El viaje más grande del mundo

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Al entrar a casa, mi madre nos escudriñó sin decir ni una sola palabra, pero sin duda ella sabía los asuntos que habíamos ido a tratar ese día. Faiatu nos recibió más fría de lo normal, y yo intuí que mi madre podría haber hablado con ella. Mis dos hermanas pequeñas estaban en la calle.
Los días siguientes fueron días de máxima tensión. Mi padre se iba a trabajar temprano y yo notaba cómo se despedía de todos y cada uno de nosotros con un afecto inusual, sabedor de que cualquier abrazo que nos daba podría ser el último. Mi madre y yo hacíamos lo propio, mientras que para mis hermanas formaba parte de la rutina.
Estábamos de vacaciones en la escuela coránica a la que íbamos, por lo que pasábamos los días en la calle con los amigos, a ratos jugando al fútbol, a ratos hablando sobre los rumores que se escuchaban de los tuaregs; pero la mayoría del tiempo lo pasaba con Seidy, nos gustaba ir al río que había a unos dos kilómetros de casa. Era raro que las hienas se acercaran a beber a las horas que íbamos nosotros, ya que hacía mucho calor; pero, por si acaso, siempre íbamos con nuestros mejores palos. Por suerte nunca tuvimos que utilizarlos.
Nos zambullíamos en el agua, pero sin meternos donde cubría demasiado, pues no sabíamos nadar bien ninguno de los dos y era mejor no tentar a la suerte. Todos los años moría algún chico del poblado fingiendo saber nadar mejor de lo que en realidad sabía, o podía, delante de los demás chicos del pueblo. Solían hacer saltos y competiciones, que algunas veces terminaban en tragedia; era por eso que a mí me gustaba estar solo con Seidy, mojarnos y secarnos al sol.
Era una gran suerte contar con un amigo como él, nuestra amistad era verdadera, conocía todos sus sueños, emociones y secretos; al igual que él conocía los míos. Teníamos una forma de ser muy similar, siempre había sido un chico tranquilo, que evitaba meterse en problemas, tímido hasta unos niveles insospechados. Sentía vergüenza de tener que hablar con desconocidos. Su tartamudez le confería cierto aspecto cómico ante los demás chicos, no ante mí, que le apreciaba como a un hermano. Habíamos compartido muchísimo tiempo juntos, no nos hacía falta hablar para saber lo que estaba pensando el otro, y esto era una gran ventaja a la hora de comunicarnos. Para Seidy, yo era su gran apoyo, no se relacionaba prácticamente con nadie más. No es que yo tuviese muchísimos amigos, pero al menos interaccionaba con el resto de los chicos de la escuela y no tenía problemas por hablar con todo el mundo. Se podría decir que, en ciertos momentos, Seidy sentía una especie de celos cuando yo jugaba con otros chicos de la escuela y no directamente con él. En esos momentos, él prefería quedarse al margen para no tener que hablar y que los demás se burlasen de su defecto en el habla.
Un día al atardecer, ya casi de noche, al llegar a casa, encontré a mis padres discutiendo en la puerta de entrada, habían salido fuera para no despertar la atención de mis hermanas. Al verme, me cogieron del brazo y me llevaron hasta el camión. Nos metimos los tres y cerraron las puertas. Mi padre sacó de la guantera un sobre, me lo entregó y me pidió que lo abriera.
Seguí sus instrucciones y me di cuenta de que había mucho dinero, eran euros. Yo no estaba muy familiarizado con ese dinero europeo, pero a juzgar por el número de billetes me pareció que había muchísimo.
—Hay dos mil quinientos euros, Amadou —dijo mi padre—. Son los ahorros de toda nuestra vida. Con esto deberías tener suficiente para llegar a Europa. A Yaya no hay que darle nada, pero llegado el momento deberás pagar a un hombre en Marruecos para que te lleve en barca hasta Canarias. Confío al máximo en Yaya, él te dejará en buenas manos y, hasta llegar a la costa de Marruecos, costeará todo el transporte y la comida con el dinero que le di.
—Son todos los ahorros que tenemos —continuó mi madre—. No los malgastes, hijo, y cuida bien de este dinero que tanto esfuerzo nos ha costado reunir. —Su mirada era una mezcla de melancolía, pena y un atisbo de esperanza.
Yo no sabía qué decir, me sentía avergonzado por recibir esa cantidad de dinero, dinero que tanto esfuerzo le había costado reunir a mi familia y que me era confiado para afrontar una difícil misión. Esperaban que gracias a ese dinero yo pudiese llegar a Europa y sostener a mi familia, con un trabajo que tenía que conseguir pronto.
Los miré a los ojos durante un rato sin saber qué decir, no encontraba las palabras, pero algo tenía que comentarles para que les diese esperanzas en esos momentos tan difíciles.
—No os preocupéis por mí —dije—. Llegaré a España sin ningún problema y trabajaré de lo que sea para que este esfuerzo no haya sido en vano —solté esto sin ninguna convicción y temí que mis padres se percatasen.
—Sabemos que así será —dijo mi padre—. Confiamos en ti, Amadou.
—No hagas ninguna locura, hijo, sé prudente y cuídate mucho, haz todo lo que te diga el amigo de papá y no habrá nada que temer —añadió mi madre. A la vez sacó de la parte de atrás del camión una mochila, según ella para que metiese algo de ropa y un poco de comida para los primeros días. También añadió que, en la parte de atrás de la casa, en la cabaña de los animales, había un bidón de cinco litros de agua que debía llevar y algo de fruta, mantequilla y pan para meter en la mochila. Todo esto debía cogerlo antes de ir a buscar a Babá, el padre de Seidy. Me recomendó que guardase el dinero en un sitio bien oculto y no en los bolsillos.
La tristeza se apoderó de los tres, pero ninguno lloró, ni siquiera mi madre, que era de lágrima fácil. Nos cogimos de la mano en silencio, acariciándonos, con una ternura poco frecuente, pero reconfortante en esos momentos. Mi madre no podía apartar los ojos del rostro de mi padre. La tristeza que exhalaba aquel camión se podía tocar con los dedos. Mi padre rompió el silencio para sugerir entrar en casa y que mis hermanas no empezasen a sospechar nada.
Bajamos del camión y nos dirigimos hacia casa, antes de entrar escuchamos unos ruidos de cláxones. Unas camionetas venían a toda velocidad en nuestra dirección, dejando un rastro de humo producido por la alta velocidad. La noche estaba empezando a cerrarse. Mi padre besó a mi madre a la vez que le hacía un gesto para que entrase en casa, a mí me dijo que guardase bien el dinero y me escondiese rápidamente en algún sitio en la cabaña detrás de la casa.
Esa sería la última vez que vería a mi padre con vida…
1 Término referido a una zona del Norte de Mali que los tuaregs consideran su territorio.
Remordimientos
—Amadou Koulibaly, tiene que acompañarme. —Un policía que no había visto hasta entonces me vino a buscar a la sala donde nos encontrábamos unas veinte personas. Había otras tantas camas, en un espacio donde si estuviésemos la mitad ya se podría decir que era un espacio reducido para tanta gente. Todos éramos negros, exceptuando cuatro chicos magrebíes.
Bajé de mi litera, del Centro de Internamiento de Extranjeros de Aluche, ante la mirada de mis compañeros. Dos de ellos me dieron un abrazo y me desearon suerte, me sonaban sus caras, pero no me acordaba de sus nombres.
Seguí al policía por un corredor hasta llegar a una pequeña sala en la que había otros dos agentes y una mujer de unos cuarenta y pico años, pelo corto y moreno recogido en una coleta. Me hicieron sentarme al lado de la mujer, a la que no conocía, pero que enseguida me dio la mano y se presentó como Raquel, la abogada de la asociación Parterre. Me preguntó si me encontraba bien, asentí y me tranquilizó diciéndome que me sacaría de allí enseguida. Su voz sonaba sosegada y segura, transmitiéndome una confianza que sin ninguna duda necesitaba.
Hacía unas dos horas que había ingresado en el cie, detenido por haberme colado en el metro, y me sorprendió la rapidez con la que se habían movido desde la asociación para venir a sacarme de aquel problema. La anterior vez había pasado cuarenta de los peores días de mi vida y la idea de que eso volviese a sucederme me estaba torturando por dentro. Raquel y los policías estuvieron hablando durante unos minutos. Yo solo lograba entender palabras sueltas, estaban utilizando palabras técnicas y, aparte, mi cabeza estaba funcionando a mil por hora con múltiples pensamientos al mismo tiempo.
Los policías en ningún momento se dirigieron a mí, todas las preguntas se las hacían a la abogada, que de cuando en cuando me formulaba alguna cuestión sobre mis datos personales, o sobre el tiempo que llevaba en el piso nuevo y el tiempo que había estado antes en este mismo lugar. Las preguntas me las formulaba en español, utilizando el francés cuando yo no era capaz de comprender.
La conversación llegó a su fin cuando me pusieron delante una hoja, primero la revisó detalladamente Raquel y, una vez la leyó, me pidió amablemente que la firmara y que, una vez firmado, nos podríamos ir de allí. Accedí y firmé la hoja sin leerla, confié plenamente en aquella señora que decía ser mi abogada. Los policías me dijeron que no me metiese en problemas y que esperaban no tener que verme otra vez por allí. Yo no supe qué decir y Raquel me echó una mano diciendo que no se preocuparan, que así sería.
Salimos a la calle y allí estaba Mohamed con un señor que se presentó como el director de la asociación. Mohamed me dio un abrazo y se disculpó por lo que había pasado. El director, Javier, un hombre de unos sesenta años y pelo cano, me miró con aire distraído tras sus gafas minúsculas que dejaban ver unos ojos azules pequeños. Con una voz vivaracha me dio un empellón en el hombro y soltó un «¿Cómo estás, chaval?». Sin esperar a mi respuesta, sugirió que nos fuésemos a una cafetería para comer algo, ya que debíamos de tener mucha hambre.
Dentro de una cafetería comimos unos bocadillos de tortilla de patatas con una Coca-Cola cada uno de nosotros. Una vez acabamos, Javier pidió a Mohamed que nos esperase fuera un momento. Raquel y Javier me explicaron que el papel que acababa de firmar era una orden de expulsión, pero que no me preocupase, que muchos chicos tenían una orden como esta, pero que rara vez se lleva a cabo. Me dijeron que esta orden se iba a recurrir en los siguientes días, y que mañana por la mañana acudiera a la oficina de Raquel con Verónica y un chico maliense que ejercería de traductor para ayudarme. Todo esto lo logré entender tras muchas repeticiones, ya que mi español no era tan bueno en aquel momento. Precisamente por eso, al día siguiente se me proporcionaría la ayuda de un traductor de bámbara, mi lengua natal.
Escuchar que tenía una orden de expulsión no me gustó nada, pero la tranquilidad que transmitían Javier y Raquel me hicieron aplacar mis sensaciones. Por lo visto, y así lo pude comprobar más tarde, era de lo más normal entre chicos africanos y, lo raro, según me dijeron, era que no tuviese una orden de expulsión de mi anterior paso por este mismo lugar hacía solo unos días. Lo cierto es que yo había firmado unos documentos, pero no sabía exactamente lo que eran. Lo hice para que me dejaran salir, bien podría haber sido mi sentencia de muerte, pero lo único que deseaba era salir de aquella comisaría.
Javier se levantó y pagó la cuenta. Ya en la calle, Raquel me dio la mano para despedirse y yo le agradecí un montón de veces que me hubiese sacado de la cárcel. Ella respondió que para eso estaba, que era su trabajo, pero aun así se lo volví a agradecer en español, en francés y hasta en bámbara, incluso a sabiendas de que no me comprendería. Antes de irse me volvió a recordar que al día siguiente por la mañana me vería en su despacho y que, mientras tanto, se quedaba el documento que yo acababa de firmar para ir adelantando cosas.
Nos metimos en el coche de Javier y fuimos hasta el piso. Por el camino, Javier y Mohamed estuvieron hablando animadamente, lo que denotaba la buena relación que había entre ambos. Al llegar al portal, el director me preguntó si me encontraba bien y si necesitaba algo, yo le contesté que no y le di las gracias. Esperaba una reprimenda. La verdad es que la esperaba desde el primer momento por haberme colado en el metro, pero ni se produjo por parte de Raquel, ni por parte de Javier; simplemente me recomendó que pidiese un metrobús a mis educadores. Me estrechó la mano y me dijo que en esos días ya nos iríamos conociendo mejor, que de momento descansase y olvidase lo ocurrido. Chocó la mano amistosamente con Mohamed y se alejó lentamente con su coche blanco por la calle Alcalá.
La verdad es que si me hubiesen dado una buena reprimenda me sentiría mejor, me sentía como que había hecho algo muy malo, tenía grandes remordimientos de conciencia y parecía que la gente apenas daba importancia a este hecho. El caso es que estaba de nuevo en el piso, ya era tarde. Cuando entramos en casa los compañeros vinieron a interesarse por mí.
Fabrice, el cuidador, me contó que él también tenía una orden de expulsión y que no me preocupara, que no pasaba nada. Baillou también me dijo que tenía una y que en Madrid todos los negros que conocía tenían una, a lo que Youssef, el chico palestino, dijo en un tono jocoso que «los negros no éramos de fiar y que él no la tenía». Hablábamos en francés, ya que los educadores no estaban en casa para recriminárnoslo. Souleymane le tiró un cojín del sofá a modo de broma y le vaciló con que «al menos los negros teníamos países, no como él, ya que era palestino». Todos los demás se rieron, incluido el propio Youssef.
Me gustaba ese tono familiar que se respiraba en el piso entre todos los chicos. A Mohamed le recriminaron su papel como guía, ya que el primer día había logrado que al nuevo le hubieran detenido y puesto una orden de expulsión, y me advirtieron con tono de guasa que no me juntase con el moro. Ninguno se ofendía de los comentarios de los demás y esto fue algo que llamó poderosamente mi atención.
Fabrice me llevó hasta la cocina y me invitó a que cenase una hamburguesa con patatas fritas. Yo le respondí que ya había cenado un bocadillo con Javier y Raquel, pero no hubo manera; insistió tanto que tuve que comérmela. Cuando terminé, pasé un rato con mis compañeros viendo una serie que yo no comprendía, pero que el resto de chicos, especialmente Yakub, se partían de la risa. Esa noche me fui a la cama sintiendo que en Madrid había encontrado a una segunda familia y que no tenía que desaprovechar la oportunidad que la vida me estaba ofreciendo. Coincidió que esa noche dormí como un niño pequeño, con un sueño profundo y sin pesadillas, por primera vez en mucho tiempo.
Me despertó la voz de Verónica…
Ilusión
—¿Amadou...?
Era mi turno, por fin la oportunidad que tanto tiempo había estado esperando, estaba a punto de afrontar mi primera entrevista de trabajo. Tragué saliva y carraspeé un instante. Me puse en pie y entré al despacho desde donde me llamaban, allí encontré a un hombre menudo, con unas gafas que no llevaba ceñidas, sino que se le sujetaban en el borde de la nariz. Un olor a humo impregnaba la sala y de un cenicero, casi a rebosar, se veía el humear del último cigarro mal apagado. El hombre me estrechó la mano y me dijo su nombre, el cual olvidé de inmediato. «¡Mierda!, primer error», pensé. Gerardo, durante los ensayos, insistió en que recordase ese tipo de detalles. No sé si fue por vergüenza o por nervios, pero no me atreví a preguntárselo de nuevo durante el tiempo que duró la entrevista.
Aquel tipo me escudriñó de arriba abajo, no sé qué tipo de persona esperaba encontrarse con el nombre de Amadou Koulibaly; pero, a juzgar por su mirada, no contaba con un africano. Una vez terminó de estudiarme, me soltó sin rodeos:
—¿Por qué quiere trabajar con nosotros?
Esa pregunta la había practicado miles de veces en el despacho con Gerardo, pero no me la esperaba tan pronto, sin haber roto el hielo antes. Me costó unos segundos responder y, durante ese tiempo, creo que el entrevistador pensó que no dominaba bien el idioma. Justo antes de que me repitiese la pregunta, le contesté:
—Me gusta mucho el trabajo con las frutas y verduras, creo que se me da bien. En mi país las frutas son distintas a las de España, pero gracias a las prácticas que he hecho en su empresa me he familiarizado con todas y las domino a la perfección. —Con esta respuesta le dejaba claro que dominaba el idioma y que conocía el género—. Además —continué diciendo—, necesito trabajar ahora que por fin tengo los papeles en regla y ayudar a mi familia económicamente, ya que están pasando una mala situación en Mali. Creo que puedo hacer un gran trabajo en su empresa y, si me da la oportunidad, no voy a defraudarle, señor.
El hombre se quedó descolocado ante mi educación y dominio de la situación. En todo momento le miré fijamente a los ojos, tal y como me había repetido una y mil veces Gerardo en las simulaciones de entrevista.
Continuó diciendo que le habían dado muy buenas referencias sobre mí. Al tiempo que encendía otro cigarro, me dijo que había hecho unas prácticas muy buenas y que mi perfil podría encajar, pero que tanto Andrés como Guadalupe, los dos chicos que habían hecho la entrevista antes que yo, también tenían buenas referencias. Me preguntó por qué pensaba que debían darme el puesto a mí.
Yo sabía que había realizado las prácticas mejor que Andrés, a Guadalupe no la conocía y no podía opinar, ni comparar. Andrés era mi amigo y no quise hablar mal de él. Le contesté que yo necesitaba ese trabajo más que nada en el mundo y que mi compromiso sería total. Noté que la respuesta fue de su agrado.
La entrevista continuó, enumeró las que serían mis responsabilidades, mis horarios y el sueldo que percibiría. A mí me parecieron unas condiciones buenísimas, aunque cuando se las comuniqué a mis educadores al llegar al piso, empezaron a blasfemar y a insultar al entrevistador con palabras que prefiero no repetir aquí. Resumiendo, las condiciones eran un trabajo de nueve horas al día, de martes a domingo, de 8.00 h a 14:00 h y de 17:00 h a 20:00 h, con los lunes libres; no así los festivos, que los tendría que trabajar. El contrato que me harían sería de media jornada, es decir, de veinte horas a la semana, aunque en realidad trabajaría cincuenta y cuatro en caso de ser contratado, más alguna hora extra en caso de que fuese necesario. El contrato inicial sería de tres meses, considerado de prueba, y en caso de estar contentos conmigo, me harían otro contrato de otros tres meses, tras los cuales decidirían si hacerme fijo en la plantilla o prescindir de mis servicios.
El sueldo que me correspondería por este trabajo sería de 680 euros al mes, aunque en la nómina aparecería bastante menos. El resto me lo entregarían en un sobre al que llamó «dinero en b».
Cuando el entrevistador me preguntó si estaba de acuerdo con las condiciones, no lo dudé ni un momento y le dije que estaba conforme. Cuando los educadores se enteraron de estas condiciones, que calificaron de semiesclavitud, pusieron el grito en el cielo, pero no me reprocharon que yo aceptase. Sabían de mi necesidad, aunque me consta que esto les generó un polémico debate entre ellos, ya que lo consideraban una aberración, y me pareció escuchar la palabra denuncia en la boca de Gerardo cuando cerraron la puerta de su despacho.
La entrevista finalizó con un apretón de manos y me informó que antes de que acabara la semana —estábamos a miércoles— me llamarían para darme una respuesta final, tanto si había sido el elegido como si no. También me agradeció que hubiese acudido a la entrevista, a la vez que me deseó suerte.
Yo le di las gracias y salí de aquella habitación que hedía a humo, con una sonrisa dibujada en los labios, pues tenía la corazonada de que el trabajo sería para mí.
Desolación
La noche estaba ya cayendo sobre Sané, mi aldea de Mali. Mi madre se dirigía con cara aterrada hacia nuestra casa, mi padre permanecía impasible mientras las camionetas se acercaban y yo, por mi parte, corrí a esconderme en la cabaña de los animales, detrás de la casa. Antes metí el sobre con el dinero en la mochila que me había dado mi madre y corrí a toda velocidad hasta allí. Los animales me recibieron con grotescos sonidos, como si mi presencia allí les perturbase e hice todo lo posible por calmarlos, sin preocuparme primero por calmarme a mí mismo.
Una vez que los animales se acostumbraron a mi presencia busqué un sitio donde poder observar lo que pasaba. Desde mi posición apenas veía la puerta de la casa, pero sí era capaz de ver la silueta de mi padre. Allí de pie, Moussa parecía un hombre valeroso y su figura desde mi escondrijo parecía la de un gigante que velaba por la seguridad de su familia. Las furgonetas tardaron un par de minutos en llegar hasta el punto en el que mi padre esperaba.
Se bajaron cuatro hombres armados y estimé que al menos otros seis permanecieron dentro de las cuatro furgonetas que habían venido, aunque desde mi posición no era capaz de distinguirlos con claridad. Mi pulso se aceleró y llegué a pensar verdaderamente que el corazón se me iba a salir del pecho. Ríos de sudor me chorreaban desde la frente hasta el torso y, pese a tener la cabeza afeitada, el poco pelo que tenía me parecía un gorro de lana que me daba un calor infernal. Pasaba la lengua una y otra vez por el hueco vacío de mi diente, cosa que hacía con asiduidad cuando estaba nervioso, y en aquel momento lo estaba, y mucho.
Escuché cómo le decían a mi padre que les diese el dinero que les debía, que no tenían tiempo que perder. Era una noche en la que apenas había ruido y todo se escuchaba con nitidez. Mi padre insistió en que ya sabían ellos que él no tenía dinero, que por favor les dejasen en paz, que si querían el camión se lo llevasen, pero que les dejasen tranquilos. Los hombres se reían ante las palabras de mi padre. Uno de ellos se le acercó y le cogió del cuello, le dijo que era su última oportunidad, que le diese el dinero o que se preparase para morir.
La silueta de gigante que me había parecido mi padre hacía unos segundos se convirtió de repente en la de un diminuto ser, sobre todo comparada con la corpulencia del tuareg. Yo no sabía qué hacer, dudé unos instantes en salir para ayudar a mi progenitor, pero sabía que eso no tenía ningún sentido. Me machacarían sin poder hacer nada y, encima, se quedarían con los ahorros de toda la vida de nuestra familia.
El gran Moussa insistió con voz solemne que no teníamos dinero y sacó las llaves del camión, ofreciéndoselas al hombre que portaba la ametralladora. Desde mi posición no le podía ver la cara, pero parecía el mismo que me había dejado mellado hacía unos días. El hombre abofeteó a mi padre y las llaves se le cayeron. Antes de que mi padre pudiese reaccionar, el hombre le disparó tres veces en el cuerpo. Mi progenitor cayó al suelo retorciéndose y, en unos segundos, dejó de moverse y yació inmóvil. Un cerco de sangre rodeó su cuerpo.
El aire no quería entrar en mis pulmones, no era capaz de respirar. Mi cuerpo quería llorar y gritar, pero eso me pondría en un gran peligro. Empecé a andar de un lado a otro sin sentido. «¡Han matado a mi padre! ¡Esos malnacidos han matado a mi padre! ¡Noooooooo!».
Tenía que hacer algo, pero, ¿qué?, ¿qué podía hacer? Mi lengua lijaba el hueco que había entre mis dientes a toda velocidad.
Traté de conservar la calma. Ríos de adrenalina y sudor inundaban mi cuerpo. Miré de nuevo por la ventana para tratar de controlar la situación desde mi escondrijo. Una oveja baló y me dio un susto de muerte, volví a mirar a través del sucio vidrio y vi a mi madre al lado del cuerpo sin vida de mi padre, gritando y llorando. Gritos desgarradores salían de la garganta de Kadiatou, mi madre, llena de dolor. Desde el interior de la casa llegaban débiles llantos de mis hermanas.
Le preguntaron a mi madre por el dinero, argumentaban que no eran tontos y que un comerciante como Moussa debía tener una gran cantidad de cfas 2. Kadiatou solo podía sostener el cuerpo sin vida de mi padre y darle besos, a la vez que gritaba y clamaba al cielo.
Los hombres, viendo el estado en que se encontraba mi madre, decidieron entrar en la casa.
Yo no podía verlos desde donde estaba, pero escuché los gritos de mis hermanas. Al rato salieron de nuestra choza y vi a dos de ellos que se llevaban a Faiatu sosteniéndola por los brazos, seguidamente la metieron en una de las camionetas. Mi pobre hermana estaba aterrorizada, no dejaba de chillar y de darles manotazos a los secuestradores, pero estos se zafaban como si de un mosquito se tratase. ¿Por qué se llevaban a mi hermana? ¿Qué tenía que ver ella en todo esto? Tan solo tenía quince años. La cólera y la locura se apoderaron de mí, no podía permanecer impasible ante lo que estaba viendo. Tenía que hacer algo, pero, ¿qué? La desesperación que sentía era desmesurada, a la falta de aire se unían los sollozos con los mocos que se me caían y los ojos hinchados por el dolor. «Calma, Amadou, calma», me decía a mí mismo.



