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—¿Por qué no te quedas un día más? —le propuse cuando llegamos. Ella me miró de ese modo que me desconcertaba—. Tu asunto ya quedó arreglado —le insistí—. Tómate un descanso.
—¿Sabes una cosa? —me dijo—. ¡Me alegro tanto de haberte encontrado! —Debo confesar que aquella expresión, y el beso apasionado que le siguió, alimentaron mi ego. Le pedí que descansara, y prometí regresar para llevarla a comer. Me fui de prisa a buscar a Guillermo.
No esperaba yo nada de Gabriela, después del día siguiente no la volvería a ver y no lo lamentaba. Pero aquel encuentro inesperado me había traído una grata nostalgia de mis días en la universidad, había halagado mi orgullo de varón, y al mismo tiempo venía a reforzar mi convicción de estar bien, demostrándole que incluso a ella podía tenderle la mano. Y por añadidura, me había obsequiado un poco de ternura para el sexo, que no había disfrutado hacía tiempo.
No pude volver a tiempo para la comida, y así se lo hice saber por teléfono. Llegué casi al anochecer, con una botella de vino y un ramo de flores que ella no me iba a agradecer. Pero no la encontré.
En la penumbra del apartamento solitario encontré la cama sin tender, ropa tirada en el suelo, en la cocina los trastes sucios del almuerzo, y junto a un cenicero atascado, esta infausta nota sobre la barra del desayunador:
“Te esperé cuanto pude, hubiese preferido decírtelo a la cara. Aunque sé que no llegarás a perdonarme, te debo una disculpa interminable. Te mentí en dos cosas fundamentales: no es Oaxaca, sino Chiapas donde vivo. Y no son herramientas agrícolas, sino armas y municiones lo que gentilmente me ayudaste a transbordar. Por mi conducto, el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional agradece tu desinteresada colaboración, que ayudará a sostener la lucha armada para la liberación de nuestros hermanos indígenas, y te garantiza un absoluto anonimato. Personalmente agradezco tu hospitalidad, tu trato y tu champaña, debo confesar que me gustó. Ha sido para mí la misión más grata en muchos años. No olvidaré que lo has hecho por mí.” Gabriela.
No sé cuánto tiempo permanecí mirando aquel papel terrible, sin comprender lo que me había ocurrido. Después fui al refrigerador, tomé la primera cerveza de la noche y, con el mensaje en la mano, me fui a sentar a la sala. A la primera le siguieron muchas cervezas más. Amanecía ya cuando vencí la tentación de abrir una botella de champaña.
El permiso
Para Alfredo, para Lolis,
que nos han enseñado como florece
la amistad en la Tierra Pródiga
I
Era viernes, de Nuestra Señora del Rosario, el día que perdí la inocencia. Como no hubo clases, la Madre Directora decidió que ese día después de misa se hiciera el paseo para el grupo de sexto. Paseo que nos tenía prometido desde Fiestas Patrias, cuando sin proponérnoslo, ganamos el concurso municipal de oratoria. Ni en sueños hubiésemos pensado que la gorda Licha podía llegar a la eliminatoria final, mucho menos hubiéramos imaginado que podía ganar. Pero lo hizo, y la Madre Conchita se puso tan contenta que en ese mismo instante nos ofreció llevarnos de paseo al río de La Villa. Ésa sí que fue sorpresa para nosotros, fue tanta nuestra alegría que le cantamos porras a la Gorda, la alzamos en hombros y algunos hasta besos le dieron.
Nuestro júbilo duró lo que tardó la Madre Conchita en entrar al despacho de la Madre Directora, y salir casi de inmediato, con la cara colorada por la regañiza y el gesto contrito por la negativa. Y allí hubiera quedado su buena intención, pero una llamada del papá de Tomás, que es el presidente de la sociedad de padres, logró que la Madre Directora atenuara sus recelos y terminara aceptando; dijo que sí pero no puso fecha. Como quiera, bastó con que dijera que sí para devolvernos la alegría y salvar la palabra empeñada de la Madre Conchita.
Este fue mi primer pecado. Porque yo, junto con los otros vales, fui de los que animamos a Tomás, o más bien, casi lo obligamos a que convenciera a su papá, a que lo atosigara con ruegos y súplicas para que hablara con la Directora, y nos dejara hacer el paseo. Todo porque Álvaro nos había ofrecido que, en un descuido de las madres, nos escurriríamos de la Poza Honda, que es a donde nos querían llevar, y que él nos guiaría hasta la cascada de Los Chorros, que conocía porque sus primos mayores lo habían llevado allí en vacaciones. Según él, en esa cascada se podía escalar y saltar desde lo alto, para caer entre la espuma que el agua revuelta hace, y si uno sabía nadar bien y tenía buenos pulmones, alcanzaría a tocar el fondo arenoso de la poza, a más de cuatro metros de profundidad. Álvaro alardeaba de haberlo logrado, y nos retaba a hacer lo mismo durante el paseo.
Era viernes de Nuestra Señora, y era mucha mi mala suerte que la Madre Directora hubiese decidido dos días antes ponerle esa fecha al prometido paseo. Porque yo era el único de todo el salón que no había entregado el maldito trabajo de Ecología, y la Madre Conchita, que ya me había dado por tercera ocasión la última oportunidad, contuvo por fin su misericordia y se animó a decírselo a Mamá. Lo cual no fue la peor parte, sino que Mamá, que no guardaba más paciencia para mi persistente inconstancia académica, y un poco también por fastidiarlo a él, terminó por contárselo a Papá.
Papá es un hombre sumamente ocupado. La frase que más recuerdo haberle escuchado es: “no tengo tiempo”. Nunca tiene tiempo; sale de casa antes de las siete, hora en que yo me levanto. Al mediodía llega a comer a toda prisa, hace una muy merecida siesta, durante la cual la casa debe permanecer en silencio, y vuelve al trabajo enseguida, para tornar ya noche, cuando Mamá ha terminado de ver su novela y yo, con mucha frecuencia, estoy ya dormido. Tan ocupado Papá, que más de una vez no llegó a la cena de aniversario que Mamá le tenía preparada, lo que ella no pierde ocasión de echarle en cara, sobre todo cuando hay visitas. Tan ocupado Papá, que no siente curiosidad por la marcha de mis estudios, y si alguna vez tiene que mencionar el grado en que voy, debe preguntárselo a Mamá primero. Pero en las raras ocasiones en que decide intervenir en mis asuntos escolares, como en ésta, las consecuencias suelen ser funestas. Así que al darnos la Madre Conchita la esperada noticia, yo les seguí el juego a los otros, grité y aplaudí, y con ellos hice planes para escabullirnos a la cascada, y juramentos de no rajarnos de saltar desde lo alto. Pero por dentro ya lloraba, de pensar que sería el único del salón que no iba a ir al paseo.
Lo que me agüita bien mucho es saber que fue mi culpa. Todo por mi maldita flojera. ¿Qué me costaba haber hecho la tarea? Mi abuelita Trina me dice siempre que el trabajo es una bendición de Dios, que gracias a él tenemos qué llevarnos a la boca, y que en cambio, la flojera es cosa del demonio. Yo, para desdicha mía y de mis papás, he sido perezoso desde chiquito, nunca me gustó hacer el quehacer, ni ayudar en la casa, ni hacer mandados y menos todavía hacer tarea. Puedo jugar futbol tres horas seguidas sin sentir cansancio, puedo subir en bicicleta al Cerrito con los compas, y a veces le ayudo a Chuy a lavar su troca, que está bien grandota, pero no me sienten en la mesa del comedor frente a una libreta de la escuela, porque de inmediato me empieza a doler la panza, me entran unas ganas terribles de ir al baño, me da sed o me duele la cabeza. Mamá, que nunca me cree, se enoja, grita, se desespera y termina rindiéndose antes de diez minutos. Sólo mi abue Trina es persistente, me atosiga con sus discursos sobre la maldad de Lucifer, las terribles llamas del averno, y las mil torturas que allí sufren las almas descarriadas. Me restriega una y otra vez mi flojera en los oídos y no todas, pero muchas veces, consigue que yo haga mi tarea.
Ahora debo aceptar que ella tenía razón, y que yo ya debo de estar condenado. Porque yo sabía que no tenía derecho de ir al paseo, después de que Papá, furioso porque Mamá le había dicho de mi tarea inconclusa, y también porque según él, Mamá lo molestaba porque ella no era capaz de hacer lo que le correspondía, me pegó una santa cueriza, me castigó un mes sin salir a jugar y lo que más me dolió, me prohibió que usara la camiseta oficial de la Selección que acababa de traerme de Guadalajara. Todo por no haber hecho la tarea de Ecología, y haber provocado que Papá le reprochase a Mamá su descuido en mis estudios, y que ella le contestara que yo era hijo de los dos, y que él jamás se había dignado pararse por el colegio. A lo cual Papá respondía que su obligación era traer dinero a casa, y que diera gracias que ganaba lo suficiente para tenerme en el colegio, lo cual, por cierto, se hacía para complacerla a ella, pues de sus ganas, él me hubiera mandado a la escuela pública, para que me hiciese hombrecito como él, en vez de andar entre las faldas de las monjas. Invariablemente, Mamá le respondía que precisamente para eso me había metido al colegio, para evitar que me convirtiera en un bruto, como él. Y de estas razones pasaban a los reproches, los gritos y las majaderías, como les decía mi abuela, para terminar siempre con el portazo que daba Papá cuando, furioso y desencajado, abandonaba la casa. Lo peor no era que discutiesen, y que incluso hubiesen llegado a los golpes, sino que yo estuviera allí presente, escuchándolos y viéndolos encrespados como dos gallos de pelea, sobretodo cuando yo tenía la culpa de sus pleitos. Porque mi abue Trina dice que a pesar de su carácter arrebatado, Papá es un hombre bueno, y que Mamá hace muy mal en enfrentarlo y responderle, porque los hombres así son, y la mujer debe aguantarse y ofrecérselo todo a nuestro señor, pero las mujeres de ahora han olvidado el respeto y la devoción, y por eso el mundo anda ahora de cabeza. Y a mí me dice que yo no debo dar motivo para que ellos tengan disgustos, porque si no un día de estos Papá se va a cansar, y terminará por irse de la casa, y que yo soy el único que puede mantenerlos unidos. Por eso creo que ya me condené, pues aún sin tener derecho, y a pesar de que ni siquiera había empezado a hacer el trabajo que causó mis males, ese día, cuando la Madre Conchita nos anunció que la Directora acababa de autorizar el paseo para el día de nuestra señora, nomás llegué a casa, me lancé tras Mamá para pedirle, para rogarle que me dejase ir. Y aunque me dé vergüenza, no sólo supliqué, sino que lloriqueé, pataleé, juré por la virgen que Papá no se enteraría, al fin él nunca se daba cuenta de nada. Que ya tenía avanzado mi trabajo y que el sábado sin falta lo terminaría. Todo porque quedarme en casa ese día, mientras todo el salón se iba de paseo, y los otros vales se escapaban a la cascada, me parecía la injusticia más grande que podía ocurrir sobre la tierra. Y Mamá, pobrecita, fastidiada de tanta necedad, terminó por acceder.
Ese fue mi pecado, del que tantas veces me previno mi abue. Aunque yo podría alegar que en realidad la culpa fue de la Sofi, pero nadie va a creerme. Porque el día que la Madre nos dejó la tarea de Ecología, ella llevaba su faldita corta, que es muy corta, y cuando lo hace, la Madre la castiga mandándola hasta atrás del salón, a dos filas tan sólo de mi banca. Y yo apenas necesito voltear para mirarla, y entonces recuerdo lo que mis compañeros dicen de ella, lo que algunos afirman haber visto, y me vienen pensamientos raros, y parece que estuviera dormido y despierto al mismo tiempo, y me da por no entender lo que la Madre dice, y no apunto nada. Por eso no me di cuenta de que nos dejaron ese trabajo, hasta el día que teníamos que entregarlo y yo era el único que no lo llevaba.
II
Lo que sí, es que al principio fue bueno, o mejor decir, buenísimo, que me hubieran dejado ir. Porque tal y como lo habíamos acordado, en el primer descuido de la Madre Conchita y las otras madres, Álvaro, Rubén, Agustín, Braulio, el gordo Tomás y yo nos escabullimos entre las matas de la orilla y salimos destapados aguas arriba. Tal vez no tan alta como Álvaro nos la había pintado, pero allí estaba la cascada de Los Chorros, con aquella pared escarpada, de la que colgaban algunas matas solitarias, y a la cual había que trepar con cuidado, agarrándose de las salientes filosas, hasta alcanzar lo alto. De allí había que caminar, con el agua a la rodilla, hasta una piedra plana que sobresalía al centro del cauce, justo sobre el borde de la cascada. Y desde allí nos lanzábamos a las aguas turbulentas, pero por más esfuerzos que hacíamos, aguantando el aire hasta que los pulmones parecían a punto de explotar, sólo Braulio, en una ocasión, logró agarrar un puñado de arena del fondo de la poza.
Pero las emociones fuertes me esperaban al regreso. Después de un rato que parecía ya largo, Agustín y yo comenzamos a sentirnos nerviosos, y a decirles a los demás que ya era hora de regresar. Tomás, que es el más dañero, comenzó a decirnos maricones y los demás le siguieron, y se volvieron a trepar a la cascada. Yo era el más preocupado de que la madre notara nuestra ausencia, por las consecuencias que esto podía acarrearme, así que le dije a Agustín que si ellos querían, que se quedaran, pero que nosotros nos regresáramos. Agustín no se animaba, y cuando finalmente lo convencí, el gordo Tomás se dio cuenta de nuestra intención, corrió hasta nosotros y nos arrebató las toallas, se regresó a la poza y se las aventó a Rubén. Nosotros les gritamos que nos las devolvieran, pero ellos se reían y se las aventaban de uno a otro, ya totalmente empapadas. Agustín se metió al agua y yo me fui tras él, pero al ver que nos acercábamos, ellos las arrojaron tan lejos como pudieron y salieron a la orilla. Nosotros nos lanzamos a recogerlas y ellos, risa y risa, con el maldito gordo a la cabeza, emprendieron la vuelta. Agustín nadó hasta alcanzar su toalla, pero el infeliz no recogió la mía, así que cuando por fin la recuperé, ya todos se habían marchado.
Maldiciendo de todo corazón a mis amigos, con los ojos anegados de lágrimas, casi arrepentido de haber venido al paseo, inicié mi apresurado regreso. Mi mayor angustia era que los muy traidores fueran a acusarme con la Madre, porque entonces sí que me iba a esperar un fusilamiento en casa. A medio camino se me ocurrió una idea; si me subía al promontorio que bordeaba el río y caminaba entre los árboles, podría llegar a la Poza Honda por el lado opuesto, alegándole a la madre que había ido al baño y haciendo que aquellos infelices se llevaran un chasco. Entusiasmado con la idea, trepé el promontorio y me fui caminando bajo la sombra de los árboles, hasta que ya escuchaba la gritería de mis compañeros y sus chapaleos en el agua. Alcancé a oír que la madre los llamaba, avisando que era hora de comer. De pronto, al rodear el tronco enorme de una ceiba, me topé con la visión que me hizo olvidar lo que venía pensando. Allí, sobre un montículo de hierba, de espaldas a mí y a escasos metros de donde yo me hallaba, con el cabello mojado y los hombros bronceados de sol, estaba la Sofi, envuelta en una enorme toalla mientras se cambiaba de ropa. En ese momento, cayó al suelo su traje de baño, y yo sentí que el suelo oscilaba bajo mis pies. Ella volteó al sentir mi mirada, y no había enojo en su semblante. Yo debo haber ofrecido una estampa lamentable; desgreñado, con los ojos llorosos, paralizado de miedo como un conejo encandilado. La Sofi se echó a reír y se giró para verme de frente. Yo deseaba que la tierra se abriese a mis pies, y hubiera salido corriendo de allí, pero no lograba que mis piernas temblorosas respondiesen. Fue entonces cuando la sonrisa de la Sofi cambió, se hizo como dura, malévola, y sin decirme nada, abrió de repente la toalla y develó ante mis ojos incrédulos aquel misterio del que todos hablaban en el colegio. Y mientras ella se envolvía nuevamente en la toalla, y con risa burlona me daba la espalda, yo eché a correr como enyerbado, sintiendo que el corazón me saltaba por la boca, y repitiéndome, a cada golpe de la sangre en mi sien afiebrada, que efectivamente, como todos afirmaban, la Sofi ya había dejado de ser niña.
III
Cuando iniciamos el regreso, fui el último en abordar el camión, y el único lugar vacío estaba adelante, junto a la Madre Conchita, lugar que a propósito me habían dejado aquellos maloras, para que se me quitara lo sangrón, o lo turulato, porque no acababan de entender lo que me había sucedido cuando regresamos de Los Chorros. Primero se cansaron de burlarse de mí, de engañarme diciendo que la madre nos había descubierto y que me acusaría con mi mamá, y les parecía raro que yo no les hiciera aprecio. Después se preocuparon pensando que algún bicho me había picado, y terminaron enojados porque yo ni los oía ni les contestaba nada, nomás permanecía en silencio, con la mirada perdida, como si hubiese tomado de la bulinguita del chofer.
Porque desde la mañana, cuando íbamos en camino, el maloso de Tomás se dio cuenta de que el compadre del chofer, que lo acompañaba en el viaje, traía una bulinguita de plástico, de la cual de rato en rato tomaban ambos, cuando las madres no los veían, y luego bromeaban entre sí. Las madres ni se las olían, pero nosotros sí porque Tomás nos lo dijo, como su papá tomaba todos los fines de semana, su olfato estaba bien entrenado. Ellos siguieron recurriendo a la bulinguita durante todo el paseo, especialmente mientras nosotros nos bañábamos, y la risa les duró hasta la hora de la comida, cuando pidieron agua para beber. Ya en el regreso se les fue acabando la alegría, y cuando comenzamos subir La Cumbre, el chofer y su compadre permanecían largos ratos silenciosos y a veces daban cabeceadas. Como yo iba adelante podía verlos y quizá debí advertírselo a la Madre, pero yo no estaba dentro de mí, sino que flotaba en un sitio lejano, junto a una ceiba enorme, y además, la Madre a mi lado roncaba a placer, mientras su cabeza giraba a un lado y al otro con las curvas del camino. De vez en cuando el chofer bostezaba y se frotaba los ojos, y entonces su compadre le hacía algún comentario, que él respondía con un gruñido. El camión continuamente invadía la raya blanca del centro del camino, y tardaba en enderezar el rumbo, hasta que en la recta larga antes de El Tigre, de plano invadió el carril contrario. Como si fuera un video, yo vi aparecer en el otro extremo del camino una camioneta de redilas, y el chofer tardó bastante más que yo en descubrirla, pero al verla, pisó el freno bruscamente y giró el volante para recuperar su carril.
A partir de allí fue como si la película la hubiesen puesto en cámara lenta. El camión iba de un lado al otro de la carretera como los juegos de la feria. La camioneta tardaba una eternidad en acercarse a nosotros, y yo volteé a ver a mis compañeros, vi como se iban despertando con las sacudidas, ponían cara de susto y comenzaban a gritar como poseídos. Tengo la impresión de haberlos mirado, a cada uno, y aún oigo los gritos de la Madre cerca de mi oído. No estoy seguro, pero tengo idea de haber visto la camioneta pasar en sentido contrario por nuestro costado, y hasta recuerdo la cara asustada del chofer. El camión comenzó a chicotear con más fuerza, hasta que en una de esas alcanzó la orilla de la carretera, se detuvo allí por una milésima de segundo y luego comenzó a rodar de costado sobre la vegetación que cubría la pendiente. Fue como si nos hubiesen metido en una licuadora; yo veía, o soñaba que veía girar a mi alrededor mochilas, huaraches, gorras y rostros de mis compañeros. Y hasta me pareció que me salía por una de las ventanas.
IV
La tarde avanzaba y Papá la ocupaba revisando los informes de los sobrestantes. De pronto lo distrajo el timbre del teléfono que sonaba en el escritorio de al lado, a pocos centímetros de él, pero no se molestó en contestar. Al cuarto o quinto timbrazo entró Lupita, la secretaria, y alzó la bocina, mirando con reproche a Papá.
—¿Buenó? —contestó Lupita, con su voz aguda—.¿Quién es? Apenas te oigo, habla más fuerte —añadió, subiendo el volumen y haciendo que Papá se revolviera incómodo en su asiento—. ¿Cómo dices? —y después de un largo silencio, exclamó—: ¡Virgen Santa! —y acto seguido se desmayó. Cayendo detrás del sillón de Papá, que alarmado, la vio tendida en el suelo.
—¡Lupita!, ¡levántese!, ¿qué le pasa? —gritó Papá, asustado y colérico, soltando los papeles que tenía en la mano y agachándose hacia ella—. ¡Lupita! ¡Carajo! ¡Levántese! ¡Me lleva la jodida! —e intentó hacerla reaccionar, pero no lo logró—. ¡Auxilio, gente! ¡Lupita se desmayó! —gritaba histérico, pero nadie acudía a su llamado.
—¡Lupita, Lupita! ¡Por Dios! —exclamaba, nervioso. En ese momento, algunas cabezas se asomaron por la puerta del cubículo—. ¡Ayúdenme! —les gritó—. ¿No ven que está desmayada? —Y entonces varios se acercaron y la alzaron en vilo—. ¡Hay que llevarla al sofá! —ordenó Papá—. ¡Hablen al Seguro!
—¿Qué pasó? —preguntaban todos, y Papá se encogía de hombros.
Atraído por los gritos, el ingeniero Manzo se acercó en el momento en que llevaban a Lupita hasta el sofá. Manzo se asomó al cubículo y descubrió el auricular que colgaba del cable, chocando contra la pata del escritorio. Al levantarlo, alcanzó a escuchar una voz que gritaba.
Apurado con la inconsciencia de Lupita, Papá no se enteró que quien llamaba era el jefe de la brigada que andaba para la Costa. Con él se topó en El Zapote el chofer de la camioneta. Más espantado que un muerto reciente, tras haber librado el camión como de milagro, y ver por el retrovisor cómo éste se acostaba sobre el vacío y daba volteretas cuesta abajo. Le faltó valor para regresarse, pero se detuvo en El Zapote. Con piernas temblorosas se acercó a la brigada de la Comisión, que se había detenido allí para tomar un refresco, y les contó lo sucedido. Como su radio no tenía baterías, el jefe de la brigada corrió a la caseta e hizo la llamada que finalmente tomó Manzo, y después salió destapado hacia el lugar del accidente.
Cuando el alboroto de la llamada superó al que había armado Lupita con su desmayo, Papá preguntó qué sucedía.
—¡Es la excursión del colegio, Vale! —le informó Michel, que pasaba veloz junto al sofá—.¡Se accidentaron al subir la Cumbre!
—¡Qué bueno que yo no dejé ir a mi chamaco! —exclamó Papá sin siquiera pensarlo, y lo alcanzó a oír el gerente, que avisado por Manzo salió a tomar personalmente la llamada. Como su hijo era mi amigo, el gordo Tomás, pronto se organizó un grupo de rescate encabezado por el propio gerente. Cuerdas, palas, linternas, botiquines, todo lo que estuviera a mano fue montado en dos camionetas. Al igual que todos, Papá se ofreció de voluntario.
—¡Tú te quedas, no tienes asunto allá! —le espetó bruscamente el gerente, mientras se ajustaba un casco prestado. Y suavizando luego el tono, añadió—: Alguien debe atender el radio y los teléfonos. Avisas a Seguridad Pública, al Ayuntamiento, a la Federal, a la Cruz Roja; cuanta ambulancia encuentres de aquí a la costa, quiero que me la mandes —. Y ya en la puerta se detuvo, sin dirigirse a nadie en especial—: Todavía no avisen a mi casa.
Después de un rato que se le hizo largo, en el que cumplió uno a uno sus encargos y mandó que llevaran a Lupita al Seguro, Papá marcó a casa:
—¿Diga? —preguntó Mamá al alzar la bocina.
—¿Dónde está aquél? —inquirió Papá, sin mayor preámbulo. Aún sentía en el paladar el agrio sabor de la discusión con que se habían despedido aquella mañana.
—¿Perdón? —replicó Mamá.
—¿Que dónde anda aquel? —repitió Papá impaciente—. Te estoy preguntando.
—¿Te refieres a tu hijo? —preguntó Mamá, haciendo tiempo para descifrar por dónde venía la embestida.
—¿A quién más?, ¿dónde anda?
—Como no sabía quién llamaba —comentó Mamá, ácida y suavemente.
—No estoy para tus tarugadas —la cortó Papá—, pásamelo ya.
—Es que no está —respondió Mamá en tono de reto.
—¿Cómo que no está?, ¿qué no dije claramente que estaba castigado?
—Fue a casa de Nachito —replicó Mamá sin dejarse amedrentar. Todos, hasta Papá, sabíamos que Nachito no tenía teléfono— a copiar la tarea de Ecología. Como ya es viernes y no la ha terminado, tuve que dejarlo que fuera a copiarla. Si no la entrega el lunes, la madre lo reprueba.
—Pero yo le dije que le iba a ayudar el sábado —exclamó Papá molesto.




