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—Todos sus recuerdos serán idénticos, pero le advierto que deberá tener cuidado con los espejos y las fotografías. El procedimiento no está suficientemente perfeccionado y algunas copias pueden sufrir trastornos de identidad si se miran en los espejos y no se reconocen. Sus recuerdos pueden entrar en conflicto con las nuevas imágenes.
—¿Me reconocerá a mí?
—De eso puede estar segura.
Asentí y entramos en la sala de adaptación de familias, un lugar agradable, con un par de sillones de cuero azul enfrentados junto a una cristalera por la que se colaba el sol de la mañana y se podían ver los cargueros del puerto. Me senté a esperar, entreteniéndome con el ir y venir de los barcos, pesados cachalotes aplastados por su propio peso.
Al cabo de unos instantes se abrió la puerta.
Esa fue la primera vez que vi a la copia de pie y me pareció más alto de lo que había imaginado en la camilla. Había una oscilación abrupta en sus movimientos. Robótica. Andaba con la torpeza característica de un recién nacido, apoyándose en los muebles para mantener el equilibrio. Sin embargo, su mirada era la de un hombre adulto.
Estábamos solos, y la copia me saludó por mi nombre: Zoe. Yo sabía que teníamos vigilancia y nuestras conversaciones estaban siendo grabadas, pero no me importaba mucho. Su voz era distinta, con un timbre sintético.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté.
—Cristian.
—¿Cuál es tu color preferido?
—Magenta.
—¿Fruta?
—Naranjas.
—¿Dónde me conociste?
—¿A qué vienen tantas preguntas? —protestó la copia.
—Perdona, solo quería comprobar que estabas bien.
—Me cuesta recordar algunas cosas.
Le tranquilicé, esas pérdidas de memoria le podían pasar a cualquiera, no había que darles ninguna importancia y le prometí que hablaría con los médicos para que viniese a casa lo antes posible.
Me había asegurado bien con el neurólogo de que la transferencia de memorias se detuviese antes de la aspiración de opio, antes de la primera vez que perdí a Cristian.
Regresé a casa feliz. Estaba ansiosa por comprobar si ese cuerpo nuevo, limpio de adicciones, sería capaz de devolverme al chico magnético que recorría los anticuarios de la zona buscando colores perdidos, con quien comía naranjas a mordiscos.
Los días siguientes estaba como abducida. Volví a teñirme el pelo de rubio. Me compré ropa nueva. Mis amigas decían que me había quitado diez años. Yo contaba los minutos hasta la hora de los encuentros, que seguían produciéndose bajo la supervisión del equipo de neurólogos.
Después de tres o cuatro sesiones de adaptación, nos permitieron salir a cenar juntos. Elegí un japonés, cercano al santuario de árboles milenarios que separaba la zona Sigma de la ciudad vegetal, donde preparaban sushi de pez limón usando unas algas blancas traídas del sudeste asiático. Él devoró el sushi y me habló durante toda la noche de nuevos cuadros ambientados en Alaska. Volvíamos a la noche en que nos conocimos. Tenía frente a mí la oportunidad de una nueva vida, de intentarlo de nuevo.
Pocas semanas después, los médicos dijeron que ya estaba listo para hacer una vida completamente normal, y me lo llevé a nuestro apartamento.
Estaba claro que sus tallas eran diferentes y no le serviría su antigua ropa, así que le compré un par de vaqueros y una parca de cuadros rojos y negros, y pedí que le cortasen el pelo como a Cristian. Matus no quiso reconocerle. Empezó a ladrarle como a un intruso y tuve que esforzarme mucho para sujetarle y que no le mordiera las piernas, hasta que se escondió debajo del sofá, babeando, sin dejar de llorar, como el día en que las larvas se llevaron a Cristian.
Por la mañana le llevé a pasear y caminamos juntos durante horas dando vueltas por el mercado negro. Él insistió en regalarme un chaquetón de visón rojo en el anticuario vintage. Dijo que vendería pronto alguno de los cuadros. Yo me sentía viva, sin rastro de la tristeza de los últimos años.
El traficante de naranjas me reconoció y me miró por detrás del parche de su ojo derecho. Compramos la fruta y estuvimos chupando naranjas mucho tiempo, dejando que el líquido dulce y vitamínico nos chorreara por la cara, como hacíamos al principio, cuando aún paseábamos juntos por el mercado negro. Luego dijo que tenía ganas de pintar y pasamos por un taller clandestino para comprar un gran cubo de magenta. El nuevo Cristian encontró el camino entre el laberinto de calles estrechas sin dudar ni una sola vez. Se le veía feliz, saludando a todo el mundo, recorriendo los puestos y las tiendas.
Por las noches, antes de dormir, le pedía que me reconfortase con los recuerdos pasados, que le hacía repetir una y otra vez. Después me abrazaba de una manera animal. Era más fuerte, más joven, más alegre.
Matus seguía negándose a que le acariciase el lomo, o le sacase de paseo. Se sentaba a la puerta del simulador y esperaba, sin dormir, la vuelta de su verdadero dueño. Pensé que necesitaba tiempo.
Yo tenía un miedo horrible de perderle y quité todos los espejos de la casa como me aconsejó el neurólogo. Vivíamos sin espejos que nos recordasen a nosotros mismos. Aislados de nuevo. Sin fotografías, para protegerle, para protegernos. No quería arriesgarme a que las nuevas imágenes chocaran con las imágenes de sí mismo que le habían grabado en el cerebro.
Pero los nuevos recuerdos empezaron a ocupar cada vez más espacio en su cabeza. Ya no me hablaba apenas de Alaska. Primero me disgustó de su voz, su eco metálico; luego empecé a sentir repugnancia por su boca al besarme, que se abría al comer como la de un pato, tragándose un montón de migajas de pan empapadas y flotantes, por su risa tonta ante cualquier cosa.
La copia pasaba la mayoría del tiempo durmiendo y comiendo. Me obsesioné con la idea de que su cerebro no era más que una gelatina mental en la que habían incrustado los detalles microscópicos de una memoria que no era suya. Solo eso, una copia, sin su olor, sin sus ojos: una máquina de carne y de respuestas aprendidas que no conseguía devolvérmelo. Una mente intrusa en un cuerpo aborrecible. Hasta que no pude más y le puse delante un espejo para que él mismo comprendiera lo distinto que era del auténtico. Del verdadero Cristian.
El intruso no se inmutó. Al contrario, se miró satisfecho, como reconociéndose, y a los pocos días me invitó a entrar en el estudio.
—Tengo una sorpresa —me dijo con esa mueca rígida en la boca que me daba náuseas.
No tenía ganas de sorpresas.
Entonces la copia levantó la tela que cubría el lienzo en el que había estado trabajando todo el día. Su autorretrato, dijo.
Abandoné el apartamento corriendo excitada, seguida por Matus, en dirección al santuario de árboles milenarios. Quería pasear. Necesitaba respirar aire limpio después de tantos días encerrada en el apartamento. Calmarme, aclarar las ideas. No iba a consentir que ese pedazo de carne sintética se hiciera pasar por el auténtico Cristian, que me robase a Cristian.
Cuando volvimos a la zona, estaba empezando a atardecer y ya estaban retirando los puestos del mercado negro. Entonces Matus empezó a tirar de mí en dirección al centro de renacimiento, como si el perro entendiese mejor que yo el torbellino de ideas dentro de mi cabeza, y ya hubiese tomado por mí la decisión de devolverlo.
Al llegar al centro me ardía la cabeza. Le expliqué la situación al neurólogo, que no pareció extrañarse. Eran comunes esos pequeños desajustes, me explicó.
—Ya sabe que el proceso puede repetirse indefinidamente. Eso sí, será necesario destruir a la copia. Las reglas reproductivas no nos permiten tener dos individuos idénticos.
—No tienen nada de idénticos —aclaré.
—Podemos probar con otra raza, si quiere. Además, últimamente hemos avanzado mucho replicando el olor corporal de los muertos a partir de su ADN.
Y firmé la autorización para destruirle y elegir la siguiente copia de Cristian.
MENTES COLMENA
Son casi las cinco de la tarde cuando llego a la casa. El calor a esas horas es asfixiante, y en lugar de los zombis que huyen de la soledad de sus apartamentos, la gran avenida parece estar llena de ángeles. El portero me pone difícil la entrada y me hace enseñarle mi acreditación.
—No tengo nada contra usted, doctor, pero últimamente están sucediendo cosas bastante raras. Ya sabe lo que le digo. —Se inclina hacia mí hasta que puedo sentir su aliento templado—. Todos esos secuestros de viejos…
Subo las treinta dos plantas hasta el apartamento 321-B donde vive el profesor, y la cuidadora que me abre la puerta me acompaña hasta su habitación. Es bastante rotunda, con aspecto de rusa.
—Puede dejarnos solos —le pido.
No se va.
Empujo una de las butacas Borselius cerca de la silla del viejo y me siento un rato a mirar esa cabeza que parece estar pegada al tronco como el tapón redondo de una botella de perfume, y que me dan ganas de girar, y destapar, para mirar lo que hay dentro.
No he decidido hacerme neurólogo por casualidad.
Mientras le observo, de los dedos huesudos de Liang-Wu se escapan de vez en cuando amagos de pequeños movimientos, como si quisiesen decir algo, recordar algo, tal vez acariciar algo. Por lo demás, durante más de diez minutos no hay más intercambios entre nosotros. Permanezco allí, sentado y quieto, frente al viejo chino durante todo ese tiempo, para dejar que se acostumbre a mi presencia. Le necesito tranquilo.
Su cuidadora rusa, embutida en un mono blanco elástico, da vueltas por la habitación abarrotada de orquídeas. Hay huellas del pasado en las fotografías típicas de las viviendas de este tipo de personajes: el profesor y el secretario de Estado sonrientes bajo un gran paraguas negro, enmarcados en plata delante de la sede de la Organización para la Protección de la Salud Global; Liang-Wu en el discurso en la Asamblea de la Organización Asiática de Bioética.
Pero el viejo que está sentado frente a mí ha perdido el cuello por completo y le cuelgan un par de brazos blandos que parecen incapaces de obedecer ningún impulso eléctrico. Yo adivino sus piernas pequeñas y flacas bajo el pijama de seda negra, y me parece que tiene unos pies desproporcionadamente grandes. Cuesta creer que una buena parte del destino de la humanidad haya estado en manos de ese liliputiense de ojos rasgados y mirada ausente; que él fuese el responsable de la solución definitiva.
—Si le parece, podemos empezar, presidente.
No recibo ninguna respuesta, ni la espero: solo la misma mirada desorientada de todos los enfermos que visito desde que empecé a trabajar con los Alzhéimer a domicilio.
—Si no le importa, prefiero que nos deje solos durante la exploración —le insisto a la rusa por segunda vez.
La cuidadora refunfuña un poco: que el profesor está muy delicado, dice, que se asusta con facilidad y no hay quién le duerma por la noche. Pero finalmente acepta dejarnos a solas después de que le aseguro que lo de dormir y lo de la inquietud va a dejar de ser problema para ella a partir de ahora. Y por fin se marcha, liberando una gran cantidad de aire en la habitación. Esa mujer abulta tres veces el volumen del profesor, pienso que no le debe resultar difícil cogerle en brazos.
—Profesor Liang-Wu…
Ninguna respuesta. No importa. Sigo hablando.
—Soy un gran admirador de su trabajo y la verdad es que es un honor para mí intentar ayudarle. Ahora simplemente voy a realizarle un análisis cerebral. Es algo rutinario, para hacerme una idea más exacta de su daño neurológico, nada más. Eso nos permitirá ajustar el tratamiento para que se encuentre mejor y tal vez podamos conseguir que vuelva a cuidar de sus orquídeas usted mismo, ¿qué le parece?
Mientras preparo el casco que le voy a poner, recuerdo las fotografías y los recortes de prensa que he visto en el dosier. Es una pena que con cada una de estas personas se pierda una parte de nuestro pasado y que toda la valiosa información de la que disponen se apolille en sus memorias secas; por eso tengo que ser eficiente al recuperarlas y terminar el puzle cuanto antes.
El viejo chino se resiste a que se lo ponga, como un pollo al que intentas retorcerle el cuello, pero finalmente consigo meterle dentro de la estructura y abrochar las cinchas laterales al panel de sujeción. Sus ojos, tras la careta de plástico, siguen pegados a los párpados. La boca también asoma, semicubierta por los pelos de su barba fina y larga de algodón blanco, y gime ligeramente.
—Tal vez le interese saber que mi trabajo doctoral versó sobre sus aportaciones a la edición genética de las neuronas estrella del pez narval… Ahora será solo un momento, no se impaciente, profesor.
Por fin consigo que se quede tranquilo, que deje de moverse, listo para empezar el proceso.
La interfaz cerebral emite bastante buena señal para la transferencia. Es un trabajo minucioso: realizarles las pruebas, conectarles al nido de organoides, recoger todos sus impulsos eléctricos y rescatarlos del olvido sumándolos a la gran masa neuronal que contiene el resto de las memorias almacenadas. Tendré que pasar bastante tiempo cerca del viejo en los próximos días.
Al marcharme, le dejo las pastillas a la cuidadora rusa. Ella me responde con una mirada de sospecha, como si supiese lo que verdaderamente he venido a hacer.
II
Para llegar al laboratorio que alberga el megacerebro del proyecto Da Vinci tengo que atravesar gran parte de la ciudad. No tengo hambre. Voy a darme un baño en el área de relajación y luego empezaré a analizar las primeras pruebas. Me gusta prolongar el momento del descubrimiento. Relajarme. Prepararme bien para el buceo a través del organoide cerebral que contiene las muestras de memorias de los enfermos, cuyo análisis determinará si son o no son aptos para las siguientes fases.
El agua está muy caliente, limpia, purificada, y puedo vaciarme del exceso de emoción que me ha producido la exploración. Cada vez me estresa más sumergirme en los secretos de estos viejos. Miedo. Sí, creo que esa es la palabra. Porque yo también podría empezar a olvidar palabras, a bloquear conexiones, a llenarme de priones aberrantes como los que he visto tantas veces, esas falsas proteínas infectadas y vacías que no sirven para nada. ¿Y entonces? ¿Quién terminará el trabajo? ¿Quién navegará todos esos cerebros oxidados y preservará sus historias si mi cerebro también tiene la forma de una esponja? No hay tanta gente preparada para hacerlo.
El baño me sienta bien. Es un espacio agradable con un techo de cristal desde el que puedo ver el cielo. Un momento placentero.
Luego abro la cámara frigorífica en la que se conserva la masa biológica y blanda de tejido neuronal artificial para iniciar la trasmisión de las señales eléctricas del viejo. La conecto con el programa de radiofrecuencia que recibe la señal.
La masa fluorescente está plegada sobre sí misma como una pequeña coliflor. Nunca sabes lo que contendrá ese pedazo de materia gris con una inscripción de impulsos eléctricos. A veces nada. Pero la calidad de esa primera muestra es determinante. Si el deterioro está demasiado avanzado, no hay nada que hacer, nada que recuperar; los fragmentos de memorias deslavazadas son inservibles. A menudo solo encuentro idioteces en esta primera prueba, la dirección de una tintorería o un fragmento indescifrable de colores que es imposible saber a lo que corresponde. Cazar un patrón neurológico completo es difícil, pero a veces sucede. Los rescatadores de memorias somos artistas; una especie de arqueólogos que necesitamos enhebrar con arte retazos informes hasta dotarlos de sentido.
Tengo que concentrarme mucho para elegir el camino y no perderme en el laberinto de conexiones: encontrar el primer punto, la primera neurona clave, y la pantalla se llena de marcadores fluorescentes rosas y verdes.
El panel está lleno de sugerencias: neurona alfaX234 con porcentaje de sinapsis altamente superior a la media, densidad asociada de neurotransmisores excelente, oxitocina al 45 %, posibilidad de fragmento de recuerdo amoroso. Curioseo un poco, lo suficiente para ver un rostro que me resulta familiar. Es el de una mujer joven, creo que es el de la enfermera rusa que he visto esta mañana. Por el volumen de oxitocina es fácil concluir que hubo algo entre ellos. Un tipo raro ese viejo chino. Pero no me entretengo, no es ese el tipo de recuerdo que busco anexionar al gran cerebro de Da Vinci, y continúo explorando.
El organoide está hasta arriba de señales, a reventar de información y de rastros de emociones. No se parece a la memoria de otros viejos que he estado investigando antes, pero eso no significa nada. Podría ser mejor persona, o peor que ellos. Sé que la clave está en encontrar el primer punto de anclaje, pero después de quince minutos divagando, aún sigo sin desentrañar el puzle. Exploro, selecciono, descarto, hasta que al cabo de tres horas estoy muy cansado.
Alerta de tiempo. El propio sistema de exploración neuronal ha decidido desconectarme.
Ahora mi cabeza está tan sucia como la de ese viejo chino, y me duele la frente.
*
Ya está entrando luz y el dolor de cabeza sigue ahí, crispándome el cerebro como si tuviera dentro un ejército de abejas hambrientas dándome mordiscos en las neuronas y me pregunto si alguien como yo va a recuperar mis recuerdos cuando todo esté tan sucio en mi cerebro que el agua de la bañera no pueda limpiarlo; tal vez podría mezclar algunos de mis recuerdos con los del viejo chino, crear una pista falsa para el resto de los rescatadores de memorias. ¿Por qué no? Alguien como yo descubriría el enlace dentro de un tiempo y yo entraría en la cadena de preservación y así tal vez alcanzaría la inmortalidad, perduraría. Solo tengo que ponerme el casco, extraer algunos de mis fragmentos y mezclarlos con los del viejo. Encontrar un punto de anclaje, situar la pista en algún lugar de interés.
Nunca se ha probado la fusión, pero estoy seguro de que funcionaría.
II
Al día siguiente la rusa vuelve a recibirme con la misma actitud desconfiada del día anterior. Dice que el profesor ha vuelto a pasarse gritando toda la noche, que no podré estar con él demasiado tiempo.
—Volveré dentro de una hora —amenaza—. Procure darse prisa.
Asiento y empiezo el trabajo. Comprendo que a los viejos les moleste y se retuerzan cuando les aprieto las cinchas. Debe ser molesto, tendré que probarlo yo mismo.
Sé que no procesa nada de lo que le digo, pero le explico al viejo que las pesadillas son un síntoma del deterioro avanzando y volvemos a quedarnos solos, el viejo y yo, rodeados por ese mar de orquídeas blancas que contrastan con el pijama de seda negra del presidente como estrellas en la noche. Todo en ese lugar me parece extraño y sofisticado, de algún modo inaccesible.
—Profesor Wu, hoy probaremos algo diferente.
Es lo mismo que si le hablase a una piedra.
—Yo iré diciendo algunas palabras. Lo único que necesito es que las escuche.
Me mira. Lo hace con una mirada que parece estar diciéndome: «Sé lo que estás haciendo. Estás leyendo todo mi cerebro».
Mientras, arranco el asistente inteligente de extracción y empiezo la provocación de recuerdos. Solo tengo que pronunciar las palabras que me va sugiriendo el algoritmo, y esperar a que los electrodos de alta sensibilidad del casco neurológico registren sus respuestas.
2035. Epidemia. Vacuna. Proteína, y así sucesivamente.
Cada una de las palabras que pronuncio está cuidadosamente elegida por el modelo y tiene la capacidad de activar su sistema límbico, que recuperará el estado de conciencia idéntico al momento que quiero recuperar: la red de conexiones formada por multitud de sinapsis neuronales que me permitirán descubrir la secuencia completa del recuerdo que busco recuperar para el proyecto Da Vinci.
El viejo está tranquilo mientras las palabras van rascando de entre las zonas más profundas de sus lóbulos cerebrales las configuraciones que más tarde volcaré en un pedazo de materia gris artificial para unirlo al del resto de recuerdos de las supermentes. Voy pronunciando las palabras, de una en una, mientras vigilo la señal que recibe el monitor, con la emoción de saber que lo que estoy haciendo es importante.
Tan importante es preservar la ciencia como crearla. Y algún día todos estos recuerdos enlazados serán la materia sobre la que se desarrolle el progreso, y yo habré hecho mi pequeña contribución a la historia.
Durante las sesiones muchos se duermen porque la sobrexcitación a la que les somete el casco transmisor les adormece, pero Liang-Wu se altera tanto que tengo que llamar a la rusa para que me ayude a calmarle. Lo último que he pronunciado ha sido «ensayos clínicos». Pienso que algo oscuro debió ocurrir con las pruebas en humanos para que lo hayan perturbado tanto esas palabras.
Entre la rusa y yo le quitamos las cinchas y ella le abraza y le acurruca como a un bebé, hasta que poco a poco se calma. Y yo no tengo más remedio que dar por terminada la sesión, aunque tengo muchas dudas de haber conseguido recuperar suficiente material como para reconstruir la aportación de Liang-Wu a la erradicación de los virus por la explosión incontrolada de los experimentos de quimeras genéticas. Pero está claro que hoy es imposible avanzar más.
La rusa me ayuda a retirarle el casco y les dejo allí, juntos. Ella como una gran matrona protectora, y al profesor en el regazo de la mujer.
A veces es duro cumplir con la misión que uno tiene encomendada.
Al volver al laboratorio conecto un nuevo organoide al cerebro central de Da Vinci, que ha estado toda la noche analizando el primer fragmento de tejido neuronal. El aprendizaje puede llevar varios días, pero a veces los resultados son sorprendentemente buenos en poco tiempo y este nuevo fragmento parece estar a reventar de señales.
La decodificación llevará varias horas y mientras tanto lo único que puedo hacer es esperar parado frente a la pantalla que vomita las gráficas de las ondas eléctricas. Lo he hecho muchas veces: esperar, estoy bien entrenado para eso. Pero la mayoría de las veces no rescatamos nada, aunque a veces sí, y entonces sabes que es importante; incluso aunque no entiendas las fórmulas precisas, identificas perfectamente cuándo has encontrado algo que merezca la pena preservar. Son estructuras que se reconocen enseguida, a simple vista, cuando visualizas los modelos en que los axones neuronales se enredan unos a otros de manera peculiar. Las dendritas de esas neuronas son mucho más grandes que las otras.
¡Ahí está! Visualizo una nube eléctrica cuyos impulsos teñidos de colores dibujan en el monitor el movimiento de un fractal. Ahora ya casi puedo ver cómo se van enroscando entre sí las neuronas del profesor Wu en el modelo virtual que realiza la simulación del recuerdo. Me recorre la emoción del descubrimiento al desentrañar lo que Liang-Wu estaba sintiendo cuando descubrió el antídoto del virus. Solo cuando lo enlace al resto de fragmentos de Da Vinci podré descansar, puesto que ya habré cumplido mi deuda con la historia.
Cuando despierto me confunden mis propios recuerdos, el recuerdo de esa voz tan lejana que no sé a quién pertenece, que no consigo atrapar. Sé que me queda poco tiempo y que dentro de no mucho, en el mejor de los casos, quizás alguno de mis compañeros rescatadores me apretará el casco de extracción, pero aún no, aún no. Antes tengo que recordar a quién pertenece este fragmento.
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