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Los muchachos y muchachas que entonces amábamos eran íconos rebeldes, algún hippie con un librito de León Felipe bajo el brazo, un estudiante con morral y ojotas, discípulo de la revolución rusa, esfumándose en una estación de ómnibus interprovincial, loco de amor por su terruño; una chica existencialista amante del teatro de Jodorowsky, vestida de negro, con tacones y medias cubanas blancas, que escribía poesía con los dedos llenos de nicotina.
Mi amor platónico era un estudiante universitario marxista, esquivo y misógino, que nunca me hizo caso, y a quien yo llamaba el muchacho de la montaña, porque imaginaba que se refugiaba en la sierra cada verano para activar su célula partidaria. Luego, en invierno, podía arremeter desde el campo a la ciudad, como años después lo hiciera Sendero Luminoso. ¿Habrá estado él entre sus filas? ¿Habrá muerto quizá junto a los cumpas?
Probablemente Madame Souplet, una dama francesa en París, también imaginó algo semejante con respecto a la mucama que leía a escondidas su libro de Jean Genet y que partió intempestivamente un día en que ella y toda su familia estaban de vacaciones. La atrevida le dejó sobre la alfombra la aspiradora, no descorrió las persianas ni alcanzó a hacer las camas (la bella señora grita de horror al entrar a su elegante vestíbulo), porque ese día alguien llamó a la mucama por teléfono y, entonces, esta le escribió una nota avisándole cortésmente que regresaba a su país y que por la paga de sus servicios tomaba de su bar dos botellas de champán, más una de vino árabe como compensación por tiempo de servicios.
La mucama, a la que un fiel amigo que se había enamorado de ella le había regalado el pasaje de vuelta a Lima, estaba harta de hacer la limpieza en casa ajena, en la Ciudad Luz, y decidió retornar a Lima. Esa mucama era yo.
Elaine Souplet, sospecho, debió pensar que su empleadita pequeña y dulce volvía a su terruño para alzarse en rebelión contra el gobierno imperialista de Belaunde, ya que precisamente ese año estallaba en el Perú la lucha armada, cuando en verdad esa chica, es decir yo, solo huía de una posible tercera guerra mundial, pronosticada por algún irresponsable político francés, y de las incomodidades de la buhardilla. Lo anunció, lo dijo a voz en cuello cuando tiró la puerta de servicio para siempre. Sí, se iba a dar un gran duchazo, pero un duchazo padre, justo en la casa paterna, algo con lo que fantaseaban todos los peruanos en París.

El doble de David Bowie me avisa que mi pedido acaba de llegar. Una antología de los sonetos de Rimbaud compilada por un argentino –E. M. S. Danero–, un librito de pasta celeste, de apenas 7 por 10 centímetros. Lo reviso, no es un libro virgen, ha sido vejado por otros ojos. Me llega contaminado por los sueños de misteriosos indigentes que, como yo, exclamaron: ¡Por fin «Al cabaret verde»!: «Pedí tartinas y jamón blanco...». Eso era lo que yo quería ver, por fin tenía cerca al energúmeno en la soledad de sus sonetos de juventud, más cerca y joven que nunca. ¿Podré volver a sentirlo como en ese instante en que mi corazón estallaba de dicha?

Las imágenes se entrecruzan a ritmo de cumbia, el baile colombiano que me esforcé en aprender para demostrarle a mi padre que sí sabía bailar. Al verme, él solo atinaba a inclinar la cabeza compungido. Recuerdo los anticuchos que se vendían al paso en las carretillas de la avenida Manco Cápac. Alumbrándose con lamparines de kerosene, las mamachas abanicaban sabrosos trozos de corazón debidamente adobados, que servían con una papita asada y ají amarillo. El tallarín saltado y el arroz zambito del Rosita los teníamos reservados para después de nuestras conversaciones sobre la poesía maldita, porque en ese tiempo Esther y yo nos sentíamos decididamente malditas.
Mientras caminábamos por las calles de La Victoria hacia su casa, íbamos dejando atrás el hocico, las manos procelosas y el rosario de Lima. De pronto, en una esquina asomaba François Villón, el poeta malhechor o tal vez el misántropo conde de Lautréamont, disfrazado de mendigo o adolescente prófugo del orfanato. También representábamos a Albertine Sarrazine y a Jean Genet, quienes habían huido primero del hogar asfixiante de sus padres adoptivos y luego de la cárcel, donde ingresaron por ladrones. Esther se identificaba con el destino de Albertine. Ella a veces era Albertine adoptada por una pareja de ancianos.
Años después, Esther se volvió investigadora y se anotó varios goles sobre la novela policial escrita por mujeres peruanas en las primeras décadas del siglo XX. En verdad, ella, además de poeta, era una exploradora fuera de serie de bibliotecas, que se hundía con la habilidad de un topo en los grasientos archivadores de las oscuras y mal ventiladas bibliotecas universitarias, con sus empleados gruñones y poco asertivos.
Esas bibliotecas me transportan a otros aires, los de la sierra de Lima, como la biblioteca de La Cantuta, enclavada entre los montes pelados de Chosica, llenos de casitas listas para ser arrasadas en temporada de lluvias. Una tarde de 1986, después de dictar tu clase en la Facultad de Letras, te tocó presenciar el aluvión bíblico que se llevó las viviendas precarias de los profesores y empleados de la universidad. Te persignaste porque a esa hora todavía no habías subido por el puente peatonal de El Pedregal –que nadie cuida, porque ni los estudiantes que lo utilizan para pasar al otro lado del Rímac contribuyen a su mantenimiento con una mínima cuota, y los elementos naturales lo van carcomiendo lentamente–. Unos metros más arriba, luego de cruzar el puente, el huaico te habría cargado también a ti, como hizo con el departamentito alquilado de la secretaria, el que rentó para ahorrarse el camino de regreso a Lima los días de juerga, que eran, qué duda cabe, los días de pago, en que lo poco que ganábamos se quedaba en las cantinas, esas pequeñas covachas donde vendían ron y cerveza en las laderas de los cerros tachonados de nubes y estrellas. Estas eran como boca de lobo insinuante de las alturas.
¿Y quién no chapaba con alguien en esas fechas? Hasta las profesoras se entusiasmaban y coqueteaban entre ellas como libertas lujuriosas, olvidándose del puritanismo de la escuela y del hogar. Las chicas serranas se tornaban especialmente apasionadas con el trago a cuestas y se mantenían frías y discretas sin él. Al día siguiente de la juerga, ninguna parecía recordar lo vivido. Me pasaba lo mismo con el profesor trotskista que editaba un periódico comunista que repartía entre los miembros de la comunidad universitaria. De figura amable, alto, delgado, elegantemente desgarbado, lucía su pobreza con la bondad de un sabio que no ambiciona riquezas sino justicia y equidad popular. «No le hagas daño», me pidió un día un amigo, «es el último romántico del Perú».
Cuando el profesor me telefoneó para echarme en cara mi actitud voluble frente a él, casi me susurró: «Lo que pasa es que tú amas a Rimbaud». «No había encono en esa voz», me dije, «pudo matarme y, en cambio, me compara con Rimbaud». Tras lo cual se lo podía ver, solo o acompañado, bebiendo en las chinganas de los alrededores de la universidad, en pleno desierto cantuteño, añorando con cada vaso de cerveza a quien lo abandonó por Rimbaud.
Pero la vida disipada no duró mucho porque al poco tiempo los docentes iniciaron una estampida general ante la inminente evaluación ordenada por el gobierno interventor de Fujimori. Algunos profesores murieron destrozados por las drogas o en accidentes de carretera cuando iban en pos de otro trabajo en el interior o, si no, terminaron como correctores mal pagados en las redacciones de periódicos o vendiendo cualquier cosa a los maestros que transaron con las nuevas autoridades. El pay –pasta básica de cocaína– mató a un psicólogo lector de Vallejo y Camus con el que me enfrascaba en tiernas disquisiciones sobre arte y literatura. Siempre me dio la impresión de ser un hombre tranquilo que moriría viejo y en gracia, pero de pronto las uñas le crecieron, su barba de chivo encaneció, la tez marrón de su semblante se volvió azulina y se olvidó de mi nombre, se olvidó de leer y murió solo en un cuartito de El Pedregal, dicen que de tanta pasta y soledad. Nunca se casó ni tuvo una amante conocida, probablemente amó a alguien en silencio, aunque ese alguien no se enteró.

A las seis de la tarde entrego el libro de los sonetos y salgo a caminar por una Lima que me depara alguna que otra sorpresa, un don que en realidad no proviene de Lima sino de mi juventud. Los viejos están cansados, han perdido ese don y por el contrario temen ser sorprendidos. La luz del atardecer ilumina las piedras ornamentales de la iglesia de La Merced. Permanezco clavada en el pórtico, aturdida por el enjambre de vendedores ambulantes. Uno de ellos, que sufre de párkinson, me ofrece una lotería; la mujer sin zapatos tiene la nariz roja de tanto beber; otra, con un niño a sus espaldas, vende velitas Misioneras; solo parecen faltar los saltimbanquis como Esmeralda y su cabrita blanca. Las gitanas van y vienen por el jirón de la Unión, delgadas, coquetas, con su baraja de naipes en la mano.
No he de entrar esta vez a la iglesia, pese a que se está oficiando una misa de difuntos y el cura que sahúma el templo debe estar esperándome. Represento la tentación y él lo sabe. Por eso huye de mí cuando le pido una cita para confesarme. Me la niega. Su negativa me da risa y me inspira, floto por toda la nave como un maligno pícaro. En realidad no me importa, pues hace dos años que ya no creo en Dios. Ocurrió de pronto, después de leer a Simone de Beauvoir. No entiendo por qué Los mandarines y La invitada me apartaron de Dios.
Me propongo seguir mortificando al sahumador porque me excita verlo vestido con su sotana negra perfumando de incienso a los fieles. Pero esta vez decido seguir caminando. Enrumbo hacia la plaza San Martín. La multitud me protege, me deslizo en ella como por las axilas de mi madre, sintiendo su aroma inconfundible, su humor cálido. En la vereda de enfrente veo a Ada, mi ex condiscípula. Pasa de largo conversando con una muchacha bajita; va vestida de manera graciosa: un saco sastre y una corbata roja. Sonríe, le sonríe misteriosamente a su amiga. ¿De qué hablan? Seguramente, de cuando abordó un avión como aeromoza para viajar a África, llena de sueños y, repentinamente, movida por una ira incontrolable, bajó las escalinatas del avión Faucett y nunca más regresó.
Desde que terminamos el colegio visito con frecuencia el jardín de su casa. Ada ha instalado allí su atelier de pintura. En uno de nuestros encuentros le confieso mi amor por el cura de La Merced. Eso de amor me suena ahora a tontería, diría más bien mi obsesión surrealista, y Ada, que anda disfrazada de pintor del siglo XIX, con un guardapolvo blanco y un sombrero de ala, me escucha atentamente. Sus tupidas y rizadas pestañas velan sus ojos de tanto en tanto pero no critica ni se burla. Entramos a la casa y se dirige despacio a su piano, a los restos de él, ya que la mayoría de las teclas han salido disparadas, y ejecuta una melodía imaginaria sobre el esqueleto del instrumento. Lo hace con la moral baja, dice, con la moral chorreada, precisa risueña.
Ada se suicidó dos meses después de que nos cruzamos en el jirón de la Unión, la noche del Año Viejo de 1966. Dibujante desconocida, pintó rostros de ojos grandes y oscuros como los de ella, con un resplandor de bondad y odio íntimo que aún me estremece. El día del velorio, busqué por toda la casa sus poemas y pinturas. Mientras, los amigos y parientes habían organizado una especie de cruzada en pos de su diario. Reconocí su letra en un poema que hallé al abrir un cajón. El trazo era vertical y las letras se alargaban intermitentemente en forma de agujas o astillas sobre el papel rayado. De inmediato cerré, nerviosa, el cajón, como si Ada me hubiese visto y estuviera molesta conmigo. Me estaba observando desde el más allá, pues yo no buscaba el diario, como los demás, para explicarme su suicidio en una frase escrita quizá premonitoriamente. Quería sus poemas y dibujos para acariciarlos y guardarlos en mi pecho y desentrañar el misterio que siempre la rodeó.
Ada hacía autostop cuando en Lima ni se pensaba leer En el camino de Kerouac. Fueron los poetas del setenta, los hippies horazerianos quienes lo pondrían de moda. La obsesión de Ada por África tampoco correspondía al culto que le rendían estos poetas a Joseph Conrad y su libro El corazón de las tinieblas. No creo que Ada hubiese leído a ninguno de los dos y mucho menos a Rimbaud, el explorador, el poeta vagabundo. Sin embargo, ella estaba más cerca de él que Juan Ojeda, Chacho o Luis Hernández.

Cielo también se suicidó 36 años después de que lo hiciera Ada, con una mezcla de folidol y leche. Cielo cayó al cauce del río Rímac frente al bulevar Chabuca Granda ya iniciado el siglo XXI, supuestamente drogada. Cielo o Tatiana Poémape era pirañita. Dormía en la ribera del río y se mantenía inhalando pegamento, la biblia de todos los chicos de la calle. Con el pegamento, Dios los ama y cobija.
Me pregunto: ¿Qué puede unir las vidas de estas dos suicidas, si no es tan solo el hecho de estar muertas? Imagino que Ada y Tatiana puedan estar juntas en algún lugar, hablando del tiempo o de lo difícil que se ha puesto Lima para una chica, comparando entre ellas sus respectivas edades y etapas. Ada de 21 años, muerta en 1966; Tatiana de 19, muerta en el 2004. No me conformo pensando que son dos mujeres contemporáneas que optaron simplemente por quedar off the record ante la indiferencia de su tiempo.
¿El gato está vivo o muerto?
En la vasta y dispersa comunidad de aspirantes a escritor, la vida personal de cada uno se convierte, por lo general, en una mentira, pues de ella extrae, el iniciado, una copia que no permanecerá en estado original, aunque tampoco se apartará del todo del modelo. Es como el gato en la paradoja de Schrödinger, en el campo de la mecánica cuántica1. En un cincuenta por ciento, es probable que el gato esté vivo y en otro cincuenta por ciento, que esté muerto.
En esa misma lógica hay que situarse ante una mentira como la del escritor, que afirma su calidad de verdad ante los ojos del lector. No sé si gana o pierde el lector ideal si solo atiende a la musicalidad, a los enigmas visuales de un ideograma chino o a una palabra en griego, aunque no llegue a desentrañar los enigmas mismos del arte: Alejandra Pizarnik escribe el cuerpo del poema con su propio cuerpo y se inmola. Rimbaud deja de ser libre al buscar la libertad en la remota Abisinia y después de años pasados como explorador y traficante de armas, vuelve convertido en un negro africano para morir en Marsella2.
Veo a Rimbaud, el poeta adolescente, atravesar los Alpes, perderse en canteras ardientes, en las inhóspitas tierras abisinias, para luego regresar moribundo a Marsella. El hombre que vuelve de ese viaje no es él. Si el viaje nos hace otros, él no era el muchacho de Charleville, tampoco su sombra moribunda. ¿Quién era entonces? Los críticos del granuja no han logrado revelárnoslo, ni Daniel Rops, Jacques Rivière o Yves Bonnefoy. Quizá por eso no deja de atraernos, de la misma manera que lo hacen todos los vagabundos. Irse, marcharse, perderse en lo ajeno y en la lejanía acaso se parezca a la fascinación que ejerce sobre nosotros la muerte, el llamado de lo oscuro, la provocación del deseo hacia lo oculto o el viaje del vampiro, que ennoblece nuestros corazones viajeros y los vuelve extraños a la rutina, a lo sedentario, a la molicie, a la gordura.
Alejandra Pizarnik es la enamorada de la muerte y extrae de su sufrimiento –léase Extracción de la piedra de la locura– sus notas más altas. Pero detrás de Alejandra también está Georg Trakl, intoxicado por el opio, con sus cuervos agoreros y el incestuoso amor por su hermana Grette. En sus poemas los muros leprosos y los pescadores atrapan la luna, la nieve se tiñe de sangre y los racimos de uva amenazan traspasar la realidad de la página en blanco. Es Rimbaud, sin embargo, quien preparó su cuerpo y su mente para escribir de acuerdo con el desarreglo razonado de todos los sentidos: «Mi superioridad consiste en que no tengo corazón», le escribe a su profesor Izambard. De este apóstrofe y de sus poses de truhan nace la leyenda del poeta maldito.
En «La carta del vidente», Rimbaud desarrolla su teoría sobre la poesía futura y hace pública su naturaleza ambivalente y escindida con la famosa frase «yo es otro». Escribe Rimbaud: «Porque yo es otro. Cuando la hojalata se despierta en forma de trompeta, no hay que echarle la culpa. Yo estoy presente al despertar de mi pensamiento, yo lo contemplo, yo lo escucho [...] Es un error decir: pienso. Habría que decir: me piensan». El célebre y enigmático «yo es otro» no es, sin embargo, exclusivo de Rimbaud. Antes que él, Petrarca enuncia «yo soy hablado y en el hablar asido». Y César Vallejo, mar y décadas de por medio: «A lo mejor soy otro». Casi por la misma época de Vallejo, el poeta norteamericano E. E. Cummings se pregunta, a su vez, irascible: «¿Cómo pretende el idiota que lo llama yo, entender a sus innumerables quiénes?». Y no olvidemos a Pessoa, con su: «Empiezo a conocerme. No existo».
El camino de Rimbaud es largo. Vagabundeó y se perdió en tierras inhóspitas. Hablar de Rimbaud es hablar de errancia, de malhumor, de histeria, y es que heredó del padre su naturaleza aventurera. El diagnóstico de los médicos: paranoia ambulatoria. Verlaine, sin embargo, utilizó una imagen más bella y precisa. Lo llamó «el hombre de las suelas de viento»3. Verlaine los describe así:
«Iba por las calles caldeadas con los ojos horriblemente desencajados y la boca abierta, como por hambres espantosas, mientras que sus manos se crispaban, a veces apretando el vacío, y otras, simulando caricias equívocas».
«El mundo se detuvo para mí el día que conocí a Arthur Rimbaud», confiesa Verlaine. «Era un joven de dieciséis o diecisiete años [...] alto, bien formado, casi atlético; la despeinada cabellera de color castaño claro y los ojos de un azul pálido inquietantes».
Pero Rimbaud abandona Europa y la escritura para siempre. La realidad también responde siempre con ironía: a Rimbaud le sobrevino la muerte en el momento en que, precisamente, iba a dejar de ser el gran maldito. Cargado de oro, pensaba casarse y convertirse en burgués.
1. «La paradoja del gato es un experimento mental propuesto por el físico alemán Erwin Schrödinger para explicar la naturaleza de las observaciones y predicciones de la teoría cuántica. Schrödinger propuso una caja que contenía un gato, una partícula radiactiva y un frasco de veneno. La partícula radiactiva tenía un 50% de probabilidades de desintegrarse en un plazo de una hora; si esto sucedía, el veneno se liberaba y el gato moría. La partícula y el gato constituían por lo tanto un sistema sometido a las leyes de la mecánica cuántica, ya que la suerte del gato dependía de la suerte de la partícula. Como para cualquier otro sistema cuántico, el gato y la partícula estaban descritos por una función de onda. La pregunta de Schrödinger era: ¿Está el gato vivo o muerto? Schrödinger afirmaba, siguiendo la interpretación clásica de la cuántica conocida como interpretación de Copenhague, que solo el hecho de observar el interior de la caja permitía que el gato viviese o muriese. Hasta el momento de darse la intervención de un observador externo, el gato estaba en un extraño estado vivo-muerto. Al abrir la caja y mirar, el observador colapsa la función de onda y determina la ocurrencia de un estado u otro.
»La paradoja de Schrödinger es considerada uno de los pilares de la interpretación de la mecánica cuántica: el observador es tan importante como el sistema que observa. Sin él, el sistema está indefinido entre cualquiera de las situaciones posibles. Esta visión del mundo de la teoría cuántica está profundamente conectada con la interpretación de los muchos mundos, según la cual, cada observación de la caja provoca la formación de dos mundos paralelos, uno en el que el gato está vivo y otro en el que el gato está muerto. Según dicha interpretación, a cada instante se genera un número infinito de tales universos».
Véase: www.ciencia-ficcion.com/glosario/p/paragato.htm
2. Jean-Arthur Rimbaud (1854-1891), poeta simbolista francés.
3. En «El histérico», poema de Paul Verlaine (1844-1896), poeta simbolista francés.
Vivir como un escalador de montañas
Para un escritor que se pretende universal, la pregunta cala hondo, en lo más sensible: ¿Cómo hacer para vivir como un escalador de montañas? El escritor no puede pretender vivir convocando la inspiración, ya que ella funciona como una máquina tragamonedas: cuanto más le echas, menos sale, hasta que un día vomita todo lo ingresado como manirrota, pero en beneficio de otro.
El escritor debe ser como el escalador de montañas: trepar hacia la cima bordeando los puntos ciegos, eludiendo la luz del sol –que resulta entorpecedora y le resta fuerzas–. El asunto no es solo de qué escribir sino cómo vivir.
Hay quienes viven de sí mismos, algo difícil de explicar, pero fácil de hacer. Ello consiste en escalar la montaña con la sola finalidad de decir que se la ha coronado, cuando hay que escalarla por el solo hecho de hacerlo y no necesariamente con la finalidad de llegar a la cumbre. Vanidosos como son, estos viven del parecer y no del ser, pero vivir para sí mismos es una trampa. «Aléjate de tu yo, mortifica tu ego», dice el anacoreta.
¿Tiene sentido escalar la montaña con el único fin de hacerlo? El sentido está dado por la necesidad o la neurosis compulsiva de arribar, de llegar a lo alto y clavar el asta de la bandera, para luego sentarse en una roca, recogerse y entregarse al goce de la vista panorámica en la que el escalador podrá ver sus pequeños pasos resistiendo el acoso del viento que intenta borrarlos.
El escalador de montañas se empeña en algo inútil que para él es placentero: llegar a la cima del nevado, desafiando a los elementos. De estos, el viento puede ser el más peligroso, porque remueve la nieve perpetua y provoca el alud. Para el escritor, sin embargo, este viento es favorable, la avalancha es favorable, vivir muriendo cada día es favorable. De otra manera no se entiende la locura en Dostoievski ni en Nietzsche ni en Rimbaud ni en Camille Claudel ni en Alejandra Pizarnik, autores con los que el escritor comparte el deseo de quemar sus naves.
Cobijarse en la bolsa de dormir, bien resguardado del viento, en lo alto de la montaña, no le garantiza el éxito al escritor. En este caso, puede desbarrancarse, morir de hipotermia o ser olvidado por sus contemporáneos y, finalmente, no haber llegado a la cima de la montaña. Pero llegar tampoco le garantiza nada, salvo el éxito. El éxito es algo completamente fútil una vez que se ha conseguido. Al fin y al cabo, la cima es una ilusión: cuanto más lejana, más bella, cuanto más inalcanzable, más próxima.
Siguiendo el rastro de un detective salvaje
De todo lo que queda impregnado en la memoria, no se sabe por qué razón la risa y el sonido de la voz humana marcan su territorio en un presente continuo. Si digo el nombre del detective al que voy a referirme, de inmediato escucho su risa y el timbre de su voz, entre atiplada y ronca.
Desearía situarme en el corazón de Arturo Belano1, que acaba de morir, dejando atrás una obra soberbia, relativamente voluminosa para su edad, 50 años, tiempo sumamente breve, sea visto en términos de lo infinito o desde lo finito de la Creación.
Belano murió y a mí me vino a la mente la época en que lo conocí en Barcelona, cuando él tenía 24 años. No recuerdo si en ese entonces Belano bebía, pero lo cierto es que murió por haber bebido en exceso: un problema al páncreas, otro al hígado. En las últimas fotografías tenía muy pronunciada la quijada, como si fuera a atravesar el papel de lo afilada que era. Para compensar todos esos años que no tuve contacto con él, compré, a su muerte, algunos de sus libros, los que pude obtener en librerías después de que los galgos cazafantasmas pasaron por ahí. «Escritor famoso muere de insuficiencia hepática», «Renombrado autor latinoamericano fallece a temprana edad y deja una importante novela inédita titulada 2666». No tiene sentido que reproduzca las frases elogiosas con las que lo despidieron los periódicos. Posiblemente Belano se ría de ellas desde el más allá. ¿Cómo he de encontrarme con Belano joven o el Belano adulto, el Belano enfermo de muerte?




