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Tanteó el suelo con los dedos de los pies hasta dar con las pantuflas. Se entretuvo durante un rato amasándose la cara rasposa, aún escurrida, mientras pensaba en los desconchados del muro lindero con el jardín. Se pondría manos a la obra; había visto cacharros de pintura en la cochera. Le vendría bien entretenerse para no darle vueltas a sus problemas; además, era una manera de agradecerle a Mauricio haberlos acogido. Abrió las ventanas y el balcón del dormitorio y recibió en la cara el vómito de la mañana, aquella luz que iluminaba hasta las tripas. Las encajó hasta dejar la habitación en penumbra. Dudó de si se acostumbraría alguna vez a aquella vivienda con suelo de madera. Se sentía más extraño en aquel molino y en aquel pueblo. En otros tiempos, de novios y de recién casados, habían estado en aquella casa y lo pasaron bien entonces, quizás porque su vida estaba en otro sitio, por ser un forastero. Su trabajo y su actividad en general habían estado repartidos entre la ciudad y las costas andaluzas. Toda su energía la gastaba en la promoción, construcción y venta de apartamentos de lujo o de bungalows para ahorradores de clase media, limítrofes a las playas superpobladas. El dinero entraba en la cartera apenas sin esfuerzo en aquellos tiempos.
Raquel y Eulalia sí se reconocían entre aquellas paredes, en el patio empedrado, entre las hileras de naranjos. Habían vivido allí con su familia durante los meses más intensos de la molienda de aceitunas. Para ellas aquellos meses eran como un anticipo de las vacaciones navideñas.
Miró distante el armario ropero de tres puertas, la descalzadora a juego con el ropero, rematados ambos con una cenefa de alas de ángel, la horrible lámpara con brazos de madera, uno de ellos desencajado, con la tulipa vuelta del revés. Se vistió sin pasar por la ducha, el contacto con el agua le resultaba repulsivo como les ocurre a los perros con rabia. En la prisión era al contrario, la lluvia de la alcachofa le producía la sensación de haberse zafado durante unos minutos de la estrechez a la que lo recluían las miradas de los otros. Fluyó del dormitorio principal a la sala cuya oscuridad estaba rayada por rendijas de sol de las persianas. Encendió la luz y lo envolvió la confortable sensación de hallarse de noche, a salvo de la embestida de las horas laborables. Fue hacia el mueble del radio-tocadiscos, un armatoste dejado allí por algún Menéndez Viaga. La madera no se había descascarillado, podían dar por el unos buenos dineros en un rastrillo o en un anticuario, Mauricio sabía de eso. Sintonizó al azar la radio y detuvo la aguja en la emisora de RNE de música clásica. Arriba del mueble, sobre la pared, observó las fotografías en gran tamaño de su suegro, Dionisio Mur al lado de Mauricio Menéndez Viaga (padre) delante de la máquina oleícola adquirida por el empeño del primero; a los pies de ambos, en cuclillas, sonreían a la cámara el grupo de peones de la fábrica. Según había oído, a partir de aquella máquina centrifugadora los Menéndez Viaga remozaron el equipamiento de todas sus almazaras. En otra fotografía, un grupo de personas con vasos y cubiertos entre las manos festejan en torno a un gran perol; entre ellos, el padre de Raquel con gafas de cristales ahumados y Mauricio (padre) en camisa blanca y corbata, con el brazo extendido y una copa en la mano apuntando al objetivo de la cámara, como invitando a un brindis a quienes mirasen en el futuro aquella foto.
Desde la cocina escuchaba una pieza musical majestuosa e innominada para él. Volcó la cafetera sobre uno de los vasos sucios dejados en el fregadero y atacó el trozo de empanada del día anterior. El sabor del atún y del café frío y amargo se le mezcló en el paladar. En un arranque impulsivo apagó la luz de la cocina y abrió la ventana que daba al patio. Se abrió el pijama y expuso su pecho al sol en actitud retadora. ¡A la puta mierda la oscuridad! Arreglaría la cocina y las camas más tarde, cuando terminase el inventario de los cacharros de pintura; las herramientas y el material que faltaran las pagarían ellos de su bolsillo, un regalo ridículo para Mauricio. Bajó hacia el patio en batín y pantuflas, con la última porción de empanada envuelta en una servilleta de papel. Tocó la puerta de una de las cocheras, la madera estaba áspera, astillada en la parte de abajo. Después de haber adecentado el paredón les daría varias manos de Titanlux a esas puertas y a la baranda. Él había pintado en el pabellón de internos muchos metros de pared y también muchos hierros a las órdenes de los reclusos de oficios. En el molino tenía tajo donde seguir aplicando lo aprendido. Con la boca llena de empanada, resoplando gansamente, dispuso sobre el empedrado la hilera de rodillos y de brochas. Poca cosa podría aprovecharse de aquel montón; salvo las cubetas, los mangos y algunas brochas planas, lo demás era mejor tirarlo. Teófilo, hizo y rehízo una lista mental con lo imprescindible para empezar con el muro. Subió las escaleras excitado, repasando a viva voz cada artículo, convencido al fin de que estaba fuera del centro penitenciario, exento del horario marcado, de las reglas, de la hostilidad flotante en la atmósfera, siempre a punto de estallar, bastaba una mala contestación, un empujón casual, los ánimos cargados, la inquina hacia el nuevo o hacia el del al lado… Porque a mí me sale de los huevos, eso decían algunos antes de agarrar por el cuello. Nada más estar obligados a verse todos los días o por estar hacinados en una granja de hombres defectuosos; de soportar la peste a cocido de col, a salchichas, a detergente, pegada a las paredes, al pelo, a las pieles algo crudas de quienes llevan más tiempo.
Al entrar de nuevo en la casa abrió el balcón, ahora sí de par en par, y permaneció de pie, mirando a la carretera. Por fin había dejado de esconderse de la luz natural, de quienes pasaban por la acera y fortuitamente apuntaban la vista hacia la fachada, hacia la puerta del molino, hacia donde él estaba ahora. Teófilo se exhibía en el voladizo, atribuyéndole gratuitamente a quienes pasaban posibles juicios susurrados al oído de quienes llevaban al lado. Debe ser el marido de Raquel Mur, la guapa de las dos hermanas. Ahora están viviendo de la caridad, en el molino de los Viaga. Ese hombre es el marido de Raquel Mur, sale poco a la calle, apenas se le conoce… ¿En batín y tomando el sol a estas horas?, quizás está enfermo, operado de cáncer. Teófilo se sonrió de sus propias suposiciones. ¡Qué más da si murmuran!, pensó, cortando el aire con la mano. Compuso la ropa de la cama como le había indicado Raquel y sin solución de continuidad la de sus hijos, dos cafres que han aprendido a tumbarse sobre la colcha con los zapatos puestos. Antes, cuando estaban bajo la batuta de los Salesianos, el aseo y los modales formaban parte de ellos mismos, como sus huesos y sus uñas. Olió las almohadas de sus camas. Minutos antes había hecho lo mismo con la suya, frotó su nariz roma en la leve ondulación dejada por la cabeza de Raquel. Los había pisoteado. «Raquel, no preguntes, todo lo que hago es en beneficio de los tres… ¡Mira este chalet!, ¡mira cómo van vestidos tus hijos, su colegio!» Teófilo se propinó a sí mismo un puñetazo en la boca. Se pasó el dorso de la mano por el labio inferior y se fijó en el manchón de sangre. Lo he hecho por mí y no por ti, Raquel, ni por los niños; he tenido hambre de más y más; he mirado con ojos de ciego el vaso para no ver dónde estaba el borde, para ganar dinero con desahogo y no decirme: ¡quieto Teo, ya no más! Así debería haberle hablado a ella y más tarde a Alfonso y a Milo. Muchas noches había llenado sus insomnios en la celda 304, con esa confesión imaginaria, pero nunca dicha.
La presencia de Milo sorprendió a Teófilo remangado sobre el fregadero, con las manos atareadas entre platos costrosos de salsa, cubiertos y la olla a presión. No lo había escuchado entrar. El tiempo había volado para su padre y había dado de sí en el instituto para el hijo. Teófilo le dio explicaciones a Milo sobre el trocito de papel higiénico pegado en el labio, un choque tonto con el mango de un rodillo. Milo se adentró en las habitaciones y se fijó con alegría en el balcón y en las ventanas abiertas, en las lámparas apagadas. «¡¿Ya no te vienen arcadas con la luz del día, papá?!» Lo miró con una felicidad nerviosa, presionando su cabeza sudorosa contra el costado de Teófilo. «No las cierres, hijo, que las vea abiertas tu hermano», le pidió a Milo. Este también se remangó la chaqueta del chándal y se dedicó a prepararle a su hermano las patatas y sacar del frigorífico el tupper de carne guisada. No tardarán, pensó Milo mientras recogía las mondas de las patatas y las arrojaba a la bolsa de basura. Él sabía lo que se tardaba desde la estación de autobuses al molino, porque antes había sido él quien esperaba a su madre plantado en el andén. Milo dejó de acompañarla un día, antes de la excarcelación de Teófilo, sin esgrimir motivo alguno. Abominaba estar a solas con ella, ver la televisión juntos, reírle las bromas y sus chistes sin gracia, sus ñoños relatos sobre la juventud de Raquel y de Eulalia entre Granada, Baena y Córdoba. La distancia de Milo con respecto a su madre parecía irreversible. Milo se escapaba a las alamedas, a Iponúba, a poner trampas para pájaros, a navegar temerariamente en el lago de la antigua vía del ferrocarril sobre un par de travesaños embarrados atados con sogas (perdía el que caía antes al agua y se emporcaba de cieno); pero de estos avatares nada sabían Raquel y Alfonso, tan dado este a los chivatazos por el placer de presenciar una discusión. Raquel atribuía la cerrazón afectiva y la rebeldía de Milo al crecimiento; su voz sonaba a catarro nasal y si estaba soliviantado desafinaba con gallos estridentes. Por otra parte, Milo no tenía el mismo aguante que Alfonso. Este había sobrellevado la debacle familiar con una entereza casi de adulto, quizás por eso Raquel tenía en su mente y muy adentro de su corazón al menor de sus hijos, el más problemático y querido. A Teo sí le seguía sus chascarrillos y le pedía que le contase anécdotas carcelarias, ¿qué cosas hacían?, ¿cómo era la gente en aquel sitio…? Los de fiar, los peligrosos, las peleas. Milo se adhería a cualquier propuesta de Teo, aunque fuese una de sus fantasías, como la de recorrer España por la costa, cuando pudiesen cambiar el embrague desgastado del Renault desechado por Eulalia. Con el tiempo, Milo volvería a ser el mismo, esperaba Raquel con la aprensión y la culpa de que el desahucio sumado a lo de Teo le hubiese creado al niño un trauma verdaderamente serio.
Teófilo comenzó su aseo a la hora del almuerzo, mientras llegaban Raquel y el mayor. Cantaba una canción de Serrat; en realidad un chapurreo. ¿Qué momento sería el bueno para hablarle de Raquel y de Mauricio?, se preguntaba Milo. Desde que Teófilo llegó, Milo había perdido algunas oportunidades de informarle de lo sucedido en el molino mientras estuvo en prisión. No era tan difícil, se lo diría de corrido: Mauricio ha venido de visita mientras tú no estabas, con eso sería suficiente. Por lo menos la rabia y la vergüenza ya no serán para mí solo, volvió a decirse Milo, tras apagar la radio y ver a Teófilo surcar el salón en calzoncillos y pantuflas, agazapado entre los muebles, con espuma de afeitar en los lóbulos de las orejas.
Quizás el autobús se había averiado o andaba perdido en el enrevesado circuito de la campiña. Antes, cuando Raquel cubría las vacantes por las escuelas de la campiña o de la sierra, se desplazaba en el coche hasta que este se rindió en la carretera, entre girasoles chamuscados por la solana. Mauricio ha venido al molino mientras tú no estabas, algunas veces ha traído y ha llevado a mamá en su coche, ¿te lo ha contado ella?, es más claro hablarle así, aunque omitiría el hecho de haberlos sorprendido más de una vez en el rellano de la escalera, hablando entre ambos con las caras muy juntas, como un actor y una actriz que van a besarse en los labios; dicho así no se dejaría nada en el bote, salvo que los había visto como a dos perros pegados, pensó Milo, mientras su padre acudió a la llamada de la puerta.
Alfonso entró maldiciendo de la línea de autobuses blancos y rojos de Alsina Graells, con retraso a la llegada. Lanzó la mochila sobre una de las butacas y se fue hacia la cocina con una bolsa de la que asomaban hojas de acelgas. Al poco se presentó Raquel rezongando también contra la empresa de autobuses, con sus tediosas paradas: caseríos, pueblos, cruces. Llegó desfallecida, con la cartera colgada de uno de los hombros y en el otro el manido bolso de Loewe comprado en otros tiempos. Giró la cabeza hacia ambos lados con la boca abierta por la inesperada sorpresa. Los cristales de la vitrina reflejaban las casas contiguas a la carretera, la fuente del pequeño parque; las bandejas, la sopera de alpaca irisaban por la luz desbordada. Teófilo suspiró cuando sintió en su cuello la mano aprobatoria de Raquel y el calor de sus labios sin pintar. Apartó su mirada, tan pronta a las lágrimas, de ella y la fijó en las baldas de la vitrina, en la enciclopedia de Elayotécnia, cinco tomos en recia encuadernación de un verde pajoso, editados en los sesenta. Milo los observaba sin saber a qué atenerse, superado por la alegría verdadera de Raquel, por sus palabras motivadoras dedicadas a Teófilo, quien no pudo evitar los pucheros y la llantina (tan indignas para Milo en un adulto). Alfonso, se presentó en el salón secándose las manos en un delantal, ¿qué había ocurrido, coño? Milo tomó la vez de su madre y dio explicaciones a su hermano: «Ya no le asquea la luz del día como desde que llegó al molino. Mañana quiere salir a la calle». Alfonso hizo a un lado a Milo y fue hacia Teófilo con una risa eufórica. Le dio un abrazo prieto, de jugador victorioso, uno de esos abrazos pantagruélicos que solían darse los de su equipo, un tumulto de facciones acaloradas y de brazos plateados del sudor.
Durante el almuerzo, averiguado con patatas fritas y el guiso congelado del día anterior, Teófilo bien afeitado y el trozo de papel higiénico pegado al labio, con unos pantalones chinos anchos para sus caderas y sus piernas de ahora, con una elegante camisa de pana y un fino jersey negro expuso su plan inmediato de pintura. «Cuando acabe de pintar, iniciaré la búsqueda de un empleo, el que sea, Raquel. Os voy a sacar de este agujero». Los nervios y el escozor del labio partido, lo distraían del hecho de concentrarse en la comida y meter la cuchara. Raquel comía despacio, con un movimiento delicado de las mandíbulas y elevaba sus ojos hacia él, toda oídos a pesar del madrugón, del revoloteo de sus párvulos en la clase y del martirio del autobús. Durante una pausa en la que solo se oía masticar a los suyos y el paso esporádico de algún vehículo, le informó a su marido de la transferencia reciente de Eulalia. «Con ese dinero podemos comprar otro coche nuevo, barato por descontado». Calmosa, pendiente de su marido, le habló de la voluntad de su hermana de reunirse en diciembre toda la familia en La Partición. «Por estar juntos en una fecha tan especial ¿sabes?, y de paso quieren que les digas cómo pueden ayudarte a salir de la mala racha, algo así me han dicho por teléfono Damián y mi hermana. ¿Iremos, no te parece?». Teófilo asintió pero le respondió con un toque de firmeza: «Raquel, iremos si antes no encuentro un trabajo».
Después de recoger la mesa, Alfonso se fue a jugar un partido de fútbol y Raquel fue a cambiarse al dormitorio pero se quedó dormida al instante sobre la cama. Al poco, Teófilo se tumbó a su lado con los ojos activos, como si se estuviese contemplando a sí mismo evolucionando en el techo, encaramado a la escalera apoyada en el muro del jardín; se figuraba con la ropa vieja y una gorra, con un mango terminado en una espátula, rayendo las barrigas de pintura formadas por la humedad. Tenía experiencia, de hecho su primer empleo al terminar sus estudios de aparejador, había sido de comercial de pinturas para la edificación. Contaba con dieciocho meses certificados como pintor en el centro penitenciario, una experiencia valiosa que debía omitir en el curriculum y en las entrevistas, así como su último destino laboral en la sociedad inmobiliaria. «Lo haré bien», le dijo a la lámpara del brazo roto.
Milo se había trasladado al dormitorio, dos camas con colchas estampadas con dibujos de monumentos de París como trazados a brochazos. Aspiró cerca de las camas. Olía a genitales, a paja, a las pajas de Alfonso y a las suyas. Estuvo un rato sentado ante la mesa de estudio, dándole vueltas a la posibilidad de que su madre hubiese detectado el mismo olor. La cara le ardió de vergüenza. No lo haré más en el cuarto, aunque me ahogue de ganas, se juró, antes de encender el flexo y abrir un bloc de dibujo. Cogió lápiz y goma de borrar y extrajo de una caja de puros vacía una cabeza de arcilla poco más grande que una ciruela. La observó a la luz de la bombilla azulada. Su antigüedad le confería un raro poder, un alma. Había dado con ella antes de la llegada de Teófilo, en el Cerro del Minguillar. Iba con José Antonio Mora. Descendieron por un terraplén deslizándose con el culo y las nalgas sobre la tierra y los cardos secos. Tras el brusco frenazo de talón, la vio en una de sus huellas, esperándolo. «Es una figura votiva, Milo, es íbera o romana», había sospechado Mauricio sobre ella. Era la versión difundida por Milo en el instituto, ajeno entonces a que el misterio inmanente a aquella cabeza trazaría una de las líneas maestras de su vida, porque la otra tal vez había arrancado o arrancaría en poco tiempo en La Partición. Acabado otro más de los numerosos dibujos de la cabeza, de trozos de cerámica con listas rojizas extraídos de Iponuba y de piedras que por su pulimento y trazado amigdaloide le evocaban un mundo prehistórico, bajó hacia el patio. Un dulce calambre recorrió su estómago mientras cruzaba el jardín en dirección a la cochera. Faltaba un mes y algunos días más para estar en La Partición. Aquellas navidades no les darían tregua a las ratas. Saltó y se azotó en el culo como si fuese un potro espoleado, agradecido por vivir. Ahora era su compañera de caza y La Partición los que reinaban en su persona y no el desagradable asunto de Raquel y Mauricio.
Milo entró en la cochera y halló a Teófilo diluyendo con aguarrás la pintura encostrada en las herramientas, restregándolas fuertemente con el estropajo de la cocina. Le ayudó a organizar un rincón donde poner las herramientas y los bidones de pintura. Esa misma noche sacaría la carabina de su funda de saco para aceitarla, ideó. «¡Milo!, te estoy hablando… estás alelado», se quejó Teófilo en guantes de goma y con un estropajo en la mano. Entre la tufarada de aguarrás y la brusca inmersión en la realidad por la llamada de Teófilo se esfumaron las complacientes imágenes de Milo. «Verás, Milo —Teófilo le habló algo apurado—, Alfonso tiene mañana un examen de Química a primera hora y no puede acompañarme a la droguería, así que… he pensado que tú… Mamá podría justificar tu ausencia en el instituto», le dijo Teófilo mirando los aperos colgados de las paredes, con un tono de falsa indiferencia. Milo se puso el dedo índice en los labios con ademán de estar sopesando la petición de su padre, hasta que al fin accedió a acompañarlo con una satisfacción delatada por la expresión de su cara.
A la mañana siguiente, Raquel se marchó a primera hora a la estación de autobuses y más tarde Alfonso se fue camino del instituto. Milo y su padre repasaron en la sala la lista de materiales. Si los precios estimados no se desviaban mucho de los reales, la obra de pintura no sería cara como le había dicho Raquel. Con el dinero transferido por Eulalia habría de sobra para un coche barato, un Ford Fiesta por ejemplo, pagar la pintura, la ropa de invierno y quizás para otros gastos corrientes, en opinión de Teófilo. Eulalia disfrutaba desprendiéndose de cosas en favor de otros; aunque Teófilo siempre había sospechado que la caridad de su cuñada era dictada por su férreo catolicismo y no porque le brotase del fondo de corazón.
Milo le propuso a su padre ir a un bar y ahorrarse el latazo de poner rebanadas de pan duro en el tostador y recalentar la leche y el café. A Milo le habían atraído las cafeterías y los bares desde muy niño, el acto casi sensual de sentarse en un taburete, bajo las lentas aspas de un ventilador de techo, y que le sirvieran el desayuno en la barra, como habían hecho antes del éxodo familiar, en el Café de la Isla.
Cuando se afianzó la mañana salieron a la calle. Emilio vigilaba de reojo a su padre, sus gestos caminando por la acera, sin la protección de las paredes y los techos de las habitaciones, expuesto al flujo corriente de las calles. Quizás era la situación idónea para contarle todo, pensó Emilio, aligerando el paso para alinearse con él. Debía emplear las menos palabras posibles, no enrollarse, por ejemplo: ella y Mauricio han hecho eso; o, decirle por encima: ¿Pregúntale a mamá qué ha pasado entre ella y Mauricio?, pensó.
Iban por calles de pocos vecinos, rodeando esquinas, dejando a los lados solares despoblados, casas baratas. «Vamos en dirección contraria a los bares mejores y a la droguería, ¿no te das cuenta, papá?». Teófilo llevaba puesto el abrigo azul de paño grueso. La bufanda de Alfonso le cubría el rostro. «Te has vestido como si fuese invierno riguroso ¿no tienes calor?», le preguntó Milo. Teófilo seguía enfilando calles sin nadie intencionadamente, dando rodeos, respirando a través de la bufanda. Milo se fijó en los titubeos de Teófilo al saludar, ¿conocía a quienes saludaba al paso? Milo se sentía avergonzado cada vez que su padre profería aquellos adioses sofocados por la lana, sus remilgadas reverencias de cabeza, el ofrecimiento de su mano insegura, sudorosa. Hasta que se internaron en un bar, hubo veces en las que esta mano se mantuvo durante una pausa en el vacío, ofrecida ante paisanos que por su mutismo y su frente arrugada trataban de recordar quién demonios era aquel forastero grandote, friolero, en compañía de un zagal al que sí les sonaba haberlo visto en algún lado.
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