- -
- 100%
- +
La palabra que ha utilizado la tradición para hablar de la ley de causa y efecto es karman. Viene de la raíz kri que significa “hacer”, y por supuesto, no habla sólo del baile de formas que proceden de las acciones, sino de la acción dentro de la acción, es decir, de nuestras intenciones. Es igual al efecto que tiene la pelota cuando la golpeamos: rebotará de diferente manera dependiendo del ángulo y de la intensidad del golpe. Fijarse, por poner otro ejemplo, en el objeto del regalo que nos hacen y no tanto, en la intención que hay detrás puede ser una fuente de malentendidos. Nos movemos siempre en un universo de significados personales, grupales y sociales. Hacemos lo que hacemos porque nuestros actos son atraídos por la fuerza del prestigio, por la moral dominante o por la necesidad del momento, aunque no siempre seamos conscientes de ello. Cuando actuemos, vale la pena convertirnos en personas prudentes, sigilosas y atentas. Y hay que decir, además, que aunque nos metamos bajo la cama por temor a las consecuencias de las acciones, ésta no nos protege de nada, pues seguimos estando a merced del río de la vida, de sus causas y efectos. El Yoga es un compromiso inteligente con la vida.
La acción tiene que estar libre, tal como decíamos, de ego, apego y miedo, aunque las acciones no aparecen y desaparecen de forma aislada. Son como los músculos, que siempre se activan en una sinergia con otros y estiran, al mismo tiempo, sus antagonistas. Funcionan solidariamente en cadenas que serpentean por todo el cuerpo. Y esto, en el caso de las acciones, se complica un poco más porque un acto meditado, de los resultados del cual somos plenamente conscientes, no requiere tanta destreza; sin embargo, aquellas que se encuentran en medio de otras acciones en situaciones complejas reclaman no sólo pericia sino nuestra más alta sabiduría. Estamos hablando de la sincronía en las acciones, y por ello, no cuentan sólo nuestros actos sino también los de los demás. Cuenta el momento del día y el momento del año. Cuenta lo que decimos y lo que callamos, lo que deseamos, lo que sentimos y lo que intuimos, cuenta la globalidad de nuestro entorno porque todo es real y tiene su peso específico en cada momento. Sincronizar nuestras acciones no es como sincronizar nuestras agendas con el ordenador, requiere de una escucha muy fina y de un corazón muy grande.
El Yoga nos propone, en primer lugar, simplificar, hacer una criba de las acciones después de desarmar nuestra codicia y nuestra avaricia. De esta manera cada acto no proviene del anterior ni persigue al siguiente, sino que da tiempo al tiempo y respeta el ritmo de cada proceso. Pero sobretodo, el Yoga nos invita a pensar globalmente y a actuar en lo cercano, nos dice que no seamos prisioneros de los extremos y que miremos lo infinitamente pequeño sin descuidar lo infinitamente grande. En otras palabras, el Yoga de la acción requiere un dominio del análisis y también de la síntesis, desmenuzar lo concreto sin perder de vista lo global. ¿Sabremos realizar este malabarismo?
Celebración
La lección es ésta: entrar en el mercado de la vida con sus tentaciones y su algarabía, con sus productos y su especulación y no quedar enredados en sus trifulcas. Retirarse del mundo es una solución fácil, si bien es cierto que la muerte social es la muerte más difícil de todas; por eso no es de extrañar que, en el sosiego de nuestras solitarias reflexiones, tengamos que ir lamiéndonos las heridas. Hay, no obstante, otra solución: decir sí al mundo a través de una acción sin acción y conseguir así la implosión de nuestro egoísmo a través del gesto desinteresado y el desenmascaramiento de la hipócrita piedad de la que hacemos gala ya sea para camuflar nuestro interés o para confundir a nuestros enemigos.
Lo más probable es que acabemos tarde o temprano atrapados en la telaraña que el mundo teje alrededor de nuestras motivaciones no revisadas. Para salir de ese laberinto necesitaríamos unas alas como las del hijo de Dédalo, quien las construyó con las plumas de los pájaros y la cera de las abejas para remontarse por encima de sus muros. Necesitaríamos unas alas, es cierto, aunque no artificiales (como las de Ícaro, quien acabó cayendo al abismo como nos recuerda el mito) sino unas que nos ayudaran a remontarnos por encima de la contundencia de las cosas, por encima de su insignificancia y de sus consecuencias, por encima también de la competencia feroz donde se gana y (más a menudo) se pierde. Estas alas sólo pueden surgir del corazón, sólo el amor entendido como una disolución del yo puede liberarnos del yugo de las acciones.
No es fácil hablar del amor porque hemos aprendido desde bien pequeños muchas ficciones que lo calcan a la perfección, aunque a la postre no son más que una especie de tragicomedia. Con una mano hemos señalado tiernamente el corazón, pero con la otra hemos sostenido detrás una balanza para hacer un cálculo y asegurarnos de no perder en el intercambio y de que, en la medida de lo posible, no vayamos a ser traicionados o abandonados.
El Yoga junto a las tradiciones profundas nos habla de otro amor: un amor que no es estrictamente personal, que no es un intercambio de cromos románticos, sino un amor profundo a la existencia. La vida está empapada de una inteligencia tan honda que nos desborda por todos los costados; a esa parte insondable que no comprendemos bien la llamamos misterio. Cuando el místico se adentra en el bosque no sólo toca la parte material y orgánica, roza (si es posible ponerle palabras) un aliento que no es de este mundo. Identifica aquella respiración externa que se da en cada estación con la propia interna, esa sutileza que acompaña la mezcla de olores con la presencia que siente en su propio interior. Se postra ante esa hondura que por simplificar llama divinidad, y se deja acariciar o desgarrar por ella. La Bhagavad Gītā nos dirá que el Yoga es la disciplina de la devoción.
Cuando uno ha despegado de lo profano para aterrizar en lo sagrado difícilmente se enreda en las miserias humanas. Porque lo sagrado es una presencia que se cuela hasta el tuétano y nos hace vislumbrar la majestuosidad de la creación, la interrelación profunda de todo lo que existe, la certeza de la impermanencia que nos ayuda a soltarnos de tantos y tantos asideros que prometen estabilidad y falsa seguridad. El amor devocional no es sólo cantar, hacer ofrendas y repetir plegarias, es ante todo un diálogo entre mi pequeño yo y mi Ser, entre tú y la conciencia que despunta en tu horizonte vital, entre el universo que nos rodea y el reflejo de lo divino que encontramos en cada árbol, cada animal y cada piedra.
La respuesta ante esta relación íntima con lo sagrado se manifiesta en una actitud de celebración. La vida no se posee ni se manipula, pues la vida es otorgada. Agradecer en cada mañana, en cada relación y en cada situación la oportunidad de manifestar esa vida consciente que nos atraviesa es un gran don. Con eso nos basta.
Liberación
Siempre lo hemos intuido: el Yoga, en última instancia, apunta a la liberación de todo condicionamiento. Si una gota no tuviera la atracción de la gravedad o el empuje del viento sería absolutamente esférica; si nosotros no estuviéramos constreñidos por la necesidad o el vértigo de la existencia probablemente seríamos espontáneos, desinhibidos y atentos. Seríamos fieles a nuestra esencia como lo es la esfericidad a la gota de agua.
¿Qué lo impide? En primer lugar, nuestra ignorancia (avidyā). Hemos confundido esencia con carácter; la presencia del eterno presente por el sueño omnipotente del yo; hemos confundido el ser por el tener y hemos antepuesto las apariencias a lo que verdaderamente somos. Somos ignorantes aunque nuestras estanterías estén llenas de libros y nuestras paredes de títulos, somos ignorantes de haber perdido la conexión con el alma de las cosas.
En segundo lugar, derivada de esa ignorancia, nos encontramos con una excesiva identificación con lo que creemos que somos (asmitā). Hay un yo hipertrofiado que lo filtra todo por el tamiz de sus gustos y por el engranaje de sus razones y que lucha a brazo partido por tener siempre la razón y por salir ganando en cualquier intercambio. Un yo loco de cordura es impermeable al misterio.
Más allá de esa perspectiva egocéntrica, nos puede el deseo. Somos seres con un fondo de insatisfacción buscando en el lugar equivocado una llave que hemos perdido. Las experiencias placenteras prometen una felicidad de montaña rusa, te elevan momentáneamente a las alturas para dejarte caer sin previo aviso. Son experiencias sustitutorias de un anhelo profundo. Tristemente, queremos ver a Dios en el fondo de una copa de whisky o en la calada profunda de un pitillo y cosechamos, evidentemente, adicciones que tienen difícil solución. Esto es rāga, el siguiente hijo de la ignorancia y nos habla de esa zanahoria que perseguimos en nuestras experiencias, ese juego claroscuro del deseo que nos seduce con una mano mientras nos frustra con la otra.
En cuarto lugar nos encontramos con dvesha, precisamente lo contrario de rāga, una aversión irracional a experiencias dolorosas o traumáticas que no queremos ver ni en pintura. Inconscientemente evitamos situaciones donde nos sentimos amenazados o vulnerables, situaciones que nos confrontan con un otro o donde podemos perder nuestro excesivo control. Evitamos situaciones que en su momento fueron dolorosas pero que, hoy en día, sólo son fantasmas de un pasado irresuelto. Nos vamos limitando y limitando hasta aceptar vivir al filo de lo no existencia.
Por último, abhinivesha tiene que ver con el miedo que se ha instalado en todos los rincones de nuestro ser. Tenemos miedo a perder nuestra estabilidad, miedo a que las cosas cambien, miedo a envejecer, a enfermarnos, a ser marginados, a dejar nuestra pareja que no amamos y nuestro trabajo insufrible. Miedo a todo pero, especialmente, miedo a morir. Tememos vivir intensamente porque tanta intensidad nos obliga a asumir un riesgo que traiciona nuestra fidelidad al confort y la seguridad. Vivimos a medio gas mirando hacia otro lado cuando mueren los otros, como si fuera algo que no va con nosotros, como si secretamente tuviéramos en la guantera un seguro de vida para sortear la muerte o al menos, para postergarla.
El Yoga habla de todo esto porque el Yoga es una respuesta al sufrimiento. Duhkha es sufrimiento, es un sinvivir, una restricción a la vida, una limitación de nuestras potencialidades. Esta restricción es el resultado de aquella ignorancia ante la vida, de la excesiva identificación con nuestro yo y de su polarización hacia el placer o la huida del dolor. Duhkha es ante todo miedo, un añadido emocional al hecho consustancial de vivir. Atravesarlo puede ser tan sencillo como aceptar que hay día y noche, aciertos y errores, encuentros y desencuentros, placeres y dolores, tan sencillo como aceptar que nacemos un día y que un día también hemos de morir.
El Yoga nos dice que hay una salida al sufrimiento psicológico y que, si somos capaces de desactivar el mecanismo automático que se activa ante situaciones emocionalmente cargadas, podremos liberarnos de esa rueda pesada que nos aplasta.
Moksha es esa liberación que está en la aguja que señala el norte del Yoga. Extinguir el fuego excesivo del deseo, liberarnos de nuestros condicionamientos, sustraernos de la actividad frenética de la mente hasta alcanzar la paz.
Meta
Casi tendría que pedir perdón por haber necesitado tantas palabras para definir el Yoga pero él, al igual que una montaña, tiene muchas caras y difícilmente podemos dibujar todas ellas en un mismo plano sobre el papel. Es necesario entender que el Yoga es como una tierra con muchas capas y muchos sedimentos, y para su análisis necesitamos un estudio en profundidad.
El carromato con el que empezamos este viaje está a punto de llegar a la meta; seguramente no tiene nada que ver con lo que imaginábamos al principio, pero el Ser que viajaba en su interior ha vuelto a la fuente, ha regresado a casa. No es la casa de nuestros ensueños y no es, por si alguien tuviera alguna duda, el séptimo cielo. La meta se llama realidad, aterrizar en el mundo para seguir caminando. La meta se manifiesta en el momento presente, en ser lo que somos, en hacer lo que toca hacer, en bailar con las circunstancias y aprender a morir. La meta es sólo una metáfora en nuestra mente que nos incita a seguir viviendo. Podemos vivir las situaciones que nos trae la vida, sólo que ahora sabemos sostenernos en nuestra propia naturaleza esencial. Afianzados en la fuente de lo que somos, nuestra conciencia se expande sin límites y eso se asemeja a la presencia, a la plenitud y al éxtasis. Bienvenidos al Yoga.

Shri yantra

CAPÍTULO 2
SĀDHANA
la práctica personal
Es maravilloso ver a músicos de jazz interpretando. Improvisan desde la escucha, se alternan sin brusquedades, se mimetizan con el ambiente y se vuelven cómplices con el público en un todo indisociable. Sin embargo, esa improvisación surge de un duro trabajo previo ensayo tras ensayo. Hay que dominar los instrumentos musicales y hay que repasar los compases básicos que sostienen esa improvisación.
El Yoga y la música, como cualquier arte, es inspiración pero también mucha práctica. Es cierto que práctica resuena con disciplina y nos recuerda, tal vez por el ahínco que ponían algunos profesores en nuestra educación, una posición férrea cuando no un tanto arbitraria. Sobre este sentido del deber malentendido nos hemos rebelado tantas y tantas veces.
Cuando nuestra práctica ha sido empujada desde una exigencia externa (ya sea de un grupo o escuela), o bien ha surgido como respuesta a una exigencia interna, es posible que nos hayamos encontrado con una práctica que se ha quedado en la superficie, en la robotización o en una actividad forzada con calzador que ha perdido espontaneidad. Al final, divididos, no hemos podido reconocer esa práctica como propia: una práctica que emane como expresión de un proceso interno, una práctica que tenga corazón.
Práctica
Pero si la práctica no es una disciplina externa a la que amoldarse ni un mandato al que seguir fielmente, ¿qué podemos entender por práctica desde nuestro ámbito de Yoga?
Sin ir más lejos, el propio Patañjali, en el sūtra 14 del libro I de los Yoga-sūtras nos recuerda las cualidades de una práctica apropiada: “Sólo si la práctica adecuada se mantiene largo tiempo, sin interrupciones, con las cualidades de celo y actitud positiva, puede esta triunfar”. T.K.V. Desikachar (hijo y discípulo de Tirumalai Krishnamacarya, un gran yogui del siglo XX, precursor del Yoga moderno) sigue comentando muy acertadamente que: “siempre existirá una tendencia a comenzar la práctica con entusiasmo y energía, un deseo de rápidos resultados. Pero las limitaciones de la vida cotidiana y la enorme resistencia de la mente nos incitan a ceder a las debilidades humanas”.
Tenemos aquí las claves de la práctica esencial del Yoga y de los posibles impedimentos que podemos encontrar. Pero no corramos tanto, veamos lentamente éstas y otras cualidades necesarias para dar solidez a nuestra práctica.
Práctica continua y sin interrupción. Es de sentido común que una práctica tiene que ser constante. No es mero capricho, no olvidemos que la práctica del Yoga tiende a soltar los condicionamientos de ciertos hábitos y automatismos y éstos se rearman con suma facilidad si les damos libertad día sí y día también. Lo tenemos claro cuando tomamos medicinas: hay que tomarlas de forma ordenada y continuada para mantener la dosis activa en sangre y evitar la nueva proliferación de gérmenes.
Gota a gota se perfora hasta la roca más dura. Cada āsana que realizamos se convierte en una pequeña impresión que deja una estela de alineación, estabilidad o calma mental. Un conjunto de impresiones conforma, a la larga, un patrón que se reimprime sobre los viejos automatismos creando nuevas formas de estar y de sentir en nuestro cuerpo y en nuestra mente. Merece la pena insistir e insistir en nuestra práctica aunque no veamos a corto o medio plazo los resultados esperados. Podemos decir que ahora es tiempo de siembra, postura a postura y meditación tras meditación. Pero también es tiempo de no especular con la cosecha en Yoga, con la fantasía de los logros obtenidos. Hay que practicar tenazmente y con la mente abierta.
Práctica intensa y prudente. Sobre aquella continuidad de la práctica debemos imprimir una intensidad tal que haga posible la liberación de nuestras tensiones. Hemos de recordar el concepto de tapas que en sánscrito es ese fuego interno que surge de una ascesis como una especie de horno alquímico donde podemos transmutar nuestras energías, las más densas en sutiles. Concepto importante del cual hablaremos con mayor profundidad un poco más adelante. Asimismo, cuando encontramos la intensidad adecuada, los sentidos se pliegan y la mente queda casi detenida. Es la magia del Yoga, la capacidad de aterrizar en la presencia.
En otro orden de cosas, ya sabemos a estas alturas que el Yoga no es ni una moda ni un juego de salón; estamos moviendo, si se me permite el símil, capas de sedimentos de nuestro interior, corazas musculares que parecen inexpugnables, emociones encharcadas o visiones enquistadas de la realidad. Movemos muchas estructuras y por eso mismo tenemos que ser prudentes.
Sin embargo, debemos ser conscientes de nuestros límites y empujarlos amorosamente para que se hagan más silenciosos. Digámoslo claramente: cuando nuestro punto de partida es débil, una práctica larga y con técnicas avanzadas es, cuanto menos, arriesgada.
La intensidad no tiene por qué estar reñida con la prudencia. Excesiva prudencia nos paralizaría y demasiada intensidad vencería desafortunadamente nuestros límites de seguridad. De ahí la necesidad de encontrar un buen equilibrio flexible.
Práctica respetuosa y supervisada. Para que la intensidad no nos acobarde demasiado, hace falta instalar la red de seguridad que marca toda tradición. Este soporte que nos ofrece una escuela tradicional o linaje ha pervivido a lo largo de los siglos y, si bien es cierto que a veces reacciona tarde a los cambios personales y sociales, también lo es que ha sabido sortear con éxito los obstáculos con los que han tenido que lidiar los iniciados en su peculiar camino de realización. Tener como base de nuestra práctica los conocimientos de una tradición o la cercanía de una escuela honesta es algo necesario para darle solidez.
Aún así, no hay duda de que siempre podemos estar equivocados y creer que vamos en una dirección cuando, en realidad, vamos en sentido opuesto. A nuestra práctica le ocurre lo que a cualquier asunto humano: la falta de distancia. No podemos caminar a ras de suelo y tener simultáneamente la perspectiva aérea del horizonte, lo que nos daría mucha más información acerca de los caminos por los que vamos a transitar.
Tomar distancia es la habilidad de cambiar de perspectiva. Los profesores de Yoga expertos tienen, de tanto en tanto, la precaución de intentar colocarse en la piel de sus alumnos y de preguntarles cómo se sienten tras una sesión, de observar cómo se mueven, cómo practican, para obtener una mayor certitud acerca de la manera de transmitirles el Yoga. Si hiciéramos lo mismo con nuestra práctica y recogiéramos pacientemente las impresiones que aquélla deja en nuestro cuerpo y mente, o supervisáramos nuestra evolución con algún guía experto, posiblemente la podríamos reconducir y ajustarla más y más a nuestras necesidades. De este modo evitaríamos quedarnos un tiempo indefinido en un bucle sin salida practicando lo mismo pero sin avanzar en ninguna dirección.
Práctica entusiasta y con fe. Si nuestra práctica adolece de entusiasmo fácilmente caerá en lo rutinario y al final se disipará o caerá en el olvido. Es posible que la pasión no nos visite en un principio o que se marche a otras latitudes después de un tiempo cuando la cotidianidad vaya desinflando los globos de la ilusión. Sin embargo, aprender a amar lo que hacemos es la mejor disposición delante del esfuerzo intenso. De hecho, cuando hay verdadera pasión no se siente el esfuerzo y prima más el gozo que el cansancio. No olvidemos que el Yoga es un arte y no una píldora que, aunque sane, se toma a regañadientes.
Es cierto que cuando acucia una enfermedad o se agudiza una tensión practicamos Yoga para resolverlo. En este sentido, chikitsā es la rama terapéutica del Yoga que sólo utilizamos cuando un desarreglo en nuestro sistema nos impide continuar con nuestra práctica intensa.
Quizá los dioses no nos bendigan, de entrada, con la pasión suficiente para vencer las resistencias que siempre aparecen en algún recodo del camino. Nadie puede imponerse una pasión; sin embargo, sí podemos crear las condiciones para que aparezca. Qué curioso que “entusiasmo” venga de un vocablo griego que significa rapto o posesión divina, tal vez aludiendo a una condición extraordinaria que poseen muchos poetas, artistas y genios que han podido elevar el techo del saber humano un poco más arriba de lo mundano.
Sin aspirar a tanto, entusiasmarse con la propia práctica es la mejor manera de hacerla carne como si fuera una segunda piel, un nuevo vestido de sensaciones al desplegarse nuestras potencialidades, avivadas por aquel fuego que parece ciertamente divino. El entusiasmo puede tener sus más y sus menos, sus mareas altas o bajas dependiendo de las peripecias de ese rapto divino. En cambio, la fe es consistente y avanza con fuerza como un pelotón de carreras. Es cierto que las luces de nuestra mente son como faros que alumbran las cercanías de lo conocido pero también lo es que, más allá, todo es oscuridad o misterio.
Ahora bien, aunque no podamos abarcar todo el horizonte, sabemos que éste se mueve flexiblemente con nosotros y que, tarde o temprano, nuestro barco topará con tierra firme. La fe es la adhesión de nuestra pequeña comprensión a un todo mayor que, aunque desconocido en parte y por eso mismo temido, es sentido en lo más profundo como algo íntimo y benefactor.
Si el entusiasmo es el motor del barco de nuestra práctica, la fe es la alegría de contemplar la estrella que marca el rumbo a seguir, anticipo de la transformación que está por venir.
Práctica completa y armónica. En nuestra alimentación no tomamos todas las clases de alimentos a la vez: hoy hay legumbres y mañana, tal vez, verduras o cereales. Sin embargo, en el cómputo final nuestra alimentación tiene que ser completa y contemplar todos los ingredientes que necesitamos desde las proteínas a los hidratos, a las vitaminas y minerales so pena de desnutrición. En nuestra práctica de Yoga ocurre lo mismo; aunque hoy fortalezcamos los abdominales y mañana la capacidad respiratoria, debemos contemplar todos los segmentos del cuerpo, sus centros energéticos y también las cualidades físicas, hasta abarcar todos los elementos de los que estamos constituidos.
Polarizar la práctica, bien hacia lo corporal o bien hacia lo contemplativo, arrastra, a la larga ciertos desequilibrios. Basta comprobar rápidamente el esquema del asthānga-yoga de Patañjali (el Yoga de los ocho miembros) para darnos cuenta de que la ética, la disciplina corporal, energética y respiratoria, sensorial y de concentración, meditativa y de absorción están perfectamente encajadas. Incluso volviendo al ejemplo gastronómico que apuntábamos antes, la nutrición es para todo el cuerpo, desde las células hepáticas hasta las neuronas. Es de sentido común que si estos nutrientes no llegaran a todas las células nos encontraríamos en un ciclo de subdesarrollo o muerte celular. Precisamente, lo interesante de la ciencia yóguica es su carácter globalizador, ya que enfoca la vida en su conjunto.
Cierto que cada etapa de la vida requiere un acento distinto y así, decimos en Yoga que en la etapa juvenil éste recae en āsana, en la etapa adulta en prānāyāma y, más adelante, en dhyāna, miembros del asthānga-yoga que veremos en capítulos posteriores. Sin embargo, nunca abandonamos este método simplificado donde en un vértice prestamos atención a la estructura corporal, en otro al movimiento y canalización de la energía y en el tercero, a los procesos mentales. Recapitulando: todo ello sólo hay que tenerlo en cuenta como marco general, pues la acción específica y su desarrollo dependerá de cada practicante, de sus necesidades y de sus motivaciones.




