Las Farc-EP en la coyuntura estratégica de la paz negociada (2010-2017)

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Es justamente en esa asimilación entre lenguaje y socialización que aparecen las definiciones de este en el marco de los esquemas y modelos sobre la transmisión de mensajes —de forma más o menos explícita y efectiva— que identifican la noción de comunicación. No se alejan, por tanto, de la idea de lenguaje como función, más bien habría que considerar que la concretan cuando, por ejemplo, en el caso del modelo clásico de la comunicación de Jakobson, se conciben de forma desagregada seis elementos constitutivos a este proceso comunicativo mediado por el lenguaje que son, fundamentalmente: 1) el mensaje en sí mismo, 2) el canal a través del cual este se transmite, por 3) un emisor que intencionalmente se direcciona a este fin, dirigido, valga la redundancia, a 4) un receptor, con el que comparte 5) un contexto o realidad; restaría agregar el elemento propio del lenguaje que este emplea para referirse a sí mismo y que Jakobson, sumándose a la tradición lingüística, reconoce como 6) código. La razón por la cual el modelo de Jakobson articula lenguaje y comunicación, en los términos propuestos inicialmente, referidos a la funcionalidad del primero, es que, en efecto, al depositar la atención sobre uno de estos aparecen, consecuentemente, las funciones del lenguaje.
Lo anterior no implica necesariamente que siempre en la comunicación exista una sola función presente, pese a que hay una predominante. De tal suerte, cuando se habla de una función centrada en el código estamos hablando de la función metalingüística; el proceso comunicativo se enfoca en el código mismo y emplea los elementos disponibles para referirse a este. Asimismo, cuando se centra la comunicación en el canal, hablamos de función fática y referimos al hecho de que el objetivo sea mantener vigente ese medio a través del cual se transmite el mensaje. En el caso de este último aparece la función poética, particularmente distintiva, cuando el objetivo de la comunicación radica no solo en la transmisión de un contenido, sino que se atiende a su forma y se estetiza así la experiencia verbal. La función referencial, primordial en las ciencias y demás discursos expositivos, busca efectuar comunicaciones que describan una realidad o contexto y, aunque emplee mecanismos diversos para hacerlo, no se pierde de vista que esta es la pauta rectora en el uso del lenguaje. Finalmente, la función conativa, que se centra en el receptor del mensaje, aparece cuando el emisor concentra sus estrategias en generar un efecto sobre quien recibe el mensaje; por su parte, la función expresiva es la que refiere a los mecanismos a través de los cuales el emisor busca enfatizar en su propio rol dentro de la comunicación y dentro de la realidad.
Ahora bien, a partir de este modelo se puede dar paso a una consideración distintiva sobre lo que se entiende por lo lingüístico. El mismo Jakobson, en su interés por caracterizar el proceso de traducción, refiere tres posibilidades o tipos básicos de interpretación y comunicación de sentidos. El primero, la traducción intralingüística, que consistiría en una reformulación de enunciados en el interior de la misma lengua, empleando signos diferentes. El segundo, la traducción interlingüística, sería la famosa traducción propiamente dicha, en la que la transacción se sucede entre dos lenguas (dos sistemas) reconocidos lingüísticamente como diferentes. Finalmente, el tercero, la traducción intersemiótica, es aquella que se ocupa de traducir, transmutar e interpretar de los signos verbales de un texto a un sistema no verbal. De todo esto cabe resaltar la inexistente univocidad, por obvio que parezca, del nombre lenguaje y sus derivados adjetivales lingüístico, bien sea que se explique por una traducción conceptual o bien por la ausencia de neologismos que permitan distinguir entre lo relativo al lenguaje, de manera ampliada, y a la lingüística, en su acepción disciplinar. Es importante insistir en que la superposición de sentidos al hablar de lengua y lenguaje, de lingüístico y langagière (como recurso en francés para hacer referencia de manera diferenciada a lo linguistique, a lo relativo al lenguaje), da lugar a múltiples interpretaciones y usos de esos dos conceptos en las distintas áreas de las ciencias humanas.
DISCURSO
Desde la textolingüística se propone una definición de discurso muy próxima a la del texto mismo; este se asume como entidad cerrada, de dos niveles (el formal y el del significado), que no se restringe a la expresión escrita y no se agota en lo comprendido como producto. Extraído del Diccionario de lingüística en línea de la Universidad de Barcelona, este concepto remite a una,
expresión formal de un acto comunicativo, que se presenta bajo manifestaciones diversas (discurso oral, escrito, por ejemplo). Desde el punto de vista formal, el discurso suele constar de una serie de oraciones, pero desde el punto de vista del significado tiene una naturaleza dinámica; por ello, no es posible describirlo en términos de reglas (como el caso de la oración), sino de regularidades. El discurso no es un producto, sino un proceso cuyo aspecto más destacado es su finalidad comunicativa. (2013)
Si se tiene en cuenta que algunos autores asumen, particularmente desde la lingüística del texto y no desde el área del análisis del discurso, que discurso y texto son entidades equiparables, es preciso entonces insistir en las posibles diferencias que existen entre discurso y texto, incluso sin extrapolar los límites disciplinares. Teóricos como Beaugrande (2005) asumen que la diferencia entre uno y otro es que mientras el texto es un “evento comunicativo”, el discurso podría constituirse en un “multisistema de textos relacionados”. Esto indica que la relación entre discurso y texto es, en cierta medida, la relación entre parte y todo, al ser el discurso una sumatoria de textos y el texto un hecho comunicativo.
Ahora bien, en una revisión conceptual posterior, este mismo autor reformula su consideración y se aproxima a la de otros lingüistas, como, por ejemplo, Castellà (1992), Charaudeau y Maingueneau (2002), Cortés Rodríguez y Camacho Adarve (2003), u Östman y Virtanen (2011), para quienes texto y discurso confluyen necesariamente en términos de reconocer que no es posible aproximarse al texto o estudiarlo de forma sistemática sin considerar contextos y condiciones de uso, en lo cual se acerca a ciertos fundamentos de estudios sobre el discurso.
De lo anterior se desprende que la textualidad es el elemento que va a sintetizar la relación entre el evento comunicativo en general y el discurso como una concreción de este. Por tanto, al comprender discurso como evento comunicativo que implica una textualidad, este proceso debe contar con las características propias de lo que, por lo general, se reconoce como texto, es decir, contar con adecuación al contexto, cohesión, coherencia e intertextualidad si se le va a asumir de manera efectiva como “multisistema de textos relacionados” (Beaugrande 2004; Beaugrande y Dressler 1972).
No obstante la utilidad de estas referencias, no basta con definir el discurso desde la textualidad de forma exclusiva; en ese sentido habría que ampliar la consideración a lo que Halliday entiende como un ejercicio socio-semiótico:
Un evento sociológico, un encuentro semiótico a través del cual los significados que constituyen el sistema social se intercambian. El agente individual es, en virtud de su pertenencia al grupo, un “creador de significado” (a meaner), alguien que significa (one who means). A través de sus actos de significado, y de los de otros individuos, la realidad social es creada, mantenida en buen orden, y continuamente configurada y modificada. (Halliday, 2002, p. 50)
Esta novedad conceptual que relaciona el discurso con su realidad desde el punto de vista sociológico permite entender que, posteriormente, el mismo autor haya elaborado un esquema útil al análisis en el que la estructura semiótica de la situación (campo, tenor, modo) se asocia con el componente funcional de la semántica (función experiencial o ideacional, función interpersonal, función textual).
Si se empieza a contemplar un desplazamiento disciplinar para la definición de la noción discurso, una entrada inicial es la que plantean Bourdieu y Fairclough, en los comienzos de la década del setenta, a fin de marcar efectivamente el giro lingüístico de las ciencias sociales. Para ellos, discurso refiere precisamente al “conjunto de ideas, valores, principios y acciones determinadas por una historia que va a ser aceptada, adaptada, consciente o inconscientemente, por un grupo de personas” (Bourdieu y Fairclough, 1976). Lo anterior tiene asidero en los esfuerzos de la sociología, en mayor medida, pero también de otras áreas del saber, por rastrear en lo comunicativo un escenario idóneo para la comprensión del ejercicio del poder.
Por su parte, uno de los autores considerados fundadores de la teoría del análisis del discurso, Teun van Dijk, luego de pasar por múltiples elaboraciones conceptuales, comprende el objeto de estudio como la “unión de la psiquis personal con la sociología y el lenguaje para transmitir ideas y valores en fin de un objetivo común” (Van Dijk, 1978). Habría que cuestionar en esta definición, a su vez, qué se entiende por lenguaje y cómo se debe tomar el adjetivo común en el sintagma objetivo común.
DISCURSO POLÍTICO Y LENGUAJE POLÍTICO
Existen dos partes en la definición de discurso. Una es la que tiene que ver con el suceso de comunicación y la otra con la interacción verbal. Los discursos son públicos, dadas sus funciones sociales y políticas, y tienen relación con la ideología, pues una función específica es delimitar y fijar el significado de los conceptos con múltiples significados disponibles:
El discurso, así visto, es el vehículo de la ideología que emerge como la acción mediante la cual se hace posible la competencia por el poder, se plantean críticas y se generan expectativas. Es a partir de este discurso que “se exhiben en el escenario político las representaciones más significativas para cada actor” (Montesinos 2003: 172). (Guerrero y Vega, 2015)
Eagleton, citado en Guerrero y Vega (2015, p. 108), también señala que es en el discurso que la ideología se manifiesta como un campo en el que “poderes sociales que se promueven a sí mismos entran en conflicto o chocan por cuestiones centrales para la reproducción del conjunto del poder social” (Eagleton, 1997, p. 53). Asimismo, “el discurso político posibilita, justifica y transforma la acción política (Lamizet, 2002, p. 121, citado en Guerrero y Vega, 2015, p. 109), en busca no solo de representar una realidad social determinada, sino apuntando a convencer, persuadir y resignificar. Es decir, he aquí una función práctica del discurso orientada a la acción en el contexto de las relaciones de poder. Los discursos se encuentran articulados por conceptos políticos y la lucha por el significado de los conceptos, su fijación y asociación con otros conceptos en contextos específicos son parte de la ideología.
Ahora bien, el discurso ha de estar acompañado también de elementos persuasivos, que lo conecten con la realidad y con las percepciones de otros actores, que lo doten de poder para sostenerse frente a discursos alternativos (Cejudo 2008) [...] Los discursos de política, por ejemplo, buscan condicionar lo pensable, lo decible y lo posible de hacer, a través de un proceso de ideologización, es decir, mediante una operación de reductibilidad de la complejidad y polisemia de conceptos políticos, fijando significados. (Guerrero y Vega, 2015, pp. 113-118)
El análisis de discurso político, entonces, articula teoría y metodología, permite vincular ideología y praxis política, y dota así de sentido práctico a las ideas predominantes o invisibilizadas en la sociedad.
Por ello, el analista del discurso busca dar cuenta de las formas en que las estructuras de significación determinan “ciertas formas de conducta. Al hacer esto, pretende comprender cómo se generan los discursos que estructuran las actividades de los agentes sociales, cómo funcionan y cómo se cambian (Howarth, 1997, p. 125)”. (Correa Medina y Dimaté Rodriguez, 2011)
El lenguaje, en cuanto parte fundamental e integradora de la configuración y expresión de la experiencia en la vida social y de sus condiciones materiales, toma la forma específica de lenguaje político al ser público, consciente y voluntario; además, como tal reúne escalas de valores sobre lo que es bueno y deseable en este nicho. Con esto claro, lo bueno y lo malo se tornan discursos sobre cómo se debe orientar la sociedad. Estos discursos, sobre todo políticos, orientan nuestras acciones en la vida práctica y, más allá de esto, nuestros fines en cualquier acción social. Es decir, el discurso, más que una reunión en la que una persona habla y otras escuchan, es en sí las aspiraciones a organizar la vida, los sentidos y la lectura del mundo.
Es en este punto que lo ideológico como discurso tiene cabida en la lectura de una realidad material, con respecto, efectivamente, a las vivencias como sujetos, clases, sectores o grupos. Si bien el lenguaje político es contextual, logra serlo por la unanimidad o consenso en cómo se entienden o perciben los diferentes actores sociales y en el que entra la ideología. Esta unanimidad es posible por aparatos de socialización que reproducen estos sentidos y, en últimas, son instrumentos para mantener unos significados y con ellos un orden social. Sin embargo, al no tener presente todos los intereses de la sociedad permite y requiere que surjan otros discursos que puedan responder a lo que el discurso y la administración dominante no atañe. Es decir, a partir de un discurso que es en sí mismo hegemónico y propende a un orden instaurador, aparece el discurso de quienes están inconformes y genera un conflicto, mientras que el discurso dominante no permitirá ser alterado. Es en este proceso en el que lo subalterno procura tener un lugar en el orden social, genera nuevos discursos a partir de los códigos de lenguaje propiamente construidos y aceptados en el nicho con el que comparte vivencias y visiones, de modo que logra legitimidad y recepción por parte de los demás.
Sin embargo, la resistencia local y subalterna es fácilmente silenciada, puesto que su rigor se encuentra únicamente en ámbitos locales, mientras que el discurso hegemónico tiene gran parte de los medios de reproducción y, por tanto, la legitimidad que posee es mayor. Esto implica que los discursos subalternos se pueden tomar como “malos” de acuerdo con la moral y los intereses que establezca la hegemonía de turno. Consideramos que una verdadera alteración a un orden político y económico que no integra o siquiera le interesa todas las partes de la sociedad, que calla las ideas que ya son partido político, las censura y lleva en sí todas las maneras de violencia política es la resistencia civil. Esto implica entender, significar y, si es necesario, transformar desde nuestro papel en la condición de clase social y en la división del trabajo social, a fin de que así el discurso político se convierta no solo en un mecanismo de comunicación que propende a un orden fijado, sino al acatamiento de todas las voces que hacen parte de una sociedad. Solo de esta forma se puede esperar que el discurso se desprenda de manera orgánica del lenguaje político propio. Entretanto, el discurso hegemónicamente imperante continuará con el poder tanto de la vida en todos sus niveles como de aquellos otros discursos y lenguajes que aparecen con la idea de cambiar las configuraciones que opacan el amplio significado de las palabras y su incidencia en las acciones.
REFERENCIAS
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Notas
1Filóloga y politóloga de la Universidad Nacional de Colombia. Magíster en Traducción de la Universidad de Antioquia.
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