¡Viva Cataluña española!

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Pero los carlistas de La Trinchera no se limitan a combatir a los lerrouxistas y sus Jóvenes Bárbaros, sus enemigos tradicionales; también se enfrentan a los catalanistas conservadores de la Lliga Regionalista, a los que motejan como «cerdos separatistas». La Lliga representa para ellos lo peor del capitalismo, un partido burgués, hostil al pueblo trabajador. Los de La Trinchera abominan de las frecuentes alianzas electorales del carlismo oficial con ellos, así que también están en su punto de mira.
Por ejemplo, el 22 de mayo de 1916 se celebra en el parque Güell un banquete que cierra la Festa de la Unitat Catalana, con la que la Lliga celebra sus buenos resultados electorales. Esa noche, un grupo de jóvenes jaimistas, entre los que se encuentra Palau, organizan una sonora pita delante de la casa de Cambó e intentan asaltar la sede del partido en la calle Cucurella.
Las desavenencias entre el sector más españolista del carlismo y los partidarios del acercamiento a los catalanistas conservadores se enconan y, en abril de 1917, carlistas españolistas agreden en la Puerta de la Paz a otros tradicionalistas que se dirigían al Mundial Palace, donde estaba previsto un acto del partido. El enfrentamiento continuó delante del Círculo Tradicionalista de Puertaferrisa, cayendo uno de los implicados desde el balcón. De resultas de esta pelea Francisco Palau fue expulsado del Círculo.
Ese mismo año inicia sus estudios de perito en la Escuela Industrial de Vilanova i la Geltrú. Allí rápidamente se hace un nombre. No rehúye los enfrentamientos físicos con los estudiantes catalanistas, justo en el momento de mayor auge de las campañas autonomistas. Organiza con otros estudiantes españolistas contramanifestaciones a las protestas catalanistas, y a los Visca Catalunya lliure! contestan con ¡Viva España una indivisible! Se enzarza en peleas con miembros del Casal Català y con los federales. El alcalde trata de expulsarlo de la población. En Vilanova traba amistad con un compañero de clase, Domingo Batet López, dos años más joven que él, hijo díscolo del general Domingo Batet. Se convertirá en su compañero de estudios, de militancia españolista, de peleas y de trabajo.
Palau no pierde el contacto con su pueblo y, en 1920, junto con una docena de amigos, funda la Juventud Jaimista del Vendrell. Desde entonces se ven envueltos en tiroteos con miembros del Sindicato Único y con republicanos; no hay fiesta mayor de los contornos que no acabe en trifulca política.
En 1922 continúa sus estudios de ingeniería industrial en la Escuela Industrial de Terrassa, donde de nuevo destaca como organizador de los estudiantes españolistas. Además, en la ciudad vallesana colabora en una publicación de título contundente, El Pistolero, con una línea editorial muy similar a la de La Trinchera, de la que reproduce su mismo lema, «radicalismo, intransigencia, nobleza y sinceridad». Asimismo, lleva como divisa aclaratoria «con varios pistoleros responsables y estacas detrás de la puerta».18
Ese año finaliza sus estudios y se instala en Barcelona. Junto con su inseparable Domingo Batet, se une a carlistas de acción próximos a los Sindicatos Libres, personajes como el periodista Estanislao Rico o el pistolero Nicanor Costa Duran, conocido como El Gravat. Con ellos, a principios de 1923 asiste a una conferencia de Martí Esteve, miembro de Acció Catalana, donde este último afirma que «los catalanes no debemos admirar a los irlandeses sino imitarlos». Es lo que esperaban para reventar el acto; a partir de ahí se organiza la trifulca y la veintena de alborotadores, armados con pistolas, obligan a algunos de los asistentes a proferir vivas a España. Como explica bravuconamente Palau: «Todos los presentes, venidos a buenas razones, gritaron Viva España; siendo desde luego, Ventura Gassol, Martí Esteve y Matons, los que más veces tuvieron ocasión de repetir tan altisonante y hermosa frase».
Francisco Palau también destacará como hombre de acción a la hora de defender al club de sus amores, el RCD Español, en cuyas gradas conocerá a otros jóvenes españolistas –en lo político y lo futbolístico–, como José María Poblador. Ambos serán fundadores de la Peña Deportiva Ibérica, donde acogerán a algunos de los carlistas disidentes y violentos con los que han trabado amistad.
EL FÚTBOL, CAMPO DE BATALLA SIMBÓLICO Y REAL
El RCD Español había sido fundado en 1900 por un grupo de universitarios aficionados a un deporte que hacía poco había aparecido en Barcelona de la mano de británicos, el fútbol. Para practicarlo se afiliaron a la Sociedad Gimnástica Española, fundada en 1897 y cuyo presidente era Rafael Rodríguez Méndez, catedrático de la Universidad de Barcelona, de la que sería rector en 1902, cargo desde el que se opuso a la catalanización de la universidad. Poco después se vincularía al Partido Republicano Radical, siendo elegido diputado en 1905. Su hijo Ángel Rodríguez Ruiz sería el primer presidente de la Sociedad Española de Football, nombre original del RCD Español, que se escogió para resaltar que, a diferencia de otros clubs de fútbol de la ciudad, con plantillas plagadas de ingleses y otros extranjeros, los componentes del equipo eran todos españoles. A partir de 1909 vistieron sus clásicos colores blanquiazules, en recuerdo del blasón utilizado por Roger de Llúria y sus almogávares.19
El fútbol se convirtió en un fenómeno de masas. El crecimiento urbano y la comercialización del ocio ayudaron a popularizar este deporte, que «desempeñó un papel clave en la formación de un lenguaje, de unos mitos y de unas narrativas vinculadas a las naciones». A ello se añadió la aparición de una prensa especializada y la creciente cobertura en la prensa generalista; «la escritura deportiva adquirió un carácter nacionalizador al atribuir aspectos patrios a los atletas y los equipos» y, sobre todo, el fútbol, convertido en una «comunidad imaginada», en la que «el concepto abstracto de comunidad nacional se vuelve más tangible cuando se “visualiza” a través de un equipo uniformado» (Quiroga, 2014: 23-25).
El deporte no fue, pues, inmune a la política, justo en unos momentos en los que aparecen propuestas ultranacionalistas catalanistas y españolistas. En Barcelona el fútbol se convirtió en otro campo de batalla entre españolistas y catalanistas –simbólico y real– y, aunque en la ciudad había otros equipos históricos, fueron el FC Barcelona y el RCD Español los que acabaron representando las aspiraciones catalanistas, los azulgranas, y españolistas, los blanquiazules.
En 1909, el presidente del club azulgrana, Joan Gamper, acudió a la Lliga Regionalista para que le dieran apoyo en su pretensión de aumentar la masa social del club. Ese año presidió el primer partido de la temporada Francesc Cambó. Joan Gamper sintonizó con el catalanismo de la Lliga y también trabó relación con el catalanista Centre Autonomista de Dependents del Comerç i de la Indústria (CADCI), en cuyo local se hacían las reuniones de junta. En 1916 se eligió presidente a Gaspar Rosés, militante de la Lliga. El Barça, de nuevo presidido por Gamper, se distinguió por apoyar oficialmente la campaña autonomista de 1918; La Veu de Catalunya, portavoz de la Lliga, afirmaba que «d’un club de Catalunya ha passat, el FC Barcelona, a ésser el club de Catalunya». El FC Barcelona adoptó el catalán como idioma oficial e izó la señera en su campo y, en 1919, participó en los actos de la Diada.
Tras el golpe de Estado de Primo de Rivera, el Barça sufre las medidas anticatalanistas del régimen; tiene que arriar la señera y redactar sus actas en castellano. Con los partidos y las entidades catalanistas prohibidas o perseguidas, el Barça se convirtió en un símbolo de ese catalanismo,20 que el 14 de junio de 1925 quedará patente. Ese día se disputaba en el estadio de Les Corts un partido entre el FC Barcelona y el Júpiter en favor del Orfeó Català. Se había invitado a una banda de música de la Royal Navy, de visita en la ciudad, a interpretar los himnos y cuando estaba ejecutando la Marcha Real el público la pitó y abucheó. El acto de rebeldía no pasó desapercibido para las autoridades militares y la Dictadura decretó el cierre del estadio durante seis meses y Gamper se vio obligado a exiliarse. Su identidad como club catalanista quedaba así consagrada.
Mientras, el Español construía otro relato. En 1912 recibía el título de Real y nombraba presidente de honor al rey Alfonso XIII. Ese año rompen relaciones con el Barça a raíz de un enfrentamiento entre jugadores de ambos clubs y en 1919 La Veu de Catalunya acusa a seguidores españolistas de estar detrás de unos panfletos repartidos en Madrid antes de la final de copa que jugaba el Barcelona, unos escritos en los que se tildaba al club culé de «madriguera de separatistas». El RCD Español se convierte en refugio de los españolistas barceloneses, diluidos en medio de la creciente hegemonía catalanista, y su estadio se convertirá en un lugar donde se podían dar vivas a España y ejercer de españolista, también en lo político, sin ser señalado. Forjó así su identidad. El RCD Español se convirtió para los nacionalistas españoles en el equipo «que sostenía la bandera españolista en Barcelona».21
Los enfrentamientos entre RCD Español y FC Barcelona irán más allá de una rivalidad deportiva. Las tanganas y peleas entre aficiones de los dos clubs ya venían de lejos. Los incidentes en los derbis eran frecuentes. Durante la Dictadura se recrudecerán y, a falta de partidos políticos, prohibidos por el Directorio, los dos equipos se convertirán en la representación de los enfrentados catalanistas y españolistas de la ciudad; no obstante, cuando llegue la República, con la legalización de los partidos, esta polarización se rebajará, perderá parte de su significado simbólico. El escritor Max Aub lo pone en boca de su protagonista en Campo cerrado: «Va a desaparecer la dictadura de Primo de Rivera; las contiendas Barcelona-Español no volverán a tener el frenesí de aquellos años» (1978: 49-50).
UNA PLÉYADE DE PATRIOTAS: LA PEÑA IBÉRICA22
Muchas veces los incidentes eran protagonizados por los sectores más ultras de ambas aficiones. Por el lado españolista destacaban los miembros de la Peña Deportiva Ibérica, que reunía a los hinchas más radicales en lo político –ultraderechistas, españolistas y anticatalanistas– y en lo futbolístico del RCD Español.
La Peña Deportiva Ibérica se había fundado en 192523 y algunos de sus primeros miembros ya tenían un pasado de acción, pues procedían de los Grupos Deportivos Iberia. Desde la primera década del siglo XX los círculos carlistas, así como otras opciones políticas, habían ido incorporando secciones deportivas. Los tradicionalistas llegaron a crear clubs de fútbol, como el Sport Club Olotí o el Flor de Lis FC de Manresa. El deporte servía para atraer a jóvenes, disciplinarlos, formarlos y adoctrinarlos, de manera que, muchas veces, la actividad paramilitar de los requetés se camuflaba bajo cobertura deportiva. Este es el caso de los Grupos Deportivos Iberia o Grups Esportius Ibèria, nombre bajo el que se ocultaba la actividad de los grupos de choque de la Juventud Tradicionalista, que habían sido organizados a partir de 1922 partiendo de las juntas de Sport y las secciones de tiro que existían en algunos círculos. Además de organizar actividades deportivas, se dedicaban a entrenar a jóvenes en actividades paramilitares; por ejemplo, en Madrid se crea un Grupo Deportivo Iberia en julio de 1923 con sede en el local de la Juventud Jaimista, y también se organizaron en Cataluña. Uno de los que participó en su estructuración fue Francisco Palau, a quien se le encargó así mismo que los fundase en su pueblo, El Vendrell, y en Terrassa, donde estudiaba. Con el golpe de Estado de 1923 y la inicial simpatía carlista por el dictador, los nuevos delegados gubernativos –militares encargados del control político, de difundir la doctrina primorriverista y de reorganizar el Somatén en el partido judicial bajo su mando– quisieron utilizarlos y movilizarlos en apoyo de la Dictadura.
Pero el carlismo poco a poco se alejó de la Dictadura de Primo de Rivera y estos grupos abandonaron la tutela de los delegados gubernativos, allí donde habían colaborado. En 1925, Joan B. Roca Caball, dirigente de las juventudes jaimistas y miembro del grupo La Protesta, formado por carlistas que conspiraban contra la Dictadura al margen de la dirección, trató de implicar a los Grupos Deportivos Iberia en uno de los complots. Según explica Palau, se le ordenó movilizar a sus grupos y trasladarse a Barcelona, pero «al recibir confidencias de que íbamos conchabados con Macià, Barriobero, la Lliga, Vidal y Barraquer», advirtió a Roca que si sus grupos salían sería para «pasar a degüello a los grupos de Macià». Pocos días después Palau abandonó, por segunda vez, la disciplina del partido carlista.
No fue el único que abandonó los Grupos Deportivos Iberia y el tradicionalismo, pues le siguieron algunos de sus compañeros, con los que fundó la Peña Deportiva Ibérica. Además de las divergencias entre los sectores españolistas y catalanistas del carlismo, otra circunstancia que pesó en la separación fue la acción directa, pues los carlistas disidentes que fundaron la Peña Deportiva Ibérica eran jóvenes de acción, que buscaban enfrentarse directamente a sus enemigos políticos, al catalanismo, el republicanismo y el sindicalismo revolucionario, y criticaban el apalancamiento de los viejos carlistas, refugiados en sus círculos, con una actividad más propia de casino rural que de una fuerza de combate por las ideas tradicionalistas. La Peña Ibérica se convierte, así, en un refugio de españolistas broncos e intransigentes con ganas de acción. El RCD Español se convirtió en el símbolo y el fútbol en un medio de expresión, captación y defensa de su españolismo de forma pública y notoria.
Entre los fundadores de la Peña encontraremos a ultras que ya conocemos, como Poblador, Palau o Batet, y a otros como Ramón López de Jorge, funcionario de prisiones, dirigente y hombre de acción del Sindicato Libre y del Somatén; los hermanos Enrique y José Cátala de Bezzi, este último dirigente de la Juventud de Unión Patriótica y miembro de la junta upetista del Distrito IV; al joven madrileño Antonio Correa Salvá, antiguo alumno del Orfeó Català; los hermanos burgaleses Ramon y Tomás Valderrama Bercedo o el lampista oscense Gaspar de la Peña Asó, miembro de la junta del intervenido CADCI y posteriormente presidente del Sindicato Libre de Productos Químicos y del de Metalúrgicos. A muchos los reencontraremos más adelante; la mayoría son entonces jóvenes veinteañeros.
También figuran, entre los promotores de la peña, antiguos jugadores del club, como el reusense Enrique Ponz Junyent, trabajador de Telefónica y miembro del Libre, que había jugado en el Español siguiendo los pasos de su hermano Ángel, un delantero que figuraba en la plantilla del equipo fundacional, autor del primer gol del club. Otro hermano, José Ponz Junyent, que trabajaba en la agencia Asociación de la Prensa Barcelonesa, era otro destacado ibérico. Otros jugadores miembros de la Peña serán el bilbaíno Patricio Caicedo Liciaga o Carlos Comamala, al que ya conocemos, o el barcelonés Manuel Lemmel Malo de Molina, que tras jugar en el Español había ejercido de árbitro y ayudante del seleccionador español. Precisamente Lemmel había sido agredido en 1921, tras arbitrar un FC Barcelona-Europa, por seguidores culés. Otro ibérico que había sido jugador, del FC Barcelona y del RCD Español, y en 1922 presidente del Colegio de Árbitros, era el navarro Matías Colmenares Errea, licenciado en arquitectura en Barcelona en 1910 y constructor el 1923 del campo del Español. Con estos mimbres se fraguó uno de los colectivos del españolismo bronco más activos de Barcelona durante los siguientes años.
A pesar del carácter político de muchos de los fundadores, en los primeros tiempos, la Peña Deportiva Ibérica mantuvo básicamente un perfil deportivo. Está dirigida por socios de más edad, sin una militancia tan marcada, aunque abundan los vinculados al tradicionalismo o la Unión Patriótica. Participaban en homenajes a jugadores y tenían incluso un equipo de fútbol que competía contra otras peñas; eso sí, en Can Rabia, como se conocía el estadio del Español, la Peña no pasa desapercibida. Se convirtieron en la facción violenta de la afición perica, protagonizaron peleas con aficionados rivales e incluso acosaron a algunos de los propios jugadores cuando creían que no lo habían dado todo en el campo.
El 18 de enero de 1926, día previo a un derbi Español-Barcelona, ve la luz La Lucha Deportiva, que lleva por subtítulo «nobleza, sinceridad», que ya conocemos como parte del lema utilizado por los carlistas radicales. Se trata de la primera incursión periodística de José María Poblador, que dirige la revista, y aunque no lo explicita, es portavoz de la Peña Deportiva Ibérica. Con un tono florido y henchido, tan al gusto del españolismo barcelonés, la publicación denunciaba los favoritismos con el FC Barcelona, amenazaba a periodistas e incluía crónicas de partidos de fútbol, rugby y otras secciones pericas. La publicación se muestra orgullosa de la fama que está adquiriendo la Peña: «donde juega el Español hay garrotazos [...] no falla para evitar coacciones de ciertos públicos fanáticos y chillones».
Pero no solo en el fútbol practican la acción directa. Un comando, del que forman parte Francisco Palau, Domingo Batet, Juan Gual Botines y una decena más de ibéricos, planea el derribo de la estatua de Rafael Casanova, símbolo catalanista por antonomasia. Lo tienen todo previsto para la noche del 2 de mayo de 1926, pero cuando se acercan a la ronda San Pedro, «los jóvenes de referencia no pudieron llevar a cabo sus propósitos, pues conocedora de ello la policía, se personó en aquel lugar, haciendo con su presencia, imposible el acto que se intentaba llevar a cabo».24 Parece que hubo un chivatazo.
En junio de 1926 es presidente de la Peña el agente de seguros Juan Cutillas Guerrero. Aficionado a la zarzuela y al boxeo, escribe poesía y es directivo del Boxing Sport Club. A pesar de ser miembro de los Sindicatos Libres, durará poco en la dirección pues, en mayo de 1927, saliendo al paso de los rumores que especulaban con una posible desaparición, la Peña elige nueva junta. El sector «político» cree llegado el momento de hacerse «con la Peña Deportiva Ibérica, cambiar el nombre en Peña Ibérica y extender a más amplios horizontes su actuación».
Es una renovación total. El nuevo presidente es José María Poblador. En la junta figuran Francisco Palau y Domingo Batet. Esto marca un punto de inflexión. A partir de ahora el ultraespañolismo y el anticatalanismo militante protagonizarán la actuación de la Peña; el tema deportivo irá perdiendo peso y se mezclará más claramente con la política. Los ibéricos tienen así una plataforma política, sin necesidad de crear un nuevo partido, prohibido en tiempos de partido único.
Igual que La Traza, donde algunos habían militado, los ibéricos habían visto con simpatía la implantación de la Dictadura, pero acabaron alejándose de ella cuando la Unión Patriótica fue copada por los «viejos políticos». Mantendrán con el partido único, donde algunos militan, una relación ambigua; ven con simpatía su política españolista y anticatalanista, su esbozo corporativista, pero la encuentran tibia. La Unión Patriótica, en palabras de Poblador, era «un partido falto de doctrina y de expansión de la juventud». Simpatizan con el dictador, pero no con su Gobierno, ni con el rey, al que nunca han tenido en mucha estima por el origen carlista de muchos de ellos. De hecho, abandonan el monarquismo. Saben que son pocos, pero lo defienden como una virtud. Se consideran, de nuevo como los tracistas, una élite.
Es entonces cuando estrechan relaciones con otros carlistas disidentes bragados en la acción callejera, con libreños, la mayoría de los cuales, como los ibéricos, se encuentran fuera del carlismo oficial por su apoyo a la Dictadura y su línea españolista. No solo serán militantes de base los que se acerquen a la Peña Ibérica, también se afiliarán dirigentes del Libre como los periodistas Feliciano Baratech o Fernando Ors Martínez.
La vocación política de la Peña Ibérica se pondrá pronto de manifiesto. Ese mismo 1927 organizan un ciclo de charlas. Lo inaugura Salvador Palau Rabassó, el hermano maurista de Francisco, hablando de «Iberismo y deporte». El mes siguiente es el turno de José Baró, concejal y presidente de la Confederación Nacional de Sindicatos Libres de España, que se explaya sobre «los movimientos sociales ante el nacionalismo», arremetiendo contra los ideales internacionalistas de Marx y alentando «al espíritu patriótico de los jóvenes para que hagan de España una nación moderna y poderosa».25 Apelaciones patrióticas a una juventud nueva y sana que ha de salvar España. Discursos con regusto fascistoide.
En 1928 lanzan una nueva publicación, de nuevo dirigida por Poblador. El 21 de enero, esta vez tras la celebración del derbi, sale La Verdad Deportiva. Según el propio Poblador era un «órgano de la juventud españolista disimulando la deportividad para hacer banderín de lucha españolista». En sus páginas, de nuevo, se denuncia el favoritismo del que disfruta el Barça con «ese nido de cucarachas que se llama Federación». Dejan claro que «el Español Deportivo alberga en su seno a los que por encima de todo ponen su amor a España», un «Club maltratado y zaherido por los ególatras y los judíos, por los tornadizos y los arribistas». Este será el tono de una publicación de la que se conservan pocos números. El último que hemos visto es de 1929. En la revista escriben militantes ibéricos, algunos con seudónimos tan llamativos como Armando K. Morra o T. Fustigo.
Por cierto, que el de 1928 había sido otro derbi movido. La revista deportiva Xut, en tono irónico, escribía que los de la Peña Ibérica habían celebrado un banquete en honor de su secretario –Francisco Palau– «amb motiu d’èsser qui va repartir més garrotades en el partit Barça-Español».26
A finales de ese año de 1928, el grupo decide legalizarse. Será el momento en el que decaiga el adjetivo «Deportiva» del nombre. La Peña, para entonces, «ya no era una agrupación de deportistas sino más bien, una pléyade de patriotas pletórica de energías juveniles, que proclamaban arrogantes las sublimidades de la santa idolatría a la Patria».
En septiembre, Poblador presenta los estatutos de la Peña Ibérica en el Gobierno Civil. En su artículo primero, dejan claro que su objetivo es «la exaltación de los prestigios patrios». Fieles a su visceral anticatalanismo, proclaman que la lengua de la Peña será el castellano y, nostálgicos del Imperio español, afirman que podrán ser miembros de esta los españoles o portugueses o los hijos de padres nacidos en España, Portugal, Cataluña o Vasconia francesa, Córcega, Cerdeña, Andorra, Gibraltar, Tánger, Filipinas, Islas Palaus, Marianas, Carolinas y repúblicas iberoamericanas. La Peña define su actitud como «patriotismo deportivo», no como política, y explica que «antes que deportivos somos españoles y por eso queremos y, si es preciso sabremos imponer, que todo lo que sobresalga en actividades en nuestro querido suelo ha de respirar el ambiente españolista».27 Ninguna mención se hace ya al RCD Español.
Pero esto no quiere decir que dejen de utilizar el fútbol políticamente. En mayo, en el banquete de homenaje que organizan al jugador Julio Kaiser, al que acuden más de doscientas personas, entre los que intervienen, además de dirigentes del club, hay viejos conocidos con un claro perfil político como Salvador Palau o José Baró.28 Lo mismo ocurre el 30 de septiembre de 1928, cuando organizan una velada literario-musical en el Teatro Partenón en honor del RCD Español. Se trata de celebrar el inicio de la temporada y presentar el himno de la Peña. En el acto, además de ibéricos, se dejan ver miembros de la Unión Patriótica. Inicia la velada Fernando Ors Martínez, periodista deportivo, además de destacado dirigente del Libre, que presenta a los autores de la música y letra del himno. Seguidamente actúa la banda de música del Regimiento de Infantería Badajoz, bajo dirección de Luis Palanca, padre de dos futuros falangistas. La última pieza es el citado himno, por lo que Palanca cede la batuta a Luís Badosa, su compositor. Sigue un discurso de Salvador Palau «el cual fue un canto de amor a España y relato de virtudes ibéricas en pos de la fortaleza espiritual y material por medio del deporte». Después subió al estrado el poeta Pedro Luis de Gálvez, un bohemio de ideas ácratas, autor de la letra del himno, que leyó su poema dedicado a la Peña. El acto finaliza con los acordes de la Marcha Real y los consiguientes vivas a España, la Peña Ibérica y el RCD Español.29








