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Cuando los de la mudanza acabaron de echar los largueros y las cabeceras de unas camas, Teófilo tomó a Alfonso por la muñeca y consultó su reloj con la imagen de Mickey en la esfera. Les comunicó al concuñado y a las dos hermanas que los agentes judiciales no tardarían en llegar para abrir la verja y poner los precintos. Le hizo entrega de una lista de los artículos pendientes de carga al hombre del porte más decidido y del mapa de carreteras con el trayecto punteado desde el Brillante hasta La Partición.
Eulalia limpió los churretes de rímel de las ojeras de su hermana. Aquella no había sido consciente de las lágrimas de Raquel hasta que no la vio mirar los tejados siena, la chimenea de piedra y metal del chalet. Pronto serían otras las personas con derecho a decidir cuáles iban a ser las habitaciones para dormir o para estar, las lámparas más a juego con los muebles o las plantas más gratas a la vista en el parterre; los nuevos dueños que impregnarían de su particular olor a humanidad las estancias y los pasillos; personas ajenas a cuanto había ocurrido en esa casa, cuando fue habitada por ellos; ajenos para siempre a las voces de Alfonso y de Milo, de Teófilo, de ella misma; a sus enfados, a sus melindres, a las conversaciones corrientes o graves entorno a la mesa, o tumbados sobre sus camas, o en bañador sobre las toallas echadas sobre el césped.
Damián señaló el coche, guió con gestos vagos los asientos en los que debían sentarse Raquel, Eulalia y los niños; Teófilo subió con docilidad en el asiento del acompañante. Durante el trayecto, Milo acercó su cara al cristal y tuvo la impresión de ir entre edificios ocres y apagados por una ciudad resguardada como un insecto en una gigantesca gota de ámbar. Coches y peatones adquirieron en su mente la difusa consistencia de un recuerdo, de cosas y seres imaginarios. Más ningún humano, caviló, puede sacudirse lo vivido como si fuese arena en las plantas de los pies. Cuando cruzaron el Campo de la Victoria, ninguno había pronunciado palabra, salvo la tía Eulalia, cuyas puntualizaciones constantes sobre el itinerario a seguir le hacían menear la mollera a Damián y resoplar como una de sus vacas.
Milo torció el gesto al divisar una bandada de gaviotas en pleno vuelo sobre el extenso vertedero situado a un lado de la carretera, a escasos kilómetros de la ciudad. La asociación de las gaviotas con los cerros de basura en descomposición, en lugar de con el mar abierto y las playas era demasiado discordante para su mente. Sabía por los documentales televisivos que una persona con el estómago vacío podría llegar a comer ratas o basura e incluso devorar a sus congéneres. Meditó con inquietud que ninguno de los que iban en el coche estaba exento de padecer hambre caníbal, y, fantaseó con la idea de terminar recorriendo los campos de noche, en busca de animales de cualquier especie para no perecer.
Los relatos de Eulalia sobre sus hijos, expulsaron los fantasmas del magín de Milo, y este se puso a escuchar los despistes de su primo Antonio. Cuando el coche viró al encuentro del carril de Izcar, Damián tomó el relevo de su esposa y refirió con un balanceo de su sesera monda, la pelea de Berta a puño pelado con otra compañera del equipo de rugby. Milo rio con ganas. «Es un animalito esa niña», terció Damián mirando de reojo a Teófilo.
El camino empeoró a la altura de la alameda de los pinos blancos. Los aguaceros y las profundas rodadas de los tractores habían convertido el paso en un barrizal intransitable. Milo escrutó entre los troncos verdosos de los pinos el espejeo del río y percibió desde la lejanía un aroma a madreselva y a hinojos. El recuerdo de Berta fue inevitable. Su imagen en pantalones cortos y chanclas de goma, con un galápago en la palma de la mano reinó en su cabeza hasta que divisó a través del parabrisas el amplio cobertizo descrito en La Alemana por Damián, las tablas de alfalfa, el maizal y en último término las copas de los membrillos y de los manzanos. No tardaron en ir por un camino de gravilla a cuyo término se erigía el caserío de La Partición.
CAPÍTULO 2
Las últimas lluvias habían reventado las acequias. Una lengua de limo había penetrado bajo la puerta y emporcado los suelos de una gacha amarilla muy tenaz al barrido del escobón y al baldeo de Luisa, la hija del aparcero de La Partición, Gervasio Pulido. Nadie había dado aviso de la pronta llegada de la familia de doña Eulalia a la huerta, de que la casa residencial debía estar adecentada cuanto antes. El aparcero escuchó las quejas de Eulalia sin mover un músculo, salvo sus labios resecos que jugaban con una pajita pálida. El hombre prestó atención a los meneos de paciente negación de don Damián, buscó un atisbo de comprensión con la mirada en Teófilo y en Raquel, mientras rasgaba con la puntera de su bota la capa amarillenta. Aquello era una menudencia comparada con la pelea sin cuartel que había librado su familia al completo días atrás. Habían abierto a punta de azadón nuevas venas en el fango para darle alivio a las aguas, bregado en plena noche por mantener la noria fija en su eje; pero «las aguas cuando vienen tan mal dadas desobedecen al mismo Dios, doña Eulalia». Gervasio chifló largo y voceó el nombre de Luisa y de Paulino. «Los becerros, por contra, están más gordos, ¿quiere usted verlos, don Damián?». Teófilo y Damián enfilaron al ritmo de Gervasio hacia los cobertizos. Las dos hermanas y los niños aguardarían en el jardín hasta que los hijos del aparcero dejasen limpios los suelos de la casa.
Olía a río, a paja. La nariz de Milo distinguía en el aire el vaho a bosta de vaca procedente del establo. A gallinaza, a palomar. El acceso al gallinero era a través de una puerta de chapa verde disimulada entre la enredadera o entrando por la casa de labor. A Milo, sin saber por qué, le venía un leve cosquilleo en sus partes cuando a la hora de la siesta, acompañado por Berta, le llegaba el tufo a orín fuerte y a excrementos en la vaquería.
Fuera del recinto, Alfonso imitaba a voz en grito la hinchada de un hipotético partido de fútbol, en el que él recorría el campo de juego en posesión del balón, regateaba, burlaba al contrario con habilidad y al final, animado por un público ficticio, chutaba a un portero imaginario ubicado entre un cardo borriquero y un arbolillo sin hojas. Milo se quedó sentado en uno de los bancos de hierro, frente a su madre y a su tía Eulalia. Observó cómo la piel de su madre había adquirido vida, una tonalidad rosada. Raquel estaba más resuelta que durante la noche. El miedo o la desesperación le habían soltado la lengua. Habló con su hermana, sin cuidarse de la presencia de Paulino Pulido, el mocetón jorobado con cara aviejada y unos ojillos escondidos bajo un entrecejo que parecía esculpido en el hueso. Alfonso seguía recreando los berridos de unos hinchas animándolo a tirar a puerta y a marcar otro y otro y otro golazo imparable. Eulalia deshizo con un palito de polo una hilera de hormigas. «¿Vas a solicitar el reingreso de maestra, Raquel?». «En cuanto pueda. Aceptaré cualquier plaza que me ofrezca la delegación, de preescolar, de educación especial, inglés, francés, ¡chino!…». Raquel rio con pena. Observó a Alfonso tras el enrejado, sudoroso, obstinado, envuelto en el bullicio que salía de su boca. Alentó a Milo a jugar con Alfonso; pero Milo se quejó de una molestia en el tobillo, de estar harto de las fullerías de su hermano, que les diera patadas en las espinillas a sus futbolistas de aire, le dijo. Elevó las piernas hasta el asiento del banco y las rodeó con los brazos. Se concentró en la maña de Paulino para colmar la pala con barro, verterlo en la espuerta y repartirla con sus andares humillados en el campo. A Milo se le iba la vista a la joroba. Se la imaginó por dentro llena de gas y no de un amasijo de huesos truncados y carne mortal. Le fascinaba la desenvoltura de Paulino, agachándose, alzándose, porteando espuertas con aquel incordio del tamaño de un bebé colgado a la espalda.
Desde el interior de la casa se oía el laboreo de los Pulido en la zona ajardinada. Luisa apuntaba el chorro de agua hacia los arriates y Paulino achicaba el limo o corregía las plantas dobladas fijándolas a guías de caña.
Las hermanas ordenaban la ropa de la familia de Raquel en unos armarios celestes, con celosías en la parte alta de las puertas. Milo no perdió detalle de la conversación entre ellas. Se hizo el dormido. Eulalia se interesó con discreción por Mauricio Menéndez Viaga, por si los estaba ayudando. «La unión de los Mur con los Menéndez Viaga ha sido muy estrecha desde que padre y el padre de Mauricio estaban en vida. Acuérdate de que La Partición la compró padre por un chavo, Raquel». Eulalia le pulsó la barriga a Milo para que se levantase de la cama. «Pensaba decírtelo hoy… por teléfono no…». Raquel se sentó en la cama, entrecruzó los dedos y miró la espalda de su hermana. Milo seguía en la habitación, atento, contemplando las tierras limítrofes a La Partición, los álamos previos al río. «Nos ha hecho un préstamo considerable. Con ese dinero y con vuestra ayuda, hemos pagado la fianza, la obra de reforma del chalet, los recibos pendientes. Los gastos de abogado han corrido de su cuenta… “La minuta del bufete la pago yo. Es un regalo de mi parte”, nos ha recalcado». Se oían los pliegues y despliegues de las sábanas limpias, de las colchas; el enfundado de las almohadas realizado con nervio por Eulalia. Raquel se incorporó, fue hacia Milo y lo besó en la coronilla. Eulalia dejó las mudas de las camas sobre una silla y abrazó a su hermana. «No llores, tonta. No vamos a dejarte sola con el problema… Ven aquí». Raquel recobró la compostura y le sugirió a Milo que fuese donde Teófilo y el tío Damián. Cuando estuvieron a solas en la habitación, Raquel le contó a su hermana que Mauricio llamó a Teófilo desde Irán. «Quiere hablar conmigo, supongo que para tranquilizarme. Se ha ofrecido a acompañar a Teófilo a juicio».
Milo deambuló por la segunda planta. En el cajón inferior de uno de aquellos nichos con baldas estaban los bañadores atiesados por el desuso y entre estos uno blanco, el usado por Berta el verano pasado. Lo examinó por dentro y pensó en unos pechos pequeños, acaso más abultados que los suyos, en un pubis, en la hendidura marcada en el bañador cuando salía del agua. Se pasó la prenda por la cara con fruición. Con ella en el cuello ascendió por una escalera con peldaños de madera a la cámara, el antiguo palomar ubicado ahora en la torreta del corral. Los flotadores, la polvorienta máquina de coser, el instrumental de veterinaria en desuso del tío Damián; los cuadros piadosos sobre el suelo, las canastas, los sombreros de palma chafados; las sandalias de goma para andar entre guijarros y las arenas calientes. Objetos muertos; los cadáveres polvorientos y cubiertos de telarañas de las cosas, vivas en un tiempo ya gastado de cielos rasos y aguas resplandecientes. Deslizó la palma de la mano por la pared pintada con gruesas capas de cal y le vinieron a la mente los arrullos y el alabeo de los palomos al posarse sobre las piqueras, el impacto del plomo de la escopeta de aire comprimido de Berta contra la pechuga prieta de los zuritos. Milo venció el pequeño cerrojo de una de las trampillas. Desde allí sus ojos se llenaron de campo. Con el sol en la cara, el pelo alocado por la corriente observó el establo. Divisó a los tres hombres junto a la puerta. Representaban los vértices de un triángulo isósceles: los ángulos de la base eran su padre y el tío Damián y el de la cúspide Gervasio. Hablaban cada uno plantado en su ángulo, de espaldas a sus sombras. Con la incorporación de Ramón Pulido, el otro hijo de Gervasio el triángulo se transformó en un trapecio de personas conversando a distancia, sin gestos de aprobación o reprobación discernibles. Ramón Pulido era entonces un mocetón de pelo entreverado, con andares de pistolero de wéstern, fumador como Paulino. Milo apenas había cruzado palabra con él, casi siempre lo había visto en el tractor, afanado en el establo, con el riego del maíz o el reparto de leche y hortalizas. Ramón y Gervasio ordeñaban las vacas de madrugada. Más tarde subían las cántaras llenas de leche a la furgoneta para llevarlas a la cooperativa. Las frutas y las hortalizas de temporada se repartían en los puestos del mercado de abastos. En la furgoneta de un azul desteñido por el sol, Ramón llevaría a Alfonso y a Milo hasta el instituto. El regreso a La Partición lo harían en uno de los autobuses de la línea de la campiña. Podrían apearse en la parada del puente, distante del cruce de la huerta a unos veinte minutos si se avivaba el paso. Teófilo y Raquel habían preparado a sus hijos el día del desahucio. El penoso ir y venir de La Partición al instituto era para que cursaran dos trimestres completos de curso; de las materias del tercero podían examinarse en septiembre, Raquel hablaría con los tutores, ellos debían preocuparse solo en estudiar. El grave sigilo de Milo y Alfonso indicó una aceptación a regañadientes del primero. Iba a ser una andanada diaria, salvo fines de semana, seguramente en un autobús pueblerino, cutre comparado con el pulcro autocar salesiano. A Milo no le sorprendió tanto aquella medida; pero sí el tono y la seriedad empleados por su padre. Teófilo les habló sin ahorrarles una pizca de las posibles penalidades futuras, como si estuviese instruyendo a dos hombres incautos para habérselas en un entorno hostil, mucho peor al acostumbrado hasta ese momento. Quizás ahí, durante esa charla en la que Alfonso mantuvo un aplomo soldadesco, Milo abandonó la infancia de golpe.
Milo descendió a la segunda planta, besó el bañador de Berta y lo devolvió a su sitio. La charla ruidosa de su madre y de su tía Eulalia se fundió con las carcajadas de Antonia, la esposa de Gervasio. La matrona de los Pulido era una mujerona pletórica de cara colorada y de una generosidad apabullante con las personas y los animales (su amor a los animales influiría a la larga en Berta). Cuando Milo apareció en la sala, Antonia, lo apretó contra sus pechos de ama de cría y le estampó un beso rotundo. La mujer rio al medirlo con la vista desde los pies hasta la coronilla. «¡Qué guapo! Eres un calco de tu mamá», sentenció Antonia sin soltarlo de la mano. Contó algunas anécdotas del campo y su familia. Las Mur rieron con los mohines y la forma de contar de Antonia. Era una de esas personas tocada por la batuta de Dios, que encontraba motivo de chanza en cualquier cosa, hasta en las hortalizas pochas o en los complicados arreglos de la ropa de Paulino. Milo reparó en las sandalias sin calcetines de Antonia, en sus mangas cortas. En diciembre iba vestida como en agosto. Mucha ropa encima era mala para el trabajo, decía ella. Antonia le limpió el sudor de las mejillas a Alfonso. «Garañón», lo llamaba. Milo se acercó a Antonia y le preguntó dónde estaba la carabina de aire comprimido de Berta, que la había buscado entre las cosas viejas de la cámara y nada. Antonia miró a la hermanas y a Milo. Se puso las manos en la cintura y peroró en general: Tenía guardada la escopeta bajo llave en su casa. Estaba dispuesta a no entregársela a don Damián, ni a doña Eulalia, si él y Berta seguían fusilando palomos. Los palomos eran criaturas de Dios y no eran dañinos como las ratas del río o los gorgojos de los manzanos. Emilio se rascó en el brazo y doblegó la mirada. El último verano, el tío Damián les había propuesto elegir otras piezas de caza a cambio de recompensas: «Ya, el tío Damián nos dijo: “ratas en lugar de palomos”, Antonia». Cuando ella se fue, Eulalia llamó a Milo, lo aferró de los hombros y lo miró a los ojos: «En vacaciones puede llegar a La Partición otra de esas carabinas, si dejáis a los palomos en paz». La sonrisa ilusionada de Milo iluminó por un momento las delicadas facciones de su madre. Raquel era feliz al ver un viso de esperanza en sus hijos. La tufarada a cebolla frita sirvió de reclamo para que las mujeres fuesen hacia la cocina donde Luisa faenaba entre sartenes.
Teófilo y Damián aguardaron la hora del almuerzo en la casa de labor, adosada a la residencial por la fachada trasera, aunque la del aparcero no contaba con cámara y sus plantas tenían menos altura. Gervasio les sacó unas sillas a la entrada empedrada, a unos cuantos metros de la caseta del perro. La vieja mastina agitó la cabeza blanca e hizo sonar la cadena en señal de alerta; pero siguió echada con medio cuerpo en el interior de la caseta. Sus ojos algo rasgados y gachos desplegaron una mirada casi humana sobre los dos hombres cuyos olores había reconocido.
«¿Cómo crees que acabará todo esto?», preguntó Teo persiguiendo con la vista un torbellino de pájaros trigueros. El sol de diciembre y la humedad del río le hicieron sudar a Damián, por cuya calva resbalaban gotas de sudor hasta frenarse en las arrugas de su frente y empaparle las cejas. «Inspecciono mataderos, queserías, explotaciones cárnicas… de leyes ando corto… tan corto como tú has andado de sentido común, Teófilo». «Lo sé…», respondió mirándose los zapatos manchados de estiércol. «El bufete de los hermanos Almenara que lleva tu caso es de los mejores de Madrid, al menos caro es; lo sé de oídas. Si Mauricio ha contratado esos abogados, como me has dicho, vas a estar en buenas manos, Teófilo». Damián tampoco quiso tranquilizarlo dándole falsas esperanzas. Un desfalco de tal cuantía, amén del acto de malversación, de falsedad contable y documental, no era un asunto menor, había que ser realista, le dejó caer el veterinario dándole una palmada de aliento. Teófilo se izó de la silla con coraje y al punto se desinfló. Meditaba aislado en su burbuja, sordo al discurso bien intencionado de Damián. «Es justo pagar ahora… Lo siento por Raquel, mis hijos…», murmuró.
Atardecía cuando Damián y Eulalia marcharon hacia Madrid. Sus trabajos, sus hijos no les permitían estar allí más tiempo. Raquel, cómoda por naturaleza, debía aprender a hacer economías y batallar con casi unos adolescentes. La ausencia de Teófilo era segura, según le había dado a entender Mauricio secretamente a ella. No serán dos resentidos —se repetía Raquel, se lo juraba— deberán sobrevivir a la bancarrota, a la mancha de tener un padre extraviado.
El relajo se instauró poco a poco, el desaliento perdió lastre en la familia de Teófilo. Este procuraba estar con sus hijos desde la mañana hasta la noche. No había tiempo que perder. Los tres recorrían La Partición con sus mochilas a la espalda desde una linde a otra, charlaban con las gentes de las huertas aledañas (el nuevo vecindario de camisa remangadas y piel castigada por las calores y los aires), y descubrían el curso del Guadajoz, sus vados de lechos cubierto de piedras verdosas, traicioneras. Ninguno de ellos quería quedarse a solas por no darle vueltas a la cabeza y remover los ánimos. La incertidumbre corroe menos el ánimo si se está en movimiento, quiso transmitirle Teófilo a su hijo menor una mañana. Lo encontró tumbado en el camastro, sin interés por salir a vagabundear por los campos con su padre y Alfonso. Durante las noches le vino bien a la familia de Teófilo compartir cena y anécdotas con la familia de Gervasio. Antonia intuyó lo acontecido, quizás por eso se esmeró en contar las ocurrencias más jugosas. A ella misma le hacían reír sus chanzas, hasta decirlas a borbotones y malgastar su gracia. Milo ya conocía las crisis de risa incontrolada de Antonia, se amorataba y llegaba a perder la conciencia. En esos ataques Paulino se angustiaba, balbuceaba de miedo, la abanicaba y le daba friegas de agua en los brazos y la nuca. Años más tarde, Antonia se fue al otro mundo durante una de sus crisis de hilaridad irrefrenable.
Una de aquellas noches, Teófilo recibió una llamada telefónica. Milo presenció el diálogo embrollado de su padre, sus facciones inseguras, de una inseguridad contagiosa. Pero ni la noche de la llamada ni las siguientes hubo reunión en la casa de labor. Teófilo obligó a Milo a irse a la cama y entretenerse con Alfonso si no tenía sueño. «Vete a tu cuarto y llama a tu madre». Su voz sonó tomada; tenía los ojos secos, alucinados, clavados en las vigas del techo. Milo besó a su padre y fue a darle aviso a Raquel. Subió a la segunda planta, donde habían colocado muebles, los ordenadores y libros de texto. Desde la habitación se escuchaban las recriminaciones histéricas de Raquel, unos gemidos desgarradores en plena noche. Milo, identificó el llanto impulsivo y torpón de su padre, el de un hombre que casi ha olvidado llorar o que ha vivido con la fortuna de haber carecido de motivos para hacerlo. Milo acabó durmiéndose a pesar de su excitación, de haber parado a tiempo el avenate de Alfonso. Intentó brincar de la cama y presentarse en pijama delante de ellos, en defensa de Raquel. Metería la pata, iba a empeorarlo todo si se presentaba allí rabioso y cagado, ¿acaso iba a arremeter contra Teófilo?, le explicó con vehemencia a Alfonso, revolviéndose ambos en el suelo. La noche siempre, para mal o para bien, dedujo Milo, mientras elevaba sus manos por encima de su rostro y las movía como si fuesen dos pájaros enjaulados en la oscuridad. Invocó el sueño; pero las palabras rotas por el dolor, o los silencios abiertos como profundas zanjas entre sus padres lo mantuvieron insomne. Milo reparó en las facciones de su hermano sobre la almohada, su boca entreabierta, los dientes acaballados, su cabello crespo como el de un jabalí. Envidió su inconsciencia, su ingenua brutalidad.
Vislumbró el rellano al que conseguía llegar una bruma luminosa procedente de la planta de abajo. Durante un rato su mente buscó ruidos distintos a la charla mal avenida de sus padres. Sus oídos se llenaron de una profusión de mugidos de vaca, de los broncos ladridos de la mastina desencadenados a esas horas; le llegaban los chirridos de la noria y el canto de los mochuelos, mezclados con aleteos inquietantes, con la remecida del follaje. Abstraído en la respiración del campo se quedó dormido hasta rayar el día.
Milo despertó sobresaltado debido a una trepidación de motores y charlas foráneas. Su hermano seguía dormido, demasiadas patadas al balón y el cansino cacareo de sus admiradores invisibles. Mejor dejarlo, se dijo Milo mientras abría con cuidado el postigo de madera azulenca y escudriñaba amodorrado el patio.
El traqueteo de los motores había cesado. De uno de los coches se apearon dos policías y se dirigieron entre toses mañaneras hacia la puerta de la casa. No fue necesario pulsar el timbre porque Teófilo acompañado de Raquel salió a su encuentro. Uno de los policías le mostró un papel; pero él declinó, se negó a leerlo, con la presencia de aquellos dos guardias tenía bastante.
En segundo término, junto a la fuente de la carpa de piedra, un hombre alto, de aspecto extranjero, más bien fornido, esperó a que los guardias terminasen de hablar con Teófilo. Cuando callaron, el hombre se acercó con los brazos extendidos hacia Teófilo. Se abrazaron. Los sollozos de Teófilo provocaron los de Raquel. «Hoy dictan la sentencia, Mauricio», Teófilo apretó la mano de Raquel. Los guardias habían retrocedido un palmo para respetarle al procesado un momento de intimidad. Raquel se abrazó con vehemencia a Teófilo y le susurró al oído sin dejar de rodearlo con sus brazos. Milo necesitó en ese instante saber con urgencia qué le había dicho a su padre, ¿acaso ella lo había perdonado?, o, simplemente, le había entregado los menguados restos de calor y esperanza que tanto necesitaba para sí misma. Milo, observó impávido cómo su padre era escoltado por los policías judiciales hacia un coche gris, aparcado al lado de un BMW azul marino.
«Se ha negado a que sus hijos lo vean esposado, Mauricio. No quiere que yo esté presente en la sala del juzgado, “los niños te necesitan ahora más que yo”, me ha dicho». Raquel caminaba al lado de Mauricio, detrás de su esposo y de los hombres. Hablaron. Milo estaba demasiado lejos para oírlos y descifrar sus gestos. Cuando los coches llegaron al cruce y desaparecieron por el camino, más la visión de su madre envuelta en una polvareda dejada por los neumáticos, Milo echó a correr en pijama y descalzo hacia ella. «¿Por qué has dejado que se lo lleven?».
CAPÍTULO 3
Adnan estuvo tentado de sentarse en la estrada de la Facultad de Historia, de concederle descanso a sus piernas. Contempló con delectación la calma que reinaba en el campus. Pero siguió adelante. Lo esperaba Nazim. El hombre virtuoso, cuyo trato había justificado las maldades cometidas por Adnan a solicitud imperativa del catedrático. Se internó en el edificio y anduvo por pasillos contándose las pastosas pisadas de sus botas de caza, escuchando el concierto silbante de sus bronquios obstruidos por el tabaco. La fatiga era mucha, la visión le flaqueó, apenas identificaba a las personas que de vez en cuando se perfilaban a lo lejos, salían o entraban en la biblioteca, en los servicios, en las aulas prácticamente vacías a esas horas de la tarde. Cuando llegó a la puerta del despacho de Nazim Abdulah, se arrepintió durante un instante de haberlo telefoneado desde la cima del hallazgo. Había ido de caza con un muchacho de mantenimiento de la universidad, Ibrahim. Caminaban en contra del viento, cuando a Ibrahim le intrigó una oscuridad tras la yerba seca. Se aventuró seguido por Adnan y halló una brecha profunda y piedras. La cosa podía ser de interés para el catedrático, el profesor Cemal y la profesora Fadilah. Pero Adnan había puesto demasiado énfasis en darle la noticia al primero. ¿Y si el coste presupuestario de excavar aquellos vestigios fuese mayor que su beneficio? Adnan quedó más tranquilo al cavilar que tal vez había sido precisamente su celo desmesurado el factor decisivo a ojos de Nazim para que este lo hubiese colocado en la plantilla de oficios de la universidad. Otra razón habría sido, pensó, el rigor con el que lo habían visto capitanear a las cuadrillas de trabajadores, la mayoría becarios extranjeros. Y sin ninguna duda su lealtad y entrega, la servidumbre de chivarle cuanto oía, veía o se le antojaba de algún interés arqueológico.




