Reconquista (Legítima defensa)

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—¿Mi mujer y mi hija se encuentran bien? —insistió el carnicero.
Sin responder a la pregunta, los dos policías intercambiaron una mirada de conmiseración.
«Pobre hombre», pensaron al unísono.
Tenían orden prioritaria de acompañar a los familiares de los heridos en el atentado.
De los parientes de los fallecidos ya se ocuparían más tarde los psicólogos.
—Mi hijo, ¿dónde está mi hijo? Chourfi, se llama Elyaz Chourfi —informó el carnicero con la voz entrecortada por los jadeos.
La carrera desde la entrada del hospital le había dejado sin aliento.
—En estos momentos está siendo intervenido —informó una de las encargadas de la recepción del complejo hospitalario tras consultar la pantalla de un ordenador situado sobre el mostrador—. Parece que va para rato. Puede tomar asiento —añadió señalando una estancia situada a su derecha.
Ahmed tuvo que permanecer varias horas en la sala de espera sin recibir ninguna explicación.
Cada vez que preguntaba por su familia todo eran excusas.
Paseó de un lado para otro con las manos entrelazadas a la espalda.
Parecía un león enjaulado.
Se desplazó varias veces hasta la máquina expendedora de bebidas.
Bebió algunos botellines de agua mineral.
Se sentó y se levantó en innumerables ocasiones.
Le resultaba imposible quedarse quieto.
A pesar del pánico que le embargaba, consiguió conservar cierta compostura.
Aunque puede que no por mucho tiempo.
Una joven enfermera se acercó para comunicarle el número de la habitación en la que habían ingresado a su hijo.
En todo momento había evitado mantener contacto visual con su interlocutor.
No se sentía con fuerzas suficientes para colorear una auténtica tragedia con mentiras piadosas.
El murmullo amortiguado de las conversaciones que emanaba de las habitaciones situadas a ambos lados del interminable pasillo del hospital, venía acompañado por momentos de algún lamento que se escuchaba con sordina.
Al entrar en la habitación en la que le habían indicado que se encontraba su hijo, Ahmed tuvo que sujetarse al dintel de la puerta.
Una expresión de horrorizado asombro se dibujó en su semblante.
—Hemos hecho todo lo posible para salvarle la vida —informó con cara de circunstancia el único médico que permanecía de pie al lado de la cama en la que yacía el joven—, nos hemos visto obligados a amputarle la pierna derecha —continuó sin levantar la vista del suelo.
Se notaba que hubiera preferido estar en cualquier otro sitio en este momento.
—Deberá llevar una prótesis para tratar de mitigar estéticamente los estragos causados por los explosivos —prosiguió, en un intento desesperado por desdramatizar una situación a todas luces aterradora.
Ahmed se acercó a la cabecera del lecho y tomó delicadamente la mano de su hijo dormido entre las suyas.
Expresar sentimientos en público no formaba parte de su modo de ser.
Pero, a pesar de todos sus esfuerzos por evitarlo, se vio obligado a utilizar la manga de su chaqueta para secarse las lágrimas que resbalaban por sus mejillas.
Pensó que a su vástago le habían arrebatado el futuro, impidiéndole disfrutar de una mínima calidad de vida para el resto de su existencia.
Un precio demasiado alto para alguien tan joven.
—Tardará algún tiempo en despertar —informó el galeno.
Y cuando parecía que las cosas no podían empeorar, entraron en la habitación dos personas que se presentaron como especialistas en psicología catastrófica.
Ahmed tuvo una premonición.
Apretó los puños preparándose para lo peor.
—Vuelvan más tarde —musitó con un hilo de voz.
—Me temo que eso no es posible. Tome asiento por favor —respondió el más joven de los dos.
Estaba convencido de que, aunque parezca mentira, es preferible dar las malas noticias en conjunto antes que informar a los afectados con cuentagotas.
Ahmed se dejó caer en una de las incómodas sillas.
La actitud de los recién llegados no dejaba lugar para la esperanza.
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El centro islámico de la ciudad ayudó en todo lo relativo al entierro de su esposa e hija.
Siguiendo el rito musulmán, varias mujeres de la comunidad lavaron a sus dos familiares.
A continuación, colocaron los cuerpos sobre el costado derecho orientado hacia la Qibia.
Para terminar, cerraron los ojos de las fallecidas y cubrieron sus cuerpos con una tela blanca de algodón.
Como Rodrigo Díaz de Vivar, Ahmed Cheurfi también puso en el punto de mira a los que consideraba responsables de la muerte de sus seres queridos.
No tardarían en lamentarlo.
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Rodrigo Díaz, desde el mismo día de su nacimiento, vivió y creció rodeado de artefactos pirotécnicos que se manufacturaban en la fábrica propiedad de su familia.
Su padre proveía de fuegos artificiales a numerosas poblaciones de la región, gracias a los contactos privilegiados que mantenía a base de continuos sobornos a alcaldes y concejales de todos y cada uno de los partidos políticos que ocuparan el poder en ese momento.
Mientras tanto, su madre diseñaba y modelaba muchos de los ninots que arderían en las próximas Fallas.
Apenas cumplidos los cuatro años, el joven Rodrigo ya había fabricado sus primeros petardos y cohetes.
Se movía a sus anchas por todos los rincones de los talleres respirando con fruición el aroma inconfundible de la pólvora quemada.
Con el tiempo elaboró artilugios explosivos cada vez más complejos.
Cuando llegó el momento de incorporarse a filas, como no podía ser de otra manera, desempeñó su cometido en una compañía de artificieros.
Una vez cumplido el servicio militar obligatorio, tras pasar por la academia logrando excelentes calificaciones y siendo uno de los alumnos más aventajados, obtener el diploma de técnico especialista en desactivación de artefactos explosivos fue simplemente un mero trámite.
Ingresar en los Tedax tampoco supuso un problema.
Teniendo en cuenta su historial académico le acogieron con los brazos abiertos.
Recibió con no disimulado orgullo la chaqueta, el pantalón, el protector pélvico y el de pie, así como el casco.
Todo con el nuevo sistema de refrigeración incorporado.
Todo un lujo para la época.
A partir de entonces, tuvo que enfrentarse a los zarpazos cotidianos de la banda terrorista ETA y a desactivar bombas en un entorno hostil y en un ambiente de guerrilla solapada sin salir de su propio país.
Fueron tiempos de plomo, en los que, para las fuerzas de seguridad del Estado, las provincias vascongadas eran lo más parecido a territorio comanche.
Más tarde, cuando las cosas se fueron normalizando, Rodrigo, para compensar que el trabajo, desde su punto de vista, se había vuelto monótono, rutinario y carente de alicientes, buscó nuevos desafíos.
En sus ratos libres, ideó sofisticados dispositivos a la vez que perfeccionaba sus conocimientos en robótica, investigando en concreto todo lo relacionado con drones y grúas de brazos articulados guiadas por control remoto.
Y de improviso, llegó ese tipo de oferta que no puedes rechazar.
Al tanto de sus investigaciones, una de las principales multinacionales del sector privado, puntera en la lucha para sofocar incendios en gaseoductos, oleoductos, yacimientos de gas y pozos petrolíferos, le ofreció incorporase a su plantilla de empleados de élite.
Un motorista enfundado en el inconfundible uniforme de la compañía, logotipo incluido, le entregó en mano la invitación para personarse en la sede central de la misma.
El día previsto y a la hora convenida se presentó en la recepción.
Tras identificarse ante los responsables de seguridad, estos comprobaron sus datos, le entregaron una cartulina reservada para los invitados VIP indicándole que debería llevarla colgada al cuello en todo momento, antes de señalar una fila de sillas en las que esperar a que alguien de la dirección acudiera para acompañarle.
Pocos minutos después, vino a buscarle una atractiva secretaria de piernas interminables que le guio a través de un laberinto de mullidos pasillos enmoquetados hasta una puerta de tamaño XXL decorada con incrustaciones doradas.
Durante todo el tiempo que duró el recorrido, Rodrigo permaneció hipnotizado por el vaivén provocador de sus caderas.
Sin lugar a dudas la encantadora muchacha era consciente de despertar curiosidad a su paso y quien dice curiosidad dice cualquier otro tipo de interés.
Libidinoso sin ir más lejos.
La joven belleza acarició levemente el panel con los nudillos, esperó unos segundos, abrió la puerta e invitó a entrar al apuesto visitante con una sonrisa cómplice.
Acto seguido, giró sobre sus talones y se alejó ondulando los glúteos como si estuviera en época de carnaval en el Sambodromo de Río de Janeiro.
Rodrigo tuvo que forzar la mirada para distinguir, allá en la lejanía del descomunal despacho, una figura humana que parapetada tras una mesa tallada en madera de secuoya le hacía signos con la mano invitándole a acercarse y tomar asiento en uno de los dos sillones de cuero situados frente a ella.
Acostumbrado a tratar con hombres, la presencia de una mujer dirigiendo una multinacional de estas características no dejó de sorprenderle.
La sorpresa le duró poco.
El tiempo justo de comprobar la mirada extremadamente inteligente con la que la dama en cuestión estaba haciendo una completa radiografía de su persona.
No se sintió incómodo.
—¿Sorprendido? —preguntó la anfitriona, como si le hubiera leído el pensamiento.
Estaba habituada a causar ese tipo de reacción.
—Si le soy sincero debo admitir que sí —confesó el aludido, antes de añadir—: aunque obviamente si ocupa usted ese lugar es que se lo merece y se lo habrá tenido que ganar a pulso —reconoció sin que le temblara la voz—. de todas formas para mí esta situación no representa ningún problema si es a eso a lo que se refiere — concluyó sin desviar la mirada.
Ya estaba todo dicho y la decisión tomada.
Resultaba obvio que, de entrada, ambos, se habían causado una buena impresión.
La señora presidenta supo de inmediato que la persona que estaba sentada frente a ella era el candidato ideal y que cumpliría con sus obligaciones de la mejor manera posible.
Sabía reconocer a los sujetos valiosos para la empresa de una sola ojeada.
No obstante, extrajo unos papeles de una carpeta situada sobre la mesa, consultó las anotaciones detenidamente y no tuvo más remedio que llegar a la misma conclusión que su jefe de personal.
No podían dejar escapar a Rodrigo Díaz de Vivar.
Y no lo hizo.
Firmaron todos los papeles necesarios esa misma mañana.
Los años siguientes fueron un continuo ir y venir a lugares de nombres a menudo impronunciables, trabajando en condiciones límite.
Sofocando incendios accidentales o provocados, siempre bajo presión y la mayoría de las veces arriesgando la vida.
Rodrigo cumplió con creces con su deber.
Nunca defraudó las expectativas que sus superiores habían puesto en él.
Cuando llegó el momento de la jubilación se retiró en la cúspide de su profesión.
Y apenas unos meses más tarde, de modo inesperado y de un día para otro, su vida dio un vuelco de ciento ochenta grados.
El eminente oncólogo, Fernando, su amigo de infancia, fue el emisario elegido por la Parca.
El encargado involuntario de notificarle el inminente final de su paso por este mundo.
Y un descerebrado terrorista, desalmado e hijo de puta había acabado con la vida de Mr. Miau.
Con el fin de evitar las continuas llamadas con las que Fernando no dudaría en atosigarle a diario, envió un último mensaje a su amigo por WhatsApp informándole de que estaría ilocalizable durante las próximas semanas.
Pensaba viajar por las islas y atolones de la Polinesia Francesa, especificó sin saber exactamente el porqué de esta aclaración.
Fue lo primero que le vino a la cabeza y de hecho era uno de los viajes que tenía previsto efectuar en lo que se suponía iba a ser una jubilación dorada.
En cuanto a este último punto, por desgracia, los idílicos periplos planeados con tanta ilusión tendrían que esperar a otra vida.
Y eso, solo en el caso improbable de creer en la reencarnación.
A continuación, desmontó el móvil pieza a pieza para evitar ser localizado.
En el fondo, sabía que no lograría confundir al matasanos.
Se conocían demasiado bien, dependiendo el uno del otro en esa etapa de la vida en la que se forjan las verdaderas amistades.
Por esa misma razón, entre ellos, sabían diferenciar la franqueza del engaño.
Compartieron a lo largo de los años en el internado una inmejorable alianza de intereses, en la que ambas partes salían beneficiadas.
Pactaron un «quid pro quo» ecuánime, estable y ponderado.
Cuando Fernando sufría el acoso de los matones de la escuela, allí estaba Rodrigo para arreglar las cosas a su manera.
Un par de certeros puñetazos acompañados de algún que otro doloroso puntapié en la entrepierna de los acosadores y asunto solucionado.
En contrapartida, Fernando siempre se mostraba dispuesto a echar una mano en época de exámenes.
Se habían vuelto expertos en deslizarse notas aclaratorias al amparo del pupitre sin que los profesores tuvieran la más mínima sospecha.
Por lo que, teniendo en cuenta estos antecedentes, el mensaje, lejos de tranquilizar al oncólogo, logró exactamente el efecto contrario.
«¿La Polinesia Francesa? ¿A quién quieres engañar?» pensó, notando cómo le asaltaba un atisbo de inquietud. «¿Qué estarás tramando?» se preguntó, respondiéndose él mismo a continuación: «Supongo que nada bueno».
Por supuesto, continuó llamando y enviando mensajes al móvil de su amigo a pesar de que el dichoso contestador automático respondiera una y otra vez «el número al que llama no está disponible en estos momentos…».
«Bueno, ya darás señales de vida cuando lo creas conveniente» acabó admitiendo el galeno, dándose por vencido.
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A raíz del atentado terrorista, Rodrigo se vio obligado a instalarse de manera provisional en un pequeño estudio de alquiler mientras reparaban los destrozos causados en su apartamento.
Por suerte, su nuevo domicilio se encontraba ubicado en el mismo barrio.
En un edificio de fachada señorial de principios del siglo XX recientemente restaurado.
La constructora, ávida de beneficios, había conseguido dividir los espaciosos apartamentos originales en un sinfín de minúsculos cuchitriles.
En su afán por multiplicar su inversión, estos últimos carecían de recibidor.
Al abrir la puerta de entrada te dabas de bruces directamente con la sala de estar. Otra puerta corredera, transparente por más señas, separaba el cuarto de baño, en el que apenas podías moverte sin chocar contra algo, del resto del diminuto habitáculo.
La cocina tampoco es que fuese mucho mejor.
Funcional a la vez que pequeña.
Muy, muy pequeña.
Una mesa y cuatro sillas, un par de estanterías así como un sofá cama, todo de diseño sueco, de la «prestigiosa» empresa Ikea por más señas, según le informó sin ruborizarse el arrendador, componían el limitado mobiliario.
El incómodo sofá cama ocupaba la pared del fondo de la habitación, con lo que si tenías la habilidad necesaria para poder desplegarlo sin lesionarte antes de perder la paciencia, la estancia se convertía por arte de magia en algo parecido a un dormitorio.
Por suerte un amplio y luminoso balcón que daba a una arbolada avenida compensaba con creces todo lo anterior.
El piso se adaptaba a sus nuevas necesidades y el precio, contra todo pronóstico, no resultó desorbitado.
Rodrigo hizo un cálculo por encima del estado de sus finanzas.
¿Qué sentido tenía ahorrar a estas alturas?
Podía permitirse alquilar la suite presidencial del mejor hotel de la ciudad sin que se resintiera su economía.
Por desgracia, tendría que vivir furtivamente lo que le quedaba de vida.
En un mundo predominantemente digital tiranizado por la ciberseguridad y la ciberdefensa, las escuchas telefónicas y todo tipo de controles electrónicos, él permanecería anclado en un confortable entorno analógico.
Y continuaría ilocalizable, evitando cualquier contacto con el pasado.
«Bueno, supongo que a partir de ahora soy lo más parecido a un fugitivo» pensó con un suspiro de resignación.
Tomó asiento.
Comprobó que la pluma estilográfica tenía tinta, retiró el capuchón y se dispuso a escribir.
En primer lugar, apagón digital total.
Ni móvil, ni tablet, ni ordenador, ni tarjetas de crédito.
Prescindir de la tecnología le conferiría una posición privilegiada.
La buena noticia es que como pensaba llevar a cabo su cruzada en solitario, no necesitaría contactar con nadie.
Ayudándose de varios rotuladores de diferentes tonalidades con los que diferenciar las prioridades, fue introduciendo los datos y apuntes perfectamente ordenados en carpetas multicolores para poder localizarlos rápidamente.
A medida que se le iban ocurriendo las ideas, fue anotándolas en el cuaderno.
Acto seguido, apuntó una lista con todos los materiales necesarios para llevar a cabo su venganza.
Consultó una libreta con las tapas de cuero que había sobrevivido a mil batallas tratando de descubrir en sus páginas manoseadas qué contactos podrían serle de utilidad en el caso que le ocupaba.
Proveerse de todos los artículos imprescindibles para construir los artefactos tampoco representaría un quebradero de cabeza, conocía varios puntos de venta en los que encontrar lo que buscaba.
Por supuesto, relacionar las compras de las piezas dispares con las que montar los dispositivos no estaba al alcance de cualquiera.
Solamente un profesional con muchos años de experiencia podría hacerlo.
Por suerte para él, ese tipo de especialista altamente cualificado suele desarrollar su trabajo en el sector privado. El salario que se recibe en los Cuerpos de Seguridad del Estado no es precisamente un aliciente.
Tras dedicar varias horas a elaborar un plan de ataque letal, barajando varias posibilidades a cual más mortífera, decidió tomarse un respiro.
Antes de levantarse para dirigirse a la cocina y poner agua a hervir para hacer un té verde acompañado de tostadas, mantequilla y mermelada de arándanos, también apuntó en la libreta que le servía de recordatorio, que siempre debería pagar la totalidad de sus adquisiciones al contado y en efectivo.
Concretar quién era exactamente el enemigo no resultaría tarea fácil.
Carecía del tiempo necesario para elegir entre Al Qaeda, Estado Islámico, Al Shabab, Ansar al Sharia, Abu Sayyal.
Demasiadas ramas del mismo árbol.
Decidió que talaría directamente el tronco.
Recordaba que viajando por Francia en los años ochenta del siglo pasado, le habían impactado varios grafitis garabateados en el muro exterior de un cementerio a la salida de París.
El primero rezaba «fuera argelinos».
Así, sin más.
A escasos metros, el siguiente mensaje ya había evolucionado y proclamaba sin complejos «fuera magrebíes».
Y para terminar, en letras enormes, alguien con visión claramente premonitoria, posiblemente algún pied noir obligado por las circunstancias a tener que retornar a la metrópolis, profetizando el negro futuro que nos esperaba, decidió globalizar la denuncia escribiendo
«FUERA EL ISLAM».
Claro aviso a navegantes.
Como según todos los indicios quedaba meridianamente claro quién había sido el responsable del cruel atentado que había costado la vida a su gato, Rodrigo decidió focalizar sus pesquisas en esa dirección.
Pasó parte de la noche devanándose los sesos pensando en qué tipo de respuesta sería la más apropiada.
Y bien entrada la madrugada el objetivo empezó a cobrar forma.
A falta de poder castigar como se merecía al autor material de la masacre, ya que el muy cabrón se había inmolado en el atentado, dirigiría su venganza contra el inductor.
Para los investigadores, aunque carecían de pruebas fehacientes con las que incriminarle, ese era sin lugar a dudas el nuevo imán de la mezquita.
A Rodrigo, sus indagaciones le llevaron hasta la empresa que había efectuado la instalación eléctrica de esta última.
Descubrir a la proveedora de gas tampoco supuso un problema.
Dedicó todo el fin de semana a planear la estrategia puliendo una y otra vez los últimos detalles.
No dudaba de su victoria, pues se sabía sobradamente preparado para entablar esta contienda.
Días más tarde estaba literalmente rodeado de explosivos.
Por simple cuestión de eficacia e incluso de supervivencia, había aprendido desde su niñez a trabajar en un entorno austero donde cada cosa debía ocupar un lugar determinado.
Dedicó su tiempo a preparar minuciosamente los artilugios necesarios para montar varios artefactos.
Estaba familiarizado con el manejo de explosivos hasta el punto de poder realizar todo el proceso de montaje con los ojos cerrados.
Su fijación por la meticulosidad rayaba en el trastorno obsesivo compulsivo.
Cosa que le había salvado la vida en más de una situación comprometida.
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La mañana del día D, abrió los ojos sobresaltado al escuchar el estruendo del despertador bailando sobre un montón de monedas depositadas en una bandeja metálica.
A punto estuvo de dar con sus huesos por tierra.
Rodrigo Díaz se presentó en la mezquita luciendo la mejor de sus sonrisas.
Vestía un mono de faena de color azul oscuro.
Contrariamente a lo que se podía esperar, descubrió decepcionado que el morabito ocupaba toda la planta baja de un edificio bastante destartalado y no tenía nada que ver con otros que había tenido la ocasión de admirar en el curso de sus viajes por países islámicos.
Por ejemplo algunas joyas arquitectónicas como la Mezquita del Sha en Isfahán, la gran Mezquita de Hassan II en Casablanca o incluso la de los Omeyas en Damasco.
O, la más impresionante de las modernas, la de Sheik Zayed en Abu Dabi.
«Bueno, entre los creyentes mahometanos parece que también hay clases» se dijo para sus adentros.
Acto seguido saludó al imán en árabe.
Ante la mueca de estupefacción de este último, explicó que en el pasado había tenido una novia Palestina.
Que una musulmana se hubiera encamado con un infiel fue cosa que no pareció alegrar demasiado al clérigo.
—Revisión rutinaria de la instalación eléctrica —informó Rodrigo abandonando la sonrisa y adoptando la actitud que se supone a todo profesional en la materia, al tiempo que mostraba una tarjeta de identificación expedida por el Ayuntamiento en la que figuraba su foto.
—Sígame —invitó el imán, con cara de circunstancia.
Rodrigo deslizó una mirada al vetusto cuadro eléctrico al tiempo que carraspeaba mostrando signos de desaprobación.
—Esto no está bien. Nada bien —murmuró, mientras se rascaba la cabeza con gesto dubitativo.
A continuación dio a entender al religioso que dar el visto bueno a la deficiente y a todas luces manipulada instalación tenía un precio.
Resignado, el imán le ofreció quinientos euros.
Rodrigo aceptó encantado.
Una situación que a ninguno de los dos pareció extrañar.
El rushwat o bachich, o sea el soborno puro y duro, es moneda corriente y de curso legal en cualquier ámbito de la vida cotidiana en Oriente Medio y en el norte de África.
—Necesitaré algún tiempo para arreglar todo este desastre —comentó señalando con un amplio ademán el amasijo de cables que colgaban por todas partes.
—Ya me avisará cuando esté acabado. Veo que no me necesita —musitó el aludido con un ademán de disculpa.
Giró sobre sí mismo y se alejó abandonando a Rodrigo a su suerte.



