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La puerta abierta del despacho de coordinación dejaba a la vista la estampa de figurín de Álvaro Uclés, el coordinador de operaciones de GIPH. Tachaba con placer las cifras finales de la peritación sobre las piezas ofertadas por Carles Moll, un empresario mallorquín dedicado a la organización de congresos. Nada le decían a Carles ni a su familia aquellos objetos remotos transmitidos de generación en generación de los Moll. Ni sus manos ni su sensibilidad, ni su vista reaccionaban ante aquellas joyas arqueológicas. Pero Carles y su hija Silvia no eran tontos, su carencia de sensibilidad guardaba una relación inversamente proporcional a sus intereses económicos. Barruntaban su elevado precio para coleccionistas o museos y exigían por ellos una buena tajada.
Álvaro Uclés enrolló distraídamente el informe y se pasó la mano por el pelo apelmazado hacia atrás con laca. Torció los labios un tanto desilusionado y se reclinó en el sillón de cuero rojizo, demasiado espacioso para un cuerpo más bien menudo.
—He leído tu tasación, técnicamente intachable; sin embargo, has elevado su valor en libras esterlinas a casi cuatro veces más de lo hablado con Gareth Cranston —dijo con sus labios finos, algo violáceos.
Los dos viraron la mirada hacia la mesa de cristal donde se encontraba expuesto el lote. Bajo la luz indirecta de los focos resplandecía el cofre de taracea en plata y marfil y delante la colección de utensilios quirúrgicos en plata labrada.
—Coincido contigo en que son magníficos y en línea con el valor de lotes similares dados en el mercado —afirmó sinceramente el coordinador, repasando con mirada de mercader cada una de la piezas.
—¿Si la peritación es «intachable» por qué has tachado precisamente el importe?
—Deberías saberlo, llevas años en la empresa.
Álvaro desplegó un ademán conciliador. Caminó hacia el expositor con los brazos en jarra. Se detuvo a una cuarta de las piezas y peroró de espalda, pasando un dedo por los libros manuscritos en árabe sobre Oftalmología.
—¿Desayunamos? Invito yo —dijo.
Antes de pisar la acera, Álvaro se acomodó las hombreras de la chaqueta y los tirantes a la cinturilla del pantalón. Con dedos hábiles se afianzó el nudo de la corbata burdeos y se miró los zapatos negros de cordones. Su baja estatura, unida a sus andares envarados y a su cara indumentaria, le conferían una apariencia demasiado estudiada para resultar elegante. Entraron en el bar del Ciudad de Sevilla y ocuparon una de las mesas, la barra no era lugar propicio para lo que iban a tratar, nadie sabe quién está oyendo y qué hará con lo oído, ¿contarlo para darse pábulo?, ¿venderlo?, ¿intercambiarlo por otro chisme? Álvaro sorbió el zumo de naranja y se secó sus labios con una servilleta de hilo. Mordió el cruasán con mantequilla mientras removía el café espumoso.
—Pon ciento cincuenta mil libras y en paz —dijo Álvaro condescendiente aunque con un rebuscado matiz imperativo.
—Álvaro, ya sabes que me falta estómago para eso.
—Seamos sinceros: tienes en tu haber y en el de GIPH trabajos realizados de más enjundia y más comprometidos que este lote y no has puesto pegas. Te recuerdo tu valoración de las piezas precolombinas vendidas al museo de Costa Rica, o la transacción de los torques y de los brazaletes de oro que tú mismo desenterraste en Porcuna —dijo Álvaro a la defensiva, cuestionado en el fondo por su laxitud moral.
Al salir del hotel el viento limpio del otoño los hizo caminar a contracorriente. Álvaro temió por su pelo y le costó mantener su marcha envarada hacia la sede.
—Vendrán alrededor de las doce; te sobra tiempo para enmendar la tasación —dijo, haciendo crujir bajo sus zapatos hechos a mano las hojas doradas caídas en la acera.
Estuvo pendiente del intercambio de saludos con los compañeros de GIPH. Álvaro era de esas personas que dan una importancia desmesurada al hecho de ser o no ser saludado por alguien. Comentaba la calidad del saludo recibido, el énfasis empleado, su tono afectivo, respetuoso, irónico, malévolo, mecánico, retador. Cualquier matiz desapercibido normalmente para cualquiera, Álvaro solía captarlo y lo expresaba con nitidez.
—¿Enmendar la tasación? ¡No me has convencido, Álvaro!
—Ya; pero debemos favorecer a Gareth, nuestro jefe me comunicó el valor aproximado que deberías asignarle al lote. Si no te ha comentado nada al respecto ha sido por miedo a tus reparos, o por contar con un valor objetivo, con el límite mínimo de la compra —replicó Álvaro deseoso de pasar a otro tema—. Voy a hablar con los del impacto en la urbanización del barrio de Ávila, intuyo que hemos ganado el concurso de proyectos, mira sus caras —añadió yendo hacia el equipo técnico.
Media hora antes de la reunión con Gareth Craston y Carles Moll, Álvaro arqueó sus cejas y consultó someramente el último folio de la tasación corregida.
—Yes… Oye, que esta chapuza no se te pegue a las tripas ¿okey? —dijo Álvaro empequeñecido en el vasto sillón.
Poco después entraba en el despacho un hombre espigado, pelirrojo, blancuzco, con la punta y las aletas de la nariz enmarañadas de venitas moradas. Saludó con apretones de su mano helada y se dirigió a Álvaro en un español de megáfono de aeropuerto. Sir Gareth se caló unas gafitas de lectura y leyó la descripción del lote y el valor. Asomó sus ojos grises, de párpados encarnados por encima de los cristales de lupa y se aclaró la voz.
—Un muy excepcional precio dado, señores —dijo con los folios de la tasación pegados al muslo —. ¿Disponemos de los objetos ya, Álvaro?
El coordinador se fijó en la puerta de la sala y al mismo tiempo le indicó a sir Gareth el lugar donde estaban expuestas las piezas.
—¡Don Carles!, pase, pase por favor —anunció Álvaro yendo hacia un hombre casi de la misma altura suya, calvo y ancho. Este venía acompañado de Silvia Moll, la hija y heredera del negocio familiar.
Padre e hija leyeron la tasación de cabo a rabo. El arqueólogo respondió a cada una de las preguntas formuladas por los interesados. Carles Moll hizo un amago de expresar su opinión; pero la voz autoritaria de Silvia lo inhibió.
—Sinceramente, en otros sitios nos han valorado estas piezas a un precio muy superior al estimado por ustedes —dijo Silvia molesta.
—Hemos considerado los parámetros de valoración usuales, como el valor de adjudicación respecto a lotes similares en las casas de subastas citadas en el informe, y, francamente… —les explicó el arqueólogo jefe del departamento de Arqueología, mientras Álvaro estuvo al acecho del mínimo gesto de Carles Moll.
Gareth Cranstom, cruzó las piernas y adoptó la actitud de un espectador de cine que no acaba de captar la trama de la película.
Los Moll, rezagados de sir Gareth y de los expertos de GIPH se acercaron al expositor. La tensión y el recelo podían palparse en el ambiente, una poca más de presión y la reunión se habría ido al garete.
Álvaro se aproximó discretamente al arqueólogo y le susurró, exhibiendo un aire de comunicación interna, natural entre compañeros de la misma empresa:
—Tranquilo. Si el trato no cuaja todos pierden menos GIPH. Ellos deben apoquinar sus dietas. Nosotros, pasaremos a los Moll de todos modos la minuta de peritación y gestión.
—¿Qué tenemos? —preguntó Gareth Cranston, levantando la barbilla y mirando las piezas como si se tratasen de baratijas de latón mostradas en un mercadillo.
—Se han dedicado varias semanas en la investigación, análisis y documentación de este conjunto, propiedad de la familia Moll —dijo el responsable de Arqueología de GIPH. Luego, se calzó un guante blanco y cogió un instrumento cónico acabado en un vástago y este a su vez en un círculo ovalado y se lo mostró al señor Cranston—. Esto es una jeringa, quizás una de las primeras jeringas hipodérmicas en la historia de la Medicina.
—Danos una visión amplia del lote, los detalles pueden ser explicados a instancia de cada cuál —le pidió Álvaro Uclés en un intento de aplacar la tirantez de Silvia Moll y la arrogancia de sir Cranstom.
—Bien. Este instrumental quirúrgico perteneció a Ibn Wāfid, cirujano cuya labor fue desarrollada en Toledo y en Córdoba en el siglo XI. Por tanto, no se trata del instrumental empleado por el gran Albucasis, sino por su discípulo. Lógicamente, esta circunstancia influye bastante en su valor. El cofre, marcado con las iniciales de Ibn Wāfid, contenía el instrumental y los tres tomos de oftalmología dados por perdidos según hemos constatado, además de un compendio quirúrgico sobre traumatología sin traducción al hebreo, ni al latín. Todas las herramientas, incluso las tijeras de puntas curvadas o en forma de cucharilla están labrados en plata de ley antigua. Según se deduce de lo investigado, además de las jeringas, las cizallas y estas ruedas dentadas son creaciones propias de Ibn Wāfid, no exactamente de su maestro, según rezan los datos.
Un silencio admirativo llenó la espaciosa habitación. El conjunto de plata desprendía un resplandor misterioso. La actitud de Gareth Cranston pasó de ser arrogante a prudente. Durante un rato prolongado se dedicó al examen meticuloso de los artículos etiquetados y distribuidos sobre un paño de terciopelo rojo. Acercó su cara alargada al lote y aspiró los utensilios, los tomos encuadernados en piel de camello. A la vista de todos aproximó el oído derecho a las piezas, como si fuese capaz de percibir el eco doliente de enfermos moribundos, el ruido metálico de los instrumentos quirúrgicos, lanzados quizás contra el suelo por un cirujano impotente para arrebatarle un cuerpo a la muerte, ante la cual la ciencia médica es solo un artificio dilatorio de la hora final.
Regresaron más taciturnos a sus asientos, encastillados cada cual en su ambición o en su orgullo como Silvia Moll. Álvaro ofreció un receso para que cada cual hiciese sus cuentas, la ganancia mínima a obtener a costa del otro, pues lo ganado por uno casi siempre es en detrimento de otro. Silvia y Carles Moll se ausentaron durante la pausa, ¿debían rebajar la cifra esperada o mantenerla? Para los Moll, el vinculo sentimental con sus antecesores se había debilitado de generación en generación, a duras penas la memoria guarda imágenes de los abuelos, casi nadie de sus bisabuelos y menos aún de parientes anteriores a estos, como el de aquel Moll del cual sus descendientes actuales solo conocen una leyenda reescrita cada vez que es contada. Según Carles, aquel antecesor suyo se topó con el tesoro a principios del mil ochocientos, en el derribo de una fábrica de munición de Valencia. A Carles Moll le costaba aceptar que alguien pudiese pagar cantidades astronómicas por un cuadro, o por artilugios antiguos, tan curiosos como inútiles al fin y al cabo. El revés sufrido tras la demostración de que los instrumentos habían pertenecido Ibn Wāfid —se ignora si este llegó a ser el discípulo aventajado o el menos lúcido del maestro— y no a Albucasis como los Moll habían creído; y, por otro lado, el hecho de que la colección no había sido declarada en su tiempo y su legalización clandestina había sido satisfecha por la gestión de Álvaro Uclés mediante uno de los contactos de GIPH en el Ministerio de Cultura, forzaron a Carles a considerar el valor de tasación determinado en dicha empresa.
Los Moll titubearon al entrar en el despacho y tomar asiento. Tanto Carles como su hija se mostraron más vulnerables a los ojos encajados en los párpados sin pestañas de Gareth Cranston, que estudiaron la afabilidad que Carles mantenía en la conversación con Álvaro y con el arqueólogo jefe. La mirada gris se tornó inquisitiva al demorarse en la osamenta cuadriforme de Silvia Moll, en el irritante castañeteo de maracas de sus pulseras huecas, al son de la inquietud de su mano surcada de tendones correosos. Con las gafas montadas sobre la nariz cuya punta y aletas exhibían una red de varices tan delicadas como las de sus mejillas, aproximó su boca a la oreja de Álvaro y le murmuró algo inaudible para el resto. Este lo miró con un sesgo interrogativo, pasándose levemente la palma de la mano por su pelo brillante.
Los Moll dejaron de hablar con el arqueólogo, se cruzaron de brazos y aguardaron la palabras de Álvaro.
—¿Alguna observación por parte del señor Cranston? —inquirió Carles sentado al filo del sofá, sonriente.
—Sir Gareth asumiría la factura de GIPH si al final se acepta el precio de tasación — anunció Álvaro Uclés mientras giró su cabeza hacia Silvia.
Carles miró a su hija y le suplicó su parecer. En el rostro de Silvia Moll, maquillado hasta recordar una máscara de gigantes cabezudos, se dibujó un mohín despectivo antes de musitarle su conformidad.
—De acuerdo, señor Cranston —dijo Carles mirándolo con naturalidad por primera vez desde que fueron presentados en el despacho.
El mallorquín se irguió sonriente y estrechó la mano de sir Gareth quien se mostró con una sencillez opuesta a la suficiencia exhibida al principio. Silvia Moll se retiró los mechones de pelo separados por una raya y no pudo disimular su agrado ante las buenas maneras del inglés, cuya edad era inferior en mucho a la de Carles Moll.
Se firmaron los documentos llevados por una muchacha con el pelo trenzado y unos bracket fijados en su dentadura que le desgraciaba la sonrisa. Resuelto el papeleo, Álvaro Uclés acompañó a los Moll hasta la calle donde los esperaba un taxis para su traslado al aeropuerto.
El coordinador de GIPH, junto a un Gareth Cranston jubiloso de párpados decaídos, supervisaron el proceso de embalaje de cada pieza en las cajas de seguridad llevado a cabo por el arqueólogo jefe. El precioso equipo de Ibn Wāfid llegaría a Londres procedente de Barcelona en un vuelo nocturno con llegada al London Heathrow Airport al cabo de unos días. En este caso no habría ningún problema con el escáner del aeropuerto, aseguró el coordinador.
Sir Gareth con su gabardina doblada sobre el brazo y un portafolios de piel gris apretado bajo el sobaco, escoltado por los de GIPH, caminó por la avenida Manuel Siurot hasta que llegaron al mismo bar de hacía una horas. Álvaro Uclés elevó la mirada hacia las facciones acaballadas de Gareth Cranston y le sugirió tomar un aperitivo en la terraza. Este aún de pie, brazo en alto y cerveza en mano, brindó por el dueño de GIPH, en su ausencia.
—Nos conocemos desde hace mucho —dijo sir Gareth— . Nos presentaron en Túnez; entonces él andaba enrolado en una investigación sobre la ciudad de Dougga —añadió.
—Un estudio sobre el desarrollo y el hundimiento de Dougga, que sigue siendo una referencia válida sobre el Imperio Romano del norte de África —apostilló el arqueólogo con un matiz orgulloso.
—Él ha cambiado poco en esa intrepidez suya de enrolarse en batallas arqueológicas; encuentra la paz batallando —dijo sir Gareth mirándose la sortija heráldica afianzada en el dedo corazón.
Álvaro Uclés se unió a ellos tras haber hablado por teléfono en el hall. Luego bromearon a costa de los Moll. Les hacía gracia que estos hubiesen estado tan perdidos sobre valor real de las alhajas heredadas.
Álvaro le habló de la tasación original a sir Gareth, quien estuvo de acuerdo con ella aunque riese a carcajadas enseñando sus dientes pajizos. Al cabo de la segunda cerveza con almendras, sir Gareth absorbió con un pañuelo alunarado la secreción de sus párpados flácidos, después lo guardó en el interior de su gabardina y adelantó el torso hacia los técnicos de GIPH.
—¿Se han entrevistado ya con el señor Manfred Heber? —inquirió Gareth en voz baja, algo forzado.
Álvaro Uclés sonrió y estiró su cuello entumecido, antes de responderle a Gareth que estaba enterado solo a medias de la solicitud de Manfred Heber.
—Les resultará un pintoresco hombre, tanto como sus libros y su petición; pero durante unos años fue mi cuñado. Ahora es mi socio. Está empeñado en esas copias de las cráteras griegas —expresó sir Gareth liberado del sello mundano impreso en su pose escéptica
—Sir Gareth, me han asignado a mi ese asunto algo extravagante de su ex cuñado; me pondré en contacto con usted en cualquier caso —contestó el arqueólogo acariciándose la barbilla.
—Muy agradecido —le contestó.
Gareth Cranston le pidió al camarero que cargasen las cervezas a la cuenta de su habitación, se puso la gabardina y se despidió de los técnicos de GIPH con apretones de manos y reverencias protocolarias, algo risibles para el arqueólogo y de buen tono para el coordinador.
De vuelta hacia la sede de GIPH, Álvaro Uclés caminaba con soltura, liberado del suplicio de parecer distinguido, aunque precisamente ser o parecer distinguido constituía uno de sus objetivos personales. Miraba hacia un punto indefinido del final de la avenida, inmerso en sus preocupaciones de trabajo. Salvo GIPH y su debilidad por el lujo pocas cosas tenían peso para él.
—¿Has visto las cráteras enviadas por Strani?
—Unas copias excepcionales, sí. Ese museo francés se las tragará a la primera, no van a comprobar nada de nada, saben que son copias —dijo el arqueólogo desde el umbral de su despacho.
—Tendremos que encargarle a Strani algunas más, las que quiere el socio de sir Gareth.
El resto de la jornada transcurrió rápido. Después del almuerzo, los del equipo de arqueología dieron los últimos retoques al plan de conservación de patrimonio histórico de Saltalla, cuyo contrato había sido adjudicado a GIPH y estaba a punto de finalizar.
—Pasado mañana lo explicaré en el ayuntamiento. Como sabéis los planes municipales son unas de mis actividades estrella, incluso más que las excavaciones —les dijo con evidente ironía el arqueólogo jefe a parte del grupo desde el aparcamiento de bicicletas.
Una atmósfera sucia pendía sobre la avenida. Guiaba la bicicleta con tiento, esquivaba los coches paralizados y respiraba con asco la exhalación de los tubos de escape. Las piernas le pesaban ahora; sin embargo, parecían dotadas de una voluntad propia y de haber decidido por sí mismas ir hacia uno de los bancos de ladrillo del Paseo de las Delicias. Después de lo sucedido durante la mañana su cabeza tenía materia para discurrir; sin embargo, el pensamiento se le fue hacia su hijo. A esas horas estaría recibiendo la clase de inglés en el salón, triscándose de las cejas de puro nerviosismo, loco por despedirse de la profesora, una sobrina pija del magistrado Agustín Valiño, mentor jurídico y guía espiritual de Miriam. Durante unos segundos tuvo la visión del cuerpo de Sergio tironeado por una bulla de manos avariciosas, insensibles al tacto de la carne, incapaces de captar si disputaban por un niño o por un muñeco de trapo. La figuración le hizo escupir en el suelo y reanudar la marcha. Se internó en Los Remedios y desde la distancia divisó el bloque donde vivía, la terraza corrida de la primera planta, la fronda de los maceteros, una mancha verde intercalada en la blancura del inmueble. La ventana del salón y la de la cocina estaban iluminadas, la silueta de Miriam transitó de un rectángulo de luz a otro, marcial, enaltecida seguramente por los zapatos de tacón fino. Las piernas del ciclista volvieron a darle impulso a la bicicleta mientras sus manos se aferraron al manillar, dispuestas a mantenerlo en línea recta hasta alejarse de aquel lugar.
CAPÍTULO 5
Luís Castro consultaba con creciente angustia el reloj. Faltaba media hora escasa para que terminase la clase y le era imposible comprimir en ese tiempo una explicación comprensible sobre los modelos atómicos proyectados en la pantalla. Desde su pupitre, Milo atendía con interés la exposición de don Luis, el cual señalaba con el puntero los núcleos y las órbitas de electrones de los átomos. Milo tuvo la íntima convicción de que aquel hombre de mirada dislocada les estaba desvelando el cosmos infinitesimal que bulle dentro de la materia engañosamente inanimada, en un diamante, en el corcho de una botella, en la cagada de un palomo, en un hierro. Estar en posesión de ese conocimiento era un regalo para el intelecto. Milo hubiese permanecido en su sitio hasta que don Luis diese por concluida la clase. Pero el remoloneo de las cabezas de sus compañeros, los balanceos en sus asientos y los amagos de guardar los textos en las mochilas, junto a la voz cada vez más atropellada de don Luis anticipaban el pitido de la sirena y la abrupta interrupción de la lección número cinco de Física y Química.
Milo esperó en el pasillo a Teresa Luque y a Cándido (el Bambú, apodado años más tarde en la universidad). Los tres atajaron por la pista de tartán y de los campos de baloncesto hasta cruzar la verja sedienta de pintura verde. Giraron hacia las viviendas de ladrillos vistos de los peones camineros. Teresa Luque en pantalón blanco y polo negro se mofó, por el mero hecho de provocar unas risas, de las órbitas imprevisibles descritas por las pupilas de don Luis, de su pestilencia a cebolla y de su toqueteo inconsciente en la bragueta. Milo fue incapaz de hablar en profundidad con ellos de la magia implícita en los postulados sobre el átomo de Rutterford y de Bohr. A pesar del poco entusiasmo de Teresa aquel día sobre las explicaciones de don Luis, llegó a estudiar Física e impartiría clases de Electromagnetismo en una escuela técnica.
Pero entonces los tres habían vivido poco para permitirse vaticinios sobre donde le llevarían sus pasos. Milo, por ejemplo, salió de la clase sobre modelos atómicos con el propósito de licenciarse en el futuro en Física, aunque antes había albergado la idea de licenciarse en Bellas Artes (dado su gusto y habilidad para el dibujo y la pintura) o arquitecto técnico como era Teófilo. Durante los cursos posteriores, las clases sobre Historia Antigua impartidas por don José Cano, el director del instituto, unidas a las andanzas con José Antonio Mora —amigo incuestionable de Milo— sobre las ruinas de Iponuba lo fueron inclinando hacia dicha disciplina.
Como casi todos los días de instituto, Cándido acompañó a Teresa hasta su casa sin importarle prolongar su caminata para llegar a la suya. Milo prefirió adentrarse en el parque. Se detuvo en un banco bajo la copa del nogal chino e hizo un redondel con el índice y el pulgar y vio a través del espacio acotado por sus dedos a sus dos compañeros varados en el cruce. Teresa Luque tan esbelta, cruzada de brazos, recogiéndose el pelo tras sus grandes orejas, tímida, a la espera de que se hiciera un claro en el tráfico; Cándido muy cerca de ella, contándole al oído, acechando sus reacciones, riéndose solo él de sus propias gracias, desequilibrado por el peso de la mochila, tan flaco que apenas llenaba los pantalones y la camisa con escudos militares. Poco pesarán los malos recuerdos en sus memorias, —caviló Emilio—; tanto como las masas de los electrones que viajan en este instante, en cualquier partícula de la materia, a través de sus elegantes e invisibles elipses, en el universo ampliado miles de veces en esta nuez que tengo entre los dedos. Leves y fáciles recuerdos: encuentros familiares, tambores de Semana Santa; abuelos, tíos, primos y durante semanas el mar turquesa de Málaga… Vidas alegres dibujadas en un bloc. Dibujos amarillos, naranja, esmeralda, del color del cielo raso. Los oigo en los recreos y en el parque y callo, me miran con los ojos convertidos en preguntas antipáticas y yo callo e intento hablar de películas o de las miserias del instituto. Les digo que nos hemos trasladado porque mi madre es maestra y quiere una plaza en una de las escuelas de aquí.
Camina meditabundo, bajo la sombra del nogal, triturando bajo sus zapatillas de deporte las nueces podridas que le salen al paso: ¡Crac!, ¡crac!, ¡Crac! Pero ni Teresa ni Cándido, ni sus familias se tragan las medias mentiras o las verdades dichas con boquita de muñeco. ¿Dónde me has dicho que trabaja tu padre, Milo?, ¿cuándo va a venir por aquí? ¡Cabrones! Los adultos o casi adultos, los compañeros y compañeras del instituto, están al corriente del desahucio, de la prisión del cabeza de familia; pero aún así nos preguntan, quieren ver nuestras caras como globos rojos y presenciar cómo clavamos los ojos en sus putos zapatos brillantes. ¡Cabrones! El bestia de Alfonso ya ha tenido de las suyas por tanta mala leche —ríe con una fruición vengativa—, al hijo del mancebo le rompió un brazo y al delegado de su curso le partió otro, otro brazo a la altura del codo, bajo la cancha de baloncesto. Dos brazos quebrados como si fuesen mondadientes. Esas peleas han encumbrado a Alfonso ante los de su equipo. Les piden demostraciones y el bruto aprovecha los recreos y se vale de colaboradores para enseñar su técnica, las tretas para romperle el brazo o partirle la ceja a alguien o tumbarlo de un rodillazo en los huevos o en el estómago. Aprenderé de mi hermano, se dice.




