacia su jefe, que seguía conduciendo, impasible, de regreso a la oficina.
—¿Por qué yo?
José Gutiérrez meditó la respuesta durante unos segundos.
—Eres lo menos malo que tengo —le respondió lacónicamente.
—¿Y qué pasa si me niego a hacerlo?
—Me veré obligado a despedirte. Es nuestro mejor cliente y no puedo… No podemos quedar mal con él —zanjó mirándole de reojo.
Una vez en casa, Cortés decidió enviar un mensaje al detective con el que había hecho amistad durante el caso del putero. Confiaba en que aquel hombre cetrino y agudo como una aguja de coser le ayudara, y estaba dispuesto a compartir con él las ganancias que aquella nueva aventura, de tener éxito, les reportaría.
«¿Cómo estás de curro, Mafias? Creo que te voy a necesitar».
CAPÍTULO 7
Cita en el Raval
«Qué escalofrío se pudo sentir; cuando entró un tipo
bajito, pero eso si bacilón; que poseía todo lo que el bar quería».
Partiendo la pana (Estopa)
18 de octubre, Poblenou, Barcelona
Aquella noche volvió a soñar con los perros, con el cubículo oscuro y tenebroso en el que yacía desprotegido y solo. Se incorporó de la cama gritando, sudando a chorros. Su mujer le soltó una retahíla de improperios.
—Perdona, Laura, ha sido una pesadilla.
—¡Tú y tus pesadillas! —farfulló ella con los ojos cerrados—. Ve a ver a un puto psiquiatra. O a dormir al sofá, así no me molestas.
Cortés no dijo nada. Miró el reloj, no eran ni las cuatro de la madrugada. Se levantó, fue al baño a mojarse la cara y después anduvo con cuidado hasta el salón. Por el camino entreabrió la puerta de la habitación de su hija y comprobó que dormía.
Ya en la sala de estar, Cortés contempló en silencio la estantería donde reposaban los libros de su infancia y adolescencia, aquel tiempo mejor, cuando todos los días eran buenos. Pasó el dedo por la colección de Los Cinco, de Enid Blyton, Alfred Hitchcock y los Tres Investigadores. de Robert Arthur. e incluso las andanzas de la rebelde Puck, de Lisbeth Werner, que le robaba de pequeño a escondidas a su hermana. Más arriba descansaban varias docenas de libros que había leído después, su inseparable Quijote y algunos ejemplares sobre la historia de España y sus conquistadores y cronistas. De joven le apasionaba el tema y solía subrayar las citas que le gustaban. Más de un profesor le había acusado de sacrilegio por esta práctica, pero él la defendía a capa y a espada. No consiguió acordarse de cuándo había sido la última vez en que pudo sentarse tranquilo a leer por placer y no por trabajo.
Pensó en el detective por unos instantes. Como Toni, siempre había ido a la suya y se mantenía soltero y medio entero, como solía decirle entre risas. Tenía justo un mensaje de su amigo de la noche anterior en el que le decía que se alegraba mucho de volver a verlo y le adjuntaba un video de Youtube y unas frases de la canción Sin pijama que justo le traía a Cortés malos recuerdos por el incidente de su hija en el colegio: «Hoy hay toque de queda. Seré tuya hasta la mañana. La pasamos romantic. Sin piloto automatic. Siempre he sido una dama pero soy una perra en la cama. Así que dale pom pom».
Cortés frunció el ceño y tomó el libro de Cervantes y lo abrió por una página al azar. La cita que tenía subrayada no podía ser más acertada para describir al Mafias: «Aun entre los demonios hay algunos que lo son más que otros, y entre muchos hombres malos suele hallarse uno bueno».
Después cogió el libro Historia de la conquista de México escrito por William H. Prescott. En el prefacio destacaba el siguiente párrafo: «Entre las heroicas proezas ejecutadas por los españoles en el siglo dieciséis, ninguna es más sorprendente que la conquista de México». No recordaba haberlo subrayado, como tampoco en páginas posteriores el texto en el que explicaba el sacrificio de «un hombre hermoso, dotado de eterna juventud, para representar a la deidad». Llevaba una vida fácil y llena de lujos, incluida la compañía en la cama de cuatro bellas muchachas, hasta más o menos un mes antes de su sacrificio. Una de las barcazas reales le llevaba al otro lado del lago hasta un templo que se elevaba en la orilla. En la cima le recibían seis sacerdotes, le llevaban hasta la piedra de sacrificio, un enorme bloque de jaspe con la superficie un poco convexa. Aquí se estiraba al prisionero. Cinco sacerdotes atenazaban su cabeza y sus miembros, mientras que el sexto vestido con un manto escarlata abría diestramente el pecho de la desdichada víctima con una hoja afilada e insertando su mano en la herida arrancaba el corazón palpitante. Después lo lanzaba a los pies de la deidad a la que estaba dedicado el templo. Los sacerdotes exponían la trágica historia de este prisionero como ejemplo del destino humano que, brillante en su inicio, tan a menudo acaba en dolor y desastre.
«Queda por contar la parte más repugnante de la historia, la forma en que se deshacían del cuerpo del cautivo sacrificado. Se le enviaba al guerrero que lo había capturado en batalla y, después de aderezarlo, él mismo lo servía en un festín junto a sus amigos. Esta no era una burda comida de hambrientos caníbales, sino un banquete repleto de deliciosas bebidas y delicadas viandas, preparadas con arte y a las que asistían los dos sexos, que se comportaban con todo el decoro de una vida civilizada. ¡Seguro que nunca el refinamiento y el barbarismo estuvieron tan cerca el uno del otro!».
Cortés sintió un fuerte escalofrío por todo su cuerpo.
***
A las siete, todavía en el sofá, Cortés seguía dando muchas vueltas a lo de México.
—Jodida hipoteca y maldito José Gutiérrez —murmuró.
Comprobó el teléfono para ver si su amigo el Mafias le había contestado.
«Aquí Mafias. Cómo te va. Vente al Raval y nos vemos», era la escueta respuesta de su amigo el detective.
«Te veo a las ocho de la tarde en el Antro del Puig», le envió Cortés.
«Dabuten, socio, y hala Madrid».
—Será merengón. No pasa nada, todos tenemos defectos —rio Cortés.
Después rebuscó fuerzas en su interior y se acercó hasta Laura, que trasteaba en la cocina preparando el almuerzo de la Marina.
—Quiero que sepas que en el trabajo me van a enviar en pocos días a México un par de semanas.
—¿Cómo dices? Tú estás mal de la cabeza, Martín.
—Ya estamos otra vez. ¡No puedo decirte una puta cosa sin que nos pongamos a discutir!
—El otro día pusiste en peligro a tu hija, y ahora que ella está mal sales huyendo y me dejas aquí sola —le espetó Laura.
—¿Otra vez con eso? Por lo menos podías preguntarme cómo me afecta a mí el hecho de irme, ¿no? No quiero ir, pero me temo que no me queda de otra. Gutiérrez ha amenazado con despedirme, ¿qué quieres que haga? Te importa una mierda, ya veo. Y lo del otro día ¿qué querías, que me quedara quieto como un pasmarote cuando le han hecho daño a nuestra hija?
—Sí, claro, tan valiente para eso y tan cobarde para otras cosas. ¿Por qué no te enfrentas a tu jefe y le dices que no vas? Te comportas como un pusilánime en cuanto Gutiérrez abre la boca.
—Mira quién habla, como si tú fueras muy valiente en tu trabajo…
—Pensándolo bien, casi que es mejor que te vayas a México, así por lo menos podré descansar de ti unos cuantos días.
—¡Que te den! —escupió Cortés. En ese momento pensó en decirle algo de los mensajes del chico pero decidió callar e ir a México—. Me voy de aquí a pocas semanas. Ya está todo dicho. —Cortés agarró la mochila de Marina—. Yo llevo a la niña al colegio, para que su majestad no tenga que molestarse.
—Si te vas lo nuestro se agravará, que lo sepas —le advirtió Laura.
—¿En serio, aún se puede agravar más?
Camino del colegio de su hija, notó que Marina estaba muy callada. Andaba como ensimismada, con la mirada fija en un punto indeterminado de la acera. A Cortés le pareció extraño. Al cruzar la calle pasaron junto a una tienda que vendía bollería, helados y dulces.
—¿Sabes qué, monita? ¿Quieres que te compre ahora mismo un helado? Marina abrió como platos sus ojos azules.
—¿A las ocho de la mañana? Si se entera mamá… —La niña hizo un gesto con la mano para darle a entender que Laura no perdonaría la afrenta.
—¿Tú lo quieres? —Marina asintió y Cortés se giró hacia la dependienta y le pidió un helado de chocolate.
La señora arrugó la cara, cogió el cucurucho y le plantó encima una bola bien gorda. Marina le echó mano sin miramientos.
—¿Qué tal en el cole? —Con el pañuelo limpió a su pequeña algunos restos de helado de su boca.
—Bien.
Eso no era habitual en Marina, que solía hablar por los codos.
—¿Por qué solo bien, amor?
—Bueno... —titubeó—. No pasa nada, todo bien, papá.
—A mí nunca me mientas, ¿eh? Que te quito el helado del estómago. —Le hizo cosquillas en la barriga—. ¿Qué te pasa, monita?
—Que Sonia no para de molestarme —le soltó a bocajarro.
—¿Qué te ha hecho esta vez?
—Ayer me caí de la escalera, y me volvió a llamar «gorda» delante de todos. Cuando me vio rodar, empezó a gritar que había provocado un terremoto, y los amigos se rieron de mí.
Algo similar le había ocurrido hacía unos meses, durante el curso anterior, y Cortés acudió al colegio como una fiera y denunció el caso de bullying. El director le dijo que eso «eran cosas de pequeños», pero ante su insistencia le prometió que estarían atentos para que el asunto no fuera a más.
—Vaya, no sabía nada, amor. Te tiene envidia porque eres mucho más guapa y mejor persona, y todos tus compañeros quieren jugar contigo. No te preocupes, mi vida. Hablaré con el director. Pero, mientras tanto, tú tienes que ser valiente y enfrentarte a ella.
—¿Cómo?
Cortés meditó un poco la respuesta. Sabía que se enzarzaría en una nueva bronca si su mujer le escuchaba decir aquello.
—¿Me prometes guardar un secreto? —le susurró al oído mientras miraba a todos lados, como asegurándose de que nadie los podía escuchar.
Marina asintió.
—A mí, de pequeño, un niño me molestaba siempre porque yo llevaba gafas. Me llamaba «cuatro ojos». Se lo dije al yayo y me recomendó lo mismo, que me defendiera, y el día que lo volvió a hacer le di un puñetazo en la barriga. Nunca más me molestó. —Cortés hizo una breve pausa—. Tú eres más grande y fuerte que Sonia, encima esa niña es poca cosa. Cuando la vuelvas a ver, te tienes que acercar a ella con firmeza y decirle, mirándole a los ojos como yo estoy haciendo ahora, que no te vuelva a molestar nunca más o se las verá contigo.
—¿Y si no me hace caso?
—Le tiras del pelo y luego le das un empujón con todas tus fuerzas. Verás como no lo vuelve a hacer. Pero no le digas esto a la mamá, será nuestro secreto, ¿de acuerdo? Tienes que ser fuerte y revelarte ante las injusticias.




