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Adnan aporreó la puerta y no oyó respuesta. Giró el pomo y entró con suavidad en el despacho en penumbra. Caminó con su botas de cazador sobre la alfombra de los genios y las grullas y encontró tras la mesa la blanda fisonomía de Nazim, divinizada por el reflejo azulado del ordenador.
—Eres cabezón; me sentiría mejor si te supiese en la cama, recuperándote del día de caza… En fin, ya que estás aquí te felicito. Siéntate —le dijo Nazim, llevándose las gafas de montura de carey a la frente y restregándose con los dedos sus ojos congestionados de estar fijos en la pantalla.
—Habrán sido las escorrentías de las lluvias la que han abierto la tierra y dejado al descubierto los restos —dijo Adnan poniendo sus manos velludas sobre la mesa.
Nazim comenzó a frotar los gruesos cristales de sus gafas con el pañuelo del bolsillo de la chaqueta. Escuchaba con serenidad la crónica del hombre vestido de camuflaje, perfumado con un sutil olor a pólvora.
—¿Y el trozo que has visto está estropeado?
Nazim empañó con su aliento los cristales y volvió a frotarlos con el pañuelo de seda.
—El pedazo que se alcanza a simple vista, de un metro cuadrado o así —se valió de las manos para estimar la superficie—, está bien, como si nadie la hubiese pisado todavía.
—Exageras Adnan y tú no sueles exagerar.
Nazim se caló las gafas y se quedó mirando aquellos dedos de falanges peludas sobre el tablero.
—Pero dime, aunque no seas experto: ¿crees que merece la pena echarle una ojeada?
—Lo creo. Huelo a yacimiento.
—¿Y dices que se trata de un mosaico, Adnan, sin haber visto más que un fragmento de algo?
—Sí.
A Nazim le irritaba la seguridad de aquel hombre de granito, certero la mayoría de las veces. Escuchaba sus explicaciones; pero la mente del catedrático estaba muy lejos de su encargado de confianza en ese momento, de aquellos dedos trabajados, de la barba espesa, como pintada con crema de zapatos sobre la carne. Estaba en las últimas cuando lo encontró una mañana de hacía años en el puerto de Estambul, tirado como un desperdicio entre cajas vacías de pescado. Nazim recordó los vómitos de sangre de Adnan, las dos manos apretándose el estómago para contener sus intestinos dentro del cuerpo, tripas azules en la memoria del catedrático.
¿Qué estará pensando esa cabeza talentosa mientras le cuento?, se preguntó Adnan, daría la nómina de un mes por saber si la cabeza de pelo ondulado y gris, había calificado de interés el supuesto mosaico. Quizás tras las primeras palabras había descartado el asunto. ¿Me está entendiendo?, ¿me he explicado mal?
Los ojos de Nazim, agigantados por las lentes, encararon como dos focos cenicientos a Adnan. Abrió las manos de súbito.
—¿Lo has enterrado?
Nazim juntó las palmas de las manos y apoyó su barbilla sobre la punta de sus dedos.
—Es una gruta honda, bastante ancha, profesor —lo llamaba «profesor» aunque fuese catedrático, quizás porque cuando se conocieron Nazim aún no era el catedrático de Historia Clásica y Antigüedades de la Universidad de Ankara—. Hemos ocultado la zona de interés lo mejor que hemos podido. Tuvimos que ir a Villa Aquilae a por arpillera…
—¿Le has hablado de la cuestión a la profesora Fadilah?
Adnan se vino abajo, ¿aún no confiaba en él?
—No estaba; pero de haberla visto tampoco le hubiese dicho nada —encendió un cigarro con permiso de Nazim. Continuó informándole—: Hemos tendido las lonas y sobre las lonas tierra y sobre la tierra forraje.
Nazim plegó la pantalla del ordenador y organizó con lentitud los papeles y las revistas en la mesa.
—Bien hecho —asintió el catedrático.
Adnan se puso de pie a la par que Nazim. Salieron al corredor y se detuvieron al llegar al campus. El catedrático inhaló la honda fragancia vegetal y mordió la boquilla de su pipa. Adnan se sentía honrado por ir al lado de Nazim; lo hubiese acompañado gustosamente al apartamento de lujo donde este vivía, en el distrito Çankaya. Cuando llegaron al parking de la universidad, Nazim puso su maletín sobre el techo del coche y luego dejo caer su mano regordeta sobre el hombro de Adnan.
—Ya te llamaré, a lo mejor dentro de una semana.
El catedrático entró quejoso de sus kilos dentro del coche.
—Vigila el sitio, Adnan. Tápalo mejor. Ni una palabra… —voceó señalándolo con la pipa.
Transcurrido algo más de una semana se citaron en el aeropuerto. Tomaron varios tés y un surtido de hojaldres con mermelada de rosas. El catedrático colocó bajo la mesa el maletín de muestras y se excusó con Adnan antes de sumirse en la tablet. El catedrático había acudido al aeropuerto solo, sin su segundo adjunto, el profesor Cemal, y sin la primera, Fadilah, la directora de Villa Aquilae y de las prospecciones en marcha ubicadas en el término de Ganziantep. Adnan le acercó la caja de dulces a Nazim; pero este no advirtió el gesto del capataz y continuó ensimismado en la tablet. Adnan estaba acostumbrado a ver a Nazim concentrado en una pieza arqueológica o en los estratos de un corte del terreno, murmurando, con palabras traducidas en gestos, en ademanes característicos. Respetaba profundamente los soliloquios de Nazim, a veces conseguía descifrar los movimientos de sus labios aplastados, caídos a un lado por el peso de la pipa. Después de tanto tiempo a su lado, lograba adivinar, el instante mismo en el que la mente del catedrático había alumbrado una idea afortunada, y, en qué momento esa idea perdía fuerza o era empujada por otra aún más brillante, la definitiva.
—¡Menos presupuesto para el año que viene…! —saltó de improviso el catedrático, atisbando a través de la ventanilla del avión el manto lanoso formado por las nubes.
Adnan lo miró de reojo. Estaba acostumbrado a oírle sus lamentaciones antes de cada curso académico. Solía predicar en los claustros, en las aulas, en el bar de la universidad el escaso presupuesto asignado a su departamento para las numerosas excavaciones que tenía a su cargo. Pero Adnan sabía que los proyectos del departamento salían adelante sin merma. Nazim disfrutaba poniendo las cosas mal a conciencia, con la intención vedada de duplicar su valía ante los profesores y encargados de excavación. Era como decirles a todos: Merezco doble aplauso de vosotros, uno por haber engrosado las arcas del departamento, y otro por haberlo hecho en época de penurias. Adnan admiraba en Nazim incluso su habilidad para decir embustes.
El catedrático recostó la cabeza en el reposacabezas, cerró los ojos y exhibió hacia el techo del avión una sonrisa irónica.
—En noviembre, es mala fecha para excavar donde has dicho, Adnan, a pocos kilómetros de la presa.
Adnan, dejó de curiosear en las páginas del Hürriyek, lo dobló y lo devolvió al bolsillo del asiento delantero.
—Podemos delimitar el recinto, calificarlo de zona de interés arqueológico y esperar a mayo, todo ello si el hallazgo fuese tan bueno como crees —dijo Nazim ajustándose el cinturón de seguridad.
El encargado también se atuvo a la señal de aterrizaje y apretó el cierre del cinturón. Se aclaró la voz para acallar el pitido lúgubre de sus bronquios y darle su opinión al catedrático:
—Excavar con lluvia en campo abierto es poco práctico, los artefactos superficiales se pierden en el barro o se hacen añicos debajo las excavadoras, no los puedes distinguir bien aunque los focos de las máquinas estén dados y tengas un guía con buena vista.
Nazim aguardó a que estuviesen en el hall del aeropuerto para sincerarse con Adnan respecto a la muestra descrita.
—Si se trata de un mosaico debe tratarse de una villa, una de tantas halladas en las costas del mediterráneo. No consta en ningún país la construcción de un mosaico aislado, no tiene sentido.
Adnan escuchaba al catedrático y esperaba paciente el coche que él había alquilado desde la universidad.
—¿Has visto en un radio amplio desde el agujero señales de construcciones, piedras talladas, esquirlas de vasijas, prominencias geométricas en el terreno? —preguntó el catedrático dentro del Land Rover Discovery.
Adnan maniobró con el volante, condujo en línea recta y continua.
— Algunas, aunque no hemos tenido tiempo de sondear los alrededores.
—Como mucho encontraremos piezas similares a las halladas en Villa Aquilae por Fadilah y su equipo. De todas maneras has hecho bien en contármelo
Adnan conducía con suavidad. Tarareaba en un tono muy bajo un son sudamericano inventado en opinión del catedrático, cuya visión parecía atenta a la carretera. Nazim se interesó por la familia de Adnan. La había tratado someramente, en Jimened Hospital, cuando este estuvo ingresado en un estado casi agonizante. El catedrático conservaba en su memoria la imagen de la esposa de Adnan. Era una muchacha casi adolescente, de expresión dolorida y cejas juntas, tocada con un hiyab. Nazim, recordaba el momento en el que ella entró en la sala de espera con un niño flacucho de pelo azabache y una niña de más edad con unos ojos sorprendidos en su cara redonda, tocada con un hiyab blanco como la madre. La mujer deambuló con sus hijos de la mano y preguntó a una enfermera por la persona que había socorrido a su marido. La esposa de Adnan y sus hijos fueron hasta Nazim Abdulah. Le hicieron una reverencia y besaron su mano de blancura cardenalicia.
—¿Aynur es ya doctora? —Nazim volvió al presente.
—¿Mi hija?, dentro de unos meses lo será. «¡Cuando me llamen doctora Aynur, me importará menos morir porque habré conseguido mi meta!», nos dice con su humor negro —añadió Adnan con un sentimiento difícil de captar en unos rasgos tan broncos.
El coche cabeceaba por un camino de cunetas cegadas por la mala hierba. El vehículo dejaba a su paso una nube que hacía invisible el paisaje reflejado en el retrovisor y en los espejos laterales. Nazim contemplaba la vertiginosa sucesión de cardos y alcaparras, meditando a un tiempo en la opinión dada por Aynur a su padre: «me importará menos morir porque habré conseguido mi meta». Cumplido su proyecto esencial —ser médica—, la muerte no sería para ella una despedida nefasta. La muerte duele doblemente a quienes dejan cosas relevantes por hacer, a quienes su propósito más definitorio va a quedar inconcluso debido a su marcha. En realidad, ¿cuál había sido para él ese objetivo primordial, el que debería estar acabado antes de diluirse en la nada?, filosofó, intentando calcular el balance de sus aspiraciones: ¿cuántas de ellas había abandonado por el camino?, ¿cuántas otras, factibles e importantes para él seguían en la carpeta de pendientes?, ¿cuántas dejará a medias? No pudo terminar su contabilidad porque el frenazo ante la puerta enrejada de Villa Aquilae abortó su cavilación.
Nazim había aprovechado precisamente la asistencia de Fadilah y su equipo a un congreso en Berlin para visitar la villa y de paso valerse de instrumental para indagar muy por encima el punto de interés señalado por Adnan.
—Profesor, espere en el coche; yo me acerco a la caseta y cojo herramientas.
Nazim desoyó la sugerencia de Adnan y se apeó del vehículo. Alzó la cabeza y sintió un vértigo de gloria al hallarse bajo la gigantesca cubierta afianzada al suelo por un esqueleto metálico casi aéreo.
—Con esta cubierta no hay que temer el desplome de los tapiales ni la erosión, Adnan —afirmó Nazim escrutando los puntos de la estructura donde estaban instaladas las cámaras de seguridad—. Es bueno ese estudio de arquitectura de Sao Paulo, y económico. Estoy en deuda con Fadilah por haberle trasmitido a los brasileños a pie de obras mi enfoque sobre la cubierta.
Le había alegrado pasar por la Villa Aquilae, comprobar una vez más que la inversión había valido la penas. Fadilah era una magnífica arqueóloga y aún mejor directora de conjuntos arqueológicos. Pecaba de moralista, de llevar a sus últimas consecuencias, con vehemencia, su visión rígida y convencional de lo correcto en Arqueología. Quizás una futura catedrática —Nazim había pensado en ella como sustituta en el puesto— debía tener ese talante… a saber si una vez en dicho puesto, transcurridos algunos años, mantener dicha actitud se convertía en un estorbo, como en cierto modo le ocurrió a él.
Estaba nublado. Adnan desconfió del avance de las nubes, similares a las masas blancas y negras de una radiografía. Circularon despacio alrededor del conjunto. Nazim no pidió dar una vuelta final; pero el encargado adivinó el deseo del catedrático, había aprendido a adelantarse a sus caprichos aunque le resultasen absurdos algunos de ellos. Asomó la cara por la ventanilla y maldijo.
—Si nos mojamos nos mojamos. Me doy por satisfecho con haber visto la cubierta de Villa Aquilae. Quizás debíamos proteger la estructura moderna para el futuro, en lugar de limpiar y mimar tanta puta piedra, ¿tú qué dices a eso, conservar lo nuevo y olvidarnos de la Arqueología clásica? —rio al ver en apuros al conductor.
—Eso digo yo: ¿qué pasará con nuestros propios vestigios, con los de aquellos que nos sucedan, al cabo de siglos o de miles de años?
De nuevo se escuchó la risa aguda de Nazim, incapaz de localizar las coordenadas en el mapa digital abierto en la pantalla. Villa Aquilae se encontraba a unos sesenta kilómetros de distancia del punto geográfico del hallazgo. El Google Earth ofrecía una maraña intrincada de caminos y de cuadrículas de colores sólidos. Adnan confió en su retentiva, aquella zona era uno de sus lugares habituales para cazar palomas torcaces y animales de pelo. Al cabo del rato, se adentraron en una plantación de pistachos y poco más adelante despuntaron los riscos y las lomas incultas.
Adnan se detuvo y señaló un monte grande, con una de sus paredes en vertical.
— En aquella cima, profesor.
— Los montes Anti-Tauro —abrió la ventanilla y orientó los prismáticos hacia la cumbre aplanada, encrespada de matorral—. ¿Y cómo subimos allí, Adnan? De haber contado en Ankara con una foto de esa mole, hubiese pensado en contratar un helicóptero en Malatya —chasqueó la lengua.
—He solicitado un Discovery por esa razón —se puso un cigarro entre los labios—. La pendiente es llevadera, incluso sin la tracción en las cuatro ruedas. Ibrahim y yo la subimos a pie, con la impedimenta de caza a cuestas y varios perros latiendo delante nuestra.
Nazim escuchaba al encargado. Le jodía tanta determinación. El vehículo emprendió el ascenso. Se caló a media cuesta, patinó, renqueó en el tramo final hasta coronar el monte. El catedrático se dirigió hacia un rumor de aguas bravas. Desde su posición entreveía las riberas del Eúfrates. La presa se adivinaba tras unos cerros cubiertos de pinos. Se giró y desplegó la mirada a su alrededor.
—Me esperaba un terreno más llano, Adnan —dijo con un matiz de desengaño—. Es un suelo sinuoso, plagado de morros y desniveles.
Adnan lo dejó atrás, sin prestarle mucha atención. Se echó al hombro un rollo de cuerda alpina, cogió un hato de herramientas y desapareció tras unos espinos.
Las nubes se desplazaban hacia el oeste empujadas por el mismo viento que azotaba la ropa del catedrático. Los tobillos se le doblaban al andar sobre el suelo sembrado de piedras demasiado geométricas. Se detuvo, tomó aire y fijó en las prominencias de aquella cumbre desmochada. Ruinas… eran ruinas de una villa, como ya le había adelantado a Adnan en la universidad. Se acomodó las pesadas gafas en el ceño pero el sudor las hizo resbalar por el dorso de la nariz. Le asediaban las moscas y el bamboleo de la cámara de fotos en el costado. Suspiró al escuchar a escasos metros las paletadas sobre la tierra.
Nazim se quedó inmóvil al oír la voz de Adnan desde el fondo de la tierra:
—¡Quédese donde está profesor!
Tras uno minutos, el encargado fue hacia el catedrático con la cuerda.
—¡Ahí es! —señaló una zanja amplia, ocluida por arbustos—. Es honda, pero se baja por un terraplén, ¿lo ve? Le ayudo.
Adnan anudó la cuerda bajo las axilas y la desmesurada cintura del catedrático. Descendieron despacio, Nazim delante, Adnan detrás sujetando el cabo libre de la soga. Llegaron sin incidencias al pie de la zanja. Adnan había despejado de maleza el espacio.
—Es un yacimiento, profesor, se puede ver algo de la obra de fábrica. Ahora es cosa de usted y su equipo si es de interés o no.
Adnan vació una botella de agua sobre el área de losa visible. Se agachó, cogió unas cuantas piedrecitas de tono azul oscuro, siena y otras de un azul más claro.
—Tome… ¿Qué le parecen estas teselas?
Nazim observó en la palma blanduzca de su mano las piedras del mosaico: pequeños cubos, otras con forma de gusanos de mármol. Adnan captó la expresión seria del profesor, su sorpresa.
—Son teselas griegas. Francamente… —sus penosos ojos enfocaron tras los cristales al encargado—. Son… son… excepcionales.
El catedrático se las guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. Se aproximó hacia la franja visible del mosaico. Le ordenó a Adnan que echase a un lado las lonas protectoras y apuntase bien el reflector. Nazim no se atrevió a agacharse debido a su peso, inclinó el busto y se quedó absorto al distinguir un laberinto de teselas, algunas de milímetros.
—Ibrahim y yo nos quedamos como usted ahora, parados.
Nazim aleteó con los brazos. Deseó el cese de cuanto palpitaba a su alrededor, el silencio absoluto. En ese instante, le violentaba cualquier distracción, la voz del encargado, la jerga lejana de los pistacheros, los pájaros, las máquinas fumigadoras, el mugido de sus propias vísceras, cualquier estímulo que agrietase el estado místico en el que había penetrado después de mirar con detenimiento el mosaico.
—Las primeras teselas azules, casi negras, son plumas, plumas de avestruz. —Adnan se puso en cuclillas y las señaló con el dedo empujado por la voz precipitada del profesor—. Las marrones representan una parte del cuerpo humano, el costado y una fracción del muslo de una mujer, de una mujer árabe ó mediterránea, cubierta con un faldellín. Lo que tienes bajo el dedo ahora es el faldellín.
Nazim transpiraba. Sus piernas vacilaron. Disparó ráfagas de fotografías desde todos los ángulos accesibles, algunas sin sentido. Adnan empujó con el pie un lado de la pala hasta hendirla en una de las paredes.
—No he querido ahondar más, como me sugirió Ibrahim, hasta que usted viese esto y me diese permiso para quitar tierra.
Nazim revoloteó la cámara y le hizo el gesto de quedarse quieto.
—¡Deja la puta pala! —La cámara fotográfica cayó al suelo. Nazim enrojeció de ira—. Haz solo lo que yo te diga, ¿entendido?
Adnán llevó la pala sin alterarse al saco de las herramientas. Escupió la colilla ensalivada del cigarro apagado y adoptó una actitud de escucha.
—Toma muestras del mortero del mosaico con la espátula, con mucho cuidado. Y mete en las bolsas pequeñas las teselas sueltas, una bolsa por cada color diferente. Ten estas que tengo en el bolsillo.
Adnan obedeció al momento. Abrió la caja de muestreo de campo y extrajo cucharaditas del material base donde estaban incrustadas las teselas. Nazim pudo recoger la cámara del suelo y volvió a fotografiar todo lo visible.
—Extrae un poco con la espátula de aquel polvo, es polvo de teja molida —Adnan se orientó por la trayectoria del enfoque de las gafas de Nazim—. ¡Y de la mancha rojiza de la pared!, puede ser pintura al fresco.
El catedrático miraba el pavimento con ansia; le pidió ayuda al encargado para sentarse en un realce del terreno, donde se apilaban las arpilleras. Nazim tenía las piernas algo hinchadas y optó por quitarse las botas y los calcetines. El rostro de barba montaraz se enterneció al ver los pies descalzos del profesor sobre la losa humedecida. Nazim se empleó en rascar con la cuchara en torno a la parte descubierta. Hizo fotos con las manos sucias de tierra.
—Mira estas verdes. —Adnan clavó la vista en las teselas señaladas—. Pueden ser figuras vegetales. Están bien afianzadas al lecho, no las toques —añadió el catedrático.
Dedicaron tiempo y esfuerzo, —Nazim según se lo permitió su obesidad—, a extender las lonas complementarias y las arpilleras retiradas de Villa Aquilae. Se aseguraron en ocultar el sitio replantando por encima, jaras, tomillo, helechos.
Cuando salieron a la superficie, Nazim miró en circulo, a la defensiva. No le cupo duda: era una villa grecorromana, aunque incomprensible, de planta muy atípica, nada comparable con las conocidas en Turquía, en Italia, en el ámbito territorial del Imperio. Antes de subir al coche oteó a lo lejos la cárcava cubierta por encinas y pedruscos moteados de líquenes.
—¿Vas de cacería por aquella quebrada? A lo mejor al profesor Cemal le gustaría soltar a sus pajarracos allí, en aquella espesura.
—A los halcones le va más la llanura. Cuando aprieta el calor las víboras se refugian en las ramas de los árboles y pueden dejarse caer sobre tu espalda, eso no le gustaría al profesor Cemal. Ibrahim ha cobrado jabalíes de buen porte allí —dijo Adnan mientras descendían por la ladera.
—¡Ibrahim, Ibrahim! —clamó el catedrático con un deje bíblico, repasando la galería de fotos en el visor de la cámara.
La tarde se les echó encima. Almorzaron de camino a Villa Aquilae. Adnan depositó las herramientas en la caseta procurando que guardasen el mismo orden en el que estaban colocadas. Antes de embarcar, entregaron el coche a la compañía de alquiler del aeropuerto y se lavaron manos y rostro en los lavabos. Durante el vuelo a Ankara, el encargado quiso saber el veredicto final del catedrático.
—¿Trae cuenta excavarlo, profesor?
Nazim se removió en el asiento. Lo miró.
—Cuando lleguemos a Ankara, ponte en contacto con uno de tus parientes; que vigile la zona. Le pagaremos lo que pida, Adnan.
—¿Eso quiere decir que habrá excavación? —preguntó el encargado satisfecho.
El catedrático dejó transcurrir el tiempo. Bebieron el zumo que les sirvió la azafata. Nazim se limpió la boca con la servilleta y respondió con cierta incomodidad. Eso no es asunto tuyo, decía su rostro.
—Quizás, con ayuda externa; quiero decir, con la colaboración de una empresa extranjera. Fadilah, Cemal o yo no podemos hacernos cargo de más proyectos y además nos faltan especialistas. Es una excavación muy compleja para nosotros, Adnan —su mente iba maquinando mientras le respondía con cautela.
Al llegar a Ankara fueron en un taxi directamente a la universidad. Nazim aseguró las muestras extraídas en un cajón de la estantería, bajo llave. Cerró la puerta de su despacho y le dio a entender al encargado Adnan que debían hablar del asunto antes de irse cada uno a su casa. Adnan se sintió valorado por la necesidad del catedrático de comunicarse con él. Nazim encendió su pipa, le dio varias chupadas y se liberó de las gafas durante un instante. La mirada grisácea, disminuida pareció medir el torso del encargado, su cabeza de pelo crespo. Adnan supo que el temblor apenas perceptible en las manos del catedrático y sus labios fundidos en una raya morada, eran el adelanto de una advertencia implacable.
—Será un secreto más entre usted y yo… Sabe que no abriré la boca en ningún caso —se adelantó Adnan.
Nazim se lo agradeció con palabras y gestos, le agradó que se hubiese adelantado a su petición. Fumaron sin hablar durante una pausa.
Nazim descargó un puñetazo sobre la mesa que le provocó una reacción refleja en el encargado.
—¡Ibrahim…!, ¿qué me dices de tu pareja de caza?
Adnan humilló la mirada y apagó el cigarro.
—Ha trabajado conmigo en Villa Aquilae y en la costa, de guía de maniobras con la pala y el bulldozer; no se le ocurrirá decir nada… Respondo de él ante usted. Nazim detuvo sus ojos en la cara de Adnan y a este lo recorrió un escalofrío.
—Lo siento por el tal Ibrahim —el catedrático puso su mano sobre la del encargado y le habló casi con ternura—, no ha debido tener la fortuna de dar con aquel agujero.
Adnan agachó la cabeza e intentó levantarla de nuevo, pero le faltó valor para encontrarse con las pupilas congeladas tras los limpios cristales de las gafas del gran hombre.
CAPÍTULO 4
Pedaleaba con violencia a través del Puente de las Delicias. Pensó con desamor en Miriam, su esposa, la Paulova. Cuando giró hacia la avenida de la Palmera se rindió a la visión frontal del Astro Rey. Moderó el pedaleo e intentó recitar los nombres del Sol. Una deidad anaranjada, suspendida sobre la línea cúbica del horizonte. A pesar de su absoluta falta de fe pidió fuerza y sabiduría al dios de los antiguos. Minutos después cruzaba la puerta del edificio acristalado de la empresa de Gestión Integral Patrimonio Histórico. Dio los buenos días al vigilante de seguridad y acopló su bicicleta en uno de los resortes. Oyó el clic de la puerta principal y entró con la pequeña mochila al hombro. La colgó sobre la chaqueta en la percha de su despacho de paredes transparentes y conectó el ordenador. Maldijo. Había intentado desechar de su mente las imágenes recientes de Miriam, su cuerpo desnudo, cubierto con la toga de jueza, su mala leche acumulada durante años. La memoria le devolvía los registros vocales de Miriam, agudos e hirientes con sus familiares o con los de él, si acometían de guasa contra sus aires entre señoriales y ejecutivos, o de forma vaga contra los yerros y contradicciones judiciales en el país. En cambio, su registro vocal era el de una soprano dramática si el asunto versaba sobre la educación apropiada para Sergio, el hijo de ambos. Habían discutido por ese motivo durante la noche. Miriam insistía hasta la ordinariez en que el niño debía ser matriculado en alguno de los colegios bilingües privados, sometido a las mismas reglas de conducta y de estilo elegidos por sus colegas para sus hijos. Le fatigaba seguir rumiando el trance de su matrimonio y concentrarse en las reuniones fijadas para el día. Descargó un palmetazo en la mesa, como quien tira de la cadena del wáter y deja correr la mierda. Al carajo Miriam y al carajo la temida encerrona entre los Moll y Gareth Cranston.




