- -
- 100%
- +
Encastillados en sus tronos burlescos, dentro del círculo luminoso proyectado por un foco de la diabla, contemplaban los asientos corridos del patio de butacas, el entarimado del escenario donde habían gastado muchas horas birladas al estudio y al dulce abandono de deambular por las calles del casco antiguo, por los cines donde daban películas de ensayo, por las fiestas universitarias, transitando de una cama ajena a otra. «Nos han faltado huevos, Emilio. Podíamos haber vendido los apuntes y los libros. A tomar por culo las carreras y luego habernos dedicado al teatro ¿sabes? A la puta mierda el rollo de sacrificarnos por conseguir cobijo tras una licenciatura». Emilio lo miró. No le apetecía discutir sobre lo de siempre, que si la juventud malgastada, que si la satisfacción de obrar según el deseo y no sobre un deber inventado y relativo. Pero Carlos continuó su soliloquio: «Nos armamos hasta los dientes para lidiar con una quimera llamada PORVENIR, que nos acecha con un millón de ojos desde el futuro», dijo Carlos repantingado, con las manos cruzadas tras la nuca. Emilio le argumentó que era otra quimera vivir pegado al presente: «No digas tonterías, la previsión o la planificación está dentro de nuestro cerebro, es como un defecto de fábrica», teorizó este con la cabeza posada en el incómodo respaldo de la poltrona de padre Ubú. Carlos abrió una lata de Coca-cola, bebió un poco y se la ofreció a Emilio. «¡No son jilipolleces, filósofo de los cojones! —saltó Carlos con voz desafinada—. Nos adiestran para controlar el tiempo antes de que nazca, como si los días por venir fuesen ya cosa cierta, un patrimonio seguro, ¡qué estupidez!». Emilio silbó un chorro de aire mudo, giró la cabeza sobre el respaldo de la poltrona, harto de la ociosa disquisición de Carlos. «Creo que le estás dando un sesgo trascendente al simple hecho de que se nos ha acabado el chollo del teatro. Te veo muy jodido con el tema, supéralo».
Emilio escrutaba el armazón de cables y poleas de la tramoya; contó sin finalidad las tablas horizontales del escenario, madera castigada por pasos firmes o dubitativos, o tan leves como los de un fantasma; por taconeos, danzas, mimos y ejercicios ensayados hasta el límite por la vehemencia de Carlitos Malavé, director de Buhofante. Desde el fondo del patio de butacas, a través de la puesta abierta, veía carteles de las películas de Pasolini y del teatro independiente Tabanque y le parecieron papeles rancios, de los primeros tiempos en la universidad. «¿Te acuerdas, Emilio? Al poco de ensayar en este teatro acariciaste la idea de abandonar la carrera y trasladarte a Madrid para dedicarte a la interpretación de verdad, ¿te acuerdas? —Malavé rio con amargura y continuó hablándole —: Te empapaste el método Stanislavki y acto seguido el de Grotowski». Emilio, con la mirada perdida en los mecanismos de la tramoya y la mata de pelo caída hacia atrás, tosió. «Y aquella pasión temporal me valdrá siempre Caaaaarloooos, especialmente el concepto de teatro pobre de Grotowski —arrugó la lata en su mano y se la lanzó a Malavé que la cogió al vuelo—. Todavía me gusta darle vueltas al planteamiento del teatro pobre. —Descendió de la poltrona, echó el culo hacia las butacas y se pegó un peo estentóreo. Luego, se aupó de nuevo en el sillón real—. Lo vivido en Buhofante ya forma parte de nuestro acervo y se reflejará más tarde o más temprano en nuestros actos, en nuestro modo de pensar, a veces de un modo latente, sin darnos cuenta». Carlitos lo había escuchado arrancándose pelos de las cejas, una de sus manías. «¿Y me acusas a mí de filosofar, so cabrón?», inquirió Malavé, liado con sus cejas. Durante un momento miró con una matiz retador a Emilio: «Pues sabes qué te digo, Heródoto de pacotilla, que mañana va a ir a la clase de Anatomía Patológica su puta madre. Prefiero dirigir a un grupo de teatro callejero que pasar la vida pasando consulta en un ambulatorio».
Emilio descendió del asiento con mal pie y rodó sobre el escenario. Las carcajadas de Carlos resonaron en el teatro. «Te gusta exagerar, eres un profesional en eso, Carlitos. Llevas el drama en la sangre, no te lo discuto —se quejó del golpe en la cadera e hizo acopio de mala leche—. Me estoy acordando ahora de tus caídas en el campo de fútbol de los salesianos, montabas la de Dios por un porracillo de mierda…, ahí estaba el Malavé con la cara descompuesta, enroscado en el césped y los ojos casi fuera de sus órbitas; y a la postre el padre Lázaro te daba agua de la cantimplora y te pegaba una tirita en la rodilla y listo, al partido otra vez. Y tú salías al campo como si nada, entre aplausos, con ese brío heroico que tanto te molaba».
Carlos saltó desde la poltrona de padre Ubú al entarimado. Abrió los brazos y con voz altisonante y ademan engolado tomó prestadas las palabras de Lope de Vega referidas a las musas y se las endilgó a un público imaginario: «más de ciento, en horas veinticuatro, pasaron de las musas al teatro». Se volvió con los brazos en cruz hacia Emilio y le dijo: «Todo tu cuerpo me grita que ya no amas la magia del teatro». Había resignación en las palabras de Carlos, una soledad limpia de clichés interpretativos a pesar de la teatralidad de sus palabras y de sus gestos. Se dirigieron en silencio a uno de los camerinos y recogieron sus mochilas. Emilio apagó el foco de la diabla y encendió la de la puerta de salida. «Es que me cuesta entender tus cambios, te lo digo en serio, Emilio. De un tiempo a esta parte, solo tienes ojos para este cacho de ánfora, aquel jeroglífico escrito a punzón o aquel túmulo, ¿qué grandeza ves en eso, comparada con la de poder multiplicarte en incontables personajes?». Emilio le habló de la salud mental de cambiar de forma de pensar y de sentir, de ejercitarse en cambiar de vez en cuando el mobiliario interior. Carlos desechó la abstracción de Emilio con un gesto despectivo de la mano y le dijo diabólicamente al oído: «No quieres disgustar a tu benefactor, ¿a que por ahí van los tiros?» El rostro de Emilio denotó crispación. Le replicó con un «¡Bah!» y apretó el paso por una de las aceras del puente de San Telmo. Le extrañaron las miradas largas, los cuchicheos, las risas ahogadas o explícitas de quienes se cruzaban con ellos en sentido contrario. ¡¿Qué miráis, coño?! , decía el ademán altivo de Emilio. Carlos se esforzó en mantener el paso de su amigo, lo retuvo del hombro al final del puente y le pidió disculpas. «Carlos, ¡me cago en diez! Me jode que lo metas a él. Y todo porque tu creación, Buhofante, se halla ido a la porra. Necesitas hacer pupa porque estás frustrado». Malavé repitió sus disculpas y le chocó la mano a la fuerza. «Cuento con ayuda económica, es cierto; pero nadie ha condicionado mi elección profesional, he podido elegir Bellas Artes o Biología. Al final me he decantado por la Historia Antigua, para hacerme arqueólogo, porque, al menos por el momento, es lo que más me llena. Ha sido una decisión muy pensada, autónoma y no compartida». Su compañero lo comprendió antes de que Emilio le contase nada, sabía cómo era Emilio. Quizás para enfriar los ánimos, le dijo: «Tampoco es malo necesariamente decidir influenciado, todos, queramos o no, estamos influenciados —echó el brazo amistosamente sobre los hombros de Emilio—. Mi abuelo Carlos era médico y a veces creo que su fantasma, una mañana de septiembre, me trincó de la oreja y me llevó a la Facultad de Medicina. Lo admito y no sufro por ello». Emilio intentó calmarse, pero quiso legitimar su elección de estudios en su propia biografía: «Te acuerdas cuando venías invitado al pueblo, te acuerdas de nuestros recorridos por el cerro de Iponuba, de aquellas cajas de zapatos repletas de cascotes de cerámica íbera, de la pequeña cabeza de buey que conservo como talismán». Carlos asintió y le contestó sin mal rollo: «Las caminatas por Iponuba, mis resbalones en aquel cerro fueron un castigo para mí, so cabrón; me hacías arrancar con las manos trocitos de cerámica rojiza que atesorabas para mostrárselas a Mauricio cuando se pasase por el molino».
Carlos había neutralizado el malhumor de su amigo antes de llegar a la Plaza del Altozano. Le confesó que no le apetecía encontrarse con los del grupo, que le iba a deprimir demasiado asistir al entierro de Buhofante. Emilio se fijó en la gente anquilosada en torno a las mesas altas cubiertas de vasos y de tapas, contiguas a las puertas de los bares. Una humareda con olor a pescado frito recorría los chiringuitos a la vera del río. Carlos le propuso a Emilio «ponerle cuernos al puto grupo». Podían meterse a ver la película de Anthony Minghela, El paciente inglés, que la crítica la ponía bien, que Miriam, Teresa y Bustos la habían visto y hablaban maravillas de ella. «¿Entonces, nos damos la vuelta?», le preguntó Carlos. Emilio miró a Carlos con grima, abrió los ojos y la boca y se palpó la cara. Advirtió en ese momento que habían olvidado quitarse el maquillaje de padre Ubú y madre Ubú. La risotada a dúo y sus retorcimientos atrajeron las miradas de los curiosos, que rieron por contagio. Cuando se calmaron, Emilio entró avergonzado en la primera farmacia de guardia que encontraron y compró algodón y toallitas desmaquillantes. Sentados en el escalón de una sucursal del Banco Santander se limpiaron recíprocamente las caras entre risas convulsivas. Arrojaron los algodones y las toallitas sucias a una cuba de obra y se dirigieron con una sensación de liviandad en la cara hacia el punto de reunión. «Joder, joder, tenemos la cabeza en el culo, Carlitos». Habían salido del teatro y entregado las llaves en el rectorado de la universidad. En la conserjería nadie había reparado en ellos. Luego caminaron un buen trecho y no habían sentido quemazón, peso o tirantez en la cara. «Así nos miraban y se reían de nosotros —dijo Emilio palpándose la cara algo escocida—; pero lo más curioso es que nos hemos visto el careto uno a otro y como si nada, estamos volados».
Desde lejos podían distinguir a través de las ventanas alargadas a los miembros de Buhofante. Carlos, tuvo la impresión de estar recordando una escena interpretada por el grupo Buhofante tras unos cristales y no la de estar viendo a sus componentes de carne y hueso en La Prensa, tomando cervezas y altramuces, cascando sin aliento. Quiso traducir los gestos desmañados de Esteban Varo; la languidez del braceo de Bustos por encima de la mesa; el porte insulso de Miriam yendo a la barra. Se fijó en el simpático encuadre de Cándido Ugía y de Rosi Calero anticipando los polvos de la noche en el piso de ella. A estas alturas, la presencia de Miriam le produjo a Carlos un rechazo evidente. Se había esforzado mucho con Miriam, habían repetido durante horas en el parque o en el piso de esta, movimientos de danza, de expresión corporal, de dominio del espacio escénico. Después de tanta dedicación no había conseguido de ella ni siquiera una figurante de medio pelo. Quizás las causas habían sido, pensó, además de sus modales cursis, aprendidos en la televisión, la austeridad de su mente, cuya principal comportamiento intelectual era el de retener artículos legales y jurisprudencia. Carecía de la plasticidad espiritual necesaria para negarse a sí misma y ser otra distinta, incluso antagónica a su naturaleza, sobre un escenario. Cuando entraron en el bar, a Emilio lo invadió una dulzura insufrible para Carlos. La mirada cachonda de Miriam atravesó la atmósfera viciada del bar y se prendió a Emilio. Carlos observó a Miriam, el trazo redondo de su cara, su indumentaria con prendas tejanas y un pañuelo con estrellitas metálicas en la cabeza, a sabiendas de que a Emilio le privaba la ropa vaquera en una chica. Carlos, vitoreado por los componentes de Buhofante, ocupó el lugar destacado que le habían reservado. La congoja por la pérdida del grupo no le dejó abrir la boca, solo pudo ofrecerles a ellos (y sobre todo a sí mismo) algunas lágrimas muy sentidas. Recibió besos, abrazos, palabras reconfortantes. Emilio, en nombre de Buhofante, le hizo entrega de una máscara de la tragedia clásica, con una leyenda en la placa del basamento:
En agradecimiento a Carlos Malavé Ruiz
Director del grupo de Teatro Universitario Buhofante
Emilio, a pesar de ser partícipe y promotor de aquel reconocimiento, le resultaban faltos de hondura los agasajos dedicados a su buen amigo. Se mantuvo en un segundo plano al grupo y vio a Carlos sofocado bajo un laberinto de interpelaciones cruzadas, alternas con aspavientos y expresiones elegíacas por la extinción de Buhofante. Carlos Malavé interpretó como pudo el papel de homenajeado, aunque tenía claro que la extinción del grupo, suponía para los demás la liberación de los ensayos y de la servidumbre de dar representaciones en universidades de todo el país. Y no le faltaba razón, Miriam, seguida por Esteban Varo y Teresa Luque estaban festejando su cese permanente como actores y la libertad ganada, y no precisamente la liquidación de una actividad desarrollada durante dos cursos, con momentos inolvidables y divertidos, pero onerosa para sacar los cursos año por año.
En varias ocasiones despejaron la mesa de platos y vasos vacíos. Les hicieron relatar a Carlos y a Milo el papelón de ir por la calle maquillados de padre Ubú y de madre Ubú. Las cervezas y los brindis y los apretones de manos y los abrazos y las confesiones emotivas se sucedieron hasta el cierre del bar. Salieron en tropel a la calle, ansiosos de aire, de correr por las calles de puro frenesí. Así habían sido los remates de muchas de sus representaciones y ensayos, una explosión vital, de entrega al vértigo del desorden.
Bustos, encaramado a un contenedor de basura, se desnudó de cintura para arriba y recitó a dúo con Carlos Malavé a Espronceda en la Canción del Pirata y luego, sin solución de continuidad, a Niemöller en el poema Y cuando vinieron…
Avanzaron desmadrados por calles y plazas vacías. Emilio intentó hacer el pino en la Plaza de San Lorenzo, pero su cuerpo se combó y se pegó el batacazo contra el tronco de una palmera; Miriam, curada de complejos en ese momento se atrevió a ejecutar algunos pasos de ballet clásico tan groseros que fueron aclamados con silbidos burlescos y palmas lentas por Carlos Malavé y Esteban Varo. Sudaban gloria y dejaban a su paso un aroma sacrosanto de ron de caña y de hachís. Miriam, debido a la repetición de sus pasos de foutté y arabesque, acabó doblando su cuerpo y vomitando sobre el escaparate de una perfumería. Emilio acudió a socorrerla y en un segundo plano Esteban Varo, quien no pudo mantener su mirada ida sobre ella y se limitó a apartarse el flequillo de la frente con zarandeos repentinos de su cuello. Rosi Calero se desplomó sobre un banco y se negó a agarrarse del brazo de alfeñique de Cándido Ugía. Con la ayuda de Carlos Malavé pudieron ponerla de pie y confiársela a Cándido. Miriam se unió a la pareja y los tres marcharon con pasos inestables hacia el piso compartido por las dos estudiantes de Derecho.
El ambiente se había cargado de humedad. Aunque salir fuera del bar les había disipado la mente y devuelto alguna coherencia a sus palabras, los cuerpos demandaban recogimiento y extenderse sobre una cama. Los bares de la Alameda de Hércules habían cerrado y esa soledumbre aceleró la despedida de Bustos y Teresa de Carlos y de Emilio que caminaron hacia el centro.
Carlos deshizo sobre la llama del mechero la piedrecita marrón verdosa y mezcló la pasta caliente con el tabaco de un cigarro. Tenía buen tiento para liar porros, pero esta vez sus dedos perdieron tacto y le salió un churro. «Se te nota lo que llevas encima, cabrón, pásalo». Carlos lo prendió, dio una calada y mantuvo el humo encerrado en sus pulmones durante un momento, hasta despedirlo. Emilio, ajeno al monólogo de Carlos, paseó la yema de su dedo índice sobre las figuras del friso del Centro Vida; las miraba queriendo ver más allá de sus rasgos carcomidos por la intemperie, reducidos ahora a trasuntos de rostros y cuerpos abigarrados esculpidos en ladrillo. «¡Despierta, coño…trae! —le señaló el porro—. Vamos a andar rápido, así entramos en calor». Emilio, le devolvió una pava aceitosa y avanzó unos metros imitando el paso militar prusiano. Carlos hizo lo mismo hasta que ambos apoyaron la cabeza sobre una esquina y su hilaridad desbocada durante un buen rato los noqueó. Se internaron en el pub Half Moon. Sentados en sus taburetes y derrengados sobre la barra pidieron dos cubalibres de ron.
Juntaron las pesetas que llevaban y se las fundieron en frutos secos. Carlos dio un palmetazo en la barra, había recordado algo: «¿Qué hará el Bambú (como le apodaban a Cándido) con Rosi esta noche?». «Metérsela —replicó Emilio—. El canijo no pierde comba, se habrá frotado las manos al ver a Rosi pedo perdida». Emilio se fijó en el rostro picado de pequeñas depresiones de Carlos: «Mala pelleja tienes tú para el maquillaje de actor», le dijo.
Habían salido del Half Moon. Paradójicamente, gobernaban sus piernas y sus lenguas mejor que cuando entraron al pub. «Milo, yo no tengo coño, por eso me escama que estés aquí conmigo y no dándole matraca a la Pavlova», dijo con la voz borracha y sus ojos de gato apagados. Emilio, de buen humor, se fue tras él y le dio un empellón hacia adelante. «Y tú, podías haberte encamado con Teresa Luque y se me apuras con Rosi, a pesar de la ofensiva del canijo». «¡Puaf!», exclamó Carlos parado ante un indigente dormido entre cartones sobre un banco. «Por lo que sé, la noche que actuamos en Comillas, ellas se jugaron a los chinos quien de las dos lo hacía contigo primero». Emilio se detuvo y lo miró con extrañeza. Rio. Rieron a la par con ganas. «¿Y por qué no me pusiste al tanto en Comillas, huevón?, ¿cómo has permitido que esas dos hayan jugado conmigo como si fuese un playmobil?» La conversación despertó al indigente, un viejo con largas guedejas canas, con uñas largas y negruzcas, de mirada paranoica, tocado con una gorra con la bandera americana grabada en el frontal. El hombre con un fraseo ininteligible emergió de sus frazadas de cartón y le arrojó a Emilio un tetrabrik de vino tinto. «¡Fuera hijos de puta, maricones!», exclamó con una expresión espantada.
Ambos siguieron vagando. Cuando llegaron a la catedral, Carlos habló con cautela. «Debí haberte contado el juego que se traían contigo, quizás no lo hice porque me hubiese gustado ser yo la prenda de la apuesta, soy un envidioso de la hostia colega». Carlos había bajado la cabeza y comenzó a tirarse de las cejas. Milo le hizo sitio en un escalón de cara a la muralla del Alcázar. «Eres un gallo caliente Carlitos, ¿todas para ti?». Al escuchar el tono benévolo de Emilio, Carlos dejó sus cejas en paz, rio y se puso a su lado con la mirada suspendida sobre las almenas de la muralla.
Los camiones de la basura iban a punta de gas por la avenida, se detenían y al poco se escuchaba los brazos de la grúa alzar los contenedores y volcarlos formando estrépito. Las mangueras de agua arrastraban la suciedad de las aceras y el pavimento hacia los sumideros.
La reserva de Carlos comenzó a desvelarse. Carlos tenía la máscara griega entre sus manos, se la puso delante de la cara y miró a través de las pupilas agujereadas en el bronce. «Magnífica visión: las almenas se están clavando en la madrugada». «Déjate de chorradas y guarda el regalo». Y Carlos así lo hizo antes de decirle: «Emilio, espero que mis palabras y tu comprensión no se enreden por el mucho alcohol y el hachís que llevamos encima. El asunto es de más calado para ti que esa tontería de Teresa y de Rosi». Emilio se recogió el pelo tras la oreja y adoptó una pose de paciente atención. «Te noto con Miriam, cómo te diría …». Emilio puso cara de aburrimiento y lo miró: «¿Atrapado, quieres decir?». Carlos enfatizó una mueca afirmativa, respiró hondo y se rascó en las rodillas con nervio. Emilio se dirigió al perfil puntiagudo de Carlos Malavé. Abría y cerraba el capuchón del mechero. «Me pides mucho para la nochecita que llevamos —dijo Emilio con apariencia de cortar la conversación—. Hoy por hoy no sabría decirte en qué punto de cocción está mi sentimiento por ella: ¿estoy colado o medio colado o infra colado por Miriam? A veces planteas cosas de adolescente Carlos, y ya vas por tercero de Medicina, cojones». El perfil del ex director de Buhofante permaneció hierático. Cogió el mechero Zippo de la mano de Emilio y encendió un cigarro. «Nos conocemos desde la guardería, Milo, demasiado tiempo y demasiado bien, para no advertir cuando el otro está a punto de cometer un error. No te fíes de ella. Miriam es de las que guarda su ponzoña para el momento propicio». Ambos parecían estar quemados de todo, abstraídos en cómo las piedras imponían su forma y su color exacto a la penumbra cada vez más tenue. «Quieres sentir la punzada del amor por la Pavlova; pero no eres tan buen actor, no puedes con el papel, se te cae sobre el escenario y es entonces cuando veo en tu cara desamor, falta de ilusión». Emilio se puso de pie con brusquedad y todo su cuerpo reaccionó como un solo músculo en tensión. «¿Desamor?, no te entiendo un carajo, ¡qué coño desamor! —replicó iracundo—. Te cae mal porque ha sido ella la que ha convencido a los demás para liquidar el grupo de teatro. Te cae mal por su aspecto pueblerino, por su empeño de llegar a ser jueza, en alguien que no apeste a estiércol y a abono como apesta la casa donde ha vivido». Carlos miraba acobardado a Emilio, a su espléndido pelo cruzándole el rostro y el temblor prendido en las manos y en la boca. «Aunque me odies te lo voy a decir: te estás equivocando, Miriam no es la tuya, Milo».
Carlos lo recordó en otro tiempo, en la Partición:
Milo se le acerca por el lado de la casa de labor, bajo la luz devoradora de mediodía. Le agita la mano con júbilo y a él le cuesta imitarlo, mucha timidez entonces, quién lo diría ahora —¿tímido Carlitos, el director de Buhofante?—. Permanece junto al Volskwagen gris de su padre, el inspector Vicente Malavé Rosales. ¡Ve, Carlos!, ¡anda, ve!, le conmina el padre. Y él maleta en mano, da unos pasos vergonzosos y se ampara del sol a la sombra de los eucaliptos cercanos a la casa. Una turba de perros le ladra y a continuación lo husmean. «Deja que te huelan, quieren conocerte, no los mires», le dice su padre acercándose a Eulalia y a Raquel. La primera, la tía de Milo, lleva un sombrero de paja y unas tijeras de hojas curvadas. Parece una propia del lugar. Es una mujer animosa, que le habla de Milo y de los primos de Milo, de rosarios por la tarde y de misas. «Así que tú eres Carlos, el amigo de mis sobrinos Milo y Alfonso». Soy amigo de Milo, piensa el muchacho de orejas algo separadas y la cara atacada de espinillas. Alfonso es un metepatas rayado con el fútbol, un bocazas que nunca será mi amigo, piensa, mientras Milo viene hacia él y le da un abrazo como cuando se despidieron en el colegio de los padres Salesianos. ¿Y esa?, se pregunta para sus adentros, mientras por encima del hombro de Milo, observa a la muchacha en pantalón corto, camiseta de tirantes y el pelo tan corto como el suyo. La muchacha no se le acerca, ni lo saluda, solo lo atraviesa con su mirada azul.
Ahora, Carlos siente arrepentimiento o vergüenza, no lo sabe muy bien. «Soy el puto bocazas de siempre, Milo, no me hagas caso». Esta vez, Carlos, no oye una respuesta de perdón o de condena, debe conformarse con seguir por la acera de la catedral el ruido que hacen las hebillas de las botas de Emilio y el trajín del camión de la basura.
CAPÍTULO 8
Los mirlos lo despertaron temprano. Sus silbidos lo trasladaron durante un momento al chalet del Brillante, a la presencia intempestiva de los mirlos en los aleros, posados sobre el sauce del jardín, recorriendo a pasitos cortos y rápidos el césped. Entonces les gustaba oír sus cantos, ahora le recordaban su propio fracaso. Se tapó la cabeza con el embozo y creó su propia noche en el hueco de la sábana, un refugio íntimo y desconectado del mundo. Pero el ruido de afuera del molino y el trasteo de sus hijos en el cuarto de baño lo empujaron a la violencia del día. La luz diurna le resultó odiosa. Se encogió entre las sábanas. Esperaría a que cerrasen la puerta para levantarse. Aun le costaba mirarlos; ser visto por ellos en pijama, apagado cuando otros iban por las calles con sus rostros despiertos, inducidos por un quehacer adecuado a la lógica cotidiana, respetable aunque fuese trivial o ruin, nadie percibe eso desde fuera. Se les habrá hecho tarde, de ahí las voces destempladas del mayor, el agrio despertar heredado de su tío Juan, pensó. ¡Milo, apura, cojones! Y Milo tiraba de la cisterna del wáter y buscaba a última hora alguna chorrada, sus dibujos, sus trozos de cerámica del cerro. Llegarían tarde a la primera clase. Las prisas a última hora debidas al cuajo de Milo les disculpó del beso paterno. Los oyó bajar las escaleras a trompicones. «¡Milooo, corre!», escuchó desde la cama. En el fondo. Teófilo agradecía que no entrasen en su dormitorio. Se hubiesen dejado caer bruscamente sobre la cama y él hubiese notado el tacto vital de sus carnes jóvenes, frías, limpias; los besos con olor a dentífrico en sus bocas mal enjuagadas. Eran su freno, quizás la razón que lo obligaba a abrir los ojos cada mañana. Con su esposa el vínculo era más tenue, mucho más tenue. Ella subsistiría sin él. Seguían mirándola con secreta lujuria amigos y compañeros de su colegio, como si se imaginasen a sí mismos lamiéndole el cuello de ave. Ella podría rehacer su vida. Aventurarse en un segundo matrimonio con un hombre menos equivocado. Él había perdido mucho más que un chalet, unos ahorros y tres años y medio apartado de la vida; se había perdido a sí mismo. En la entrada de la prisión le hizo entrega al funcionario de la ropa de calle, de sus enseres y del Teófilo de la Rocha de siempre, inmaculado, porque a la celda entró aquel otro Teófilo desconocido para sus conocidos habituales, alguien perdido sin remedio, al que compadecer desde lejos, sin mirarlo, sin detenerse a saludarlo un instante, de quien hablar a otros con reticencia, a hurtadillas, a quien despellejar entre amigos por el mero hecho de sentirse a salvo de haber caído en lo mismo. Somos de una pasta mejor que la tuya, Teófilo. ¿Cómo se había comportado él, de no haber sido condenado, con alguien que había cometido el mismo error? De un modo parecido a ellos, eso era lo malo, se dijo.




