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Milo escuchó dar las dos y media en las campanas de la Iglesia de Guadalupe y dejó de reinar con mala bilis. Aligeró por el Llano del Rincón y siguió hacia la carretera. Podía haber acortado por otras calles para llegar al molino de los naranjos, su casa prestada; sin embargo, haber pasado por el parque de arriates victorianos le había aliviado su pesadumbre y hecho del destierro un acto menos bárbaro. Caminaba agarrado a los tirantes de la mochila, fijándose en los coches cuyo destino podía ser la ciudad, donde Carlitos Malavé y Esteban Varo habrían salido del colegio haría casi una hora. Los añoraba; añoraba incluso a los salesianos más imbéciles como el padre Jerónimo o al padre Fuentes y el olor a patio interior de toda la ciudad. ¿Qué barbaridad habría cometido su padre para embadurnarlos de mierda? Pensó en la renuncia de Raquel a seguir peleando por devolverles un poco de la abundancia perdida. El aroma de los aligustres variaron el curso de su pensamiento; la fragancia de estos árboles los traspasaba como el canto de las cornejas, les hacían presentir el verano; los aligustres le hablaban del sopor de las tardes perezosas de julio y agosto, de Berta, de tarajes, de escopetas terciadas, de los gorriones desplomándose desde los aleros de las casas a la calle los días de fuerte calor.
El portalón del molino estaba abierto y un Nissan Patrol con una lancha enganchada aparcado bajo los naranjos. Los rebotes del balón contra el suelo y los balonazos contra el muro indicaban la presencia de Alfonso. Milo presionó con el puño la lancha neumática. Raquel estaba apoyada sobre la barandilla del distribuidor de la escalera externa, entusiasmada y gritona por los encestes de Alfonso y de Mauricio. Milo ascendió por la escalera y se dejó besar por su madre. «Se ha presentado con esa lancha para navegar contigo y con tu hermano por el río», le contó Raquel. Ella le confesó que temía dejarlos ir; que cuando era niña, cada verano algún bañista era sorbido por un remolino y vomitado días después, hinchado y sin ojos, le contó.
Mauricio les explicó durante el almuerzo que había venido a Baena debido a la plaga de Prays, que la plaga había atacado a las plantaciones de olivar. Aunque su hermano Alejandro era el gerente de la sociedad limitada constituida en 1918 por su abuelo, se encontraba hospitalizado debido a una operación de columna vertebral. Por otra parte, Andrés Menéndez Viaga, uno de sus tíos, el olivarero por antonomasia de la familia, se encontraba en Puglia cerrando el contrato de la venta de aceite exportado por la sociedad familiar.
«Son estas bestezuelas las que se alimentan de las flores, de su corola y de sus ovarios, ávidas de azúcar, ¿las veis?» Milo, con el ojo casi pegado a la lupa apreció las larvas color avellana. Alfonso apenas dedicó un segundo a la observación, le faltó paciencia. Para Raquel las galerías horadadas en las hojas de olivo, las polillas plateadas o las minúsculas larvas que hacían contorsiones sobre el mantel no representaban una novedad, había escuchado muchas veces mentar a su padre esa maldición: «¡Prays!» La visión de las hojas y de las orugas retrotrajeron a Raquel a la habitación con ventanas y balcones hacia la carretera donde se encontraban ahora gracias a Mauricio; a cuando sus padres, Eulalia y ella pasaban allí el periodo más intenso de la molienda de aceituna, el corazón del invierno. Incluso cuando las dos hermanas se marcharon a estudiar a Granada, les gustaba pasar las vacaciones de Navidad allí. Entre el padre de Raquel y el de Mauricio había existido una relación de estrecha amistad y de lealtad en los negocios. Cuando ambos vivían, el padre de Raquel gestionaba la explotación olivarera de los Menéndez Viaga y toda la venta del aceite producido en las fábricas de estos repartidas entre Jaén y Córdoba. La extensa huerta de la Partición fue vendida por Menéndez Viaga al padre de Raquel por un precio bajo, como una muestra de gratitud y afecto. Más tarde, heredada la propiedad, Raquel vendió su parte a Eulalia para la compra del chalet ahora embargado. Sin embargo, no eran aquellas circunstancias las evocadas por la madre de Milo, sino la imagen brumosa de su padre dejándose la vista bajo la luz de una lámpara de mesa, escudriñando a través de sus gafas de lectura un ramillete de hojas taladradas y de aceitunas con esos gusanos dentro del hueso, devorando sus corazones de almendra.
Raquel abarcó con una mirada poética a sus hijos y al hombre de atractivo perenne, quien volaba con la facilidad de un pájaro sobre los escollos más aborrecibles. ¿Por qué has tenido que ser así?, se interrogó Raquel absorta en la pose atenta del menor de sus hijos. «Vamos a iniciar la travesía a unos ciento cincuenta metros o así, desde el puente de la Maturra a Izcar, quizás tengamos que tirar del bote en algún bajío. —A Mauricio le encantaba poner a prueba a quienes lo rodeaban, hablar de posibles peligros para hacer más meritoria su aventura. Como el capitán de un barco de vela, a contraluz, de espaldas al sol, distribuía las tareas a la marinería—: Milo, tú irás al timón; Alfonso, si te liberas del partido de baloncesto, a los remos, y yo manipularé el motor, la pértiga y ayudaré al de los remos». Raquel advirtió un intento de seriedad responsable en la tiesura de las mejillas de Milo y la consabida aptitud de Mauricio para embrujar hasta a los adoquines de la acera. Según lo experimentaba ella, trascendiendo aquel momento, los ademanes, las palabras y la fuerza de Mauricio transmitían casi siempre el mismo mensaje: Y esto que deseo no es un capricho, ni el juego de un tahúr: te quiero a ti, a mi lado, para que compartas conmigo el cuento que acabo de contarte, tan realizable que ni siquiera merece llamarse cuento. La camisa campera remangada de Mauricio, sus antebrazos vigorosos, con el vello formando una onda suave; sus incipientes arrugas en la frente, bajo los ojos; bronceado por sus correrías en los campos de excavación, le provocaron a Raquel una sensación vergonzosa. Se excusó y luego se perdió en algún lugar de la casa. La soledad llama al deseo para escapar de sí misma, pensó ella. Imperdonable, se dijo en la habitación de sus hijos, después de lo que estaba pasando su marido.
Mauricio guardó las hojas y las aceitunas picadas en una cajita de diapositivas y luego le pidió a Milo y a Alfonso que lo acompañasen para enseñarles el manejo de la lancha. Se despidió de Raquel con la mano, desde la lancha.
Dos días más tarde, se presentó subido en una vespa en el patio del molino. Milo lo esperaba junto a la lancha, con el pantalón hasta la rodilla y la camiseta de manga larga que Mauricio les había regalado a cada hermano con ocasión de una visita a las ruinas romanas de Almedinilla. Raquel lo saludó desde el descansillo de la escalera y le ofreció café. A Milo le transmitió fortaleza ver a su madre contenta. Raquel se mostró algo aprensiva. Le preguntó a Mauricio con una expresión dolorosa qué garantías le daba este de que no les ocurriría nada malo ni a Milo ni a él. Mauricio bromeó con ella y le devolvió su pregunta del revés: «¿Y quién nos asegura a Milo y a mí que tú en la calle del Moral, o a Alfonso en el partido de hoy no vais sufrir un accidente?» El manotazo aniñado de ella sobre el brazo de Mauricio les confirmó a Milo y a Alfonso —equipado este de jugador de baloncesto, horas antes de que comenzara el partido— el buen humor de la madre.
Mayo comenzaba con su atmósfera preñada de melaza y un sol adolescente. Mauricio conducía por la carretera estrecha y falta de alquitrán. De cuando en cuando el coche y el soporte de la lancha botaban con brusquedad y se percibía un gemido de hierros desencajados. A derecha e izquierda olivos en flor sobre las lomas calcáreas, molestas a la vista de tan blancas; al frente los collados ferrosos, bellos y estériles incluso para las cabras.
Mauricio miraba de reojo y sentimiento al muchacho caviloso. Está roto por dentro, se dijo; no ha digerido aún lo de Teófilo… saberlo preso, expulsado temporalmente de la vida corriente, requisadas sus horas; privado de quienes a pesar de los hechos lo añoran y tienen por desmedida y amañada la dura sentencia. Le propinó a Milo una palmada animosa en la pierna. «¡Ánimo timonel!». Aumentó el volumen de la radio para entender mejor el desastre ocurrido en el Hipercor de Barcelona. Tras una pausa llena de maldiciones, templó y quiso conocer la opinión de Milo sobre el atentado. Y según mandaban los fueros inclementes de su edad, Milo, condenó con tirria ciega a los terroristas. «Debían ser desmembrados por caballos, como harían los Hunos si regresaran de la muerte: cuatro caballos para arrancarles de un tirón piernas y brazos y otro caballo más para descabezarlos», le respondió con las manos puestas en el salpicadero, envarado en el asiento. Mauricio amagó una fría sonrisa y se apresuró a cambiar de tema por no remover la ira instintiva del muchacho. Le propuso una futura visita a la Cueva del Yeso. Cuando yo vuelva de Libia, donde voy a un congreso de Arqueología en el norte de África, iremos. Milo, le comunicó con una suficiencia (muy ocurrente para Mauricio) que ya conocía la Cueva del Yeso, que había entrado con su amigo José Antonio Mora, más de una vez. Le describió con un énfasis apasionado y fantasioso las paredes revestidas de cristales de yeso, de cómo estos se transformaban en espejos y reflejaban la luz de las linternas y hacían visibles los grandes espacios de la cavidad, cuyos techos estaban cegados por colonias de murciélagos con sus cuerpecillos de ratón y sus caritas de cerdo, que al contacto de los reflejos se desprendían del enjambre peludo y se desparramaban por todos sitios, emitiendo agudísimos chirridos; le habló de grutas transfiguradas en suntuosos salones cuyo suelo era un lago y en los cuales las estalactitas estaban fundidas a las estalagmitas y formaban columnas como huesos de mastodontes prehistóricos. Mauricio había estado en la Cueva del Yeso en una prospección superficial, en pos de algún hallazgo paleontológico; pero guardó silencio al respecto, prefería escuchar la versión de su pupilo, una versión quizás fantasiosa, exenta de tecnicismos, de clichés de manual y de hipótesis geológicas fusiladas la mayoría de la veces por pedantes de relumbrón. En su momento, le recomendaría leer a distancia, en ejercitarse en decirle «NO, A LOS MAESTROS».
Mauricio aparcó sobre la orilla arenosa del Guadajoz y saludó a una de sus tractoristas. La mujer de aspecto cimarrón desprendía la fetidez del insecticida recién aplicado contra el Prays. Ayudó a Mauricio y a Milo a llevar la lancha desde el soporte hasta la orilla. Ella debía recogerlos en Izcar al cabo de unas horas. La tractorista vestida con un mono amarillo canario y una gorra de tejido vaquero con la leyenda de Yale University, subió al coche, lo arrancó y condujo a través de los bancales de arena hasta arribar a la carretera. Con un largo pitido del claxon quiso despedirse de ellos; pero Mauricio y Milo ya navegaban en las aguas del Guadajoz, medio ocultos por la floresta. La corriente los empujaba con mucho genio. Mauricio obligó al timonel a ponerse el chaleco salvavidas. Habían perdido de vista los maizales y el puente. Avanzaban por una lengua de agua verdosa, serpenteante, con espumarajos en los márgenes, rebelde al rumbo querido por el timón. Milo, apenas podía identificar con precisión si el rápido aleteo originado en el boscaje procedía de unas tórtolas o de unos patos, o de lo que asomaba la cabeza y luego la sumergía de sopetón era un barbo o un galápago. La lancha escoraba hacia una margen o hacia otra al capricho de las aguas. El primer tramo sería el peor le había adelantado Mauricio cuando deslizaron la Zodiac hasta el centro del cauce (y no le faltó razón). Aquel río era otro río cuando se bañaban Berta y él en la parte de los abejarucos, se dijo Emilio, las aguas eran perezosas en aquel lugar, estaban como dormidas en los entrantes, frente al gran muro de tierra arenisca agujereado. Mauricio maniobró con la pértiga hasta atracar tras una roca con apariencia de sesos esculpidos, cubierta por una retícula de finísimas ramitas rojas.
Los tripulantes con las ropas mojadas y el pelo salpicado de pelusas rieron palpitantes de emoción. Habían fondeado en una pequeña ensenada cuya agua estaba cubierta por una nata verde. Por encima de sus cabezas, los recortes de cielo podían atisbarse a través del tamiz verdinegro de los tarajes. Mauricio extrajo del portaequipajes de la lancha el mapa plastificado del Guadajoz y trazó con el dedo la parte del río aún por navegar. Comentó cada tramo; los obstáculos seguros, las zonas de aguas benignas, los posibles vados. Milo miraba el mapa pero su pensamiento le invocó a Teófilo; los momentos memorables, las bromas en el chalé, sus exageraciones, los viajes al extranjero, los baños; los baños secretos de media noche en el río, en las playas. Alfonso, él y Teófilo en el mar, vigilados por una luna africana. Tuvo la mala sensación de haber traicionado a su padre, de estar gastando parte de su alegría con un extraño; cercano, ¡bien!; amigo de su madre y de su tía Eulalia, ¡bien también!; pero la sangre reclamaba su parte.
«Esa de ahí me ha prestado más oídos que tú. —La culebra zigzagueó en la chopera con un pez sacudiéndose entre las fauces—. ¿Lo estás pasando bien?». Milo respondió con una afirmación, aunque en sus adentros esta afirmación precisaba para ser veraz del todo, la presencia de Teófilo, inhalando las miasmas del río, con su despreocupación y sus fanfarronadas.
Cuando se zamparon los bocadillos de tortilla y las coca-colas, se ajustaron los chalecos salvavidas y Mauricio empujó con la pértiga desde la orilla y enderezó la lancha. Las aguas se habían vuelto más oscuras. El ronquido del motor desencadenó en la espesura una desbandada general de pájaros sobresaltados, tórtolas y jilgueros en su mayoría, identificó Milo tras observar sus vuelos, forma de las alas y de la cola. Podía dedicar su vida entera a estudiarlos, pensó Milo río abajo, sintiendo con gusto el roce en la cara de la corriente de aire. Mauricio apenas movía el timón. La lancha transitaba por aguas profundas, bajo una techumbre de ramas tumbadas desde las márgenes y entrecruzadas en el centro del río. Solo el ruido del motor barrenaba aquel nimbo de foresta y silencio, donde el Guadajoz se ensanchaba generosamente. Mauricio apagó el motor y se abstrajo en las aguas sombreadas y en aquella fronda exuberante de tarajes, cañaverales y choperas. Milo había dejado de evocar a Teófilo, a rememorar situaciones vividas en el chalet. Aquella selva tiraba de él, lo absorbía, parecía saber de su congoja. El bote escoró con rapidez hacia la orilla. El ruido a desagüe obligó a Mauricio a ponerse de pie. La lancha giraba en el sentido del agua, atraída por el embudo abierto en la derecha del cauce. El motor detonó y bramó de continuo. A Mauricio se le fue el color de la cara. Le dio un fuerte empellón a Milo hacia la trasera de la lancha y él se aprestó en la proa. Con el dorso arqueado y los brazos convertidos en dos palas de una hélice furibunda, Mauricio varió el movimiento en círculo de la lancha. Valiéndose del empuje de uno de los remos contra el tronco de un taray medio acostado sobre el cauce propulsó la lancha hacia el lado opuesto. Milo estaba en cuchillas, con la pértiga hundida en el agua, sin haber podido tocar con la punta el fondo. El motor berreaba encastrado en la popa, vibraba con estrépito, exhalando humo y peste a gasolina mal quemada. Mauricio se le acercó tembloroso, con un pómulo amoratado de un golpe del remo. Milo sintió el vacilante abrazo de Mauricio, su desorientada satisfacción al ver que al muchacho estaba aún pasmado de la fuerte impresión, pero ileso. Lo del remolino quedaría solo para los dos, ni Raquel ni Alfonso, ni Teófilo, debían saberlo. «Conozco bien a tu madre, se acobardaría», le avisó Mauricio. «No se lo cuentes, sufriría mucho, es probable que no os dejase venir conmigo en una travesía similar». Milo lo comprendió. Mauricio no soltó el timón a partir del incidente.
Se sucedieron tramos de riberas peladas, donde las tierras de cultivo se habían comido la floresta y la presencia de los grandes invernaderos de plástico comenzaban su andadura. El encanto místico de los parajes anteriores había sido sustituido por un horizonte de trigo y de girasol y de sábanas de hortalizas dispuestas en disciplinados surcos.
El sol pegaba sobre las cabezas de Mauricio y de Milo carentes de cascos y de gorras, olvidados en el molino. Milo se sacó la camiseta y se la encasquetó sobre la cabeza al recordar la monserga de su madre sobre las insolaciones. En la playa, en la piscina del chalets, en La Partición, Raquel obligaba a sus hijos a usar gorra o sombrero de paja. Después de haber remolcado la lancha a tiro de cuerda a través de un vado de guijarros y aguas cantarinas, acribillados por mosquitos obsesivos y alguna mordedura de mosca, Mauricio hizo señales con la mano hacia el bosque de eucaliptos de la margen derecha. Milo movió la camiseta en el aire con viso triunfante al ver a la mujer de amarillo canario bajo los eucaliptos. Al poco que orillaron junto al bosque, la lancha estaba fijada al soporte y ellos en el coche. Se encontraban felizmente cansados de bregar en el río, con la piel quemada y la ropa tomada de salitre. Mauricio oía la rasquiña de Milo y le insistió en que era mejor no rascarse para no extender el veneno bajo la piel. Milo y Berta estaban habituados a los picotazos y a las mordeduras de las moscas negras y se aliviaban aplicándose mutuamente una mezcla de barro y vinagre en los ronchones. Pero Milo no quiso revelarle a Mauricio aquel remedio; cuanto había sucedido entre Berta y Milo ingresaba en un santuario erigido por ambos, sin más sacerdotes, ni más fieles que ellos dos. Mauricio partiría al día siguiente con los de la Universidad de Granada hacia Trípoli y luego iría a Londres durante unas semanas. Aprovecharía para visitar a su hija María, le refirió. Luego quiso cerciorarse de si Milo estaría dispuesto a navegar en otro río, en el Guadalquivir, en el Ebro quizás. «¡Sí, claro!… Ha sido una pasada de las buenas, la mejor», le contestó. Milo hizo sus planes a corto plazo: cuando llegasen al pueblo, iría a la cochera —el club atlético de baloncesto—, donde estaría reunida la peña de Alfonso. Se apuntaría con ellos al mojete de espárragos. Milo les iba a contar a esos zanquilargos de carnes blancas lo del descenso por el Guadajoz aunque fuese para darles envidia.
Eran las dos de la tarde pasadas cuando Milo se apeó del coche en la calle Mesones y se despidió de Mauricio. No quiso ir al molino a asearse y cambiarse de ropa, deseó ser visto con la camiseta y las zapatillas de deporte veteadas de fango, con aspecto de filibustero.
El vocerío y las proclamas se oían desde la Casa de la Tercia, mucho antes del cocherón donde festejaban Alfonso y su equipo la victoria aplastante contra el club montillano. Milo se abrió paso entre jugadores embrutecidos por el triunfo y la cerveza. Buscó a Alfonso entre aquella masa humana ensordecida por sus propios gritos, incapacitada para prestar atención a cualquier tema ajeno al partido de baloncesto. Alfonso lo señaló desde lejos y se rio de las trazas de su hermano. «Le das un aire a… ¿cómo se llama, coño?… ¡Paulino Pulido, el jorobado!, joder ¡Brinda por ese 103: 67!» Alfonso le ofreció la copa de alpaca y Milo bebió cerveza vitoreado por un corrillo de jugadores desaforados. A continuación metió el tenedor de plástico en el perol y tomó varias sopas de revuelto. A ninguno de aquellos le habría interesado un pimiento su travesía en la Zodiac; siendo justos, tampoco él les habría aguantado el rollo del baloncesto, se dijo camino de la Plaza de la Constitución. Sentía cargadas las articulaciones y pinchazos de las agujetas en piernas y brazos. Quizás su esfuerzo había sido mayor que el de aquellos larguiruchos de movimientos pandos manejados por su hermano. La tensión en la lancha había sido mucha, especialmente cuando el embudo los atraía para bebérselos, caviló observando la fachada del molino de los naranjos.
Emilio abrió la puerta auxiliar con el deseo de ir al frigorífico y coger alguna fruta, los espárragos ya se le habían bajado a los tobillos. Miró extrañado la lancha, las algas y los trozos de plantas adheridas a estribor, ¿qué hacía allí? Pasó su mano por la proa chata. El paseo había sido una experiencia genial, memorable. Si fuese por él repetirían el mismo trayecto mañana mismo, dentro de una hora aunque en ese instante estuviese breado de pinchazos. Desde lejos, hacia el fondo del patio se fijó en los gansos. Graznaban entre aleteos inútiles. Tenían hambre, a su madre se le había olvidado vaciarle la cubeta de sorgo en los comederos. Se vio a sí mismo contándole su hazaña fluvial a Mora y a Teresa, especialmente lo del remolino traicionero y lo de la culebra. Subió las escaleras fantaseando, previendo cada movimiento para ahorrarse aguijonazos en los músculos. Una luz madura se extendía sobre la mesa como un velo dorado. La fresca penumbra lo reconfortó, le produjo una laxitud de siesta. Anduvo por la cocina, por el cuarto de baño, por el salón. Se creyó solo, aunque oía ruidos confusos, respiraciones, fuertes soplidos. Sus pies progresaron a cámara lenta por el piso de madera. Los latidos se adelantaron a su comprensión inmediata de lo que estaba viendo a escasos metros. Sintió sus vísceras congeladas. La impresión lo dejó inmóvil, con la mente parada, ningún pensamiento vino a socorrerlo. Los halló desnudos, acoplados con desespero. Entrevió el sujetador del color rosado y el vestido de rayas arrojados sobre la cama; los zapatos de tacón marrones ladeados sobre el suelo, quizás quitados o sacados con precipitación. Les sobraría la ropa, la misma piel les sobraría. Milo casi obedece al impulso incoercible de presentarse en la habitación, de interrumpir las mutuas embestidas. Se tapó los oídos con las manos, pero los suspiros de puta de ella atravesaron sus manos y se imprimieron en sus tímpanos. El cuerpo empezó a obedecerle. Retrocedió atemorizado, rígido. Salió del molino con la urgencia orgánica de huir, de llegar en autoestop hasta el centro penitenciario. Deseaba con todo su ser estar con su padre, aunque fuese dentro de una celda pintada de miseria, pero abrazado a Teófilo.
CAPÍTULO 6
Emilio fue consciente de su tensión al sentir el tibio abrazo del vapor. La noche de antes, mientras cenaban, se excusó con el catedrático y Cemal de acompañarlos a los baños. Fue la insistencia del profesor la que lo obligó a cancelar su visita a Santa Sofía, lo cual lo contrarió. Había recibido el flechazo desde que divisó por primera vez sus minaretes y el color rojizo de sus fachadas. Desde entonces, cuando había pisado Estambul no perdía la ocasión de visitarla como quien se reencuentra con su amante extranjera. Una vez dentro del Templo, tenía la costumbre de inundarse en la claridad difusa que penetraba por las altas ventanas; frotaba sus dedos índice y pulgar como si estuviese acariciando aquella luz sedosa, entre el naranja y el oro, oriunda de un sol ancestral. Cuando cumplía este ritual, a Emilio lo penetraba la sensación de haber palpado un pasado enclaustrado durante siglos entre aquellos muros. Para él existían otros santuarios, otros enclaves lo mismo de meritorios; pero a decir verdad, en ninguno de ellos había comulgado de una manera tan física con la Historia misma.
—El baño une. Los hombres relajados y desnudos somos más humildes y menos porfiados —le dijo Nazim a la entrada del hammam.
Y alguna razón llevaba, pensó Emilio, bajo la cúpula de la sala caliente, tumbado boca arriba sobre una losa de mármol. Se percató de cómo la toalla de listas rojas y blancas, la llamada futa, se iba aflojando gradualmente. De ponerse en pie y atravesar la sala, la futa resbalaría desde su caderas hasta sus talones y su polla dejaría de ser un secreto para Nazim y el profesor, sentados en una bancada hexagonal, clavados los codos sobre los muslos y las cabezas sudorosas entre las manos.
Pensó en Sergio, en Miriam de un modo desordenado hasta que sus evocaciones se fueron diluyendo como el vapor en lo alto de la cúpula, una cúpula calada de orificios en forma de estrella por los que caían los chorros de luz blanquecina sobre los cuerpos amansados por el vapor. Emilio se sobrepuso a la molicie, se ciñó la tela a la cintura y fue donde el catedrático y el profesor.
—Todo es más fácil en el hammam. Tu jefe fantaseó alguna vez con construirse un hammam, ¿no te lo ha contado? —dijo Nazim risueño.
Emilio se fijó en el charquito de sudor estancado entre los pechos y la barriga prominente de Nazim, en su cara de poros dilatados por el calor. En ese instante, este le pareció una copia desfigurada del Nazim real, el célebre catedrático de Arqueología de Ankara.



