Reconquista (Legítima defensa)

- -
- 100%
- +
«Está claro que esta gente no teme nada. El peligro de ser atacados es algo que no parece importarles demasiado» pensó este último.
Las medidas de seguridad no es que fueran insuficientes, es que eran inexistentes, persuadidos como estaban los responsables de que el lugar estaba exento de riesgos.
Minutos más tarde, Rodrigo abandonó el lugar tras haber realizado los arreglos oportunos.
De vuelta a casa se desvió para entrar en una iglesia cercana.
Depositó los cinco billetes de cien euros en el cepillo situado en uno de los laterales del altar.
«Espero que el cura no se lo gaste todo en vicios» pensó, pecando de optimismo al tiempo que una sonrisa de satisfacción iluminaba su rostro.
Sonrisa que desapareció en un santiamén cuando comprobó al doblar la esquina cómo un grupo de gente de todo pelaje, la mayoría jubilados, observaban fascinados cómo una gran bola de roca suspendida del cable de una grúa de grandes dimensiones estaba demoliendo la fachada del edificio en el que se encontraba ubicado el cine más antiguo del barrio.
Bajo los embates de la enorme canica de piedra, iban desapareciendo uno a uno innumerables recuerdos de juventud que ya daba por perdidos.
Una imagen desoladora donde las haya y que retrataba en toda su crudeza el final de una época.
Rodrigo recordó con un atisbo de nostalgia las tardes de sesión doble en las que la muchachada disfrutaba de películas de romanos, de indios y vaqueros o de las aventuras de Tarzán, mientras alfombraba el suelo con ingentes cantidades de cáscaras de pipas de girasol.
«Cuando abra la nueva tienda que ocupará el lugar donde estaba el cine, no pienso comprar nada, nunca, jamás. Sea lo que sea que vendan» se juró para sus adentros.
-
El agregado cultural de la embajada, acompañado y protegido por uno de los guardaespaldas de la delegación consular, penetró en la mezquita, como solía hacerlo cada primer lunes de mes.
Avanzó con paso firme al encuentro del imán.
Una vez en el interior del despacho de este último, ofreció el brazo derecho para que su acompañante le liberara con una llave especial de las esposas que le unían a una valija metálica.
Depositó la pequeña maleta que contenía el dinero encima de la mesa.
Sin más, dio media vuelta para dirigirse a la salida.
Con un gesto vago de la mano respondió a los zalameros agradecimientos del religioso.
Al agregado cultural le parecía que expulsar a los infieles de Al Ándalus resultaba excesivamente oneroso.
Sin embargo cumplió con la tarea encomendada sin rechistar.
«Es el precio a pagar para vencer en la guerra de liberación» se dijo para sus adentros.
Una vez en el exterior, siguiendo una rutina preestablecida, los dos musulmanes se instalaron para tomar un copioso desayuno en la terraza de un bar situado en la misma calle unos metros más arriba del templo.
No prestaron atención al anciano que ocupaba una mesa contigua a la suya y que parecía ensimismado con el contenido de la taza que sujetaba con mano temblorosa.
Rodrigo sonrió disimuladamente.
Su caracterización le había llevado más de dos horas de trabajo.
Un abuelo achacoso no representaba ningún peligro para nadie y más tarde tampoco nadie recordaría su presencia.
Rodrigo colocó la taza, cogió un periódico que había depositado previamente sobre la mesa y, parapetado tras las hojas de papel fingió de manera más que convincente que estaba leyendo.
Comenzó a pasar las páginas del diario lentamente.
Uno de los dos árabes lanzó una mirada y comentó riéndose por lo bajo:
—El viejo seguro que está buscando si salen amigos suyos en la prensa.
—¿Amigos suyos? —inquirió su acompañante poniendo cara de sorpresa.
—Sí —aclaró el primero—, en la sección de necrológicas.
Ambos estallaron en una carcajada.
.
Para iniciar su venganza Ahmed no necesitaba armamento sofisticado de última generación.
En un mundo bélico en el que reinaba la tecnología punta, las maletas con bombas nucleares, también llamadas sucias, los misiles intercontinentales indetectables, los drones armados teledirigidos por control remoto desde lugares situados a miles de kilómetros de distancia, más todas las armas letales de las que el común de los mortales ni siquiera imagina que existen, él utilizaría simplemente los artilugios mortíferos que tenía a mano y que dominaba a la perfección.
Era muy bueno en lo suyo.
Separó dos cuchillos de acero de Damasco.
Nada más.
Rompiendo con la tradición, herencia de sus antepasados, concentró su atención en afilarlos meticulosamente con la piedra de agua japonesa que le había regalado su hijo por su último cumpleaños.
Una mueca de aprobación apareció en su semblante mientras se recreaba con el resultado obtenido.
Y puso rumbo a una cita a la que no podía faltar.
Ahmed deambuló por los alrededores bastante más tiempo del realmente necesario antes de decidirse por fin a penetrar en la mezquita.
Una vez en el interior de la misma, enfiló decidido el largo pasillo mal iluminado que conducía a una pequeña habitación que hacía las veces de despacho y en la que el clérigo solía recibir a los visitantes.
De las paredes de la estancia colgaban varias citas del Corán.
—¿Qué puedo hacer por ti? —inquirió el imán tras los saludos protocolarios.
—El atentado —musitó Ahmed con un hilo de voz—. No solo han muerto infieles, también creyentes y buenos musulmanes inocentes.
—Daños colaterales. Nada por lo que debas preocuparte —comentó el clérigo, sin mostrar ni un asomo de remordimiento.
Exhibía la certeza arrogante de estar en posesión de la única verdad.
Respuesta equivocada.
—Mi mujer y mis hijos no son daños colaterales —alcanzó a pronunciar el carnicero.
El religioso titubeó levemente.
Fue solo un instante en el que tuvo la perturbadora premonición de que su vida corría serio peligro.
Ese segundo que tardó en reaccionar, a la postre, resultó fatal para sus intereses.
Intentó huir a la desesperada.
Mala idea.
Eso enfureció, aún más si es posible, a Ahmed, que no pudo reprimir el ataque de ira profunda procedente de esa parte del cerebro donde reside el odio en estado puro.
El poder transformador de la furia ciega le proporcionó la fuerza necesaria.
Alargó la mano, atrapó al imán por el cogote y girando sobre sus talones estampó el cráneo de este último contra el quicio de la puerta antes de degollarle quirúrgicamente.
Fue un visto y no visto.
No hizo falta ensayar, degollar formaba parte de su rutina diaria.
Una vez acabado su cometido, se dispuso a abandonar el lugar.
Lanzó una mirada a su alrededor y entonces descubrió la valija que permanecía abierta encima de la mesa.
Asombrado al comprobar su contenido, una cantidad nada desdeñable de fajos de billetes nuevos, como recién sacados del banco, decidió llevársela consigo, ocultándola bajo su vestimenta.
Imposible renunciar a semejante fortuna caída del cielo.
Cuando se presenta una buena ocasión simplemente hay que saber aprovecharla.
Consideró el hecho como una señal absolutoria.
No perdió ni un minuto más en recrearse ante el resultado de su acción punitiva.
Al salir de la habitación, se cruzó en el pasillo con un vejestorio que avanzaba lentamente arrastrando los pies y que se apoyaba en un bastón.
Se dirigía hacia la sala en la que el clérigo continuaba desangrándose.
A Ahmed solo le quedaban dos salidas, continuar caminando o volver sobre sus pasos para rebanar el pescuezo al intruso.
Disponía de un mínimo instante para decidir quién merecía morir y quién continuar viviendo.
Optó por acelerar el paso.
El anciano reprimió un grito de espanto, horrorizado, no le gustó nada lo que vio, a duras penas logró arrodillarse junto al cuerpo que yacía en el suelo al tiempo que trataba de taponar la hemorragia.
Histérico, no sabía qué hacer, ni cómo reaccionar.
Cuando las puertas del templo se cerraron a sus espaldas, Ahmed decidió que a partir de ahora evitaría llevar a cabo su venganza en lugares cercanos a cualquier mezquita.
Las visitas a los rezos de los viernes tendrían que esperar.
Inició la marcha haciendo esfuerzos por controlar los nervios y calmar las pulsaciones descontroladas de su corazón.
A Rodrigo le extrañó ver salir precipitadamente de la mezquita a una figura que le resultaba familiar.
Bajó ligeramente el periódico para poder observar mejor.
Al pasar por delante del lugar en el que permanecía sentado, reconoció al carnicero argelino a quien solía comprarle los ingredientes necesarios para cocinar cuscús y mechoui.
Avanzaba a paso ligero, poniendo tierra de por medio, como si intuyera lo que se avecinaba.
—Hoy es tu día de suerte —masculló el anciano caracterizado, mientras observaba cómo Ahmed desaparecía de su vista al doblar la esquina.
A los árabes de la mesa contigua la actitud del carnicero también les llamó la atención.
El sudor que resbalaba de su frente en un día para nada caluroso, la respiración entrecortada al caminar y la típica mirada huidiza de alguien que no las tiene todas consigo, les hizo sospechar lo peor.
Sin previo aviso y al unísono saltaron de sus sillas, como eyectados por un resorte, emprendiendo una veloz carrera.
Un mal presentimiento sobrevoló sus cabezas.
La macabra visión que descubrieron al penetrar en la mezquita, un viejo arrodillado en el suelo junto al cuerpo del imán, les dejó impactados.
El semblante de los recién llegados cambió paulatinamente de pálido a cadavérico.
Mientras el guardaespaldas trataba de taponar la sangre que brotaba de la garganta del religioso, el agregado cultural buscó ansiosamente con la mirada el maletín que contenía el dinero.
Con expresión de incredulidad, comprobó alarmado que había desaparecido.
Maldijo por lo bajo.
Acto seguido extrajo de uno de sus bolsillos el móvil para pedir ayuda.
En el preciso instante en el que marcaba el primer dígito del número de emergencias, el universo se desplomó sobre sus cabezas.
Literalmente.
Porque ese fue el momento elegido por Rodrigo para detonar el artefacto.
La deflagración fue de tal envergadura que los cuerpos de todos los presentes quedaron descuartizados en el acto.
Descubrir a quién correspondía cada resto humano necesitaría mucho tiempo e infinita paciencia por parte de los forenses encargados del caso.
«Me pregunto cuál de ellos llegará antes al paraíso prometido» pensó Rodrigo, antes de desaparecer.
Días después del siniestro, existían versiones antagónicas sobre la causa real que originó la explosión.
Unas optaban por atribuir lo sucedido a un hecho accidental, algo fortuito, mientras otras señalaban que sin duda fue a todas luces provocado.
Sin embargo, como nadie estuvo en condiciones de aportar pruebas irrefutables que permitieran esclarecer el caso, tanto en un sentido como en otro, al final los responsables de la investigación decidieron curarse en salud, decantándose por la hipótesis más plausible.
Achacaron los hechos a una fuga de gas.
Ahmed, por su parte, esperaba que el cuerpo del imán estuviese lo suficientemente destrozado para que la razón real de su muerte no fuera descubierta cuando le practicaran la autopsia.
También fue consciente de que él había sobrevivido de milagro.
Y que salir milagrosamente ileso debía de tener algún significado.
.
Rodrigo, caminando cabizbajo y absorto en sus pensamientos, no prestó atención y se internó por un entramado de callejuelas inhóspitas en el corazón de la ciudad que en un pasado no demasiado lejano rebosaban alegría de vivir.
Cuando se dio cuenta del error garrafal que había cometido ya era demasiado tarde para dar marcha atrás.
Comprendió que había penetrado en la dirección equivocada y en un territorio del que él no formaba parte.
Porque, contrariamente a lo que se supone que tendría que ocurrir en un entorno perfecto, en la mayoría de las ciudades civilizadas del primer mundo existen fronteras para nada borrosas en las que el sentido de supervivencia aconseja no internarse a los nativos.
Sin embargo, nadie había tenido la delicadeza de instalar carteles preventivos o más bien disuasorios advirtiendo de los riesgos.
«Prohibido el paso».
«Área restringida».
«Campos de minas».
«Peligro permanente».
De modo que, contra toda lógica, incluso en la información ofrecida en Internet en la página oficial del Ayuntamiento, el lugar estaba descrito como «típico a la vez que pintoresco».
Bueno, por la misma regla de tres, también lo es Chernóbil en los folletos publicitarios del Ministerio de Turismo ucraniano.
Observó cómo una anciana de cara demacrada a la que le costaba caminar arrastraba a duras penas un carrito de la compra sobre la desigual acera plagada de baches.
El hecho de que la calle estuviera cuesta arriba y bastante empinada, por cierto, tampoco es que facilitara las cosas a la pobre mujer.
La señora se detuvo delante de la puerta mugrienta y a mitad carcomida de un edificio casi en ruinas.
Por la fachada del mismo discurría un anárquico cableado externo prueba irrefutable de conexiones fraudulentas a la red eléctrica.
Mientras rebuscaba en el interior de un bolso de tela, mantuvo en todo momento el carrito a sus pies, al tiempo que lanzaba miradas desconfiadas a su alrededor.
El cabello canoso aún llevaba restos de la última vez que se había teñido el pelo, de eso hacía mucho tiempo, y el blanco de las canas había degenerado en un tono amarillento enfermizo.
Despeinada y sin maquillar, un abrigo raído y unos zapatos deformados por el paso del tiempo y el uso diario, eran signos evidentes que dejaban bien a las claras que atravesaba por un periodo de escasez y que su economía no era precisamente boyante.
De improviso, el genuino instinto de ayuda de Rodrigo hizo acto de presencia.
Y sus problemas personales pasaron a un segundo plano.
«A estas edades nadie tendría que malvivir en estas condiciones. Condenados a habitar en un lugar en el que reinan las insatisfacciones» pensó, apiadándose de ella «y además, teniendo que compartir vecindario con lo peor de cada raza».
Aceleró la marcha para dar alcance a la desconocida.
—Permítame que le eche una mano —ofreció solícito.
La señora dio un respingo sobresaltada al tiempo que enarbolaba un bastón en actitud amenazadora.
—Lo siento, no pretendía asustarla —dijo él, con voz pausada mientras sonreía afablemente.
—No pasa nada, pensé que era uno de esos ladrones drogadictos —exclamó la anciana, tratando de adivinar las intenciones del intruso.
Así que interpuso en todo momento su cuerpo entre el carrito y Rodrigo por si este pretendiera arrebatárselo.
—¿Qué hace por estos andurriales, se ha perdido? —inquirió ella, preguntándose a qué venía ese súbito arrebato de generosidad.
—Me he equivocado de calle —respondió él.
—Pues debería prestar más atención por dónde camina, este no es un buen lugar para pasear —advirtió ella.
Escrutando la cara de Rodrigo con atención, al cabo de un momento llegó a la conclusión de que este último no representaba un peligro inminente, incluso parecía una buena persona.
Por desgracia, hacía mucho tiempo que ella no se había cruzado con ninguna buena persona.
Estaba rodeada de maleantes y de gente dañina para sus semejantes.
La gran mayoría sádicos de manual, el tipo de persona que siendo testigo de un accidente de tráfico opta por disfrutar del dolor ajeno y robar las pertenencias del accidentado en lugar de llamar a una ambulancia.
Cosas del barrio.
—Ya he notado que no hay demasiados blancos por la zona —comentó él.
—Solo quedo yo —informó ella—, y eso es porque no puedo marcharme —añadió.
—¿Marcharse adónde? —se interesó Rodrigo.
—A mi pueblo, de donde nunca tendría que haber salido —declaró la anciana, resignada, al tiempo que se enderezaba para recomponer su postura.
—¿Y por qué no lo hace?
—Porque con la miseria de pensión de viudedad que cobro no me daría para poder vivir y además sentiría mucha vergüenza de que me vieran llegar allí en estas condiciones .
—¿Y no recibe algún tipo de ayuda?
—Los servicios sociales me visitan a menudo —comentó ella antes de añadir —aunque estoy convencida de que vienen con tanta asiduidad con la esperanza de encontrar mi cadáver y así quitarse el problema de encima.
—Aparte de la vergüenza, ¿qué le impide irse a su pueblo?
—Ya se lo he dicho, la falta de dinero.
—¿De cuánto dinero estaríamos hablando?
—Pues ahora que me lo pregunta, no sabría contestarle. Nunca se me ha ocurrido hacer cálculos.
—¿Treinta mil serían suficientes? —ofreció él.
—¿Pesetas? —inquirió ella.
—No, señora, las pesetas ya no existen desde hace mucho tiempo, le estoy hablando de euros —puntualizó él.
—¿Treinta mil dice usted? ¿Me toma el pelo? Me conformaría con la mitad o incluso con menos —manifestó ella estupefacta, poniendo los ojos como platos.
Saltaba a la vista que no alcanzaba a comprender.
—Pues en ese caso prepare las maletas —dijo él—, mañana por la mañana pasaré a buscarla con un taxi para llevarla a la estación y le entregaré el dinero —añadió.
—No tiene gracia —le recriminó ella—, no está nada bien reírse de una pobre vieja como yo —gimoteó, pensando hasta dónde podía dar crédito a la inesperada oferta.
La expresión de su cara venía a decir: ¿dónde está la trampa?
—Le aseguro que no es ninguna broma —la tranquilizó él, antes de confesar cuando comprobó que había captado su atención—, mi médico me ha confirmado que estoy muy enfermo y que me queda muy poco tiempo de vida, por otra parte, me sobra dinero para lo que me queda de vida. Eso es todo —declaró, preguntando a continuación—: ¿Quedamos mañana a las diez?
—¿Lo dice en serio? —exclamó ella, poniendo cara de circunstancias.
La extrañeza reflejada en su rostro era algo digno de verse.
—Por supuesto —contestó él.
Tuvo que emplearse a fondo para lograr convencer a la señora de que sus intenciones eran amistosas.
—Rodrigo —informó él, cuando la anciana le preguntó por su nombre.
—Lo siento mucho, aquí le estaré esperando. Que Dios le bendiga —musitó ella, tratando de contener los sollozos.
—Bueno, dejemos a Dios tranquilo, supongo que tendrá mejores cosas de las que ocuparse, porque visto lo visto, en este barrio no es que se note mucho su presencia —soltó Rodrigo en tono sarcástico.
Una simple ojeada dejaba bien claro que los seguidores de Alá no es que fuesen mayoría, es que eran los únicos moradores en muchos metros a la redonda.
—Le aseguro que no echaré de menos este lugar —dijo ella tras un fugaz parpadeo—, no entiendo ni una palabra de lo que dice toda esta gente que nos ha invadido. —Se pasó una mano temblorosa por el cabello antes de continuar—. En mi propio país, resulta que nadie habla mi idioma —suspiró decepcionada—, de modo que, para comprar en una tienda que no sea de los chinos, de los moros o de los negros tengo que caminar varias calles y por si fuera poco las cajeras de la tienda suelen ser ecuatorianas —informó antes de exclamar—: Con ellas al menos puedo conversar sin que me miren con odio.
Y ya que tenía a mano a alguien que parecía comprenderla y a quien no molestaban sus opiniones, aprovechó para explayarse a fondo.
—Mire, yo vengo de un pueblecito de La Mancha, mi abuelo era campesino y mi padre también —soltó de buenas a primeras—. Primero creo que fueron las hormigas argentinas, después las avispas asiáticas, los mosquitos africanos y los cangrejos azules o rojos salidos de no se sabe dónde, vaya usted a saber —enumeró sin tomar aliento—. Todas son especies depredadoras —afirmó de manera contundente, su nerviosismo iba en aumento y ya puestos, continuó su discurso—. También tengo un sobrino que es pescador y me cuenta que a través del canal de Suez están entrando peces asesinos que acaban con toda la pesca. —Rodrigo hizo ademán de estar de acuerdo—. Eso sin hablar de las plantas —prosiguió ella—. Y, para colmo, como no escuchamos a la naturaleza así nos va. O sea, las plantas, los bichos y ahora una invasión de humanos llegados en pateras. —No se molestaba en ocultar la antipatía que le generaban los inmigrantes—. Lo que quiero decir es que toda esta chusma que se ha instalado sin pedir permiso son aún mucho más dañinos que las plantas y las especies invasoras y como nadie pone el grito en el cielo, acabarán con nosotros más pronto que tarde.
El resentimiento que reflejaba su rostro dejaba bien a las claras que estaba harta de toda esa gente venida de otros continentes y que despreciaba todo lo relacionado con el país de acogida.
—Bueno, pues hasta mañana —dijo Rodrigo, aprovechando que ella había detenido su diatriba para tomar aire, al tiempo que depositaba unos billetes en la mano temblorosa de la señora—, póngase guapa, compre ropa nueva y vaya a la peluquería y así podrá hacer una entrada triunfal en su pueblo —añadió guiñando un ojo.
Y de repente, una fugaz sonrisa iluminó el semblante de la anciana.
Sin duda la primera en años.
Esperó a que la señora entrara en su casa y cerrara la puerta antes de reiniciar la marcha.
.
Apenas había caminado unos pasos, cuando notó alarmado cómo el contorno iba perdiendo nitidez.
Angustiosamente borroso.
A pesar de agudizar la vista todo lo posible, no fue capaz de distinguir lo que le rodeaba.
Confuso, sintió cómo un escalofrío le recorría la columna vertebral.
Su corazón bombeaba a mil latidos por minuto y un nudo en la garganta le impedía respirar con normalidad.
La piel de gallina, el vello de punta y los huevos de corbata.
Síntomas de cansancio.
«Vaya, el primer ataque en serio» se dijo para sí. «Espero que esto no empeore con demasiada rapidez, necesito algo más de tiempo para acabar lo que he empezado» pensó intentando poner orden en sus ideas.
Por suerte para él, consiguió dejarse caer en el único banco operacional de una plazoleta con el mobiliario urbano deteriorado hasta límites inimaginables.
Cuando por fin logró recuperar la vista, se preguntó intrigado si las manchas que adornaban el banco no serían salpicaduras de sangre.
Lanzó una ojeada precavida a su alrededor.
Y lo que vio no logró tranquilizarle.
Lo primero que percibió al levantar la cabeza fueron las malas vibraciones que sobrevolaban el lugar.
Las muestras de vandalismo saltaban a la vista y las persianas metálicas embadurnadas de todos los establecimientos de la plazoleta que permanecían bajadas despejaban cualquier duda acerca de dónde había ido a aterrizar.
En un planeta desconocido.
Zona catastrófica.
Revoloteando a merced de las ráfagas de viento, numerosos papeles, cartones, plásticos y hojarasca de los pocos y esmirriados árboles que sobrevivían no se sabe cómo, alfombraban el entorno.
La suciedad omnipresente, acumulada por doquier, era de tal magnitud que podría divisarse sin demasiados esfuerzos desde cualquiera de los satélites que pululaban alrededor de la Tierra.
En nuestro planeta existen lugares paradisíacos, coloridos, luminosos e impregnados de felicidad.
Este no formaba parte de esos idílicos enclaves.
Era un sitio dejado de la mano de Dios.
El sol marchito no parecía interesado en iluminar la plazoleta.
Ni flores, ni plantas, ni pájaros piando.
En lugar de aquellos aromas familiares del pasado, el aire estaba emponzoñado con hedores del presente.
Y después estaban ellos.
Humanos que actuaban como zombis.



