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Cemal adoptaba con indolencia las posturas indicadas por el masajista. En la sala podía apreciarse el sigiloso trasiego de quienes se incorporaban e iban al encuentro del agua fría, y, el de aquellos otros que ingresaban con la impronta de la calle aún prendida en sus caras. El calor los aflojaba por dentro y por fuera y los impelía hacia algún sitio donde arrumbarse como morsas sobre las playas.
Nazim adelantó el torso de tetas colgantes y observó largamente a Emilio.
—Tu jefe delega en ti asuntos trascendentes por lo que veo. Te está pasando el testigo —se secó los sobacos y la nuca con la tela, indiferente a mostrarse desnudo, orondo, con los genitales refugiados entre las ingles—. Quiere que te lances a tu primer vuelo, como uno de esos pollos de halcón de Cemal.
Nazim confirmó la hora de la reunión, ¿después del baño, podría ser?, ¿mejor al día siguiente?, sondeó Emilio.
—Necesito tiempo; quiero releer el contrato aunque me fío de la opinión de Álvaro Uclés —expuso Emilio, mientras notaba en la espalda el roce áspero del guante del masajista.
—El coordinador ha estudiado el contrato y le parece correcto, salvo la cláusula referida a la subcontrata de maquinaria pesada, que según él debe ser aceptada por GIPH con carácter previo a la formalización de alguna de ellas —dijo Cemal con voz lastimera, derrotado por el masaje.
—Y estoy de acuerdo con el coordinador, aún así mi obligación es leerlo —repuso Emilio.
Nazim hizo stop con la mano al masajista destinado a amasarle sus carnes fofas. Asentía a Cemal y a Emilio con muecas de sus labios.
—Has traído el documento de apoderamiento para la firma, ¿en turco y en español como quedamos con el coordinador? —le preguntó Nazim.
Emilio consideró ociosa la pregunta del catedrático.
—Lo tienes aquí, Nazim, en tu casa. ¿No te acuerdas que te lo di en Ankara? —terció Cemal con expresión extraviada—. Uclés los ha mandando por SEUR.
—Cierto, tengo los papeles arriba.
El catedrático apuntó la frente hacia la arquería. En la piscina encontraron pocos bañistas. El contacto con el agua provocó los aspavientos y la respiración entrecortada de los tres. Los músculos habían recuperado en un tris el tono disipado en la sala caliente. El chapuzón duró unos minutos, un chapoteo inicial y unas brazadas infantiles en un rincón de la piscina. A ninguno de ellos le apeteció más reposo en el espacio de temperatura neutra. Nazim andaba justo de tiempo, debía acudir a una cita con un antropólogo de la Universidad de Heildelberg en el hotel de Marmara. Llegaría a la cita una media hora tarde o quizás más, les explicó mientras se hidrataban con zumo de granada en un bar cercano al hamman. Emilio lo vio alejarse bregando con su obesidad y su lujosa cartera de piel de cocodrilo, sin prisa alguna por tomar un taxi en dirección a Beyoğlu.
Emilio y Cemal, sin saber muy bien qué hacer antes de la reunión, optaron por acercarse al puerto y luego echar un vistazo en las librería de Istikal.
Los turistas formaban estoicas colas para embarcarse en uno de los ferris del Bósforo. Ellos anduvieron entre los puestos y entre las palomas color tormenta que picoteaban al pie de la Mezquita Nueva. Emilio compró dos mazorcas de maíz cocidas y le entregó una a Cemal. Tomaron asiento en las escalinatas de la mezquita, rodeados de un nubarrón de palomas. El ir y venir de los transbordadores, el gorjeo de los palomos más las expresiones extranjeras y turcas producían un rumor promiscuo, ni europeo ni oriental, interpretó Emilio. Cemal, mascando maíz abarcó con su mirada el estuario, el nervioso hormigueo humano bajo el Puente Gálata.
—Ya lo hemos hablado otras veces, la identidad de Estambul es todas y ninguna, por eso es Estambul.
A Emilio no le extrañó la opinión de Cemal, proclive con frecuencia a las síntesis atinadas. Era una de sus imposturas cuando finalizaba una investigación, despachar con un par de frases el devenir de una civilización entera. Emilio miró con reconocimiento la fisonomía de frente amplia y mandíbulas estrechas de Cemal. En realidad, este había sido su tutor en Arqueología del Oriente Medio. Nazim lo había recibido en Ankara y en Estambul para su formación de posgrado. Solía evaluar someramente su avance y de paso enmendarle la plana a Cemal, sin fundamento en ocasiones, por el solo hecho de afirmar su posición de catedrático ante un mero profesor de su departamento. Los meses que Emilio estuvo bajo la tutela de Cemal habían sido los más fructíferos de su estancia en el extranjero. Emilio había confesado públicamente que sin las aportaciones de Cemal aún estaría pringado con la tesis. En compensación y porque consideraba a Cemal un referente seguro en Arqueología, Emilio le facilitaba la difusión de cuantas comunicaciones científicas y participaciones en eventos institucionales o empresariales le eran posibles en España. El nombre de Cemal Yüzbashyan aparecía en no pocas publicaciones realizadas por GIPH.
—¿Sigues tomando cerveza a orillas del Guadalquivir?
Emilio se dejó coger del brazo por Cemal.
—Ya conoces aquello, la ciudad que tú has bautizado como «¡La segunda Estambul!» ¿Recuerdas la curda de la última vez que estuviste allí?
—¿Cómo pude beber tanta cerveza en tan pocas horas?
Emilio le dijo entre risas:
—Dabas barquinazos de una acera a otra, joder.
—Es automático, cuando estoy en Sevilla recuerdo Estambul y viceversa.
La brisa del Cuerno de Oro desviaba la humareda y la peste a caballa de las barcazas a los bajos del puente. Cemal olisqueó la manga de su chaqueta. Según este, los bocadillos de caballa a la plancha era una tradición inventada para el turista, como la rehabilitaciones dudosas de callejuelas, fachadas, iglesias o construcciones de la Edad Media en Europa. A pesar del panegírico de Cemal, Emilio se empeñó en comer en uno de aquellos bares.
—¿Pedimos algo genuino, Cemal, bocadillos de caballa, por ejemplo? —preguntó con sorna.
Cemal consintió a pesar del humazo de las barcazas.
—Por cierto, no te he preguntado por Miriam, ¿qué tal le va?
Emilio abrió los ojos sin encarar a Cemal. Cuando tragó el bocado se limpió la boca y luego abrió las manos como quien alega ignorancia.
—Bien, estará bien, supongo.
Cemal se pasaba el alimento morosamente de un lado a otro de la boca. Con el ceño fruncido las arrugas de su frente convergían en su duro entrecejo. Se encogió de hombros y pareció masticar sus pensamientos al unísono con la caballa y el pan.
—A veces no sé si le pesa más la toga que el cuidado del niño —se sinceró Emilio.
—El trabajo de una jueza es absorbente. Eso confesó ella cuando nos vimos en tu casa.
Quizás haber sacado a colación el asunto, le provocó a Emilio un flahs de un Carlitos Malavé hablándole sobre la Paulova, cuando eran universitarios.
Emilio se interesó por la extensa familia de Cemal. Uno de sus tíos paternos había recién muerto de cáncer y una prima también se había ido por una sobredosis de caballo, por lo demás, pocos cambios, le reportó Cemal mientras pagaba los bocadillos. Para Emilio, Cemal, se había instalado —como en cierto modo le había ocurrido a Miriam— en un modelo de vida planificado, inmune a las sorpresas; en una sucesión de porciones de tiempo prefabricadas, consumidas en el caso de este, por la atención a sus hijos, a su labor en la Universidad de Ankara (donde también trabajaba de administrativa Sarila, su esposa) y en su pasión por la cetrería, sus halcones tenían nombre propio y los apellidaba Yüzbashyan, como a los de su casta. Miriam coincidía con Cemal en la adición a la rutina y se diferenciaba por completo de él en la entrega de la jueza al atletismo social, batir el récord social era una de las claves esenciales para entenderla. Casi al final del puente, Cemal le hizo seña a Emilio para que se acercase.
—Este fue el sitio donde Nazim se topó con Adnan medio muerto —Emilio se acuclilló y tocó el suelo.
—Estaba medio destripado —dijo el profesor meneando su cabeza en forma de pera, como lamentándose de un suceso ocurrido hacía años sobre el cual solo había conocido las versiones de otros.
El propio Adnan, traducido por su hermano Medmeh, con un cigarro pegado a los labios y una expresión ausente, le había confesado a Emilio su antigua dedicación al contrabando de recambios para barco, complementaria a su oficio de albañil. Lo hizo para poder con los gastos de su casa. Adnan le había dado a entender que tiró de navaja para defender esos dineros de más. Que casi lo vacían como a un cordero, le contó, y que a la postre, gracias a aquella cuchillada conoció al catedrático y se hizo con una trabajo seguro en la plantilla de oficios de la universidad.
Los efectos del baño y la caminata les habían hecho mella y aún debían reunirse con Nazim. Vagaron por las librerías de confianza de Cemal. Miraban los libros con avaricia, como si de un golpe de vista quisieran discernir lo escrito sobre sus lomos. Emilio hojeó en los terminales los títulos en inglés y tras una vacilación adquirió una novela de Orhan Pamuk, Me llamo rojo.
—Un regalo para Sergio —le susurró Cemal tras la espalda.
Emilio cogió el estuche de cincuenta lápices de colores de Faber-Castell y abrazó a Cemal.
—Si no le gustan, siempre podrás usarlos en tus dibujos.
Cemal consultó la hora y le dio con el codo a Emilio. Nazim había dejado el encargo a un propio para que los recogiese en el puerto, en torno a las tres de la tarde. Ambos retrocedieron por el camino y aguardaron en el muelle.
—Sinceramente, ¿qué opinión te merece el proyecto? —preguntó Emilio absortó en una mancha de aceite flotante sobre el agua.
Cemal adelantó los labios y se rascó en la cara.
—Si hay más mosaicos como el de la nubia, el trabajo habrá merecido la pena —Cemal se cruzó de brazos y se alejó unos pasos de Emilio—. Ahora bien, con Nazim nunca se sabe cómo acaban los proyectos, te prevengo —añadió oteando las aguas.
—¿Por qué no ha contado para este trabajo con Fadilah Salik, es una arqueóloga muy reconocida sobre el Imperio Romano de Oriente? —dijo Emilio leyendo las letritas doradas del estuche de lápices.
Cemal levantó el brazo y lo movió de un lado a otro. La brisa le había inflado la chaqueta y alocado su pelo endeble, unas hilachas mantenidas a duras penas en la cima y a los lados de la cabeza.
—Fadilak al comienzo de ser profesora titular, denunció a Nazim en varias ocasiones por mala praxis y asuntos peores. Con el tiempo retiró las denuncias y se disculpó con él ante el claustro en pleno —dijo Cemal tras la pausa.
El práctico maniobró entre los cascos de los barcos hasta arribar a aguas francas. Iban en un balandro provisto de motor, con la palabra Simorg entre las garras de una ave majestuosa roturada en la proa.
Hablaron sobre la ingeniera, del pasmo de Adnan al verla trepar entre los riscos a pleno sol, amojonando aquí y allá, incansable.
—Es un buen fichaje para GIPH, Cemal.
—¿Teníais referencias sobre ella antes de que trabajase en GIPH?
—Muchas, todas buenas.
El práctico se rodeó y habló con Cemal. El balandro se agitó por la estela dejada por uno de los ferris a su paso hacia el mar Negro. Emilio contempló de punta a punta el paseo marítimo, las casonas, los palacetes alzados a orillas del agua. El práctico de camisa blanca amarró el balandro en el atracadero de la propiedad de Nazim y los condujo al palacete de madera rojiza. Tanto Cemal como Emilio se habían hospedado ocasionalmente en el yali donde residía Nazim cuando estaba en Estambul. Los otros palacetes y mansiones los tenía repartidos entre las partes europea y asiática de la ciudad. Y, por lo que le contó Cemal, estaba sondeando la adquisición de viviendas de arquitectura tradicional en otras provincias.
Una empleada de la casa, conocida de Emilio de su estancia anterior, los acomodó en el hall de paredes revestidas de tapices, uno de ellos del siglo XVIII según Nazim, en el que una muchedumbre de jenízaros a caballo, regentados por Mehmed II, van a galope tendido por las llanuras de Anatolia.
Nazim y su esposa, Deniz, recibieron con familiaridad a Cemal y a Emilio. Antes de subir a la segunda planta, donde estaba situado el estudio de Nazim, tomaron café y dulces de pistacho en el salón de planta circular. Los invitados miraron con sigilo los fragmentos de friso y la cabeza de caballo de factura griega, conocedores de los yacimientos de procedencia y de su autenticidad. Deniz y Cemal hablaban sobre sus familias, una conversación cuyo significado escapaba al entendimiento de Emilio. Nazim, con las manos cruzadas sobre el vientre, callado, daba la impresión de aburrirle la verborrea de Deniz, cuyos párpados maquillados emulaban al de las antiguas egipcias: la sombra casi negra sobre el párpado superior y la sombra verde sobre el de abajo. Emilio deseó iniciar la reunión y no distraerse en formalidades de buen tono. El friso y la cabeza de caballo le transmitían inquietud, como las piezas ubicadas en los pasillos y en las habitaciones de arriba. Cuando estuvo alojado en el palacete, durante la primera semana de su formación, había supuesto que estaban allí temporalmente, hasta que Nazim las transfiriese al Ministerio y fuesen depositadas en un museo nacional o devueltas al país de origen.
Nazim se levantó y arqueó las cejas. La pausa del café había concluido. Ascendieron por unas escaleras dignas de un plano cinematográfico de Visconti hasta el estudio, ubicado en la fachada trasera del palacete. Nazim descorrió los visillos de gasa anaranjada y dio paso a la última luz del día. Prefirió dar el último toque al plan del yacimiento de Malatya cómodamente, en los sillones situados sobre la alfombra de fondo celeste y pavos reales.
—¿Encontraremos algo que merezca la pena después de haber removido toneladas de tierra? —preguntó Nazim consultando en el ordenador de Cemal los datos sobre el movimiento de tierras.
Emilio desplazó el cuerpo al filo del asiento y miró las facciones blandas del catedrático.
—Por lo menos ya contamos con un trozo de mosaico equiparable a los de Pompeya o a los del Bardo —adelantó Emilio desorientado por la falta de entusiasmo que denotaba la pregunta de Nazim.
—En eso estoy de acuerdo —dijo Cemal en apoyo de Emilio.
Cemal buscó los cuadros de jornadas, maquinarias y costes finales de las operaciones de excavación gruesa y se los mostró al catedrático, quien tenía la boquilla de la cachimba entre los dientes manchados y se frotaba la cara como si se estuviese aplicándose una loción de afeitar. Los miró durante unos minutos.
—Como mucho —su mano alabeó en el aire un instante— vamos a exhumar una más de las muchas villas patricias desperdigadas por los territorios del Imperio; olvidémonos de hallar una segunda villa da Casale o una segunda Zeugma. El mosaico promete, Emilio, y no descarto que algunos más estén ahora esperándonos bajo tierra. Pero debemos ser objetivos, hasta ahora solo contamos con un trozo de mosaico e ignoramos el deterioro de la parte que falta —manifestó Nazim con voz prudente.
Ambos acataron la llamada a la franqueza del catedrático, porque sabían por experiencia que casi siempre las expectativas en Arqueología quedaban muy por debajo a los logros prácticos, la mayoría de las veces a unas huellas raquíticas de ciudades evaporadas en la nada, de muros, de huesos rotos… una miseria de lo fantaseado antes de hundir la pala en la tierra.
Nazim los estudió tras los cristales chispeantes de reflejos, luego entresacó de la cartera de piel un plano, lo desplegó con manos inhábiles y se los mostró como si les enseñase un cartel.
—Este es el terreno autorizado para la excavación —la cabeza de Nazim quedaba oculta tras el mapa—. La única novedad que hemos acordado, es que la superficie quede dividida a efectos de la excavación en dos zonas, la Zona A, que es donde se encuentra la exhumación parcial del mosaico y de la cual Emilio será el único director de excavación, y, la Zona B, prácticamente casi toda la superficie restante, de la cual la dirección técnica será compartida entre vosotros dos. Cemal, tú eres profesor de la universidad; tienes clases, doctorados, publicaciones, congresos…, por eso tu dedicación al yacimiento no puede ser a tiempo completo.
Los futuros directores se avinieron a la distribución de responsabilidades propuestas por Nazim.
—¿Y los técnicos de GIPH, entre ellos la ingeniera geóloga, dónde estarán asignados? —preguntó Emilio.
—Ella estará a cargo de la entibación de zanjas, cargas admisibles en la cima del talud, análisis de suelo, y, por lo que Uclés y tú nos habéis dicho, del soporte informático —enumeró Nazim.
Deniz mandó a una sirvienta al estudio por si les apetecía té o más café a los reunidos. Nazim negó con el dedo y los demás con un gesto. La mujer encendió la lámpara de pie e hizo una reverencia apenas perceptible antes de retirarse. Tras la luz de las bombillas, en la desvaída penumbra, dos atletas de sonrisa forzada a cincel, de ojos abiertos (copias romanas de dos kuros griegos), celaban a un lado y otro del anaquel las joyas bibliográficas. Emilio, durante su anterior estancia en el palacete, ya había tocado, olido y abierto aquellos manuscritos ilustrados. De buena gana se ausentaría de la reunión para repasar aquellos libros irresistibles.
Nazim puso un pellizco de tabaco en la cazoleta y se tomó un tiempo en prenderla a su gusto. Cuando la vaharada de humo se disgregó y volvieron a verse las caras, los atravesó a ambos con una mirada borrosa.
—Como sabéis nadie debe dar un solo dato sobre el yacimiento, nadie —relegó con desprecio la pipa al cenicero—. Sigilo total al respecto.
—Nazim, va a ser muy complicado mantener a Fadilah al margen —dijo Cemal renegando con su cabeza de macrocéfalo.
—Fa-di-lah, Fa-di-lah —tarareó Nazim tamborileando con los dedos en el brazo del sillón—. Seguramente será catedrática en poco tiempo. Aprecio la carrera científica de esta mujer más que nadie en Europa, aún así no debe husmear en el yacimiento, ni acercarse a la Zona A. Es problemática, demasiado estricta. Mentidle si fuese necesario, ¿está claro?
El semblante de Nazim se concretaba tras un vaho con aroma a higos. Emilio recordó con la rapidez de un escalofrío la advertencia de Cemal sobre las peculiaridad del catedrático en la ejecución de proyectos.
—Emilio, cuando te acogimos en la Universidad de Ankara mantuviste relación con tus compatriotas, aquel equipo de arqueólogos y arqueólogas alicantinos y con los del Instituto Alemán de Arqueología radicados entonces en Göbekli Tepe, ¿no es así Cemal? —le preguntó sin apartar la línea de sus ojos de Emilio —. Aquellos contactos tuyos fueron buenos, un científico está obligado a dialogar con otros científicos. La ciencia tiene mucho de acuerdo comunitario y la verdad y la mentira también, estas se han construido a conveniencia de cada época de la Historia —teorizó Nazim en espera de una respuesta de Emilio.
—En realidad tuve un par de encuentros con los de la Universidad de Alicante, por aprender algo más sobre la cultura de el Obéid, como me aconsejó Cemal por cierto; no creo yo que aquello… —Emilio se sintió espiado.
El catedrático se tiró de las perneras de los pantalones grises hasta descubrir sus calcetines burdeos y se aproximó a Emilio.
—Aquello no repercute en nada si te comprometes a dejar en suspenso un posible reencuentro con ellos, al menos mientras dure nuestra tarea. No deseo la intromisión de curiosos.
Nazim observó a un Emilio cambiante, serio en principio, inseguro después, meditabundo más tarde y decidido al fin.
—Exageras, Nazim; pero si te quedas más tranquilo me comprometo a mantenerme tan mudo como esas estatuas de piedra —ladeó la cabeza hacia los dos kuros— que vigilan tus manuscritos.
—Verás, Emilio —Cemal le habló con un tono de total confianza. Puso la mano sobre la rodilla de este—; yo creo que él te dice eso por extremar la precaución, por mantenernos lejos de los cleptómanos de hallazgos, hipótesis, incluso de ideas sueltas que pululan en nuestro ámbito, gente que te sacaría los ojos por hacerse con datos para sus publicaciones y engrosar sus currículums.
Nazim asintió eclipsando los rostros del profesor y del arqueólogo tras una densa bocanada de humo.
Cemal miró con sus ojos saltones al catedrático antes de pasar al siguiente punto.
—En cuanto a los equipos de trabajo: en la primera fase, estarán los becarios y becarias cuyos datos se han enviado mediante fax a Álvaro Uclés. A estos equipos hay que añadir algún personal de oficios de la universidad y puede que voluntarios. Adnan, nuestro Adnan, coordinará, de acuerdo en todo contigo y conmigo —miró con sesgo autoritario a Emilio— la actividad material de la excavación y el manejo de la maquinaria pesada —añadió.
Nazim se incorporó y echó a andar pesadamente por el estudio ajustándose la faja tras la camisa. Murmuró. Corrió los visillos y volvió hacia Emilio y Cemal. Apoyó sus manos sebosas sobre el respaldo de la butaca y se quedó mirando la alfombra.
—Por el momento, la Zona A queda vedada para todos excepto para vosotros, la técnica de GIPH, Adnan y el personal de oficios que este seleccione, dos o tres personas a lo sumo. Por cierto, no quiero ver en esa zona al tierno amigo de Adnan.
—Podemos acotar la zona en un recinto especial, si quieres —propuso Emilio.
—Tendríamos en ese caso un recinto pequeño dentro del perímetro autorizado —describió Cemal ni a favor ni en contra.
—La propuesta de Emilio es interesante. Cemal, hablamos de asegurar lo más valioso de la villa, la Pars Dominica —las últimas palabras las pronunció Nazim con una tonalidad grandilocuente.
La reunión se prolongaba. Cenaron los tres solos en uno de los comedores de la primera planta, y sin solución de continuidad se vieron de nuevo en el estudio.
—Repasa estos papelotes. —Nazim sopesó durante un minuto la carpeta con el escudo de la universidad y la dejó caer a plomo sobre el escritorio.
Nazim y Cemal hablaban en turco mientras Emilio leía las condiciones. Miriam habría detectado de un vistazo cualquier inconsistencia en las condiciones estipuladas entre GIPH y la Universidad de Ankara; sin embargo, la sola idea de pedirle a ella ese favor enervaba a Emilio. Cemal miraba con arrobo las páginas de un manuscrito en piel de becerro nonato sobre las invasiones bárbaras en la isla de Iona, adquirido en Zaragoza por Nazim a través de su intermediario europeo, sir Gareth Cranston. Emilio se sumó con el contrato firmado en la mano a la contemplación de las miniaturas y los ornamentos en oro y plata que embellecían los pliegos de vitela. El catedrático gozó viéndolos entusiasmados con las láminas hasta más allá de la media noche.
CAPÍTULO 7
La despedida del grupo de Teatro Universitario Buhofante había finalizado hacía horas. Carlitos Malavé y Emilio de la Rocha estaban aún sobre el escenario desierto, sentados en los tronos de pan de oro del atrezo. En su última actuación, el grupo había puesto en escena la versión más injuriosa de las compuestas por Carlitos basada en la obra Ubú rey, de Alfred Jarry. La versión de Carlitos tenía un punto de ingenio. Partía de un Ubú rey cuya ceguera iba en aumento conforme crecía su despotismo, de tal modo que tras muchas tropelías cometidas en calidad de rey solo podía verse así mismo, mientras los demás aparecían ante sus ojos como una procesión de sombras.
Los dos actores aficionados habían presenciado cómo la platea se había vaciado de público al término de la declaración de Carlitos Malavé sobre la disolución de Buhofante, seguida de las reverencias emocionadas de los actores del reparto y de una ovación poco entusiasta de los espectadores. El grupo de teatro al completo desmontó los decorados e hizo acopio de los elementos del atrezo en la zona de camerinos. Solo aquellas dos pomposas poltronas, destinadas en la obra a padre Ubú y madre Ubú, ocupadas ahora por Emilio y por Malavé, estaban en su emplazamiento original. Los restantes miembros del grupo marcharon hacia el bar La Prensa donde sellarían entre cervezas y tapas la extinción de Buhofante. Pese a la insistencia de Miriam y la de algunos miembros más para que fuesen juntos al bar, Emilio y Carlitos se resistieron a abandonar con tanto desapego el teatro. Al parecer, solo ellos dos compartían la sensación de pérdida, de haber sacrificado por su propia mano un sueño, o al menos la de haberlo despachado prematuramente.




