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Hay millones de jóvenes que imaginan los placeres de la vida tal y como los representa este Piero o Walter, llamado a veces Gege o Fuffi. El Dios es uno de esos millones de jóvenes que viven su juventud distraídamente, incrustados en un pequeño reducto del destino (una casa, una oficina, dos o tres calles) con ese ideal, televisivo en definitiva, de la felicidad sexual.
Introducido por este Piero Walter Gege Fuffi, el Dios entra en escena —y tú detrás, como se sigue a un «personaje extraordinario», «divertido», un tipo «increíble», pero con el sumo respeto que debe suscitar quien ha logrado el éxito—, el Dios entra en escena, levanta la piedra, descubre ese gris nido de gusanos y se adentra en él.
¡Qué desproporción! El muchacho liga con mil chicas que, en Milán o Roma, tienen sus esperanzas depositadas en su juventud y la tiran así al reino de la deshonestidad; él es un muchacho como tantos otros: más guapo, más alto, con inocente vulgaridad en su corazón y, al mismo tiempo, es el Dios con su propia corte. El muchacho llega y se maneja, con el traje gris de tela inglesa, el jersey no chillón pero a menudo bien grueso, sus potentes zapatos comprados en Vía Condotti o en Vía Montenapoleone, flamante por una desbordante juventud de pelo corto, ya sea moreno (abuelas aztecas o de la Apulia) o rubio (abuelas irlandesas o de Padua); él es «el Dios», llevando en el corazón la miseria de miles de pobres diablos veinteañeros llegados de la provincia, torpes como jabalíes, tímidos como sus mismas primas, envilecidos, estúpidos, para comerse cada uno su porción de vida, tirándola.
¿Sobre cuántos cuerpos pasará? Esos cuerpos venidos de otros pueblos, de otras provincias, con otra vulgaridad y otra miseria en ese corazón de bajitas o larguiruchas, de pelirrojas o morenas. Sí, pasará por encima de muchos cuerpecitos, como en un cementerio de plástico, de neones, en las ocasiones ofrecidas por las mil posibilidades de la vida nocturna de Milán o de Roma: una inmensa sala de espera, con un olor de letrinas, lacerante, inmemorial.
El Pecado es el que se comete contra la forma física, el padre traicionado es el entrenador, los hermanos traicionados son los millones de tifosi, perdidos en las barberías de toda Italia (podrías realizar una serie de entrevistas en media docena de barberías y en media docena de bares Sport o Tuttosport, etc., para intercalarlas como gags lingüísticos en la historia).
El círculo de baja estofa que rodea a Fuffi es el infierno: tú, que imitas a esos tipos radicales con tu crueldad de hombre cualquiera, no te darás cuenta. Te parecerá simplemente «divertido». Peor para ti. (Para mí, ver esa «vida» es una orgía de estremecimientos del corazón, no tanto por la miseria de orden moral cuanto por la miseria estética: la incapacidad de salir de los movimientos impuestos por la antiesteticidad, tal y como un gusano, un insecto, no puede salir de los movimientos de sus élitros, de los movimientos de su mandíbula. Y el niño ve cómo va errando, cómo corre, se detiene, anda a tientas, cómo vuelve a correr sobre un poco de polvo, sobre una hoja, prisionero de su impotencia.)
Un tipo como Gianni Brera25, que tiene sus partidarios y sus enemigos —y deberás precisar qué intereses defiende o cuáles son los intereses que sus adversarios defienden contra él—, podría extraer al insecto de su trayectoria fatal e introducirlo, aunque sea tan solo provisionalmente, en un círculo estéticamente más alto: lejos del submundo, cerca de la luz de las cumbres.
Un círculo de estetas, con algún escritor joven, periodistas, estos sí, de L’Espresso o del Giorno26, algún personaje noble, actores aunque no sean famosísimos y, de vez en cuando, algún otro Dios: un viejo escritor famoso, un gran director de cine, etc. En el centro de este círculo está ella, definida en los juegos de sociedad —en los que se dice qué sería una persona si fuera un objeto u otra persona— como «Toilette» y «Osservatore Romano», «Trípode» y «Huevo de Pascua pintado con círculos azules por los niños padanos», etc., etc., y a la que el poeta de una ciudad de locos describe:
Bella como la proyección del acróbata / bella como los dientes histéricos del mulo / bella como el viento herido de muerte / bella como la mosca que labra al buey…
Etc., etc. El Misterio, en definitiva, tan definido, nombrado, metaforizado, expresado, digerido, tan remasticado que ya no le queda misterio alguno; solo lo sigue siendo, diríamos, para el jugador-Dios con su vestimenta deportiva, el poder de su pecho inmaculado apenas salido del nido y ya perjudicado por las fatigas, con la testarudez de un animal de tiro.
Esta relación entre el Dios y la Diosa será muy precaria, en cierto modo inexistente. La frigidez de ella (su bondad y su inteligencia están en otros lugares), la estrechez mental (estética) de él. Y, a su alrededor, el coro de los amigos comunes, el «murmullo» de «los que saben», de los presentes, testigos: al menos la mitad «más o menos», y por tanto bastante pérfidos, crueles sobre todo en captar los primeros síntomas del declive, del hecho de que empiezan a estar out, como se decía el año pasado.
Relación sin peso real, humano o sensual, pero capaz de introducir al bruto Dios taurino, al futuro portero de la selección nacional, con sus narices en los fastos de la Italia consciente, no provincial, la Italia de los Grandes.
Haz lo que te parezca conveniente, pero en los fla-shes de la historia, en el montaje, ruinoso y esplendoroso, yo no insistiría demasiado ni en el lado erótico de la vida de la celebridad ni en las relaciones con el pequeño tifo, con los millones de personas que juegan a la quiniela.
Lo que me interesaría iluminar, persiguiendo a nuestro Juanito, son los desgarros de la Italia industrial. Aquí hay un punto oscuro, te lo confieso. Juanito ha costado, digamos, unos cincuenta o cien millones. ¿Quién los ha pagado? ¿La Sociedad, el «Inter», el «Milan», la «Roma»? ¿Qué relación hay entre la Sociedad y su presidente? ¿Qué manos van amontonando los enormes beneficios de la pasión de cada domingo? Yo, sobre este punto, me he quedado en el idealismo del instituto, cuando jugar con el balón era la cosa más bella del mundo. Tú, que siempre fuiste torpe, por tu propio carácter siempre te ha gustado echar las cuentas de los bolsillos ajenos: ya conoces casi todo sobre esos asuntos de millones y millardos. Te bastará con profundizar, ampliar el cerco de la curiosidad de prensa amarilla, dar un aspecto moralista y sociológico a tu investigación de italiano sin ideales. Investiga lo que puede suceder siguiendo la pequeña historia de una fulgente estrella, ¡que pronto desaparecerá de nuevo en el continente de su infancia!
Una grieta en la trama del neocapitalismo italiano, una mirada sacrílega a su interior. Una nueva perspectiva sobre la Fiat, ¿lo entiendes? O sobre las grandes industrias farmacéuticas o sobre las flamantes fábricas del Bienestar (dejemos incluso a Lauro en la deriva de la Italia meridional que navega de nuevo hacia los siglos del Bajo Imperio). Nada mejor que el Inter de Herrera —ese equipo de 1963, dispuesto a vencer la liga— puede representar al Nuevo Milan.
Un muchacho tan disociado como Juanito, un muchacho con ojos azul celeste de mujer o de bestia. La amistad de este durísimo y delicado hijo de patrones, y el durísimo y basto hijo de los sirvientes. Es natural que el hermano pequeño (o el hijo, justamente) del Presidente de la Sociedad se haga amigo del Dios, que es de su misma generación: es una amistad que suscita simpatía. Ya decidirás tú si es verdadera o si es una simple ocurrencia…
Podría haber una finalidad de menor importancia: por ejemplo, el señor Ferrari está «convocando» a los jugadores para configurar la «formación» de la selección nacional. Es un partido importante, pongamos contra Inglaterra (o quizá mejor contra un equipo secundario, Bulgaria, Checoslovaquia, un equipo «revelación» con un buen año futbolístico, resurgiendo tal vez por una reciente y sensacional victoria contra Inglaterra —un equipo, pues, como Hungría—).
Está claro que, si nuestro Juanito es seleccionado y finalmente elegido, su precio aumentará cincuenta o cien millones. De aquí el interés de la Sociedad, la necesidad de valorizarlo, de hacerlo popular: conquistar la opinión pública para que esto pese luego en el fuero interno del señor Ferrari.
Podría haber quizá una finalidad de mayor importancia, pero yo aquí preferiría ser prudente. Piénsalo tú, investiga. El Presidente de la Sociedad es uno de los mayores empresarios industriales del Norte, por ejemplo. Y en su fábrica —decenas de miles de obreros y, por tanto, de tifosi— van a celebrar elecciones (pequeños flashes sobre: Comisiones internas salientes, células del PCI, secciones de la DC, sede de la CGIL, de la UIL27, etc., agitación en la fábrica, mítines, etc.). Mecanismos de propaganda electoral en marcha; en el dulce, blando, reconfortante y santo lavado de cerebros, el «equipo del alma» no puede no estar en los primeros puestos, empezando naturalmente por las primeras páginas de las revistas. Y ahí aparecen las fotografías de la amistad entre el joven hijo del patrón y el idolatrado hijo de la plebe.
Siempre hay, en los jóvenes, un fondo de inocencia, como es comprensible. Y estos siguen con fe el juego de los padres, raza atroz.
Ten en cuenta que, en cualquier caso, el hijo del millonario Presidente vive como algunos locos que se pasan toda la vida en un ligero estado de desdoblamiento, como diciéndose: «Me está pasando algo que es la vida». El hijo ha recibido el poder de príncipe heredero y no sabe dónde meterlo: pero no es necesario, porque el poder es como la vida —está donde está—. En él hay una desproporción contraria a la del Dios portero. Y está como embelesado por ello. Pero, como Juanito, él también lo arregla todo con la ilusión que ofrece lo práctico. Lo que poco a poco sucederá en su vida —la desesperación, la disociación, la cocaína— no le concernirá: permanecerá oculto tanto en él como para la sociedad. El shock que sufrió en la cabeza al nacer lo trastornará para toda la vida. Será siempre tal y como aparece en la fotografía de la revista, con una tirada de un millón de ejemplares, que inmortaliza su amistad con el glorioso proletario de San Pablo, portero de la selección italiana, después de una victoria contra Bulgaria o Checoslovaquia, un domingo de invierno. En ambos muchachos, los ojos parecerán incrustados en sus ojeras, con su sonrisa, con el recuerdo de su verdadera personalidad, abandonada nadie sabe dónde: con la luz de su inocencia velada por la voracidad en el caso del proletario moreno, y por la indiferencia en el potente y débil muchacho millonario de ojos azul celeste.
Yo lo dejaría aquí. No jugaría con la caducidad de la gloria, dejaría a Juanito en la cumbre: el amor de la Diosa, la amistad del hijo del Presidente. En la ilusión de que todo esto le corresponde realmente, de que será duradero. A pleno sol de la felicidad deportiva, después de una victoria de su equipo conseguida gracias a él: con toda la Italia tifosa, neocapitalista y erótica a sus pies, un domingo cualquiera de invierno.
Il Giorno, 14 de julio de 1963
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