Identidad y disidencia en la cultura estadounidense

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Era una casa de madera, grande, más bien cuadrada, que alguna vez había sido blanca; estaba decorada con cúpulas, agujas y balcones con volutas, según el airoso y pesado estilo de los setenta. Se ubicaba en la que antiguamente fue nuestra mejor calle, después invadida por talleres y limpiadoras de algodón que se inmiscuyeron e hicieron caer en el olvido incluso los apellidos más ilustres de ese vecindario. Sólo la casa de la señorita Emily seguía alzando su obstinada y coquetona decadencia por encima de los camiones de algodón y las bombas de gasolina —un adefesio entre adefesios. Y ahora la señorita Emily había ido a reunirse con los que otrora portaran aquellos ilustres apellidos en el lánguido cementerio de cedros, donde yacían entre las tumbas, ordenadas en filas y anónimas, de los soldados de la Unión y la Confederación que cayeron en la batalla. (Trad. Cecchi, 258)
El blanco sin lustre de la fachada de la casa, la dañada arquitectura con pretensiones que ahora yace en una zona urbana sin ningún prestigio, delatan los intentos elitistas de mantener elementos anacrónicos que resultan ya ridículos. Concluye el fragmento con la imagen de paz e igualdad de los bandos que únicamente se alcanza después de la muerte.
El poeta de Kentucky Allen Tate explica que el Sur reconoció a partir de los años 30 “que los Yankees no tenían la culpa de todo […] la leyenda del Sur de derrota y frustración heroica fue poseída por una docena o más de escritores de primera calidad y se convirtió en un mito universal de la condición humana” (536). Esta ligera intención de apertura al mundo y el enriquecimiento intelectual y cultural silencia las despectivas palabras del periodista Henry Louise Mencken en su controvertido artículo “The Sahara of the Bozart”, publicado en 1920, en el que desprecia así al Sur: “Allí abajo un poeta es algo tan raro como un músico que toca el oboe, un grabador de punta seca o un metafísico. Es, realmente, increíble contemplar tal vasta vacuidad… Es casi tan estéril artística, intelectual y culturalmente como el Desierto del Sahara” (
Económicamente, las estrategias del New Deal de Roosevelt en los años 30 y la llamada Revolución Bulldozer en los 40, de naturaleza industrial y de maquinaria, mejoraron la situación del Sur. Además, muchas empresas que proveían de maquinaria y armas al ejército durante la segunda guerra mundial se instalaron en tierras del Sur, incrementando así su poder económico y sus puestos de empleo. De todos modos, las principales variaciones que tuvieron lugar fueron de apariencia más que de ideología. Incluso cuando el Sur aceptó estas renovaciones para sobrevivir en la economía nacional, el sentimiento era de rechazo. Edward King en sus diarios de viaje a lo largo del Sur entre 1873 y 1874, mientras trabajaba para el Scribner’s Monthly, ya atisbó lo perjudicial del avance tecnológico en el Sur:
Los ferrocarriles que ahora penetran el Sur en todas direcciones, y las prosaicas, aunque cosmopolitas, carreteras federales que, a ojos sureños, corren con tal irreverente ausencia de reparo por las fronteras de los estados, que aniquilan todo el sentimiento local, están, sin duda alguna, anulando la devoción de los derechos estatales. Viajantes curiosos en el Sur han observado que tan pronto como un ferrocarril penetra una sección, el sentimiento con respecto a los asuntos del mundo exterior se liberalizan a lo largo de dicha frontera [. . .] Sin embargo por más que dañen las vías de los trenes el apego de cada individuo a su estado y vecindario particular, este apego resistirá durante muchos años como una de las propiedades prominentes del carácter sureño. (772)
La naturaleza “prosaica” de la invasión urbana en el paisaje original del Sur, arrancó de raíz los estímulos esenciales para aquellos que se definen como sureños. La asociación de la nueva infraestructura ferroviaria con el atributo “cosmopolita” puede liberarlos de las ataduras locales, y, sin embargo, lo urgente, para el Sur, ya en este momento histórico, pero aún más después de la Revolución Bulldozer, era acentuar las diferencias que los hacía únicos. La industrialización en este pasaje se describe desde la perspectiva de una persona del Norte, y, aún así, este narrador intenta procesarla a través de los principios y valores del Sur. Por este motivo, la descripción sugiere que el desarrollo le ha faltado al respeto a la sagrada institución del Sur prebélico. Estos avances se interpretan como una ofensa que, además, infectó la pureza del Sur.
W.J. Cash menciona también estos cambios o los avances en la industria de la agricultura que, igualmente alteraron ese inmaculado paisaje: “Los nuevos campos, [. . .] estaban llenos de hachas y de humo punzante y agrio. […] Era muy probable que desapareciesen los puntos de referencia de la noche a la mañana. La vida, simplemente, no podía ser [. . .] algo estable que se pudiera tomar con una disposición calma, despreocupada y grácil” (12). El mismo tono crítico ante el proceso que tanto acercaba al Sur a la nación como ponía en peligro su entidad peculiar, es utilizado por uno de los Poetas Fugitivos,2 John Crowe Ransom, quien comenta lo siguiente en una reflexión sobre su poema “Prelude to an Evening”: “[El hombre] ha creado, [. . .] un revoltijo de pequeñas máquinas y mecanismos que al mismo tiempo que le ayudaban a ahorrar fuerza, se la han disminuido, dejando su cuerpo débil y su mente carente de objetivos” (155).
Así la economía de la nación llega al Sur y la literatura del Sur llega a la nación, difuminando de alguna manera esta barrera histórica, gracias al reconocimiento, entre otros, de autores como Robert Penn Warren, Katherine Ann Porter o Flannery O’Connor. O’Connor, quien, de hecho, escribió en 1955 un relato titulado “Good Country People” que puede servir como una alegoría de un Sur que ha aceptado sus componentes grotescos, que se ha desarraigado de los convencionalismos religiosos y se ha sumergido en la academia y la cultura; pero, gracias al humor chocante de la escritora, podemos obtener la visión de una sureña que es capaz de profundizar en sus raíces e ir más allá de los estereotipos, desmontando a lo largo del relato todo los personajes tipo que el lector imaginaba encontrar. Hulga, la rebelde hija, de treinta y dos años, de dos granjeros, es descrita así por el narrador a través de las preocupaciones de su madre:
La muchacha había hecho su doctorado en filosofía y esto había dejado en total desventaja a la señora Hopewell. Uno podía decir: “Mi hija es enfermera”, o “Mi hija es maestra” o incluso “Mi hija es ingeniero químico”. Uno no podía decir “Mi hija es filósofo.” [. . .] Joy se pasaba el día sentada en un hondo sillón, leyendo. De vez en cuando, se iba a caminar, pero no le gustaban los perros ni los gatos ni los pájaros ni las flores ni la naturaleza o los jóvenes. Miraba a los jóvenes como si estuviera oliendo su estupidez. Un día la señora Hopewell había cogido uno de los libros que la muchacha acababa de dejar y, abriéndolo al azar, leyó: “[. . .] la ciencia no desea saber nada acerca de la nada. Eso es, después de todo, la actitud estrictamente científica frente a la Nada. Lo sabemos al no desear saber nada acerca de la Nada”. Estas palabras [. . .] tuvieron para la señora Hopewell el efecto de alguna encarnación diabólica en forma de parloteo. Cerró el libro rápidamente y salió del cuarto como si estuviera a punto de ser presa de terribles convulsiones. (268-9)
Cuando el Sur absorbe de manera forzada los términos que el Norte impone, en un intento de alejarse del estereotipo de escasa sofisticación e ignorancia, el resultado roza el ridículo. Los significantes del Sur inadaptado se aplican, sin éxito, a elementos de la realidad, valores e ideas que no corresponden al contexto en el que son interpretados y la situación resultante es delirante.
El Sur postmoderno
Y, a pesar de que los libros no salvan de la brutalidad a los personajes de los relatos mencionados, el avance cultural durante los años 60 y los movimientos por los Derechos Civiles cambiarán no sólo el Sur sino los Estados Unidos, eso sí, no de manera definitiva ni alcanzando un ideal de igualdad. La literatura relacionada con el movimiento tendrá como objetivos principales denunciar y reafirmar. Así lo hace el siguiente poema de la poetisa de Kansas Gwendolyn Brooks titulado “Still Do I Keep My Look, My Identity...” (“Aún así mantengo mi apariencia, mi identidad…”):
Todo cuerpo posee su arte, su preciosa pose prescrita
que incluso en curiosas contorsiones de pasión, vals
o golpes de dolor —O cuando una pena da una puñalada
O el odio lo hace trizas —es de su propiedad y de nadie más. […]. (231)
Los años 60 no sólo causan trauman en estos cuerpos, símbolo de la esperanza común, al observar el rechazo a un estado de justicia social e igualdad, sino también los marcarán la cruel experiencia de la guerra de Vietnam. A este respecto, resultan interesantes las siguientes palabras del líder del movimiento por los derechos civiles Martin Luther King en su discurso “A Time to Break Silence” (“Un momento para romper el silencio”), que parece resumir el despertar general de las voces minoritarias en los diferentes estados: “Nos han hecho enfrentar repetidamente la cruel ironía de ver a los chicos negros y blancos en las pantallas de los televisores mientras matan y mueren juntos por una nación que ha sido incapaz de sentarlos juntos en las mismas escuelas” (
El problema es que la historia de los Estados Unidos se ha narrado desde la perspectiva del presente en la que América y Norte se convertían en sinónimos, mientras que el Sur ha continuado mirando al pasado, y narrando y fabricando su historia desde la nostalgia y la memoria. Y esto ocurre a medida que la globalización aumenta, que las estrategias políticas de manipulación en el Sur, como las trabajadas por Richard Nixon con “The Southern Strategy” en su campaña del 1969, complican todo esto y diluyen cualquier intento de conseguir una sensación de integridad, de identidad no fragmentada. De hecho, Arthur Miller en su artículo “Sincerity Lacking”, publicado en 1967, demuestra tener pocas esperanzas en las nuevas generaciones del país, en la que llama “una era de abdicación”, de las que dice que no es que sufran de una falta de comunicación, “sino de la falta de un tipo de sinceridad tan impresionante que te deja sin respiración y, que de un golpe, los ha convertido en tarados morales” (
Las parcelas se extienden a lo largo del Oeste de Kentucky como una marea negra… Leroy no consigue adivinar quién vive en todas esas casas nuevas. Los granjeros que se solían reunir alrededor de la plaza del juzgado en las tardes de los sábados para jugar a las damas y escupir el jugo del tabaco han desaparecido. Hacía años que Leroy no pensaba en los granjeros y habían desaparecido sin que él se diera cuenta. (5-6)
Las tradiciones se pierden. Los pasatiempos pasan de ser momentos de inclusión en la comunidad, a un mayor aislamiento provocado por una total entrega del tiempo y atención a las nuevas transmisiones y recursos mediáticos. El paso del tiempo obliga al Sur a volver a delinear su geografía humana y física, aunque las incursiones en la modernidad sean percibidas como impuestas e infecciosas. Parte de este cambio llega con el denominado “Sun Belt” y la expansión hacía el Oeste. El Sur comienza a convertirse en una mercancía que puede publicitarse y hacerse atractiva para el Norte. Zonas como California se convierten en destinos ideales de turismo y, es más, el pasado anteriormente rechazado por vergüenza y culpa se reescribe de forma parcial y resaltando las cualidades de un Sur puro e inocente, hasta el punto de conseguir venderlo como una pantalla o escenario en la que el visitante puede volcar sus fantasías y sumergirse en un mundo intacto al que poder volver cuando la nostalgia por un pasado que nunca vivieron les ataque. Y en este Sur sumergido en lo absurdo, Lewis P. Simpson acuña el término Postsureño, un Sur que deberá aceptar la intertextualidad, entendiendo el uso del término como la inclusión de elementos extraños, para poder prosperar en su afán de alcanzar una incorporación final en el discurso nacional.
A pesar de que el Sur aparece ante los ojos del lector contemporáneo bajo el efecto de pentimento3 (Willie Morris), en la que sólo podemos adivinar lo que fue, viendo trazos de lo que actualmente es, el discurso del autor sureño no es siempre pesimista. Incluso en la distopia de Cormac McCarthy The Road, padre e hijo buscan la esperanza en el Sur. Doris Betts explica en un artículo en el que habla sobre su proceso creativo que en la complejidad que requiere un intento de retratar el Sur actual, como en su novela Souls Raised From the Dead, “la esperanza puede ser susurrada tan suavemente que puede ocurrir que no todos los lectores se den cuenta de que hay ‘padres’ y ‘Padres´ en el párrafo final” (
El Sur no ha desaparecido pero en el proceso de americanización sí se ha transformado y como dice Edward P. Jones: “El sur es la mejor mamá del mundo y la peor mamá del mundo” (viii). El sureño debe decidir “qué parte de su herencia debería descartar y a cuál debería aferrarse” (Boles, 542). Sin embargo, ésta será una hazaña complicada al tratarse de un lugar repleto de “fantasmas”. Binx Bolling, en la novela de Walker Percy The Moviegoer, viaja al Norte, siendo consciente de la opresiva presencia del pasado en el Sur. Pese a ello describe así las ciudades que encuentra en sus incursiones en el Norte: “un lugar peligroso [. . .] [donde se puede sentir] el viento de los espíritus, brotando excitado y con lamentos de alarma” (203). Por lo tanto, un hombre del Sur se siente más seguro rodeado de la inquietante presencia de los espectros del pasado, las memorias que avergüenzan, que en el temido Norte que produce terror al no poderse controlar.
Pero el Sur no puede permanecer encerrado en la obsesión con su pasado. Uno de los personajes de Barry Hannah en su última colección de relatos Long, Last, Happy, “Out-Tell, the Teller”, afirma que “si te introduces en tu historia dorada, tan sólo caminarás dando vueltas en la parálisis de tener tus botas llenas de lodo” (435). Si el sureño se empecina en construir su identidad según los estereotipos y perpetuados en la historia se sentirá como explica el ilustre historiador sureño Noel Polk “más frecuentemente cancelado que afirmado [. . .] en un infinito desconcierto de resonancias y mitos cuyos orígenes ya no pueden ser localizados” (10).
El fecundo imaginario del Sur no debería alcanzar tal nivel de protagonismo en la identidad regional hasta el punto de bloquear la identidad del individuo contemporáneo, simplemente por un deseo de complacer al discurso mayoritario nacional (Egerton, 25). El sureño debe reapropiarse de los símbolos que los representan, para redefinirlos en un intento de ser fieles y justos con el pasado, conformes pero libres de complejos de inferioridad. Así podrán observar la producción constante de nuevos emblemas, contenedores de la reciente historia sin el lastre de las antiguas deshonras.
Igualmente, la tragedia de los recientes ataques terroristas del 11 de septiembre crearon de manera inmediata un sentimiento de unión que ha eclipsado las diferencias y discursos regionales (Moss, 234). Por lo tanto, la afirmación del Presidente Obama en su discurso de investidura de las elecciones del año 2012 contienen una verdad innegable pero que requiere un matiz; el Presidente declaró: “Esta noche, más de 200 años después de que la antigua colonia obtuviera el derecho a definir su propio destino, la tarea de perfeccionar nuestra unión da un paso al frente” (
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